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aguilera malta

 

Jaguar y Aguilera Malta

Jorge Dávila Vázquez

Introducción

Si hubo en el Ecuador una agrupación de creadores, dotados de grandes atributos y mentalidad afín, fue, sin duda, la llamada Generación del Treinta. Hombres de diversas latitudes, nacidos en un período aproximado de quince años -entre 1903 y 1918, fechas de nacimiento de De la Cuadra y Dávila Andrade, respectivamente, englobando en una sola a figuras epónimas y a epígonos, para usar una terminología generacionista-, arremeten contra una literatura marcada por las dulzuras idílicas de Mera, por la larga, casi interminable secuela del romanticismo tardío, y por el modernismo, evasivo y sentimental, y se lanzan a producir unas obras realistas, audaces, nuevas, valientes.
Renaud Richard dijo hace tiempo que era la única generación parricida[1] de nuestras letras, y tenía razón.
Los grandes nombres sacros de las letras patrias fueron incinerados por el ardor de un lenguaje cuya enseña fue la palabrota; pero que, pese a la intención marcadamente realista, era de un hondo y radical lirismo.
A esta generación, gloria indudable de nuestra literatura, pertenece Demetrio Aguilera Malta, que salió a luz como uno de los cuentistas de Los que se van, el texto inaugural, y que alcanzó un nombre entre los mejores novelistas de la patria, pero que fue, además, periodista, dramaturgo, y, en algún momento, poeta lírico y ensayista, copando así todas las posibilidades expresivas de lo literario, y constituyéndose en una de las figuras más polifacéticas de aquel conjunto de escritores.
Las características y los antecedentes de la Generación del Treinta han sido largamente estudiados, pero al vuelo diremos que la más saliente de las primeras fue la conciencia de la situación social en que vivía inmerso el Ecuador de entonces y la convicción de que era preciso un cambio; y el más trascendental de los segundos, la influencia que ejercieron en los artistas los movimientos revolucionarios de fuera y los intentos de dentro -digamos la Revolución Rusa o noviembre del año 22, respectivamente-; y la ideología, que fue el soporte de la creación de la mayoría, estaba, de algún modo, próxima al marxismo: los artistas se adscribieron a partidos políticos que significaban una ruptura con las tradicionales tiendas políticas conservadoras o liberales: el socialista (Aguilera) o el comunista (Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert).
Conciencia social, compromiso con su tiempo, militancia en algunos casos, ideología revolucionaria en casi todos, homogenizan a la Generación del Treinta, si no en cuanto a la producción misma, sí en lo que respecta a las intenciones, y es una perspectiva que no se puede perder de vista cuando de ella se habla.
Este es, pues, brevemente, el contexto en el que hemos de considerar la vasta y variada producción de Aguilera Malta.

 

AGUILERA EN LA VIDA Y EN EL ARTE

 
Demetrio Aguilera Malta nació en Guayaquil en 1909.  Pasó una parte de su infancia en la isla San Ignacio, en el Archipiélago del Golfo de Guayaquil.  Esta estancia fue trascendental en su vida, pues determinó desde los inicios, el marco de sus grandes obras, unas veces de manera inmediata -en la época del realismo-, y otras de modo mediato -en el período mágico-; le puso en contacto con la gente -el cholo de la costa- que le sirvió de inspiración para sus personajes míticos: Cusumbo, Don Goyo, Don Mite, Bulu-Bulu, Candelario; y, en el aislamiento y la soledad, Aguilera descubrió su vocación literaria, en la biblioteca de su abuelo, según lo consigna Hernán Rodríguez Castelo[2].  Esa mezcla de literatura y naturaleza será una constante en su obra.
Las primeras producciones del autor fueron poéticas, así lo confesó a Gerardo Luzuriaga[3], y siguiendo a este mismo autor, podemos atribuirlas a los dieciocho y veinte años  (Primavera Interior  y El Libro de los Mangleros , respectivamente).
Luego, en unión de Gallegos Lara y Gil Gilbert, crea sus primeros relatos, los ocho cuentos sobre los cholos de las islas, que son su aporte a Los que se van; tiene entonces, veintiún años, pero no es el menor de los tres autores, y este dato solo para subrayar la extrema juventud de quienes abrían, con una nueva actitud ante lo literario y lo humano, los caminos de la narrativa social del Ecuador.
A los veinticuatro años publica Don Goyo, su obra juvenil más lograda, y gran novela del período.

