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Palabra, mundos e
imaginario en la poética de Rafael Cadenas
Carmen Virginia Carrillo
Rafael
Cadenas (Barquisimeto, 1930) publicó a los dieciséis años
Cantos iniciales (1946), poemario que no logró una buena
acogida por parte de la crítica, aunque ya desde estos versos
iniciales se perfilan algunos de los ejes temáticos que se han
reiterado a lo largo de toda su obra, entre ellos cabe destacar
el de la exploración del ser y del lenguaje.
El año de 1952 el poeta tuvo que abandonar el país rumbo al
destierro en la isla de Trinidad. Allí comenzó a escribir un
segundo libro titulado Una isla que culminó a su regreso
al país, en Caracas y cuya versión original circuló
multigrafiada en la Escuela de Letras de la Universidad Central
de Venezuela en 1977. En 1960 Tabla redonda editó el
largo poema en prosa Los cuadernos del destierro; tres
años más tarde
apareció el poema más conocido de Cadenas, “Derrota”, texto que
plasma la crisis existencial de una generación que se sintió
traicionada.
El año 1966, la Universidad Central publicó Falsas maniobras,
libro que agudiza la problematización del yo poético que ya
se anunciaba en los textos anteriores.
La obra de Cadenas dialoga con la cultura oriental,
particularmente con el pensamiento vedántico, el taoísmo y el
zen. De occidente encontramos en Cadenas los ecos de
Arthur
Rimbaud, Walt Whitman, Rainer Maria Rilke, D. H. Lawrence,
Fernando Pessoa, Giuseppe Ungaretti, Czeslaw Milosz, Henri
Michaux, Carl G. Jung, Alan Watts, López Pedraza. Ortega y
Gasset, Unamuno, Machado, Salinas y Guillén.
En Los cuadernos del destierro (1960) destaca la
reflexión sobre la identidad del ser y la palabra poética. El
hablante lírico se define por su condición de desterrado e
intenta fundar un mundo mítico en el cual busca reconocerse.
El desarraigo genera una crisis de identidad que el texto
poético busca restablecer, un relato fundacional que tiene como
marco de fondo el espacio insular de Trinidad. Entre las
características más resaltantes de este texto poético se
encuentra la fragmentariedad y la ruptura de la lógica del
discurso. Del libro ha dicho Guillermo Sucre:
Los cuadernos del destierro
(1960) traza un itinerario fascinante: la expansión del yo a
través de la memoria personal y mítica. (…) Opulencia y
celebración: el mundo vivido como verdadero reino. Tal
sentimiento, a su vez, es o puede ser un exilio, pero es el
exilio en lo paradisíaco, la comunión alucinada con lo original
(Sucre, (1975) 1985: 304).
Este largo poema en prosa se enlaza con toda una tradición de
poesía narrativa que se inicia en el siglo XIX con los
románticos, continúa en Baudelaire y sus “petits poèmes en prose”
y que en América Latina alcanza con Azul de Rubén Darío
su concepción más moderna. Para Eduardo Milán “la narratividad
poética combatiría el concepto de poesía lírica heredado de la
tradición y retrotraería a la poesía latinoamericana a las
funciones épicas de la lengua” (Milán, 2001:15).
La relación del libro de Cadenas con Una temporada en el
infierno de Rimbaud se percibe desde las primeras líneas. Al
igual que el poeta francés, Cadenas inicia el texto
estableciendo el origen ancestral y mítico del hablante:
Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes,
sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de
amor.
Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben –o
lo suponen- quienes se ocupan en leer signos no expresamente
manifestados que su austeridad tenía carácter proverbial. Era
dable advertirla, hurgando un poco la historia de los derrumbes
humanos, en los portones de sus casas, en sus trajes, en sus
vocablos. De ella me viene el gusto por las alcobas sombrías las
puertas a medio cerrar, los muebles primorosamente labrados, los
sótanos guarnecidos, las cuevas fatigantes, los naipes donde el
rostro de un rey como en exilio se fastidia
(Cadenas, 1960:7).
