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banda  hispânica

josé alvarez baragaño

 

Baragaño entre nosotros

Vicente Jiménez y José Antonio Arcocha

NACIMIENTO DE UN POETA

Nació en la romántica ciudad de Pinar del Río, Cuba, en 1932.  Así la llamaba Baragaño, y añadía que era el sitio escogido por los ocultistas como el centro de la verdad y de la muerte.  Murió, en un acto de suprema virtud poética, en La Habana en 1962 rodeado de misterios y acosado por los fantasmas de su destino agonizante.  Sabido es que en la preexistencia ya Baragaño había escrito su obra poética, de la que apenas ofrece una simple muestra en este mundo.  En París, así como en La Habana, descubre espíritus que ya había conocido en el principio.  También establece una íntima relación con Rilke (a través de quien se comunica con Dios) que, sin embargo, es interrumpida por un tiempo sólo para reanudarse aún más vivamente después de la muerte.  Nace, pues, entre analogías  imprevistas siguiendo el llamado de las claves prometidas, con los ojos encandilados por la alegoría del sueño, para crecer lentamente confundido por los espejos de fiebre y las combinaciones secretas, azotado por vientos de ciclón amarillo y orígenes espurios, en busca incesante del amor original.  No supo, en fin, conservar el segundo estado y, por lo mismo, estos días cambiaría la vida que le espera ominosamente por la vuelta a la víspera del eterno nacimiento.

 

1

Mi amigo Baragaño

Vicente Jiménez

Yo conocí a Baragaño en el verano de 1955, con ocasión de un debate público en la Universidad de la Habana en torno al tema del arte y la sociedad, donde se exhibiría una película basada en un relato de Faulkner.  Curiosamente, sin embargo, se había anunciado que la discusión sería sobre el tema del arte y la realidad.  Poco después de empezado el debate, Baragaño se pondría de pie y comenzaría, imperturbablemente, a enumerar los elementos de la realidad —con énfasis, por supuesto, en el más importante, el sueño.  Así, citaría a sus amigos de París, a quienes nadie conocía, y también, claro está, a los surrealistas de antología para halagar algún que otro oído medroso entre el público.  Más tarde se sentaría, inquieto, para casi inmediatamente erguirse de nuevo a poner las cosas en su lugar.  Quería, sin duda, que le entendiesen pero, al mismo tiempo, se le veía molesto con la estupidez de los panelistas —críticos de cine o periodistas, casi todos—, tal vez cansado como aquel que sueña que es Demóstenes, mas, no obstante, secretamente divertido con la absurdidad del empeño.

         Vuelvo a ver su brazo extendido, el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, la cabeza erguida con el mentón señalando a su pobre víctima; vuelvo a ver cómo, de cuando en cuando, mira a ambos lados, bruscamente, como para sorprender al enemigo; vuelvo a oír su voz mediocre, más bien extraña, como extraída de un sombrero; vuelvo a ver sus ojos que se miran a sí mismos; vuelvo, en fin, a escuchar su risa corta como de niño triste y a contemplar, minuciosamente, sus dientes pequeños en perenne sonrisa cargada de misterios y goce secreto.  Luego seguí a Baragaño y sus amigos, de cerca, sin saber aún quién era, a ver si podía descubrir las claves secretas o escuchar siquiera, por descuido, la palabra de pase.  Mas pronto mi presencia fue observada y se me empezó a mirar con sospecha, por lo que decidí que la proximidad era acaso peligrosa y, prudentemente, me alejé.  Al otro día, indagaría entre mis conocidos que habían asistido al simposium y alguien me diría su nombre con aire inocente, más bien desentendido como quien no quiere saber nada.  No pasaría mucho tiempo sin que el azar, acaso, hiciera que me encontrara con él en una librería.  Ya había aparecido El Amor Original, y yo hojeaba un ejemplar cuando observé que se me vigilaba.  Cuando supe quién era demoré el acto de examinar el libro cuanto pude, en tanto que trataba de imaginar con gozo qué pensaría el poeta mientras esperaba mi decisión.  Al fin, me le acerqué con el libro en la mano y me presenté, señalándole en qué ocasión lo había visto por ver primera.  Me recibió con desconfianza pero también con entusiasmo.  Así se inició mi amistad con Baragaño.

