Salomón de la Selva y/o una
poética americana de vanguardia
Julio Valle-Castillo
Fundada
y, al mismo instante, universalizada por Rubén Darío
(1867-1916), la poesía nicaragüense queda presa en las redes de
su propio fundador durante las tres primeras décadas del siglo
XX. Por mucho que dentro de las posibilidades del modernismo
vislumbre salidas –prosaísmo sentimental, criollismo y
nacionalismo temático, criticismo epigramático–, no logra ganar
en definitiva el otro estadio de la modernidad, sino hasta que
irrumpe el Movimiento de Vanguardia (1927-1932), en Granada,
sustentado por un grupo de adolescentes, casi jóvenes,
revolucionarios, iconoclastas, cosmopolitas y, a su vez,
conservadores, oligarcas, localistas: Granada contra León,
restauración conservadora después del liberalismo, vanguardistas
antimodernistas.
Huidobriamente creacionistas, negando el pasado literario
inmediato y creando la poesía y el resto de las artes, la
nación, la política, la antropología, la etnología, toda la
cultura de la nada, o sólo a partir de ellos mismos, los
pequeños dioses –José Coronel Urtecho (1906), Luis Alberto
Cabrales (1902-1974), Manolo Cuadra (1902-1957), Pablo Antonio
Cuadra (1912), Joaquín Pasos (1914-1947) y otros– perdonan la
vida y acogen como uno de los suyos al padre fundador, Rubén
Darío, atendiendo su propia confesión de “viejo, feo, gordo y
triste” con su bombín comido de ratones; y proclaman precursores
de su insurgencia a tres personajes, más que a tres grandes
poetas de la ciudad rival, León: Azarías H. Pallais (1884-1954),
un sacerdote candoroso, medieval, extraviado en el siglo de la
modernidad; Alfonso Cortés (1893-1969), un raro, “maldito” y
místico, quien recién se había vuelto loco en 1927; y un
ausente, Salomón de la Selva (1893-1959), de quien se decía que
era hombre de dos lenguas, de muchas manos y de varios mundos.
Desde entonces estas han sido las categorías en nuestro panorama
poético, aunque en los últimos tiempos se ha abierto paso un
discurso crítico menos impresionista y antojadizo y más objetivo
que traza periodizaciones y propicia visiones, calas y
valoraciones distintas, entre ellas, por ejemplo, que la poesía
nicaragüense se inicia con el modernismo, que el modernismo es
el arranque de la modernidad y no la antítesis y que no todo
comienza con la Vanguardia. Ya en 1972 “Los tres grandes” se
reducían a uno: Salomón de la Selva, “el inmenso solitario”,3
acaso en relación con su entorno dariano y modernista.
La monotonía rítmica, el desbordante infantilismo, el
cristianismo y la diafanidad de los poemarios de Pallais, lo
presentan como arcaico o primitivo, más próximo a un fresco,
remozado Mester de Juglaría y Mester de Clerecía, que al
modernismo. La inocencia fundamental, tan grata a la estética
moderna. El puñado de poemas de Cortés, datados antes
queperdiera la razón, delirantes, fugados, misteriosos, signos
de su alterado estado de conciencia, hacen pensar en los
místicos o en los surrealistas, velando su forma parnasiana a
tal grado que casi no se distingue. Sin embargo, Pallais y
Cortés, bien vistos, no son más que dos poetas modernistas,
distintos intérpretes del simbolismo francés. Dos mundos
interiores, dos personalidades diferentes y dos voces opuestas,
modernistas de principio a fin. No olvidemos que hay tantos
modernismos como modernistas, que, junto con otros nombres,
constituyen los tres grupos citadinos de los dos períodos del
modernismo nacional (1880-1900/1900-1930).
En cambio, De la Selva (León, 20 de marzo de 1893-Pallais, 5 de
febrero de 1959) es el primero que realiza una poesía ya
propiamente moderna, vanguardista en México, el Caribe y América
Central. Es un poeta nuevo de cuerpo entero y con un origen
distinto al de sus contemporáneos. Trae las dos poesías
americanas en su mano o en su lengua: el modernismo
hispanoamericano y la new american poetry, el imaginismo, en
particular, lo cual le bastó no sólo para ignorar, como los
ignoró en su juventud, sino para despreciar, como los despreció
en su madurez, los ismos y escuelas europeas de vanguardia: el
futurismo, el creacionismo, el letrismo, el dadaísmo, el
surrealismo. Él es de la otra vanguardia, como afirma José
Emilio Pacheco: la de los hombres comunes y corrientes y no la
de los magos y pequeños dioses. Su vanguardismo es otro, de raíz
y desarrollo americano, paralelo al que tuvo modelos europeos y
cultivo americano. Aún más, De la Selva inauguró al menos un
ismo, el neopopularismo, antes que los españoles.
