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Poemas de José Antonio Arcocha
José
Antonio Arcocha
(1938-1998), uno de los poetas cubanos contemporáneos de más
auténtica expresión y genuina visión del mundo surrealistas,
nació en Jagüey Grande, Matanzas (según Lorenzo García Vega, su
coterráneo, “por la década del treinta sólo se necesitaba, para
ser poeta, el haber nacido en Jagüey Grande”). En La Habana,
donde viviera en sus años de estudiante hasta su partida hacia
Europa en 1961, conocería a Fernando Palenzuela y a José A.
Baragaño, quienes habrían de influir decisivamente en su
formación como escritor y poeta. Luego de frustrados intentos de
radicarse en España, Alemania, Luxemburgo y Bélgica, logró
establecerse por relativamente largos períodos de precaria
existencia en New York, Puerto Rico, Madrid, New Jersey y,
finalmente, Miami. A más de escribir numerosos artículos para
revistas literarias y periódicos (Vanguardia, Mundo
Nuevo, Aportes, El Nuevo Día, Diario de Las
Américas, entre otros), en 1970 Arcocha colaboró con
Fernando Palenzuela en la fundación y co-dirección de Alacrán
Azul, revista de arte y literatura con sede en Miami, cuyos
dos únicos números destacaron y son recordados todavía por su
rara calidad y sorpresiva aparición en el páramo editorial y
cultural que era Miami entonces. Entre 1969 y 1971 lanzó tres
volúmenes de poesía: El reino impenetrable, Los
límites del silencio y La destrucción de mi doble.
El esplendor de la entrada,
una colección de cuentos breves que apareciera en 1975, recogía
relatos que habían sido escritos muchos años antes. (Con la
publicación de La destrucción de mi doble, Arcocha
anunció que no planeaba escribir otros libros, y así lo
cumplió.) Sagaz manipulador de la forma poética, explorador
subterráneo de los orígenes, apasionado exorcista en perenne
batalla con los fantasmas que le acosaban incesantemente,
Arcocha se sitúa desde temprano en el centro mismo de la gran
vertiente surrealista que surte la poesía contemporánea y que se
inicia en los círculos surrealistas de París por los años
veinte. Arcocha murió como vivió, solo, en el horror del exilio
que no supo conquistar, víctima -como tantos otros- de las
fuerzas que le hicieran abandonar su patria (que era, más que
Cuba, La Habana) y transitar un mundo extraño, como si hubiera
sido de otro planeta; odió al tirano (“sólo tú eres responsable
del éxodo”) y amó la libertad, y apreció, sobre todo, la
inteligencia, la amistad, las palabras, la escritura, la
expresión exacta, los misterios del acto creador, la poesía
eterna.
—Vicente
Jiménez
En
los poemas de El reino impenetrable “el poeta nos
entrega una magia que parte siempre de lo concreto, de lo visto,
de lo oído, de lo sentido, en el reino inmediato de la vida
cotidiana. Basta sólo un toque, un enfoque, un relámpago de
imaginación para que todo nos parezca casi irreal, como esa
mujer que se pierde entre la multitud ‘para siempre’, en una
ciudad ‘de flores artificiales y de algas antiguas’ que puede
ser la ciudad de Nueva York, o puede ser cualquiera de las
ciudades pictóricas de Bosch, el Bosco”.
—Alberto
Baeza Flores
“Leer a Arcocha es asomarse a lo maravilloso de un universo
cargado de intenciones mágicas, renovadoras... Cada poema parece
haber sido hecho, con alucinación calculada, en el crisol
hermético de los alquimistas. Arcocha parece haber tenido la
suerte de encontrar la piedra filosofal de la más genuina
poesía". Hay un como “delirio triple que obsede al poeta,
estallando ante nuestros ojos con el resplandor de una galaxia
de luz negra: la soledad, el silencio y el amor — una especie de
ritual de alta mágica poética que eleva a categoría mítica la
trastornadora presencia de la mujer... El erotismo mágico de las
imágenes que la describen confiere al libro [El reino
impenetrable] cierto carácter de iniciación trágica, de rito
antiguo, que se repite, voluptuoso, como una sola imagen dictada
por el deseo”.
