poemas
AMABLE LECTOR, NO SE CONFÍE
En
la octava línea de este texto
una
paloma está agonizando,
pero
usted puede no mirarla
Aguarde mejor en la palabra cuarta:
ha
llovido, y justo allí, dique inocente,
un
niño juega a detener el agua
Ya
sé que no vale la pena
un
par de alas abatidas
ni
el encendido pico
que
ahora surbe, ansioso,
la
frescura de la tinta;
pero
sucede, lector,
que
hacia el final del poema
una
muchacha se baña
desnuda en la playa
Si
viera, hay tanto azul
y
oro en el paisaje
Sus
senos desafían en la espuma
y
todos los aromas del mundo la regalan
Mas
qué le digo…
Usted está sentado junto al niño
viéndolo navegar sueños adentro,
mientras piensa con horror
en
una paloma que agoniza
Quédese ahí, no sufra en vano,
después de todo, una muchacha
no
vale lo que un sueño
Al
final, sólo un detalle:
no
se confíe,
la
belleza más bien es una espada
Lo
que corre a sus pies, puede ser sangre,
y si
se fija bien
quizás alcance a distinguir
un
desvalido barco de papel
de
un ave herida que la corriente arrastra
BREVE ENSAYO DE INTERPRETACIÓN DE LA POESÍA INGLESA
Ayer, mientras me echaba a navegar con Auden
–un
barco, un niño que se pierde entre las aguas
seguido de cerca por el sol,
como
en un escenario gigantesco –
llegaba hasta mi estudio la voz de un locutor
que,
como un mago, unía continentes,
ordenaba los temblores del Siglo
sobre su mesa de trabajo,
distribuía vientos, turbonadas
por
todos los rincones del planeta
Yo
leía el espléndido poema de Auden
cuando
de
pronto
comenzó a golpear el teletipo
Las
palabras caían como piedras en el agua del pecho:
En
África un barco se hundía
sin
el suave jadeo de unos versos,
sin
la cuidada emoción de un poema
En
la Isla, es decir,
en
esta nave donde los sueños son posibles,
ayer
los alisios sostenían a las gaviotas,
el
Caribe se dejaba atrapar entre las redes
y yo
leía un poema de Auden con tristeza
mientras el estudio se iba sumergiendo
y la
marea, en las costas de Lomé,
borraba de mi cuerpo los restos del amor
ALTERNAS VIBRACIONES, GOTITAS DE MISERIA
Quien mira a lo alto de la ciudad
descubre en el cielo su rostro envejecido
También el entramado
de
los cables y las hojas
cediéndose alternas vibraciones
Entre ramas y hollín
aquí
pasaba, urgente, el verano
Insectos laboriosos
acarreaban polvo,
gotitas de miseria
que
caían como nieve
sobre las cabezas
de
los impávidos viandantes
Sobre la ciudad se alzaba la ciudad
Y
sobre el magma de los sueños, versos
Pero
llegó el día
que
Dios se puso malo:
cerró el negocio
y se
echó a dormir sobre su sombra
Nosotros, los muchachos de siempre,
los
coreutas amargos, con rosas en los labios,
acudimos corriendo a los templos
y
rompimos las puertas a patadas
Queríamos que no terminara la función,
un
trago más,
visajes obscenos de las últimas danzantes
Que
los capellanes
nos
devolvieran las palabras
y
los olores perdidos,
los
años que cantamos
despreocupadamente entre las ruinas,
fingiendo que todo daba igual,
que
ya amanecería
Pero
adentro sólo había ángeles rendidos,
embrutecidos apóstoles borrachos,
jabalíes hozando entre las piernas
de
las vírgenes eternamente mancilladas
Y
nada de la felicidad
que
prometiera el Padre
Todo
en esta ciudad
donde a veces miramos a lo alto,
y
los hijos se olvidan de sacarnos al sol
Esta
misma ciudad
que
nos deja vivir porque nos mata |