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Narrativa y artes plásticas: una
fecunda relación
Jorge Dávila Vázquez
Tengo
la convicción que la narrativa contemporánea nace en el momento
en que un autor genial, al escribir un libro en que todas las
artes ocupan un sitio de privilegio, inventa artistas y obras
artísticas de gran trascendencia en el contexto del relato. Me
refiero, por supuesto, a Proust, creando a Bergotte, el
literato; a Berma, la actriz; a Vinteuil, el músico, autor de
unas composiciones que enlazan partes de la novela-catedral,
funcionando cual verdaderos leit motiv, como el tema de la
sonata, llamado "el himno nacional del amor" - ; y a Elstir, el
pintor, cuyos cuadros son largamente descritos a los lectores.
Y, por supuesto no podemos olvidar el sitio que ocupa la
imaginaria pequeña iglesia de Combray, con sus tapicerías que
cuentan la historia de Esther, y la imponente catedral de Balbec,
inspirada en los templos románicos y góticos más bellos de
Francia, pero también en quién sabe qué lecturas, visiones o
arquitecturas, frutos todos de la creatividad del Proust esteta
más allá de toda ponderación.
Luego, muchos escritores recurrirán a las obras de arte,
imaginarias o reales, en su producción, como Romain Rolland en
Juan Cristóbal o Tomas Mann en Doctor Faustus.
Entre los literatos de Hispanoamérica, los más interesantes
resultan Alejo Carpentier, en El Recurso del método,
El concierto barroco o El Acoso, y en la constante
alusión al cuadro Explosión en una catedral, en El
siglo de las luces; y Manuel Mujica Lainez en Bomarzo,
libro en que el protagonista ordena la construcción del famoso
jardín de piedra de los monstruos, que bautiza la obra; en El
laberinto, novela ciertamente menor, en que el novelista
desprende a uno de los personajes de El entierro del conde de
Orgaz, para hacerlo protagonista del relato; en El gran
teatro, donde la intriga se entreteje con la historia del
teatro Colón de Buenos Aires, y la interpretación del Parsifal
de Wagner o Un novelista en el Museo del Prado, ficción
en que las grandes pinturas viven una existencia propia durante
la noche.
En el Ecuador se dan abundantes casos de presencia de lo
plástico en la relatística.
A veces es una especie de intercambio simbiótico, como en Los
Guandos, la novela que comenzó Joaquín Gallegos en 1935 y
terminó Nela Martínez a inicios de la década de los ochenta. El
futuro traslado del gran peso de la primera planta elèctrica de
Cuenca, en los hombros indios, nos es pintado de manera muy
directa, como era lo usual en el realismo treintista, pero con
una indudable fuerza poética:
"En la ciudad sabían que se preparaban a traer una carga nunca
vista. Regarían mucha plata para llevar cientos de naturales a
guandear. Cogerían gente en San Roque, en Huaynacápac, hasta en
Paccha y en Quingeo, decían. Es que iban a poner luces en las
calles, en las esquinas, en las casas. Las noches iban a ser
como días de claras. Lo que iban a traer en el guando eran
máquinas de hacer luz." (p. 67)
La idea original de Gallegos está tomada directamente de la
realidad de la explotación indígena del primer tercio del siglo
XX. Nela Martínez la perfecciona, no solo hace que el traslado
se efectúe en el relato, sino que lo llena de detalles
preciosos, como en esta visión totalmente pictórica de los
indios bajo el peso terrible de las máquinas:
"la masa que más que caminar, avanza lenta, torrente de cabezas
inclinadas a las que los sombreros blancos vuelven olas albas
flotando, ascendiendo, cayendo alguna vez, reptando de uno a
otro costado del camino..." (p. 147).
Y un poco en paralelo con ellos, porque Nela Martínez sabía de
la idea original de Los guandos de Gallegos desde su misma
concepción, Eduardo Kingman pinta en 1941, una de sus obras
maestras del indigenismo ecuatoriano, con el mismo título. Hay
un hermanamiento, una intimidad entre lo que se dice y lo que se
realiza en el lienzo, que resulta, profundamente conmovedor.
En El niño que está en el purgatorio, César Dávila
Andrade construye una conmovedora pieza narrativa, en que un
pequeño defensor de las ideas liberales es condenado al
purgatorio, y debe ser pintado en un cuadro por "don Roque Santa
Cruz (...) buen pintor de Infiernos y Purgatorios.".
