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Vertiente Norte, de Marissa Arroyal

Ítalo Tedesco

Vertiente Norte, de Marissa Arroyal, es un hogar de las palabras, que simboliza en camino de andaduras existenciales, entre enigmas y una que otra certeza, como debe ser, y en brújula abierta al buen decir de la revelación, en brevedad lindante con el milagro propuesto al lector, en la internalizaciòn de una búsqueda de ultimidades, con la naturaleza como "axis mundi", lugar de lo sagrado, devenido en templo, por una escritura, que -por fortuna- no intenta describir, sino plantear interrogantes de origen y destino.En el Dialogo Íon, Platón percibe al poeta como un intermediario entre los hombres y un "daimon”, especie de espíritu divinal, que lo prepara la creación. Ese basamento idealista se desestimó por siglos, por la preeminencia de la mimesis aristotélica como esencia del quehacer artístico. Y la óptica de los romanos en torno al poeta, como vate o adivino, se hace plenitud, en el siglo XIX, con la Carta del vidente, de Arthur Rimbaud. Se prepara así la concepción moderna del "poietés", como hacedor de mundos con la palabra, en situación similar a los dioses de todas las mitologías, en el trance cosmogónico de inventarse realidades en el mitema del Génesis.

Esa actitud se lee en Vertiente Norte. Marissa Arroyal, consciente de que la poesía es para evocar y no nombrar, para sugerir y no detallar, ideal caro a los Simbolistas franceses, sigue el consejo de Vicente Huidobro: "inventa mundos nuevos y cuida tu palabra". Y da lugar, como poeta a imaginarios donde lo insólito es una propuesta para conmover, y para aludir al fisiucentrismo, la actitud sacralizada en la que, lejos del panteísmo romántico, la naturaleza se hace un solo ser y una sola carne, con el escritor.

El espejo del mar
no me abandona
a veces se encabrita
y me clava cristales en la roca
Así recuerdo.

Cuando digo que "el pájaro hace su nido en el arco iris" hablo de algo que "nadie vio", que nadie ha visto, y que "nadie vera", pero que todos quisieran ver. Así explicaba el acto creacionista, a comienzos del siglo XX, Vicente Huidobro. Y no han perdido vigencia sus palabras. En Vertiente Norte hay una sacramentación de un imaginario físico, mostrado como confidencia abierta en la que lo novedoso tiene lugar, desde el ejercicio de una escritura que funda cosmogonías, como en el mito, uno de los sustentos de la función poética, detenida en el lenguaje, como centro de reflexión."La danza de las lagartijas", que "precipita un azul" y las "miradas/que descubren/el sol/en las cuencas vacías de sus ojos" son muestras de esa invención que remite a paraísos -o a infiernos- solo localizables en los ámbitos de lo onírico o de lo alucinatorio, en virtud de que el trabajo sobre las palabras va más allá, de lo que en el universo lingüístico denominan "función referencial".

Si el narrador y el ensayista viven desde psicologías tendientes al desarrollo y a la expansión, el poeta se mueve por territorios de síntesis y de brevedad. Por eso su palabra se acerca a la revelación. O al conjuro. O al exorcismo de la palabra, que intenta salvar como unidad, que puede contener a un mundo. Es una de las claves mejor escritas por Jorge Luis Borges: en la unidad cabe la diversidad. Y es un saber lingüístico aquel que prueba que a menor complejidad sintáctica, es mayor la posibilidad de trascender en la sugerencia semántica.

Marissa Arroyal  percibe que "un canto de chicharras moribundas" sostiene "el firmamento". Y que es

De plata y lapislázuli
la libélula
única alhaja de esta
pálida mañana

En este modo de poetizar recuerda  los cantores del impresionismo para quien la poesía debía hacer lo mismo que la pintura: captar en trazos, y en palabras en la literatura, la imagen, en el momento justo de su contemplación. Sin adornos y sin adjetivos, que "cuando no dan vida, matan", en paráfrasis de Vicente Huidobro. Y un texto interesa cuando con el se puede establecer intertextualidad con otros, ascendentes suyos por parentesco, en el laberinto, o en la biblioteca, de la literatura universal. Cuando la autora de Vertiente Norte escribe que "la hoja ensartada/en la lanza del pasto/oscila "entre la tierra y el cielo" se acerca a la brevedad de los "hai kai", de Japón, que sirvieron de norte a esclarecidos poetas de Latinoamérica, como José Juan Tablada, de México, y Luis Barrios Cruz, de Venezuela.

La única salvación verdadera es la de las palabras. Lo he escrito en alguno de mis libros. Pero es una sanción inútil. Por efímera y fugaz. No hay respuesta para las preguntas que apuntan a la ultimidad. Y de nada sirve confiarse a verdades relativas, que no son testimoniantes sino may bien, y para peor, testimonieras.

Marissa Arroyal es poeta de fe y se sustenta en creencias y certezas. Poesía y religión pudieran ser en ella variantes de una escritura, y de allí que guste tanto de la concisión de lo que pareciera ser revelado. Y ha honrado a quien presenta su libro, pese a que éste, como el hablante de La náusea, de Jean Paul Sarte, piensa que en el mundo "se esta de más, para siempre".

Generosa concesión la de la autora. Pero el que echa a navegar sus poemas con sus palabras liminares, como usuario de Vertiente Norte no deja de advertir para su satisfacción que en este libro, hay sintonías con sus desiertos y con sus inquietudes, en una vida que se ha hecho, por suerte, un puro preguntar. "De qué brillo es la nostalgia".  Quédarle a cambio/ a quien me revela las virtudes del fuego". Son los versos de Marissa Arroyal, que pueden originar encrucijadas interiores y esa es razón para leerlos una y otra vez. Como lo es la escritura depurada en el rigor que acorta la expresión. Pero el poeta puede apartarse de las seguridades de la fe. Y en Vertiente Norte se leen certezas del único modo posible de vivir, que es el del vía crucis. "Paso repleta de cicatrices". "Modulo la única secreta/palabra que aun retengo". "Quien osaría transitar esa dolorosa blancura".

Para los mayas, y lo dice bien el Popol Vuh, el agua es el nahual, el doble protector de toda vida. Que esta Vertiente Norte, luego de nacer entre montañas, se abra paso, y lleva buena brújula, hacia el mar y tenga buena navegación en las manos de los lectores. Es el deseo de este cronista. Y más allá de él, en compañía de la autora, y en el tormento devenido en costumbre, por la indefensión còsmica, se sigue preguntando. "Cómo emprender el difícil camino del tesoro".

Marissa  Arroyal Ordeix. Venezolana nacida en San José de Mayo, Uruguay. Ha publicado: Vertiente Norte, Mención de Honor, V Bienal de Literatura Mariano Picón, (Ediciones Actual, Mérida, Venezuela, 2001);  Guaraira Repano, poemario premiado en el Certamen Mayor de las Artes y las Letras (Consejo Nacional de la Cultura, Caracas, Venezuela, 2004), y Sueño un segundo antes de despertar, XXI Premio Internazionale di Poesia Nosside (Antología Nosside, Edición Bilingüe a cargo del Prof. Paquale Amato, Cittá del Sole Edizioni, Reggio Calabria, Italia, 2005). Premio Único Bienal Latinoamericana de Literatura Infantil “Canta Pirulero 2004”, con el poemario La montaña que vino del mar (Monte Ávila Editores Latinoamericana, en imprenta). Seleccionada para una residencia en México a través del Programa de Residencias Artísticas Venezuela-Colombia-México (Pira 2005).

 

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