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Traccion a sangre, de Laura Yasan

Luis Tedesco

Entre los proyectos que uno va dejando de lado, en mi caso, los relacionados con el mundo del libro, hay uno que me atañe muy directamente como lector y como editor.

Siempre tuve la fantasía de realizar -o, en todo caso, ver realizada- una colección, es decir, una serie de libros que registraran los subrayados de ciertos autores en sus libros acumulados, a lo largo de los años, en sus bibliotecas personales.

Es decir, registrar la compañía manifiesta de un autor con sus libros: tal el sentido del subrayado, tal el sentido de leer, pasados los años, lo que hemos subrayado cuando no éramos las personas que luego, para bien o para mal, terminamos siendo. Sería el caso, por ejemplo, de leer a Lugones en los subrayados de Borges; a Valery en los subrayados

de Mastronardi; la literatura provenzal, el trovador en los subrayados de Ezra Pound; la Divina Comedia en los versos destacados por Eliot, o los versos de Dar!o en la lectura de César Vallejo...

Y así indefinidamente.

Podrían añadirse, ¿por qué no? las notas incidentales escritas en los márgenes, los signos de admiración o de interrogaci6n destacando una palabra, una imagen, e incluso los fragmentos o poemas escritos

en las páginas finales del libro, las páginas en blanco en que culmina todo buen libro.

Toda lectura es una conversaci6n, y acaso el mejor  homenaje del lector-poeta sean esos versos apresurados -a veces descartados, a veces definitivos- con los que busca corresponder al generoso despliegue del autor admirado.

Mi intención es, por lo ya pueden advertir, comentar mis subrayados en este último libro de Laura Yasan, es decir, voy a comentar algunos de los muchos subrrayados que me provocó su lectura.

Lo primero que subrayé fue el titulo: Tracción a sangre. La palabra tracción, según la Real Academia, describe la acción de tirar “de alguna cosa para moverla o arrastrarla”

El Diccionario de Maria Moliner, el Diccionario de los escritores, agrega esta interesante particularidad: la tracci6n "constituye una de las pruebas técnicas de ensayo para medir la resistencia de los materiales.

Estamos aqui ya instalados en el vértigo de la lengua.

Laura Yasan no dice tracción animal, tracción mecánica, o a vapor, según los ejemplos propuestos por los diccionarios. Ella dice tracción a sangre, con lo cual el efecto de medir la resistencia de los

materiales, señalado por María Moliner, debe adecuarse al hecho de que el material sometido a la prueba es la sangre.

Cuánto podrá resistir la sangre ese tironeo mediante el cual el cuerpo vivo es arrastrado de aquí para allá por el vértigo de la vida?

Esta es la pregunta fundamental que nos propone Laura en su libro.

Esta imagen, esta pregunta, instalan el libro en la tradición de la estética expresionista, derivada a su vez del manierismo barroco, que a su vez hunde sus raíces en las zonas más oscuras del arte occidental, desde las Metamorfosis de Ovidio hasta la obra del Bosco.

Es decir: aquí la gracia, las armonías de los contrarios, han desaparecido. Lo que queda es el cráter de la ruptura, y el lenguaje da cuenta de esa ruptura proponiendo una torsión manierista de la expresión. De este modo, la deformación hallada en lo escindido del objeto se refleja en lo escindido de la sensación que lo recibe.

En el caso del libro que comentamos, lo escindido es el cuerpo obligado a separarse de su posibilidad de plenitud para adecuarse a la oscura misión de arrastrar el aparato psíquico -eso que antes denominábamos alma-, vapuleado a su vez por la angustia de no recibir del cuerpo otra señal que las narcotizadas sensaciones que provoca el choque incesante entre lo que se busca y lo que se logra.

Si este choque, en la vida real, deforma y degrada la plenitud de los sentidos, en el plano de la realización poética propone una disyuntiva inquietante, y sin duda enigmática: el poema está obligado a no perder de vista su obligatoria búsqueda de perfección formal, en tanto que el cuerpo que escribe se hunde más y más a medida que el significado halla en el logro estético  su forma definitiva.

Así escribe Laura en un poderoso poema, Palabras no, del que leo mis subrayados:

no hay nada verdadero en las palabras

..........

todo lo que deseo

es arrancarme de los pies

este vendaje sucio estos zapatos húmedos

..............

el fulgor que no existe y me sigue alumbrando como una estrella muerta

todo lo que persigo termina devorándome

.............

no llegaré a la noche esperando palabras

Voy a detenerme en un verso: el fulgor que no existe y me sigue alumbrando como una estrella muerta.

