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Ranas, cigarras, gallos y
gorriones: la naturaleza cantante de Eugenio Montejo
Martha L. Canfield
Jamás he visto un ruiseñor,
amé otros pájaros,
cuidé sus nidos inocentes.
Crecí a la lenta luz del trópico
mirando las iguanas atar el arcoiris
a mi corteza.
Eugenio
Montejo
Leer
la poesía de Eugenio Montejo significa entrar en un vasto
universo, complejo, variado, a menudo sorprendente e incluso
desconcertante, siempre seductor. El lector que penetra en ella
queda impresionado por su emotividad, convencido por la visión
de una realidad que, a través de varias generaciones, llega a
encarnar el presente más vivo. La poesía de Eugenio Montejo nos
habla de una actualidad que es la de todos nosotros, habitantes
en conflicto entre dos siglos, que en poco tiempo hemos
desarticulado tradiciones, costumbres, creencias ancestrales. La
fragilidad de la criatura del 2000 es la de quienes ven
eclipsarse una época e inaugurarse otra con el consiguiente
colapso de tantas certidumbres y con la apertura hacia
horizontes che parecen al mismo tiempo – justamente por ser tan
nuevos – prometedores y desastrosos, estimulantes y
amenazadores.
Hoy que la evolución de la ecología y también su difusión a
nivel mediático están creando una "conciencia ecológica", la
poesía de Eugenio Montejo nos llega con la fuerza de una
profecía y de una promesa. Conocedor del rico patrimonio
hispanoamericano y en línea con los poetas fundadores de la
modernidad vinculada al imperecedero canto de la naturaleza – de
Ramón López Velarde a Álvaro Mutis –, Eugenio Montejo se abre
asimismo a otros horizontes y se nutre de la gran poesía europea
del siglo XX, de Saint-John Perse a Montale. Si López Velarde
había individualizado en las espigas doradas del maíz el
verdadero tesoro de México, por contraposición al negro y
diabólico petróleo, y consideraba el canto del zenzontle la voz
más armónica de la naturaleza, capaz de dialogar y hasta de
superar la voz del poeta humano, Mutis ha construido, a partir
de la fauna y de la flora de la "tierra caliente" de su infancia
– es decir, de la provincia colombiana del Tolima – una
geografía simbólica, en la cual memoria y proyecto espiritual se
reúnen, desesperanza y teleología pueden convivir,
probando el incesante tormento del hombre de hoy. Enseguida
después llega Montejo, y sus acacias y sus árboles como torres,
a veces "góticos", a veces estáticos e íntimamente sangrantes,
junto con sus asnos, sus cigarras, sus tordos, sus gallos, sus
bueyes, sus ranas, sus hormigas, componen para el lector un
paisaje inconfundible, tropical, vivísimo, el cual, a medida que
la ciudad trata de sofocarlo, se levanta y se transforma, se
trasciende a sí mismo, para configurarse como paisaje del alma,
primero íntimo y personal, ligado a una memoria individual,
luego colectivo y de época. Entonces la acacia de Montejo se
saluda con el eucalipto de Montale, y su gorrión se pone a
cantar junto con la upupa de Montale. Entonces, en la tierra
ardiente de los llanos puede aparecer la nieve, y la nieve puede
ser "sonora", porque el paisaje de la memoria se vuelve
alfabeto del mundo y cada uno de sus elementos se vuelve un
símbolo que le habla al hombre de todos los tiempos – como a los
lectores de Saint-John Perse o de Montale – revelándoles la
razón de vivir. Esa razón de vivir que el poeta no se
propone definir, pero que espontáneamente busca e
inevitablemente comunica, aun más allá de sus propios
postulados. "Amo la tierra", dice Montale, "amo a quien me la
dio / a quien me la quita". "Creo en la vida", dice Montejo,
"bajo forma terrestre, / tangible, vagamente redonda, / menos
esférica en sus polos, / por todas partes llena de horizontes".
No es superfluo subrayar una vez más que esta tierra de sueño,
capaz de ascender en la escala simbólica y volverse mítica y
universal, no nace en absoluto de la literatura, como los
famosos "paisajes de cultura" de Rubén Darío, sino de la
realidad inmediata de Venezuela, conocida y vivida por el poeta.
Si el Orinoco puede limitar al norte con el "deseo", si cierta
península puede tener, dibujada por el cartógrafo, un perfil de
mujer tan verosímil que pareciera que habla, es también cierto
que los mapas que los representan remiten a una geografía
verdadera y tangible, donde el sueño se ha encarnado antes de
difundirse como leyenda y donde es posible creer todavía en la
felicidad. Es más, la felicidad no pudo existir sino aquí, así
como ese paraíso llamado Manoa nunca ha estado en otro lugar.
Estos mapas, nos asegura el poeta, "no han mentido jamás":
Esos mapas eran cartas verídicas de amor,
tatuajes de navegantes,
páginas puras para decirnos que la vida
sólo es eterna en esta orilla del Atlántico.