         ¿De qué hablamos aquel día?  Para empezar, del azar; sobre la poesía y los poetas, política y revoluciones, Cuba, el arte, Europa.  Ya habíamos abandonado el establecimiento donde quedó acordado que yo no comprara el libro sino que él me obsequiaría con un ejemplar en otra oportunidad.  Caminábamos por la calle O’Reilly; entramos en un café a tomar una cerveza.  Allí su atención se fijó en una vendedora de billetes, a quien Baragaño insistía en que debía retener todos los números ya que, él lo sabía, uno saldría premiado.  Seguimos, y, de pronto, al pasar por otra librería me hizo un gesto apresurado indicando la presencia de Lezama Lima; entramos —Baragaño se acercaría a Lezama, tomaría un libro en sus manos y comenzaría en seguida a emitir comentarios en voz alta sobre la poesía y los poetas en Cuba, a lo que Lezama replicaría con un acto de escamoteo magistral al desplazarse casi inadvertidamente hacia el interior del establecimiento, adonde sólo ciertos clientes podían llegar.  Partimos, riendo calladamente.  En particular, recuerdo cómo Baragaño aquel día deploró el que en Cuba no pudiera realizarse una revolución jamás ya que no existían clases lo bastante definidas como para que el ataque a la burguesía dominante pudiera articularse felizmente.  Citó la clase militar, la nobleza, existentes en cualquier país europeo en tanto que en Cuba o no existían o apenas podían aislarse eficazmente.  Cuando partió se encaminaba hacia el mercado de Carlos III a comprar frutos de la tierra.

Poco tiempo después yo le visitaría en su apartamento del Hotel Palace, donde me mostraría con cautela sus últimos poemas: tres poemas experimentales, como él los llamaría — Un canto de amor humano, Alucinaciones y Libertad, mi eterno nacimiento (este último, por cierto, sería revisado más tarde y publicado en los días de la revolución como, simplemente, Eterno nacimiento: él explicaría esto alegando que no quería provocar las iras revolucionarias al sugerir que la libertad, para él, era más que otra cosa experiencia íntima o aventura personal).  Asimismo, me permitiría llevar conmigo aquel día dos relatos que había escrito mucho antes.  Uno, en parte autobiográfico, contaba los días de París en que el poeta se estudiaba a sí mismo durante el proceso de la invención poética y visitaba asiduamente las librerías donde solía encontrar al espíritu de Artaud, con quien discutía puntos de vista sobre la vida o el arte.  El otro relato tendría para mí más tarde una significación especial, ante el espectáculo desconcertante del poeta en trance de adaptación revolucionaria: describía la experiencia de un intelectual, quizá escritor o profesor universitario, que organiza y estructura un movimiento político que a través de la acción revolucionaria pone el poder en las manos del pueblo, que conoce la popularidad al lograr el reconocimiento público de sus esfuerzos en pro del bienestar social, para terminar, sin embargo, en una celda, prisionero de su propia gente y víctima de la revolución, donde reflexiona sobre el absurdo de su vida en tanto que observa, a través de la ventana, el muro ante el cual en la mañana su cuerpo será traspasado por las balas.  Luego, Baragaño me dedicaría un ejemplar de Cambiar la Vida, “en memoria del que fui” y, por supuesto, una copia de El Amor Original, “entre los iniciados pocas palabras bastan”.  Conversamos largamente: sobre Lautréamont, Hérold, Lam, el anarquismo, Marx, Peret, Magritte, Horace Walpole, Max Henríquez Ureña, la Epístola Moral a Fabio, la fuerza en la poesía.  Quiso saber de mí.  ¿No estaba yo asociado con nadie?  ¿con ningún grupo? ¿era cierto que yo no escribía?  ¿Cómo, entonces, me había iniciado?  Creo que nunca penetró el misterio.

Una noche, más tarde, coincidimos en el Palacio de Bellas Artes, con motivo de una charla por Guillermo de Torre.  Allí conocí a Cabrera Infante, quien se burló de don Guillermo durante toda la noche hasta casi lograr que nos echaran.  Luego, nos sentamos en el aire-libre de 23 y 12 hasta bien entrada la madrugada y, de este modo, asistí al espectáculo singular de Cabrera y Baragaño dando rienda suelta a la imaginación y la palabra, inventando temas posibles para Borges, Kafka, Breton; Baragaño atacando, como siempre, el interés absurdo de Cabrera en el cine y los cuentistas norteamericanos, y Cabrera, por su parte, acosando al poeta y embistiendo la poesía con pie firme y candor exquisito.  Una minuciosa teoría del universo quedó allí expuesta, el proceso de la creación artística examinado cuidadosamente y definido de una vez, y la solución de todos los problemas del mundo enunciada solemnemente.  Para mí, fue una noche memorable.

Pasó el tiempo.  Ahora vive en La Trocha y pasa sus noches en el café El Jardín donde logra, de cuando en vez, tomarle algo a un amigo o comer en compañía de gente reciénvenida.  De allí salimos una noche a buscar en su apartamento, en La Trocha, el libro que un mediocre poeta joven ha osado enviarle, con una cursi dedicatoria, el cual ofrecemos en sacrificio a los dioses apócrifos de la poesía y contemplamos, con alborozo infantil, cómo es extinguido por las llamas.