He aquí el cuadro, tomado de la icnografía popular más
entrañable:
"En la parte alta, en la parte del sol, flotando sobre una
madura y límpida nube de estío, se dibujaba la dulce Virgen
María del Carmen, envuelta en su alta y maternal túnica de
blanca lana, recién cardada. La sideral Señora sostenía a su
Niño sobre la rodilla izquierda. El pequeño parecía querer
saltar sobre la hoguera expiatoria, como si se tratara de una
fogata encendida para juego. El libre brazo derecho de la Señora
estaba extendido con un gesto de amistosa consolación. (...) Y
de entre los blancos dedos de celeste celuloide pendían unos
escapularios (...) Parecía ofrecerlos al infantil penado que se
alzaba hacia ella en aquel lado del cuadro, con la mirada
implorante, envuelto en ígneo tormento. Era Rodrigo Samaniego,
con sus grandes ojos de niño precoz..." (P.17)
La bella poesía daviliana del período cromático llena este
texto, poblado de oscuras connotaciones, de una luz que me
atrevería a calificar de inmortal. La imaginería es muy cercana
a la de Canción a Teresita, por lo que lo considero
estrictamente contemporáneo de este poema, y fechable hacia
1946.
En otros casos la obra plástica es un pretexto para desarrollar
la trama, como en El poder del gran Señor, la novela de
Iván Egüez, en la que un Cristo tallado en .la Colonia cobra
vida para contar la intrahistoria del país.
O en los dos libros de Alicia Yánez Cossío La cofradía del
mullo del vestido de Virgen Pipona, donde una imagen sacra
guarda el secreto fundamental de la novela, en su cuerpo
embarazado, y en El Cristo feo, en que los afanes de la
autora por conferir un sitio en el mundo a su personaje, lo
transforman en escultora.
O en Háblanos Bolívar, de Eliécer Cárdenas, en la cual,
dos estatuas representando lo español y lo indio, no solo
simbolizan mestizaje e identidad, en una sociedad de pseudo
blancos que rechaza ambos conceptos, sino que entablan amoroso
diálogo.
En estos y en otros ejemplos, la obra en sí, y por sí, su
construcción, no involucran al relato como estructura artística
paralela o que nace de la reflexión en torno a la funcionalidad
de las mismas.
Estas referencias, por supuesto, no agotan la fraternidad
narrativa-artes plásticas, pues solo es esta una visión a vuelo
de pájaro; pero en este breve trabajo me detendré con algo más
de detalle en unas pocas muestras, en que la obra pictórica es
esencial al desarrollo del relato, dándole su sentido último.
Tomaré para ello un cuento de Ernesto Albán Gómez, ¿Tiene
usted miedo del diablo?, y dos de Bruno Sáenz:
Autorretrato de pintor anónimo y Una copia fechada en
1879.
Y luego, esperando no incurrir en una falta excesiva de
modestia, me referiré a unos pocos textos míos, en los que el
maridaje entre la plástica y la literatura son evidentes.
Albán y Sáenz en ¿Tiene usted...? y Una copia...,
respectivamente, tratan del mismo cuadro, El Infierno
atribuido al hermano Hernando de la Cruz, y que se halla a la
entrada de la iglesia de la Compañía de Jesús en Quito.
Albán, entonces joven y muy cercano de Borges, Lovecraft,
PabloPalacio y algunos otros narradores de lo fantástico,
mezcla la ficción con elementos, circunstancias, nombres y
personajes de la realidad entorno, para acabar ubicando en el
mentado cuadro a un curioso personaje, con el que se encuentra y
dialoga, un bucanero que padeció prisión y tormento en el siglo
XVII: "Fergusson era un endemoniado, si no el demonio mismo y la
Inquisición lo condenó a morir." (p. 146), dice el narrador, y
también que fue incluido por el hermano Hernando como uno de los
demonios de la composición. El texto es realmente un delicioso
juego entre la fantasía y la pintura religiosa colonial.
Fergusson, el diablo, ardido en el XVII, vuelve, y toma
cotidianamente el bus, irónica y justamente al frente de la
Compañía, junto con Albán, el autor, que de modo voluntario se
transforma en personaje narrador ("conozco a dos o tres que se
llaman como yo, Ernesto Albán", p. 152), y luego sigue al
investigador en sus pesquisas en torno a la pintura. Cuando,
finalmente se desenmascara, dice:
"-No atribuya a su imaginación lo que no le pertenece. Tengo que
hacerle una revelación. No me queda otro remedio. Me veo
obligado a ello (...) Amigo Albán (...) usted está enredado en
las trampas del moderno escepticismo. Retroceda tres siglos.