Una vez determinada la genealogía el hablante se describe a sí
mismo “Soy desaliñado, camino lentamente y balanceándome por los
hombros y adelantando, no torpe, más si con moroso movimiento un
pie, después otro” y anuncia el propósito del texto “relataré no
sin fabulaciones mi transcurso por tierra de ignominias y
dulzuras, ruptura y reuniones, esplendores y derrumbes”
(Cadenas, 1960:8); de esta manera anuncia la intención de
rescatar del olvido las vivencias en el destierro, a la vez que
pone en evidencia la intervención de la imaginación en la
construcción del poema. La inmediatez de la experiencia es
salvada a través de los recuerdos, sin embargo, la fabulación
constituye el ingrediente complementario de este texto a través
del cual el poeta, en un permanente oscilar de un extremo a
otro, se muestra y se enmascara.
Para Margot Carrillo Pimentel:
como la imaginación, la memoria es un nombrar en ausencia, es
una forma de darle un lugar a algo que ya no existe, o que quizá
haya muerto; pero a diferencia de la imaginación, la memoria
intenta recuperar algo que ha acontecido, algo que ´tuvo efecto`
en otro tiempo y en otro lugar. Es por ello que el material de
la memoria juega con un sentido de la fidelidad, de lo
auténtico, en la medida en que habla de lo que de una manera u
otra aconteció (Carrillo Pimentel, 2003:187).
En tanto el poeta hace explícita su intención de fabular sobre
la base de su experiencia, el texto hace énfasis sobre los
aspectos imaginarios del mismo.
El hablante se encuentra escindido, se pierde en una
multiplicidad de rostros, “un día comenzó la mudanza de los
rostros. Uno suplantaba a otro, sin cese. Tal día fueron cien,
tal otro mil; todos escenificaban una danza de posesos sobre mis
hombros” (Cadenas, 1960:9); la representación de un yo dividido
es una forma de plasmar los enigmas de un sujeto que pierde su
unidad y que puede llegar a la disolución total de si. Ese yo
fragmentado reitera su fidelidad a la memoria:
Hice mis particiones.
Aguas en la memoria, absolutas como los desiertos, solamente el
silencio del otro en el follaje puede compararse con vuestro
espíritu.
Osaré recrearme en la evocación.
Isla, deleitable antífona.
Horma de los cuatro puntos.
Asilo de los vientos sin paz.
Adelantándome y retrocediendo como un preludio abro las tierras
moradas
(Cadenas, 1960:11).
Y así continúa enumerando imágenes, situaciones, lugares,
sonidos, frases de terceros, objetos. Palabra que nombra y al
nombrar da nueva vida a los recuerdos, palabra génesis del
exiliado que se desborda en imágenes surrealizantes:
Por entre árboles morados ángeles negros tocan la noche de cuero
de cocodrilo. El cielo se pega a la costra de los
vegetales. Un pueblo aplastado por las pezuñas de la luna
desentierra voces sepultadas por marejadas de exilio. Un
adolescente oscuro mira desde un trono de luciérnagas el paso
de las cebras como cordón de brasas.
Pasa un elefante herido
(Cadenas, 1960:15).
El olvido es una amenaza permanente, en la medida en que los
acontecimientos pasados se van borrando de la memoria; el
individuo va perdiendo su identidad. En el poema el hablante
lamenta la pérdida de los recuerdos “De aquel idioma raro y de
mis pasos por la tierra dicha no existe imagen alguna que no
esté hoy extinguida” (Cadenas, 1960: 16), sin embargo todo el
texto representa un intento por rescatar las memorias de ese
tiempo vivido en el exilio, de la lengua hablada en el país
extranjero; llega incluso a incluir palabras en inglés.
