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Armando Romero o las estaciones
de un diálogo y una ruta: Cali, Caracas, Cincinnati
Arturo Gutiérrez Plaza
Quizás
resulte ocioso advertir que una nota introductoria a una larga y
placentera conversación con Armando Romero no puede ni debe ser
ajena a la naturaleza de su propia concepción de la escritura,
de la literatura y de la vida. Esto es, no debe dejar de tener
presente a la imaginación lúdica, anclada en lo real, como
sustrato de la experiencia con lo verbal. No puede desentenderse
de una noción de la realidad como imprevista y sorprendente
suerte de combinatorias (debidas o no –y verbales o no-) que
fundan el ser. No ha de olvidar la condición viajera, algo
vagabunda y errante de toda escritura que quiera ser fiel a la
cartografía anímica del escritor. En suma, no basta dar noticias
de una ficha biobibliográfica en los siguiente términos: (Cali,
1944) Poeta, narrador y ensayista.
De lo que se
trata es de una obra que ha ido creciendo de manera paciente y
paulatina, hasta alcanzar una solvente y singular madurez, que
ya empieza a tener eco en el ámbito de otras lenguas y en
diversas geografías. Pero además, junto a todo ello se hace
necesario dejar constancia de otro asunto, en mi caso ineludible:
el afecto. Pues, por qué no decirlo, allí reposa también la
posible vitalidad del diálogo franco, curioso e intuitivo que
poco a poco se fue armando entre Armando y yo.
Me valdré del azar o mejor aún del bien intencionado capricho
para acercarme a algún punto de encuentro. Fue en julio de 1997
que lo conocí. Aprovechando su estancia en Caracas para la
presentación de su novela La piel por la piel,
organizamos en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo
Gallegos (CELARG) un recital de poesía, acompañado de música y
fotografías, con los poemas pertenecientes al libro Hagion
Oros (El monte Sacro). Pocos meses después nos volvimos a
ver en Cincinnati. En esta ocasión fue él quien me invitó a leer
poemas en las cercanías del río Ohio, aprovechando mi
participación como becario en el International Writing Program
de la Universidad de Iowa. Ya para entonces había empezado a
adentrarme en su obra, así como a conocer algunos trazos de su
vida. En este punto acudiré al mismo expediente utilizado por él
en su texto titulado “El cuento que no vendrá”. Es decir, echaré
un cuento para explicar un cuento de modo que el nuevo cuento
echado y escrito sea un nuevo palimpsesto que nos permita leer y
comprender de modo más cabal el texto original. Sólo que en este
caso el cuento no es de Armando Romero ni mío sino de Roberto
Bolaño y se llama “Discurso de Caracas”.
Texto (¿discurso, cuento, crónica?) que leyó el 2 de agosto de
1999 al recibir el Premio Internacional de novela Rómulo
Gallegos, por su libro Los detectives salvajes.
Como no son pocas las coincidencias que hallo entre lo dicho por
Bolaño y lo que veo en la vida y obra de Armando Romero,
apuntaré mis comentarios. Vale recordar que la novela Los
detectives salvajes es “la transcripción, más o menos fiel,
de un segmento de la vida del poeta mexicano Mario Santiago”,
así como el reflejo de “una cierta derrota generacional y
también la felicidad de una generación”.
Sin duda esto es así, pero es algo más. Ese trozo de la vida del
poeta Mario Santiago es también una metáfora de la vida del
mismo Bolaño, poeta y narrador errante cuya existencia y
escritura fueron siempre consecuencia de la creencia de que
ambas eran “un oficio peligroso”, pero también una búsqueda
insaciable detectivesca y salvaje. Es así como el Bolaño
chileno, mexicano o español, cultor del “real visceralismo” se
me emparienta con el Romero trashumante que a los 23 años,
necesitado de “romper
ciertas ataduras” con el Nadaismo y
“armado
de unos cuantos poemas y de tanto dinero como para llegar a la
frontera”, se fue “a Ecuador y por allí al Perú y luego a Chile,
en un viaje que duró cerca de un año”. Según nos dice:
Eran tiempos de la ‘sinrazón ardiente’. Todos éramos ‘locos,
geniales y peligrosos’. Algunos de mis poemas en A rienda
suelta y Las combinaciones debidas tratan de capturar
imágenes y momentos de este viaje. Fue un viaje formidable que
me llevó desde descubrir el cochayuyo en Chile o el pisco en el
Perú o los llapingachos de Ecuador, hasta encontrarme una noche
tomando vino en el hotel Crillón de Santiago con Pablo Neruda o
preso en Trujillo, Perú, por asociarme con los poetas de la
ciudad. Ese viaje realmente marcó mi vida y abrió el camino para
que luego me fuera a Venezuela y después deambulara por toda
América, desde México a Buenos Aires, pasando por Chicago, como
creo que debe ser.
Pero volvamos al texto de Bolaño, al llamado “Discurso de
Caracas”, texto construido, como muchos de Romero, bajo los
principios de la patafísica de Alfred Jarry. Pero las
coincidencia no se detienen aquí. La historia de Bolaño señala
otra extraña o imaginaria re(ve)lación. Bolaño inicia su
“discurso” afirmando: “Siempre tuve un problema con Venezuela”.
Luego aclara que se trata de un problema infantil, de “índole
verbal y geográfico”, fruto de su “educación desordenada” o de
“una especie de dislexia no diagnosticada”. Nos cuenta que de
pequeño jugaba fútbol y usaba el número 11 (el de Pelé y el de
Zagalo en el mundial de Suecia). Pero el problema no estaba allí,
el asunto era que chutaba con la izquierda pero escribía con la
derecha. Así nos dice:
Con el tiempo, por supuesto, aprendí a tener una referencia cada
vez que me preguntaban o me informaban de una calle que estaba a
la derecha o a la izquierda, y esa referencia no fue la mano con
la que escribo sino el pie con el que le pego a la pelota.
Y con Venezuela tuve, más o menos por las mismas fechas, es
decir hasta ayer mismo, un problema similar. El problema era su
capital. Para mí lo lógico era que la capital de Venezuela fuera
Bogotá. Y la capital de Colombia, Caracas. ¿Por qué? Pues por
una lógica verbal o una lógica de las letras. La uve o ve baja
del nombre Venezuela es similar, por no decir familiar, a la b
de Bogotá. Y la ce de Colombia es prima hermana de la ce de
Caracas.
Esto parece intrascendente, y probablemente lo sea, pero para mí
se constituyó en un problema de primer orden, llegando en cierta
ocasión, en México, durante una conferencia sobre poetas urbanos
de Colombia [acompañado por Mario Santiago], a hablar de la
potencia de los poetas de Caracas, y la gente, gente tan amable
y educada como ustedes, se quedó callada a la espera de que tras
la digresión sobre los poetas caraqueños pasara a hablar de los
poetas bogotanos, pero lo que yo hice fue seguir hablando de los
poetas caraqueños, de su estética de la destrucción, e incluso
los comparé con los futuristas italianos.
Lo que no sabremos es si Bolaño habló de los nadaístas
colombianos o de los “balleneros” del “techo de la ballena”
venezolanos o de otros poetas. Lo que sí sospechamos es que
idéntica dislexia o curiosa confusión puede haber sufrido o
todavía sufrir Armando Romero, quien ha visto desde siempre a
Colombia en Venezuela y lo contrario.