Supe después que se había marchado de Cuba.  Ya no vería más a Baragaño hasta la noche, en los comienzos de 1959, en que iría a saludarle a los estudios de la radioemisora CMZ en Marianao.  Allí le encontraría, para mi sorpresa, dedicado asiduamente a tareas de vulgarización de la cultura.  Creo que no habría de verle entonces sino una vez más solamente en su apartamento del Hotel Presidente.  Ya no es el poeta de la rebelión, como lo llamara Fernando Palenzuela; el poeta maldito que yo había conocido en 1955, que no creía en la posibilidad de una revolución en Cuba, se sitúa, resueltamente, al servicio de la revolución.  No seré yo quien intente razonar su posición.  Sucede, sin embargo, que en realidad Baragaño aún entonces, y hasta el momento de su muerte, sigue sin poder penetrar el círculo infame de los insumergibles de la cultura cubana; aún entonces, quiero decir, como hoy su obra es tan brutalmente ignorada como lo fuera antes de la revolución. 

Así, mi amigo Baragaño muere en 1959 y se transforma súbitamente en un cadáver más que, trágicamente, no se resigna a su destino y continúa danzando la danza interminable de los poetas huecos.  Breton (Primer Manifiesto, 1924) observó: “El surrealismo no permite a aquellos que se entregan a él abandonarlo cuando mejor les plazca”.  He aquí, pues, que Baragaño asume el papel más inusitado: ahora es, de pronto, el anti-Baragaño.  Por lo demás, el anuncio oficial de su muerte en 1962 no es acaso sino el acto por el que su salvación queda establecida.  Ya no podría escribir poemas de encargo, meras declaraciones de envilecedor sometimiento político.  Ya él no será sino una memoria inextinguible; ya su obra no será más que una oscura pieza de mármol latente, oculta en el océano más próximo.  Ya su poesía, al fin, se instalará en el reino de los sueños, por siempre jamás.  

 

Union City, verano de 1970

 

EL SUEÑO DEL POETA

Soñó: todos los poetas habían sido citados al Consolidado de la Poesía.  Habló el responsable, Nicolás Guillén.  La situación exigía medidas de control extraordinarias: entre otras, el racionamiento de las palabras.  A este fin, se les entregó una libreta.  Todos los martes allí, en el Consolidado o en la Imprenta Nacional, se servirían las palabras, y los poetas tendrían que acudir con sus libretas.  Palabras como libertad, amor, sueño, vida, laberinto, poesía, nacimiento, amuletos, reino habían sido eliminadas totalmente y no aparecían siquiera en la libreta.  Sólo se leían palabras como revolución, pentágono, milicia, partido.  Despertó y rápidamente se puso en pie, sobresaltado.  Era martes, y se le hacía tarde.

 

2

Rescate de Baragaño

José Antonio Arcocha

La figura de José Alvarez Baragaño posee el más alto grado de agresividad y misterio de nuestra literatura.  Como en Rimbaud, su vida puede dividirse en dos partes que se oponen y excluyen.  El primer Baragaño, al cual este artículo ha de referirse en su mayor parte, fue, a nuestros ojos, el más grande poeta cubano en lo que va de siglo y uno de los más poderosos en nuestro idioma.  Hablar bien de Baragaño equivale a enemistarse con innumerables personas.  Mucho más ahora que la muerte lo ha clavado en la pared de lo irrevocable.

Conocí a Baragaño en los primeros meses de 1959.  El poeta habitaba, por aquellos días, una habitación del hotel Presidente.  Me acompañaban en esa visita, como ahora en estos recuerdos, Fernando Palenzuela y Vicente Jiménez.  Yo había leído, a instancias de Palenzuela, El amor original y su libro sobre Lam; yo había escuchado numerosas anécdotas de su época de penurias y de escapes nocturnos de hoteles de mala muerte.  No recuerdo en detalle lo que hablamos en ese primer encuentro, ni cuánto duró nuestra conversación.  La impresión que tuve entonces y que me ha durado hasta estos momentos en que escribo, fue la de haber encontrado, en carne viva, a un poeta.  Baragaño tenía una intensidad demoníaca, una manera de contemplar las nimiedades de la existencia, una férrea voluntad de poetizar su propia vida y con ella todo lo que le rodeaba, que eran perfectamente visibles, desgraciadamente, sólo para nosotros.

Quizá por esa admiración que le teníamos, las famosas historias agresivas de Baragaño nunca tuvieron lugar en nuestros encuentros.  Al contrario, a pesar de la diferencia de nuestras edades y, por supuesto, de amplitud de lecturas, Baragaño nunca intentó hacer gala de poses profesorales.

Mis recuerdos de Baragaño son elusivos como los saltos del ciervo: lo recuerdo dando una clase sobre pintura; lo recuerdo en un viaje a través de la Ciénaga de Zapata; lo recuerdo mirándose en los espejos del hotel Ambos Mundos; lo recuerdo caminando por los muelles; lo recuerdo diciéndole a una prostituta que sus piernas semejaban las de Marlene Dietrich.

