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Ida Vitale: la llamada de la
poesía
Aldo Roque Difilippo
Ida
Vitale nació en Montevideo (1923), siendo catalogada como una de
las principales voces de la generación del 45. Entre otros
libros ha escrito La luz de esta memoria (1949),
Palabra dada (1953), Cada uno en su noche (1960),
Paso a paso (1963), Oidor andante (1972), Fieles
—antología— (1977), Jardín de Sílice (1980), Elegías
de otoño (1982), Entresaca (1984), Sueños de la
constancia (1988), Serie del sinsonte (1992), Paz
por dos (1994), Léxico de afinidades (1994), Donde
vuela el camaleón (1996), Jardines imaginarios
(1996), Procura de lo imposible (1997). Destacándose
además por su labor crítica en El País, Marcha, Época, Jaque
y, entre otras, en las revistas Clinamen, Asir, Maldoror,
Crisis de Buenos Aires, Eco de Bogotá, Vuelta y Uno más
Uno de México, El pez y la serpiente de Nicaragua.
Entre 1974 y 1984 el forzado exilio, producto de la dictadura
militar, la alejó del país. Vuelta a Uruguay dirigió la página
cultural del semanario Jaque. En la actualidad, y desde
1990, reside una temporada cada año entre Montevideo y Austin
(Texas). En su última visita a Uruguay la oportunidad fue
propicia para dialogar con ella sobre la poesía y “la generación
crítica” que integró y que significó un quiebre en la
intelectualidad nacional, cuya marca aún pervive.
ARD - ¿Qué autores, o que influencias, recibió usted cuando
se inició a escribir? ¿Qué influencia más importante puede
marcar?
IV - Bueno, las primeras influencias no son siempre las que
quedan.
ARD - Pero marcan.
IV - Sí, de pronto… Discutía mucho con un tío mío que le gustaba
(Rubén) Darío, y yo decía que no, que era mejor (Amado) Nervo.
Pero eso era cuando tenía 12 años. Así que empecé equivocada. No
siempre las influencias primeras son las decisivas, provocadas
por la cercanía de un libro. Por ejemplo los poemas de (Edgar
Allan) Poe, traducido, luego no desemboca en nada bueno.
ARD -¿Y hoy en día qué influencias siente en su obra?
IV - Tengo tantas que no podría decir cuál. Todo lo que uno ha
leído, de alguna manera habrá servido, se supone. Preferencias
sí, uno podría establecer una línea de preferencias a través de
la literatura del mundo que siempre va por una poesía más
despojada, con menos adorno, más esenciales en cuanto a temas o
a palabras.
ARD -¿Qué sentido o que finalidad tiene, si es que la tiene,
la poesía en la sociedad actual? Porque se dice que vivimos en
un mundo donde la gente no consume poesía.
IV - Eso lo tendrían que decir o los que venden libros, o los
que los promocionan. Para mí, el sentido mayor es hacer algo que
no puedo dejar de hacer. Uno siempre lo hace además con la
esperanza de que eso sirva para algo, pero sin mucha convicción
tampoco.
ARD -¿Cuál es la respuesta que usted recibe?
IV - Uno no siempre se entera de lo que el lector piensa, a
veces de cuando en cuando uno recibe una respuesta positiva,
pues, eso vale por todos los silencios que en realidad suele
haber. Porque en general la gente es también muy discreta. Uno
pierde esa espontaneidad, porque piensa que hay tantas capas
entre el poeta y el lector que es difícil atravesar, y sin
embargo creo que a todo el mundo le satisface saber que en algún
lado alguien está recibiendo eso, sea por lo que dice, sea por
la forma, sea por lo que sea.
ARD -¿Qué elementos se ponen en juego en usted para tentarla
a escribir? ¿Cuál es el disparador?
IV - Nunca es un mismo. Una vez me pasó anotar algo en un boleto
de ómnibus. Pero bueno, pueden ser muchos. Muchas veces la
indignación ante algo. Quiere decir que eso está durmiendo y de
repente sale, y cada uno responde de manera distinta a esa
llamada de la poesía.
ARD - Si ahora entrara una persona y le dijera que desea
iniciarse en la poesíay le pidiera un par de consejos para
iniciarse, ¿qué recomendaciones le haría? ¿Por dónde empieza esa
búsqueda?