Pero ya que en el caso de Armando la causa no es el fútbol
aventurémonos a pensar que todo se debe, más bien, a la profusa
suma de afectos compartidos. Testimonio de ello es la cercanía
espiritual y estética que ha tenido con poetas venezolanos como
Juan Calzadilla o Juan Sánchez, por mencionar sólo a dos de los
muchos que se han sentido siempre próximos a él y a Colombia. De
modo, que como breve introducción al diálogo fronterizo entre
poetas y países hermanos no resta más que decir que en el caso
de Armando la confusión se ha visto agravada, pues su
empecinamiento con la ce lo vemos también cuando nos explica su
cuento
"Versión completa y verídica de la historia de la cacería del
Gigante por Croar, Croir, Crour", cuyo origen estuvo también
regido por el azar fortuito de Bretón, según él mismo lo expresa
en el aludido texto, “El cuento que no vendrá”:
Entonces se me vino a la cabeza la palabra ‘croar’. Pero no
pensaba en ranas o sapos, sino que lo que me asaltaba era sólo
el sonido, eso que tal vez me faltaba de la realidad afuera. Y
entonces la palabra ‘croar’, que es muy traviesa, nomás déjala
un rato en la boca y ya verás lo que te pasa, trajo enseguida
como compañeras a las palabras ‘croir’, ‘crour’, y de pronto, la
habitación estuvo llena de ruidos; es decir, que los muchachos
de la calle en bicicleta se metieron por las paredes y empezaron
a tratar de capturar al gigante solitario que, como dice el
cuento, ‘viene apagando los fuegos de todo el planeta y chupando
con sus dientes golosos las plumas de aves y almohadas, que
corta las plantas y seca los cactus’.
Como vemos no es un caso fácil de entender ni explicar. Quizás
sea ésta una de las obsesiones que persiguen a los poetas,
abrumados por la realidad incontestable de las palabras y sus
sonidos, las cuáles marcan sus rutas y sus destinos. La suerte
de su escritura y sus entrañables geografías. Por ahora, tenemos
constancia de que tal empecinamiento no ha cesado, al insistir
en vivir en la ce de ciudades como Cali, Caracas o Cincinnati.
En todo caso, desde aquí y desde allá, hay otro texto que se ha
venido tejiendo como resultado de un diálogo entrañable y
cordial –“digital” como ha adjetivado alguno de sus poemas- a
propósito de otro cuento: la obra poética de Armando Romero.
AGP - Coincides con la apreciación de Álvaro Mutis de que tus
poemas son textos "escritos sólo para poetas”? ¿Por qué? ¿En qué
sentido?
AR - Siempre he pensado que el lector de poesía es realmente un
poeta, de otra manera no puede existir ese intercambio vital que
es la factura del poema y su lectura, ese darle vida de que
hablaba Borges. Ahora bien, podría ser un poco más literal con
lo que dice Mutis y responderte que sí, que en verdad yo veo que
la factura de esos poemas buscaba un diálogo con almas afines en
cuanto a escritura, a letra y palabra. Tienes que tener en
cuenta que cuando Mutis dice esto se está refiriendo a mis
poemas de El poeta de vidrio, exclusivamente. Y esos son poemas
en que yo veo una serie de proposiciones poéticas que sólo
pueden ser entendidas pasando de uno a otro poema y
estableciendo una solución de continuidad entre ellos. Yo veo
esos poemas como objetos animados que conforman un zoológico muy
particular, cada uno de ellos alimentándose a su manera. Su
lectura entonces llama a un lector muy especial, que tiene que
tener un pie metido de lleno en poesía, o por lo menos así lo
veía Mutis. Te digo que esta opinión también la compartía Juan
Sánchez Peláez, para quien este libro en especial era lo que más
le gustaba de mi poesía.
AGP - ¿A qué responde el orden de los poemas en tus libros? ¿Ves
en cada uno de ellos un sentido de unidad o los concibes más
bien como colecciones de poemas independientes, escritos en un
determinado período?
AR - Mi primer libro de poemas escrito es El poeta de vidrio,
que se gestó más o menos entre los años 1961 y 1972, cuando
escribo el último poema en México. La verdad es que no es un
libro pensado orgánicamente sino una serie de poemas que se
fueron desprendiendo de varios libros a medida que desaparecían,
uno de éstos se llamaba 22 revoluciones por minuto, recuerdo.
Por eso los intentos o las diversas posiciones poéticas que
presenta. Mutis ve en ellos una coordenada narrativa, y eso es
cierto. Para mí la narración y la poesía, hablando de su forma
en versos, siempre han estado muy ligadas. Así, El poeta de
vidrio es el resumen de varios libros, que van de la
experimentación metafórica cercana al surrealismo hasta el
coloquialismo típico de los sesenta, que indudablemente tiene su
origen en un autor que para mí siempre fue fundamental, Blaise
Cendrars. Muy joven traduje del inglés “Prosa del
Transiberiano”, y más tarde leí en español El hombre fulminado,
La mano cortada, y en francés Mouravagine y los Poemas
elásticos. Era una época de muchas lecturas y de gran avidez
cultural para mí esa de los años sesenta, cuando formé parte del
Nadaismo.
AGP - Como seguramente en cada libro la respuesta difiere,
aprovecho para preguntarte por la historia íntima de cada uno de
ellos.
AR - Los móviles del sueño es mi segundo libro de poemas. Lo
escribí en los años que pasé en Mérida, allá en Venezuela. En
este libro percibo una mayor unidad, un deseo de buscar una
fuente originaria, una luz que ilumine al poema. Fueron años muy
bellos para mí, aunque de una pobreza extrema. El libro se fue
haciendo al paso de los días, entre ríos, valles y montañas,
pero nunca terminé con todo el proyecto que tenía en mente. Es
un libro que nunca terminé. Es mi primer libro publicado porque
gané el premio estatal de poesía y editaron esa edición
sencilla, simple, que tú conoces. Años después apareció El poeta
de vidrio, que en verdad es mi primer libro escrito.
Las combinaciones debidas y A rienda suelta son dos libros
unidos por un cordón umbilical porque en ellos prima el poema en
prosa, y porque fueron escritos ya en Cincinnati, hacia finales
de los años 80 y principio de los noventa. Dos temas los marcan:
la memoria y los viajes. En Grecia, en el año 91, escribí Cuatro
líneas, que consiste en cuarenta poemas en cuartetas, a la
manera griega. En ellos prima el amor erótico. Fue un libro que
escribí en la que creo es la condición ideal para un poeta, en
una isla griega llamada Ikaría, en el Egeo. Allí he pasado
largas temporadas escribiendo, viviendo.
Hagion Oros-El Monte Santo surgió de la necesidad de ver de
nuevo, gracias a las palabras, esa realidad tan fugaz,
vertiginosa e impactante, que fue mi viaje por el Monte Athos,
la república ortodoxa griega. Es un libro cuya unidad está dada
por el tema religioso. También porque recoge ese viaje a la Edad
Media que es visitar estos monasterios.
En resumen, creo que con excepción de El poeta de vidrio, todos
mis otros libros responden a una escritura más uniforme, aunque
de uno a otro haya saltos y búsquedas que los particularizan.
