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A propósito de Luciérnagas del
fondo, de
Vilma Tapia Anaya
Jesús Urzagasti
[…]
Vilma
Tapia Anaya ha dicho que Luciérnagas del fondo es lo mejor que
ha hecho, que es el libro que más le gusta. Sería un error
contradecirle. Es preferible conjeturar que, tras la cuarta
inmersión en su propia sima, ha retornado al mundo de todos los
días influida por unas imágenes que vio de sí misma. Qué de
extraño que las considere únicas incluso en relación con sus
anteriores obras.
Pero nosotros, al fin y al cabo lectores que certifican desde
fuera esas valerosas incursiones, sólo vemos por el momento
cuatro islotes, aparentemente muy distintos y que, sin embargo,
proceden de una sola y ondulante geografía abisal. Que parezcan
esos islotes entidades autónomas, es lo de menos, si lo que
importa es saber de dónde vienen y hacia dónde apuntan.
En otras palabras, lo que se dice en Del deseo y la rosa se lo
repite en los otros tres libros que le siguen. El formato podrá
ser distinto, diferente el tono con que se asume la experiencia
de vivir, diverso el modo de grabar el vuelo de lo incomunicable,
pero el estremecimiento es el mismo. Su persistencia nos invita
a reconocerlo como un acto de fe.
¿Cuál es ese estremecimiento?
Quien quiera que se asome a la poesía de Vilma advertirá que el
amor la sostiene. Grave elección en tiempos en que otros afanes
garantizan prestigio y audiencia. Si se habla sin tartamudear de
las relaciones sexuales, es obvio que sale sobrando el espacio
casi religioso que en esta obra se le concede al amor. Si el
cuerpo ha sido fotografiado de arriba y de abajo, y de los
cuatro costados, ¿con qué avieso fin ensalzarlo a todas horas?
Para que elabore el mágico insomnio que delata a los seres
libres –decimos nosotros.
En la obra de Vilma está ausente la sospechosa dicha de los
complacientes. Y, sin embargo, su mundo es un mundo sin pérdidas,
anclado en el presente pero con asideros fiables para quienes
equivocaron el rumbo o, simplemente, tienen otro rumbo. ¿Será
por eso que terminamos siendo contemporáneos de esta amorosa
aventura poética?
Si la poesía responde al lector, es natural que Vilma nos diga:
Una a una a mí volvieron las jóvenes que fui/ en olas de amor
y sueños.
Si la poesía es la pregunta que esperaba formular el lector:
Pero ¿quién mirará atrás/ qué ojos/ cuando mi cuerpo se ausente?
Si la poesía asume el riesgo mayor: El amor/ mi campo de
batalla/ mi camposanto/ mi fuente de vida/ mi nido de rosas/ mi
prueba de fuego/ mi corona de espinas/ mi tierra prometida.
Si la poesía se parapeta en los antiguos enigmas: En mí/
cualquiera te descubre.
Acostumbrados a la boina gris y al corazón en calma que nos legó
Neruda, la mujer sin boina y con el corazón inquieto podría
hacernos zozobrar en nuestros viejos hábitos si no estuviera con
nosotros Vilma para preguntarle cómo es esa mujer remozada por
las palabras del amor.
Luciérnagas del fondo
Vilma Tapia Anaya
A mi padre
1
Cae la tarde
pastor
tu morada aguarda
en el regazo de la noche.
2
los animales nocturnos
las estrellas
la cal
los tejados
retozan
se demoran
nos repiten.
3
Pósate en mi mano
gorrión
hazme mansa.
4
Alejandra Pizarnik
Cavo
me cavo
en vosotros cavo
¿dónde se atesora
el silencio?
5
Luna preñada de luz
¡estalla!
6
Zeque Rosso
Martín pescador
vigilas
bien eliges
te zambulles
con mis ojos.
7
Bajo las hojas muertas
en tanto pecíolo roto
se ha cumplido
el viento.
8
¿El destino?
feliz promesa.
9
Fuimos niños temerosos
tristes
y como el agua
musicales.
10
Lento
cayó
a mis brazos
un árbol
desolada
no supe
cerrarle los ojos.
11
Al subir
me crucé con una mujer
su cabello ardía
blancos gansos la escoltaban
Tardó siglos en hablarme.
12
Apago la luz
la luna se tiende
en mi cama.
13
Gatos que maúllan
se alejan
hunden
los confines
de la noche.
14
Como en los árboles
lo que no tiene nombre
es posible.
15
Una
sobre
otra
las piedras
sueñan
la cima
del monte.
16
Los cantos de las vaqueras
los surcos del amanecer
humus de mi memoria.
17
Andrés
El aire
que
respiro
por ti
bebe
de
altas ramas
floridas.
18
Risas quedadas
entre las hojas del nogal
caen
rompo su cáscara:
el fruto de la infancia
asoma.
19
Laura María
Buen día
niña
en los cristales
dejas
tus manos dulces.
20
Lánguidas
jóvenes
horas
guarda
el espejo.
21
Riegan el jardín
mi madre
en mi memoria
y la tarde.
22
El plumaje de un petirrojo
me rapta
pierdo un zapato.
23
Molle
del otoño
rojos
racimos.
24
Abajo
las nubes
son caprichos
Arriba
nada dice nada.
25
Me consuela
una órbita invisible
cambiará
esta luna.
26
El naranjo
suelta
un fruto
derramada miel
del sol.
27
Todo el verdor
¿cómo mirarlo?
cierro los ojos.
28
A este sediento andar
le llueve
la sangre
de mi niñez.
29
Noche insomne
de pared
a pared
rueda
se golpea
imprudente
el mundo
sangra
mi frente.
30
Sol
y barro
líquida trama de la fatiga
En cada adobe:
una cruz
una tapia.
31
Arde
la verde resina
cruel transpiración
desde las entrañas se ofrece
la esperanza.
32
Las campanadas
me traen
tus oraciones.
33
¿Y si yo fuera
antigua leche
para tu sed?
34
Incendiada
camino
la marcha hacia tus ojos
En mí
cualquiera te descubre.
35
Lo miro alejarse
La ciudad no me deja
oír sus pisadas.
36
Ven
lame
mi
herida
nací.
37
Amigo
mis plegarias
¿cambiarían en algo
nuestros días?
38
Este frío en mis manos
¿qué imposibilidad repite?
¿qué negación?
39
Anegada noche
de cuatro patas
desciendo a tu sueño.
40
Amanezco
mi cuerpo
solo
te toco
de borde a borde
(fuente de la noche)
llena
de ti.
41
Salgo a la calle
cruzo los océanos
sin paciencia
sin ti.
42
La luz
te retuvo
en los mosaicos
de nuestras tardes.
43
Por los techos mudos
resbala
se hunde en la niebla
la tarde
Tu última sonrisa
se oculta
en la humedad
de mi alma.
44
Sola no puedo
álzame en tus brazos
Una luz
encenderé.
45
Te hundes
en el que un día esperé
rueda
una bicicleta
azul
hacia lo azul.
46
I
Espalda de tierra
raíz
y huella
Con las golondrinas
me mudo.
II
Espalda de agua
burbuja
terca
escama
En los celajes
ardo.
47
El oro bañaba
(limpio sol)
Crédulos
como yo
se arrodillaban
ante un niño.
48
Bajo el sol del amanecer:
Mi sombra
El bosque
La madera.
49
Luz del silencio
Soy
desnudo
vientre. |