Los primeros años de la vida de Baragaño están envueltos en el misterio.  Se sabe que nació en la ciudad de Pinar del Río; que las relaciones con su padre fueron tempestuosas; que conoció a Wifredo Lam de adolescente y que antes de los veinte años se encontraba en París.  Allí hace amistad con los pintores surrealistas, conoce a Tzara y a Breton, y, en 1952, es decir, a los veinte años, publica su primer libro de poesía, Cambiar la vida.

Este libro, hoy inencontrable, cuyo título proviene de la frase de Rimbaud, “hay que cambiar la vida”, fue ilustrado por Jacques Herold.  En él inicia Baragaño su travesía poética; a pesar de una influencia rilkeana, negada más tarde por el poeta con gran ironía, puede afirmarse que las claves secretas de Baragaño asoman sus rostros en estos textos iniciales.  La fascinación con la muerte, la soledad de las grandes ciudades, la necesidad imperiosa del amor y el esplendor del destino poético son visibles a un lector atento.  En 1955, ya de regreso a Cuba, el poeta publica su libro más intenso y desesperado: El amor original.  Este libro, visto a la distancia de 15 años, constituye un relámpago, un diamante en la noche cerrada de la poesía cubana.  Lezama Lima, es cierto, había escrito algunos poemas espléndidos; pero su influencia parecía llevar a un callejón sin salida.

La poesía de Baragaño abría la puerta a todos los delirios, nos dejaba entrar a un universo de resonancias mágicas donde imperaba el más puro esplendor.

Debemos continuar cronológicamente: en 1958, Baragaño publica su estudio sobre Lam; por esa época es arrestado por la policía batistiana y decide volver a abandonar el país.  En 1959, como todos sabemos, llega Fidel Castro al poder.  Baragaño regresa a Cuba; comienza a colaborar en Lunes de Revolución, dirigido a la sazón por Guillermo Cabrera Infante; vive en el más grande entusiasmo poético y revolucionario.  En 1960, publica su libro Poesía, Revolución del Ser.  Este libro marca el fin del primer Baragaño.  Muchos de sus más bellos poemas se encuentran en él.  A partir de su publicación, Baragaño se aparta cada vez más de su pasado y se adentra en los páramos de la militancia castrista.  Pertenece a las milicias; participa en las operaciones en la cordillera del Escambray y escribe el “Himno a las milicias”.

Un poeta cubano ha escrito: “Baragaño es un poeta que la Revolución toma y rehace”.  Yo diría, más bien, que la Revolución toma y destroza.  La calidad de su poesía sufre un descenso en picada; las imperiosas peticiones de poemas comprometidos lo llevan a una tensión que lo amenaza con la impotencia literaria.

Una anécdota de aquellos días nos lo presenta irritado y quejándose de su imposibilidad de escribir poesía bajo consigna.  Lo cierto es que la muerte lo sorprende después de una discusión con Roger Garaudy acerca de los postulados estéticos de la Revolución; el mismo Roger Garaudy que acaba de ser expulsado del Partido Comunista francés por defender el derecho de la nación checoeslovaca a controlar su propio destino.

La muerte congela las posibilidades de un hombre: muchos escritores, que en 1962 defendían la Revolución, hoy viven en el exilio.  ¿Cuál hubiera sido el destino de Baragaño si la “parda muerte” no lo hubiera alcanzado?

Como decíamos al principio de este artículo, sabemos de los riesgos que implica poner por escrito, de una vez por todas, nuestra admiración hacia la poesía de Baragaño y hacia su actitud hasta principios de los años 60.  En un momento en que nos abríamos al mundo poético, la figura de Baragaño fue la que más nos impresionó; quizá por eso, y por no haber vivido su posterior metamorfosis, es que hemos escrito estas líneas.

Nos ponemos en su posición.  ¿Cuál hubiera sido nuestra posición si, después de haber escrito Cambiar la vida, El amor original y Lam (y Baragaño estaba sumamente conciente de la importancia de su obra), nos hubieran seguido teniendo en el más absoluto ostracismo literario?  ¿Ostracismo no sólo de las grandes masas, sino de las minorías que controlaban la cultura cubana en aquellos años?  ¿Y, si por ese entonces hubiera aparecido una revolución que prometía cambiar la vida, que ponía los vehículos literarios a nuestro alcance, que publicaba nuestros libros y que todavía no había enseñado su verdadera faz, no le hubiéramos, acaso, brindado nuestro apoyo?  Y ¿con cuánta fuerza nos hubiéramos negado a admitir nuestro error?

La Historia nos ofrece su gran paradoja: los que están en el ápice cultural de la Revolución son los mismos que dictaminaban en la Cuba de antes.

Terminemos con una pregunta de fuego: ¿cuál sería la posición del poeta José Alvarez Baragaño ante el actual estado de cosas?

