|
Baragaño entre nosotros
Vicente Jiménez y José Antonio Arcocha
NACIMIENTO DE UN POETA
Nació en la romántica ciudad de Pinar del Río, Cuba, en 1932.
Así la llamaba Baragaño, y añadía que era el sitio escogido por
los ocultistas como el centro de la verdad y de la muerte.
Murió, en un acto de suprema virtud poética, en La Habana en
1962 rodeado de misterios y acosado por los fantasmas de su
destino agonizante. Sabido es que en la preexistencia ya
Baragaño había escrito su obra poética, de la que apenas ofrece
una simple muestra en este mundo. En París, así como en La
Habana, descubre espíritus que ya había conocido en el principio.
También establece una íntima relación con Rilke (a través de
quien se comunica con Dios) que, sin embargo, es interrumpida
por un tiempo sólo para reanudarse aún más vivamente después de
la muerte. Nace, pues, entre analogías imprevistas siguiendo
el llamado de las claves prometidas, con los ojos encandilados
por la alegoría del sueño, para crecer lentamente confundido por
los espejos de fiebre y las combinaciones secretas, azotado por
vientos de ciclón amarillo y orígenes espurios, en busca
incesante del amor original. No supo, en fin, conservar el
segundo estado y, por lo mismo, estos días cambiaría la vida que
le espera ominosamente por la vuelta a la víspera del eterno
nacimiento.
1
Mi amigo
Baragaño
Vicente Jiménez
Yo
conocí a Baragaño en el verano de 1955, con ocasión de un debate
público en la Universidad de la Habana en torno al tema del arte
y la sociedad, donde se exhibiría una película basada en un
relato de Faulkner. Curiosamente, sin embargo, se había
anunciado que la discusión sería sobre el tema del arte y la
realidad. Poco después de empezado el debate, Baragaño se
pondría de pie y comenzaría, imperturbablemente, a enumerar los
elementos de la realidad —con énfasis, por supuesto, en el más
importante, el sueño. Así, citaría a sus amigos de París, a
quienes nadie conocía, y también, claro está, a los surrealistas
de antología para halagar algún que otro oído medroso entre el
público. Más tarde se sentaría, inquieto, para casi
inmediatamente erguirse de nuevo a poner las cosas en su lugar.
Quería, sin duda, que le entendiesen pero, al mismo tiempo, se
le veía molesto con la estupidez de los panelistas —críticos de
cine o periodistas, casi todos—, tal vez cansado como aquel que
sueña que es Demóstenes, mas, no obstante, secretamente
divertido con la absurdidad del empeño.
Vuelvo a ver su brazo extendido, el cuerpo ligeramente
echado hacia atrás, la cabeza erguida con el mentón señalando a
su pobre víctima; vuelvo a ver cómo, de cuando en cuando, mira a
ambos lados, bruscamente, como para sorprender al enemigo;
vuelvo a oír su voz mediocre, más bien extraña, como extraída de
un sombrero; vuelvo a ver sus ojos que se miran a sí mismos;
vuelvo, en fin, a escuchar su risa corta como de niño triste y a
contemplar, minuciosamente, sus dientes pequeños en perenne
sonrisa cargada de misterios y goce secreto. Luego seguí a
Baragaño y sus amigos, de cerca, sin saber aún quién era, a ver
si podía descubrir las claves secretas o escuchar siquiera, por
descuido, la palabra de pase. Mas pronto mi presencia fue
observada y se me empezó a mirar con sospecha, por lo que decidí
que la proximidad era acaso peligrosa y, prudentemente, me
alejé. Al otro día, indagaría entre mis conocidos que habían
asistido al simposium y alguien me diría su nombre con aire
inocente, más bien desentendido como quien no quiere saber
nada. No pasaría mucho tiempo sin que el azar, acaso, hiciera
que me encontrara con él en una librería. Ya había aparecido
El Amor Original, y yo hojeaba un ejemplar cuando observé
que se me vigilaba. Cuando supe quién era demoré el acto de
examinar el libro cuanto pude, en tanto que trataba de imaginar
con gozo qué pensaría el poeta mientras esperaba mi decisión.
Al fin, me le acerqué con el libro en la mano y me presenté,
señalándole en qué ocasión lo había visto por ver primera. Me
recibió con desconfianza pero también con entusiasmo. Así se
inició mi amistad con Baragaño.
¿De qué hablamos aquel día? Para empezar, del azar;
sobre la poesía y los poetas, política y revoluciones, Cuba, el
arte, Europa. Ya habíamos abandonado el establecimiento donde
quedó acordado que yo no comprara el libro sino que él me
obsequiaría con un ejemplar en otra oportunidad. Caminábamos
por la calle O’Reilly; entramos en un café a tomar una cerveza.