De aquí que localizar a De la Selva como simple precursor del
Movimiento de Vanguardia de Nicaragua, ni siquiera de la
modernidad, sea limitante y equívoco. Es y no es. No cabe duda
que en el contexto nicaragüense es precursor de la novedad que
años más tarde vendrá a realizar la Vanguardia; pero, en el
continente, no, porque precursor es el que precede, y De la
Selva es uno de los que preside la modernidad. Él continúa
conscientemente la empresa constructora de una modernidad, que
había iniciado el modernismo hispanoamericano. Por lo tanto, es
algo más, mucho más que un precursor o anunciador; es creador de
una nueva poética y de su ejecución verbal.
Viajando desde su juventud y radicando temporalmente en los
Estados Unidos, Europa, México, Centroamérica o el Caribe, De la
Selva carecía de incidencia alguna en el proceso literario de su
“Nicaragua natal”. Y cuando residió en su patria (1925-1929),
prefirió dedicarse al activismo sindical de tendencia laborista
(COPA, CROM, FON), y después al periodismo sandinista y
antintervencionista, manteniéndose distante del grupo juvenil
vanguardista, que ya tenía resonancia en el país. “La verdad es
que entonces le conocía más por su fama de poeta que por su
poesía”, escribe José Coronel Urtecho, jefe de la banda
vanguardista. Y agrega: “En ese tiempo la poesía casi no
circulaba en Nicaragua. Lo que se publicaba como tal en algunos
periódicos o se copiaba vergonzantemente en el álbum de alguna
señorita ya entrada en años, muy rara vez era poesía [...]. Yo
mismo, por ejemplo, no podría decir si ya había leído algún
poema de Salomón y mucho menos cuál. Tampoco pude entonces
conocerlo personalmente”, finaliza Coronel Urtecho.
En verdad, De la Selva viene a ser otro de los poetas y
escritores extranjeros que los vanguardistas introducen a
Nicaragua. Extranjero en su propia tierra. Pero si lo importan e
importa es porque se trata de un poeta moderno, como difundieron
y tradujeron a Rimbaud, Claudel, Charles Cross, Cendrars,
Larbaud, Supervielle, Montherlant, Morand o Apollinaire, entre
los franceses; y Pedro Salinas, Ramón Gómez de la Cerna,
Federico García Lorca, Gerardo Diego, Jorge Guillén y Rafael
Alberti, entre los españoles.
Desde 1922, De la Selva se había ubicado por derecho propio
entre las cabezas de la modernidad poética hispanoamericana,
publicando en México, la tercera de sus obras y su primer
poemario en español, El soldado desconocido, bajo el sello de la
Editorial Cultura y con portada de otro de los fundadores de
nuestra modernidad, pero plástica: el muralista Diego Rivera.
Vale reparar en esta fecha porque en México, el Caribe y la
América Central de los veinte aún no se instalaba la modernidad;
su lírica no terminaba de despojarse de la retórica del
modernismo. Por mucho que se intentara retorcerle el cuello “al
cisne de engañoso plumaje”, sus aletazos y pataleos más bien
alborotaban otras aves del zoológico simbolista; recordemos el
mismo Búho, insomne y minervino, de Enrique González Martínez.
El prospecto de revolucionario, Ramón López Velarde, moría
repentinamente en junio de 1921, quedando tan sólo como un
iniciador o precursor, para Octavio Paz, junto a José Juan
Tablada. Y esto que Tablada había publicado en 1920, Li Po y
otros poemas, y también en 1922 El jarrón de flores, libros que
en la resaca del orientalismo modernista, generan el caligrama y
haikú en la poesía hispanoamericana: imagen y metáfora. Alfonso
Reyes tardaría dos años para editar su poema escénico, Ifigenia
cruel (1924). El primer poeta realmente moderno en México, según
Paz, será Carlos Pellicer, pero éste todavía se demoraba con más
elementos modernistas que modernos en Colores en el mar y otros
poemas (1921). Si bien es verdad que el “Estridentismo” –Manuel
Maples Arce, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Germán
Cueto, Arqueles Vela, Ramón Alva de la Canal– data de 1923,
también es cierto que fue más un estruendo, un estallido, que un
acto demoledor seguido de la invención de una nueva poesía.
