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Für Elisa, Blanca Castellón
Sergio Ramírez
Hay
una vieja anécdota literaria que se atribuye al humor de Borges,
y trata de una vez que algún admirador suyo creyó reconocerlo en
la calle, se acercó, y la preguntó: “¿Es usted Borges? Y él,
impertérrito, apoyándose en su bastón, respondió: “No, yo soy el
otro”. Se confirmaba así a él mismo, con mucho humor, como el
maestro de la dualidad. Por eso de la dualidad es que Borges
tanto admiraba a Robert Louis Stevenson, el escritor victoriano
que acabó de convencernos de que dentro de nosotros luchan
siempre un doctor Jekyll y un Mister Hyde, ángel y demonio, aire
y carne, infierno y cielo.
Pero el juego de las dualidades viene de lejos. Nada me acerca
más a la fascinación del misterio que la lucha nocturna de Jacob
con el ángel a orillas del río Jabok. Lucharon toda la noche,
dice el antiguo testamento. ¿Pero qué clase de ángel era aquél?
¿Un ángel de inocencia, o el ángel caído en el precipicio de las
tinieblas? ¿Era Jacob derrotándose a sí mismo, al mister Hyde
que llevaba adentro? ¿O, prisionero dentro de sí mismo, luchaba
Jacob por su libertad, el don más preciado que
el cielo le ha otorgado a los hombres, y al que ningún tesoro
enterrado bajo la tierra u oculto en el mar se le puede
comparar,
según Nuestro Señor Don Quijote?
Blanca Castellón, llena de gracia, podría responder igual que
Borges: “Yo soy la otra”, o más simplemente: “Yo soy Elisa”. Un
yo femenino compartido y disputado, que en su contienda de
dualidades tiene por árbitro a la poesía. Y acercándonos
nosotros a la frontera del misterio, podríamos preguntarle a
ella también: ¿Contra quién lucha Elisa toda la noche? ¿A quién
le reclama su libertad? ¿A quién termina sometiendo a sus
dictados caprichosos? Blanca y Elisa, Elisa y Blanca, han
luchado toda la noche. Son sus cuerpos iluminados los que
resplandecen con el alba, exhaustos.
¿Pero cómo se consigue convivir con el ángel? Es esa dualidad la
que Blanca Castellón nos explica en este libro de preguntas,
Los juegos de Elisa; y debemos empezar por aceptar que el yo
oculto que llevamos en nosotros, y que nos invita siempre de
regreso al paraíso, sólo se puede explicar con preguntas. Elisa,
la inocente, la despistada, la que “tiene fama de ausente, por
su exagerada atención a la música que interpretan los años,
cuando se desintegran en el interior”, es dueña de la espada de
fuego que nos aleja del paraíso, y de la manzana “roja,
brillante y pura”, que nos invita a acercarnos siempre al árbol
del bien y el mal.
¿Quién quiere jugar los juegos de Elisa?, “la enlunada, la loca
la distante/ la que aprendió en la claridad inmensa/ los
símbolos de Dios, en tierra y agua”, prestando a Manolo Cuadra
las palabras de su soneto. Para aceptar la propuesta lúdica de
este ser etéreo y huidizo, debemos pasar con ella al otro lado
del espejo, el mundo donde todos los juegos son reales. Elisa es
Alicia. Y son reales porque allá de aquel lado existe la plena
libertad que nos es negada en este otro mundo, bajo la camisa de
fuerza de las convenciones y los ritos sacramentales de cada
día, que forman las reglas de la convivencia sana, frente a las
que siempre terminamos rindiéndonos. Pero todos los juegos
pueden ser jugados al otro lado del espejo, el país de Elisa,
Elisa en el país de las algarabías. En cambio, aquí, de este
lado, siempre “arranca la nota discordante de lo que llamamos
mundo”.
Pero no hay juegos sin reglas, aún los juegos más
desconcertados, o desconcertantes. Hay que sacar los
pensamientos de la cabeza, como hace Elisa, la otra. “Con ellos
decora los rincones vacíos del hogar. Llena las alacenas. Los
coloca en repisas, mesas de noche, los reparte con equidad entre
las flores malas de su jardín para que la dejen en paz. Para no
enloquecer”.
¿Y a que juega Elisa, al fin y al cabo? Juega a ser Blanca. ¿Y
Blanca? ¡A qué juega? ¿Quiere sacarse a Elisa de encima, o la
quiere debajo de su piel? Al otro lado del espejo, cualquier
cosa puede ocurrir. Los metales se transmutan, las entidades se
confunden, las almas se desdoblan. Allá, no hay que rendir
cuentas a nadie.
Y ese reino al otro lado del espejo, ¿qué territorio representa,
o a cuál se parece más? Al de la infancia perdida, a la que sólo
podemos regresar atravesando esa pared invisible pero tan sólida
que forman los espejos, cuando llegamos a adultos. Siempre, de
niños, nos inventamos otro yo que habla con nosotros, o lo
inventamos para que hable con nosotros, porque desde entonces
estamos buscando artilugios contra la soledad. Y desde entonces
damos un nombre a ese otro yo compañero que nos acompaña en los
juegos, al que hablamos con toda confianza, y al que nadie, sino
nosotros, puede ver. Claro, vive al otro lado del espejo, y
desde allá nos habla, y desde allá nos llama. Elisa nos llama a
jugar. Es cuando los años comienzan a desintegrarse en el
interior de nosotros, que más necesitamos a Elisa, y mientras
ella no ha encontrado aún las respuestas, nosotros insistimos en
hacerle todas las preguntas.
Desenfadada y triste, Elisa modula sus alegrías como quien pulsa
las cuerdas de un arpa. Es un ser de risas muertas y algarabías
mudas, como ella misma nos repite. Y exagera, exagera, todo el
tiempo exagera. ¿Y qué es la libertad sino una exageración?
Elisa no es una amiga confiable, porque vive en estado perpetuo
de rebelión, y sus inconformidades son constantes. Un ser de
cualidades extravagantes. Oigan, por ejemplo: “Endurece con
pegamento las antiguas historias que su madre dejó escritas,
para que jamás olvide de donde viene su mal genio y su afición
por inventar los nuevos giros de la pasión”.
¿Pero de qué material está hecho el espejo a través del cual se
pasa al otro lado, al mundo de Elisa? De la sustancia de la
poesía. Ni Elisa ni Blanca existirían sino a través de las
palabras. Un espejo lleno del “humo de la poesía puede
confundirlo todo”. Pero cuando la humareda se despeja, lo que
sobrevive son las palabras. Es por medio de las palabras que
Blanca va a seguir siempre preguntando a Elisa.
¿Qué hay que hacer entonces para entender a Elisa? Lo mismo que
hace ella, y lo que hace Blanca, hermana siamesa de Elisa, “que
arroja sus bajas pasiones literarias por los escalones hacia el
infierno” Pues para no pisar tierra, hay que correr cielo.
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