Este verso, de tanta amplitud y belleza, resume la idea del mundo, y la estética implícita en esa idea mundo, posterior al Dios ha muerto nietascheano. Todo el siglo XX está atravesado, en Occidente, por la  actividad del dios muerto. El dios vivo, todopoderoso y tonante, el dios cruel y misericordioso de la teología judeo-cristiana, está activo aún, activo como actividad de lo muerto, como ese "fulgor que no existe" , dirá Yasan, pero sigue "alumbrando como una estrella muerta".

El mundo se convierte así en un enorme velatorio, con la idea del dios muerto exhalando la pálida luz del sin sentido, la ominosa sensaci6n de vacío que da la carencia entendida no sólo como carencia de la condición humana, sino como carencia en el estatuto conceptual del universo.

Pero el verso de Laura es, si se quiere, más categórico que el grito nietzscheano: el fulgor no existe, nunca existió, siempre estuvo ausente y siempre alumbró como una estrella ausente. El sinsentido, o el dolor de no dar con el sentido en caso de que el sentido exista y sea posible descubrir el modo de alcanzarlo, le hace decir, en las postrimerías del poema:

no llegaré a la noche esperando palabras

ya fui sequía

Coincido con Ana Emilia Lahitte cuando habla "de un acendrado lirismo trakleano” en la poesía de Laura Yasan. Y es cierto: así como Geor Trakl, Laura construye una versión lírica de la existencia a partir de las ruinas y fragmentos del mundo dado, sólo que en su libro la subjetividad opera con una crispación ausente en los textos del gran poeta alemán. Lo que en Trakl son otoñales atmósferas de la decadencia, en Laura Yasan pasan a ser estallidos conceptuales ligados, muy ligados, con la agonía psíquica y el desmembramiento de la sensaci6n corporal.

"Aborta el cuerpo su mensaje" , escribe. "Lo escrito con el cuerpo enhebra en su collar / la llave de dos mundos" , insiste. Así encuentra "harapos de miedo" cuando sale a golpear por su ración". “Cargo en mi cuerpo una mujer inválida que baila cuando duerme", escribe en el poema que da título al libro, y agrega versos rotundos sobre la condición escindida, rota, de lo que Heidegger, refiriéndose a Trakl, describe como el ser arrojado en la huella perdida, la huella que ya no es senda dadora de sentido. Dice Laura:

cargo su enfermedad en la penumbra de mis huesos

su equipaje de anemia

su andamiaje de circo

la quiero al otro lado pero el puente se ha roto

la primera mitad no le interesa

la segunda es negada

vuelvo sobre sus pasos cada noche

para ocultar la huella cada día

como el guardián de un ancla que se oxida

De este modo, Laura pasa del "fulgor que no existe" y sin embargo alumbra como una estrella muerta al “ancla que se oxida". La primera imagen está todavía emparentada con la metafísica desacralizada del siglo XX, y se la podría asociar con el desasosiego de Henri Michaux, acaso el más importante poeta en lo que hace a este modo de sentir, cuando dice: "He sido construido sobre una columna ausente" .Pero "el ancla que se oxida", o, más precisamente, “ser el guardián de un ancla que se oxida", propone una lectura distinta, y acaso más tensa, que la quietud fatalista de Michaux.

En primer lugar, nos habla de algo que es, que está, nos habla de un ancla, es decir, de una materia presente, de una herramienta, si se quiere, mediante la cual el andar de la nave puede -es decir, el conductor del andar de la nave- puede decidir detenerla con la intención de mirar lo hecho, descansar, reflexionar sobre el trayecto cumplido o, incluso, si ha llegado a puerto, puede proceder a reparar las averías, embellecer su pote, ¡tantas cosas puede hacer el sujeto cuando todavía es capaz de detenerse para mirar en sí mismo!

Pero ocurre que el ancla de Yasan se oxida, está en trance de degradación, ya no es tan confiable porque el óxido, como ustedes saben, corroe. Y así como admitimos en Michaux la utilización de esa palabra, columna, como metáfora del sentido que debería atravesar la materialidad consciente del sujeto, podemos aceptar en Yasan la metáfora del ancla como paradero de su voluntad conceptual.