 

San Juan, P.R., verano de 1970

 

EL FIN

Había asistido a una reunión de escritores con motivo de la visita de un intelectual europeo.  De pronto, se había acordado que él era Baragaño, el poeta surrealista, el manifestante del Lyceum, el anti-Lezama.  Se había puesto de pie y, con pretexto de las palabras del visitante, había dicho las cosas que hacía tiempo silenciaba.  Habló de la poesía, la creación, la libertad, el sueño, el hombre.  Todos le escuchaban en silencio, y lo miraban más bien tristemente, con ojos cansados.  Vio, sin embargo, que algunos se complacían secretamente con el pensamiento repentino de su caída en desgracia.  Se supo condenado.  No le importaba.  Aquella noche escribiría un largo poema lleno de imágenes violentas, con palabras de belleza convulsiva, como solía poder hacerlo en otros tiempos.  Salió a la calle.  Pensaba en el poema que habría de escribir.  Sentía que la cabeza le estallaba con el esfuerzo que realizaba por sustituir las palabras miserables que habían poblado sus últimos poemas, la poesía de consigna que entonces escribía, con las otras de vasto aliento poético y auténtica riqueza que ahora le ocurrían.  Se le atropellaban las ideas, las palabras, las imágenes.  Quiso enunciar unas de las líneas del poema, proferir las palabras que le venían como en un sueño, decir en voz alta la metáfora de belleza definitiva que había concebido en aquel instante.  La muerte le alcanzó con la palabra libertad atravesada en el pecho.

 

3

Vindicación de Baragaño

Vicente Jiménez

En el número especial de Linden Lane Magazine (Octubre/Diciembre 1990) dedicado a la literatura y el arte cubanos fuera de Cuba aparece, más bien inexplicablemente, una colaboración de Fausto Masó desde Caracas que no sólo representa una muestra más de su mediocre prosa sino que además constituye un ataque cobarde e insidioso a la persona y la memoria de José A. Baragaño.  Es curioso que Masó escogiera precisamente esta oportunidad para dar rienda suelta al resentimiento y el odio que claramente Baragaño aún le inspira, como si hubiera querido asegurarse del mayor número de lectores posible en el exilio o aun dentro de Cuba.  El artículo es, decididamente, empeño menor en aliento tanto como en ejecución, si es que dentro de la obra del autor sea posible distinguir momentos de mayor o menor desacierto entre tanta mediocridad casi ininterrumpida.  Yo conocí a Masó brevemente en La Habana, a través de mi amistad con Baragaño en los días en que éste vivía en La Trocha; alguna vez coincidimos en la biblioteca del Lyceum o en el café El Jardín; una noche oí a Masó declamar con entusiasmo su admiración por la revista Les Temps Modernes que aparentemente acababa de descubrir en aquella biblioteca; a Baragaño, por su parte, sólo le oí referirse a él una vez en que lamentó lo mal que escribía y señaló que le creía incapaz de escribir siquiera una sola página libre de los más simples errores gramaticales.  (Me temo, por cierto, que el artículo de marras dedicado a Baragaño es prueba y muestra suficientes de lo acertado de aquel comentario.)  Por lo demás, en aquella oportunidad Baragaño no tuvo más que cumplidos para Masó en lo personal e hizo mención, en particular, de su honestidad intelectual; por lo tanto, que ahora Masó le ataque públicamente de manera tan virulenta en realidad me sorprende.

Pero ¿no es cierto acaso que Baragaño siempre fue víctima de tales ataques en vida, que nunca en realidad fue aceptado o reconocido ni antes ni después de la revolución, que aun hoy, muerto ya, se le ignora completamente tal como si existiese una consigna oficial expedida en La Habana y secundada fuera de Cuba para hacerle desaparecer por completo?  ¿Es acaso posible que los enemigos que hiciera en vida todavía le estén cobrando las cuentas, tanto en Cuba como en el exilio?  Pero ¿y la obra?  ¿Puede alguien allá o acá negar el impacto, el ímpetu con que su poesía irrumpiera en nuestro ámbito por los años cincuenta?  ¿Acaso cabe duda alguna hoy día, a pesar del silencio oficial, del lugar preeminente que su obra poética ocupa en la historia de la literatura cubana contemporánea?  Por lo demás, de lo que no cabe duda es que Baragaño era un verdadero poeta: así lo llamó Virgilio Piñera (“Votos y Vates”, Lunes de Revolución, 15 de febrero de 1960) con motivo de la aparición de Poesía, Revolución del Ser.

