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Lorenzo Garvía Vega: preguntas a
un escritor albino
Pablo de Cuba Soria
Lorenzo
García Vega (Jagüey Grande, Cuba, 1926) es de los últimos raros
de la literatura de habla hispana. Desde que en 1948 publicara
el poemario Suite para la espera (La Habana, Ediciones
Orígenes) comenzó a revelarse lo que hoy resulta una escritura
enrarecida, extraña, burlona de torpes encasillamientos. Lorenzo
García Vega es un tremendo creador que ha sostenido su
existencia desde y para la literatura; de ahí que haya optado,
como titula sus memorias, por el oficio de perder. Un escritor
que habita (se inventa) un lugar llamado Playa Albina. [PCS]
PCS - Se acaba de publicar tanto en México como en España sus
memorias, El oficio de perder. ¿Qué representa este libro
para usted a sus 78 años, después de una vasta obra que data
desde el 1948 cuando publicara en Cuba el poemario Suite para
la espera?
LGV - Representa una iniciación que comenzó cuando, al ponerme
el uniforme de bag boy para trabajar en Publix, terminé,
como única alternativa, convertido en escritor de autobiografía.
Pero…, te he respondido inmediatamente y…, resulta que me está
entrando miedo. ¡Miedo! Ya que empiezo a mirar para otra parte,
no vaya a ser que me encuentre con los fantasmas. Pues fíjate en
lo que empecé diciéndote, Pablo: iniciación. Pero ¿cómo he
podido decirte esto? ¿Pues qué clase de iniciación puede
pretender un viejo bag boy que acaba escribiendo una
autobiografía? ¿No será que me estoy soñando la muerte? No sé
qué contestar. Después de esta autobiografía que acabo de
publicar, me parece que me están sucediendo cosas raras. No sé,
quizá tendría que verme con algunos teósofos, a ver qué cosa me
podrían decir.
Después de El oficio de perder ha publicado Papeles sin ángel,
un raro libro difícil de encasillar, por suerte, en género
alguno.
LGV - Papeles sin ángel, son, o creo que son, minicuentos: un
anticipo de otros mini, Cuerdas para Aleister, que acaba
de publicar la editorial tsé-tsé de Buenos Aires. ¿Soy difícil
de encasillar? Quizás, te confieso que no me gustan los géneros
-a mí, por ejemplo, los poemas poemas, los poemas pertenecientes
al género poema, me molestan con su ruido como de zapatos de
charol recién estrenados. Pero, por supuesto, esto que te acabo
de decir, y que puede parecer una greguería, es un prejuicio.
Nosotros, los viejos, y más cuando somos viejos que nunca
supimos fabricar bien un poema, estamos llenos de prejuicios.
Pero, para hacerte el cuento corto, creo que me están gustando
los minicuentos, ese género que parece que se ha puesto de moda.
Y es que a mí me gusta caer sobre las modas como antes, en mi
infancia, caía sobre los juguetes: dispuesto -hachita en mano- a
romperlos, a ver lo que tenían dentro.
PCS - Usted habla de “poemas poemas''. Dentro de toda su obra,
el único libro que podría llamarse de poemas es Suite para la
espera , que publicó en 1948. Pasado más de medio siglo, ¿qué
experimenta al abrir las páginas y pasar la vista por los versos
de Suite?
LGV - Pero ¿es que ha pasado medio siglo? ¿Cómo, Pablo, se te
ocurre decir eso? Pero…, como lo has dicho, ya no tiene remedio.
Vamos, entonces, a servirnos otro vaso de scotch. El scotch,
siempre lo he sabido, es la más segura vía para hablar sobre
temas literarios. Pues bien, hace medio siglo que escribí
Suite, y ahora, con mis 78 años, no me arrepiento. Es más, y
te voy a hablar bajito para que nadie lo oiga: en esa Suite
está (vanidoso que soy) la mejor escritura automática que se ha
escrito en Cuba. Una escritura automática que ahora, incluida en
Un nuevo continente. Antología del surrealismo en la
poesía de nuestra América, el texto antológico que el
brasileño Floriano Martin acaba de publicar, le veo la frescura
y fuerza con que la escribí, la frescura de hace medio siglo que
no ha perdido. Pero, vamos a dejar eso que te estoy diciendo,
pues hay en el jardín un pájaro albino, y nunca está mal el
ponerse a contemplar un pájaro albino, lo demás es literatura.