IV - Bueno no se si tiene que ser una búsqueda. Hay una cosa que
decía Juan Ramón Jiménez que siempre la recuerdo como un
consejo: escribir y guardar, y olvidarse de lo que uno escribió
y verlo como de otro, y sobre eso corregir. Ahí uno ve con más
lucidez, o con más frialdad. No basta con crear. Hay que aplicar
la tijera, la corrección. Pero no hay fórmulas. Así como hay
poetas que empiezan a escribir muy temprano y luego se agotan,
no escriben más, o la vida los lleva para otro lado como el caso
de (Arthur) Rimbaud, hay otros que empiezan a escribir muy
tarde. Incluso (Rubén) Darío, con el enorme poeta que es, cuando
uno tiene la obra completa resulta que lo que realmente se lee
son los poemas a partir de un momento, lo otro es como
preparatorio. O (Pablo) Neruda. Hay primeros libros que luego
quedan archivados, e incluso los 20 poemas de amor uno
los lee, por lo menos yo los leí, en una época de mi vida, y
luego no volví sobre ellos. Sin embargo hay gente que los
prefiere a lo que para mí son los grandes poemas últimos de
Neruda. Así que también el propio autor puede equivocarse en el
juicio respecto a la obra, de repente eliminar algo que
encuentra también su público.
ARD - Usted, junto a Mario Benedetti, son dos de los
sobrevivientes de la generación del ‘45, lo que se denominó “la
generación crítica”. A la distancia, ¿cómo ve ese proceso
intelectual en el Uruguay?
IV - Poco crítico. Fundamentalmente poco crítico.
ARD -¿Por qué motivos?
IV - Y bueno, porque de repente la crítica no estuvo bien
orientada. En primer lugar no sé si la crítica es lo fundamental
para catalogar a una generación. Es decir como el adjetivo de
más alto rango. Bueno, no creo que sea así.
ARD - Pero fue un quiebre en la forma de pensar en los
intelectuales de la época.
IV - Bueno, creo que todos los intelectuales, si lo son,
producen un quiebre. Además habría que ver si el quiebre estuvo
tan bien orientado como se dice. Porque empezamos por crear el
hábito de la tabla rasa y eso es malo, todo lo que estaba antes,
o por lo menos parte de lo que se había hecho antes, fue muy
criticado. El propio Benedetti, que inició ahí todo un
movimiento contra las gacelas, sí podía ser una respuesta
circunstancial, contra algo también circunstancial. Porque había
también algún poeta como Juvenal Ortiz Saralegui que se decía
que abusaba de las gacelas. Bueno. Pero hubo una gran poeta que
fue Sara de Ibáñez en la que también aparecían gacelas. Entonces
el asunto no es contra o a favor de las gacelas, sino contra o a
favor de la mala o buena poesía. Creo que ese ligero desvío
inicial en el juicio terminó en un ángulo muy abierto respecto
al justo medio. Porque al barrer, aquello de tirar el agua del
baño con bebe y todo, se adoptó una actitud muy crítica, y bueno
no sé si todo lo que se produjo fue mejor de parte de lo que
había antes. Porque en ese momento no se le dio importancia a
algunos de los poetas del ‘20 que estaban todos absorbidos por
la figura de Juana de Ibarbourou, que a mí me parece muy
respetable, pero que fue muy decisiva para elegir una estética,
y por ahí había un poeta estupendo que era Enrique Cajaravilla
Lemos, muy sobrio, muy profundo en algunos de sus temas, en sus
preocupaciones, que quedó de lado. Entonces no siempre esa
crítica fue bien encaminada.
ARD - Y a su vez también se dejó de lado a los poetas que
estaban pegados a la tierra, los de corte criollista, Serafín J.
García, Fernán Silva Valdés, y toda esa línea.
IV - Bueno, ahí quizá no fue sólo una actitud uruguaya, sino que
era un poco una tendencia de mucha literatura latinoamericana.
Que era como un movimiento que luego se transformó. Porque en
Chile también había el criollismo, que fue muy importante. Pero
bueno, creo que todas las épocas tienen una forma de enfrentarse
a un problema que no cambia, la relación del hombre con la
tierra. Eso aflora de una manera o de otra, en un país o en
otro. |