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Oh estaciones, oh castillos: nuevo poemario de Vilma Tapia Anaya

Eduardo Mitre

Es una  satisfacción para mí decir esta noche, a modo de presentación, algunas palabras sobre un libro de la calidad de este de Vilma Tapia Anaya, cuya trayectoria literaria, como tantos de ustedes, he seguido con interés y entusiasmo. Mi intervención ha de ser breve, pues considero que la lectura de sus poemas hecha por ella misma es lo primordial en este encuentro. Por eso, en mi exposición, he optado por citar brevemente sus versos y poemas para que así podamos escucharlos y disfrutarlos mejor en la voz de la propia autora.

Este nuevo libro cuyo título Oh estaciones, oh castillos es una traducción de un verso de Rimbaud, representa, en relación a los poemarios anteriores de Vilma: Del deseo y la rosa (1992) y Corazones de terca escama (1995) tanto una continuidad como una intensificación, logrando así en numerosos poemas una calidad poética memorable, fruto de una entrega tan apasionada como lúcida a su vocación creadora.

Oh estaciones, oh castillos ofrece una estructura compleja, quiero decir muy rica, abrazando varios temas o experiencias presentes en sus dos poemarios anteriores. Pero, asimismo, plasma una nueva exploración en muchos aspectos, incluso formales. A manera de ejemplo, señalo el más evidente: la inserción, a lo largo de los nueve ciclos que lo conforman, de un conjunto de poemas de una escritura caligráfica, que nos dan una experiencia vívida de la infancia. Aclaro y preciso: no una escritura sobre sino desde la infancia misma, es decir: desde una persona poética infantil que revive e inscribe su mundo de ensoñaciones, de juegos, de miedos y deseos. Antes de destacar esta creación o recreación de personas, máscaras o voces poéticas a través de las cuales -en mi opinión- se plasman en los momentos verbales más plenos de este libro, paso a referirme a algunos temas constantes en la poeta y que Oh estaciones, oh castillos prolonga  y profundiza de manera ejemplar.

El primero es la búsqueda y afirmación de la propia identidad, íntimamente ligada al (re) conocimiento del propio cuerpo y al erotismo. En uno de sus versos, variación del título del célebre libro de Walt Whitman, la poeta escribe: “Yo me celebro y me canto a mí misma”. Este canto celebratorio  emana de la autocontemplación y delectación de la persona poética frente a su imagen, expresando asimismo el asombro ante el misterio de su propia identidad. Complementariamente, en el cuarto poema del primer ciclo, se leen estos versos: “He entrado a mi espejo/para tocarme./Mirándome reflejada me he palpado” Versos harto sugerentes: se ingresa en el espejo, es decir en la propia imagen y, al hacerlo, la mirada se vuelve tacto y contacto de la persona consigo misma. Pues bien, ese espejo narcisista, en el profundo sentido del mito, en otro poema posterior se funde, deviene agua, concretamente: fuente de Narciso. Entonces, la persona poética se precipita o se sumerge en ella una vez más al encuentro de su propia imagen. Sin embargo, en un giro de una concisión y belleza notables, dice la poeta al concluir el breve poema “y en su lugar hallé/ el rostro de mi amado”. Así, la trama de la busca de la identidad trasciende en un salto de sí misma hacia el otro, de la individualidad a la complementariedad en la pareja. La autocontemplación se resuelve en la contemplación y, sobre todo, en la comunión con la presencia. El agua especular e inmóvil, espejo o fuente, se convierte ahora -lo digo con la imagen literal de la poeta- “en un río que se enciende”. Se trata ya de un agua pasional       -compuesta de contrarios: agua y fuego- que impregna al amado hasta el punto de convertirse en su piel, en su cuerpo. Así la pasión es confluencia de dos presencias, y el amor una navegación, un viaje. En suma, el espejo intransitivo, tautológico de los primeros versos, deviene, dicho sea con préstamo de Breton, una suerte de vasos comunicantes.

El poeta Raúl Zurita, en palabras que acompañan a esta edición, expresa de manera entusiasta su admiración por la poesía de Vilma y de manera puntual por el siguiente poema compuesto por sólo tres versos: “En pos de ti/ he ido por mil direcciones/ninguna equivocada.” Este poema, comenta Zurita, “debería haber estado en el Cantar de los Cantares. En realidad, es el Cantar de los Cantares de nuestro tiempo”. Aprovecho la elogiosa comparación que establece el poeta chileno para añadir que esa filiación místico-erótica, de una singular tradición literaria, se cumple de manera igualmente nítida en varios otros poemas de este libro, los cuales fundan este espacio amoroso en el que se oficia una boda carnal y espiritual. Pero aquí cabe señalar que la experiencia del amor no se cumple en la sola fusión edónica de los cuerpos, sino que inicia un sentimiento de hermandad -de confraternidad- entre los amantes: “Amado mío, soy también hermana tuya”, escribe la poeta. Estas palabras que nos recuerdan a las que dice María Magdalena a Cristo en la novela de Saramago, expresan el amor como pasión que incluye la compasión: sentir con y por el otro.