("Mi país en un mapa antiguo", TA)
En esta tierra todavía es posible dialogar con todas las
criaturas, animales y plantas. Los árboles hablan poco porque
meditan mucho, y los pájaros, como a veces el tordo negro, saben
interpretar su pensamiento transformándolo en canto. El poeta en
cambio es la dramática criatura testigo de un paraíso vivo pero
vedado, mundo ideal del que dura la nostalgia, pero que la
memoria lacerada no logra recuperar si no muy vagamente:
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo.
("Los árboles", AP)
El poeta es un interlocutor limitado, que ha perdido en parte
las prerrogativas que tenía, y que sigue perdiéndolas en el
proceso incontenible de urbanización del planeta, con su trágico
reverso de aniquilación de la naturaleza. No obstante, él está
en condiciones de percibir la unión entre el mundo natural y la
esfera de lo trascendente, tal vez porque la arrogancia en
expansión aún no lo ha enceguecido completamente. La poesía de
Montejo es un diálogo constante con los animales más humildes de
la naturaleza – pobres bestias de carga, insectos
insignificantes – en los cuales se reconocen las huellas de un
recorrido trascendental que, más allá del significado
kantiano del término, se puede denominar "camino", "vía", o más
específicamente "tao", como en efecto ocurre.
La hormiga, por ejemplo, que no procede de la tierra, como
banalmente podría pensarse, sino de "remotas estrellas",
comparte el alimento humano comiendo las migas, incluso amargas,
de la mesa de los hombres; acaso porque así debe ser en el
orden de las cosas, en la visión taoísta del autor.
"Taoístas" son también las ranas, y el coro de su croar está
formado por una sola vocal estupenda, – o al menos una sola
vocal es lo que logra captar el pobre poeta. Ella borra por un
instante el enigma del mundo y derrama sobre quien la escucha
"la máxima gracia" ("Las ranas", AM).
El asno y el buey, ejemplos de solidez y de firmeza, que en su
capacidad de soportar pacientemente podrían comunicar una segura
fe inocente en ese orden de las cosas anhelado por el
hombre, se le aparecen a Montejo como otras tantas criaturas
tocadas por la gracia divina, siempre en armonía con el mundo
circunstante, guardianes tal vez de secretos lenguajes
esenciales que el hombre ya no es capaz de descifrar, aunque el
poeta pueda llegar a intuirlos. El asno es capaz, con sus
"largas orejas", de escuchar todas las músicas; y los "golpes de
Dios", de vallejiana memoria, se los guarda, los asimila, es
más, los conserva en su "baúl de mariposas", maravillosa e
insólita metáfora del cuerpo; "y no se queja nunca", nos asegura
el poeta ("Honor al asno", ASXX). Ejemplo conmovedor de
estoicismo, es probable que el asno, como se dice más adelante
del tordo, sea otro mensajero del "sueño presocrático", que nos
llega a través del tiempo milenario de la estupidez humana, para
recordarnos que alguna vez supimos escuchar.
Al buey, que "va arando el tiempo, no la tierra", y es por lo
mismo "sabio, profundo, demorado", se le reconoce como "maestro
cuadrúpedo", que interpreta y comunica "el habla porosa de las
piedras", donde el adjetivo porosa sirve para subrayar la
existencia del organismo frágil de las piedras, a través del
cual sin embargo se genera y se transmite la función vital del
lenguaje (v. "El buey", AM). El buey, también él taoísta,
intérprete de la inverosímil y paradójica vitalidad de la
piedra, es por lo mismo capaz de grabar los signos del tiempo en
el rostro humano, si el hombre es capaz a su vez de escuchar su
lección profunda y lenta, como el "tardo paso de las nubes".
Pero son tres, tal vez, los animales privilegiados en la escala
simbólica de Montejo: la cigarra, el gallo y el gorrión. A la
primera le dedica un poema largo, en catorce cantos, que da
asimismo título a todo el poemario, Partitura de la cigarra
(1999). La llama "la maestra de Orfeo" y la "reina maga", y
rechaza las tradicionales acusaciones de ociosidad che se le han
hecho por contraste con la infatigable hormiga, en parte porque
en el trópico, donde no se dan las estaciones que puedan marcar
los ciclos de trabajo y reposo, la cigarra canta todo el año. Y
lo que ella canta, según el poeta, es aquello que los hombres
deberían aprender a apreciar, e incluso a venerar: "el milagro /
de habitar este mundo" ("Partitura de la cigarra", PC, Canto
VI). El poeta escucha su canto, recibe su mensaje y sueña que
podrá cantar lo que ella canta. A través del corazón del poeta
el canto de la cigarra se renueva y vive. El cuerpo de la
cigarra es perecedero, como el cuerpo del poeta; el canto de
ambos, en cambio, permanece en el tiempo y uno es la
continuación del otro, si ocurre, como debe ser, que se
establezca un diálogo entre las distintas criaturas que saben y
pueden cantar – y celebrar – el don precioso de la vida:
[...]
el canto es ella misma,
está atado a su cuerpo como un ala.