Creo que soy una persona de muchas búsquedas, con una necesidad
de ver en la palabra siempre tierra desconocida.
AGP - Leyendo el conjunto de tu obra poética consigo tres
motivos recurrentes, que se me antojan como posibles coordenadas
de tu poética. Comenzaré por el primero: la imagen del monje, la
cual aparece por primera vez en el poema “Las dos
palabras”, perteneciente a El poeta de vidrio, tal como lo
explicas en la introducción de Hagion Oros. Pero que de acuerdo
a la fortuna que ha regido el orden de publicación de tus
libros, la cual impuso que Los móviles del sueño apareciera
antes que El poeta de vidrio, halla su primera aparición publica
en un breve y hermoso poema de Los móviles del sueño, titulado “Aenigma”:
“En el pastel de adobe/ Del templo celular y espeso/ Una cigarra
dibujó con su canto/ Sobre la pared más sensible/Un
siempreinforme dibujo/Que los monjes/Tratan de interpretar.”
¿Qué me podrías decir de este personaje tan entrañable de tu
universo poético?
AR - Sí, es algo extraño en mí, cuya razón no puedo explicar
lógicamente.
Es como si en una u otras vidas anteriores yo hubiera sido un
monje. Esa fascinación por la vida monacal me viene desde
pequeño, y no sólo ha salido en mis poemas sino también en
varios de mis cuentos. Hay en ello como una necesidad de
desprendimiento, pero también está ligado esto a una idea de
libertinaje secreto, de vida dentro del laberinto. Creo que
todos obramos en la escritura por obsesiones, por compromisos
con los dioses oscuros que nos habitan o visitan. Yo me siento
una persona bastante religiosa aunque no practico ninguna
religión especial. Del catolicismo me gusta la liturgia antigua,
lo cual me deja de lleno en la iglesia ortodoxa. Pero también me
entusiasma la vida monacal zen budista, o simplemente budista.
Cuando estuve en China tuve la oportunidad de visitar
monasterios taoistas. Fue una experiencia única. Me quedaba
horas y horas observando una ceremonia bien incomprensible pero
cargada de significados ocultos que no me importaba descifrar.
Lo mismo oyendo las oraciones y cantos en los monasterios del
Monte Athos. Es algo en la forma, en el ritual. Tal vez ese
poema que tú citas lo dice todo.
AGP - Los otros dos motivos que estimo consustanciales a tu
noción del poeta son: el del viajero y el del sueño. La
errancia, el vagabundear, el explorar las diferentes geografías
físicas y espirituales en que has habitado, me parece un signo
muy propio de tu indagatoria poética.
AR - Esa idea del viaje está sembrada en mí desde muy pequeño.
Siempre hubo dos cosas que traté de conciliar, de hacer
concluyentes, el viaje y la escritura. Creo que son dos formas
de una misma realidad significante. El viaje, el desplazamiento
físico por la geografía, es una forma de escritura corporal que
busca descifrar, al mismo tiempo que componer, un signo que nos
pertenece, algo único. Esta idea la han manejado bien los
antiguos viajeros, y en nuestra época moderna la resuelve Borges
con gran elegancia. El viaje está ligado a la curiosidad, a la
necesidad de ver lo que se transparenta detrás y delante de una
realidad desconocida. Los indios de Mesoamérica
hablaban de la dualidad, de lo que vuela y lo que se arrastra, y
también hacían un dios con la idea dual de lo que está junto a
nosotros y lo lejano. Esta concepción dual de lo que informa
nuestro ser como parte de lo sagrado creo que se refleja bien en
la figura del viajero. Nuestro querido y siempre presente poeta
Juan Sánchez Peláez hablaba de “lo huidizo y lo permanente”.
Viene a ser la misma idea proyectada en un lenguaje que nos es
más cercano. Recuerda que el mismo Descartes, tan racional y
estático, decía que sólo el viaje, el conocer tierras y gentes,
podía darle al hombre el conocimiento. Pero esto no quiere decir
la felicidad, me entiendes. Porque el viajar puede ser una forma
del gozo, del placer, pero no es sinónimo de felicidad. La
felicidad, a mi juicio, está más cerca de lo que niega el viaje,
de la permanencia. El hombre feliz, o al menos esa idea que
tenemos de lo que es ser feliz, es más bien estático.
Ahora bien, la escritura, ese viaje por la página en blanco, es
también otra forma del ir. Para mí el ejemplo más claro de este
viajero inmóvil es José Lezama Lima, el “peregrino inmóvil” como
él quería llamarse. Es por eso que, como te dije antes, para mí
la escritura, llámese prosa o poesía, es un continuo viaje no
sólo por la página, por ese abrirle surcos con la pluma, sino
por las palabras mismas, que en su ordenación, e incluso en su
desorden, forman islas, archipiélagos, continentes, suben al
cielo como volcanes o se extienden como mares, fluyen como ríos
o se estancan como lagos. La palabra nos permite construir un
paisaje que no por imaginario deja de ser real, y gracias a su
doble carácter de sonido y sentido, nos permite vivirlo
intensamente, aprehenderlo con nuestros sentidos. Entonces el
texto, que depende íntimamente de lo temporal, de la sucesión,
deviene espacio, terra incognita, locus amenus. Y allí está el
gozo, el placer, como lo entendía bien Roland Barthes.
AGP - En lo que se refiere al sueño, es evidente el peso del
mundo onírico en tu obra, la necesidad de envolver de
ensoñaciones toda percepción de la realidad; de soñar siempre,
dormido o despierto. Yo diría que en tu caso el poema se
construye
como resultado de una visión de estirpe fantástica, onírica o
absurda, a veces también maldita (allí están Lautremont y
Rimbaud). No se trata de revelaciones sino de visiones y
(re)visiones No se trata de crear, inventar o descifrar la
realidad sino de vivir en ella desde la permanente ensoñación.
¿Coincides con estas apreciaciones?
AR - Si. Cómo negar el sueño, tan presente en toda la poesía
desde siempre, y más desde que nos hicimos románticos por
naturaleza. Sí, pero no es sólo
la transposición del sueño como base de la escritura, es decir,
el hacer del poema o la prosa un receptáculo de esas aventuras
que recorremos, habitamos por las noches. Es más bien la
creación del sueño en la vigilia, el obedecer más que a sus
imágenes, a la ordenación de sus símbolos, de sus formas
metafóricas. Entonces la idea es crear el sueño, pero al crear
el sueño no sólo creamos lo fantástico, lo absurdo, si se puede
llamar así a lo que no nos presenta un orden racional, sino
crear también lo real, lo que apreciamos con los ojos abiertos,
y que también depende del sueño en sus formas propias. Se
presentan entonces dos posibilidades en el existir, una es la
que tú señalas, vivir lo real a través de las coordenadas del
sueño, lo cual crea un mundo ilusorio, mágico, donde podrían
aposentarse lo extraño, los otros lados del espejo, piel y carne
de los laberintos, del orden dentro del desorden. Y eso yo lo
veo en algunos de mis cuentos, así como en algunos de mis
poemas. Pero también está la otra posibilidad, la que a partir
de lo real crea el sueño, es decir, la que hace de la literatura
una máquina que produce realidades oníricas, ya sean éstas
fantásticas o reales. ¿Recuerdas las novelas de Raymond
Roussell? Y es en este juego de la realidad y lo onírico donde
encontramos a veces el ángulo de lo maldito, que yo preferiría
llamar lo oscuro, lo que se escapa y se interna en lo
desconocido, lo que nos tienta a romper con los moldes de la
sociedad, y a veces de nuestra propia humanidad. Como bien
sabes, este es un viaje muy peligroso. Yo lo sé de cierto.
