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Los lapices tajados y otros textos

Manuel Lozano

Manuel Lozano (Córdoba, Argentina) es ensayista, poeta, narrador, profesor de literatura y Doctor Honoris Causa del Consejo Iberoamericano de Educación. Autor de más de quince libros -que van del género fantástico al ensayo filosófico-, dentro de los cuales podemos citar a “Libro de Amenemope”, “La Línea y el Círculo”, “Tratado sobre la Rotación de los Encantos”, “El Enigma Silvina Ocampo: La Paradoja y lo Sublime”, “Mansión Artaud”, y “La noche desnuda de rostro ciego”, ha recibido 54 premios nacionales e internacionales, entre los que se destacan: Primer Premio Fondo Nacional de las Artes, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Premio Interletras de Madrid, Premio Universidad de La Plata, Beca del Fondo Nacional de las Artes, y Premio Ministerio de Asuntos Sociales de España. A partir de los dieciocho años, comenzó a dictar conferencias y seminarios en diferentes ciudades del mundo. En 1992, la “Cámara Junior” lo proclamó “Joven Sobresaliente de la Argentina 1991-1992”, votado por unanimidad. En 1993, fue becado por el gobierno español junto a celebridades de la literatura mundial como los Premios Nobel José Saramago, Wole Soyinka, Juan Goytisolo y Jorge Amado. Ha recibido elogios de grandes escritores de su país, de Europa y de Estados Unidos. Jorge Luis Borges escribió sobre él (1984): “…Nos deslumbra con páginas memorables. Descubro que tiene el hábito de frecuentar el universo, de traducirlo en misteriosas y afortunadas invenciones. Ha creado FIED (Fundación Interdisciplinaria de Estudios para el Desarrollo), que actualmente preside. Por su notable contribución a la investigación cultural y educativa, el “Consejo Iberoamericano de Educación”, con sede en Lima e integrado por universidades de Hispanoamérica, le otorgó el “Premio a la Excelencia Educativa 2004”, conjuntamente con los títulos de “Master en Gestión Educativa” y el “Doctorado Honoris Causa en Educación”.

 

DELICADOS FRAGMENTOS DE UN ARCOIRIS ROTO

 

Todo esto es un milagro-alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo.

Jorge Luis Borges, El libro de Arena

 

I Transfiguraciones de una apariencia

¿Cuál es el rasgo determinante de la alegoría que tradicionalmente se ha dado en llamar "las edades del hombre"? ¿La muerte inmanente, acechando en cada resquicio, o acaso esperando, que también es una forma del asedio? ¿El hambre y la avaricia de los años y los detritus que dejan bajo un mismo, aparente sol? ¿La mera perplejidad ante los ambiguos enigmas de toda vida? ¿O sólo el espacio que dibuja ese enigma insoluble sobre las rotaciones del tiempo?

Dentro de esa alegoría, la juventud ha simulado siempre -al menos, en Occidente- un espacio epifánico tramposamente seguro y triunfante, por más que se omitiesen, en ciertos períodos, sus rasgos más notorios. Aun con sus temeridades y el siempre sospechado pathos, el joven Prometeo simula vida frente al ataque del buitre. Dionysos, portador de la primavera, conoce de antemano su ciclicidad. Cristo (de muchas maneras, un nuevo Dionysos y un Prometeo transfigurado) muere a los treinta y tres años, legando a sus seguidores una promesa eternal exudante de parábolas fervorosas. ¿Cómo entender al Paraíso sino como el arquetipo platónico de la juventud? ¿Leerlo como la perpetua sombra de un Paraíso Perdido jamás reencontrado?

Dilatada en los siglos, entretejida por la apología o el rechazo -momentos extremos de las redes del poder según Michel Foucault-, la juventud obstina vida. Desnuda vida. Desordena vida. Se sumerge en la sed de un mar de sangre. Allí reside la transfiguración de su tragedia: su máxima aspiración.

 

II ¿Infiernos de una hermosura perdurable?