Y en cuanto al grupo de poetas sin grupo: “Contemporáneos”
–Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Carlos Pellicer, José
Gorostiza, Jaime Torres Bodet–, revista y voluntad de
modernidad, se publica y produce hasta entre 1928 y 1931. El
crítico José Joaquín Blanco afirma que “una última e
indiscutible puerta” para el ingreso de los “Contemporáneos” a
la modernidad fue “un libro de autor nicaragüense, El soldado
desconocido, que a pesar de su tema baladí –darle a su patria el
dudoso prestigio de tener un héroe en la Guerra Europea–,
condensa eficazmente las nuevas formas vanguardistas de la
poesía europea y norteamericana. Según testimonio oral de Carlos
Pellicer a un servidor [José Joaquín Blanco], este libro de
Salomón de la Selva tuvo enorme impacto entre los poetas jóvenes
como introductor de libertades y de maneras de expresión”. En el
Caribe de lengua española –la Dominicana, Puerto Rico y Cuba– no
aparecerá, antes de 1927, la Revista de Avance, en medio del
prosaísmo de José Zacarías Tallet y los atisbos de Rubén
Martínez Villena. Poemas en menguante, de Mariano Brull, amigo
de De la Selva, data de 1928. El “son”, la poesía negra y social
vendrán después.
Adviértase también que Luna Park, del guatemalteco Luis Cardoza
y Aragón, es de París, 1923, y que Onda, del panameño Rogelio
Sinán, se editará hasta 1929, Milán, Italia. Los vanguardistas
centroamericanos radicaban en Europa o en los Estados Unidos,
como José Coronel Urtecho, en San Francisco, California, donde
dató su burlesca “Oda a Rubén Darío” (1925).
Este aislamiento o soledad mesoamericana y caribeña de El
soldado desconocido sólo contribuye a apreciarlo en su legítima
dimensión inaugural. Está solo, único en esta zona geográfica.
1922 es el año de Trilce de César Vallejo en el Perú, de Veinte
poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo y de
Canto de amor, de luz, de agua y Mil novecientos veintidós de
Baldomero Fernández Moreno, en Argentina, de Desolación de
Gabriela Mistral y Los gemidos de Pablo de Rokha en Chile, de la
Semana de Arte Moderno de Sao Paulo, Brasil, de The waste land
de T. S. Eliot y del Ulysses de James Joyce, en lengua inglesa.
1922 es el año clave de la modernidad en inglés y español y allí
irrumpe De la Selva con su propia rebelión, El soldado
desconocido. Primer poeta y primer libro de la modernidad
mesoamericana y caribeña.
II
Cuando De la Selva llegó a México en junio de 1921, era entonces
un joven de veintinueve años que había obtenido su formación de
hombre en los Estados Unidos de Norteamérica, en los mismos años
precisamente que este país ocupaba por la fuerza militar a su
“Nicaragua natal”, convirtiéndola en un protectorado o
neocolonia desde 1912; la pérdida de la soberanía, la
enajenación de la banca, las aduanas y la línea férrea, la
frustración de una gestante burguesía nacional, la interrupción
del proyecto liberal (1893-1909), o sea, de la modernidad. De
aquí que en contradicción con la política exterior del país
donde residía, De la Selva haya ratificado su identidad
latinoamericana, acorde pues con el arielismo, especie de
filosofía, de credo latinoamericanista en boga. Pero del
arielismo saltó al socialismo. “Porque yo era socialista –afirma
el poeta–. Colaboraba en The Call que editaba Charley Irwin,
consejero ahora, en la nobleza y la sabiduría de su senectud, de
los Amalgamated Clothing Workers of America. En la Escuela Rand
de Estudios Sociales, que era centro socialista mirado de reojo
por la policía y con alarma por las gentes de orden y
esclavitud, fue por esa colaboración que hice amistad con el
entonces prometedor poeta Clement Wood, autor de un reciente
diccionario de la rima. Fogoso joven de Alabama, en rebeldía
hermosa contra los feos prejuicios del Sur norteamericano. [...]