Para usted no es difícil. Usted ha estudiado la época, usted la
conoce." (p. 153-154).
Se refiere al tiempo en que Hernando de la Cruz incluyó en el
cuadro al pirata, tal como nos detalla el autor: "el pintor, que
era un hermano lego jesuita, decidió tomar a Fergusson como
modelo para uno de los siniestros personajes que pueblan el
cuadro. Fergusson no protestó ni cosa por el estilo (...) Tal
vez gozaba con la posibilidad de ganar de este modo la fama
inmortal. Claro que la tradición es hoy muy confusa y apenas he
podido adivinar cuál de los demonios del lienzo es el personaje
que buscaba. Lo he identificado esta tarde en aquella gran
figura que está en la parte baja, un tanto a la derecha del
observador, cubierto casi con llamas, rodeado de una gigantesca
serpiente y que sostiene a un condenado con los pies en alto."
(p.147)
Pese a que Fergusson, el diablo, observa al narrador: "creo que
usted pudiera estar equivocado en un punto: la significación del
cuadro quizás no sea exactamente la que usted sugiere." (p.147),
pues obviamente al demonio poco le importaría "la fama
inmortal", el lector siente ante el texto un deseo enorme de
volver a contemplar esa pintura que debió ser parte de sus
terrores infantiles.
En Sáenz el tratamiento del tema es menos anecdótico, más
introspectivo y también más pictórico.
Quiere narrar, por boca de Lucifer, la muerte de Mariana de
Jesús, el otro motivo pictórico del hermano Hernando, y lo hace
con maestría:
"Se le apareció Catalina de Siena, a soplarle el día y la hora"
(p. 223), comenta el demonio, y añade luego: "la muerte de
Mariana. Tú la convertirás en cromo edificante, una quisicosa
infantil. Atiende: una mujer no es un querube. Ni una azucena.
Visité la habitación de mala gana (...) Eran las nueve pasadas,
la hora prevista por la Catalina. La beatita no se rendía.
Luchaba, se erguía. La "aspiraban". Para el bueno de Hernando,
el Crucificado descendía... Llevársela, El se la llevó."
Un demonio humano, conmovido: "Buscó una larga bocanada de aire
o de vapor. De azufre, supongo.".
Esto en el nivel de la anécdota y la introspección a que da
lugar la vida en la Colonia, el paso de la santa por el mundo y
su relación espiritual con el aventurero Fernando de Ribera, que
luego en la vida de religión y en el arte se llamará Hernando de
la Cruz.
"-¿Te atrae la leyenda de Mariana y Fernando?" Pregunta el
demonio tentador, a quien narra. Y él se defiende:
"-Sé la historia, Luzbel; la redactó la misma Mariana: "Trato
con el hermano Hernando de la Cruz las cosas de mi alma (...)
¡Le desagrada! ¡Mi salida le duele!"
Breve duelo interno entre el narrador y el demonio, lleno de
sesgos líricos e imaginativos, y leves pinceladas de humor.
En lo plástico, como anticipé, es directa y poéticamente
evocador:
"El Infierno vuelca sus pesadillas de lo alto, desde el ángulo
izquierdo a la esquina contraria. La coloración uniforme atenúa
la perspectiva. Primero está el puente. Tiende el arco por
encima de una fábrica derruida, sobrepujando las aguas de un
lago (...)
Lucifer corona el horror artificioso. Monta una bestia alada, de
cinco caras. Giran, alrededor, entre nubarrones cenicientos, las
almas." ( p. 220)
Y continúa detallando los diversos aspectos de la composición.
Resulta también interesante en Sáenz el juego con el texto de
Albán, varias veces mencionado por él, por ejemplo:
"La alegoría memorable de la estampa carece de rótulo: se trata
de Fergusson, el personaje de Albán" (pp. 220-221).
El otro relato de Sáenz, Autorretrato de pintor anónimo,
se aleja de los resbalosos terrenos del Purgatorio y el
Infierno. La imaginación del autor crea una ficción en la que un
artífice de la Colonia da sus facciones a Cristo, en un cuadro
que representa una parábola, y multiplica su rostro en la
composición, de manera intensamente poética:
"Copié para el atribulado, la faz del Salvador. Di esa cara al
criollo, al chapetón, al cholo, como si todos conservaran un
reflejo contrahecho del Mesías (...) Quise, también, quedar, uno
dentro del maremagnum de sangres que se odian y desean (..) La
cara del Hijo es la mía, fui su modelo." (p.19).