Oscar Wilde redescubrió los misterios irisados del infierno en la amenazadora belleza de Dorian Gray. "Ahora bien: la belleza de Dorian era de ese género cuya seducción proviene del color y de la expresión (…) Pertenecía a esa clase de jóvenes que hacen que el mundo parezca jovial aunque sople el infortunio. La bondad y la dicha irradiaban de él visiblemente; la habitación más sombría parecía iluminarse suavemente y animarse cuando él entraba", aclara Basil Hallward, uno de tres espejos arúspices del irlandés, del mismo modo que el esplendente Lord Henry o el amargado Gray en el prefacio del artista, para rematar inmediatamente, "Lástima que un ser tan magnífico deba envejecer algún día- suspiró Wilde."

La esfinge calla y se precipita al abismo.

 

III Inutilidades del Yo

La juventud resultaría, entonces, un larguísimo concepto en su tribu inquieta de significantes. Un coup de des, para parafrasear a Mallarmé, pero vindicando la etimología árabe de dado: Azar. También parecería lamer en las márgenes de su propia alteridad, de los "desechos" de un yo inasible, furiosamente mutable, para descomponerse luego en un doble extrañamiento que la revele ilusión de integridad y memorial sísmico. Porque si todas "las edades del hombre" son posesas de un hambre que las nutre o las desquicia por igual, dentro de ellas la juventud se erige en espejo azogado de esta obsesión: alienante rebeldía adorada por el mismo sujeto que la padece, busca de verdad a pleno sol de los deslumbramientos, conjunción tanática y orgásmica danzando por encima de un panteón de dioses falibles cada vez, crasa e incompleta cuando explora - sobre todo, navega- la fresca piel criminal de la especie. Yo es tú, nos recuerda quien precisamente abjuraría de sus preocupaciones juveniles: Arthur Rimbaud.

 

IV. Inutilidad de una agonía

Tan inútil como una niebla clara alrededor de un bosque. Así se me presenta la agonía de la juventud: la música de su éxtasis, y luego el golpe en la piel.

 

V. Un territorio de contraluces extremas

No es posible al fin que el milagro no estalle.

Antonin Artaud, Otros Poemas

 

Quiero acercarme a la emboscada. La escritura de la juventud -las variaciones de la idea- dibuja un archipiélago donde las sombras se igualan con el día. El archipiélago puede simular una mazmorra. ¿Por qué esta sociedad post-industrial cotiza tanto una muerte joven? ¿Por qué los mitos jóvenes demoran en borrarse del imaginario colectivo? Vemos sus increíbles mutaciones. Las escuchamos. Nos rozan. ¡Qué patético desamparo el de un James Dean, de 24 años, bajo una lápida pisoteada por las muchedumbres! ¡Cuánta Silvia Plath oculta bajo almibaradas e incontables páginas!

 

VI. In signo balbus

Los equívocos diccionarios vienen definiendo la juventud (entiéndase a la definición en tanto otra falacia) como aquella "etapa entre la niñez y la edad viril". Luego, no agregan sino unos torpes ejemplos del tipo "la flor de la juventud". Si viril vale por varonil o lo propio del género masculino, ¿qué no-espacio se reserva a las mujeres? ¿Una niña daría, por ejemplo, un salto abrupto hacia la vejez? ¿O simplemente remplazaría ese "período" por dosis más largas de infancia y vejestud?

En pleno siglo V un monje de Suiza le envía una carta a otro de Alemania, diciéndole "te escribo in signo balbus", es decir con los signos del balbuceo. Los bárbaros estaban a las puertas de una Roma incendiada, se esperaba un seguro apocalipsis. Hoy asistimos desasosegados a las múltiples invasiones de ese Leviathán llamado globalización. La globalización vomita estadísticas económicas y balbucea. Los diccionarios también.

 

VII. Juvencia

Aunque lo hacen a pleno sol, parecen "sombras talladas por un relámpago negro" (como aquellas damas del Breton de Nadja). Son varias las que cruzan la fuente de la juventud en el cuadro de Lucas Cranach. Viejos caballeros armados las esperan en la otra orilla con la casi seguridad del contagio. Ellas son, a la vez, sacrificadas y poseedoras: autómatas desatinadas.

Dicen que el rey Salomón se rodeaba también de numerosas adolescentes en busca del contagio, de ese emigrar hacia lo prematuro.