La imagen del espejo simboliza la representación exterior del
ser, la alteridad que se ofrece como posibilidad para el rescate
de la identidad perdida “Me refiero a la casa meridional del
agua donde el olvido recobra sus espejos azules” (Cadenas, 1960:
18). La presencia del sol, el mar, la luz, se reitera a lo largo
del poema; aguas resplandecientes que reflejan las emociones de
un yo que se debate en la duda “Mi único caudal eran los botines
arrancados al miedo” (Cadenas, 1960: 19). Comienza entonces la
larga lista de inseguridades:
Yo nunca supe si fui escogido para trasladar revelaciones.
Yo nunca estuve seguro de mi cuerpo.
Yo jamás pude precisar si tenía dos manos, dos piernas, un
rostro, una historia.
Yo ignoraba todo lo concerniente a mí y a mis ancestros.
Yo nunca creí que mis ojos, orejas, boca, piel, nariz,
movimientos, gustos, dilecciones, aversiones me
pertenecían enteramente.
…
En suma, yo era una pregunta condenada a no calzar el signo de
interrogación. O un navío que se transformaba en
fosforescente penacho de dragón. O una nube que se demudaba
conforme al movimiento.
Habitaba un lugar indeciso
(Cadenas, 1960: 21).
El texto está organizado a partir de dos tiempos, un presente
que se vive añorando un pasado que se ha ido. Ese pasado puede
ser ´otra edad`, la infancia o un lugar impreciso del que se
regresó. Del pasado se conservan sucesos, separaciones,
contradicciones, encuentros, pérdidas y reparos (Cadenas,
1960:25). El aquí y ahora se enfrentan a un allá y un antes; el
país del destierro frente al país natal; la muerte aparece
como la estación final de las trajinadas mudanzas de la vida.
A pesar de que en este poema no encontramos una retórica del
terruño, hay una serie de alusiones a la tierra siempre
elogiosas “La tierra es un tesoro franqueado por los vendavales
a las manos fértiles, instrumentos de mi raza” (Cadenas, 1960:
27) que aunadas a la valoración de la memoria emparentan a
Cadenas con la tradición de la que Palomares y Montejo son
herederos. La exaltación de la tierra se opone a la descripción
de las ciudades que le producen “un recurrente sentimiento de
desafección” (Cadenas, 1960:29).
El yo lírico se muestra decepcionado y derrotado y nos dice
“Arqueado sobre mi memoria como un ángel despojado de su
candidez … Yo desconfío” (Cadenas, 1960: 29). La representación
que el poeta hace de sí mismo oscila entre el polo mítico y el
realista; por un lado tenemos al vate que se reconoce en los
orígenes míticos, por el otro la autoreferencia. En uno se
oculta y en el otro se revela, llega incluso a manifestarlo de
forma explícita, así dirá en un momento determinado: “He
resuelto mis vínculos. Ya soy uno” (Cadenas, 1960:10), luego
“Estoy aquí” (Cadenas, 1960:22), y más adelante “Voy a ocultarme
de nuevo” (Cadenas, 1960;55), para finalizar diciendo “Ahora he
regresado. Mi razón ha vuelto a su sitio y a él se ajusta como a
la almendra su máscara … He recuperado mi nombre” y de nuevo el
ser fragmentado que intenta recuperar su unidad “¡Oh!, tu mi
enemigo, dentro de mí, entrégame las llaves definitivas para
abrir el más claro aires, las arcas transparentes.” (Cadenas,
1960:58-59). Este constante debatirse de un ser dividido entre
dos realidades, una mítica y otra histórica, se reitera en este
fragmento en que el yo interpela a su alter ego en los
siguientes términos:
Con mi voz de calcinado expósito y rodeado de lo preterido,
saludo. Calma. Saludo de frente como un ahogado. Calma. Saludo
de frente como un réprobo. Calma. Saludo de frente como un
ladrón. Clama. –Rafael ¿me oyes? ¿Estás ahí? –Sí, te oigo. Estoy
aquí, estoy aquí, estoy aquí. Llevo a espaldas la noche
(Cadenas, 1960:41).
