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Juan Manuel Roca: Mantenerse
despierto
José
Ángel Leyva
JAL - La primera ocasión que tuve un encuentro con la
poesía de Juan Manuel Roca fue en Casa Silva, en Bogotá. La sala
estaba llena y el público era en su mayoría gente muy joven. La
voz pausada de Roca hizo notar primero su posición ante el
secuestro del hermano de María Mercedes Carranza, la poeta y
directora de Casa Silva, y frente a los hechos de violencia que
tienen secuestrado desde hace ya demasiado tiempo a Colombia,
donde se ha dejado de viajar por tierra si no es a riesgo de
perder la vida o por lo menos los bienes que se llevan consigo.
La lectura de Juan Manuel surtió su efecto cuando desgranó
lentamente cada uno de sus versos y transmitió su peso, la carga
emotiva y conceptual con la que están dotados.
La poesía de Roca está forjada sin demasiados juegos retóricos,
no obstante que echa mano de los recursos que otorgan las
posibilidades connotativas y denotativas de las palabras, sus
imágenes son contundentes y bien dosificadas, sin excesos,
narran y a la vez puntualizan el acontecimiento poético, buscan
la brevedad y el efecto certero del poema en su conjunto, a la
vez que revela en cada una de sus líneas el brillo de una
inteligencia aguda e ingeniosa. Como la mayor parte de la poesía
colombiana tiene el encanto de lo vivencial y de lo cotidiano,
también del mito. La obra poética de Roca es vigorosa, elástica,
proteica y sin duda ambiciosa; manifiesta un fuerte trabajo de
diseño y de corrección, de arquitectura y de albañilería, de
conceptualización y de azar intensamente invocado. Trasmina sus
lecturas y sus pasatiempos, sus juegos y sus alquimias. Una
poesía comprometida con su realidad sin imponer banderas,
silogismos, consignas o amargas quejas maniqueas donde, lo
sabemos, campea la muerte y el absurdo, pero donde dice Fernando
Vallejo habita la gente más feliz del mundo. Comencemos entonces
por esta afirmación del escritor que en su obra devela un país
donde matar es una forma libre de expresión ciudadana, donde
García Márquez describe más de medio siglo de violencia política
y desangramientos nacionales.
Pregunto entonces, con base en mi preámbulo, entre la tragedia y
el carnaval que denota la literatura que da cuenta de tu país
con gran éxito comercial y la escritura en abundancia de los
poetas que sin arengas ni tremendismos, tampoco sin estéticas de
la violencia o fórmulas mágicas de la realidad (también sin
ventas), ¿cuál es tu visión de casa, la que tuviste cuando en la
infancia y en la adolescencia viviste en otras atmósferas, en
otros países y cuando retornaste, cuando tomaste la decisión de
que estabas en el lugar, en tu lugar? Inicio así porque es
quizás la forma de entender a sus moradores, de los cuales tú
eres uno con voz propia: “Yo era muy joven entonces, tenía el
sol como única mira y/ minar las palabras me era grato. Los
años, tal vez los/ descalabros, fueron suavizándome los gestos:
y no edito/ mordaces panfletos que quisieran despertar el país
de los idiotas.” (“Panfletos”)
JMR - Me agrada, José Ángel, que hables de atmósferas, algo que
resulta para mí sustancial al hablar de poesía. Y más aún de
esas atmósferas que viví en mi primera infancia y en los albores
de mi adolescencia por fuera de Colombia. Unos años de esa
infancia fragmentada transcurrieron en París y en Madrid y
posteriormente en ciudad de México, por algunos cargos
diplomáticos que tuvo mi padre, que fue miembro del partido
conservador de mi país y admirador de Primo de Rivera, pero
