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El negro sol de Astudillo y
Astudillo
Jorge Dávila Vázquez
Conocí
a Rubén Astudillo y Astudillo a poco de haber publicado él su
Canción para lobos, en la época en que, con mis quince años y
unos poemas malísimos a cuestas, me sumé tímidamente a Syrma.
Astudillo era, en ese momento, el nombre más importante de la
joven poesía cuencana; una de las voces connotadas de la lírica
nueva del país; amigo de algunas de las figuras trascendentes de
la literatura hispanoamericana de entonces, que comentaban
elogiosamente sus trabajos, y manejaba el grupo Syrma como feudo
propio, con una cierta y justificada soberbia. Tuve la audacia
de mostrarle mis poemas y se me rió en la cara, acompañado de
Edmundo Maldonado, que le hacía coro. Por si fuera poco, había
yo ganado un concurso intercolegial de poesía, que me valió
diplomas, cheque y, además, un cierto halo de joven vate ente
mis contemporáneos. Eso fue, un mayor motivo de sangrientas
bromas, por ese par de monstruos a los que había que temer
cuando se desataban, y que no tenían el menor miramiento ni con
las sensibilidades de los adolescentes ni con las de nadie, y
que lo primero que hacían era autoescarnecerse, en medio de
ruidosas carcajadas y evocaciones que estremecían el Raymipamba,
el café santuario de los artistas iconoclastas de la Cuenca de
mediados de los sesenta.
Fue, pues, lo confieso olímpicamente, un mal inicio de amistad.
Con el tiempo, las cosas no mejoraron, y un buen día empezaron
los exilios diplomáticos de Rubén, y se abrió una brecha de
distancia física que se sumó a los alejamientos iniciales.
Pasó el tiempo. Con Edmundo, apenas empezamos a trabajar en el
teatro, tres o cuatro años después de nuestros tormentosos
primeros contactos, se consolidó un afecto que dura más allá de
la muerte. Jamás pensé que alguna vez iba a ocurrir lo mismo con
Rubén, y que habría de darle y recibir muestras de genuina
cordialidad –en el más amplio y profundo sentido de este término
que se liga a los sentimientos que emanan del corazón-, cuando
estaba cerca de su hora final.
Pero, es necesario referir los antecedentes.
Un día, hace unos veinticinco años, Edmundo me dijo “oye, sabes
que el Ciego –que era la forma usual y afectuosa como él le
llamaba- está aquí y quiere verte”. Acepté ir a visitarlo en
casa de su generosa y gentil hermana Isabel, con un poco de
resquemor. Fue, debo confesarlo, el primer encuentro real que
tuve con ese hombre y ese poeta magnífico. Todas las ácidas
bromas del pasado, que mi juventud de entonces ni toleraba ni
asimilaba; toda esa acre ironía que le caracterizaba tanto como
a Edmundo, el Loco, quedaban atrás como elementos negativos, y
formaban parte ya de un modo bastante afín de ver el mundo en
general y las letras ecuatorianas en particular. Conversamos
larga, interminablemente, en unos días que tuvieron matices tan
coloridos como una velación del Niño Dios, organizada por la
dueña de casa, y en la que participamos con mucha alegría.
En otra de sus fugaces estancias, le hice una entrevista, la más
irreverente que cabe imaginar, para mi libro Ecuador, hombre y
cultura, que se gestaba por entonces. Pensaba trabajar en la
transcripción mecanográfica con un joven estudiante de
periodismo, y le di el casete con la grabación famosa. Terminó
con un concierto de música andina encima, y como Rubén volaba a
la remota China al día siguiente, jamás conseguí repetir ese
testimonio único.
Desde nuestro reencuentro, ya fuera de cerca, ya de lejos,
nuestra relación estuvo marcada por un afecto que no era
caudaloso como el de Maldonado, pero que cuando lo prodigaba,
uno sabía cuán hondo y firme podía ser.