Panamá es la meta de su primer viaje fuera del país. Se apasiona por la situación de ese conflictivo pedazo de la patria americana, y de ese encuentro con una nueva realidad surge Canal Zone, una de sus novelas menores, pero vivamente testimonial.
En 1936 va a España.  Estalla el conflicto civil; durante dos años se desempeña como corresponsal de guerra. Visita diversos frentes y escribe dos obras, en las que se mezcla la observación directa de lo real y una clara tendencia literaria: Madrid: Reportaje novelado de una retaguardia heroica, libro que si en su momento tuvo una gran acogida, por la actualidad del tema; hoy, visto a distancia, no es más que un inmaduro fruto de la pasión antifascista, y España leal, drama panfletario, su primer ensayo teatral, que no tiene otro valor que buena dosis de poesía entre lorqueana y de romancero.  
Desde 1938 desempeña varias funciones públicas en el Ecuador.
En 1939 estrena Campeonatomanía y El sátiro encadenado. En 1940 publica fragmentos de Carbón.  En 1941 da a la estampa y estrena Lázaro.  En 1942 aparece su segunda gran novela, La isla virgen.  Habrán de pasar casi treinta años hasta que Aguilera vuelva a dar a las letras del Ecuador y de América otro producto de envergadura.  En el tiempo que media entre esta novela y Siete lunas y siete serpientes, el autor se apasiona por el cine y por los relatos de corte histórico, parte de su producción menor.  Escribe también varias piezas de teatro, que no son precisamente del mejor Aguilera, pero que en el exiguo panorama de nuestra dramática le dan un sitial: El pirata fantasma (puesta en escena en 1946); Sangre azul (igualmente de ese año); No bastan los átomos (1954); Dientes blancos (el mismo año, aunque parece escrita antes, por su parentesco con Canal Zone ); El Tigre (1955), la más famosa y  más acabada de sus obras teatrales; Honorarios (1957), Una mujer para cada acto (1960), en colaboración con su esposa Velia Márquez.  Este año, se publica también su reportaje novelado: Una cruz en la Sierra Maestra, que retoma la línea testimonial de Madrid.  Siguiendo con el teatro, en 1961 aparece Fantoche y en 1967 Infierno negro, sin duda su drama más ambicioso.  Los llamados Episodios americanos  vieron la luz en el siguiente orden: La caballeresa del sol y El Quijote de El Dorado  en 1964 y Un nuevo mar para el rey  en 1965.
Desde finales de la década del cincuenta hasta 1981, fecha de su muerte, Aguilera Malta fijó su residencia en México, en donde ocupó importantes cargos diplomáticos, representando a su país.
En 1970, apareció Siete lunas y siete serpientes, la obra maestra de sus años de declinación, la saga de lo maravilloso, que ponía sobre el tapete de la narrativa ecuatoriana cuanto hubo de latente en la época anterior, de magia y poesía, y que aprovechaba todo lo creado hasta ese momento dentro de la tendencia, por Asturias, Rulfo, Carpentier y, sobre todo, García Márquez.
Luego vinieron las novelas El secuestro del general, obra de una experimentalidad que bordea el expresionismo y el comic, pero que no cuaja en fruto redondo y maduro (1973), Jaguar, especie de amplificación de El Tigre, marcada por el signo de la decadencia (1977), Réquiem para el diablo (1978), desarrollo parasitario y extenso de la pieza Infierno negro, que no logra ser un buen libro, pese al tema sumamente actual:  la importancia actual del petróleo; y la póstuma:  Una pelota, un sueño y diez centavos, que ya se conocía fragmentariamente, y que no aporta gran cosa al conjunto de su producción.
En resumen, una vida entera dedicada, por vocación y praxis, al arte, con una concepción de lo social, siempre cercana al compromiso político, a la denuncia, a la solidaridad; con un espíritu rico y variado; y con una característica, ya señalada, que lo diferencia del resto de sus compañeros de la Generación del Treinta: su intento creativo -y a veces su logro- y su búsqueda expresiva abarcan todos los géneros; hemos detallado lo que tiene que ver con los tres ficcionales, lírica, épica y dramática, pero no olvidemos que produjo también ensayos, así: La revolución española a través de dos estampas de Antonio Edén (1938) y Los generales de Bolívar (1965).