bastante contradictorio en sus gustos estéticos y en su amistad
con muchos hombres de izquierda. Era, lo pienso ahora, para bien
o para mal, una suerte de anarquista de derechas. Yo no lo
intuía aún, pero ese iba a ser un rasgo que habría de
distanciarnos muchas veces, y que se reforzaría en mi juventud
durante y después de un período en que viví con mi tío materno,
Luis Vidales, comunista y poeta autor del único libro de
vanguardia colombiano, “Suenan Timbres”, de 1926. Pues bien, más
allá de esta digresión de atmósfera familiar, tengo por razones
cronológicas pero más aún espirituales, ya que fue el país del
que mi familia regresó a Colombia, más recuerdos y sensaciones
de México que de Francia o de España. Los olores y los colores y
los sabores de México me acompañaron durante mucho tiempo al
regreso a mi país. Cómo olvidar los cientos de partidos de
fútbol que jugué en la calle donde vivíamos, que tenía el
honroso nombre de Lope de Vega, en Chapultepec Morales, en esos
años cincuentas que aún transcurrían en la región más
transparente del aire, saqueando la expresión a don Alfonso
Reyes, o los estridentes combates de lucha libre en la Arena
Coliseo vistos en la pantalla de la televisión, o una pequeña
maleta donde guardaba como un tesoro las máscaras de luchadores
como Blue Demon o El Santo, o los muchos mexicanismos que mis
amigos colombianos no entendían adosados a historias que
entreveraban al Emperador fusilado con “La Tariacuri”, a Tláloc
con Pedro Infante, a Emiliano Zapata con Agustín Lara. Cómo
olvidar esas atmósferas que conformaban una parte fundamental de
mi memoria y por supuesto, de mi equipaje afectivo.
Todo eso, a su vez, se entremezcló al volver a mi país con Simón
Bolívar y los ciclistas colombianos, con la estación del tren de
Medellín y el río Magdalena, con Manuelita Sáenz y el “Bogotazo”
del 9 de abril, con un ídolo del fútbol nacional llamado el
“Caimán” Sánchez y con las historias embozadas de bandoleros y
fantasmas, con el clarinete de Lucho Bermúdez y la violencia y
el jaleo en las montañas. De manera, mi querido José Ángel, que
sólo después de mucho tiempo supe que estaba en mi lugar, en un
país cuyas atmósferas ya habitaba y me habitaban, desglosadas
entonces, poco a poco, de mi estancia mexicana.
Aunque sé que ya en otras conversaciones has referido y descrito
tu relación con la literatura desde la infancia, cuéntame un
poco de ese viaje que significó la primera etapa de tu vida, los
cambios, los encuentros con los libros que definirían tu
vocación por las palabras escritas y las causas que despertarían
ese gran amor por la cultura de tu país. “Y yo aventuro mi voz/
por esta tierra de dioses y de adioses” (“Cantata del país
salvaje”)
El amor por la cultura de mi país me vino de las historias
familiares contadas sin afán educador, como al desgaire. La vida
y la obra de Simón Bolívar, o de su maestro Simón Rodríguez, las
leyendas y los mitos populares, las lecturas colectivas de
Emilio Salgari, fueron algo así como mi edad de cromagnon
literaria. Luego aparecieron los libros de una manera si se
quiere más abierta, tras la lectura de “La Vorágine”, de José
Eustasio Rivera y de la poesía de José Asunción Silva, en un
plano que podría llamar, privativamente, nacional. Y Rubén Darío
y Federico García Lorca, en un plano de la lengua que entonces
sospechaba más universal.
JAL - José Asunción Silva, José Eustasio Rivera, Porfirio
Barba Jacob, Gabriel García Márquez ¿Qué te decían a ti como
escritor joven o como aspirante a serlo?