Baragaño nació en 1932 en Pinar del Río y murió en La Habana en 1962.  Desde 1959 Baragaño se había situado al servicio de la revolución: así, pues, el poeta surrealista, el manifestante del Lyceum, el anti-Lezama que yo había conocido en 1955 da paso al militante revolucionario, al poeta comprometido.  Aún sin cumplir los veinte años de edad publica en París su primer libro de poesía, Cambiar la Vida (Le Soleil Noir, 1952).  José Antonio Arcocha (“Rescate de Baragaño”, Alacrán Azul, No. 2, Miami, 1971) observa que “las claves secretas de Baragaño asoman sus rostros en estos textos iniciales: la fascinación con la muerte, la soledad de las grandes ciudades, la necesidad imperiosa del amor y el esplendor del destino poético”.  Y añade: “En 1955, ya de regreso en Cuba, el poeta publica su libro más intenso y desesperado, El Amor Original.  Este libro... constituye un relámpago, un diamante en la noche cerrada de la poesía cubana...  La poesía de Baragaño abría la puerta a todos los delirios”.  En 1958 aparece un estudio de Baragaño sobre Lam que es, más que crítica o exégesis, un largo poema en prosa que hace resaltar con notable poderío la belleza convulsiva de esa gran pintura.  Con la publicación de Poesía, Revolución del Ser en 1960 es claro que el poeta está ya en pleno dominio de su instrumento poético y consciente de su alta misión.  Virgilio Piñera lo llama un “libro de gran eficacia poética”, y agrega: “Sin otros presupuestos que los de la poesía, Baragaño va integrando en los distintos poemas de su libro algo sin lo cual la Poesía, el Arte todo, no sería más que mero discurso.  Es decir, una concepción del mundo... y lo que es de mayor importancia, asumida desde el delirio poético y sin conexión alguna con los modos lógicos de pensamiento”.

 

He aquí las enumeraciones memorables de “Escrito contra mí”:

 

¿Y esto que es el hombre

Me perderé y lo perderé de vista?

Y esto el hombre

Que tanto amo que lo pierdo de vista

Grandes son mis ojos y su imagen

La palabra habla la palabra

Garantía de muertes viscerales

En mis manos que no escriben

Escapan una sombría vena en el papel

Como su oído lleno de palabras

La palabra palabra

Reventando las fibras

En el centro del alma

¿De qué me alejo?  ¿Qué digo?

Si he perdido lo dicho

En la palabra

¡Que no muera el invierno

Ni la sombra del mundo

en la palabra!

¿Y esto que es el hombre

Derramado como un aceite

Corriendo hacia su destrucción?

Lo condeno

Hablando como un condenado

¿Y esto que es el hombre?

Descuartizado por las fechas

Y los duendes de soga

En las manos

Los pies

En los sexos

En los tiempos oscuros

En que escribo sin verlo

Esto que es el hombre lo toco

En mi hombre

Sustantivo y escribiendo

Sin sentencia de muerte

Con los nervios ulcerados

Con los caños del sueño

Con los dedos sangrando

Con el tiempo podrido de la muerte

Esto que es el hombre que soy

Me lo estoy escribiendo

Sangrando

En la palabra palabra

Cuando escribo sin verlo

Ya perdido de vista

De la luz de los ojos

De las membranas rojas y abiertas

Que la droga del terror ilumina

La palabra palabra

El horizonte de la palabra

Repitiéndose secamente

En las fracturas del alma

En los desgarrones

En el tuétano

En la flor de la esperma

En los tiempos oscuros en que escribo sin verlo

Y esto que es el hombre que soy

¿Quién me lo salva?

Arpón tallado en mi columna

Vertebral rompiéndose en el aire

En el oído en la flor de los muertos

En el cataclismo sin nombre de los vivos y los muertos

Este vivir sin cuerpo

Este vivir sin nombre

Repetido en espejos

Orillas de espuma retráctil amorosa

Este hombre que soy no es acaso el hombre

Hecho a mi terror a mi semejanza

Escrito en mi palabra destruido en mi palabra

En mi hombre de huesos de ceniza

En mi hombre de vida de perro

En mi hombre de verdad y de miedo

En mi hombre torturado y vejado

En el fondo de naves bajo lámparas

Es mi hombre clavado contra el ser

Es mi ser clavado contra el hombre

De uñas y pelos

De caries en el sueño

De excremento y humo

De soledad y estrellas

De ratones salvajes

Y lámparas de aceite

Es mi hombre del alma

Desnudo en palabras

Maltratado en aceite

Hervido en esperma

Contra cuerpos contra piedras

¿Y esto que es el hombre

No lo digo en lo vacío y lo pleno

En el horror del hombre

Que es horror del vacío y lo pleno?

Ahora que escribo sin verlo

Le marcho y lo destruyo

Lo recibo y despido

Más vasto que su semejanza

Y su imagen que se pudre

En mi hombre y no mi dios

De pelos de uñas

De venas de fracturas

Dolores esperanzas

Palabras trizadas por el viento

Mi palabra palabra

Es mi hombre de huesos de hombre

Es mi hombre de fiebre amarilla

Es mi hombre acorralado por el ser

Es mi ser derramado sobre el hombre

 

Es mi horror del hombre que soy

De su libertad rota de su tiempo de muerte

En su esqueleto de ave derruida

Por la droga del ser

Por la violencia de la materia densa

Como su palabra

 

Y esto que es el hombre

¿Quién me lo salva?