Mi pasión por la poesía de Astudillo sobrepasó, por fortuna,
largamente, los inicios escabrosos de nuestro trato, y puedo
confesar que admiro y admiré su enorme capacidad expresiva y su
hondura lírica, que hacían de él el heredero más dotado de
Dávila Andrade, a quien admiraba sin límites, y del Grupo Elan,
y el poeta más ilustre de su generación, no solo en Cuenca sino
en el Ecuador.
Con su acostumbrado e irreverente humor, que había echado al
fuego del olvido toda vanidad juvenil, él se acordaba que tuvo
un encuentro poco amable con uno de los empleados de El
Mercurio, aquel que levantaba textos. A partir de entonces,
cuando el diario lo mencionaba, el ofendido hablaba del Opeta,
el Paota o el Atope, pero jamás del Poeta. Ante el reclamo, el
linotipista decía: “errar es humano, señor”. Y él se reía con
esa chispa suya, que parecía inextinguible.
Hoy, que la muerte ha segado al ofensor y al adversario, es
gracias a esa palabra, con la que Rubén Astudillo y Astudillo
supo construir, amorosamente, un mundo, que el poeta vuelve a
nosotros en todo su esplendor verbal, mediante este excelente
libro póstumo: REGRESO AL SOL NEGRO (Quito, 2005), que Libresa
ha incluido en la bella colección Crónica de Sueños; obra
definida por Eduardo Mora Anda, uno de sus amigos que lo conocía
bien, como “retorno al terruño, retorno a las raíces y retorno a
la eternidad.”
El volumen es exquisitamente entrañable, no solo por las
magníficas muestras de distintos momentos de la trayectoria
humana y literaria del poeta, que contiene, sino por una serie
de rasgos a los que vale la pena mencionar.
Lo preceden fraternas palabras de Mora y de Walter Franco
Serrano, que era muy cercano al poeta. Labor conjunta suya y de
Rodrigo Astudillo, uno de los hermanos de Rubén, es esta obra
póstuma, alrededor de cuyo fuego sacro nos hemos convocado hoy;
los dos cuidaron de la recopilación y edición de estos textos,
uno de los cuales, Regreso a la montaña dorada, le
está dedicado.
En el mundo de la literatura, en el que, a veces, las
mezquindades humanas se ven con lupa, y en donde la rivalidad
pareciera ser el pan cotidiano –igual que en casi todos los
grupos de ocupaciones afines, entre paréntesis-, satisface ver
un gesto como el de Franco Serrano, que no solo se ocupa de la
última obra de su amigo y compañero de creación poética y
carrera diplomática, sino que la aborda, como lo señalamos, en
un prólogo, cargado de emoción, evocaciones de largas tardes de
charla, con el eximio conversador que era Rubén, y saturado de
auténtico entusiasmo por su trabajo lírico.
Asimismo, ilustran la portada y varios poemas, bellas tintas, de
un artista plástico de primera línea, al que el escritor
admiraba profundamente, y con quien mantuvo una larga y sólida
amistad, Oswaldo Viteri.
Cinco secciones forman el libro: El viento del sur, Las canción
de los colores, Los otros himnos, Solo para lobos y Regreso al
sol negro, precedidas de un conmovedor texto en prosa, que
empieza con esta declaración: “He dado la vuelta al mundo, pero
nunca he salido del pequeño pueblo donde nací”, que como todos
sabemos, es El Valle, la parroquia en donde residían sus padres,
y a la que retornaba periódicamente, para sumirse en emotivas
memorias del tiempo perdido.
Integran las secciones poemas que son magníficos cantos humanos,
al terruño, a la naturaleza toda y a la ternura; así, el
inicial: Saskya Tatiana, en que la hija es poetizada
“como las hojas de aroma de mi tierra”, y evocada con amor
infinito: “llovedora, chiquita, estrella grande, mástil”; o las
estupendas remembranzas de su Valle –“Y era su verdor como una
copa de embriaguez”, “En la montaña todo es mágico. El cielo. La
eternidad”- que se lo llevó en el alma por donde iba, y que debe
arder como antorcha en su eternidad.