JMR - A los autores que me recuerdas los leí en diferentes
épocas por primera vez. A Silva lo hice desde el colegio y
siempre me gustó su música, su eufonía y, sobre todo, esas
atmósferas de nocturnidad que me atraían sin explicación
racional, desde su misteriosa “música de alas”. Luego, de una
manera más conciente y pasional lo leí para descubrir a un poeta
objetalista, alguien que le daba animismo a los objetos como
señalando la ironía de que estos sobrevivan a sus dueños. Silva
es el primer poeta de la modernidad colombiana. Con Rivera me
adentré en una prosa arborescente, en las espesuras del
lenguaje. “La Vorágine”, su novela de 1924, donde dice en sus
páginas iniciales que “jugué mi corazón al azar y me lo ganó la
violencia”, parece una divisa para toda la posterior literatura
colombiana. Después de casi 80 años, es la expresión que, por
desventura, quizá más nos define. Una violencia que va desde las
caucheras de la Casa Arana hasta los cultivos de cocaína y de
amapola, desde la violencia institucional hasta la violencia
guerrillera. En cuanto a Porfirio Barba Jacob, él es nuestro
judío errante, nuestro Ahasverus, alguien que sintó “alondras
ciegas por las selvas oscuras” y que fundó periódicos en toda
América, alguien que escribió uno de los más bellos poemas
escritos en Colombia, “Los desposados de la muerte”. Porfirio (a
quien el formidable poeta Aurelio Arturo llamaba Perfidio), que
gustaba de vociferar sus propios versos: “frente a la muerte,
coros de alegría”, habría de morir en México, país en el que
pretendía sumarse a las huestes de un general manco, Álvaro
Obregón. Su vida y su obra se entremezclan y es lo que impulsa a
los críticos a no saber en dónde empieza una y comienza la otra.
A propósito, es muy bella la biografía que escribió sobre Barba
Jacob el también colombiano Fernando Vallejo. Hagamos ahora una
estación en los predios de Macondo. La primera vez que leí a
Gabriel García Márquez, como cuando leí las novelas de Héctor
Rojas Herazo, el escritor de Aracataca me suscitó lo que a todos
los escritores en ciernes. Y era, por supuesto, una obvia
pregunta. ¿Cómo diablos se dio esta manera de ser en la
literatura, de qué cabeceras viene esta seducción verbal? Pero
también me sentí, frente al realismo mágico, como un ser
bastante común y corriente, un Bartleby gris sin exotismos a la
moda. De qué iba a hablar yo, me preguntaba, si nunca tuve una
abuela autista que engullera luciérnagas o cosa parecida, como
se empezaba a exigirle, sobre todo desde el lector europeo, a
todos los escritores de América Latina. En realidad, el
deslumbramiento ante García Márquez me llegó, más que por “Cien
Años de Soledad”, por “El Coronel No Tiene Quien Le Escriba”, un
libro que a cada tanto releo. Esa maquinaria de relojería, ese
corpus donde no sobra ni falta una palabra, me resulta siempre
asombroso. También me emocionó en otros de sus libros la pulsión
que hay en torno a la violencia: es como si señalara un
paréntesis de la violencia, de una violencia que ya ocurrió o
que va a ocurrir, como recordando una frase de Carroll en torno
a la ley: “la ley es mermelada ayer y mermelada mañana, pero
nunca mermelada hoy”. Se puede hacer una paráfrasis de la frase
de Lewis Carroll para decir que Colombia es un país de ayer y un
país de mañana, pero nunca un país de hoy. Todos estos
escritores que ahora me recuerdas y me traes de un pasado de
lector, son parte de una tradición literaria para nada
desdeñable en el mapa de nuestra lengua común.
JAL - Por tu edad puedo deducir que los movimientos
estudiantiles de 1968 y la gran rebelión juvenil en Occidente,
que en México significa masacre, y para la historia la
resistencia de Vietnam ante la mayor maquinaria de guerra ¿Qué
representan esos acontecimientos en tu formación literaria, en
tu escritura, en tu vida?