 

LA NARRATIVA DE AGUILERA

 

LOS INICIOS

 

Aguilera, con veintiún años, lo dijimos, es el mayor de los tres.  Gil Gilbert solo tiene dieciocho y Gallegos diecinueve.  Pero, con ser tan jóvenes, causarán el más grande revuelo de toda la historia de la literatura ecuatoriana, al publicar en Zea y Paladines Los que se van, cuentos del cholo y el montuvio. [4]
No se trata de un volumen de narraciones breves de excepcional calidad; si no más bien del fruto apasionado del trabajo sobre las ideas y las palabras, de un grupo de muchachos, a los que une, sobre todo, el deseo de echar abajo todo lo que huela a viejo; todo lo que sepa a estructura caduca, tanto en lo literario como en lo social.
Pero esta clase de inquietudes está en el ambiente. No solo Gallegos, directo compañero de afanes, sino también José De la Cuadra -especie de teórico y mentor del llamado Grupo de Guayaquil- ejercieron gran influencia sobre Aguilera. El primero, con sus juveniles vehemencias y su militancia comunista, sembró en el ánimo de nuestro narrador, como en el de todos sus contemporáneos próximos, semillas de inconformismo; el segundo, algo mayor que los otros, maestro de Aguilera en el colegio "Vicente Rocafuerte", le inculcó la idea de la necesidad de una literatura "de denuncia y de protesta".  Hacemos estas afirmaciones a partir de lo que el propio Aguilera manifestó a Rodríguez Castelo y Gerardo Luzuriaga.
El tono de protesta de los ocho relatos de Aguilera que incluye Los que se van, sin embargo, no es muy fuerte.  Aparece, sí, la figura del amo blanco y explotador, pero, el empeño por mostrar la realidad que pinta, en su primitivismo y con los rasgos más cálidos -el lenguaje, la descripción de paisaje, la pintura de las naturalezas cholas, espléndidas, intactas-, lo arrastra, y la denuncia cae en el olvido.
Menton ha dicho, en cuanto al lenguaje del grupo de Los que se van: "Las transcripciones fonéticas de su dialecto son las más atrevidas que existen en la literatura hispanoamericana" [5]
En los tres autores, el intento de traslación idiomática es constante. Esto da una frescura y una vitalidad enorme a los relatos, pero también tiene aspectos negativos: una expresión dialectal inserta, de inmediato, a la narración en lo costumbrista, lo que genera una distancia entre los lectores y el texto.

 

TRES GRANDES NOVELAS

 

Entre novelas y reportajes novelados, Aguilera Malta escribió un total de doce, de ellas, las tres grandes son Don Goyo (1933), La isla virgen (1942) y Siete lunas y siete serpientes (1970).

 

DON GOYO

 

Es, sin duda, uno de los libros más logrados de cuantos produjo la Generación del treinta. Obra que con Los Sangurimas de José de la Cuadra ha de considerarse como precursora del realismo mágico en el Ecuador, y quizá en Latinoamérica.
Aguilera tiene al momento de su publicación apenas veinticuatro años, mas el relato nos muestra a un creador maduro, de gran seguridad, dueño de una prosa rica y frondosa; capaz de crear personajes de estatura mítica, pero de sólida contextura humana, recios y vibrantes; pintor de la naturaleza salvaje de las islas, con mucho arte y conocimiento; poseedor de un dominio mucho mayor que en la cuentística, en lo relativo al diálogo; en suma, un relatista de muy buen oficio y solvencia, como para llevar a feliz término una narración extensa y bien tramada.

