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Alex Fleites: el dolor y la belleza[1]

Arturo Arango

Debo a la poesía de Alex Fleites lo que ha sido hasta ahora (y creo que es suficiente) mi única muerte pública. La anécdota casi no viene a cuento en este prólogo pero me gusta creer que, de manera oblicua, acaso imprevista, confirma la profundidad de alguno de los temas que han permanecido hasta hoy en su obra: las contaminaciones y necesidades en los intercambios entre la realidad y la imaginación.[2]

Desde su cuaderno inicial, Primeros argumentos, de 1974, en la poesía de Alex se hizo firme una voluntad de expresión que prefería la serenidad, el cuidado de las propiedades sonoras del verso, lo que por entonces era la recuperación de un lenguaje que cierta zona del coloquialismo anterior había desdeñado y, entre lo más personal, una ironía de tonalidades suaves, que suele volverse contra el mismo sujeto (desde entonces con esa “violenta ternura” que titula esta compilación). Es, como lo revelan las fechas, un libro de la primera juventud: escrito cuando el autor apenas alcanzaba su segunda década de vida, la mayoría de los textos que se incluyeron en él habían conocido años (que entonces parecían largos) de laboriosa y paciente elaboración, en la búsqueda de esa voz, de ese lenguaje que ya no lo abandonarían más.

Es natural que en esto que presenta como Antología personal sobrevivan tan sólo dos de los poemas reunidos en aquel temprano cuaderno (apenas nueve textos humildemente editados por la Dirección Provincial de Cultura de La Habana como inicio de la colección Extramuros[3]), y es significativo, sin embargo, que este de ahora se inicie exactamente de la misma manera que aquel, con las piezas “Nada escapa” y “Casi morir detrás de la ventana”, donde se perciben ya esas contaminaciones y necesidades, de las que hablé antes, en las relaciones entre el observador, la atención y la vida cotidiana que el ojo reconoce como excepción, desastre, maravilla. De ahí la preferencia por cargas de sentido muy cercanas al simbolismo que veremos consolidarse más adelante en A dos espacios, el que considero su libro de madurez.

Lo interesante aquí, lo que quiero ver ahora, a la luz de los años, es la vuelta que dio esa percepción de Alex (luego, indudablemente, convertida ya en poética) a la recurrencia anecdótica que había puesto lo cotidiano en el centro de una región muy extendida de la poesía cubana de fines de los 60 y los 70. Si a aquella otra poética le bastaba, por lo general, con describir, con dejar constancia o testimonio, con revelar cierto estado de gracia o singularidad de lo cotidiano, Alex se acerca a ello por medio de relaciones, de contrastes, que ponen de manifiesto otros sentidos, dimensiones distintas, más complejas, ubicadas en un ámbito donde ya lo cotidiano se desvanece, o se abre, como una nuez, para ofrecernos ese centro más consistente, que tenemos, a un tiempo, que saborear y reducir antes de alcanzar el desafío de la apropiación, como el gallo que, al picar, lo hace “como buscando alguna explicación en los abismos” (“Nada escapa”).

En esas relaciones predomina, al menos hasta A dos espacios, el sosiego, la armonía: no se trata de dos entidades contrapuestas sino alternativas, aunque, desde entonces, en más de una ocasión lo ficcional o imaginario se ofrezca como posibilidad para eludir o suavizar las crudezas de eso otro que llamamos la realidad:

En la octava línea de este texto
una paloma está agonizando,
pero usted puede no mirarla
Aguarde mejor en la palabra cuarta:
ha llovido, y justo allí, dique inocente,
un niño juega a detener el agua