Es esa voluntad, entonces, lo que aparece corroído. Es esa voluntad la que debe ser arrastrada por el cuerpo, la nave, es esa oxidada voluntad conceptual la que ya no responde a los requerimientos de la duración propuesta al viaje terrestre.

He aquí la tracción a sangre a que está condenada la travesía.

Estas imágenes subrayadas en el libro de Yasan, y muchas otras que atraviesan el texto, retoman un aspecto siempre presente en la gran poesía de todos los tiempos. Me refiero a la responsabilidad que nos cabe como constructores de sentido. No sólo somos victimas de la corrosión de la voluntad conceptual, también somos responsables de esa corrosión.

El mundo no ha quedado en ruinas por un capricho de los dioses, ni el sujeto ha quedado a la deriva por la ausencia metafísica de la columna conceptual que le daba sentido.

Lo que somos, y también lo que no somos, es obra nuestra.

La completud que pensamos para afincar lo mejor de nosotros, y la completud que nos falta para dejar de ser menesterosos del espíritu, son obra nuestra.

Los clásicos no eran caritativos con las excentricidades agónicas del sujeto, ni se engolosinaban con sus desventuras subjetivas. Es precisamente esta actitud de aceptar la contingencia como responsabilidad personal lo que retoma la poesía de Laura Yasan. Por eso puede escribir con conmovedora seriedad lírica:

el tiempo dice que si no me apuro

voy a entrar a la edad del desengaño

por la puerta de atrás

condenada a la humedad artificial como una flor de invernadero

el tiempo antes me acariciaba el pelo

escondido en los patios de la infancia

ahora le crecieron tenazas en las uñas

cada día despierto con los huesos partidos

y un crujido de barco en medio de la noche.

 

 

TRÉS POEMAS DE TRACCION A SANGRE

 

OCTUBRE

 

no tengo más que un fósforo para toda la noche y es octubre

un caballo cansado que me pasa la lengua por el pelo

un harapo de miedo

la edad que se articula en su tamaño

y se inserta otra vez por el aro del mundo

siempre en octubre vuelve y no trae palabras para mí

trae un silencio impuro sobre la boca cruda

y el beso que deseo

es apenas cadáver del consuelo

vuelco en octubre

soy tiza en la pizarra de sus ojos

y enhebro en la plegaria dijes de fantasía

muñequitas desnudas cuando llueve en octubre

cuando salgo a golpear por mi ración

y regreso a la cama con un vaso de leche

donde su gota de mercurio

brilla

 

 

TAXI BLUES

 

entro a la madrugada como un soplo de música por el cuerpo de un saxo

hablo con un extraño

blanda y lejana sobre la piel del tapizado

en una sorda intimidad

rodar por la avenida tripulando una cápsula de humo

nunca hay tormento en lo casual

sé que me miente

resbala en los detalles de una vida inventada para aguantar el vértigo de la velocidad

es demasiado tarde

y la noche me inquiere como un hombre a quien abandoné sin avisar

pregunta dónde estuve

qué puertas violenté

pregunta si sostengo todavía ese vidrio

si salgo a rayar autos con carita de ángel

le digo que a esta edad no se ve nítido

que anduve por ahí

que había una valija con sus cosas y no recuerdo bien cómo era el cuarto

nada más un color

una ventana abierta sobre la primavera

y después ya fue invierno pero no me detuve

le dije que perdí su dirección

le dije que fue fácil

tampoco le importó saber si le mentía

 

 

TRAPECIO

 

al encuentro de qué me precipito

cuando salgo a buscarte

¿acaso intentaría deshabitar la historia

cambiar su decorado de pensión

donde una nena juega con su bebé de carne

a ser mamá de una muñeca?

¿acaso forzaría la visión de ese invierno

cuando aprendí a colgarme del trapecio

y la única red que me esperaba

era el hielo delgado de tu reprobación?

qué habré de reparar cuando te busco

¿no fui estrella en tu circo miserable

no lucí en su tarima mi vestido vulgar

ceñida por tus brazos en un corsé de plomo?

¿no traza el corazón siempre la misma ruta

bajo el sol calcinante del recuerdo?

¿no llego siempre al mismo sitio

ese abismo sin fin donde los hombres vacían sus maletas?

¿no es la propina que se gana en la arena

lo único que brilla en ese pozo

cuando salgo a buscarte?

 

 

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soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

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