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Álvaro Mutis: La poesía, la memoria, los
sueños
José
Angel Leyva
Poeta,
autor de siete novelas que dan cuenta de las aventuras de
Maqroll el Gaviero, quien nace primero en sus poemas, y de los
climas y situaciones más diversos, es en sí mismo un incansable
viajero que lleva asentado en México más de la mitad de su vida.
Nació en Colombia, creció en Bélgica y ha vivido en distintos
países del mundo. Sus raíces, su patria, las encuentra en
cualquier lugar donde reconozca imágenes de la infancia, de esa
tierra caliente que nos recuerda el paraíso. Álvaro Mutis
recibió, en 1997, el Premio Príncipe de Asturias por su obra
literaria. Rescatamos aquí diversas conversaciones, que en
distintos momentos he tenido la suerte de sostener con él, sobre
la poesía, la memoria, la historia, el mundo moderno y los
sueños. [JAL]
JAL
- ¿Cómo fue el origen de su camino en la poesía?, ¿Decidió usted
ser poeta?
AM -
No, no decidí ser poeta. Comencé a escribir poemas desde los 16
o 17 años cuando empecé a leer a los poetas franceses y a
Neruda. Todas esas lecturas se fueron al canasto de la memoria y
emprendí la escritura como una forma de mantener frescos los
recuerdos de ciertos rincones que yo quiero mucho y que son
importantes y decisivos en mi vida, como la hacienda de la
familia en el centro de Colombia, en donde se cultivaba café y
caña de azúcar, los ríos que cruzaban la hacienda, la vida local
y sus diferentes aspectos cotidianos. Comencé a publicar en
Colombia junto con compañeros de mi generación, como Fernando
Arbeláez, Jorge Gaytán Durán, Pedro Gómez Balderrama. Pero nunca
he tenido la actitud de decir, soy poeta, o voy a ser poeta.
Alguien que pueda decir soy poeta ocurre cada doscientos o
trescientos años. Dante, Baudelaire, pueden decirlo. Sólo me
plantee trabajar hasta donde pudiera, pero sin plantearme ser o
llegar a ser poeta.
JAL
- ¿Los autores franceses que menciona en qué idioma los leyó?
AM -
En francés. Recuerda que yo viví en Bélgica hasta los 9 años y
leía francés con la misma frecuencia y claridad que el español.
JAL
- Es frecuente que muchos escritores tengan ascendientes
emblemáticos, trátese de un maestro, el padre, un familiar o un
escritor. ¿Usted tuvo alguna referencia de este tipo?
AM -
Fíjate que sí la tuve. Eduardo Carranza, mi profesor de
literatura española en el Colegio Mayor del Rosario, en
Colombia, donde estaba ya en el bachillerato. Fue un poeta
colombiano muy famoso de la época y perteneció a una generación
que se llamó de Piedra y Cielo. Ese hombre en su cátedra
transmitía tal fervor por la poesía, tal entrega a la poesía,
que si descubría en alguien un mínimo de vocación por las letras
él hacía que prendiera fuego. Es curioso, su poesía no me
interesa tanto como su entrega absoluta por el género. Tiene,
por supuesto, poemas magníficos y está influenciado por Juan
Ramón Jiménez y en general por la Generación del 27 de España.
En sus exposiciones no llevaba un orden cronológico, ni una
secuencia temática o autoral, simplemente llegaba y comenzaba a
recitar, diciendo por ejemplo: este es Antonio y Manuel
Machado, tiene que leerlos porque son fundamentales por tales y
cuales razones. Era un especie de heraldo de la poesía. Luego
fuimos muy amigos. Ya murió.
JAL
- Es común que los temas de la infancia, los asuntos que se
tejen en los primeros poemas continúen a lo largo del proceso
creador de los poetas y a veces vuelven para quedarse en la
escritura de la madurez ¿Es su caso?
AM -
Yo nunca los he dejado. No he hecho otra cosa que escribir sobre
tales aspectos de mi vida: la tierra caliente colombiana, el
café, la fuerza que tiene el trópico para destruirlo todo al
tiempo que va dando lugar a una vegetación espléndida,
maravillosa, dentro de un clima gratísimo. Mi verdadera patria
es ese rincón de Colombia. Leo mucha historia, y siempre la veo
bajo esa especie de marcha de deterioro del hombre, de la
historia de la humanidad.
JAL
- Uno podría pensar, justamente por esa afición por la historia
y por la narrativa, que su poesía se carga en la balanza más
hacia lo épico que a lo lírico.