Formábamos un grupo atrevido, empeñado en renovar la poesía por
la economía política y la psicología, y en rehacer el mundo por
la poesía renovada. Sosteníamos que en el arte era preciso
llevar la vida misma con toda su crueldad y su rudeza, y que en
la obra artística había que volcar, resolviendo su caos, todo el
aquelarre perenne de la subconsciencia”. “Por andar en estas
diversas compañías me inicié en el socialismo científico de Marx,
y como leía todo y de todo, leí El capital –bello libro
humanista– y mil y una veces lo discutí y lo oí comentar al
calor de grandes vasos de té de samovar, con limón, y de grandes
vasos de `vino rosso’ siciliano. Se podía entonces ir y venir
del uno al otro extremo del radicalismo en saludable ejercicio
moral e intelectual.”
Asimismo De la Selva regresaba de participar del último instante
de la Primera Guerra Mundial: septiembre-noviembre, 1918.
Flandes, Londres. Por consejo de Pedro Henríquez Ureña, asesor
del prodigioso dirigente José Vasconcelos, el nicaragüense fue
invitado entre otros intelectuales latinoamericanos, como
Gabriela Mistral, para integrarse a la gran cruzada cultural de
la Revolución Mexicana que significó la gestión vasconcelista:
América al encuentro de América, empezando con México al
hallazgo de México: artes populares, cocinas y vestuarios
nacionales, brigadas educativas o de alfabetización,
indigenismo, muralistas, los clásicos verdes, etcétera. Él mismo
recuerda que:
Para Henríquez Ureña el momento de la Gran Conspiración (y de la
Gran Consagración) llegó cuando don Adolfo de la Huerta llamó a
José Vasconcelos del destierro y los hombres fuertes de México
de entonces hicieron al filósofo rector de la Universidad
Nacional con la promesa –que cumplieron– de crear nuevamente la
Secretaría de Educación Pública, alegres como Carlomagnos de
servir, ellos también, a la cultura. No precisamente corría,
pero sí circulaba el oro en México. Y Vasconcelos tuvo
veinticinco millones de aquellos pesos para fomentar la
educación. Jamás se había visto nada igual en tierras de habla
española [...]. Había una pugna de idiomas extranjeros como
aquella disputa sobre el país de más hermosas mujeres con que
empieza la Mandrágora de Maquiavelo [...] Era un mundo alrededor
de Vasconcelos, de comedia de Maquiavelo, como he dicho, y de
Torre de Babel. [...] Pedro pulía su griego. Vasconcelos
insistía en los griegos y Pedro, que ansiaba con toda el alma
servirlo, me declaraba que el griego era necesario para que los
griegos fuesen el idioma de los que conpirásemos para civilizar
a América.1
Esta última frase: Civilizar a América con Grecia, entre otras
consignas como “A la libertad por la cultura”, o “Por mi raza
hablará el espíritu”, bien podría constituir una divisa más del
arielismo de De la Selva, que aspiraba ratificar con las
humanidades la superioridad espiritual latina ante la otra
America: la anglosajona. Pero lo interesante por paradójico es
que De la Selva se había formado, como ya anotamos, en los
Estados Unidos y allí había tenido acceso al marxismo y a las
fuentes occidentales: el mundo clásico, la épica, la lírica y el
teatro griego y romano, y tal acceso, lo reafirmó al mismo
tiempo que lo universalizó en su identidad. El poeta De la Selva
es además de los primeros intelectuales con voluntad y
conciencia revolucionaria y latinoamericanista, con tal universo
de visión y sensibilidad que Henríquez Ureña pensó que él
simbolizaba, en la acción cultural vasconcelista, el diálogo o
la posibilidad del cordial entendimiento entre la América Latina
y la América anglosajona. En la Acroasis en defensa de la
cultura humanista que precede sus póstumos Versos y versiones
nobles y sentimentales (1957/74), dice: Los Estados Unidos eran
para mí, por causa de los filibusteros que asolaron a los países
de Centroamérica, por causa de la mala guerra de conquista que
le hicieron a México, por causa de sus intervenciones armadas,
de su política del Big Stik y de la Diplomacia del Dólar, si no
la barbarie enteramente, por lo menos la encarnación del
imperialismo materalista de rapiña. Llevaba yo por eso, no sólo
bajo el brazo sino entre los pliegues de mi cerebro juvenil, el
Ariel de [José Enrique] Rodó, e íntimamente me había hecho la
voluntad de no dejar que el Calibán anglosajón venciera en mí la
espiritualidad latina de mi estirpe nacional. Lo mejor de mi
adolescencia fue el despertar a la verdad de estas cosas.