Hacerlo oír, traerlo aquí a la tierra,
a quienes ya no están pero lo oyen
y a quienes más tarde no estaremos,
prodigarlo en el mundo es su trabajo.
Siempre tendremos más canto que cigarra,
(se gasta el cuerpo en breve,
desaparecen ojos, alas, sombras,
pero nos queda intacto lo cantable),
siempre tendremos más tierra que existencia
y más canto que tierra
y más ausencia que nostalgia.
("Partitura de la cigarra", PC, Canto XII)
El gallo, que como la cigarra es más canto que gallo (v.
"El canto del gallo", AM), derrama sus notas de incontenible
armonía por todas partes. "El canto está fuera del gallo", y
dentro de su pequeño cuerpo frágil no hay más que vísceras
perecederas y sueño perdurable. Su sueño, como su canto, es el
que él transmite al hombre y sobre todo a aquel que puede
dialogar con él, o sea al poeta. Su sueño, como su canto, está
unido al drama que amordaza a la humanidad de fin de milenio: la
ciudad ha destruido el campo y ha condenado al gallo al
silencio. No obstante, si bien el gallo – como el poeta – puede
perecer, el canto no perece jamás. O por lo menos el eco de la
voz del gallo sigue haciéndose oír, sobre todo en medio de la
catástrofe causada por el desarrollo urbano:
No hay campos cerca, sino edificios, ruidos urbanos,
la religión del dinero con sus máquinas...
¿Dónde se esconde el eco de ese canto
que se quedó sin gallo,
que no cuenta con patios ni verdores?
("Canto sin gallo", PC)
El gorrión, en fin, pequeño pájaro de dulce canto, como los
otros animales citados, es símbolo de la voz musical del poeta,
pero en este caso es incluso mucho más, es el canto mismo, es el
"canto sin cuerpo". El gorrión es el canto por antonomasia, el
alma del poeta, la voz de mañana y la esperanza de hoy:
El cuerpo se hunde en tierra cuando muere
y el gorrión permanece:
de un canto a otro va rodando
[...]
("Anatomía del gorrión", PC)
Escuchar los cantos de las criaturas es un deber moral,
transmitirlos a través de las técnicas del poeta es una tarea
noble y necesaria. Tal vez, detrás de estas voces que no deben
perecer, están los dioses profundos, y la voz secreta que ordena
el universo se filtra a través de ellos como un susurro, como
una respiración constante, para sostener el canto, la música de
las esferas. El animismo panteísta de Montejo, en heroico
contraste con el materialismo y el utilitarismo odiernos,
restituye al desencantado lector del tercer milenio un
significado y una razón de vida. Guiados por las voces
persuasivas de sus pequeñas criaturas magníficas, nos sentimos
reconciliados con la naturaleza que hemos descuidado y
maltratado, entramos nosotros también en el vivificante diálogo
cósmico que él nos revela. Así, logramos sentir el movimiento
mismo de la tierra que gira y las voces eternas que la pueblan,
sobreviviendo al tiempo que borra y a la sorda urbe que trata de
aniquilar:
Sentir. La tierra que gira porque siente
el espacio estrellado. Y el mar y el mundo
y el minúsculo tallo de la hierba.
Sentir el tiempo cayendo gota a gota,
desesperadamente.
(¿Qué siente mayo, qué siente el calor verde?)
Sentir la lluvia y su tambor de piedra
y la naranja en su planeta solitario
lleno de aromas amarillos.
Sentir más cerca, dentro y fuera del cuerpo,
con lo que queda en él de nuestros padres;
oír sus voces llamándose en la nuestra.
(¿Qué siente la nube en la ventana
cuando los ojos la detienen?)
Sentir. Los astros más y más se redondean
gravitando en sus azules sentimientos.
Sentir, sentir a pesar de la ciudad,
contra los vahos de su anestesia,
con la infancia que aún corre por la sangre,
con la magia del sueño;
apartar de la carne sus viejos bueyes de opio
hasta que se despierten.
("Sentir", AM)
Detrás o dentro de las cosas, en los seres, en las voces
universales, palpitan siempre vivos "los dioses profundos", que
tanto necesitamos. Y aunque todo lo hayamos perdido, ellos
estarán allí para recibirnos. "Están intactos", nos asegura el
poeta, y en el centro de su llama vital nos esperan. "Ningún
soplo del tiempo los apaga". Tenemos únicamente que descifrar
sus voces en medio de las voces que nos rodean, tenemos que
escuchar (v. "Vuelve a tus dioses profundos", TER).
Y aunque se hubieran vuelto mudos, su eco sigue permaneciendo
íntegro, circulando en nuestra sangre, como el canto del gorrión
en el aire.
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