AM -
Mira, me pasa una cosa muy curiosa. Califican a mis poemas de
poesía narrativa y algunos críticos hablan de mis novelas como
narrativa embebida de poesía. Estoy de acuerdo con ello. Los
géneros no tienen importancia para mí. Si salen como poema, será
porque el aliento y la forma se ajustan a lo que uno desea
decir. Si sale narración es porque la necesidad de contar
requiere esa andadura. Pero es lo mismo. Uno no escribe más que
dos o tres cosas y las repite de diversas formas.
JAL
- Ayer, cuando hablábamos por teléfono usted me decía que se va
quedando con muy pocos poetas, entre ellos Ramón López Velarde y
José Asunción Silva, ¿por qué?
AM -
Bueno, no es que me quede con menos poetas, simplemente que
mantengo a los poetas que me han acompañado toda la vida, como
Saint John Perse, los clásicos castellanos, y el Neruda de
Residencia en la Tierra, exclusivamente el Neruda de esa obra.
Poetas que coinciden con el fin de siglo como Asunción Silva,
Rubén Darío y López Velarde. Especialmente con este último me
sucede que cada vez que abro un libro suyo me sorprende, lo
admiro como si fuera la primera vez que lo leyera.
JAL
- Borges decía que él era un escritor que no cantaba,
conversaba. Me parece que los poetas expresan una unidad, tal
como la concebían los antiguos mexicanos: la flor y el canto, la
música y la anécdota, el arte. Tengo la impresión de que hay una
fuerte tendencia a conceptualizar la poesía o a convertirla en
un sortilegio verbal que muy poco tiene que ver con la vida. Es
común leer poemas de jóvenes que nada nos dicen y menos aun nos
conmueven. ¿Comparte usted dicha impresión?
AM -
Sí, porque advierto que se está cayendo en formas rígidas
surgidas de la llamada posmodernidad que me parece fatal. No son
otra cosa que repeticiones.
JAL
- ¿Lee a poetas jóvenes?
AM -
Sí. Me visitan.
JAL
- ¿Recuerda algunos nombres?
AM -
Bueno, ya no son precisamente jóvenes. Han alcanzado la fama,
como es el caso de Francisco Hernández a quien leí cuando no era
tan conocido, y Eugenio Montejo, venezolano.
JAL
- ¿Qué espera de la poesía?
AM -
No espero nada. La poesía surge con el hombre y morirá con el
hombre. La poesía no es un programa, ni se desarrolla como una
especie de industria, la llevamos adentro y hay quienes pueden
pasarla a la palabra, los poetas. Un campesino o un niño pueden
expresar cosas impregnadas de poesía. Los niños son los grandes
poetas.
JAL
- Entre lo cotidiano y los grandes sucesos hay una búsqueda que
pretende construir de otra manera la historia, tal vez de una
manera más honesta, menos maniquea, dentro de un tejido
literario que no se compromete con las ideologías, sino sólo
estéticamente. ¿Qué opina al respecto?
AM -
En cuanto a lo cotidiano, hay que señalar su origen en los
grandes novelistas modernos del siglo X1X, Balzac, Tolstoi,
Flaubert, etcétera, quienes hacen que la gente humilde, las
personas comunes y corrientes aparezcan en la misma dimensión
que las figuras de gran talla: nobles caballeros, los Casanova,
los grandes amantes. Los hombres y mujeres anónimos son los
héroes en la cotidianidad. Ya después con el nouveau roman y la
novela americana se consolida definitivamente esta tendencia.
Yo
he escrito dos narraciones con intención histórica: El último
rostro, sobre la muerte de Bolívar, y La muerte del estratega,
sobre la caída de Bizancio. Pero tengo mis dudas para llamarles
novelas históricas; el propio género me provoca en sí muchas
reservas. Se están escribiendo novelas por encargo sobre las
dinastías de los imperios europeos, de las batallas famosas. En
fin, todo aquello que pueda tener un impacto comercial para
convertirse en best seller. A esos trabajos no les doy ningún
valor. Pero tiene usted una obra como La muerte de Virgilio que
en realidad no es una novela histórica, sino una meditación
sobre el destino del hombre. Pensemos en esa maravillosa novela
de Joseph Roth, La marcha de Radetzky, en la cual aparecen
grandes personajes de la historia como el emperador Francisco
José. Yo no la llamaría novela histórica, como tampoco lo haría
con Memorias de Adriano, de Margarita Yourcenar. En cambio una
obra como Los idus de marzo, de Thornton Wilder, sí la siento
dentro de los terrenos de la novela histórica. Wilder, con un
talento extraordinario nos muestra a un César que tenía que ser
así, como él lo cuenta. Las biografías y los estudios que se han
hecho sobre Julio César están muy próximos a la visión de Wilder.
