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Permanencia de Girondo

Rodolfo Alonso

Con discreción que a él no le hubiese disgustado --más bien, todo lo contrario-- el 17 de agosto de 2001 se cumplieron silenciosamente ciento diez años del nacimiento de Oliverio Girondo. Pero las pruebas felizmente irrefutables de su permanencia (como contraveneno y como antídoto, frente a cualquier solemmnidad o grandilocuencia), se suceden sin cesar.

Yo disfruté de la inmensa fortuna de ser uno de aquellos jóvenes (todos sintomáticamente ligados con uno u otro de los dos grandes movimientos de vanguardia: invencionismo y/o surrealismo, que conmovieron a nuestra poesía durante la década de los cincuenta), que supieron reconocerse en Oliverio, al reconocerlo. Como ellos, a mí también me tocó ascender los pocos escalones blanquísimos del hall de entrada a la casona de la calle Suipacha 1444, a pasos de la avenida del Libertador por la empinada subida, para enfrentar el enorme espantapájaros que custodiaba el ingreso, de chistera y monóculo, con un cuervo posado sobre el hombro, como los que revoloteaban a su alrededor en la portada de la edición original, y que hoy parece --por suerte-- haber sido rescatado de herencias y acarreos en el porteñísimo Museo de la Ciudad.

Esa estrambótica figura, sin embargo abiertamente paradigmática, testimoniaba aquella legendaria apuesta que, anticipándose de forma visionaria (pero en franco tren de broma, es claro) a los actualmente desbocados mecanismos publicitarios, paseada por la calle Florida en una carroza fúnebre rodeada por apuestas damiselas, le permitió agotar en tiempo récord la primera edición de Espantapájaros. Propuesta que, implicando un sonoro cuestionamiento de ciertas idealizaciones entonces vigentes con respecto a la poesía, era en todo coherente con el tono mismo del libro.

Registro a la vez generalizador y personalísimo de esa peculiar presencia en nuestra literatura contemporánea del poema en prosa (el mismo que Aloysius Bertrand llegó involuntariamente a inspirarle a Baudelaire para intentar transmitir la vida urbana moderna), ese volumen nos introduce quizá de sopetón, a mi modesto entender, en otras dos premoniciones no menos visionarias de nuestro Oliverio: el pre-sentimiento del absurdo que, trece años más tarde, en 1945, iba a comenza su predominio sobre el escenario intelectual del mundo desde la Europa convulsionada por la catástrofe, y la cabal aparición entre nosotros del más legítimo humor negro, del cual el mejor surrealismo iba a hacer una de sus más nítidas banderas.

A lo que me animaría a añadir, aunque no por supuesto en forma tan marcad y en clave muy especial y originalísima, cierta concomitancia que me parece intuir no sólo con el clima de lo que dio en llamarse el grotesco para nuestra escena, sino también algún contacto con aquellos marcados estereotipos sumamente significativos a los que supo recurrir instintivamente nuestro Roberto Arlt. Todo lo cual nos prueba apenas que Oliverio siguió siendo consecuente con ese meridiano concepto de sus Membretes donde afirmó, lúcidamente, que la nacionalidad es algo tan fatal como la conformación de nuestro esqueleto. Y ya que estamos en tren de suposiciones, que por algún momento se yerga desde este castellano terrestre y rico, jocundamente vivo, un atisbo del Vallejo humanísimo (El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones ¿no justificaría que nos pasáramos los días aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos?), no puede sorprendernos. Siendo tan nuestro y tan de nuestra lengua, en nuestro propio modo, Oliverio no podía dejar de ser también, en alguna medida, a su manera, latinoamericano.

Evidencia de desacralización y desparpajo, pero también rotundo hecho de lenguaje, como vimos, Espantapájaros culmina haciendo literalmente público uno de los secretos mejor guardados por la especie: el miasma de la certidumbre de la muerte. A la que enfrenta, también con premonitoria clarividencia, aquella misma reacción con que los totalitarismos de su época estaban por coronar a la vez su culto de la muete y su miedo de la muerte: un aguacero de granadas que produjo la destrucción de la ciudad y la redujo a escombros y cenizas (y esto en 1932, cuatro años antes de comenzar la guerra civil española y siete antes de la segunda guerra mundial). Frente a la angustia de la nada o el absurdo de la realidad y del ser, con el mismo estómago poderoso que festejó a sus conmilitones de La Púa en la célebre carta-prólogo para la segunda edición nacional de sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, Oliverio prefirió caer siempre de parte de la vida, pero sin negarse nunca a abrir los ojos.

 

 

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