 

LA ISLA VIRGEN

 

Esta novela es, sin duda, el punto más alto de la primera etapa de Aguilera.  Pero, frente a la feroz vitalidad, al aliento mítico de Don Goyo, resulta un poco fría, demasiado "literaria", y eso ha contribuido a que, pese a sus innegables cualidades, ocupe un lugar de segunda importancia en el repertorio aguilereano.
La madurez productiva del autor, ya perceptible en la novela anterior, llega en la Isla virgen  a su mejor expresión.  El sabor de epopeya, presente en toda su  producción narrativa, alcanza en este libro su gusto más reposado.  Desaparecen las vacilaciones, marcadas en DON GOYO, por ejemplo, por los innumerables puntos suspensivos; el estilo se vuelve decantado, terso, fluido.

Hay un sentido más hondo del personaje como ser vivo.  La estructura del relato es más sólida, segura; el optar por un narrador indirecto, que pasa imperceptiblemente de la tercera a la primera persona, es una innovación interesante.
Parte de la lo épico de Aguilera se cifra en la estatura del héroe -y no hay que olvidar que se trata de un blanco, lo que marca también un universalizarse de la concepción del mundo del autor, que encontrará un adecuado desarrollo también en Siete lunas, en Cándido y Juvencio.
Néstor, el protagonista de esta novela, es uno de sus personajes mejor diseñados y realizados.  Posee su propia y apasionante psicología y es, al mismo tiempo, uno de esos seres de carácter simbólico y valor universal, que tanto atraían al escritor: el hombre frente a la tierra salvaje.
En su afán de integración del ser humano y la naturaleza -una vez más precursor del realismo mágico-, Aguilera transforma en el antagonista de Néstor a la isla, y para ello, dota a esta de características humanas de hembra indomable, poderosamente sensual y siempre intacta.  
En cuanto a los personajes secundarios, están menos abocetados que en la novela anterior, algunos como Melgar, Mite, El Tejón, Chamaidán o el infeliz Zambo Aguayo, tienen corporeidad, relieve, una psiquis más o menos profunda.
El mundo poéticamente pintado de las islas, que viene ya desde los cuentos, alcanza en las descripciones de paisaje, en sus imágenes de una naturaleza implacable, un alto nivel de calidad.

 

SIETE LUNAS Y SIETE SERPIENTES

 

Novela de la total madurez de Aguilera, constituye uno de los frutos mejores de su creación artística, pero, igualmente, por desgracia, el inicio de una decadencia irreversible y también irrelevante, literariamente hablando.
Aparecida en 1970, tres años después de Cien años de soledad  y no tres antes, como inexplicablemente lo declara Aguilera a Francisco Febres Cordero (Retratos con jalalengua , Ed. El Conejo, Quito, 1983), resume en sí todo el poder creativo no solo de nuestro autor, sino de la Generación del Treinta, a la que evoca cálidamente en la introducción.
Siete lunas  es una verdadera eclosión mágica, no solo por la vital integración del animismo y la mitología cholo-montuvia, señalados como latencias permanentes en el habitante de la costa, por José De la Cuadra en El montuvio ecuatoriano (6), sino porque Aguilera construye un universo imaginario: Santorontón y Balumba, sólidamente sustentado en la realidad objetiva, que constituye uno de sus mayores aportes a la ficción narrativa del Ecuador en todos los tiempos; mundo autónomo característicamente literario, en el que todo es posible.

 

EL TEATRO

 

Antes se han enumerado las obras teatrales del autor; de ellas, El tigre  (1955) es la más conocida y representada y, sin duda, la mejor de todas.
Bajo sus apariencias de realismo, es un estupendo estudio del miedo y demuestra hasta dónde era capaz de llegar su autor, cuando se lo proponía, al ahondar en el alma humana. 
Las interpretaciones en torno a esta obra son de lo más diversas. Juan Guerrero Zamora percibe el sentido mágico de la figura del tigre; que para Agustín del Saz es demoníaca, lo mismo que para Carlos Solórzano (los tres citados por Luzuriaga en pp. 86, 93 y 94), mientras que para Luzuriaga "no es más que la concreción artística de uno de los tantos mitos del miedo, miedo tanto mayor cuanto más desconocido es su objeto y cuanto más ignaro y pusilánime es el que lo padece.  El énfasis no recae en el objeto, sino en el sujeto del miedo, en el proceso psicológico, en la obsesión ..." (pp. 93-94).