 

VIII. Transcronologías

Por eso el simulante y joven Tom de El Zoo de Cristal, excediendo los meros usos y costumbres de su época, dará con la feliz metáfora del arcoiris roto, los delicados fragmentos que hacen al cuerpo y al alma de esta insaciable peregrina. La que nunca se cansa. La que apuñala muerte con todo su temblor. Con las heridas del grito.

 

[2002]

 

CENA DE MASCARAS

 

Los cortejantes vienen y van por el bosque de vidrio de sus vanidades. ¿Qué verdad puede estar debajo de las plumas y los géneros bestiales de un niño disfrazado de San José de Cupertino? Con la tormenta, fosforecen los cortejantes. Despavoridos, huyen de esa ilusión que da siempre la lluvia.

Moran alrededor del rayo con sus bocas cosidas. Moro en una estatua que me deshabita -vanamente- como al seco árbol maldecido por el dios encarnado. Hágase tu voluntad en los candiles de terrible esplendor; encántame la gracia de aquel fuego azul sobre las torpes cabezas.

Nada oprime tanto como un zaguán de desesperación repleto de objetos minúsculos. Veo el marfil enhiesto, tatuado de las bocas futuras. Nadie se resigna a permanencia o se arrebata frente al poliedro de la noche final. ¿Son ingenuos los desechos, estos restos de cera? ¿Quién se adueña del humo que aparta y transforma las sustancias?

Da vueltas la ronda de peregrinos hasta desvanecer el último reflejo en las persianas. Ayer, rugía el animal de presa entre las felpas vampiras del carruaje. Dejaba su simiente. ¡Trapos veladores, impasibles, inútilmente exquisitos, desfondados!

Iba mi corazón latiendo por el hielo.

 

[2003]

 

PROBARÉ LOS LAPICES TAJADOS

 

para Frida Kahlo

 

Es de la respiración que te hablo, de la palpitante respiración que el frío convertía en vaho de cristales para dibujar una puerta nunca avergonzada por la tenaza del hambre de la vanidad de muerte: bebe, mi escogido, bebe los ácidos de esta profanación tatuada en la lengua hasta el principio del asco.

Resplandor como amatista cerrada en dos cuerpos que se unen. Pared que reclama, encantamiento que reclama, nada queda del deseo cuando el deseo reclama un hueco de feroz pertenencia entre el derrumbe y la trampa. ¿Cómo estrujarse en la palabra sin la menor despedida? ¿Cómo sobrevivirme a esta figura que embalsama y jamás se abre y es ramera de su propio aliento?

Siempre la memoria indecente comiéndote las vísceras, enlazándote al costado de un castigo en fuga cubierto de lentejuelas. Pactaré con el sacrificio. El bosque ha de abrir sus bocas -al fin- para que entres disfrazada de muchacho en las alcobas.

Arrastro las sábanas mordidas por mi verdugo. ¿No era esto lo que yo suplicaba? Argumentos: plácidos rincones. ¿Quién invitó a aquél de ojos blancos fosforeciendo en el umbral de mi jardín perdido? ¿Por qué debo pagar los hilvanes nocturnos? No puede ser el alabado, no puede desvanecerse tan rápidamente como un acertijo nunca resuelto del amanecer. Porque los amaneceres me herían, me sulfuraban, me daban hambre de corazones destrozados por la antigua tapicería que tejen las tinieblas. Pero yo he de decir saqueadora y guerra de menesterosa en la hojarasca, raíz desnuda de lo alto. ¿Pero qué habré de perder del olor a crematorio en mi gesto natal?

Chimeneas para lamer olvido. Abres la caja y escrutas con la brisa del verano en los huesos, en el mismo canto del zéjel que no has visto: "Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar." ¿Y entonces qué conmemoran estos paredones -te lloras, te sorprendes-, los candiles que trasnochan el falso azul del cobre de mi espejo? Las marmitas del instinto preparan una hoguera bajo tus pies. Ése es otro río, otro insensato donde lavar la cruz envuelta en nardos.

El regreso. ¿Y si hubiera ataduras?

El ruego, es decir la desnudez. Levantas el velo para la adoración. ¡La niña, la conciencia del trono, la virgen majestuosa entre alambres de púa!

Celebrar la hora del grito que avanza en el desierto con anillos rotos.

Allí perforaste mi miedo como una telaraña. Brilla sin fin este contagio.

 

[2004]

 

 

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