Desgraciadamente el género histórico se inclina cada vez más
hacia los dominios de esa producción infernal de nuestra época
que es el best seller. Este fenómeno que amenaza seriamente la
existencia del libro me hace abrir un paréntesis en mi
concepción de la novela histórica.
JAL
- A principios de siglo hubo una fuerte atracción hacia el mundo
tecnológico que aparecía estruendosamente. Las Vanguardias
literarias buscaron las imágenes que se identificaran con ese
nuevo mundo y con ese nuevo gran hombre. En la actualidad vuelve
a retomarse ese mismo espíritu bajo la marquesina de la
postmodernidad y sin el ruido de las pesadas máquinas del
amanecer del 1900. A usted le aterroriza la velocidad, el
vértigo de la comunicación ¿No hay un cierto placer por la magia
de lo instantáneo que de una o de otra manera se trasmine en su
obra narrativa y en su poesía?
AM -
Muchas de las obras de la Vanguardia han envejecido mal. La
Vanguardia creó un ámbito de libertad y de profundidad en la
poesía. Es normal que en Marinetti, en Apollinaire, en Ungaretti,
haya causado tal encanto la aparición de la máquina que anulaba
el tiempo y el espacio: montones de fierros ensamblados. Pero la
fascinación pasó muy rápido y fue esa parte de sus obras la que
se hizo anciana en poco tiempo. La gran conquista de la
vanguardia es esencialmente verbal. El poeta Huidobro propone,
con extraordinaria eficacia, un replanteamiento completo de para
qué sirven las palabras. Altazor sigue siendo un poema
deslumbrante en ese juego de sacudir a las palabras y de hacer
con ellas algo diferente a lo que normalmente se hace. Allí está
el gran aporte de la Vanguardia. Sin embargo yo no hago uso
frecuente de esos recursos que nos legó y debe ser porque me
considero un poeta conservador, que sigue con interés ciertas
reglas tradicionales de la escritura. No quiere decir que no me
hayan marcado las lecturas de la Vanguardia, como es el caso de
los surrealistas, a quien conozco muy bien. Pero estoy
convencido de que un poema como Altazor sólo puede hacerse con
disciplina, con oficio, con muchísimo rigor y que no sale en una
tarde, como muchos jóvenes aprendices de poetas suponen. No hay
inspiración, hay trabajo, honestidad y muchas lecturas de los
buenos escritores para algún día poder romper sus moldes y
elaborar los propios.
JAL
- Ahora que hablamos de las vanguardias, pienso también en
Borges, en su ultraísmo inicial y en su libro Siete Noches,
siete temas que lo obsesionaron hasta el final. ¿Cuáles son esos
ámbitos que ocupan la creación de Álvaro Mutis?
AM -
La primera obsesión sería la inutilidad de la palabra, su
incapacidad para acercarnos a algunas experiencias esenciales.
Los sueños representan una segunda área. Creo que todos los
hombres deberían aprender a vigilar sus sueños, no desde una
perspectiva psicoanalítica, y no porque esté en desacuerdo con
el psicoanálisis que me parece muy interesante, sino porque se
trata de un acercamiento más ingenuo y más directo. Los sueños
somos nosotros, podemos influir en ellos y cultivarlos. Lo que
nos dicen los sueños forma parte del misterio. Esta es ya mi
tercera obsesión, la existencia de una zona oscura en el hombre
que nunca podremos descifrar. La ciencia no ha podido aclarar un
milímetro del misterio que significa la presencia del hombre
sobre la Tierra, qué queda del él, que hay de su memoria.
Aprendí en Proust a desconfiar de la memoria, a saber que la
memoria no sólo nos miente, sino que nos oculta muchas cosas,
nos distorsiona otras, nos magnifica algunas. Esta cuarta
obsesión me conduce a la conclusión de que tampoco podemos vivir
sin memoria y que debemos descansar en ella, aprender a recordar
y a cultivarla como los sueños para no perder cosas tan
importantes como la infancia.
JAL
- Cómo vive Alvaro Mutis este momento de la Aldea Global, del
comercio intercontinental, de los medios de comunicación, de una
vida de imágenes, de viajes veloces, de movimientos
poblacionales y culturales impresionantes. La poesía es
fundamentalmente imágenes, mientras que la novela es mito, es
rumor de la historia. ¿Cómo va de una cosa a la otra?
