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Jaguar
y Aguilera Malta
Jorge Dávila Vázquez
Introducción
Si hubo en el Ecuador una agrupación de creadores, dotados de
grandes atributos y mentalidad afín, fue, sin duda, la llamada
Generación del Treinta. Hombres de diversas latitudes, nacidos
en un período aproximado de quince años -entre 1903 y 1918,
fechas de nacimiento de De la Cuadra y Dávila Andrade,
respectivamente, englobando en una sola a figuras epónimas y a
epígonos, para usar una terminología generacionista-, arremeten
contra una literatura marcada por las dulzuras idílicas de Mera,
por la larga, casi interminable secuela del romanticismo tardío,
y por el modernismo, evasivo y sentimental, y se lanzan a
producir unas obras realistas, audaces, nuevas, valientes.
Renaud Richard dijo hace tiempo que era la única generación
parricida[1] de nuestras
letras, y tenía razón.
Los grandes nombres sacros de las letras patrias fueron
incinerados por el ardor de un lenguaje cuya enseña fue la
palabrota; pero que, pese a la intención marcadamente realista,
era de un hondo y radical lirismo.
A esta generación, gloria indudable de nuestra literatura,
pertenece Demetrio Aguilera Malta, que salió a luz como uno de
los cuentistas de Los que se van, el texto
inaugural, y que alcanzó un nombre entre los mejores novelistas
de la patria, pero que fue, además, periodista, dramaturgo, y,
en algún momento, poeta lírico y ensayista, copando así todas
las posibilidades expresivas de lo literario, y constituyéndose
en una de las figuras más polifacéticas de aquel conjunto de
escritores.
Las características y los antecedentes de la
Generación del Treinta han sido largamente estudiados, pero al
vuelo diremos que la más saliente de las primeras fue la
conciencia de la situación social en que vivía inmerso el
Ecuador de entonces y la convicción de que era preciso un
cambio; y el más trascendental de los segundos, la influencia
que ejercieron en los artistas los movimientos revolucionarios
de fuera y los intentos de dentro -digamos la Revolución Rusa o
noviembre del año 22, respectivamente-; y la ideología, que fue
el soporte de la creación de la mayoría, estaba, de algún modo,
próxima al marxismo: los artistas se adscribieron a partidos
políticos que significaban una ruptura con las tradicionales
tiendas políticas conservadoras o liberales: el socialista
(Aguilera) o el comunista (Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert).
Conciencia social, compromiso con su tiempo, militancia en
algunos casos, ideología revolucionaria en casi todos,
homogenizan a la Generación del Treinta, si no en cuanto a la
producción misma, sí en lo que respecta a las intenciones, y es
una perspectiva que no se puede perder de vista cuando de ella
se habla.
Este es, pues, brevemente, el contexto en el que hemos de
considerar la vasta y variada producción de Aguilera Malta.
AGUILERA EN LA VIDA Y EN EL ARTE
Demetrio Aguilera Malta nació en Guayaquil en 1909. Pasó una
parte de su infancia en la isla San Ignacio, en el Archipiélago
del Golfo de Guayaquil. Esta estancia fue trascendental en su
vida, pues determinó desde los inicios, el marco de sus grandes
obras, unas veces de manera inmediata -en la época del
realismo-, y otras de modo mediato -en el período mágico-; le
puso en contacto con la gente -el cholo de la costa- que le
sirvió de inspiración para sus personajes míticos: Cusumbo, Don
Goyo, Don Mite, Bulu-Bulu, Candelario; y, en el aislamiento y la
soledad, Aguilera descubrió su vocación literaria, en la
biblioteca de su abuelo, según lo consigna Hernán Rodríguez
Castelo[2]. Esa mezcla
de literatura y naturaleza será una constante en su obra.
Las primeras producciones del autor fueron poéticas, así lo
confesó a Gerardo Luzuriaga[3],
y siguiendo a este mismo autor, podemos atribuirlas a los
dieciocho y veinte años (Primavera Interior y
El Libro de los Mangleros , respectivamente).
Luego, en unión de Gallegos Lara y Gil Gilbert, crea sus
primeros relatos, los ocho cuentos sobre los cholos de las
islas, que son su aporte a Los que se van; tiene
entonces, veintiún años, pero no es el menor de los tres
autores, y este dato solo para subrayar la extrema juventud de
quienes abrían, con una nueva actitud ante lo literario y lo
humano, los caminos de la narrativa social del Ecuador.