Para Sonia Mattalía “inscribir el propio nombre implica una
identificación y una extrañeza; si por un lado el Nombre es la
marca de sí mismo, es también un salto a la desindividuación” (Mattalía,(1988)
2004:111). Este sujeto no es solamente un desterrado político,
es también un “desterrado de sí, a pesar de sí”
(Mattalía,
(1988) 2004: 115).
Las dos pasiones ante las que el hablante claudica son un ´tú`
femenino al que dedica parte de estas memorias y el lenguaje
“Así como sucumbo a vocablos pudiera sujetarme a tu mirada”
(Cadenas, 1960:48).
La reflexión sobre el lenguaje es uno de los ejes de esta obra.
George Steiner, en Gramática de la creación, comenta
El lenguaje del poeta encarna directamente el flujo y reflujo de
la “reflexión”. Es a la vez irreductiblemente él mismo y
universal: muestra la aparente contradicción de la “singularidad
ilimitada”. Sus elementos determinantes, claridad y opacidad,
velocidad y retraso, lo abstracto y lo concreto, se reúnen en
esa “quietud del movimiento” que une lo universal a lo
particular
(Steiner, 2001: 128).
En Los cuadernos del destierro conviven los contrarios,
magia y logos, sonido y silencio, presencia y ausencia del
hablante, en una lucha por superar el límite del lenguaje mismo.
Mi palabra tiene acento de oración porque el término del
amor que es destrucción ha traído también el deceso de
la sed.
Por eso mi palabra tiene ritmo de teoría solemne de contristados
y acongojada recorre los cauces graves del logos.
…
Sin embargo, he aquí que hoy me desnudo y salgo a revocar mis
devastaciones.
Retrocedo hacia mi origen para recomenzar por otro silencio que
me lleve a más dulces dominaciones. Exhausta está mi lengua, la
matriz amante.
…
Es muy duro decir, es muy duro callar. Ofreceré mi corazón a los
villanos
(Cadenas, 1960:51-52).
El poeta plantea la incapacidad del lenguaje para nombrar con
propiedad la realidad, para revivir el pasado y para expresar
los estados de ánimo. Para Steiner, “en un gran poema lírico hay
una amorosa hostilidad hacia el lenguaje. Más exactamente, el
poeta busca traspasar las fronteras de su lenguaje” (Steiner,
2001:190). En Cadenas la lucha con el lenguaje se refleja en el
siguiente poema de modo categórico:
Mientras caminaba el trecho que marca mi derrota me desesperaba
la insuficiencia de mi idioma. Consultaba los inabarcables
cursos del verbo, inquiría de las tablas de la dicción sus
secretos trasvasables, averiguaba en pergaminos astrales la
valía de los vocablos. El color, el aroma, sabor, textura,
sonido de mi idioma me eran ajenos, pero avanzaba fiando al azar
muchas de mis más caras contenciones
(Cadenas, 1960: 54).
La realidad se diluye en las aguas de la imaginación y las
fronteras entre uno y otro mundo se borran, al punto en que el
poeta se pregunta:
¿He recorrido en verdad los caminos que nombro?
(Cadenas, 1960: 55).
Queda siempre la duda y la ambigüedad discursiva se impone. El
yo que escribe con la intención de rescatar del olvido una
experiencia vivida, se encuentra ante una memoria cómplice que
se vale tanto de una verdad histórica como de una verdad
ficcional (Casas, 1998: 178) para reconstruir el pasado.
Mi poema llega triste, entre grandes estallidos de arena, a su
solución. Su última palabra tiene que ser en forma de pregunta y
dispuesta como a punto de fuga
(Cadenas, 1960: 56).
Y concluye el poema con la inscripción a que da lugar la
escritura:
Dejo aquí escriturados mi nacimiento, mi pasaje, mi segregación.