PCS - Dice usted algo tremendo: ''un pájaro albino en un
jardín''; y pienso enseguida en Playa Albina. ¿Qué es
exactamente ese lugar donde ''en algunas ocasiones'', como usted
apunta en sus memorias, ``perdiera el sentido de la realidad''?
LGV - ¿Dije que aquí he perdido el sentido de la realidad? Sin
embargo, no concibo al escritor no-escritor que me he inventado
-uno siempre se inventa-, así como no concibo a ese heterónimo,
el doctor Fantasma que por tantos años me ha acompañado, sin
esta Playa Albina, el lugar donde de sopetón (llegué aquí
alcoholizado, y con el buen propósito -propósito que, por
supuesto, fracasó- de encargarme de una librería) encontré que
mi pasado, mi manera de inventarme mi pasado, se había
transformado en un Laberinto donde, pese a la confusión, a veces
no dejaba de tocar fondo. Pero ¿fondo? Pero ¿de verdad, a veces,
he tocado fondo? ¿O no es que todo este delirio que estoy
diciendo sobre un pasado metamorfoseado en Laberinto, no es otra
cosa que la alucinación que, por entre los canales de esta Playa
Albina, me ha ido produciendo una musiquita. La musiquita de un
carrito de helados. La musiquita que oí en mi infancia y que
ahora, y que ahora en esta Playa Albina donde se pierde el
sentido de la realidad, la vuelvo a oír, enredada con la visión
de unos canales.
PCS - De su segunda obra, Espirales del cuje , un libro que
fuera Premio Nacional de Literatura en la Cuba de 1952, recuerdo
un pasaje donde se lee: ''cuje de mis reminiscencias''. ¿Todavía
habitan a Lorenzo García Vega esas reminiscencias, ese Jagüey
Grande de los finales de los años veinte y primera mitad de la
década del treinta cubanos?
LGV - ¿Todavía habitan…? Sí, por supuesto, moriré enredado con
reminiscencias y fantasmas. Es mi oficio de perder, o mi oficio
de manipulador (manipulador manipulado) de fantasmas. Y, además,
como muchas de mis reminiscencias están ancladas en los finales
de los años veinte, también puedo decir que yo siempre estoy
confundido con el manchón de sombras de las películas silentes
que vi en el Cine Mendía, el cine de Jagüey. Películas de Tom
Mix y otros vaqueros de cine mudo que, para siempre, me marcaron
con una como anacrónica (yo siempre he sido un vanguardista
anacrónico) sensibilidad de mundo silente. Pero también las
sombras silentes de las películas se me enredaron con el
cubismo. Sí, con el cubismo. ¿Y cómo así? Muy sencillo, te lo
voy a explicar. Leonardo Acosta, un pintor vanguardista, fue el
que, en 1926, el año de mi nacimiento, metió en la portada de la
Zafra, el libro que ese año publicó su hermano Agustín Acosta,
una visión del Central Australia (el Central que quedaba cerca
de Jagüey, y donde yo me pasaba largas temporadas, ya que ahí
vivía la familia de mi padre) cubista, y con estructura a lo
Fernand Leger. Por lo que resultó entonces que como yo, niño
inteligentísimo, y de una precocidad suficiente para anonadar a
cualquiera, me di cuenta de lo que enseñaba la portada de
Acosta, pude entonces criarme, diríamos, alimentando mi mirada
con la visión de un Central cubista. ¿Te das cuenta de esa cosa
tan linda? Yo, entre tantas cosas bonitas de mi infancia, tuve
no sólo el privilegio de tener la visión de un Central cubista,
sino que también, desde esa temprana edad, me convertí en un
niño cubista. ¡Te imaginas! Yo, niño cubista frente a un Ingenio
cubista, llegué a ver a los faroles que acompañaban a las
carretas como si fueran ''machetes de la sombra''. Y visiones
cubistas como esas, las recogí en mi libro Espirales del
cuje. Fue muy lindo, repito, ser un cubista, y no me explico
cómo puede haber gente tan tonta que pueda ver lo cubista como
si fuera una cosa abstracta. ¿Abstracta?, yo me he jugado la
vida con esa visión…
En no pocas ocasiones -tanto en su escritura como en otras
entrevistas- usted ha señalado su manera de vivir como un
''literatoso''. Dos preguntas surgen entonces: PCS - ¿Qué
significa (o es) una forma de vida literatosa? ¿Y cuáles
creadores y obras la han sostenido?