Me perderé y lo perderé de vista

Pendulando exorcizando

Materias y terrores

Este hombre que soy se disipa

Ahora que escribo contra mi muerte

Ahora que lloro lo que escribo

Con huesos y con sangre

Este hombre que soy

Pesa más mi imagen y semejanza

En la palabra palabra

En el fuelle del pulmón y la esperma

En los huesos desgarrados

En el verbo en el hombre

En la sangre en vilo

En el ojo de su materia

¿Este hombre que soy quién lo salva?

Lo perderé de vista

Contra su hora

Huesos sangre y médula de esperma

Lo perderé de vista.

[De Poesía, revolución del ser]

 

Ya en “El amor original” se había preguntado:

 

¿Soy un poeta?

No en el sentido que tú lo entiendes

Tú que ves en una rosa un cuerpo blanco que se levanta sobre un tallo

Esa rosa que es el mensaje en varias lenguas de niebla

Y uso demasiadas palabras para ser pariente de Igitur

Vivo en el mundo de los sueños y no del mundo de lo que sueño

De lo que me sueña se alimenta mi porción angélica

[fragmento]

 

Y en “Himno a la muerte” —con la que tiene “una cita informal y constante”— declara:

 

¡Nunca más dispuesta mi cabeza para la guillotina!

Para esa nave no soy el último elegido

Que corten las mariposas de mis ojos

El lenguaje cifrado en sus cristales

 

Adentrándome

No hay adjetivo

Todo es un nombre glorioso como la nada

Queda ahora

Mi único compromiso eterno con la muerte

Como es ella y nada más

Ni alegrías ni auroras triunfales

Sólo el agua es su máximo atributo

 

Hablaríale con mi lenguaje todo suyo

A su oído levantado

Donde es dulce perder nuestras palabras

 

Si le buscase un color sería el de los collares de la cobra

Si le buscase un elemento entregaríale el agua

Si le buscase un nombre sería el puro innominado

 

Oh muerte tú el único misterio efectivo

El único corte pesado

Lástima que no palpite en tu abismo

Mi ser un hueso más en tu blanco esqueleto

Porque no volveré nunca más

A sentir la vida como frescura

Te siento en todas mis resoluciones

En todos mis oficios tenebrosos

Porque eres la muralla civil de la libertad

El privilegio central de todo hombre

Nadie podría morir por mí tú y yo lo sabemos

Y eres la garantía férrea de mi ser

No temo ni adulo tus dones

Te veo esplendente en tu situación de elegida

Morir no significa nada

Porque muerte no significa

Más que la pura y sonora anulación

 

Morir es caminar por tus abismos

Es consolar la palidez de nuestro rostro

En el único cambio verdadero

 

Educados para la parda muerte

En tiempos oscuros de miedo y de locura

En que no crecen los árboles ni las llamas

Arrendaremos este campo sembrado de vituperios

 

Qué somos

A una única potencia su vacío visceral

No sé qué rectitud ideal me la recuerda

Qué reposo innombrable

Qué peso que no pesa

Pero en el fondo de ese espejo

Mientras la libertad y el amor se me dispersan

Tengo una cita informal y constante con la muerte

¡Bello aún el tiempo nada ordena!

[De Poesía, revolución del ser]

Baragaño (“¿Por qué la poesía?”, Lunes de Revolución, 25 de enero de 1960) creía que “poesía es ese habitar en poeta, la total develación del ser en lo abierto o la simple acción del sueño y la imagen...  Esa revelación del ser que nadie puede penetrar, la intensidad feroz y combativa que es la poesía, que habla con la primera palabra, no se obtiene uniendo palabrejas que se consideran “poéticas”, sino viviendo peligrosamente la vida.  Pero —insistía— vivir peligrosamente es algo más que correr riesgos.  Es abandonar toda atadura, nadar sobre el encarcelamiento del hombre contemporáneo; romper la red de las alienaciones y ser absolutamente poetas”.  De ahí, pues, que Baragaño, en mi opinión, después de entretenerse en la aventura política tal como lo hicieran en su tiempo André Breton y Tristan Tzara, de no haber muerto súbitamente en circunstancias harto sospechosas hubiera despertado oportunamente, estoy seguro, ante la sofocante realidad cubana para situar de una vez su verdadera vocación, la poesía, por encima del fervor revolucionario y asumir de nuevo una actitud auténtica ante lo maravilloso.