Allí su atención se fijó en una vendedora de billetes, a quien
Baragaño insistía en que debía retener todos los números ya que,
él lo sabía, uno saldría premiado. Seguimos, y, de pronto, al
pasar por otra librería me hizo un gesto apresurado indicando la
presencia de Lezama Lima; entramos —Baragaño se acercaría a
Lezama, tomaría un libro en sus manos y comenzaría en seguida a
emitir comentarios en voz alta sobre la poesía y los poetas en
Cuba, a lo que Lezama replicaría con un acto de escamoteo
magistral al desplazarse casi inadvertidamente hacia el interior
del establecimiento, adonde sólo ciertos clientes podían
llegar. Partimos, riendo calladamente. En particular, recuerdo
cómo Baragaño aquel día deploró el que en Cuba no pudiera
realizarse una revolución jamás ya que no existían clases lo
bastante definidas como para que el ataque a la burguesía
dominante pudiera articularse felizmente. Citó la clase
militar, la nobleza, existentes en cualquier país europeo en
tanto que en Cuba o no existían o apenas podían aislarse
eficazmente. Cuando partió se encaminaba hacia el mercado de
Carlos III a comprar frutos de la tierra.
Poco tiempo después yo le visitaría en su apartamento del Hotel
Palace, donde me mostraría con cautela sus últimos poemas: tres
poemas experimentales, como él los llamaría — Un canto de
amor humano, Alucinaciones y Libertad, mi eterno
nacimiento (este último, por cierto, sería revisado más
tarde y publicado en los días de la revolución como,
simplemente, Eterno nacimiento: él explicaría esto
alegando que no quería provocar las iras revolucionarias al
sugerir que la libertad, para él, era más que otra cosa
experiencia íntima o aventura personal). Asimismo, me
permitiría llevar conmigo aquel día dos relatos que había
escrito mucho antes. Uno, en parte autobiográfico, contaba los
días de París en que el poeta se estudiaba a sí mismo durante el
proceso de la invención poética y visitaba asiduamente las
librerías donde solía encontrar al espíritu de Artaud, con quien
discutía puntos de vista sobre la vida o el arte. El otro
relato tendría para mí más tarde una significación especial,
ante el espectáculo desconcertante del poeta en trance de
adaptación revolucionaria: describía la experiencia de un
intelectual, quizá escritor o profesor universitario, que
organiza y estructura un movimiento político que a través de la
acción revolucionaria pone el poder en las manos del pueblo, que
conoce la popularidad al lograr el reconocimiento público de sus
esfuerzos en pro del bienestar social, para terminar, sin
embargo, en una celda, prisionero de su propia gente y víctima
de la revolución, donde reflexiona sobre el absurdo de su vida
en tanto que observa, a través de la ventana, el muro ante el
cual en la mañana su cuerpo será traspasado por las balas.
Luego, Baragaño me dedicaría un ejemplar de Cambiar la Vida,
“en memoria del que fui” y, por supuesto, una copia de El
Amor Original, “entre los iniciados pocas palabras bastan”.
Conversamos largamente: sobre Lautréamont, Hérold, Lam, el
anarquismo, Marx, Peret, Magritte, Horace Walpole, Max Henríquez
Ureña, la Epístola Moral a Fabio, la fuerza en la
poesía. Quiso saber de mí. ¿No estaba yo asociado con nadie?
¿con ningún grupo? ¿era cierto que yo no escribía? ¿Cómo,
entonces, me había iniciado? Creo que nunca penetró el
misterio.
Una noche, más tarde, coincidimos en el Palacio de Bellas Artes,
con motivo de una charla por Guillermo de Torre. Allí conocí a
Cabrera Infante, quien se burló de don Guillermo durante toda la
noche hasta casi lograr que nos echaran. Luego, nos sentamos en
el aire-libre de 23 y 12 hasta bien entrada la madrugada y, de
este modo, asistí al espectáculo singular de Cabrera y Baragaño
dando rienda suelta a la imaginación y la palabra, inventando
temas posibles para Borges, Kafka, Breton; Baragaño atacando,
como siempre, el interés absurdo de Cabrera en el cine y los
cuentistas norteamericanos, y Cabrera, por su parte, acosando al
poeta y embistiendo la poesía con pie firme y candor exquisito.
Una minuciosa teoría del universo quedó allí expuesta, el
proceso de la creación artística examinado cuidadosamente y
definido de una vez, y la solución de todos los problemas del
mundo enunciada solemnemente. Para mí, fue una noche memorable.
Pasó el tiempo. Ahora vive en La Trocha y pasa sus noches en el
café El Jardín donde logra, de cuando en vez, tomarle algo a un
amigo o comer en compañía de gente reciénvenida. De allí
salimos una noche a buscar en su apartamento, en La Trocha, el
libro que un mediocre poeta joven ha osado enviarle, con una
cursi dedicatoria, el cual ofrecemos en sacrificio a los dioses
apócrifos de la poesía y contemplamos, con alborozo infantil,
cómo es extinguido por las llamas.