El pintor sabe que no puede hablar de modo muy directo sobre los
problemas que ve a su alrededor, lo hace de una manera
metafórica, pero piensa en Eugenio Espejo, cuando pinta la breve
historia tomada de la Escritura:
"Elegí una crónica de la Audiencia, el relato de las
persecuciones soportadas por un médico de mi raza, a fin de
ilustrar una parábola.
Su rebelión, las prisiones, el fallecimiento, la inscripción de
éste en su libro de los humillados, indios, mestizos, negros."
(p. 18).
Y a la manera de Proust, describe para los lectores un cuadro
que no existe más que en la ficción:
"La parábola ocupa el sector derecho. El brazo de Cristo enlaza
ambos mundos.
La cárcel se halla al centro del segundo (...) Escribí, al pie:
"Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia". Me
habría gustado dibujar al cautivo parecido al doctorcito
quiteño. Comprobada la imposibilidad de conseguir una buena
descripción, imaginé a Jesús doliente y lo copié." (pp. 18-19)
Y ya sabemos el resultado de este retrato múltiple y tan
singular: Cristo es el hombre universal, con sus limitaciones,
sus penas, sus afanes, sus ansias de libertad y sus sueños
truncos.
Finalmente, un ligero repaso de la presencia del arte plástico
en mi libro Acerca de los ángeles:
En Arcabuceros, uno de ellos monologa desde el punto de
vista de los ángeles de la escuela cuzqueña, representados como
gente de armas; el arcángel Gabriel, pintado por Mateo Mexía,
describe el cuadro donde se halla, en Anunciación; El
de Balbanera es un ángel guardián transformado en estatua de
piedra; Ángel barroco es apenas una imagen de un
angelito en una capilla decorada con esplendente pan-de-oro;
Danzante evoca los cuadros cajamarquinos del arcángel
Miguel; Dormición y La Virgen de Quito son prosas
líricas sobre un cuadro de escuela quiteña y la escultura famosa
de Legarda, respectivamente; el protagonista de El huésped
dice, al inscribirse, a la despistada dueña del hotelucho: "Soy
un ángel de Simone Martini."; Miguel es la historia de
una bella imagen labrada por un maestro colonial, ebrio e
irresponsable, Rafael narra el desagrado de un arcángel
piurano ante unas cariátides indias en un altar vecino;
Querubín cuenta como un verdadero ángel es incorporado
accidentalmente a una tela con una Virgen en asunción; y
Músico relata la pérdida de la memoria de un ángel de la
pintura flamenca.
Así, pues, doce de los veinticinco textos que conforman el libro
se relacionan con el arte plástico, lo cual hace un porcentaje
bastante alto, pero no tanto como la admiración que he sentido
siempre por esta magnífica manifestación de la cultura humana.
Esa o parecida inquietud es la que ha generado la atractiva
simbiosis de literatura y plástica, a algunos de cuyos ejemplos
me he referido en estas páginas. Sin duda, la función de unas
artes dentro de otras logra un proceso de mutuo enriquecimiento;
porque el cuadro o la escultura que se miran después de leer el
texto ya no son los mismos que uno admiraba sin esa reflexión,
sin esa dosis de poesía, sin esos elementos añadidos que presta
la literatura al arte plástico; y asimismo, gracias a la
pintura, la arquitectura, la escultura y todas las
manifestaciones de lo estético, los textos crecen en
plasticidad, en riqueza evocativa y ahondan en su ser más
íntimo, aquel que está, como todos sabemos, fundamentado y
construido con el maravilloso material de la palabra.
Bibliografía
Joaquín Gallegos Lara y Nela Martínez: Los Guandos,
Quito, Editorial El Conejo, 1982.
César Dávila Andrade: Obras Completas, T. II, Relato,
Quito, PUCE S.C. y Banco Central del Ecuador, 1984.
Ernesto Albán Gómez: Pandora, Quito, Centro de
Publicaciones de la PUCE, 1977.
Bruno Sáenz Andrade: El aprendiz y la palabra, Quito,
Editora Nacional, 1992.
Jorge Dávila Vázquez: Acerca de los ángeles, Cuenca,
Imprenta Monsalve Moreno, 1995. |