—Fernando
Palenzuela
GASTON LACHAISE
En qué se detenían tus ojos mientras ibas
hacia el esplendor y la tierra y nada importaba sino tus labios
sobre los senos de arcilla lunar y de sol en descenso
En ese instante que se desgarra del río del
tiempo como una cabeza bajo la guillotina y de su éxtasis inicial
se desprendieron los mármoles y otras cosas deleznables como
este poema
Y no hubo muro ante tu asalto de fauno
adolescente y miradas de obseso en los días del exilio y la
lluvia
En los días de mar en Maine antes de convertirte
en fantasma en imagen que contemplo en la alta noche asediado
por la nieve por la soledad y el espanto
Es imposible imaginar la primera vez que tuviste
su esplendor en tus brazos
Y qué puertas se abrieron ante ti que abarcabas
los senos y los muslos como un paisaje de
las obras maestras de antaño
Y ahora se abren las olas ante la quilla del
barco como Isabel ante el falo ardiendo ante el
puñal de tus besos
Y he aquí que el tren te conduce hacia tu destino
en la noche que podemos imaginar como ártica.
Y su pasado y Boston son arrebatados por el
remolino del tiempo quedando sus senos
erectos y el sombrío poder de sus nalgas de
centauro
Y ya puedes olvidarte de los delfines que
regresarán en la época de la calma como regresan
los folletines y las novelas policíacas a la
mente del gran matemático
Porque te obsede llevar al mármol la redondez de
su vientre y los misterios poderosos de su
unión con los muslos
Y el cuerpo que se te resiste reclamando cada
parte su predominio absoluto
Nacen los torsos de senos infinitos de senos
listos a dispararse
Nacen las rodillas nacen los muslos con cortes de
cimitarra
Y la misma faz de esfinge bajo la luna luna llena
misma
Contempla el estudio contempla el gran lecho
egipcio
Donde tú Gaston Lachaise esculpes tu obra maestra
Donde tus manos no se detienen por un solo
instante
Sobre el cuerpo de Isabel que está ahí y se te
escapa
[De La destrucción de mi
doble]
Nunca más tus ojos que traspasan la niebla
No hay sílabas para tus senos de relámpago bajo
la lluvia
Aquí ya hay sólo corales de realidad que esperan
el desembarco
Los volcanes del archipiélago indonesio
Y la espada que reluce con la sangre de la
dialéctica
Son signos visibles del huracán que anuncia los
días de Octubre
Llegaremos galopando el alba con el ras de los
mares
No habrá piedad para las naves siniestras
Una escuadra de buques fantasmas ya avizora el
castillo
Un salva de libros un arabesco de páginas
Inician su danza en las garras mismas del tigre
Se esfuman las puertas de la prisión y los
guardianes con ellas
Ennegrecen los cabellos en la raíz del silencio
Como en sueños hemos asesinado al ángel de la
espada flamígera
Es pasto de las llamas un solo árbol del bosque.
[De Los límites del
silencio]
Contemplé un horizonte de castillos
deshabitados
En este país donde el río no es más que un
pretexto
Donde se ocultan de siempre un tropel de ninfas
remotas
Apartaré los ojos de mi inevitable catástrofe
Tu cabellera imantada se ha desvanecido en la
noche
Toda tú no eres más que tinieblas
Mi pasado feliz es una presencia en esta tarde de
otoño
Mi pasado es una mariposa que ha de morir a las
doce
Mi pasado es una isla que se hunde en un mar
verde como una esmeralda en el templo de Kali
He penetrado el silencio
Habito un pozo cuyas aguas se pudren mucho antes
de que Alejandro conociera a Aristóteles
Son las secretas geometrías del oro
Son los eternos rituales de Hermes bajo la luz
artificial de la Bolsa
Es el apuñalamiento continuo tras las cortinas de
los palacios.
[De El reino
impenetrable]
Es un mundo de fatigados relojes en las
ramas más altas
De castillos deshabitados con mil puertas que dan
al humo
De hechiceras silenciosas con marmitas por tierra
De piel triste y una sola página en blanco
De poetas pendidos sobre un río de niebla
De tortugas sigilosas que aportan la muerte
De súbita locura y de torres del Néckar
La ley de gravedad aquí ya no rige
Muy por encima de las terrazas voy volando a tu
encuentro
Cesó la protección que te brindaba el espejo
Al frente de los ejércitos del Emperador Amarillo
He invadido tu reino.
[De El reino impenetrable]
Inútil testigo de los combates del alba
Mi triste materia se ha disuelto en palabras
Son palabras mis ojos por los que aguarda el
verdugo
Mi sexo es una palabra
Mis cabellos son invisibles mi faz pulveriza lo
opaco
Tus senos son símbolos de un delfín tenebroso
Tu silencio de pez en las profundidades oceánicas
Tus muslos son poderosos como Adán un segundo
antes de la mordida
Te invoco cada noche con ritual riguroso
He cumplido una a una las indicaciones secretas
Doce arcoiris doce han prometido anunciar tu
llegada.
[De El reino impenetrable]
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