|
Imágenes sobre el agua,
de Jorge Luis Mena
David Cortés Cabán
Son
varios los motivos que configuran y estructuran la poesía de
Jorge Luis Mena: la soledad, la incomunicación, el amor, el
desamor, la infructuosa búsqueda de una pasión auténtica, la
memoria de un espacio que intenta recobrar la inocencia de la
infancia, las palabras reveladoras de su intimidad, y el tiempo,
esa dimensión que refleja sus circunstancias, su humanidad, su
temporalidad. Jorge Luis Mena crea una poesía intimista que nos
habla del amor y la soledad en un tono nítido y profundo, sin
contaminarse con la retórica barroquista con que algunos poetas
modernos buscan impresionar. El epígrafe que precede la primera
sección del libro (“Venga tu alma como el sol / sea yo el alba y
que en mí florezcas” del poeta Ramón Palomares), recoge en
cierta forma la certidumbre y el hallazgo de un universo
dominado por el amor. El poeta llega a la poesía como dejando el
corazón en las cosas que nombra, como intuyendo las zonas más
ocultas de su frágil condición humana en dependencia con la
realidad y el tiempo que le ha tocado vivir. Por eso escribe
buscando un sentido al amor y a la vida que no puede revelársele
más allá del que expresan sus propias palabras: “Entre los
espacios del poema / con las palabras / más puras y limpias /
construyo mi morada…” nos dice en estos versos (95). Palabras
más exactas no podrían definir el sentimiento que encierra el
imaginario poético de Imágenes sobre el agua (Mérida,
Venezuela, Ediciones Actual, 2004). De ahí las palabras
proyectan un paisaje que expresa y determina por un lado, la
relación del poeta con su entorno y, por otro, su experiencia
amorosa.
La primera sección (“El hombre que ahora soy”) cristaliza esa
relación intensa con el lenguaje y su intimidad. Por eso frente
a la transitoriedad de la vida las palabras permanecen
generosamente o trascienden para permanecer con renovado
esplendor en el poema: “…el poema definitivamente el poema / no
puede ser ahora el esplendor / de ayer no puede ser la misma
ruina de ayer / el poema es más bien un curso de agua / un cauce
un tránsito un algo que comienza / a hacerse un agua que alivia
nuestra sed…” (14). Las palabras revelan la transitoriedad del
poeta y también el sentido de su realidad. Ya el mismo título
del libro es un signo de la transparencia y de la huidiza imagen
de las cosas sobre el agua o de lo que aspira a revelarnos esa
imagen: la ilusión de que solamente en las palabras encontramos
nuestra razón de ser es una expresión que también hace
reconocible nuestra propia realidad y nos señala, además, una
ética que se corresponde con el sentimiento de esta poesía, es
decir, que las palabras no sean una máscara engañosa: “
…aquellas palabras con las cuales quisimos / decir también algo
que no fuera la confusión…” (15). De este modo, las palabras nos
revelan las experiencias amorosas y las circunstancias que
marcan la vida del poeta: el amor como una realidad posible o
lejana en la tensión desgarradora de su imagen: “Estás en los
sitios de mi memoria / como presencia viva y lacerante / Has
venido del tiempo y eres tiempo…” (36). Y es que el amor es un
deseo donde el hablante persiste en recuperar lo que el tiempo
no ha podido borrar de su memoria: la invisible presencia de un
cuerpo que lo lleva por desolados rumbos. La ironía de algunos
de sus textos es solamente un pretexto, como si quisiera
esconder la nostalgia que lo agobia. Y es que Jorge Luis Mena
está más cerca de Bécquer que de sus contemporáneos. No es
casualidad que la presencia de Bécquer asome varias veces en la
atmósfera de esta poesía. Frente a la soledad, el poeta expresa
la dolorosa realidad de ese sentimiento amoroso que, en cierto
modo justifica el lenguaje que sostiene su mundo. Quizás por eso
entiende la vida como la plenitud de aquello que busca
afanosamente en el amor: “sé feliz en tu reino de claridad / y
atiende sólo a la música de tu corazón / libre / y no olvides
nunca ser bella / como el amanecer / que aparece siempre puntual
sobre el mundo / iniciando cada vez su fiesta de luz” (49). Es
esa ilusión amorosa a la cual se aferra la que le da un sentido
más profundo a su vida, aunque sea sólo el deseo de un amor no
correspondido.