Supe después que se había marchado de Cuba. Ya no vería más a
Baragaño hasta la noche, en los comienzos de 1959, en que iría a
saludarle a los estudios de la radioemisora CMZ en Marianao.
Allí le encontraría, para mi sorpresa, dedicado asiduamente a
tareas de vulgarización de la cultura. Creo que no habría de
verle entonces sino una vez más solamente en su apartamento del
Hotel Presidente. Ya no es el poeta de la rebelión, como lo
llamara Fernando Palenzuela; el poeta maldito que yo había
conocido en 1955, que no creía en la posibilidad de una
revolución en Cuba, se sitúa, resueltamente, al servicio de la
revolución. No seré yo quien intente razonar su posición.
Sucede, sin embargo, que en realidad Baragaño aún entonces, y
hasta el momento de su muerte, sigue sin poder penetrar el
círculo infame de los insumergibles de la cultura cubana; aún
entonces, quiero decir, como hoy su obra es tan brutalmente
ignorada como lo fuera antes de la revolución.
Así, mi amigo Baragaño muere en 1959 y se transforma súbitamente
en un cadáver más que, trágicamente, no se resigna a su destino
y continúa danzando la danza interminable de los poetas huecos.
Breton (Primer Manifiesto, 1924) observó: “El surrealismo
no permite a aquellos que se entregan a él abandonarlo cuando
mejor les plazca”. He aquí, pues, que Baragaño asume el papel
más inusitado: ahora es, de pronto, el anti-Baragaño. Por lo
demás, el anuncio oficial de su muerte en 1962 no es acaso sino
el acto por el que su salvación queda establecida. Ya no podría
escribir poemas de encargo, meras declaraciones de envilecedor
sometimiento político. Ya él no será sino una memoria
inextinguible; ya su obra no será más que una oscura pieza de
mármol latente, oculta en el océano más próximo. Ya su poesía,
al fin, se instalará en el reino de los sueños, por siempre
jamás.
Union City, verano de 1970
EL SUEÑO DEL POETA
Soñó: todos los poetas habían sido citados al Consolidado de la
Poesía. Habló el responsable, Nicolás Guillén. La situación
exigía medidas de control extraordinarias: entre otras, el
racionamiento de las palabras. A este fin, se les entregó una
libreta. Todos los martes allí, en el Consolidado o en la
Imprenta Nacional, se servirían las palabras, y los poetas
tendrían que acudir con sus libretas. Palabras como libertad,
amor, sueño, vida, laberinto, poesía, nacimiento, amuletos,
reino habían sido eliminadas totalmente y no aparecían siquiera
en la libreta. Sólo se leían palabras como revolución,
pentágono, milicia, partido. Despertó y rápidamente se puso en
pie, sobresaltado. Era martes, y se le hacía tarde.
2
Rescate de
Baragaño
José Antonio Arcocha
La
figura de José Alvarez Baragaño posee el más alto grado de
agresividad y misterio de nuestra literatura. Como en Rimbaud,
su vida puede dividirse en dos partes que se oponen y excluyen.
El primer Baragaño, al cual este artículo ha de referirse en su
mayor parte, fue, a nuestros ojos, el más grande poeta cubano en
lo que va de siglo y uno de los más poderosos en nuestro
idioma. Hablar bien de Baragaño equivale a enemistarse con
innumerables personas. Mucho más ahora que la muerte lo ha
clavado en la pared de lo irrevocable.
Conocí a Baragaño en los primeros meses de 1959. El poeta
habitaba, por aquellos días, una habitación del hotel
Presidente. Me acompañaban en esa visita, como ahora en estos
recuerdos, Fernando Palenzuela y Vicente Jiménez. Yo había
leído, a instancias de Palenzuela, El amor original y su
libro sobre Lam; yo había escuchado numerosas anécdotas de su
época de penurias y de escapes nocturnos de hoteles de mala
muerte. No recuerdo en detalle lo que hablamos en ese primer
encuentro, ni cuánto duró nuestra conversación. La impresión
que tuve entonces y que me ha durado hasta estos momentos en que
escribo, fue la de haber encontrado, en carne viva, a un poeta.
Baragaño tenía una intensidad demoníaca, una manera de
contemplar las nimiedades de la existencia, una férrea voluntad
de poetizar su propia vida y con ella todo lo que le rodeaba,
que eran perfectamente visibles, desgraciadamente, sólo para
nosotros.
Quizá por esa admiración que le teníamos, las famosas historias
agresivas de Baragaño nunca tuvieron lugar en nuestros
encuentros. Al contrario, a pesar de la diferencia de nuestras
edades y, por supuesto, de amplitud de lecturas, Baragaño nunca
intentó hacer gala de poses profesorales.
Mis recuerdos de Baragaño son elusivos como los saltos del
ciervo: lo recuerdo dando una clase sobre pintura; lo recuerdo
en un viaje a través de la Ciénaga de Zapata; lo recuerdo
mirándose en los espejos del hotel Ambos Mundos; lo recuerdo
caminando por los muelles; lo recuerdo diciéndole a una
prostituta que sus piernas semejaban las de Marlene Dietrich.