JMR - Vietnam y Tlatelolco son, más que dos lugares, dos hechos
fundamentales para una buena parte de mi generación. El primero
es para mí el acontecimiento político, sustentado en lo militar,
más importante del siglo XX. La derrota de un imperio por
fuerzas de la imaginación y de la verdad. En cuanto a Tlatelolco,
esa sí es una verdadera “noche triste”, una mancha negra en la
memoria latinoamericana. Son, qué duda cabe, dos hechos de
signos muy, pero muy diversos, como el septiembre del 73
chileno, del que escribí un pequeño epigrama: “pasado el tiempo
propicio de los sueños,/ el estupor,/ la muerte en las calles
patrullando”. Y son, también, acontecimientos que se asomaron a
inquirir en mis papeles, a cuestionarme, reforzando mis ideas y
no pocas veces forzándome a la escritura. Son asuntos enmarcados
en la historia que me llevaron a coincidir con Gustave Flaubert,
en algo que refuta una frase manoseada de Hölderlin cuando se
pregunta para qué la poesía en tiempos sombríos. Porque todos
los tiempos han sido sombríos, querido José Ángel, lo que haría
que el arte siempre, y tomando a la poesía como su epicentro,
resultara extemporáneo, e inútil. La frase del autor de “Madame
Bovary” me resulta terrible además de contundente: “el arte,
como el Dios de los judíos, se alimenta de holocaustos”.
JAL - La pregunta anterior viene por ciertas sugerencias que
hace tu poesía y quizás por la emergencia tardía de ese
movimiento de vanguardia colombiano que fue el nadaísmo, cercano
ya a la década de los años sesenta, luego por una generación que
no sabe como llamarse y encuentra en ese hueco su propia
denominación, “sin nombre”. Aunque siempre en grupos de amigos
no se te ubica, me parece, en ningún movimiento o grupo
literario. Quizás tu podrías aclararlo. Pero hallo fuertes
rasgos surrealistas en ciertas fases de tu obra, un surrealismo
ya muy digerido y aplicado más como recurso retórico que como
sentimiento de vanguardia. ¿Lecturas de los neofreudianos y
neomarxistas, de los beatniks, Trilce, de Vallejo, Breton?
JMR - En realidad, José Ángel, descreo de los surrealistas
ortodoxos pero no de la surrealidad, esa que no fue inventada en
París sino que se encuentra aún en el ciclo clásico, esto es,
las preocupaciones por el trasmundo y los nexos entre el sueño y
la vigilia, que también es una constante en la poesía náhuatl y
en general en todo el orbe precolombino. Se necesita ser muy
limitado para no ver el aporte del surrealismo, más allá de la
tontería automática. El surrealismo fue un gran liberador, no
tanto como para creer con Max Bense que poesía es cuando dos
palabras se encuentran por primera vez, ni para creer con
Tristan Tzara que el pensamiento nace en la boca, pero sí para
saber que si un pájaro se pone a pensar por qué está volando,
seguramente se cae. Es decir, para permitir el rapto poético, la
fuerza del inconsciente. Claro que creo que todas esas
intuiciones deben pasar por una suerte de aduana del
pensamiento, ya que la poesía es una forma del pensar. Es así
como, decía el pintor Georges Braque, “al poeta le es dado decir
‘una golondrina apuñala al cielo’ y hacer de esa golondrina un
puñal”. Pero fíjate, en verdad a los beatniks no los leí mucho
en lo que atañe a su poesía, con algunas excepciones
intermitentes de poetas como Lawrence Ferlinghetti y como
Gregory Corso. Leí con más atención las novelas de Kerouac, esas
sagas de cantantes de blues y vagabundos, de polizones de tren y
seguidores de Buda o de Thoreau, el desobediente civil, el
libertario. Ahora, por supuesto que esa yunta que me señalas,
conformada por dos poetas de diferentes culturas y procedencias,
Vallejo y Breton, ha sido para mí una lectura recurrente. Todo
César Vallejo y casi todo André Breton. Desde “Espergesia” hasta
“Unión Libre”, podría decirse.