Heberto Padilla (La Mala Memoria, Barcelona, 1989) recuerda los eventos de la noche, a principios de septiembre de 1962, en que murió el poeta después de asistir a una reunión en el salón de la Unión de Escritores con ocasión de la visita a La Habana de Roger Garaudy: “Cuando aún Garaudy no había concluido su intervención, José Alvarez Baragaño me dijo que se sentía mal, y abandonó la sala.  En el taxi que lo llevaba a su casa perdió el conocimiento y el taxista lo condujo a un hospital donde llegó muerto, víctima de la rotura de un aneurisma cerebral.  Su cadáver fue expuesto en la funeraria más céntrica e importante de La Habana.  Baragaño era un partidario entusiasta de la Revolución, acababa de publicar un “Himno a las Milicias”, y Fidel le había tomado afecto.  Todos los miembros de la Unión de Escritores asistieron a su entierro.  El poeta era también dirigente de la Unión; sus posiciones políticas y literarias eran polémicas, y sus colaboraciones en Lunes de Revolución fulminantes.  Su poesía ha sido olvidada; pero yo creo que fue uno de los creadores cubanos de más talento de aquella época.  Su primer libro tomó un verso de Rimbaud como título, Cambiar la Vida.  Surrealista genuino, amigo de Breton, de Peret y de Lam, llevó esa experiencia hasta sus límites y sólo tenía [veinte y nueve] años al morir”.  Según Arcocha, en el mismo artículo ya citado, “Una anécdota de aquellos días nos lo presenta irritado y quejándose de su imposibilidad de escribir poesía bajo consigna.  Lo cierto es que la muerte lo sorprende después de una discusión con Roger Garaudy acerca de los postulados estéticos de la revolución...  La muerte congela las posibilidades de un hombre: muchos escritores que en 1962 defendían la revolución hoy viven en el exilio.  ¿Cuál hubiera sido el destino de Baragaño si la ‘parda muerte’ no lo hubiera alcanzado?”.  Asimismo, Alberto Baeza Flores (La Poesía Dominicana en el Siglo XX, Santiago, República Dominicana, 1977) al subrayar la importancia de la obra de Baragaño, así como la de Fernando Palenzuela, dentro del surrealismo latinoamericano concluye así la ficha biográfica del primero: “En 1962, en La Habana, participa en una discusión pública.  Resucita el antiguo Baragaño, pero deben conducirlo al hospital, donde muere”.  Si además se tiene en cuenta el testimonio personal de Hortensia Gronlier viuda de Baragaño, notable pintora cubana establecida en Miami, describiendo en detalle las últimas horas del poeta, hay que rechazar totalmente la versión simplista y denigrante que ofrece Fausto Masó en su afán por propagar toda clase de infundios contra Baragaño.

Por último, Masó se refiere a Baragaño como poeta menor que escogiera “la vía escabrosa del surrealismo” (Masó, además de sus problemas con la gramática, parece incapaz de resistir el uso de un manido cliché) y quien “cuando murió aspiraba a ser poeta oficial”.  Octavio Paz (La búsqueda del comienzo, Madrid, 1974) observa que “el surrealismo —en lo que tiene de mejor y más valioso— seguirá siendo una invitación y un signo: una invitación a la aventura interior, al redescubrimiento de nosotros mismos; y un signo de inteligencia, el mismo que a través de los siglos nos hacen los grandes mitos y los grandes poetas.  Ese signo es un relámpago: bajo su luz convulsa entrevemos algo del misterio de nuestra condición”.  Creo, precisamente, que en la alta magia poética de la obra de Baragaño se encuentran esa invitación a la aventura interior y ese signo de inteligencia que, según Paz, son lo mejor y más valioso del surrealismo.  En cuanto a sus supuestas aspiraciones a ser poeta oficial, nadie que haya conocido a Baragaño habrá de creer tal falsa alegación.  Baragaño, el poeta surrealista, se incorpora a la vanguardia de la revolución porque tal actitud está de acuerdo con el papel histórico del surrealismo como movimiento político.  Pero así como Breton en su tiempo enseguida reconoce que la creación poética se hace imposible en un medio donde no exista absoluta libertad individual, así Baragaño ya en 1962 comienza a decir otra vez en voz alta lo que hacía tiempo silenciaba y, por ello, paga con su vida.  En realidad, no es extraño que aun después de muerto Baragaño sea atacado con rencor y resentimiento como lo hace Fausto Masó.  A éste, hombre de mala prosa, le parece curioso el que le llamen poeta por las calles de Caracas (“poeta” suelen llamar los venezolanos a todo artista, escritor, intelectual, profesor, periodista).  Yo no sé si Masó sea poeta.  Pero Baragaño sí fue un verdadero poeta, acaso el poeta cubano más importante de nuestra generación.

 

Fort Lauderdale, verano de 1991

[Página preparada por Vicente Jiménez. Escritor cubano, reside en Miami Beach, Florida.  José Antonio Arcocha (1938-1998), poeta y escritor cubano, autor de tres volúmenes de poesía y uno de cuentos.  Estos textos aparecieron originalmente en Alacrán Azul (“Mi amigo Baragaño” y “Rescate de Baragaño”), Vol. 1, No. 2, Miami, 1971, y Guángara Libertaria (“Vindicación de Baragaño”), Vol. 12, No. 47, Miami, verano 1991. vwjimenez@aol.com.]

 

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