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Fernando Palenzuela o la poesía
como develamiento del ser
Vicente Jiménez
Fernando
Palenzuela (Güira de Melena, Cuba, 1938) y José A. Baragaño
(Pinar del Río, 1932-La Habana, 1962) son hasta hoy los máximos
exponentes de la poesía surrealista en Cuba. En 1960, cuando
los primeros poemas de Palenzuela (como “Fernando Pazos”)
aparecieran en Lunes de Revolución, suplemento literario
del periódico Revolución que fundara y dirigiera en La
Habana Guillermo Cabrera Infante, Virgilio Piñera exclamaría:
"He aquí a un poeta".
Palenzuela descubre la gran literatura en sus años de estudiante
en el Instituto de Marianao y, luego, en la Universidad de La
Habana. Conoce a Baragaño poco después que éste publicara El
amor original (Ediciones Castor, La Habana, 1955) y
participa con él en actividades sediciosas dentro de los
círculos literarios y de jóvenes intelectuales en La Habana, en
tanto que realizan serias investigaciones poéticas y escriben
casi clandestinamente la poesía por la que hoy se les conoce.
Baragaño abandona el país, perseguido por la policía de Batista,
en 1958 para regresar al año siguiente con motivo del triunfo de
la revolución. Se reanuda la amistad de ambos, y comparten de
nuevo auténticas inquietudes intelectuales y políticas.
Palenzuela colabora en Lunes de Revolución, como también
lo hiciera muy activamente Baragaño (éste habría de morir,
súbitamente, en La Habana en 1962, a los veinte y nueve años de
edad). En Lunes Palenzuela, a más de sus primeros
poemas, publica artículos sobre la poesía de Baragaño (“José A.
Baragaño, poeta de la rebelión”, No. 71, 8 de agosto, 1960,
págs. 9-11) y sobre Rimbaud, “Una temporada en el infierno”
(No. 73, 22 de agosto, 1960, pág. 30). Virgilio Piñera, al
presentar los poemas de Palenzuela (No. 61, 30 de mayo, 1960,
págs. 15-17), no puede ocultar su entusiasmo ante los textos del
“inesperado y fulgurante” joven poeta: “...escribo esta Nota
(igual que un arqueólogo manda a otro una nota comunicándole un
hallazgo importante) para presentar a los lectores de Lunes
a Fernando [Palenzuela] y decirles: He aquí a un poeta.
Nosotros que tenemos mucha gente que escribe versos pero pocos
poetas, nos sentimos conmovidos y esperanzados. Por supuesto,
[Palenzuela] sale de otros poetas cuyos nombres no cito porque
ya ustedes se encargarán de hacerlo. Esto no prueba nada, y si
lo señalo es sólo para tranquilizar a la galería. Para llegar
al cielo los buenos poetas suelen encaramarse unos encima de los
otros. A propósito: ¿Llegará él también? He aquí una incógnita
que el tiempo despejará”. En 1961 Palenzuela marcha al exilio,
viajando por España, Francia y Alemania, principalmente, hasta
radicarse en los Estados Unidos. Le acompañaba entonces su
amigo José Antonio Arcocha (Jagüey Grande, 1938-Miami, 1998),
poeta cubano, a quien conociera en los años universitarios y con
quien compartía una genuina adhesión al surrealismo, cuya
amistad duraría hasta la muerte de Arcocha. Desde 1963
Palenzuela reside en Miami esperando, según dice, que "la aurora
disuelva los monstruos". Fundador y co-director (con Arcocha)
de la revista Alacrán Azul (Miami, 1970-1971), en 1972
publica su primer libro, de gran calidad, el extraordinario
Amuletos del sueño [], una colección de poemas escritos de
1958 a 1962. En el “Exordio” que aparece en el primer número de
Alacrán Azul, leemos: “Los que asumimos la
responsabilidad de editar esta revista hacemos causa común con
dos simples verdades: la libertad y la poesía. Este doble
fulgor no será borrado por nada visible, mientras el mismo sea
el que configure el ámbito de los pequeños pasos del hombre
sobre la tierra”. Ya en el exilio había reanudado su amistad
con Cabrera Infante, la que mantendrían hasta la muerte reciente
de éste. Durante un tiempo Palenzuela deja de escribir para
entregarse a otras tareas que nada tenían que ver con la
literatura. Pero siempre ha continuado secretamente sus
investigaciones poéticas, y así últimamente ha seguido añadiendo
a su ya considerable obra —que, aunque largamente inédita, le
sitúa, con Baragaño, en los más altos planos de la poesía cubana
contemporánea— con un segundo libro de poemas, La voz por
enterrar [], publicado recientemente y otro en preparación,
Esfera Inacabada, de próxima aparición.