AGP - “Dicen que en los Cielos el asombro ha remplazado la
cordura”, así concluye el poema titulado “Poemita dedicado con
cariño a la memoria del señor Isidore Ducasse (Q.E.P.D.). ¿No
ves allí una suerte de poética, de desideratum, que parte de la
desacralización y del juego irónico para descubrir –en el
sentido de despojar de cubrimientos- la realidad y contemplar el
asombro?
AR - Fíjate que es interesante que el verbo asombrar tenga dos
acepciones: la conocida de maravillar, provocar sorpresa, y la
de poner sombra sobre una cosa, cubrirla con una sombra. A mí me
interesan mucho estas palabras bicéfalas, no sé cuál sea la
razón, a menos que tenga que ver con el hecho estelar de que
nací bajo la constelación de acuario, que no sólo tiene que ver
con agua sino con el dios romano Jano, el que cuidaba las
puertas del cielo y de la tierra, y tenía dos caras. Entonces tú
tienes razón, una poética del asombro está muy cerca de lo que
busco, del ir a ver lo que está debajo de las sombras de la
realidad. Pero mis textos son viajes por ese mundo de sombras,
así que ellas están presentes muchas veces en el mismo lenguaje.
Tal vez por eso la idea de que el asombro reemplace la cordura,
pero el asombro no es la locura, ni la cordura es la razón. En
este sentido yo veo más la cordura como la palabra que designa
lo establecido por la norma, por las leyes de la comunidad, de
la sociedad. El hombre cuerdo es el que está de ese lado de las
apariencias, el que se mimetiza con lo formal. Y el asombro es
descubrimiento, ir más allá de útero materno, nacer. No tenemos
una memoria clara de ello, pero esa palabra de seguro define
exactamente la situación en que estamos al momento de nacer. Es
la reacción primigenia. Y aquí podemos volver al tema del viaje,
cuando el viaje es descubrimiento. A todos nos pasa eso.
Recuerdo que cuando vi Venecia por primera vez sentí que a pesar
de todos los cuadros renacentistas, de todas las películas, de
todas las fotografías, algo se me descubría mayor en este
paisaje de duermevela. Era el asombro. Sin embargo no todas las
veces pasa, e incluso puede suceder lo contrario. Una vez en la
China tuve la sensación, en una carretera, de que ya había
estado allí, de que todo me era conocido desde un atrás no
preciso. Siento entonces que el asombro necesita esa otra cara,
la cara del reconocimiento, así como un poema bueno, extraño y
único, que nos golpea para siempre, viene acompañado de otros
poemas bien predecibles.
AGP - Me parece que otra condición que asocias en tu poesía a la
imagen del poeta es la del dolor y la dificultad para habitar en
esos espacios normados, cartesianos de los que hablas. Es decir,
para comportarse de acuerdo a las reglas de juego de la
sociedad. El mismo Mutis, en el prólogo de Poeta de vidrio habla
de los poetas como “condenados”, seres que para sobrevivir a las
imposiciones sociales “aceptan la penosa carga de este mimetismo
humillante”. En tal sentido, resulta especialmente elocuente el
poema “El árbol digital”:
Era un hombre al que le habían enterrado su mano derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica
Le había dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado
Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza tronchada
Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar
¿Tiene esa mano cortada algo que ver con La mano cortada de
Blaise Cendrars? Por cierto, el caso de este poema de El poeta
de vidrio se corresponde con lo que decías anteriormente cuando
afirmabas que los textos de ese libro son poemas en los que ves
“una serie de proposiciones poéticas que sólo pueden ser
entendidas pasando de uno a otro poema y estableciendo una
solución de continuidad entre ellos (…) objetos animados que
conforman un zoológico muy particular”. Esto se evidencia al
leer en el poema “Carta a F.L”:
monje querido/ puedes pasar a estrechar esa mano que se me salió
por Sumatra/ una vez que ya se me olvida en el tiempo”.
Pedro Lastra, al hacer referencia a esta característica en la
poesía de Eugenio Montejo, la llamada “intertextualidad
refleja”.
AR - Yo no creo que haya algo más cierto que lo que dice Álvaro
Mutis con relación al poeta, a su destino de condenado, a pesar
de que esta idea tenga su alta carga romántica, como quiere la
crítica. Tú bien lo sabes, poeta como eres, que el ejercicio
vital de la poesía requiere de una entrega que va más allá de
los límites que la sociedad establece para los seres comunes y
corrientes; que la necesidad de transportar el mundo interno y
externo a la geografía de las palabras altera todos los
mecanismos que nos ayudan a vivir y sobrevivir a diario,
dejándonos con la piel al desnudo, transparentes, fácilmente
vulnerables por los avatares de la existencia, si así lo puedo
decir, ¿me entiendes? Pero hoy en día hay dos clases de poetas,
ya que gracias a la moda post-modernista una onda de
superficialidad, de cinismo ignorante, se ha convertido en
fuente de inspiración para algunos que se dicen poetas, y que de
una u otra manera devienen poetas para una sociedad que los
acepta sin reparos ya que ellos no le presentan ningún obstáculo
vital o gramatical. Estos poetas, acá en los Estados Unidos,
caen como peste en los cafés nocturnos, aprovechando este
escenario para eyacular rimas rimbombantes como parodias
ridículas de los juglares o del poeta cantor. Pero subsiste el
otro poeta, el que busca tocar fondo allá donde se corren
extremos peligros. Este poeta que carga la tradición, que no se
pliega a la sonoridad vacua de estos tiempos, recibe el peso
inmenso de una sociedad cada vez más inhóspita para las cosas
del espíritu. En nuestra América el problema es la falta de
conocimiento del oficio de muchos poetas, y por eso su capacidad
para transitar por los mismos caminos ya construidos por otros
poetas. Es más allá de la necesidad de escribir, como aconsejaba
Rilke, la necesidad de publicar, de poner la cara sobre el
periódico, sobre la noticia al día, lo que pervierte la figura
del poeta. Afortunadamente no son muchos, eso es verdad, y
algunos de los poetas jóvenes nos traen bella poesía, excelentes
poemas. Sin embargo, sigue siendo problemática la incapacidad de
algunos de saber manejar bien el oficio.
En cuanto a mi poema “El árbol digital” debo decirte que lo
escribí antes de leer el libro de Cendrars, es más bien una idea
un poco onírica, y si quieres un dato de intertexto, creo que la
única referencia literaria allí es la de los rinocerontes, que
tienen que ver con la obra de Ionesco que leía en esos días. En
cuanto a la “intertextualidad refleja”, que tú citas de Pedro
Lastra, creo que todo poema está en diálogo con otros poemas, ya
sean estos del mismo poeta o de otros poetas. Hace algunos años
ideamos con Gonzalo Rojas un libro conjunto con poemas de él y
míos que dialogaran, y lo hicimos. Lastimosamente hasta allí
llegó todo, el libro nunca se publicó. Fue una lástima, a la
verdad. Pero lo bello de esto es que Gonzalo encontró dentro de
sus poemas muchos que tocaban no sólo imágenes sino temas con
los míos, y viceversa. Por otra parte, la obra de un poeta está
siempre en diálogo consigo misma, aunque a veces ese diálogo se
torne altercado o gresca. Son los momentos difíciles del poeta,
cuando una honda crisis lo invade. El peligro es el monólogo,
cuando la voz del poeta deviene eco, repetición, diálogo sin el
otro.