A los veinticuatro años publica Don Goyo, su obra juvenil
más lograda, y gran novela del período.
Panamá es la meta de su primer viaje fuera del país. Se apasiona
por la situación de ese conflictivo pedazo de la patria
americana, y de ese encuentro con una nueva realidad surge
Canal Zone, una de sus novelas menores, pero
vivamente testimonial.
En 1936 va a España. Estalla el conflicto civil; durante dos
años se desempeña como corresponsal de guerra. Visita diversos
frentes y escribe dos obras, en las que se mezcla la observación
directa de lo real y una clara tendencia literaria: Madrid:
Reportaje novelado de una retaguardia heroica, libro que si
en su momento tuvo una gran acogida, por la actualidad del tema;
hoy, visto a distancia, no es más que un inmaduro fruto de la
pasión antifascista, y España leal, drama panfletario, su
primer ensayo teatral, que no tiene otro valor que buena dosis
de poesía entre lorqueana y de romancero.
Desde 1938 desempeña varias funciones públicas en el Ecuador.
En 1939 estrena Campeonatomanía y El sátiro encadenado.
En 1940 publica fragmentos de Carbón. En 1941 da a la
estampa y estrena Lázaro. En 1942 aparece su segunda
gran novela, La isla virgen. Habrán de pasar casi
treinta años hasta que Aguilera vuelva a dar a las letras del
Ecuador y de América otro producto de envergadura. En el tiempo
que media entre esta novela y Siete lunas y siete serpientes,
el autor se apasiona por el cine y por los relatos de corte
histórico, parte de su producción menor. Escribe también varias
piezas de teatro, que no son precisamente del mejor Aguilera,
pero que en el exiguo panorama de nuestra dramática le dan un
sitial: El pirata fantasma (puesta en escena en 1946);
Sangre azul (igualmente de ese año); No bastan los átomos
(1954); Dientes blancos (el mismo año, aunque parece
escrita antes, por su parentesco con Canal Zone );
El Tigre (1955), la más famosa y más acabada de
sus obras teatrales; Honorarios (1957),
Una mujer para cada acto (1960), en colaboración con
su esposa Velia Márquez. Este año, se publica también su
reportaje novelado: Una cruz en la Sierra Maestra, que
retoma la línea testimonial de Madrid. Siguiendo
con el teatro, en 1961 aparece Fantoche y en 1967
Infierno negro, sin duda su drama más ambicioso. Los
llamados Episodios americanos vieron la luz en el
siguiente orden: La caballeresa del sol y
El Quijote de El Dorado en 1964 y Un nuevo mar para
el rey en 1965.
Desde finales de la década del cincuenta hasta 1981, fecha de su
muerte, Aguilera Malta fijó su residencia en México, en donde
ocupó importantes cargos diplomáticos, representando a su país.
En 1970, apareció Siete lunas y siete serpientes, la obra
maestra de sus años de declinación, la saga de lo maravilloso,
que ponía sobre el tapete de la narrativa ecuatoriana cuanto
hubo de latente en la época anterior, de magia y poesía, y que
aprovechaba todo lo creado hasta ese momento dentro de la
tendencia, por Asturias, Rulfo, Carpentier y, sobre todo, García
Márquez.
Luego vinieron las novelas El secuestro del general, obra
de una experimentalidad que bordea el expresionismo y el
comic, pero que no cuaja en fruto redondo y maduro (1973),
Jaguar, especie de amplificación de El Tigre,
marcada por el signo de la decadencia (1977), Réquiem para el
diablo (1978), desarrollo parasitario y extenso de la
pieza Infierno negro, que no logra ser un buen libro,
pese al tema sumamente actual: la importancia actual del
petróleo; y la póstuma: Una pelota, un sueño y diez centavos,
que ya se conocía fragmentariamente, y que no aporta gran cosa
al conjunto de su producción.