JAL - Como a muchos poetas te obsesionan los espejos y la
ceguera. Borges no sólo era especialista en éstos, sino su
víctima, como lo fue Edipo Rey quien, advertido por el espejo
oracular en la visión ciega de Tiresias de su destino, es presa
de su ignorancia y juez y verdugo de su falta condenándose a la
oscuridad. “Los niños ciegos reemplazaban el balón por una caja
de/ lata y jugaban con el ruido/ .../ Mi madre paseaba por la
alcoba limpiando/ el ojo a los retratos de sus muertos. Yo
escuchaba el/ deslizar de las sombras en la estancia.” (“Mester
de ceguería”)
JMR - El mundo especular resulta de muy grande, de muy poderosa
atracción. A veces peligroso, como el espejo descubierto de
Medusa o el espejo de agua donde se ahoga Narciso. Por eso no
está de más hacerle caso a Jean Cocteau cuando dice que los
espejos harían bien en reflexionar antes de devolver las
imágenes. Con lo cual nos previene frente a la mímesis del
espejo. O nos invita, como si se tratara de caballeros andantes,
a ir por el mundo con un espejo por escudo, a la manera de
Perseo. Es el tema del espejo como talismán, de esa ventana de
azogue que Borges abomina porque multiplica la prole, pero que
Carroll identifica con una fisura que se abre al más allá, a un
allá subterráneo como el que visita Alicia. Un espejo público es
un cínico, nos reconoce pero se hace el que nos ve por primera
vez, perdonándonos la máscara. Es un tema que aparece y
desaparece, como un renovado espejismo, en algunos de mis
poemas. En uno de ellos me desdoblo en fabricante de espejos,
porque estos agregan más horror al horror y más belleza a la
belleza. El espejo es sinónimo o símbolo de fragilidad, pero
esto es un engaño, como en la magnífica historia que Miguel de
Cervantes narra en “El Licenciado Vidrieras”, donde describe a
un hombre de cristal que debía dormir en un pajar y cuidarse de
las pedradas de los infantes. Pero era un hombre, al parecer,
que escondía un cierto poder intelectual tras la locura, que es
como una distorsión de los espejos. En el mío, como creo que en
el de casi todos los hombres, vive a sus anchas mi otro. Como le
ocurriría posiblemente a Fernando Pessoa, que al asomarse al
suyo, bajo su triste sombrero y su eterno gabán, alcanzaba a
entrever el rebaño de sus otros, una legión de poetas que el
espejo ignoraba y que él llevaba en sí, de manera clandestina.
JAL - Germán Espinosa y Héctor Rojas Erazo, prologuistas de
tus libros, parecen coincidir en definirte como un poeta próximo
a los goliardos, o sea los clérigos medievales que se
caracterizaban por ser tabernarios, eruditos, mordaces y otras
características que define el origen de su nombre y que ellos no
refieren, pero en la comparación es inevitable pensar en ello:
cínicos y parasitarios. Ellos te conocen y presentan, mi
conocimiento es más literario y mi percepción a partir de los
pocos y breves encuentros no me sugieren la imagen y significado
de esos personajes, que por otro lado me simpatizan. En el
espejo que te colocan al inicio de tus libros ¿cómo te ves?
JMR - Yo creo que tanto Germán Espinosa como Héctor Rojas Herazo
-los dos son excelentes novelistas y excelentes amigos míos-,
sin duda llegaron a emparentarme con los goliardos desde una
hipérbole levantisca y afectuosa. Cuando tú evocas a los
goliardos, José Ángel, como tabernarios, como esos clérigos
eruditos y mordaces, me siento, pudiera decirse, gratificado o
engrandecido, a pesar de creerlo un equívoco. Muy joven fui
tabernícola, esto es, un hombre de las tabernas (salud
Malcolm Lowry), pero nunca he sido un erudito, entre otras
cosas, porque un erudito con mala memoria como la mía es un
fiasco. En cuanto a la mordacidad, es algo que sí me atrae, pero
ejercida no solamente contra los demás sino, sobre todo, contra
mí mismo. Puede ser que algunas veces, aunque no lo creo, roce
el cinismo, solo si Diógenes se pone a mi lado como una sombra,
si lo tengo de mi parte. Parasitario no he sido jamás, a no ser
de mi propio cuerpo, al que invado como un molesto inquilino
diciéndole que quiero ir a pasear, que quiero baile, que me
ponga un abrigo para el frío. Pero sí, y para complacer a mis
cofrades Germán Espinosa y a Héctor Rojas Herazo (que en paz
descanse), me hubiera gustado ser el goliardo que relata Marcel
Schwob en “La Cruzada de los Niños”, un clérigo errabundo y
menesteroso que admiraba a San Juan, y que sabía que el fin de
todas las cosas santas radica en la alegría.