No puedo predecir lo que vendrá. Enredado en los hilos como un
personaje mal llevado por su autor, esperaré el advenimiento de
mi libertad, sentado sobre un cofre de cartón, en el extremo
menos iluminado de la escena. Me despido, Adiós
(Cadenas, 1960: 60).
En líneas generales percibimos cierta tensión entre un yo lírico
que se dibuja desde un imaginario mítico y un yo autobiográfico
que se asoma a ratos, ofreciendo pinceladas de la historia
personal de Cadenas. Las vidas de estos dos ´yoes` se narran
entrecruzadamente a lo largo del poema.
El poema “Derrota” (1963)
puede considerarse una muestra fundamental de la poesía
conversacional en nuestro país. En un lenguaje en apariencia
directo, despojado de artificios, el poeta reitera la sensación
de fracaso que ya había anunciado en Los cuadernos del
destierro
Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que aprendí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme
es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más
aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creía que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una
risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni
triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido que poco me ha
faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el
limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas
veces más burlado en mi ridícula ambición que estoy cansado de
recibir consejos de otros más aletargados que yo (“Ud. Es muy
quedado, avíspese, despierte”)
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada en cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y
por otras cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
…
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir
burlándome de los otros y de mí hasta
el día del juicio final.
(Cadenas, (1963) 1979:11-113)
El hablante poético, en una actitud autocrítica exacerbada, se
va describiendo en función de la enumeración detallada de sus
carencias, negaciones e insuficiencias. El poema se articula a
partir de la repetición anafórica de la conjunción “que” con la
variante “que no” y termina con una conclusión que pareciera
volver al principio del acto expiatorio. Construcción de una
autoimagen pública en negativo; burla y juicio crítico de sí
mismo que lleva implícito un cuestionamiento de la sociedad en
general.
Para José Barroeta el sentido de este poema se encuentra en el
título, al que considera inseparable del texto, por cuanto “la
derrota es el otro rostro de la épica que no deseamos
pronunciar, pero en Cadenas ese rostro adquiere el poder de la
iluminación interna, el retorno a una ética, a una práctica que
ridiculiza las formas que el hombre, apartado de su naturaleza,
ha ido consagrando” (Barroeta, 1994:67).
En “Derrota” percibimos un diálogo intertextual con el poema de
Fernando Pessoa, -en la voz de su heterónimo Alvaro de Campos-,
“Tabacaria”.
Visión pesimista de un mundo que pareciera cerrar todas las
posibilidades de integración al hablante, quien se representa en
una completa y total disyunción con el entorno social.
En
Falsas maniobras
(1966)
encontramos algunos de los asuntos que ya habían ocupado a
Cadenas en
Los cuadernos del destierro,
tales como la problemática del exilio, la presencia del doble,
la reflexión sobre el lenguaje, el cuestionamiento de la
identidad de un yo poético conflictivo y desadaptado; incluso
el paisaje, que en algunos momentos se convierte en el eje de
los poemas, es el mismo. Sin embargo el lenguaje es otro, en
este poemario Cadenas se despoja de la metáfora surrealista,
del discurso poético ambiguo y polisémico que Aníbal Rodríguez
ha descrito como “alquimia verbal, [en el cual] las metáforas se
truecan y el poder de significación irradia de tal manera que el
texto embriaga al lector” (Rodríguez, 1999: 20). La concepción