AGP - En el poema “Testigos del tiempo” de Las combinaciones
debidas, hermoso libro construido como una combinatoria de
poemas donde se cruzan un cúmulo de imágenes, episodios y
remembranzas en torno a la infancia, el hablante poético
concluye diciendo: “En aquel entonces, la infancia le daba/
ventaja al tiempo y le ganaba”. Estos dos versos me recuerdan
otros de Joseph Brodsky: “Al tropezarse con la memoria/ el
tiempo reconoce su impotencia” ¿Qué me podrías decir de esta
tríada: infancia, memoria, tiempo? ¿Son estos elementos
partícipes de esas combinaciones debidas? ¿O más bien de esa
extraña suerte de “combinaciones de vidas” que propone Eduardo
Espina?
AR - Mil gracias, mi querido Arturo, por tu generosidad con
respecto a mi libro Las combinaciones debidas. Es un libro que
yo también quiero mucho. Ahora bien, tú sabes que la literatura
es esa mezcla radiosa de memoria e imaginación, y ¿qué es la
infancia sino el reino de la imaginación? En la infancia
empezamos a poblar el mundo, a construirlo, y para lograr esto
necesitamos tanto de la realidad como de nuestra fantasía
(recuerda que la palabra fantasía quiere decir, en el viejo
castellano, imaginación). Luego el suceder tiene que poner en
movimiento ese universo particular nuestro, y de ahí surge el
tiempo como instrumento de lo que va y viene, de lo que
permanece. Creo que esto es fundamental para cualquier ser
humano, pero es vital para el poeta cuando tiene que ponerlo en
palabras, conjugar esas coordenadas en un plano que torne
realidad frente a nuestros ojos el espacio y el tiempo, a la vez
que los anula. De ahí surge el poema, y si el poeta tiene
suerte, la poesía. En mi caso particular la infancia siempre ha
estado presente en mi obra, especialmente en los años en que el
exilio se convirtió en hábito para mí. Ese libro Las
combinaciones debidas busca con un anhelo de permanencia sembrar
en la página la idea de la infancia, que para mí, pobre como
era, fue un continuo descubrir la calidad metafórica que tienen
los objetos, los animales, las personas, es decir, el poder de
transformación que podemos darles para que nos ayuden a
construir ese universo particular del que te hablaba. Voy a
darte dos ejemplos de esto. Con mi hermano, quien es ligeramente
mayor que yo, de niños construimos con piedras en el patio
trasero de la casa en que vivíamos, una especie de edificio
plano que para nosotros era una rata, nada menos. Es decir, era
la casa de la rata pero también la rata misma. Y con eso
jugábamos como con un laberinto. ¿No te parece este un juego muy
extraño? Una rata. Ese animal que le pone los pelos de punta a
cualquier persona. Bueno, nosotros jugábamos con la rata de
piedras. Ahora comprendo que era una idea poética, algo
subterráneo lo que nos atraía. El otro ejemplo era el de hacer
de los insectos juguetes, ya las hormigas se convertían en
soldados de una guerra terrestre y marítima, o las avispas eran
aviones que amarradas de un hilo rugían por el cielo. Hay allí
en ese libro otro poema en prosa, que se llama “Constructor”, y
que narra la creación de un pesebre, de un nacimiento, aunque
esto no se dice directamente, el poema sólo recoge la acción de
poblar ese espacio especial. Es por eso que la infancia siempre
estará derrotando el tiempo, porque si el tiempo nos derrota en
este hacer de la vida, no logra, creo, derrotar a la
imaginación, siempre adherida a lo eterno de la poesía.
Me gusta también mucho la proposición de Espina cuando habla de
“las combinaciones de vidas”, al referirse a este libro.
Permíteme citar en extenso sus palabras: “Estas, Las
combinaciones debidas son en verdad combinaciones de vidas.
Encuentros estratégicos de un antes con un después; de infancias
postergadas con futuros irrepetibles. Las amenazas de lo
idéntico y lo diferente combinadas en su multiplicidad de vidas
y serenidades imaginarias que sólo quieren expresar lo
imposible”. Creo que Espina ha capturado con alta precisión ese
momento de factura del poema al hablar de esos “encuentros
estratégicos”. A su manera, apunta hacia lo que tú señalas de
Brodsky. Esa es la alta misión de la poesía, sus imposibles.
AGP - En un texto titulado "Carta de amor" hay una frase
que sintetiza ese estado de inocencia y sabiduría propio de la
infancia:
“Los niños son los únicos que entienden el significado de la
lluvia”. ¿Crees que esa situación privilegiada del niño se
emparienta con la del poeta? ¿Son ellos los llamados a entender
lo que para otros es un enigma?
AR - Tal vez, pero eso para nosotros, ya adultos, es un desafío,
como lo es la poesía, su pregunta interna. Esa frase en ese
poema en prosa es la voz de un hablante lírico que ya no es un
niño, porque obviamente un niño no “entiende” la lluvia, la
vive, la crea y recrea con su vida y con su imaginación. El
“entender” es la visión de afuera. Por eso esa frase es un
cuestionamiento a lo real, a nuestra relación con las cosas. Un
llamado a los otros para que se acerquen a la verdad de la
poesía. El poeta es un niño grande, así lo entendía Vallejo, lo
entiende Gonzalo Rojas. Yo también lo creo. El poeta vive dentro
del enigma, se alimenta del magma que brota de esos centros
desconocidos para el ser común y corriente. Pero, insisto, no
necesariamente el poeta visita estos mundos con la irrazón o lo
ilógico, puede ser con todos los mecanismos del conocimiento, de
la lucidez, con que ve, con que se acerca a estas fuentes.
Volviendo a Vallejo, ese niño mayor, tú puedes ver lo lúcido y
racional que es su mundo poético, tan concreto como el de un
niño. No hay nada de inspiración del inconsciente en él, y sin
embargo toca ciertos fondos que no soñaron muchos de los
surrealistas, buceadores de las profundidades como eran.
AGP - Al hablar de la lluvia y la infancia me resulta
inevitable, por esos extraños juegos de asociaciones que siempre
nos persiguen, caer de nuevo en el tema de la memoria. En
particular recuerdo ahora una estrofa del poema "La lluvia"
de Borges: "Bruscamente
la tarde se ha aclarado/ porque ya cae la lluvia minuciosa./ Cae
o cayó. La lluvia es una cosa/ que sin duda sucede en el
pasado". ¿Crees que esa "lluvia minuciosa" a la que se refiere
Borges, esa lluvia que "sucede en el pasado" es la misma cuyo
significado entiende el niño de tu poema?