En la misma directriz de Rubén Darío y los otros poetas
modernistas e intelectuales liberales, De la Selva se colocaba
en la vanguardia literaria y en la vanguardia del pensamiento
político de América: el arielismo que trascendió el socialismo y
antimperialismo. Esta misma conciencia latinoamericanista y
sobre todo, su afirmación patriótica, que incluía la racial, lo
habían llevado a ser, como cree él mismo, un Voluntario
Romántico en la Primera Guerra Mundial. “Explico –prólogo de El
soldado desconocido– que tuve la buena suerte de servir,
voluntario, bajo la bandera del Rey Don Jorge V, enseña que fue
de la madre de mi padre. Por eso pude escribir este poema.
Nicaragua no tuvo ejército en Europa, pero sí soldados, sí hijos
muy suyos, como yo, militares en las filas aliadas”.
De modo que este joven latinoamericano y como tal, “voluntario
romántico”, revolucionario socialista, regresó de la Primera
Guerra Mundial menos traumado que el resto de ciudadanos y
combatientes europeos. Apollinaire, el fascinado cantor de la
guerra, las bombas y los aviones, murió víctima de la misma
guerra, que como signo de la modernidad lo deslumbraba. “La
guerra de 1914 dejó pocas huellas en la poesía francesa: está
presente en la obra de algunos, afirma Gaëtan Picon, de manera
muy diversa y a veces anecdótica. Pero las circunstancias han
actuado sobre el poeta especialmente en la dimensión de
profundidad”. Si los artistas e intelectuales europeos salieron
horrorizados y hartos hacia la evasión o el ensimismamiento,
hacia el surrealismo y otras manifestaciones que expresaban lo
brutal, lo insólito, lo absurdo, el descoyuntamiento o la
fragmentación de la humanidad, De la Selva viene hacia la
creación y la liberación, hacia el descubrimiento de América y
de una expresión americana. De aquí que El soldado desconocido
transpire un vitalismo, un entusiasmo propio de nuestras
tierras. No es gratuito que, en la PD de su poemario, proclame:
La América tropical dará al mundo los mejores poetas, los
mejores pintores y los mejores santos. Como tengo que hacer de
centinela no me queda tiempo para dilatarme ahora en
explicaciones. Basta una: El Sol. ¡Me voy a ver la noche hasta
que salga el sol! – VALE.
catafalco soberbio que, después de un gran desfile militar en su
honor, han cubierto de coronas, de banderas, de palabras. Los
pueblos ya tienen cada uno su fetiche. ¡Pero ese fetiche era de
carne y hueso, humano y muy humano!” De eso se trata. Eso trata
El soldado desconocido y trata de desacralizar el fetiche para
humanizarlo. Poesía humana, más humana que divina; realista,
confesional, vivencial, aún más, autobiográfica, que no teme y
más bien gusta de señalar lo feo, lo prosaico, lo vulgar, lo
cual le permite desplegar una serie de motivos inusitados, que
lo revelan moderno y diferente al modernismo, que aprovecha. Sus
motivos hacen “temblar a las estrellas, / dejar sus lanzas /
cubrirse los rostros con las manos”.
Porque según una estrofa que podría considerarse un ars-ética
que sustenta esta ars-poética:
La humanidad, ¡alás! no huele a rosas.
Y dónde encontrar la belleza, Dios mío,
si todo es podredumbre
y dolor y miseria?
¡Oh Safo! tus rosas dónde se abren?
No es en el lodo humano
en donde alargan sus raíces?
Así hace su entrada lo feo, que alcanzará a constituirse en ismo,
en feísmo, tan apreciado por la antipoesía de Nicanor Parra en
los cincuenta. Pero el coloquialismo, la realidad y lo simple,
el mismo feísmo en De la Selva está como decantado, como
depurado, muy ennoblecido.