estético-filosófica ha cambiado, ahora la escritura quiere ser
un acto de revelación y busca en el Oriente, en el budismo Zen
la iluminación. Guillermo Sucre comenta de estos dos poemarios:
más que el libro de la memoria, Falsas maniobras lo es de la
conciencia crítica. Lo que en
Cuadernos
era expansión y multiplicidad del yo, aquí se convierte en
ejercicio y práctica de desposesión. Pero se trata de una
desposesión que es otra forma de riqueza: abolir el yo y su
desmesura imaginante para acogerse a lo justo, a lo verdadero,
aunque parezca lo precario. La poesía de Cadenas busca entonces
vivir en “la nitidez del desierto”, y aun postula otra ética del
destino del hombre: el fracaso como vía de liberación y de
reencuentro con lo original
(Sucre, (1975) 1985: 304-305)
En Falsas maniobras el hablante lucha consigo mismo y con
un entorno al que percibe hostil; conciencia desgarrada que
realiza un ejercicio de autoacusación. El conflicto existencial
se despliega en los desdoblamientos y la vacilación del hablante
frente a las demandas del entorno social. Para Aníbal Rodríguez
desde el primer poema en Falsas maniobras, la problemática del
yo es evidente. Un personaje irá anotando su proceso de crisis
del yo, de cierto tipo de poesía, de la cultura. El personaje
tendrá constantes desapariciones, fallidos combates consigo
mismo. Una conciencia trágica mueve el personaje y en medio de
su angustia vislumbra su realización. Por momentos vence la
dualidad, sólo por momentos logra la comunión en la escritura
(Rodríguez, 1999: 23)
En el primer poema de Falsas maniobras nos enfrentamos
con un yo lírico fragmentado, escindido que se debate entre
complacer las demandas de los otros o permanecer fiel a sí
mismo. Este conflicto se acentúa en poemas como “Monstruo” en el
cual el hablante poético se desplaza; trasladado a una tercera
persona da paso a la objetivación del sí mismo. Este ´él` cuyas
huellas autobiográficas podemos perseguir, da lugar a un
distanciamiento crítico que le permite al poeta hablar de sí
mismo como si fuera un “otro” externo y distante:
El hombre sin piel se levanta tarde, evita los
comunes tropiezos, rehuye toda relación.
…
Sin él darse cuenta suele enredarse, sufre malentendidos hasta
jocosos, es víctima de equívocos
en situaciones corrientes.
Este hombre complica, complica.
…
Es que no puede permitirse, no puede darse el
lujo de tener moral. Si su filosofía es frágil, su
memoria es fuerte. En sus pliegues complicados
los hechos se estancan. A este hombre no le está
permitido olvidar
(Cadenas, (1966) 1979: 77)
Este recurso de acudir a la tercera persona lo repetirá en “Old
kingdom”, poema que recuerda el exilio en Trinidad: “Entre sus
memorias más preciadas, figura su paso/ por Boca de Serpientes./
¡El ha conocido cielos salvajes! Su mirada sigue / el vuelo de
aves playeras” (Cadenas, (1966) 1979: 89).
En el poema “El que es” el yo se desdobla
en un ser exterior que está en contacto con el entorno y un yo
interior que permanece al margen, aislado e incomunicado y a
salvo de las agresiones del mundo: “Si alguien me toca, sólo me
toca a mí, a ese mí orgulloso, ese mí que no deja franquear su
claustro, y no a ese otro alguien, informe, vasto, neutro, que
hace gestiones en la oscuridad” (Cadenas, (1966) 1979: 105). Sin
embargo en “Rutina” el yo lírico busca su unidad, nos habla de
su habilidad para reconstruirse “Sé reunirme pacientemente,
usando rudos métodos de ensamblaje./ Conozco mil fórmulas de
reparación. Reajustes, atornillamientos, tirones, las manejo
todas” (Cadenas, (1966) 1977:104). El sujeto poético que se
define en su condición de outsider, del ser que se debate
entre aceptarse tal como es o rechazarse, adaptarse o
mantenerse al margen. “(No se trata de rearmar un monstruo, eso
es fácil, / sino de devolverle a alguien las proporciones)”
(Cadenas, (1966) 1977:104).