AM -
Desde mi primer libro, que publiqué en 1948, en compañía de
Carlos Patiño, que se llama La balanza, ya hay poemas en prosa,
en Los elementos del desastre, publicado por Rafael Alberti en
Poetas de España y América, en Editorial Losada de Buenos Aires,
hay poemas en prosa. Los trabajos publicados en México contienen
mitad y mitad. Por eso nunca he sentido que salgo de una zona,
de un ejercicio o de una técnica, palabra que desecho,
preferiría decir método, para entrar a otro. Creo que lo que
cambia es el ritmo de la percepción y de la expresión verbal.
Eso lo piensan mucho los franceses, entre quienes han tenido
buena acogida mis libros, pues cartesianos sin remedio como son
me cuestionan y me preguntan cómo pude abordar la prosa si soy
poeta.
Usted comenta que el mundo se transforma en una gran aldea. Yo
diría que eso es horrible. Cada vez que leo o escucho esa
sentencia la recibo como una maldición, porque yo concibo al
mundo como una multitud de rincones privados, del individuo, que
se comparten con los seres queridos. Ya de por sí esos
desplazamientos en avión me parecen inhumanos. Durante mi niñez
siempre me transporté en barco. El mar era como un intermedio
más denso y más comprometedor para llegar a un destino. Hoy no
se llega, simplemente se sienta en una silla y en unas horas ya
está en París, en Hong Kong, en Berlín. Esto nos está
destruyendo un mundo vivible y nos conduce hacia un inmenso
supermercado.
JAL
- ¿La literatura sería para usted el culto de la memoria por
excelencia?
AM -
Claro, el cultivo de la imaginación es el de la memoria.
JAL
- ¿Y el tiempo perdido del que nos habla Proust, el tiempo
buscado, en dónde lo ubica?
AM -
Proust lo llama el tiempo perdido, pero en la medida en que éste
va apareciendo en su obra es tiempo recobrado. Es definitivo que
los años que más debemos tener presentes en nuestras vidas es la
infancia y la juventud, cuando realmente fuimos lúcidos. Invito
a cualquiera a que dialogue con un niño de ocho años y vea cómo
en él hallará una gran luminosidad, una extraordinaria claridad.
No seamos tontos, no acabemos con el niño que llevamos dentro,
no maduremos, dejemos que maduren los Hitler, los Stalin, todos
los dogmáticos del mundo, pero no quienes funcionan con la
inteligencia y la imaginación.
JAL
- ¿No existe el peligro de caer en la repetición de la historia
de una manera lineal y alimentar el aburrimiento? Borges nos da
los ejemplos con Funes el memorioso y con Pierre Menard, creador
del Quijote. La figura eracliteana del tiempo histórico como un
río en donde no se vuelve a beber la misma agua, ¿no es acaso
también una sentencia que nos obliga a ver la experiencia como
un hecho irrepetible y como algo por suceder?
AM -
Indudablemente que existe la tendencia en el hombre a repetir
patrones, pero no debemos reemplazarlos con ideologías, con
sistemas de razonamiento. Siempre será lo anterior y otra cosa
cuando lo que rige es la imaginación desordenada, en cambio el
tiempo gobernado por la razón significa prisiones, rejas
mentales. La famosa educación actual, la pedagogía, que una
señora amiga llamaba la pedajodía, es un una forma sistemática
de matar la imaginación del niño. La memoria de los viejos es
sumamente sospechosa, está llena de trampas y de mentiras, de
exageraciones. El niño en cambio es más fiel a los hechos y más
apegado al sentido de las palabras, guarda la historia esencial
sin falsificarla, tiene una memoria selectiva, pero en la medida
que el hombre envejece es sustituida por una memoria falsa. Allí
radica lo extraordinario de Marcel Proust, que en un esfuerzo
prodigioso logra reconstruir la inmensa parte de su infancia, de
su juventud y de su madurez con auténtica fidelidad. Cuando él
inventa, nos lo advierte, y elabora páginas como sólo él pudo
hacerlo.
JAL
- Estoy pensando en el retorno a las raíces, a la reconciliación
con los orígenes que nos determinan y con los cuales intentamos
en algún momento romper definitivamente para abrirnos paso hacia
lugares ignotos. El retorno como un viaje al bienestar o a la
solución final. Por ejemplo, La muerte de Virgilio. Esa novela
de Hermann Broch en la que el poeta vuelve a Brindisi a morir, a
cerrar un ciclo, en un instante luminoso y pleno de dudas,
cercano a la infancia y a la muerte. En el caso de Alvaro Mutis,
poeta ¿ hay algún lugar de referencia sentimental que lo llame,
que lo atraiga intensamente?