Este estado amoroso, alimentado por una llama abrasiva y compasiva, ha de trascender a la pareja y extenderse hacia un cuerpo colectivo en poemas como “Los polillas”, esos niños y adolescentes cleferos, sobre quienes -dicho sea de paso- el cineasta colombiano Gaviria nos ha dado un testimonio sobrecogedor en su film “La vendedora de rosas”. En Oh estaciones, oh castillos, esta dimensión solidaria hacia los excluidos u olvidados, se ha de verter en varios otros poemas, incluso en algunos escritos desde esa persona poética infantil a la que me he referido antes. Sin embargo, circunscribir esta incursión poética en un cuerpo colectivo para expresar exclusivamente su realidad dramática o trágica, resulta tan parcial como injusto, pues hay poemas que, por el contrario, inspirados en esos mismos espacios, expresan con un tono exultante, el vigor y la belleza de gentes del pueblo, de sus creencias y rituales. En ese ámbito o vertiente de su poesía, destaca nítidamente “Santa Vera Cruz” inspirado en la conocida festividad; poema dicho con el tono de una plegaria, por una voz anónima que, a diferencia del discurso político, mantiene una distancia pudorosa, manifestando a su vez una ferviente identificación con el rito y el espíritu del pueblo. El poema, antes que expresar el sincretismo religioso que distingue esas expresiones de nuestra cultura, enfatiza y, más aún, exalta, los elementos derivados de la cultura autóctona que conforman ese rito. Ello es obvio tanto en el cariz pagano, orgiástico, digamos dionisíaco,  explicitado en el poema, como en la divinidad destinataria de la súplica o plegaria que éste expresa: la Pachamama.

Reitero que una de las riquezas de este poemario es la configuración de distintas personas o voces poéticas de las que emanan los poemas. Otro ejemplo paradigmático es justamente el poema que sigue al comentado : “Viejo Weenayek”, en el cual la persona poética, un anciano ciego, sobreviviente de una etnia en vías de extinción, relata su vida con una voz tan convincentemente singular, que el poema suena como una transcripción fiel de lo que el personaje contara o dictara a la poeta. Con tal polifonía, Vilma Tapia Anaya cumple -como María Virginia Estenssoro en su narrativa- la tarea que Ítalo Calvino asigna al escritor: no hablar a nombre de los otros sino cederles la palabra y transcribir poéticamente lo que dicen.

Otra serie la conforman poemas inspirados en presencias familiares, amigas, artistas: suerte de homenajes, de ofrendas verbales, a su padre, a sus hermanas, al pintor Guayasamín. Entre ellos quiero simplemente mencionar dos: La elegía dedicada a su madre, un poema sobrecogedor sobre el cual, una vez que lo conozcan, coincidirán conmigo  -todo comentario en esta ocasión está demás-. El segundo es “La Montaña”, dedicado a la extraordinaria poeta rusa Marina Tsvietáieva, e inspirado en ella, concretamente en su poema que lleva el mismo título ¿El poema de Vilma es entonces una réplica, una imitación? Ninguna de las dos cosas, sino una variación en el sentido musical del término, de la manera que en él se escuchan resonancias -sobre todo metafóricas y simbólicas- que se suceden conformando un homenaje a la escritora rusa.

He expuesto sólo y ligeramente unas cuantas de las múltiples facetas de este poemario, y este repaso, incluso en las tramas comentadas, resulta una simplificación, pero es que Oh estaciones, oh castillos, requiere, no unas palabras liminares sino de un verdadero ensayo que, exponiendo su preciosa diversidad temática y tonal, valore -en un deslinde- los varios poemas que en su plenitud verbal revelan a una voz poética singular, que es ya imprescindible en nuestra poesía actual.

 

Tres poemas de Oh estaciones, oh castillos

 

 

[La luz viene de abajo]

 

La luz viene de abajo

viene de la tierra.

Agachados

son un solo cuerpo

trepidante

por el humo de las velas

y el deseo.

Cantan riendo:

ha descendido el cielo.

Santa Vera Cruz Tatala

leve

alumbra la esperanza.

Por la suerte

por el querer

por las vacas y el maíz.

Préñalos, Pachamama:

dales hijos, semillas y animales

que esta noche serán fuentes

vaciadas en copladas voces

respiraciones ebrias

flujos de orgasmos

orines

besos

para ti

Pachamama.

 

WEENAYEK

 

Soy el último

todos los que eran como yo se fueron

nadie hay más viejo.

 

Estoy ciego

mas puedo recobrar en mi memoria

los brillos que conocí:

la tranquila voz del río

me devuelve su agua ocre

y el viento me trae

los algarrobos y las nubes llenas de luz.

 

En algunos momentos

una compasión me regresa

a un descanso húmedo todavía

allí me sonríe la mujer ausente

que parió todo esto que hasta hoy

me cobija.

 

Quise quedarme en silencio

a esperar que la tierra me reciba

pero los nietos y los bisnietos no me dejan

se sientan junto a mí

me aproximan su piel

que tiene el olor del palosanto

es ardiente y lisa

y carga en sí

el inmenso murmullo del monte.

 

Entonces me quedo con ellos

amándolos

dejándome en sus ojos que son como los potros

que no descansan nunca.

 

[Desde la cima de la Montaña]

 

Desde la cima de la Montaña descubro el mundo.

La música de una gaita recorta el horizonte

y mis ojos reverentes siguen su filo preciso.

 

Extiendo mis brazos

la cebada y mis ropas son mecidas

por el viento que me crucifica

¿Habrá mayor contento?

El sol arrodillado en la Montaña

dice su última oración conmigo.

 

La voz de la Montaña envuelve

en su propio juego a los niños.

Gobierna los sueños.

Conduce largos rebaños de ovejas

hacia escondidos valles de trébol

y pequeñas flores rojizas.

 

La Montaña derrama una densa neblina

detrás de ella se confunden

inviernos con inviernos

veranos con veranos

nombres, visiones

puentes, caminos. Orillas.

 

Al pie de la Montaña yo alimento a la vida

soy mis manos y otras manos.

Soy la tierra.

Memoria de la memoria.

Liberada de la pena

en un cuévano voy reuniendo las uvas.

 

 

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soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

floriano martins

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