poemas
ÓLEO DE LUNA GUERRA EN LA BAÑERA
para Adriana Parra
Descabezo cornalitos en la bañera blanca llena de agua.
Dos kilos de manjar flotan aquí para mis gatos salvajes.
Philip, el francés del mercado, los ha escogido con delicadeza.
Yo bajé hasta La Rambla con ojos ávidos luego del porro.
(La
luz del atardecer descompone nuestra percepción del viento.)
[Bolaño]
La ciudad era un inmenso hormiguero, y yo, en la más absoluta
soledad,
fui flotando sobre mí, asaltando cada rostro con un bisturí en la
mirada.
En mi interior una voz cantaba: ¡vamos! ¡vamos! muéstrame tu alma.
Entré a una disquería y oí esa versión de Old devil moon.
Me fui con la voz de Cassandra vibrando entre mis piernas.
Afuera el mundo seguía girando y girando en la misma dirección.
Yo caminaba a la deriva, me extraviaba en Barcelona
buscando cualquier cosa que de súbito me iluminara.
Pero nada ocurrió. Y sepan que el orden continuo me desequilibra.
Me dan asco esas miradas huecas destilando hambre y lascivia,
esas bocas llenas de palabras sucias asordinadas por labios
temerosos.
Busco lo inédito Sras. y Sres., lo que jamás brilló bajo el sol.
(La
novela debe ser reinventada.) [Pierrot, el loco]
(La
poesía debe ser reinventada.) [Rimbaud]
(La
vida debe ser reinventada.) [Luna Guerra]
Esta tarde no hubo nada nuevo en un mundo viejo y cansado
mientras bajaba hacia el mercado, fumando y silbando
en el calor pegajoso de una ciudad delicuescente.
Nada hubo que me causara el asombro de nacer.
Algo que mereciera ser escrito en un poema. Nada.
Pero llegué al mercado de La Boquería y casi me desvanecí.
Allí estaban, brillando como alargadas monedas de plata,
solitarios sobre la mesa negra de Philip.
Dije dos kilos, au revoir, y me fui temblando.
Ahora descabezo cornalitos en la bañera blanca llena de agua.
Hago de esto un instante sagrado, en tiempos que la historia kaputt.
Preparo la apetitosa cena para mis gatos salvajes: Ámbar, Yuli y
Sandokán:
mis bestias, que en el borde se relamen y cantan
mientras me desnudo/ y hundo mi cuerpo en el agua plateada.
LUNA GUERRA VIAJA EN TREN BALA
para Diana Bellesi
Ayer crucé un campo de sombras en un tren blanco.
Viajaba para perderme en el vacío. Pero no.
Deseaba deshacerme en un tren bala, a 2000 por hora,
desintegrarme a la velocidad de la luz. Pero no. No estaba en Japón.
Estaba en Zárate. Faltaban 32 horas para llegar al Paraguay.
Olor a saliva, tabaco, fiambres, naranjas, vómito, orín y sudor.
Todo mezclado con cumbias, chamamés, polcas y guaranias.
Entre la gritería de mercachifles y borrachines patibularios.
En un calor de 52 grados, el Gran Capitán subía el país.
Yo sudaba y temblaba como John Malcovich en Refugio para el amor.
Pero de pronto ¡cha-cha-cha-chan! un tipo apareció ante mí.
Era más feo que Bukowski, pero con rostro aindiado, eso sí.
Medía como dos metros y hablaba ronco en guaraní
Yo ni palabra entendía, pero le sonreí, ji ji ji.
La atmósfera se volvió bermellón. El aire, como cargado de pólvora.
Yo sonreía y sudaba y temblaba. Hasta me oriné encima de la emoción.
El indio sonrió y musitó unas palabritas que no comprendí.
Respondí que viajaba para perderme en el vacío. Llorando le dije:
pero en esta nave no llego ni hasta los límites del vacío sin
límites. [Beckett]
El indio tomó mi mano, me miró y con voz dulce dijo teiquirisi.
Me condujo como una sonámbula a través de la turba alborotada.
Subimos al techo del tren grotesco que, a paso de hombre, subía el
país.
(Afuera iban los palmares y los gauchos muertos que cantó Madariaga.
Pero lo mío era una versión fantasmagórica de su Tren casi
fluvial.)
Bajo un cielo púrpura abracé a mi superindio que dijo itsoquei,
lo besé y la música tronó más fuerte,
¡cachácachacáchacachácachacá!
y
el miedo ce finit, y el indio me tocó, y le dije porquerías poéticas
al oído,
como ser que me desnudara, que me chupara hasta los huesitos,
que me tocara los pavores, que me clavara en el aire y etc. etc.
etc..
El indio hizo todo eso y etc. etc., sobre el techo de un tren en
llamas,
mientras al costado, a la velocidad de la luz, pasaba el vacío.
DE MADRUGADA
sueña despierto
para combatir el
insomnio
Se duerme y sufre la
pesadilla
de ser sacudido por king-kong
A las ocho lo despierta un
acreedor
inoportuno le informa que está en
mora
con dios y le van a embargar lo que no tiene
A las nueve prepara un mate nuevo con
yerba del día anterior
Nueve y media enciende la radio para
escuchar al
presidente (su nuevo plan para erradicar
el hambre
y la pobreza mientras el costo de la vida
va
subiendo hasta la muerte) A las diez viste
su
traje turbio de injusticias Diez y
cuarto
anuda a su cuello la tristeza Y media
calza sus zapatos cansados A las once
le pesa como un buey el corazón (ayer
se le esfumó la esperanza mañana no
ha llegado y hoy es nunca más) A las doce
comienza cada día su último día A la una
le roban el fondo del abismo A las dos pierde
el verbo ser (lo que era lo que es lo que
hubiera sido) A las tres no hace ninguna
revolución A las cuatro se pelea
con la vida la muerte y su mujer
A las cinco está indignado
hasta los huesos
A las seis se siente inútil
A las siete fuma
siete cigarrillos A
las ocho sopesa
la idea del
suicidio A las
nueve se enamora
A las diez odia
A las once dice
todoesunamierda
A las doce
se le acaba
el sur
y escribe |