En resumen, una vida entera dedicada, por vocación y praxis, al
arte, con una concepción de lo social, siempre cercana al
compromiso político, a la denuncia, a la solidaridad; con un
espíritu rico y variado; y con una característica, ya señalada,
que lo diferencia del resto de sus compañeros de la Generación
del Treinta: su intento creativo -y a veces su logro- y su
búsqueda expresiva abarcan todos los géneros; hemos detallado lo
que tiene que ver con los tres ficcionales, lírica, épica y
dramática, pero no olvidemos que produjo también ensayos, así:
La revolución española a través de dos estampas de Antonio
Edén (1938) y Los generales de Bolívar
(1965).
LA NARRATIVA DE AGUILERA
LOS INICIOS
Aguilera, con veintiún años, lo dijimos, es el mayor de los
tres. Gil Gilbert solo tiene dieciocho y Gallegos diecinueve.
Pero, con ser tan jóvenes, causarán el más grande revuelo de
toda la historia de la literatura ecuatoriana, al publicar en
Zea y Paladines Los que se van, cuentos del cholo y el
montuvio. [4]
No se trata de un volumen de narraciones breves de excepcional
calidad; si no más bien del fruto apasionado del trabajo sobre
las ideas y las palabras, de un grupo de muchachos, a los que
une, sobre todo, el deseo de echar abajo todo lo que huela a
viejo; todo lo que sepa a estructura caduca, tanto en lo
literario como en lo social.
Pero esta clase de inquietudes está en el ambiente. No solo
Gallegos, directo compañero de afanes, sino también José De la
Cuadra -especie de teórico y mentor del llamado Grupo de
Guayaquil- ejercieron gran influencia sobre Aguilera. El
primero, con sus juveniles vehemencias y su militancia
comunista, sembró en el ánimo de nuestro narrador, como en el de
todos sus contemporáneos próximos, semillas de inconformismo; el
segundo, algo mayor que los otros, maestro de Aguilera en el
colegio "Vicente Rocafuerte", le inculcó la idea de la necesidad
de una literatura "de denuncia y de protesta". Hacemos estas
afirmaciones a partir de lo que el propio Aguilera manifestó a
Rodríguez Castelo y Gerardo Luzuriaga.
El tono de protesta de los ocho relatos de Aguilera que incluye
Los que se van, sin embargo, no es muy fuerte. Aparece,
sí, la figura del amo blanco y explotador, pero, el empeño por
mostrar la realidad que pinta, en su primitivismo y con los
rasgos más cálidos -el lenguaje, la descripción de paisaje,
la pintura de las naturalezas cholas, espléndidas, intactas-,
lo arrastra, y la denuncia cae en el olvido.
Menton ha dicho, en cuanto al lenguaje del grupo de
Los que se van: "Las transcripciones fonéticas de su
dialecto son las más atrevidas que existen en la literatura
hispanoamericana" [5]
En los tres autores, el intento de traslación idiomática es
constante. Esto da una frescura y una vitalidad enorme a los
relatos, pero también tiene aspectos negativos: una expresión
dialectal inserta, de inmediato, a la narración en lo
costumbrista, lo que genera una distancia entre los lectores y
el texto.
TRES GRANDES NOVELAS
Entre novelas y reportajes novelados, Aguilera Malta escribió un
total de doce, de ellas, las tres grandes son Don Goyo
(1933), La isla virgen (1942) y Siete lunas y siete
serpientes (1970).
DON GOYO
Es, sin duda, uno de los libros más logrados de cuantos produjo
la Generación del treinta. Obra que con Los Sangurimas de
José de la Cuadra ha de considerarse como precursora del
realismo mágico en el Ecuador, y quizá en Latinoamérica.
Aguilera tiene al momento de su publicación apenas veinticuatro
años, mas el relato nos muestra a un creador maduro, de gran
seguridad, dueño de una prosa rica y frondosa; capaz de crear
personajes de estatura mítica, pero de sólida contextura humana,
recios y vibrantes; pintor de la naturaleza salvaje de las
islas, con mucho arte y conocimiento; poseedor de un dominio
mucho mayor que en la cuentística, en lo relativo al diálogo; en
suma, un relatista de muy buen oficio y solvencia, como para
llevar a feliz término una narración extensa y bien tramada.
LA ISLA VIRGEN
Esta novela es, sin duda, el punto más alto de la primera etapa
de Aguilera. Pero, frente a la feroz vitalidad, al aliento
mítico de Don Goyo, resulta un poco fría, demasiado
"literaria", y eso ha contribuido a que, pese a sus innegables
cualidades, ocupe un lugar de segunda importancia en el
repertorio aguilereano.