AR - Sí, pero hay que dejar claros los dos ángulos de la visión
del poeta, que también veo en Borges, como tú lo citas. En mi
poema, que se titula “Carta de amor”, el hablante dialoga con su
amada, la desafía a entenderlo, a visitar sus mundos, sus
alegrías y sufrimientos, pero todos estos sentimientos subyacen
debajo de lo real, ya que este hablante quiere que ella sienta
su mundo directamente, que lo pueda palpar, triste o
desorbitado, alegre o irónico, superficial y profundo. Entonces
esa idea de la lluvia, te repito, es una manera de llevarla a
ese pasado que es un presente en el poeta. Presente porque no
sólo enfrenta la realidad del adulto, que no “entiende” la
lluvia, sino que señala la permanencia de la niñez en el poeta.
El poeta está entonces allá y acá en el poema, “sucede en el
pasado”, como quiere Borges, pero “la lluvia minuciosa” sigue
cayendo en la presencia real del poema que creamos al momento de
leerlo.
No es la sabiduría de la niñez, es la niñez de la sabiduría, y
así lo entendían los poetas chinos.
AGP - Anteriormente has hecho referencia al tema de los viajes y
en efecto resulta evidente en tu poesía el registro geográfico y
la experiencia anímica asociada a las diversas formas de
desplazamiento de ese yo poético que bien nos habla
desde ciudades como
Chicago, Caracas, Cali o Cincinnati, o de selvas, montañas o
viajes en barcos. Todo ello me lleva inevitablemente a pensar
-considerando además la cercanía que sé tienes con Mutis- en una
figura como la de Maqroll el Gaviero. ¿De algún modo identificas
al hablante lírico de tus poemas con alguna de las facetas de
este personaje, ya legendario en la literatura hispanoamericana?
AR - Sí, la presencia de Álvaro Mutis, y por ende de Maqroll, ha
sido fundamental en mi vida. Su obra y su amistad es algo que
aprecio infinitamente. Sin embargo creo que mi deseo por el
viaje y la aventura están ya desde mi niñez clavados en el
centro de lo que soy. Desde muy niño me encuentro soñando con
viajes, inventado aventuras que buscan el mar, la salida. Y hay
otros personajes, ligados a mi infancia, que vienen a alimentar
estas fantasías. Uno de ellos es mi tío político, Armando
Robledo. He hablado muy poco de él, a la verdad, aunque a su
memoria dediqué mi libro de poemas A rienda suelta. Era un
hombre muy especial, que vivió a fondo la vida del mar montando
aserríos en la costa del Pacífico, en un sitio mítico para mí
que se llama Cajambre. La costa del Pacífico colombiana no tiene
nada que ver con el estereotipo del mar azul y bello del Caribe.
Por lo contrario, el agua es de color marrón debido a la
cantidad de ríos que descienden turbulenta y majestuosamente de
la cordillera occidental de los Andes. Es una zona selvática,
insalubre, casi impenetrable. Está poblada principalmente por
negros que huyeron de las plantaciones de azúcar o fueron
llevados allí por los colonizadores para buscar oro. Con estos
negros mi tío levantó aserríos de alta producción. Uno de ellos,
en las bocas del río Cajambre y el Timba, fue construido sobre
una isla artificial que ellos hicieron con los desechos de la
madera. Allí estuve yo cuando era muy joven, antes de poner en
palotes lo que viene a ser mi literatura. Son estos ríos, estas
lanchas a motor, estas noches en la selva, estas gentes con sus
historias, esa proximidad al peligro, las que poblaron mi
imaginación mucho antes de que apareciera Maqroll, que por
increíble coincidencia es un habitante de estas zonas también.
Así que ahora puedes entender por qué mi afecto por Mutis y por
su visión de esta América insalubre, peligrosa y maravillosa a
la vez. Recuerdo que cuando le conté estas historias a Mutis,
allá a principios de la década del 70 en México, él no lo podía
creer y decía alborozado: “¡Esa es mi gente, carajo, esa es mi
gente!”.
Creo que el paisaje hace al poeta, ya sea éste interior o
exterior. En el caso de mi poesía yo encuentro dos tipos de
paisaje exterior: un paisaje un tanto desolado, citadino y
polvoso, y un paisaje de la aventura, ése como visto por la
ventanilla de un tren.
AGP -
Por otra parte, aprovechando de nuevo las coincidencias con Mutis:
¿Cómo conviven en ti el poeta y el narrador?, ¿cuáles son los
límites y las limitaciones?, ¿en qué momento surge cada uno?, ¿cómo
se desdoblan?
AR - Realmente yo me he identificado toda la vida más con la
poesía que con la prosa, es verdad. Pero mi historia de escritor
empieza con narraciones. Yo escribí cuentos antes de emprender
el camino de la poesía. De allí que el tono lírico, no narrativo
del poema, me sea más difícil, y a veces esquivo. Sin embargo el
poeta y el narrador conviven bien en la medida en que ya desde
los orígenes la poesía en Occidente fue narrada, la lírica pura
es posterior, y la pureza extrema de un Mallarmé o un Valery es
algo moderno, tú lo sabes. He enfrentado siempre el hecho de la
poesía y la narrativa como algo vital, relacionado con mi ser y
sus necesidades. Los límites en mi caso son muy borrosos, y esa
es mi felicidad pero no lo es tanto para los editores, que ven
en mi narrativa demasiado engolosamiento poético y en mi poesía
un prosaísmo manifiesto. Indudablemente en un mundo como el
actual, que quiere ver las cosas sólo en blanco y negro, esto no
es muy apetecido. Sin embargo yo no le presto atención porque
creo en la infinita libertad creadora. Para mí lo prioritario
son mis necesidades vitales, no los requisitos que implica el
comercio o la moda. Ahora bien, la convivencia de estas dos
formas se resuelve en la unicidad de la palabra y en sus
posibilidades de desdoblarse como signo. Mi último libro de
cuentos, La raíz de las bestias, que sale en Italia en estos
días que hablamos, es tal vez la mejor muestra de este ir y
venir de la prosa y la poesía en mi literatura. Contradiciendo
el escepticismo de los editores convencionales, ha tenido un
gran éxito y este año saldrá una edición en México. Pero no es
fácil ser un hombre libre en la literatura de nuestros días. La
empresa editorial, ya más una máquina de los conglomerados
económicos mundiales, presiona para que el escritor haga de la
prosa algo vendible para entretener, no algo bello que pueda dar
placer, gusto, y llevar al lector a reflexionar, a pensar. El
círculo vicioso del editor y el público se alimenta con lo
banal, lo superficial. Los escritores y poetas que todavía
creemos en la belleza convulsiva y sus múltiples manifestaciones,
hemos terminado de nuevo en las catacumbas, ya lo presagiaba
Breton. Lo bueno de esto es que allá nos encontraremos con todos
los que han hecho de la literatura algo vital para el ser
humano.
AGP - Creo que precisamente Octavio Paz, en alguna parte,
calificaba el ejercicio poético en el mundo contemporáneo como
"un rito en las catacumbas". Ahora bien, apartando por un
momento el crudo, y a mi modo de ver lúcido juicio que tienes
sobre el mundo editorial y el tipo de literatura que privilegia
el mercado hoy en día, quisiera que me hablaras del papel que
está jugando la crítica académica, aquella que se ejerce desde
la universidades, y de la cual formas parte, con respecto al
fenómeno poético y literario en general. Me interesa saber sobre
todo ¿cómo ves y comprendes el sistema crítico vigente hoy en
las universidades, a la luz de las revisiones y
reconceptualizaciones de la literatura como disciplina de
estudio, dentro de un marco más amplio que incluye lo que se ha
dado en llamar los estudios culturales, poscoloniales,
subalternos, de género, etc.?