En el
poemario encontramos un lenguaje decantado, más cercano a la
poesía conversacional, que tiende a la economía verbal. El autor
declaró explícitamente su intención de cambiar su escritura a
partir de una nueva visión de la realidad que le viene de las
filosofías orientales en su poema “Reconocimiento”:
Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.
No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez.
He de encajar en mi molde.
He acechado la aceptación súbita de mi realidad.
Despedí la poesía que se cuelga de brazos.
Incendié los testimonios falaces.
Adopté la forma directa.
Una convergencia prospera en mi.
Abandono mi caminar intrincado. Me dilato en
vastedades blancas. Sirvo en silencio a un solo rey.
Con huesos de ave violento los espacios cerrados.
He sentido ráfagas de otra región sin culpa.
Me hago a la lentitud, al gesto consciente, al
rumor del desierto
(Cadenas, (1966) 1979: 96)
En este texto Cadenas propone una nueva poética con una actitud
más auténtica y comprometida, a la vez que nos deja entrever la
tendencia orientalista de sus planteamientos metapoéticos. La
búsqueda de la iluminación a través del Budismo Zen se hace más
explícita en los poemas “Mirar” y “Satori”.
En el poema “Nombres” el poeta vuelve a la reflexión metapoética
sobre la capacidad nominadora del lenguaje y de la poesía:
te llamas hoja húmeda, noche de apartamento solo, vicisitud,
campana, tersura y lascivia, ingenuidad, lisura de la piel,
luna llena, crisis
oh mi cueva, mi anillo de saturno, mi loto de mil pétalos
Eufrates y Tigris, erizo de mar, guirnalda, Jano, vasija,
tórtola, S. Y trébol
ovípara
uva, vellocino y petrificación
podrías llamarte …
pero tu nombre es
lecho, lavabo, dentífrico, café, primer cigarrillo,
luego sol de taxis, acacia, también te llamas acacia y six pi em
–em- o half past six o seven, cerveza y Shakespeare
y vuelves a llamarte hoja húmeda, noche de apartamento solo
día tras día,
sí, tienes tantos nombres
y no te puedo llamar
todo tan absurdo como esas mañanas sin amor que el espejo de los
baños recoge y protege
todo tan desoladamente inabordable
todo tan causa perdida
Cadenas, (1966) 1979: 93)
La poesía da nombre a los objetos y al nombrar entra en contacto
con el ser de las cosas; el poema es el mundo, la experiencia
del hablante, sus carencias.
En la poesía de Cadenas la búsqueda de la identidad no es
solamente la búsqueda del ser, sino también la búsqueda de la
lengua y su materialización en el ejercicio poético. El poeta
reflexiona sobre la capacidad nominadora el lenguaje y sobre los
procedimientos textuales a través de los cuales el poema se
convierte en un generador de mundos.
BARROETA, José. 1994. Lector de travesías. Mérida: Solar.
CADENAS, Rafael.
1966. Falsas maniobras. Caracas: UCV.
___.1960.
Los cuadernos del destierro. Caracas: Tabla Redonda.
CARRILLO PIMENTEL, Margot.
2003. “La novela histórica. Recuperación e indagación de la
memoria”.
En América, cahiers du CRICCAL, nº 30. París: Conseil
Scientifique de l´Université de Paris III et Centre National
des lettres.
CASAS, Arturo. 1998.
“Evidentia, deixis y enunciación en la lírica de referente
histórico (La modalidad EHN-T)”. En Fernando Cabo Aseguinolaza,
Germán Guillón (Eds.): Teoría del poema: la enunciación
lírica.
Ámsterdam: Rodopi. Pp.
MATTALÍA, Sonia.(1992) 2004. “Continuas modernidades
discontinuas: las vanguardias del 20 en Latinoamérica y
España.”.
En Tupí or not tupí.
Mérida: El otro, el mismo. Pp. 35-59.
MILÁN, Eduardo. 2001. “Visión de la poesía latinoamericana
actual”. En Actual. III etapa, nº 47-48,
julio-diciembre. Mérida. Pp. 11-22.