La madurez productiva del autor, ya perceptible en la novela
anterior, llega en la Isla virgen a su mejor expresión.
El sabor de epopeya, presente en toda su producción narrativa,
alcanza en este libro su gusto más reposado. Desaparecen las
vacilaciones, marcadas en DON GOYO, por ejemplo, por los
innumerables puntos suspensivos; el estilo se vuelve decantado,
terso, fluido.
Hay un sentido más hondo del personaje como ser vivo. La
estructura del relato es más sólida, segura; el optar por un
narrador indirecto, que pasa imperceptiblemente de la tercera a
la primera persona, es una innovación interesante.
Parte de la lo épico de Aguilera se cifra en la estatura del
héroe -y no hay que olvidar que se trata de un blanco, lo que
marca también un universalizarse de la concepción del mundo del
autor, que encontrará un adecuado desarrollo también en Siete
lunas, en Cándido y Juvencio.
Néstor, el protagonista de esta novela, es uno de sus personajes
mejor diseñados y realizados. Posee su propia y apasionante
psicología y es, al mismo tiempo, uno de esos seres de carácter
simbólico y valor universal, que tanto atraían al escritor: el
hombre frente a la tierra salvaje.
En su afán de integración del ser humano y la naturaleza -una
vez más precursor del realismo mágico-, Aguilera transforma en
el antagonista de Néstor a la isla, y para ello, dota a esta de
características humanas de hembra indomable, poderosamente
sensual y siempre intacta.
En cuanto a los personajes secundarios, están menos abocetados
que en la novela anterior, algunos como Melgar, Mite, El Tejón,
Chamaidán o el infeliz Zambo Aguayo, tienen corporeidad,
relieve, una psiquis más o menos profunda.
El mundo poéticamente pintado de las islas, que viene ya desde
los cuentos, alcanza en las descripciones de paisaje, en sus
imágenes de una naturaleza implacable, un alto nivel de calidad.
SIETE LUNAS Y SIETE SERPIENTES
Novela de la total madurez de Aguilera, constituye uno de los
frutos mejores de su creación artística, pero, igualmente, por
desgracia, el inicio de una decadencia irreversible y también
irrelevante, literariamente hablando.
Aparecida en 1970, tres años después de Cien años de soledad
y no tres antes, como inexplicablemente lo declara Aguilera a
Francisco Febres Cordero (Retratos con jalalengua , Ed.
El Conejo, Quito, 1983), resume en sí todo el poder creativo no
solo de nuestro autor, sino de la Generación del Treinta, a la
que evoca cálidamente en la introducción.
Siete lunas es una verdadera eclosión mágica, no solo
por la vital integración del animismo y la mitología cholo-montuvia,
señalados como latencias permanentes en el habitante de la
costa, por José De la Cuadra en El montuvio ecuatoriano
(6), sino porque
Aguilera construye un universo imaginario: Santorontón y
Balumba, sólidamente sustentado en la realidad objetiva, que
constituye uno de sus mayores aportes a la ficción narrativa del
Ecuador en todos los tiempos; mundo autónomo
característicamente literario, en el que todo es posible.
EL TEATRO
Antes se han enumerado las obras teatrales del autor; de ellas,
El tigre (1955) es la más conocida y representada y, sin
duda, la mejor de todas.
Bajo sus apariencias de realismo, es un estupendo estudio del
miedo y demuestra hasta dónde era capaz de llegar su autor,
cuando se lo proponía, al ahondar en el alma humana.
Las interpretaciones en torno a esta obra son de lo más
diversas. Juan Guerrero Zamora percibe el sentido mágico de la
figura del tigre; que para Agustín del Saz es demoníaca, lo
mismo que para Carlos Solórzano (los tres citados por Luzuriaga
en pp. 86, 93 y 94), mientras que para Luzuriaga "no es más que
la concreción artística de uno de los tantos mitos del miedo,
miedo tanto mayor cuanto más desconocido es su objeto y cuanto
más ignaro y pusilánime es el que lo padece. El énfasis no
recae en el objeto, sino en el sujeto del miedo, en el proceso
psicológico, en la obsesión ..." (pp. 93-94).
JAGUAR, una novela menor
Aguilera usó la historia del felino que persigue al Zambo Aguayo
tres veces, pues era muy dado a la reutilización de materiales.