LGV - ¿Literatoso? Es el riesgo que conlleva el pertenecer a la
farándula literaria. ¿Definir lo literatoso? Es la mezcla de lo
loco que todos somos, con el delirio que conlleva esa vocación
literaria que nos mete de cabeza dentro de las bibliotecas:
acuérdate que Musil llamaba a las bibliotecas ''manicomios de
libros''. Así que, parodiando a Darío bien se puede decir:
¿Quién que es no es literatoso? Pero, sobre todo, lo bueno de
reconocer que uno es un literatoso es que esto nos vacuna contra
la seriedad de los bombines. Pues es que, paradójicamente, el
reconocer que se es literatoso, o sea, el no tomarse demasiado
en serio, es lo que aquellos que somos, y siempre hemos sido
serios, siempre hemos tomado en cuenta. Pues tú sabes que lo
demás, lo serio, conduce a la política, y la política conduce a
ponerse un bombín, y el bombín conduce a esa teleología insular
que puede llevarnos a ser canchanchanes de caudillos.
PCS -¿Y qué creadores? …
LGV - Me da pena decirte que no sé contestártela. ¿Creadores y
obras que me han sostenido? Eso se ha integrado en un mundo, con
su tiempo y sus dimensiones, el cual se ha concretado en leyes
especiales, y al cual he ido metamorfoseando a través de mis
sueños. No sé cómo explicarte. Mis lecturas, mis influencias, se
han convertido en cristalitos de un caleidoscopio interior.
Mira, qué sé yo, ¿cómo explicarte? En un libro del argentino
Ricardo Piglia titulado El último lector, éste nos habla
sobre el acto de leer, y nos dice: ''lo que podemos imaginar
siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano,
igual que en un sueño''. Pues bien, yo no he podido dejar de
fijarme en eso, y entonces me he puesto a pensar que, si, por
ejemplo, en una tarde gris y lluviosa muevo los cristalitos del
caleidoscopio de mis lecturas, puedo llegar a tener ante mis
ojos un paisaje diríamos de un autor polaco, diríamos de Bruno
Schulz, pero si entonces trato de narrar esa tarde gris y
lluviosa ¿debo dejarme llevar por la influencia inmediata del
polaco Shultz, o debo considerar esa influencia como una escala
con la cual debo contrastar, la tarde gris que tengo frente a
mis ojos con las imágenes leídas en Shultz? O sea, ¿debo dejarme
llevar por la influencia, o debo considerarla como un material
objetivo de trabajo? Pero, dejemos esto. Yo siempre me meto en
camisa de once varas.
PCS - Usted fue (es) el escritor más joven de lo que se ha dado
en llamar la ''Generación'' o ''Grupo Orígenes'', creadores que
giraron en torno a la revista homónima que dirigiera José Lezama
Lima. Pero creo que su obra ha experimentado, in crescendo con
los años, una abismal ruptura (desvío) con respecto del centro
estético origenista. Usted, que desde un principio se mostró
equidistante de los demás origenistas, ha transitado de unos
pasmosos arlequines a un home lleno de viejos autistas y
suicidas. Ahora bien, más allá del bien y del mal, ¿qué queda
todavía en García Vega de origenista?
LGV - Creo que después de haberme metido en el Laberinto de mi
autobiografía, El oficio de perder, salí ''desorigenizado''.
Me siento más albino que origenista. ¡Es raro el asunto! Pues,
paradójicamente, siento que mi libro, Los años de orígenes,
es todavía un libro origenista, un libro en que todavía me
siento identificado con aquel fiestongo. Pero ya, no. Ya, ahora,
hasta me siento alejado de aquella pasión con que me expresé en
Los años… Y es que, repito, la entrada en el Laberinto me
ha convertido en un albino casi sin pasado, ni paisaje. Pero
¿cómo explicar esto? ¿Tendría que escribir otro libro? |