Los primeros años de la vida de Baragaño están envueltos en el
misterio. Se sabe que nació en la ciudad de Pinar del Río; que
las relaciones con su padre fueron tempestuosas; que conoció a
Wifredo Lam de adolescente y que antes de los veinte años se
encontraba en París. Allí hace amistad con los pintores
surrealistas, conoce a Tzara y a Breton, y, en 1952, es decir, a
los veinte años, publica su primer libro de poesía, Cambiar
la vida.
Este libro, hoy inencontrable, cuyo título proviene de la frase
de Rimbaud, “hay que cambiar la vida”, fue ilustrado por Jacques
Herold. En él inicia Baragaño su travesía poética; a pesar de
una influencia rilkeana, negada más tarde por el poeta con gran
ironía, puede afirmarse que las claves secretas de Baragaño
asoman sus rostros en estos textos iniciales. La fascinación
con la muerte, la soledad de las grandes ciudades, la necesidad
imperiosa del amor y el esplendor del destino poético son
visibles a un lector atento. En 1955, ya de regreso a Cuba, el
poeta publica su libro más intenso y desesperado: El amor
original. Este libro, visto a la distancia de 15 años,
constituye un relámpago, un diamante en la noche cerrada de la
poesía cubana. Lezama Lima, es cierto, había escrito algunos
poemas espléndidos; pero su influencia parecía llevar a un
callejón sin salida.
La poesía de Baragaño abría la puerta a todos los delirios, nos
dejaba entrar a un universo de resonancias mágicas donde
imperaba el más puro esplendor.
Debemos continuar cronológicamente: en 1958, Baragaño publica su
estudio sobre Lam; por esa época es arrestado por la policía
batistiana y decide volver a abandonar el país. En 1959, como
todos sabemos, llega Fidel Castro al poder. Baragaño regresa a
Cuba; comienza a colaborar en Lunes de Revolución,
dirigido a la sazón por Guillermo Cabrera Infante; vive en el
más grande entusiasmo poético y revolucionario. En 1960,
publica su libro Poesía, Revolución del Ser. Este libro
marca el fin del primer Baragaño. Muchos de sus más bellos
poemas se encuentran en él. A partir de su publicación,
Baragaño se aparta cada vez más de su pasado y se adentra en los
páramos de la militancia castrista. Pertenece a las milicias;
participa en las operaciones en la cordillera del Escambray y
escribe el “Himno a las milicias”.
Un poeta cubano ha escrito: “Baragaño es un poeta que la
Revolución toma y rehace”.
Yo diría, más bien, que la Revolución toma y destroza. La
calidad de su poesía sufre un descenso en picada; las imperiosas
peticiones de poemas comprometidos lo llevan a una tensión que
lo amenaza con la impotencia literaria.
Una anécdota de aquellos días nos lo presenta irritado y
quejándose de su imposibilidad de escribir poesía bajo
consigna. Lo cierto es que la muerte lo sorprende después de
una discusión con Roger Garaudy acerca de los postulados
estéticos de la Revolución; el mismo Roger Garaudy que acaba de
ser expulsado del Partido Comunista francés por defender el
derecho de la nación checoeslovaca a controlar su propio
destino.
La muerte congela las posibilidades de un hombre: muchos
escritores, que en 1962 defendían la Revolución, hoy viven en el
exilio. ¿Cuál hubiera sido el destino de Baragaño si la “parda
muerte” no lo hubiera alcanzado?
Como decíamos al principio de este artículo, sabemos de los
riesgos que implica poner por escrito, de una vez por todas,
nuestra admiración hacia la poesía de Baragaño y hacia su
actitud hasta principios de los años 60. En un momento en que
nos abríamos al mundo poético, la figura de Baragaño fue la que
más nos impresionó; quizá por eso, y por no haber vivido su
posterior metamorfosis, es que hemos escrito estas líneas.
Nos ponemos en su posición. ¿Cuál hubiera sido nuestra posición
si, después de haber escrito Cambiar la vida, El amor
original y Lam (y Baragaño estaba sumamente conciente
de la importancia de su obra), nos hubieran seguido teniendo en
el más absoluto ostracismo literario? ¿Ostracismo no sólo de
las grandes masas, sino de las minorías que controlaban la
cultura cubana en aquellos años? ¿Y, si por ese entonces
hubiera aparecido una revolución que prometía cambiar la vida,
que ponía los vehículos literarios a nuestro alcance, que
publicaba nuestros libros y que todavía no había enseñado su
verdadera faz, no le hubiéramos, acaso, brindado nuestro apoyo?
Y ¿con cuánta fuerza nos hubiéramos negado a admitir nuestro
error?