AR - Creo que la crítica literaria en América Latina, así como
en la academia universitaria, pasa por diferentes momentos que
la llevan de períodos muy altos a otros no tanto, para no decir
bajos. Creo que en esto no está fuera del suceder intelectual en
cualquier área. El problema mayor, a mi juicio, es que no
tenemos suficientes críticos en poesía que sean independientes
al acto de escribir, y en este último grupo me incluyo. Nos
falta una visión de afuera más amplia. Críticos como José Miguel
Oviedo son escasos en nuestra América. Sin embargo, muchos de
los críticos de poesía, que también son poetas, han podido
desprenderse de las direcciones sectarias que a veces
condicionan el análisis, producto de direcciones poéticas
particulares, para darnos cuadros muy lúcidos del acontecer
poético, valga el caso de Pedro Lastra, el gran poeta chileno y
excelente crítico, de Juan Gustavo Cobo Borda, colombiano,
Martha Canfield, en Florencia, y entre los más jóvenes, Eduardo
Espina de Uruguay, Miguel Ángel Zapata, del Perú, entre otros.
Sin embargo, creo que el mayor problema va más allá de estas
dificultades del oficio. Se trata de las direcciones que tomó y
ha tomado la crítica para ver en el transcurso de la poesía
latinoamericana tendencias dominantes que apoyen una estética
determinada, condicionando los resultados del análisis a estos
parámetros. Estoy pensando en el libro La máscara, la
transparencia de Guillermo Sucre como ejemplo claro de este
problema. Sucre es un crítico altamente lúcido, con una
capacidad de análisis que admiro y respeto, pero su discurso
está condicionado por una necesidad de señalar rutas a la poesía
latinoamericana, aunque él, curándose en salud, así lo niegue.
Esa ruta que él trata de imponer es válida si la consideramos
producto de su propio ver la poesía, su opinión personal, pero
deja de serlo cuando para poder hacerse valedera a un nivel más
amplio, tiene que alterar los componentes que lo llevan a sus
conclusiones. Fíjate que para poder desembocar en el parámetro
Octavio Paz-Lezama Lima como directrices de la poesía
latinoamericana, tiene que extraer del cuadro de análisis a
Neruda, cuando es bien claro que “Alturas de Macchu-Picchu”, por
ejemplo, es un poema que dialoga y discrepa con la poética de
“Altazor”, Trilce y “Piedra del sol”. Y ese a mi juicio es un
error muy grande de Sucre, ya que deforma por completo la
segunda parte de su libro, donde saca sus conclusiones, y se
torna bastante descuidada y arbitraria.
En cuanto a las modas literarias entre nosotros, a ese
desagradable subproducto de nuestra dependencia cultural que se
llama multiculturalismo, post-colonialismo, etc., creo que
lastimosamente agrupa a críticos que deberían haber hecho carpa
en la sociología, en la historia social o en la antropología o
en las escuelas de negocios. Acá en Estados Unidos estamos
realmente copados por estos hijos de la historia que todavía no
saben cómo deglutir a Borges pero que sin ningún empacho te
pueden señalar rutas que van de Quevedo a los sandinistas, y de
esta gente, maestro, sí es mejor salir huyendo. Lo lastimoso es
que el facilismo analítico, crítico, que los caracteriza, se
torna atractivo para el estudiante de poesía, ya que no es fácil
enseñarles a los jóvenes a utilizar la imaginación para crear
sus propios sistemas críticos. Afortunadamente estos críticos y
académicos están más del lado de la prosa que de la poesía.
AGP - ¿Cuáles han sido las obras y los autores que sientes más
cercanos a tus intereses como escritor, en las distintas etapas
de tu quehacer creador? ¿Podrías hacernos un recuento del modo
en que esas presencias han actuado en tu obra? ¿cómo has
dialogado con ellas?
AR - Por mis respuestas anteriores ya sabes lo importante que
han sido Álvaro Mutis desde el ángulo colombiano y Cendrars
desde el europeo. Debo agregar aquí a Henry Miller, escritor que
sigo considerando vital para entender el siglo XX. Pero también
debo mucho a los surrealistas, no sólo los europeos sino los
latinoamericanos. Ya desde joven fui un buen lector de Enrique
Molina, de César Moro y de Octavio Paz, aunque frecuenté a
Neruda, el de las Residencias y a Huidobro. Y por supuesto a
Borges, que yo defendía como poeta cuando todo el mundo
consideraba que era un magnífico narrador y ensayista pero no
buen poeta. Por otro lado, fue una afortunada circunstancia para
mí coincidir en tiempo y lugar con una serie de escritores y
poetas colombianos que me enseñaron a leer, algunos de ellos, me
aconsejaron magníficas lecturas, otros, o me acompañaron en esos
años de aprendizaje. Mis lecturas de joven fueron monstruosas,
tanto así que no había cumplido 20 años y ya Gonzalo Arango me
acusaba de erudito. Imposible resumir tantos libros en estas
líneas. Era toda la literatura universal al alcance. Yo devoraba
una por una las bibliotecas de mis amigos y las de la ciudad. La
lectura era para mí, siempre lo ha sido por lo demás, una forma
del paraíso. Y desde entonces los libros se convirtieron en mis
compañeros de viaje. En mi biblioteca aquí en Cincinnati veo
libros que me han acompañado por todos los sitios en que he
vivido. Hace poco terminé de releer un librito muy bello de
André Gide, Así sea, que está fechado por mí en 1962, y en Cali.
Esto para mí es muy importante porque he viajado bastante, como
tú sabes.
Cada libro, cada autor, representa un mundo al que me adhiero,
al que visito con toda clase de mapas, compases, brújulas, y que
luego vivo por mis días. Valga el caso de Proust. Casi no pasa
un día de mi vida en que no piense en él, reflexione sobre
algunos de sus pasajes que recuerdo de memoria, lo mismo Kafka,
Joyce. Sin embargo es la poesía mi diario alimento también.
Tengo una gran devoción por mis amigos poetas, ya sea que los
haya conocido en vida o no, que estén muertos hace miles de años
o que apenas estén dando sus primeros pasos. Mi contacto con la
poesía latinoamericana no sólo ha sido de lecturas continuas
sino de conocimiento personal de los poetas, de frecuentarlos
con mi amistad y devoción. Y en esto me siento muy afortunado.
Poder haber sido amigo cercano de poetas tan grandes como Juan
Sánchez Peláez, Gonzalo Rojas, Pedro Lastra, Álvaro Mutis,
Fernando Charry Lara, Carlos Martínez Rivas, Raúl Gustavo
Aguirre, Edgar Bayley, Juan Calzadilla, y paro de contar porque
la lista es muy extensa. Esa es la gran satisfacción de mi vida.
Y ahora bien, están esos otros poetas que te acompañan
secretamente, como voces escondidas debajo de la alfombra. Para
mí Quevedo es uno de esos dioses oscuros.