RODRÍGUEZ SILVA, Aníbal. 1999. El poema como imposible.
Mérida: Universidad de Los Andes.
STEINER, George. 2001. Gramática de la creación.
Barcelona: Círculo de Lectores.
SUCRE, Guillermo. (1975) 1985. La máscara, la transparencia.
Ensayos sobre poesía hispanoamericana. México: FCE.
NOTAS
Para Javier Lasarte, en la poesía de Cadenas se busca
“construir la imagen de un yo en su escindida y
fragmentaria relación con la vida y la palabra” (Lasarte,
1994: 8)
En “Mala sangre” Rimbaud escribe “He heredado de mis
antepasados galos, el ojo azul claro, la frente estrecha
y la torpeza en la lucha. Encuentro mi vestimenta tan
bárbara como la suya. Pero yo no engraso mi melena.
Los galos eran los desolladores de animales, los
quemadores de hierba más ineptos de su tiempo.
Conservo de ellos: la idolatría y el amor a lo
sacrílego; -¡oh! Todos los vicios, cólera, lujuria,
-magnífica la lujuria-; sobre todo mentira y pereza. (Rimbaud,
(1873) 1972: 73)
José Barroeta en su libro Lector de travesías
dice a propósito del poema: Derrota”, de Rafael Cadenas,
fue publicado por primera vez en “Clarín de los
Viernes”, página artístico-literaria, del diario
Clarín, que la izquierda venezolana auspiciaba en
momentos difíciles, controvertidos, de subversión” (Barroeta,
1994:51). “El poema, durante largo tiempo, no aparece en
ninguno de los libros editados por el autor. En 1979, en
la edición antológica de Fundarte, revisada y corregida
por el autor, se incluyen los Cuadernos del
destierro, Falsas Maniobras y Derrota,
es decir, como texto diferenciado, guardando su propia
independencia del resto del discurso literario de Rafael
Cadenas. En 1966, ese infatigable divulgador de la
poesía latinoamericana contemporánea que fue Aldo
Pellegrini, recoge el poema “Derrota” en la Antología
viva de la poesía latinoamericana, impresa en
Barcelona por la editorial Seix Barral” (Id:54).
El poema, traducido por Octavio Paz como “Tabaquería”
comienza así:
“No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Esto aparte , tengo en mí todos los sueños del mundo.
...
Fracasé en todo.
Como no tenía propósito alguno, todo tal vez fuese
nada.”
(Pessoa, (1928) 1984:224-241)
A propósito de Los cuadernos del destierro y
Falsas maniobras dice A. Rama que “esos libros son
el diario íntimo de una experiencia crucial que ha sido
llevada valerosamente y que sometió a la poesía al
despojamiento y renunciamiento que se exigía de la vida.
La quiebra del juvenil sistema de valores (…) acarreará
una esforzada búsqueda que rige una terca autenticidad”
(Rama. (1978) 1991: 222).
“la presencia del doble siempre se refiere a la
existencia de un “otro”, de una alteridad, lo que supone
el planteamiento de cualidades humanas en recurrencia,
sincretismo u oposición. En todo caso, el doble remite a
la expresión o reconocimiento de una carencia o
insatisfacción en el seno del propio sujeto, con
frecuencia fuertemente interiorizada. El doble
constata y certifica una personalidad escindida; es un
concepto dialógico, al exigir condiciones
formales propias de la interacción, y con frecuencia
existencial, al implicar al sujeto en una secuencia
temporal en la que cada uno de sus yoes adquiere
forma objetiva. Como signo objetual de desdoblamiento,
el espejo representa al ser que se es, y supone la
representación del sujeto desde la exterioridad, el
examen del propio yo como algo ajeno, como un ´tu`”
(Maestro, 1998:294-295).
Nótese la relación intertextual con el poema “Monstruo”
de este mismo poemario.
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