Hay zonas vedadas al lector y al crítico de poesía. El mundo del
poeta puede ser una vasta desolación o una naturaleza radiante o
un transitar por las experiencias que cristalizan su perenne
lucha con la difícil realidad de la vida. Y esa realidad, esa
particular disposición de acercarse a las cosas, esa manera de
sentir el amor y la desolación es lo que sentimos en este
lenguaje poético. Esos instantes nos dejan la impresión del amor
como algo inexistente o como la efímera ilusión de lo que podía
ser la más alta esperanza para el poeta. Difícil es entender las
razones del amor, más aún cuando la pasión que lo consume se
estrella contra la imposible realización de ese deseo: “No tuve
el privilegio de tu cuerpo / amarga es mi derrota… (52), dice
como insinuando una callada resignación. Pero el sujeto poético
escucha la íntima y silenciosa voz que le induce a buscar en las
palabras su propia realidad, la que refleje la sustancia de que
están hechos sus días: “Las palabras que nunca tendré / o nunca
supe decir o atrapar / en esta soledad calcinada por el deseo…”
(55), como si hurgara dentro de sí la necesidad de ese amor que
le aqueja. Por eso, a veces, recurre a la ironía como intentando
burlar el sentimiento de vacío frente a la imagen del amor.
Frente a esa imagen desoladora el poeta crea la ilusión de un
ser que sólo existe en su imaginación. Como el poeta sevillano,
también Jorge Luis Mena va tras un imposible; su mirada no busca
otra cosa que la realización de ese momento en que esa ilusión
se haga real. Y en esta búsqueda amorosa está su insustituible
realidad humana: “desde todos los lugares / desde todas las
rutas desde todos los caminos de la tierra / mi amor también la
inventa / y la quiere eterna…” (65); en otro poema reitera:
“Acércate bella dama presentida / déjate venir suave por el lado
del corazón / dama cuyo nombre es el amor” (67). Esta idea del
amor como la única esencia que encierra la secreta y profunda
expresión de la vida se corresponde con una naturaleza donde la
lluvia se convierte en una presencia amortiguadora de la
soledad: “caen lluvias otra vez caen lluvias / (con la lluvia
siempre comienza una aventura)” (66), nos dice, para enfatizar
en otro poema: “Celebraré con la lluvia el rito de la vida / tú
aún no has llegado / dama presentida y adorada” (67). La lluvia
llega en el momento más crucial, como una sustancia que crea un
ambiente de serenidad, como si develara otros momentos de
contemplación, otros instantes de serenos recuerdos en la vida
del poeta: “mira cómo se anuncia septiembre / con su persistente
lluvia / como si de pronto soñáramos / y nos viéramos quizá más
puros / más sobrios y más hondos de olvido / mira a septiembre y
su lluvia remota / que nos viene de algún lugar perdido en la
infancia” (75), y en el renovado esplendor des las cosas y los
seres que evoca: “Desde antaño siempre llueve sobre mi vida / y
cantan los árboles…” (83), nos dice en esos instantes en que la
lluvia destaca ese sentimiento de soledad y reflexión.
En la última sección, “Los días breves”, el sentido del amor y
la vida ha ido transformando la actitud del poeta hacia el
tiempo: “Porque se ama sólo una vez / y el tiempo incesante nos
desgasta / porque ciertamente nuestros días / son breves sobre
la tierra… (96). Esta manera de sentir el tiempo es la
inevitable realidad que hiere al poeta. Por eso el lenguaje se
convierte en su única salvación. Lo que tiene que decir lo dirá
como enfatizando su dolorosa temporalidad en relación con la
escritura, pues el tiempo como un manotazo terrible irá dejando
en él su huella inexorable: “Escribo las palabras / que mañana
olvidaré / nunca antes fue tan mío el silencio / invento con mi
lenguaje otro lenguaje / que luego se pierde borrándose… (103)”.
Dentro de esta angustia existencial que se mueve la presencia de
un hablante lírico tras la memoria de un amor que parece estar
hecho de tiempo y de recuerdos. Y siente la imagen de ese amor
como una sustancia viva sobre la superficie de sus versos:
“Frente a esta angustia / sólo me quedan las palabras… (105)”
dice, como queriendo explicar las razones que definen su existir
en un lenguaje poético que le devuelva el verdadero sentido a su
vida. Pero lo que llama la atención es cómo el poeta siente esa
relación amorosa que va atravesando como luz y sombra el
lenguaje de esta poesía; y, cómo la lluvia, en contraste con la
soledad, va creando una atmósfera de diáfana claridad: “Pero si
hay lluvia / recojo mi alma / y desvelo el pasado… (113), nos
dice; o, por ejemplo: “mi muda historia / en un día de lluvia /
de finos hilos nostálgicos” (114).
Lo que impresiona de Imágenes sobre el agua es la
historia del poeta vivida como partiendo de la inseparable
presencia del amor. Su vida, limitada por el tiempo, se sostiene
sobre la leve llama de un cuerpo ilusorio, símbolo reiterativo y
abstracto de un sujeto lírico que recorre estas páginas como
quien busca en la esencia del lenguaje la pasión que lo nutre,
desgarrándose con las palabras de un amor que “…arde lentamente
y se extingue / en una ciudad desolada” (137). |