AM -
La referencia es doble, porque los años que viví en Bélgica y
después en Francia me marcaron profundamente, fueron los de la
niñez. Proust decía que todo lo que vivimos y leímos entre los
ocho y doce años es lo único cierto, después envejecemos
lamentablemente y nos volvemos tontos. Al mismo tiempo que vivía
en estos países europeos regresaba periódicamente a pasar mis
vacaciones a Colombia, que narro en los libros El reino que
estaba para mí y Celebraciones y otros fantasmas. Bélgica era el
país de los canales, de la pintura flamenca, de una literatura
muy rica y especial y con características nacionales muy
particulares. Colombia era la tierra caliente, de ríos, de
siembras de café a 1200 o 1300 metros sobre el nivel del mar, de
la humedad, de gente alegre y recia. Esas dos presencias me
crearon el sustrato, la fuente de donde yo saco la razón de mi
vida y de donde salen los libros que escribo. Se dará cuenta que
en mis siete novelas hay episodios en Bruselas, Marsella,
Amberes, Estambul, pero siempre aparece algún personaje,
regularmente joven, que representa a la tierra caliente. No es
que yo me lo proponga, sino que ocurre con naturalidad, pues
escribo de una manera sonambúlica. En mi poesía, que trabajé
exclusivamente durante 40 años, está la permanencia de esa
tierra caliente, que no es el trópico, el cual describe en forma
genial Gabriel García Márquez. Mi tierra no es ese lugar de La
hojarasca, desolada, polvorienta, atmósferas de un clima brutal.
No, lo mío es paradisiaco, y yo así lo viví.
JAL
- ¿Estos retornos que usted menciona tendrían algo que ver con
su viaje por la narrativa después de haberse dedicado sólo a la
poesía? ¿Es la poesía esa tierra caliente o es el país de los
canales?
AM -
Bueno, yo no he abandonado jamás a la poesía. Cualquier persona
que lea mis novelas descubrirá que la prosa es una extensión
poética, una nueva andadura, un ritmo y un horizonte más
extendidos. Por consiguiente no he contemplado ningún regreso
porque no he salido nunca de allá, como tampoco he salido de la
poesía. No necesito ir a Bélgica o a Colombia porque en todo el
mundo hay rincones que me conducen a sus paisajes y vivencias.
Tengo ya más de la mitad de mi vida viviendo en México y no me
he planteado nunca la idea de regresar físicamente a esos
lugares, y seguramente no me lo plantearé, porque los llevo a
todas las regiones adonde viajo desde México.
El
romanticismo se erigió como una fuerza contra la razón, pero hoy
no son pocos los intelectuales que anuncian el fin de las
vanguardias, y con ellas de eso que hemos concebido como
espíritu romántico, un espíritu de la modernidad. El
romanticismo, a mi juicio, es el movimiento más fecundo, no sólo
en literatura y en el arte en general, sino en el mismo destino
del hombre. Esta visión desorbitada, magnífica en donde el
hombre deja en libertad todas sus posibilidades para convertirse
en un ser visionario, y a esas visiones les da vigencia y en
ellas descansa, son claves para salvarnos del horror, de la edad
de la razón y de todos los planteamientos de la Revolución
Francesa. Frente al jacobino está el romántico. No creo entonces
que dicho movimiento esté llegando a su fin, es una propuesta en
la que el último hombre en la última playa oscura, como decía un
poeta colombiano, será un romántico. El sueño, fundamento del
romanticismo, y en consecuencia del surrealismo, es una área de
grandes riquezas, una tercera parte de nuestras vidas, en donde
los sicoanalistas no dan una al verla como territorio de claves
frías. No soñamos gratuitamente, es necesario volver nuestros
pasos para rescatar algo de esa experiencia, para intentar
reconstruirla. A los escritores jóvenes que se me acercan
siempre les recomiendo que no dejen pasar el examen de los
sueños, en los que van a hallar señales de nuestro ser más
profundo. No se trata de, como pretendieron los surrealistas,
transcribir los sueños, sino de recuperar el ámbito, la
atmósfera donde aparecen estos trozos de vida y desde allí
rescatar algo nuestro. El sueño es la esencia de la obra de los
grandes románticos. |