JAL - Fabulación y escenas fantásticas que evocan países y
culturas europeas emergen en varios de tus poemas, pongo de
ejemplo “Reseña de los sueños de un animal herido”. ¿Qué fuerzas
atraen estos desplazamientos, cuáles corrientes o deseos las
alimentan?
JMR - Lo fantástico me atrae. Y el mundo como fábula. Quizá por
eso a veces visito otros parajes y culturas que vienen,
fundamentalmente, de una cultura libresca, si se quiere. Y,
antes que nada, la fantasía es un deseo de transgredir la
realidad inmediata, una insatisfacción con sus estrecheces.
Fíjate que algunos francotiradores del inmediatismo político
hasta no hace mucho se atrevían a criticar a Rubén Darío, porque
pasaba entre gallineros de Managua pero no veía gallinas sino
cisnes, y luego seguía orondo entre indígenas chorotegas
desdentadas pero veía princesas de una corte de Versalles. Si
eso ocurría con Darío, podría llegarse al extremo de condenar a
Don Quijote, por el hecho de ver mujeres bellas donde no las
había y guerreros gigantes en lugar de molinos. Es decir,
condenarían a la imaginación por insumisa. Si lo necesitamos,
por motivos simbólicos o de expresión, no veo nada dudoso en
tomar por asalto historias o sagas de geografías desconocidas
pero exploradas por las vías del sueño o de la imaginación.
“Imaginación, mi niño”, decía el poeta de “Hojas de Hipnos”.
JAL - George Trakl, Rilke, Breton, Pessoa, Hobbes, Borges,
José Guadalupe Posada, Robert Graves, Dylan Thomas, Velásquez,
Degas, Tláloc, Vallejo (César), María Baranda, entre otros,
conforman un panteón muy sugerente para un lector como yo. ¿Qué
hay de común entre ellos y contigo?
JMR - Esos creadores que citas son parte de mi fantasmario
particular, de mis fantasmas familiares, el árbol genealógico de
mis gustos, a despecho de que ellos lo permitieran o no. De
Trakl me atrajo su capacidad para crear atmósferas, la expresiva
coloratura de sus palabras: es un pintor del habla, un poeta de
imágenes poderosas y evocadoras. André Breton me enseñó que hay
“árboles elegidos por la tempestad”, como le ocurre a los
mejores poetas. Hobbes, me llevó a territorios de la infancia
cuando dice que su única pasión es el miedo. Esa fue una pasión
que tuve, que algunas veces buscaba en las narraciones
terroríficas del borracho de Baltimore y de su cuervo repitiendo
“nunca más”. A Borges lo admiro y a veces lo repudio, pero su
obra, particularmente su prosa, es para mí una gran lección de
estética. Guadalupe Posada, más que otros grabadores como
Holbein o Meriam, desde su feroz mascarada me recuerda con humor
que no hay nada más demócrata que la muerte. Robert Graves me
descubrió los senderos de la diosa blanca. A Dylan Thomas, que
fue a Nueva York para continuar la búsqueda de toda su vida:
“mujeres desnudas bajo impermeables mojados”, le debemos la
gratitud de haber ejercido su libertad a toda costa. Decir
Velásquez es decir genio y decir Degas es decir levedad, aire o
pluma. Con Vallejo se entiende cómo ir al hueso del asunto, cómo
encontrar los húmeros mal puestos y velar a cuatro cirios su
propia eternidad. Ellos, y algunos otros, son parte de mis
dioses tutelares. A María Baranda, cuya poesía admiro, le debo
un epígrafe bellísimo, la imagen de un sueño con ángeles
marineros en un barco de carga. Entre todos ellos hay en común
su amor por la poesía insumisa, por la palabra libre de
servidumbres y por encontrar las palabras justas en el inmenso
pajar del lenguaje.