Alberto Baeza Flores, después de escribir abundantemente sobre
los poetas de La poesía sorprendida en La poesía
dominicana en el siglo XX (Santiago, República Dominicana,
1977), pero en particular sobre Freddy Gatón Arce —a quien Baeza
llama el primer poeta surrealista en español del Caribe— y su
gran poema Vlía (Santo Domingo, 1944), observa: "Amuletos
del sueño [del cubano Fernando Palenzuela] es un libro de
continuas asociaciones incesantes, con delirios, con pasos
mágicos en la ebriedad del inconsciente, que nos permite
descubrir zonas secretas del ser. Está entre el sutil y
penetrante resplandor mantenido de Eluard y el huracán de
acerado clima de ciertos tonos de Breton. Está en la línea de
los poetas chilenos de Mandrágora y en la de César Moro y
Emilio Adolfo Westphalen. Con esto creo subrayar la importancia
del libro de Palenzuela dentro del surrealismo
latinoamericano". Y termina: "En suma, creo que Vlía de
Freddy Gatón Arce, Cambiar la vida y El amor original
de José A. Baragaño, y Amuletos del sueño de Fernando
Palenzuela, constituyen el aporte, interesante, de los países
que dan al Caribe, al surrealismo de la zona o de la región,
producido en español. Vlía y Amuletos del sueño
son para mi gusto las dos obras más importantes de esta
corriente. Las siguen los dos libros de Baragaño". Por su
parte, José Antonio Arcocha (El Nuevo Día, Puerto Rico,
1972) saluda así la aparición de Amuletos del sueño:
“Palenzuela nos asombra con un libro en que la imaginación
galopante del poeta se funde con un lenguaje lleno de alusiones
mágicas, de una tensión sostenida entre un verso y otro que
contiene los grandes ecos de la poesía surrealista, pero con una
voz propia, original, siempre regida por la pasión y el
delirio. No es exagerado afirmar que desde El amor original
de Baragaño ningún cubano ha escrito un libro tan bello, tan
esencial y destellante”.
La poesía, según Palenzuela (en correspondencia inédita a quien
esto escribe), "significa mucho más que una mera gimnasia del
espíritu". Piensa, como Artaud, que "la poesía debe ser una
especie de develamiento del ser, una proyección de lo absoluto
sobre la realidad" y añade: "la Poesía y la creación poética
[son] algo más que un mero quehacer formal, o pasatiempo de
ocasión, o planificado cotejamiento de palabras, más o menos
dichoso, sino, antes bien, la expresión misma del ser... En
definitiva, no creo que la poesía consista en descifrar lo
indescifrado, sino en conocer lo indescifrado que está en uno".
Palenzuela, así como también lo hiciera Baragaño en los años
cincuenta, escribe a los veinte años de edad una poesía de
fuerza maravillosa en que las iluminaciones estallan con raro
fulgor, de gran autenticidad, capaz de penetrar en lo más oscuro
del ser y volver a la superficie en deslumbramiento perenne:
Antes de la desaparición de la mirada
En las podridas esmeraldas del tiempo
He arrojado al agua mi cabeza
Como una rueda de mármol en delirio
Se quiebra raíz comida en las galaxias
Mi cabeza dentro de los arpones de fiebre
Huele a huracán sobre la almohada
Vivienda de las llamas habitante del agua
Ella se ha aliado a alcoholes casi únicos
Como a una bestia
Que se devora el rostro con el sueño
Mi cabeza de anclas de insectos
Para decir adiós con asco a la belleza
Es un vitral pintado a cañonazos
Al esplendor de lo que no digo
Un pájaro de coral que entierra su sombra con el pico
En las estalactitas de mis venas
Una cortina de pies negros
Taladrará el castillo
La seda en tu mirada
Las digitales dueñas del silencio
La cabellera de Falmer
Como un jardín solar
Y la amputada cal del mediodía
Donde mi cabeza se derrama
Abriendo un río que camina
De espaldas a la tierra.
(De “Los ojos del arpón”, Amuletos del Sueño)
Hay en la poesía de Palenzuela una búsqueda incesante de las
claves de lo maravilloso, de los secretos de la creación poética
—una exploración de los temas esenciales de toda gran poesía, no
importa la época: la muerte, el amor, la libertad. Así, el
poeta se pregunta:
¿Dónde está muerte tu aguijón
El impalpable imperio de frente como una estatua de sol negro?
[...]
¿Dónde está la piedra que sonríe
La llamarada de tu boca Muerte?
El rito inapelable de los delfines
Las oleadas de insectos de cal viva
Y las diversas trampas que elaboro
Desde la nave que habita mi memoria
Sólo echarán a tus entrañas sedas
Más feroces y antiguas que el diamante
¡Oh Muerte!
Y este lago huésped de tu carne
Batiendo como una espina anticipada
En la sala de cirugía de esos ojos
Estelares que barren las aguas residuales
Esta prisión del tiempo que pudre mis oídos
Niegan mi libertad no cabe en las escamas
Del Gran Druida marcando el roble donde sollozan los vampiros
(De “Libertad color de hombre”, Amuletos del Sueño)
Ahí están también la fuerza agresiva y la ferocidad de las
imágenes en sus más recientes textos poéticos que revelan e
ilustran poderosamente todas las intermitencias del ser en
íntimo trance creador, así como las auténticas experiencias de
una vida interesada —como dice el propio Palenzuela— “más por la
poesía de la acción en el mundo que por la acción de la poesía
sobre éste”:
Hay un laberinto de cristal y estrellas ahogadas
Serpiente de los días perdidos
Noche hospedada en el recuerdo
Centella del espíritu cicatriz de humo negro
Noche que araña el corazón de los inocentes
Cuando un ruiseñor se posa en el árbol de esmeralda
Acude a mí esa noche de barcos mutilados y hogueras de lagartos
Para sacarle punta al miedo
Bajo la corriente del Golfo de México
Caballo que no nieva ante el castillo de las intuiciones
En el mes de Enero
De un año en que sentíamos la vida
A partir de cero más el infinito
Un grito en la ventana de los dedos
Donde brilla una pequeña bolsa de cuero
Que al ser lanzada desde un tren en marcha
Se abre dejando escapar un grito y es: -¡Noruega!