Muchas veces, en los versos a Tatiana se identifican el ser
humano y la naturaleza, igual que en Regreso a la montaña
dorada, con su delicada animización del árbol de capulí y
con los coros de la naturaleza circundante y rememorada; pero es
en la Elegía y celebración de la casa tomada en
que la cálida pintura del hogar de la infancia, del paisaje
querido y de lo cultural y lo humano se funden en una gran
totalidad lírica, con maestría. Los seres que se “toman” la
vieja construcción, en que pasó sus primeros años, provienen en
lista interminable de sus lecturas: “Ellos habían ido llegando
poco a poco…/y se quedaron/ corazón a corazón, como quien dice/
junto a nuestro corazón”; presididos, naturalmente, por las
figuras de los mosqueteros de Dumas, a los que admiró hasta el
último día.
El hálito de belleza de estos y otros textos familiares,
coloquiales, se extiende a los poemas asiáticos con que se
enriquece el volumen, escritos en China, casi todos de una
factura tan sutil, que uno siente en ellos la leve transparencia
y la hondura de la vieja poesía oriental, y en los que no pocas
veces armas y letras forman una unidad: “Como un canto de guerra
contra la muerte, mi alma no da ni pide cuartel”; textos en los
que el escritor se identifica con el guerrero: “Daga de fuego
transitorio el hombre/ marca su paso por el tiempo y este/ lo
borra como a una flor…”
Y no podía faltar uno de los grandes temas de la poesía de
Astudillo: lo religioso, que apareció a lo largo de su
producción, en distintos tonos, desde la blasfemia apasionada de
Canción para ser dicha aullando, hasta la desesperada
búsqueda de Dios en su obra de madurez. En algunos poemas hay,
de pronto, esa presencia//ausencia tan intensa de la divinidad,
que sobrecoge: “Es la hora del lobo, dice alguien dentro de mí,
/ la luz es como el miedo de Dios.” “ Señor/ es dura la condena
y tu silencio explota/ como una eternidad/ en esta fría/ tarde
del corazón.” (La soledad del guerrero solitario, p. 62)
Y así como en este, en otros inolvidables cantos, se da una
suerte de presentimiento del fin, un constante aludir al término
de la jornada: “Un día nosotros no estaremos ya más…”; “Debo
velar mis armas. Este puede ser mi último combate.”
Los poetas, a veces, se preparan a morir mucho tiempo antes de
su tránsito. Astudillo no era la excepción, y en Viento del
sur, escrito presumiblemente hace bastantes años, dice a su
hija: “Puedo decir que estoy en paz;/ que puedo irme;/ que todo
está jugado.” Esa percepción, según Franco, está en el título
mismo del libro que presentamos, pues la imagen del sol negro
remitiría a la muerte. Pero en él la muerte es una percepción de
eternidad. He aquí como concluye una de las dos composiciones
que integran la sección Regreso al sol negro: “Entonces/
comprendió/ que para poder vivir de nuevo,/ debía comenzar/ a
morir. Abrió la puerta de la casa./ La que daba a la laguna, y
se fue muriendo.”
“Lo hermoso de la batalla es el combate”, dice en uno de los
textos que integran la sección Solo para lobos; él, lobo
siempre, siempre guerrero, que llevaba su palabra como una
espada brillante o un revólver, pero a cuyo paso no dejó la
sangre, solo la flor inmortal de su poesía.
Que Dios lo haya puesto entre esos arcángeles batalladores, que
en algún remoto momento de lo eterno, derrotaron con la espada
luminosa de su verbo, las tinieblas del silencio. Y que siga
combatiendo por los siglos de los siglos. |