JAGUAR, una novela menor

 

Aguilera usó la historia del felino que persigue al Zambo Aguayo tres veces, pues era muy dado a la reutilización de materiales.
La primera, en La isla virgen. El capítulo que trata el tema está muy bien escrito; pero, en la pieza teatral El tigre, el autor no solo mantiene el buen nivel de escritura, sino que lo supera.  Luzuriaga ha señalado en el estudio comparativo la poda, el abandono del dialectalismo y el enriquecimiento de la anécdota, por la historia del amor y de la deuda pendiente (pp. 87-88).  
Y la tercera vez, la utiliza en Jaguar, en donde la amplificación agota el motivo, y no siempre consigue buenos resultados. Jaguar  (1977), lo hemos dicho ya, es una amplificación algo excesiva del tema del tigre; pero todo lo que fue agilidad y dinamismo en La isla virgen y en la pieza de teatro, desaparece en este libro bajo la carga de verbalismo, que frena constantemente la acción y engrosa el texto.  Pese al entusiasmo de Angela Valle, que le ha dedicado, un amplio e inteligente estudio, la novela no es del mejor Aguilera(7).

Características

Jaguar se presenta al lector como un relato extenso en 17 capítulos, que se subdividen de acuerdo con las necesidades del moroso desarrollo del texto.

El estilo narrativo mezcla la tercera persona narrativa con abundante diálogo, siempre rico y vivo en toda la obra del autor.

Se registra el paso, en más de una ocasión, imperceptiblemente, de una voz en tercera persona limitada, que en apariencia no conoce los diversos aspectos del acontecer ni las reacciones de los personajes, a una primera persona que se hunde en breves monólogos. Así, cuando Domitila le pide permiso al padre para entregarse al Zambo:

“Don Mite miró para otro lado… ¿Era un pendejo? ¿No era un pendejo?... ¿No debería ofenderse? ¿No debería pelear…? Decididamente, era un pendejo…” En la última parte del texto, que es mucho más extenso y reiterativo, ha hecho su aparición lo monologal.

En diversas apariciones del Zambo, ese cambio de lo narrativo en introspección es frecuente. El narrador nos presenta al personaje, que piensa en los efectos que le causa el constante acecho de la fiera:

“Después que el Tigre estuvo siguiéndolo y empezó a mirarlo en todas partes, él era un hombre al agua. Pero tenía que aguantarse… ¿Por qué se ponía así?... ¿Por qué? Bien lo sabes Zambo.  Ni que fuera la primera vez que te ocurre esto…” Captamos de inmediato que el paso de un narrador en tercera, a una segunda persona (quizá la propia conciencia del ser) que hurga en el interior atormentado de Aguayo, deriva hacia una suerte de soliloquio.

Lo mismo ocurre con el diálogo, que, de pronto, gira en dirección al monólogo interior. Así, en la escena del baile por el cumpleaños de Domitila, cuando Aguayo se emborracha, insensiblemente cae –y nosotros los lectores con él-, en el soliloquio interno.

El personaje grita “¡Que Viva la Santa!”. Los invitados corean “-¡Que viva!” Y el zambo se hunde en sí mismo: “Que viva, que viva, carajo. Que viva mucho tiempo. El que se va a morir soy yo…”

Los personajes exhiben la destreza de Aguilera en su construcción. El mayordomo Guayamabe tiene una estatura heroico-mítica que viene desde su primer asomo en La isla virgen, y es al mismo tiempo un ser humano dolorido hasta lo más íntimo de su ser, cuyos conflictos aparecen expuestos en detalle, por vez primera. El zambo Aguayo, en su tercera aparición en la obra aguilereana, exhibe los mismos rasgos de las anteriores, pero alcanza su mayor y mejor desarrollo.

Seborón tiene parentesco con los “malos” de Siete lunas, pero no es desdeñable.

El resto forma parte de la colorida comparsa que proviene del realismo social, en niveles casi costumbristas, y se vincula sin problemas con los seres realista mágicos, como esa doña Juanita, con su iguana mascota, y sus oscuros antecedentes míticos, o el cojo Banchón, cuya pata de palo sirve para todos los oficios imaginables, y, especialmente, como instrumento musical.