La Historia nos ofrece su gran paradoja: los que están en el
ápice cultural de la Revolución son los mismos que dictaminaban
en la Cuba de antes.
Terminemos con una pregunta de fuego: ¿cuál sería la posición
del poeta José Alvarez Baragaño ante el actual estado de cosas?
San Juan, P.R., verano de 1970
EL FIN
Había asistido a una reunión de escritores con motivo de la
visita de un intelectual europeo. De pronto, se había acordado
que él era Baragaño, el poeta surrealista, el manifestante del
Lyceum, el anti-Lezama. Se había puesto de pie y, con pretexto
de las palabras del visitante, había dicho las cosas que hacía
tiempo silenciaba. Habló de la poesía, la creación, la libertad,
el sueño, el hombre. Todos le escuchaban en silencio, y lo
miraban más bien tristemente, con ojos cansados. Vio, sin
embargo, que algunos se complacían secretamente con el
pensamiento repentino de su caída en desgracia. Se supo
condenado. No le importaba. Aquella noche escribiría un largo
poema lleno de imágenes violentas, con palabras de belleza
convulsiva, como solía poder hacerlo en otros tiempos. Salió a
la calle. Pensaba en el poema que habría de escribir. Sentía
que la cabeza le estallaba con el esfuerzo que realizaba por
sustituir las palabras miserables que habían poblado sus últimos
poemas, la poesía de consigna que entonces escribía, con las
otras de vasto aliento poético y auténtica riqueza que ahora le
ocurrían. Se le atropellaban las ideas, las palabras, las
imágenes. Quiso enunciar unas de las líneas del poema, proferir
las palabras que le venían como en un sueño, decir en voz alta
la metáfora de belleza definitiva que había concebido en aquel
instante. La muerte le alcanzó con la palabra libertad
atravesada en el pecho.
3
Vindicación
de Baragaño
Vicente Jiménez
En
el número especial de Linden Lane Magazine
(Octubre/Diciembre 1990) dedicado a la literatura y el arte
cubanos fuera de Cuba aparece, más bien inexplicablemente, una
colaboración de Fausto Masó desde Caracas que no sólo representa
una muestra más de su mediocre prosa sino que además constituye
un ataque cobarde e insidioso a la persona y la memoria de José
A. Baragaño. Es curioso que Masó escogiera precisamente esta
oportunidad para dar rienda suelta al resentimiento y el odio
que claramente Baragaño aún le inspira, como si hubiera querido
asegurarse del mayor número de lectores posible en el exilio o
aun dentro de Cuba. El artículo es, decididamente, empeño menor
en aliento tanto como en ejecución, si es que dentro de la obra
del autor sea posible distinguir momentos de mayor o menor
desacierto entre tanta mediocridad casi ininterrumpida. Yo
conocí a Masó brevemente en La Habana, a través de mi amistad
con Baragaño en los días en que éste vivía en La Trocha; alguna
vez coincidimos en la biblioteca del Lyceum o en el café El
Jardín; una noche oí a Masó declamar con entusiasmo su
admiración por la revista Les Temps Modernes que
aparentemente acababa de descubrir en aquella biblioteca; a
Baragaño, por su parte, sólo le oí referirse a él una vez en que
lamentó lo mal que escribía y señaló que le creía incapaz de
escribir siquiera una sola página libre de los más simples
errores gramaticales. (Me temo, por cierto, que el artículo de
marras dedicado a Baragaño es prueba y muestra suficientes de lo
acertado de aquel comentario.) Por lo demás, en aquella
oportunidad Baragaño no tuvo más que cumplidos para Masó en lo
personal e hizo mención, en particular, de su honestidad
intelectual; por lo tanto, que ahora Masó le ataque públicamente
de manera tan virulenta en realidad me sorprende.
Pero ¿no es cierto acaso que Baragaño siempre fue víctima de
tales ataques en vida, que nunca en realidad fue aceptado o
reconocido ni antes ni después de la revolución, que aun hoy,
muerto ya, se le ignora completamente tal como si existiese una
consigna oficial expedida en La Habana y secundada fuera de Cuba
para hacerle desaparecer por completo? ¿Es acaso posible que
los enemigos que hiciera en vida todavía le estén cobrando las
cuentas, tanto en Cuba como en el exilio? Pero ¿y la obra?
¿Puede alguien allá o acá negar el impacto, el ímpetu con que su
poesía irrumpiera en nuestro ámbito por los años cincuenta?
¿Acaso cabe duda alguna hoy día, a pesar del silencio oficial,
del lugar preeminente que su obra poética ocupa en la historia
de la literatura cubana contemporánea? Por lo demás, de lo que
no cabe duda es que Baragaño era un verdadero poeta: así lo
llamó Virgilio Piñera (“Votos y Vates”, Lunes de Revolución,
15 de febrero de 1960) con motivo de la aparición de
Poesía, Revolución del Ser.