Pero aquí de lo que se trata es de la verificación de las
penumbras
Donde acaso duermen las manzanas
En un país dominado por las ovejas
Cuando somos el rostro gastado de la revuelta
Oro imaginario con el agua llegándonos al cuello
Atrapados en esta jaula de olas gigantescas
Sin permiso de nadie sin rendirnos
Por encima del canto del gallo
Nos declaramos inocentes
Y yo Fernando Palenzuela libertario
Contra el juicio de los piojos zancudos de baba de plata
Proclamo la integridad de los cuchillos
No abandono mi sitio.
[...]
Con el corazón a ras de tierra
Escribo desde el fondo del pantano en que muero
Conociendo que todo está por decir
Y yo no estoy entre los caídos
Aunque estoy habitado por sus nombres:
Rafael, Jorge, Benjamín
Feroces fantasmas del recuerdo invisibles destellos de las
encrucijadas
Y estas balas que zumban en la madrugada
Liebre de cristal la muerte pasa
Me mira de reojo y se sonríe
¿Será acaso que sueño?
(De “Eco de sombras”, La voz por enterrar)
En La voz por enterrar el poeta, pasajero invisible pero
plenamente consciente de las irreales propiedades del ser, hace
inventario de sí mismo y, caminando solo, en una casi despedida
o final de juego, en anticipación del silencio último, entre
señales ocultas y múltiples referencias a la ubicua “death in
progress”—la perenne compañera de viaje—, escribe:
Si lo que hay que enterrar es el silencio
Esa otra voz con que tropieza
La araña de mi nombre en el vacío
Mi voz encerrada en una caja invisible
Mi silencio como un guante sobre la empuñadura de una luz negra
Entonces la aguja para tejer los simulacros
De mi sombra que avanza entre las venas de los cataclismos
Decidirá si he de saltar de un puente a otro
O acaso permanecer con mi cabeza inclinada
Del lado izquierdo de las nubes
Donde un hacha de oro lee los presagios
Cascos de caballos retumbando sobre el polvo de tu cadáver
Entre solemnes apostadores que sólo ganan para seguir jugando
Estrella o escudo vida o muerte
Como la trayectoria de una piedra lanzada al infinito
O la caída de un ave mortalmente herida
Desprendiéndose de su último vuelo
Para hospedarse en una de las uñas del viento
En el espacio donde florece la memoria abolida
Mi nombre secreto
Bajo el ala de la mirada que se escapa del ojo
Y se cuelga en los árboles que arden en el corazón de la noche
Como una mujer que pasara inadvertidamente sin amarme
Voz de puñal clavado en el silencio
Así llegarán para ti las horas y los días del cordero devorado
En la montaña de granito
Y al fin heredarás las calientes cenizas de tu cuerpo
Esparciéndose en todas direcciones
Y tu vida saltará el muro que la separa de aquella tierra infame
Donde un día conociste el rostro del terror y la belleza
La cirugía de sus calles enroscándose en los prostíbulos del
viento
El nacimiento de los espejos para mirarse por última vez
Descubiertos debajo de la almohada
Ante la estatua de las palabras dije:
Si no puedo salvar todos mis sueños no salvaré ninguno
Que me despedacen sobre la hierba azul de una tierra que amo
Cuando me envuelva la increíble sombra que me aguarda
Ya no habrá más códigos ni juegos
Sólo la simetría oscura de infinitas lunas
El sol sobre mis huesos en su galope ciego
El agua insomne de la blanquísima aventura
Mi voz oculta en las raíces de los mangles
Mi voz por enterrar
Secretamente.
(“La voz por enterrar” del libro del mismo título)
Parece que el tiempo, como lo quería Virgilio Piñera en 1960, se
ha encargado de despejar la gran incógnita respecto de la
genuina poesía de quien es capaz de escribir a los sesenta con
la misma voz que lo hiciera a los veinte, esa voz desgarrada,
poderosa, que no cesa de explorar los grandes temas de siempre
—el sueño, la libertad, la muerte, la pasión, la poesía de la
acción en el mundo—: Fernando Palenzuela, poeta, quien cree,
sobre todo, en la poesía como la más alta actividad del
espíritu, como la expresión misma del ser.
NOTAS:
[] Amuletos del sueño, Gráficas Cervantes, S.A.,
Salamanca, 1972.
[] La voz por enterrar, Ediciones Catalejo, C & M Press,
Denver, 2005. |