La primera, en La isla virgen. El capítulo que trata el
tema está muy bien escrito; pero, en la pieza teatral El
tigre, el autor no solo mantiene el buen nivel de escritura,
sino que lo supera. Luzuriaga ha señalado en el estudio
comparativo la poda, el abandono del dialectalismo y el
enriquecimiento de la anécdota, por la historia del amor y de la
deuda pendiente (pp. 87-88).
Y la tercera vez, la utiliza en Jaguar, en donde la
amplificación agota el motivo, y no siempre consigue buenos
resultados. Jaguar (1977), lo hemos dicho ya, es una
amplificación algo excesiva del tema del tigre; pero todo lo que
fue agilidad y dinamismo en La isla virgen y en la pieza
de teatro, desaparece en este libro bajo la carga de verbalismo,
que frena constantemente la acción y engrosa el texto. Pese al
entusiasmo de Angela Valle, que le ha dedicado, un amplio e
inteligente estudio, la novela no es del mejor Aguilera(7).
Características
Jaguar
se presenta al lector como un relato extenso en 17 capítulos,
que se subdividen de acuerdo con las necesidades del moroso
desarrollo del texto.
El estilo narrativo mezcla la tercera persona narrativa
con abundante diálogo, siempre rico y vivo en toda la obra del
autor.
Se registra el paso, en más de una ocasión, imperceptiblemente,
de una voz en tercera persona limitada, que en apariencia
no conoce los diversos aspectos del acontecer ni las reacciones
de los personajes, a una primera persona que se hunde en breves
monólogos. Así, cuando Domitila le pide permiso al padre para
entregarse al Zambo:
“Don Mite miró para otro lado… ¿Era un pendejo? ¿No era un
pendejo?... ¿No debería ofenderse? ¿No debería pelear…?
Decididamente, era un pendejo…” En la última parte del texto,
que es mucho más extenso y reiterativo, ha hecho su aparición lo
monologal.
En diversas apariciones del Zambo, ese cambio de lo narrativo en
introspección es frecuente. El narrador nos presenta al
personaje, que piensa en los efectos que le causa el constante
acecho de la fiera:
“Después que el Tigre estuvo siguiéndolo y empezó a mirarlo en
todas partes, él era un hombre al agua. Pero tenía que
aguantarse… ¿Por qué se ponía así?... ¿Por qué? Bien lo sabes
Zambo. Ni que fuera la primera vez que te ocurre esto…”
Captamos de inmediato que el paso de un narrador en tercera, a
una segunda persona (quizá la propia conciencia del ser) que
hurga en el interior atormentado de Aguayo, deriva hacia una
suerte de soliloquio.
Lo mismo ocurre con el diálogo, que, de pronto, gira en
dirección al monólogo interior. Así, en la escena del baile por
el cumpleaños de Domitila, cuando Aguayo se emborracha,
insensiblemente cae –y nosotros los lectores con él-, en el
soliloquio interno.
El personaje grita “¡Que Viva la Santa!”. Los invitados corean
“-¡Que viva!” Y el zambo se hunde en sí mismo: “Que viva, que
viva, carajo. Que viva mucho tiempo. El que se va a morir soy
yo…”
Los personajes exhiben la destreza de Aguilera en su
construcción. El mayordomo Guayamabe tiene una estatura
heroico-mítica que viene desde su primer asomo en La isla
virgen, y es al mismo tiempo un ser humano dolorido hasta lo
más íntimo de su ser, cuyos conflictos aparecen expuestos en
detalle, por vez primera. El zambo Aguayo, en su tercera
aparición en la obra aguilereana, exhibe los mismos rasgos de
las anteriores, pero alcanza su mayor y mejor desarrollo.
Seborón tiene parentesco con los “malos” de Siete lunas,
pero no es desdeñable.
El resto forma parte de la colorida comparsa que proviene del
realismo social, en niveles casi costumbristas, y se vincula sin
problemas con los seres realista mágicos, como esa doña Juanita,
con su iguana mascota, y sus oscuros antecedentes míticos, o el
cojo Banchón, cuya pata de palo sirve para todos los oficios
imaginables, y, especialmente, como instrumento musical.