Baragaño nació en 1932 en Pinar del Río y murió en La Habana en
1962. Desde 1959 Baragaño se había situado al servicio de la
revolución: así, pues, el poeta surrealista, el manifestante del
Lyceum, el anti-Lezama que yo había conocido en 1955 da paso al
militante revolucionario, al poeta comprometido. Aún sin
cumplir los veinte años de edad publica en París su primer libro
de poesía, Cambiar la Vida (Le Soleil Noir, 1952). José
Antonio Arcocha (“Rescate de Baragaño”, Alacrán Azul, No.
2, Miami, 1971) observa que “las claves secretas de Baragaño
asoman sus rostros en estos textos iniciales: la fascinación con
la muerte, la soledad de las grandes ciudades, la necesidad
imperiosa del amor y el esplendor del destino poético”. Y
añade: “En 1955, ya de regreso en Cuba, el poeta publica su
libro más intenso y desesperado, El Amor Original. Este
libro... constituye un relámpago, un diamante en la noche
cerrada de la poesía cubana... La poesía de Baragaño abría la
puerta a todos los delirios”. En 1958 aparece un estudio de
Baragaño sobre Lam que es, más que crítica o exégesis, un largo
poema en prosa que hace resaltar con notable poderío la belleza
convulsiva de esa gran pintura. Con la publicación de
Poesía, Revolución del Ser en 1960 es claro que el poeta
está ya en pleno dominio de su instrumento poético y consciente
de su alta misión. Virgilio Piñera lo llama un “libro de gran
eficacia poética”, y agrega: “Sin otros presupuestos que los de
la poesía, Baragaño va integrando en los distintos poemas de su
libro algo sin lo cual la Poesía, el Arte todo, no sería más que
mero discurso. Es decir, una concepción del mundo... y lo que
es de mayor importancia, asumida desde el delirio poético y sin
conexión alguna con los modos lógicos de pensamiento”.
He aquí las enumeraciones memorables de “Escrito contra mí”:
¿Y esto que es el hombre
Me perderé y lo perderé de vista?
Y esto el hombre
Que tanto amo que lo pierdo de vista
Grandes son mis ojos y su imagen
La palabra habla la palabra
Garantía de muertes viscerales
En mis manos que no escriben
Escapan una sombría vena en el papel
Como su oído lleno de palabras
La palabra palabra
Reventando las fibras
En el centro del alma
¿De qué me alejo? ¿Qué digo?
Si he perdido lo dicho
En la palabra
¡Que no muera el invierno
Ni la sombra del mundo
en la palabra!
¿Y esto que es el hombre
Derramado como un aceite
Corriendo hacia su destrucción?
Lo condeno
Hablando como un condenado
¿Y esto que es el hombre?
Descuartizado por las fechas
Y los duendes de soga
En las manos
Los pies
En los sexos
En los tiempos oscuros
En que escribo sin verlo
Esto que es el hombre lo toco
En mi hombre
Sustantivo y escribiendo
Sin sentencia de muerte
Con los nervios ulcerados
Con los caños del sueño
Con los dedos sangrando
Con el tiempo podrido de la muerte
Esto que es el hombre que soy
Me lo estoy escribiendo
Sangrando
En la palabra palabra
Cuando escribo sin verlo
Ya perdido de vista
De la luz de los ojos
De las membranas rojas y abiertas
Que la droga del terror ilumina
La palabra palabra
El horizonte de la palabra
Repitiéndose secamente
En las fracturas del alma
En los desgarrones
En el tuétano
En la flor de la esperma
En los tiempos oscuros en que escribo sin verlo
Y esto que es el hombre que soy
¿Quién me lo salva?
Arpón tallado en mi columna
Vertebral rompiéndose en el aire
En el oído en la flor de los muertos
En el cataclismo sin nombre de los vivos y los muertos
Este vivir sin cuerpo
Este vivir sin nombre
Repetido en espejos
Orillas de espuma retráctil amorosa
Este hombre que soy no es acaso el hombre
Hecho a mi terror a mi semejanza
Escrito en mi palabra destruido en mi palabra
En mi hombre de huesos de ceniza
En mi hombre de vida de perro
En mi hombre de verdad y de miedo
En mi hombre torturado y vejado
En el fondo de naves bajo lámparas
Es mi hombre clavado contra el ser
Es mi ser clavado contra el hombre
De uñas y pelos
De caries en el sueño
De excremento y humo
De soledad y estrellas
De ratones salvajes
Y lámparas de aceite
Es mi hombre del alma
Desnudo en palabras
Maltratado en aceite
Hervido en esperma
Contra cuerpos contra piedras
¿Y esto que es el hombre
No lo digo en lo vacío y lo pleno
En el horror del hombre
Que es horror del vacío y lo pleno?