JAL - Habitar en la panza de la ballena: “En la pequeña
habitación en donde vivo/ Como Jonás en el vientre de un
cetáceo/ Van quedando pocas botellas del naufragio.” Esperanza o
aproximación a Cioran. ¿En dónde realmente reside Juan Manuel
Roca?
JMR - Hombre, José Ángel, yo creo que resido, realmente, en
muchas partes. No que sea ubicuo, como el viento, pero resido en
la memoria, en un libro, en el vientre de la ballena, en la
mirada perdida de una muchacha, ojalá siempre en el corazón de
una mujer hermosa que vive en La Coruña, en el cielo de cobalto
de Medellín, en las botellas de un náufrago. En la música. En
Latinoamérica. Pocas veces en Europa, que es un continente que
bosteza. En la memoria, sí, pero nunca en la nostalgia. Ahora
mismo recuerdo una noticia perdida en un diario de tierra
caliente. Una ballena de acuario, al ser liberada mar adentro,
daba vueltas en círculo imaginando las paredes de su antiguo
cautiverio. Los poetas de la nostalgia dan vueltas en torno de
sus días. Babean como un grafitero ante la muralla china. Sólo
contemplo la posibilidad de habitar una nostalgia: aquella que
nace de los sitios que nunca he visitado.
JAL - La poesía, suele decirse, no ha cambiado nada en
realidad, ha servido para nada en cuestiones de Estado, la
historia sigue su curso hacia la destrucción, la desmemoria, la
anestesia, la banalidad, la demencia, el abandono, y sin
embargo, los poetas sostienen que nada es igual desde el momento
de nombrar la realidad. ¿Cuál es tu opinión?
JMR - Si bien puede ser cierto lo que dice René Char, aquello de
que todo acto es nuevo aunque se repita, la verdad es que otro
de los rasgos de grandeza de la poesía es que apuesta por los
derrotados. No hay mesianismo en la más alta poesía. Un
caballero, no sé quien lo decía, solo se interesa en las causas
perdidas. Intentar cambiar la realidad con poesía, lo digo una y
otra vez, es como intentar descarrilar un tren atravesándole una
rosa en la carrilera. La utilidad de la poesía es de un orden
distinto al que establece cualquier pragmatismo. No ofrece
mundos mejores, no es la Cruz Roja del espíritu, cultiva los
jardines de nadie. La poesía, además de aquello que Thoreau
señalara como la salud del lenguaje, es un eterno pastoreo de
abismos, de dudas e imposibles. Que nadie duerme en la carreta
que lo conduce de la cárcel al patíbulo, decía John Donne. Yo
creo que como el carromato descrito por Donne, la poesía es lo
que nos mantiene despiertos.
JAL - Por último, en ningún poeta colombiano, podría decir
escritor en general, he hallado un gusto tan arraigado por el
juego de palabras como en ti, en el habla y en la escritura. Me
parece, y quizás esté equivocado, que es un rasgo de identidad
muy mexicano, no sólo en lo popular, sino en el humor que rasga
la solemnidad aparente que nos define. Esa chispa va de
Cantinflas a Alfonso Reyes, Villaurrutia, Elías Nandino,
Salvador Novo o Eduardo Casar para poner a alguien realmente
contemporáneo. ¿Cómo adquiriste el virus?
JMR - Te respondo con una palabreja de mi precaria invención: yo
soy un “hidrólatra”, algo así como un adorador del agua, y nunca
supe cómo me hice feligrés de ese culto acuático. Esto, para
decirte que me gustan los juegos verbales pero intento evitarlos
en el poema. Los dejo más bien para la palabra hablada que para
la cosa escrita. No sé como adquirí ese virus que me señalas,
pero sí estoy conciente de que me gusta patasarribiar el
lenguaje. En Colombia, como sin duda ocurre en México, hay un
gusto más o menos extendido por el calambour, por la dislexia
preconcebida, por el jugueteo de la lengua. Por todo eso me
gustan aquellas palabras que Lewis Carroll llamaba
palabras-estuche o palabras-maletín, la conjunción o el
entrevero de voces ideales para la práctica de su neurógica, es
decir, para una lógica neurótica. Es bueno ser emisario de
Babel. |