El acontecer oscila entre la cotidianidad de la vida dura del cholo de la costa y sus esfuerzos por sobrevivir; la intensa sexualidad de los personajes, siempre en busca de solución, ya por el amor, ya por el simple ayuntamiento o por la violencia; y la consabida dosis de realismo mágico, que a veces llega a ser excesiva (como en la última secuencia del Zambo y el tigre).

La anécdota es bastante simple, pero Aguilera borda sobre ella, con una insistencia un poco molesta, como si quisiera dilatar el relato más allá de sus límites aceptables.

La lengua narrativa de Aguilera es admirable. Maneja la expresión coloquial, la mezcla con los niveles convencionales del relato, con los introspectivos y retrospectivos (la memoria, la evocación interna del pasado) y poetiza casi todo de modo vibrante. Además, usa el diálogo con suma habilidad y, en ocasiones, introduce rasgos humorísticos, que vuelven agradable la lectura de la novela.

Es preciso anotar, sin embargo, que los niveles sexuales primitivos, característicos del medio en que se desarrolla la obra, contaminan constantemente la expresión verbal y la llenan de alusiones eróticas directas, y hasta un tanto recargadas.

Y también es bueno reparar en que el juego constante con el motivo del Tigre (lo aclara el autor en una especie de breve introducción: “el Manchado es el Tigre”, aunque se lo llame Jaguar), como encarnación del miedo, del mal, como pesadilla, como sombra del pasado y amenaza del presente y el futuro del Zambo Aguayo, provoca una serie de reflexiones filosófico-psicológicas, que a mi modo de ver están fuera de lugar entre unos personajes como los que creó Aguilera.

La descripción contiene algunos de los aciertos del libro, pues nos devuelve al Aguilera enamorado de las islas del Golfo de Guayaquil, y capaz de exaltarlas en toda su belleza y ferocidad. Mas, este aspecto, como casi todos en el libro, adolece de desmesura.
Ante textos como Jaguar , que no son más que inmensas reiteraciones hiperbólicas de otros, mucho más apretados, sintéticos, vienen a propósito unas palabras de Jaime Mejía Duque (8):
“En filosofía se dice que la tautología no constituye un verdadero discurso, ya que apenas indica la identidad del ser en su inmovilidad profunda, en su latencia.  Análogamente cabría afirmar que, en la obra literaria, la tautología es la detención de la forma respecto de la dinámica del Mundo (su contenido:  vida del personaje, proceso social, etc.), el cual por ello mismo permanece fuera, inexpresado y apático.   (pp. 23-24).
Y también:

La hipérbole, recurso activo, al aglomerarse por sobre el límite que la economía de la expresión le fija internamente (su legalidad estética), se neutraliza en una especie de parálisis del relato, que se vuelve así reiterativo y ornamental, se congela para tornarse en una imagen, la Misma, multiplicada en el espejo de un agua inmóvil:  la Gran Tautología (...) Como la pornografía, la hipérbole nace destinada a languidecer pronto en el bostezo de un hastío sin fondo. El talento plástico y jocundo del escritor arriesga encontrar en ella una trampa definitiva (pp. 24-25).
 
NOTAS

[1]  Renaud Richard, Reflexiones sobre "Viaje a la semilla", en El Guacamayo y la Serpiente, revista de la Sección de Literatura de la Casa de la Cultura Núcleo del Azuay, Cuenca (12), mayo, 1976.

[2]  Don Goyo figura grande de la Epopeya Costeña, estudio preliminar a la novela, Clásicos Ariel Nº 6, Guayaquil, sf.

[3] Del Realismo al Expresionismo: el teatro de Aguilera Malta, Playor S.A., Madrid 1971,  pág. 32.

[4] Clásicos Ariel Nº 30, Guayaquil sf.

[5] El Cuento Hispanoamericano, Fondo de Cultura Económica, México, 1972. Primera reimpresión. Pág. 279. T. I.

(6) Imán, Buenos Aires, 1937.  Pág. 52.

(7) Importante trabajo leído en un Encuentro de la Asociación de Ecuatorianistas de Norteamérica, realizado en Cuenca (del 4 al 7 de junio de 1990).

(8)  "El Otoño del Patriarca" o la crisis de la desmesura, Oveja Negra, Medellín, 1985.  

 

 

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