Ahora que escribo sin verlo
Le marcho y lo destruyo
Lo recibo y despido
Más vasto que su semejanza
Y su imagen que se pudre
En mi hombre y no mi dios
De pelos de uñas
De venas de fracturas
Dolores esperanzas
Palabras trizadas por el viento
Mi palabra palabra
Es mi hombre de huesos de hombre
Es mi hombre de fiebre amarilla
Es mi hombre acorralado por el ser
Es mi ser derramado sobre el hombre
Es mi horror del hombre que soy
De su libertad rota de su tiempo de muerte
En su esqueleto de ave derruida
Por la droga del ser
Por la violencia de la materia densa
Como su palabra
Y esto que es el hombre
¿Quién me lo salva?
Me perderé y lo perderé de vista
Pendulando exorcizando
Materias y terrores
Este hombre que soy se disipa
Ahora que escribo contra mi muerte
Ahora que lloro lo que escribo
Con huesos y con sangre
Este hombre que soy
Pesa más mi imagen y semejanza
En la palabra palabra
En el fuelle del pulmón y la esperma
En los huesos desgarrados
En el verbo en el hombre
En la sangre en vilo
En el ojo de su materia
¿Este hombre que soy quién lo salva?
Lo perderé de vista
Contra su hora
Huesos sangre y médula de esperma
Lo perderé de vista.
[De Poesía, revolución del ser]
Ya en “El amor original” se había preguntado:
¿Soy un poeta?
No en el sentido que tú lo entiendes
Tú que ves en una rosa un cuerpo blanco que se levanta sobre un
tallo
Esa rosa que es el mensaje en varias lenguas de niebla
Y uso demasiadas palabras para ser pariente de Igitur
Vivo en el mundo de los sueños y no del mundo de lo que sueño
De lo que me sueña se alimenta mi porción angélica
[fragmento]
Y en “Himno a la muerte” —con la que tiene “una cita informal y
constante”— declara:
¡Nunca más dispuesta mi cabeza para la guillotina!
Para esa nave no soy el último elegido
Que corten las mariposas de mis ojos
El lenguaje cifrado en sus cristales
Adentrándome
No hay adjetivo
Todo es un nombre glorioso como la nada
Queda ahora
Mi único compromiso eterno con la muerte
Como es ella y nada más
Ni alegrías ni auroras triunfales
Sólo el agua es su máximo atributo
Hablaríale con mi lenguaje todo suyo
A su oído levantado
Donde es dulce perder nuestras palabras
Si le buscase un color sería el de los collares de la cobra
Si le buscase un elemento entregaríale el agua
Si le buscase un nombre sería el puro innominado
Oh muerte tú el único misterio efectivo
El único corte pesado
Lástima que no palpite en tu abismo
Mi ser un hueso más en tu blanco esqueleto
Porque no volveré nunca más
A sentir la vida como frescura
Te siento en todas mis resoluciones
En todos mis oficios tenebrosos
Porque eres la muralla civil de la libertad
El privilegio central de todo hombre
Nadie podría morir por mí tú y yo lo sabemos
Y eres la garantía férrea de mi ser
No temo ni adulo tus dones
Te veo esplendente en tu situación de elegida
Morir no significa nada
Porque muerte no significa
Más que la pura y sonora anulación
Morir es caminar por tus abismos
Es consolar la palidez de nuestro rostro
En el único cambio verdadero
Educados para la parda muerte
En tiempos oscuros de miedo y de locura
En que no crecen los árboles ni las llamas
Arrendaremos este campo sembrado de vituperios
Qué somos
A una única potencia su vacío visceral
No sé qué rectitud ideal me la recuerda
Qué reposo innombrable
Qué peso que no pesa
Pero en el fondo de ese espejo
Mientras la libertad y el amor se me dispersan
Tengo una cita informal y constante con la muerte
¡Bello aún el tiempo nada ordena!
[De Poesía, revolución del ser]
Baragaño (“¿Por qué la poesía?”, Lunes de Revolución, 25
de enero de 1960) creía que “poesía es ese habitar en poeta, la
total develación del ser en lo abierto o la simple acción del
sueño y la imagen... Esa revelación del ser que nadie puede
penetrar, la intensidad feroz y combativa que es la poesía, que
habla con la primera palabra, no se obtiene uniendo palabrejas
que se consideran “poéticas”, sino viviendo peligrosamente la
vida. Pero —insistía— vivir peligrosamente es algo más que
correr riesgos. Es abandonar toda atadura, nadar sobre el
encarcelamiento del hombre contemporáneo; romper la red de las
alienaciones y ser absolutamente poetas”. De ahí, pues, que
Baragaño, en mi opinión, después de entretenerse en la aventura
política tal como lo hicieran en su tiempo André Breton y
Tristan Tzara, de no haber muerto súbitamente en circunstancias
harto sospechosas hubiera despertado oportunamente, estoy
seguro, ante la sofocante realidad cubana para situar de una vez
su verdadera vocación, la poesía, por encima del fervor
revolucionario y asumir de nuevo una actitud auténtica ante lo
maravilloso.