El
acontecer
oscila entre la cotidianidad de la vida dura del cholo de la
costa y sus esfuerzos por sobrevivir; la intensa sexualidad de
los personajes, siempre en busca de solución, ya por el amor, ya
por el simple ayuntamiento o por la violencia; y la consabida
dosis de realismo mágico, que a veces llega a ser excesiva (como
en la última secuencia del Zambo y el tigre).
La anécdota es bastante simple, pero Aguilera borda sobre ella,
con una insistencia un poco molesta, como si quisiera dilatar el
relato más allá de sus límites aceptables.
La lengua narrativa de Aguilera es admirable.
Maneja la expresión coloquial, la mezcla con los niveles
convencionales del relato, con los introspectivos y
retrospectivos (la memoria, la evocación interna del pasado) y
poetiza casi todo de modo vibrante. Además, usa el diálogo con
suma habilidad y, en ocasiones, introduce rasgos humorísticos,
que vuelven agradable la lectura de la novela.
Es preciso anotar, sin embargo, que los niveles sexuales
primitivos, característicos del medio en que se desarrolla la
obra, contaminan constantemente la expresión verbal y la llenan
de alusiones eróticas directas, y hasta un tanto recargadas.
Y también es bueno reparar en que el juego constante con el
motivo del Tigre (lo aclara el autor en una especie de breve
introducción: “el Manchado es el Tigre”, aunque se lo llame
Jaguar), como encarnación del miedo, del mal, como pesadilla,
como sombra del pasado y amenaza del presente y el futuro del
Zambo Aguayo, provoca una serie de reflexiones
filosófico-psicológicas, que a mi modo de ver están fuera de
lugar entre unos personajes como los que creó Aguilera.
La descripción contiene algunos de los aciertos del
libro, pues nos devuelve al Aguilera enamorado de las islas del
Golfo de Guayaquil, y capaz de exaltarlas en toda su belleza y
ferocidad. Mas, este aspecto, como casi todos en el libro,
adolece de desmesura.
Ante textos como Jaguar , que no son más que inmensas
reiteraciones hiperbólicas de otros, mucho más apretados,
sintéticos, vienen a propósito unas palabras de Jaime Mejía
Duque (8):
“En filosofía se dice que la tautología no constituye un
verdadero discurso, ya que apenas indica la identidad del ser en
su inmovilidad profunda, en su latencia. Análogamente cabría
afirmar que, en la obra literaria, la tautología es la detención
de la forma respecto de la dinámica del Mundo (su contenido:
vida del personaje, proceso social, etc.), el cual por ello
mismo permanece fuera, inexpresado y apático. (pp. 23-24).
Y también:
La hipérbole, recurso activo, al aglomerarse por sobre el límite
que la economía de la expresión le fija internamente (su
legalidad estética), se neutraliza en una especie de parálisis
del relato, que se vuelve así reiterativo y ornamental, se
congela para tornarse en una imagen, la Misma,
multiplicada en el espejo de un agua inmóvil: la Gran
Tautología (...) Como la pornografía, la hipérbole nace
destinada a languidecer pronto en el bostezo de un hastío sin
fondo. El talento plástico y jocundo del escritor arriesga
encontrar en ella una trampa definitiva (pp. 24-25).
NOTAS
[1]
Renaud Richard, Reflexiones sobre "Viaje a la semilla",
en El Guacamayo y la Serpiente, revista de la Sección de
Literatura de la Casa de la Cultura Núcleo del Azuay, Cuenca
(12), mayo, 1976.
[2] Don Goyo figura
grande de la Epopeya Costeña, estudio preliminar a la
novela, Clásicos Ariel Nº 6, Guayaquil, sf.
[3] Del Realismo al
Expresionismo: el teatro de Aguilera Malta, Playor S.A.,
Madrid 1971, pág. 32.
[4] Clásicos Ariel Nº
30, Guayaquil sf.
[5] El Cuento
Hispanoamericano, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.
Primera reimpresión. Pág. 279. T. I.
(6)
Imán, Buenos Aires, 1937. Pág. 52.
(7)
Importante trabajo leído en un Encuentro de la Asociación de
Ecuatorianistas de Norteamérica, realizado en Cuenca (del 4 al 7
de junio de 1990).
(8)
"El Otoño del Patriarca" o la crisis de la desmesura,
Oveja Negra, Medellín, 1985. |