En una lectura de mis textos en Florencia estuve en el café La
Giubbe Rosse, el café que frecuentaban los poetas futuristas y
herméticos italianos. No sabes lo maravilloso que fue poder
estar allí, viendo que mis palabras volaban por ese espacio
respirado por Dino Campana, Eugenio Montale, Ungaretti,
Quasimodo, Papini, Saba... Era en la plaza República y casi los
veía sentados en esos asientos de madera oscura, leyéndose
poemas, levantando las copas de vino. Hoy día que leo y releo a
Montale y vuelvo con Quasimodo o Ungaretti, no puedo creer que
allí estuve. Y lo más increíble es que pronto volveré al Giubbe
Rosse, invitado de nuevo por mis amigos italianos con motivo de
la edición italiana de mi libro La raíz de las bestias. Este
libro ha sido traducido por Claudio Cinti, un excelente poeta y
traductor de la literatura latinoamericana, y publicado por la
naciente editorial Sinopia de Venecia.
AGP - ¿Cómo ves, desde la perspectiva del presente, tu
participación en el movimiento nadaísta colombiano? ¿Qué balance
haces de aquellos años y de aquella experiencia? ¿Qué significó
o significa el Nadaismo tanto en tu obra como en la poesía
latinoamericana? ¿Qué tipos de convivencias, intercambios o
relaciones tuvo este movimiento colombiano con lo que sucedía en
otros países de nuestro continente?
¿Crees que el Nadaismo todavía vive?
AR - El Nadaismo fue un movimiento muy importante no sólo para
Colombia sino para América Latina, ya que despertó en Colombia,
y por contagio en otros países, una respuesta necesaria para
dejar atrás de una y para siempre un pasado literario que nos
agobiaba por falta de una vanguardia literaria más incisiva, más
beligerante. En muchos países de nuestra América se habían
empotrado grandes nombres que oscurecían el panorama general, y
era necesario sacarlos de esos nichos sagrados. Y gracias a esta
necesidad, surgieron el Nadaismo, “El techo de la ballena”, los
“tzantzicos”, la gente de “Los huevos del plata” en Uruguay, “El
Corno Emplumado” en México, los “mufados” argentinos, y todos
los otros poetas y escritores que sin un grupo particular
participaron de este esfuerzo continental de rebelión y poesía
en la década del 60. Fue un momento muy especial y, en cierta
manera, muy hermoso, a pesar de que se cometieron injusticias,
etc. Indudablemente que no se puede hablar de calidad literaria
porque eso es parte de otro análisis. Para mí el Nadaismo fue
muy importante, siempre lo he dicho, y ahora lo repito. Los
poetas nadaistas de Cali, Jotamario, Jaime Jaramillo, Alfredo
Sánchez, así como en Bogotá Gonzalo Arango, fueron grandes
presencias en mis años de iniciación literaria. Sigo siendo fiel
a su amistad, aunque algunos estén ya del otro lado de la
existencia. Ahora bien, mi posición dentro del Nadaismo fue muy
particular porque fui, junto con Jan Arb, de los últimos en
formar parte del grupo, y en el año 1967 ya me empecé a
distanciar del movimiento cuando me fui en un recorrido por
Suramérica que terminó en Venezuela, donde me quedé por diez
años, como tú sabes. Prácticamente desde el año 1969 nunca
regresé a Colombia para vivir. Esta circunstancia me distanció
del movimiento, y permitió que hoy muchos en Colombia no me vean
como integrante de él, más bien como un poeta independiente de
todo grupo, solitario. Y en parte tienen razón. Pero por otro
lado, ser nadaista es lo que era mientras estuve en Colombia. Yo
me acerqué al Nadaismo en el año 1960, cuando tenía 16 años, y
en el año 1961 publiqué mis primeros trabajos en la revista
nadaista “Esquirla”, que dirigía Alfredo Sánchez. Así que
siempre fui nadaista en Colombia. Hoy en día, amigos y poetas
tan maravillosos como Jotamario y Jaime Jaramillo Escobar, me
hacen sentir orgulloso de ser, o haber sido, nadaista.
AGP - Para terminar. Quisiera que me hablaras de la experiencia
que has tenido como antólogo de tu propia poesía. ¿Qué has
encontrado en ella que no habías visto antes? ¿Cuál ha sido tu
aproximación como lector? Es acaso el título escogido para tu
antología, A vista del tiempo, una forma de invitar al lector a
recorrer la aventura de tu poesía bajo los signos del viaje, el
sueño y el asombro.
AR - Antologar la propia poesía no es tarea fácil, y menos
cuando uno no es muy dado a rescribir los poemas luego de los
años, como han hecho algunos poetas: Borges como el mejor
ejemplo. Al cabo de los años uno aprende a distanciarse de su
propia poesía, y algunas veces a verla con ojos despiadadamente
críticos. Uno nunca es el mejor lector de sus versos porque cada
poema, por humilde que parezca, puede tener un amante secreto.
Cernuda aseguraba que los lectores de un poeta nacen después de
los poemas, e incluso de la vida terrenal del poeta. En Colombia
el caso más presente es el de Aurelio Arturo, poeta que necesitó
más de dos generaciones para ser aplaudido por unanimidad. En su
vida sólo contó con pocos pero fervorosos lectores. En la
antología que está en tus manos, y que es un primer proyecto de
la que saldrá publicada por la editorial de la Universidad de
Antioquia, en Medellín, todavía pasará por varios cambios antes
de publicarse. Trabajo en ella con Luis Fernando Macías, poeta y
editor. Hay algo en ella que falta para ver mi obra desde la
década del 60 hasta principios del 2000, y esto es el libro
Cuatro líneas. Este es un pequeño libro publicado en México que
contiene 40 cuartetas a la manera griega. Lo escribí
completamente en la isla de Ikaría en el mar Egeo. Son poemas
del amor erótico que tratan de atrapar esa luz de cuerpo, sol y
mar que nos inunda en Grecia. Álvaro Mutis escribió un lindo y
generoso prólogo para esta edición. Se completa así esa tríada
que tu señalas en la dirección de mi poesía: el viaje, el sueño
y el asombro, porque entre el sueño y el asombro viene el amor,
no sólo aquel que nos acerca al cuerpo amado sino el que nos
despiertan los amigos, así como la ternura, la alegría y el
dolor que se abre frente a nosotros al contacto de nuestros
congéneres, y es esta combinación la que crea el carburante que
mueve el viaje, conjunción de tiempo y espacio, de memoria e
imaginación.
NOTAS
Asimismo es profesor de literatura latinoamericana en la
Universidad de Cincinnati. Entre sus libros se cuentan:
Poesía:
Los móviles del sueño
(1976), El poeta de vidrio (1976), Del aire a
la mano (1983), Las combinaciones debidas
(1989), A rienda suelta (1991) Hagion Oros- El
Monte santo (2001), Cuatro Líneas (2002);
Cuentos: El demonio y su mano (1975), La casa
de los vespertilios (1982), La esquina del
movimiento (1992), Una mariposa en la escalera
—selección de los libros publicados— (1993),
Lenguas de juego (1997), La raíz de las bestias
(2002); Novela: Un día entre las cruces (1993),
La piel por la piel (1997), La rueda de
Chicago (2004); Crítica literaria: Las palabras
están en situación (1985), El Nadaísmo o la
búsqueda de una vanguardia (1988), Gente de pluma
(1989).
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