Heberto Padilla (La Mala Memoria, Barcelona, 1989)
recuerda los eventos de la noche, a principios de septiembre de
1962, en que murió el poeta después de asistir a una reunión en
el salón de la Unión de Escritores con ocasión de la visita a La
Habana de Roger Garaudy: “Cuando aún Garaudy no había concluido
su intervención, José Alvarez Baragaño me dijo que se sentía
mal, y abandonó la sala. En el taxi que lo llevaba a su casa
perdió el conocimiento y el taxista lo condujo a un hospital
donde llegó muerto, víctima de la rotura de un aneurisma
cerebral. Su cadáver fue expuesto en la funeraria más céntrica
e importante de La Habana. Baragaño era un partidario
entusiasta de la Revolución, acababa de publicar un “Himno a las
Milicias”, y Fidel le había tomado afecto. Todos los miembros
de la Unión de Escritores asistieron a su entierro. El poeta
era también dirigente de la Unión; sus posiciones políticas y
literarias eran polémicas, y sus colaboraciones en Lunes de
Revolución fulminantes. Su poesía ha sido olvidada; pero yo
creo que fue uno de los creadores cubanos de más talento de
aquella época. Su primer libro tomó un verso de Rimbaud como
título, Cambiar la Vida. Surrealista genuino, amigo de
Breton, de Peret y de Lam, llevó esa experiencia hasta sus
límites y sólo tenía [veinte y nueve] años al morir”. Según
Arcocha, en el mismo artículo ya citado, “Una anécdota de
aquellos días nos lo presenta irritado y quejándose de su
imposibilidad de escribir poesía bajo consigna. Lo cierto es
que la muerte lo sorprende después de una discusión con Roger
Garaudy acerca de los postulados estéticos de la revolución...
La muerte congela las posibilidades de un hombre: muchos
escritores que en 1962 defendían la revolución hoy viven en el
exilio. ¿Cuál hubiera sido el destino de Baragaño si la ‘parda
muerte’ no lo hubiera alcanzado?”. Asimismo, Alberto Baeza
Flores (La Poesía Dominicana en el Siglo XX, Santiago,
República Dominicana, 1977) al subrayar la importancia de la
obra de Baragaño, así como la de Fernando Palenzuela, dentro del
surrealismo latinoamericano concluye así la ficha biográfica del
primero: “En 1962, en La Habana, participa en una discusión
pública. Resucita el antiguo Baragaño, pero deben conducirlo al
hospital, donde muere”. Si además se tiene en cuenta el
testimonio personal de Hortensia Gronlier viuda de Baragaño,
notable pintora cubana establecida en Miami, describiendo en
detalle las últimas horas del poeta, hay que rechazar totalmente
la versión simplista y denigrante que ofrece Fausto Masó en su
afán por propagar toda clase de infundios contra Baragaño.
Por último, Masó se refiere a Baragaño como poeta menor que
escogiera “la vía escabrosa del surrealismo” (Masó, además de
sus problemas con la gramática, parece incapaz de resistir el
uso de un manido cliché) y quien “cuando murió aspiraba a ser
poeta oficial”. Octavio Paz (La búsqueda del comienzo,
Madrid, 1974) observa que “el surrealismo —en lo que tiene de
mejor y más valioso— seguirá siendo una invitación y un signo:
una invitación a la aventura interior, al redescubrimiento de
nosotros mismos; y un signo de inteligencia, el mismo que a
través de los siglos nos hacen los grandes mitos y los grandes
poetas. Ese signo es un relámpago: bajo su luz convulsa
entrevemos algo del misterio de nuestra condición”. Creo,
precisamente, que en la alta magia poética de la obra de
Baragaño se encuentran esa invitación a la aventura interior y
ese signo de inteligencia que, según Paz, son lo mejor y más
valioso del surrealismo. En cuanto a sus supuestas aspiraciones
a ser poeta oficial, nadie que haya conocido a Baragaño habrá de
creer tal falsa alegación. Baragaño, el poeta surrealista, se
incorpora a la vanguardia de la revolución porque tal actitud
está de acuerdo con el papel histórico del surrealismo como
movimiento político. Pero así como Breton en su tiempo
enseguida reconoce que la creación poética se hace imposible en
un medio donde no exista absoluta libertad individual, así
Baragaño ya en 1962 comienza a decir otra vez en voz alta lo que
hacía tiempo silenciaba y, por ello, paga con su vida. En
realidad, no es extraño que aun después de muerto Baragaño sea
atacado con rencor y resentimiento como lo hace Fausto Masó. A
éste, hombre de mala prosa, le parece curioso el que le llamen
poeta por las calles de Caracas (“poeta” suelen llamar los
venezolanos a todo artista, escritor, intelectual, profesor,
periodista). Yo no sé si Masó sea poeta. Pero Baragaño sí fue
un verdadero poeta, acaso el poeta cubano más importante de
nuestra generación.
Fort Lauderdale, verano de 1991 |