Tal vez el poema en que este tema alcanza la magnitud de arte poética es en “Con finales felices”, un extenso texto de estructura narrativa que, a la vez, propone una puesta en escena: el sujeto escribe/imagina una situación en que él y la muchacha que sería su interlocutora viven una suerte de secuencia cinematográfica idílica, en la que se cumplen muchos de los motivos que caracterizaban a la juventud cubana de inicios de los 80. La narración misma va revelando su condición ficticia y, sin embargo, común, para nada excepcional, y el sujeto, ya cuando uno y otro estadio se confunden hasta parecer el mismo, queda “solo/ mirando como por la ventana la ciudad se asoma gris/ e inexplicablemente ajena”. Pero lo que me parece interesante para definir este momento en la poesía de Alex Fleites es que lo imaginario resulta una posibilidad realizable, para nada contradictoria, y su disolución no implica desencanto sino la alternativa de ir hacia ese estado de sencilla comunión con uno mismo y sus aspiraciones, estado que, por otra parte, no estaría desprovisto de las complejidades y sobresaltos inherentes a la existencia humana.

Cuando en esos vaivenes entre la realidad y lo otro, la alternativa se sitúa en mundos soñados, la presentación de los estímulos del inconsciente tiene el mismo orden, la serenidad de toda su poesía. No hay desenfreno ni caos, sino el tipo de construcción intelectual (próximo a lo que Alejo Carpentier rechazara en los surrealistas, rechazo que, como sabemos, se origina en sus propias necesidades de imponer una poética narrativa, lo que no resta un ápice a los valores de una corriente sin la cual, como es obvio, el arte todo fuera distinto), el mismo tipo de fabulación dominado, controlado desde la racionalidad que está, por ejemplo, en las ficcionalizaciones conscientes del sujeto:

Antes de morir
yo era un hombre normal
Andaba de cabeza
persiguiendo  muchachas,
mas pocas escucharon mis palabras
Los pies no eran los pies,
sino los ojos
Caminaba tuerto mirando cada paso
y me equivocaba con pasión desgarradora

Como decía, muchos de estos tópicos se concentran, consolidados, en A dos espacios (1981), donde, además, se hacen más evidentes otros que habían ido esbozándose desde sus cuadernos iniciales. Uno de ellos, por ejemplo, proviene de una poética precedente que se esforzó por despojar al poeta (más que a la poesía misma) de su excepcionalidad y hacer de él un hombre común (recordemos los Poemas del hombre común, de Domingo Alfonso), como el mismo narrador de “Con finales felices”, quien imagina

una sencilla historia
que se dará en sencillas locaciones
y que tendrá como protagonistas
hombres y mujeres
personajes sencillos

Pero si en otros poetas cubanos ello podía implicar una actitud vergonzante (debida, sin dudas, a un espíritu de época que, dicho de una manera simple, jerarquizaba el trabajo físico y menospreciaba las labores intelectuales), y si, más tarde, en autores contemporáneos con Alex comenzó a ocurrir un desplazamiento de esa figura y el poeta regresó a su condición marginal,[4] en su obra lo dominante es la idea de la inevitabilidad de la poesía, ya sea como alivio para quien es capaz de ejercerla (“cuida de mi voz como de un pobre perro/ Es lo que tengo para salvarte y salvarme”), o como necesidad de la propia especie, de la misma condición humana, como lo evidencia el título de su siguiente libro, De vital importancia[5] (suerte de compilación anticipada donde se reúnen poemas de A dos espacios y de El arca de la serena alegría). En el memorable texto “Y un nuevo hilo de su voz se seca”, dedicado al poeta palestino Mahmud Darwich, se advierte: “No sabe el hombre, mi hermano, / lo que pierde cuando otro día pasa/ y un nuevo hilo de su voz se seca”, y más adelante: “Desde que sale el sol y hasta que cae la tarde/ para aliviar el dolor colecciona palabras/ que luego el viento lanzará al mundo/ por la angosta ventana”.

Como parte de ese tópico, la necesidad de la poesía parece confundirse con la necesidad de la belleza, pero si algo singulariza la cosmovisión de la poesía de Alex Fleites (y lo que anuncia los cambios por venir, es decir, lo que confiere coherencia a momentos muy disímiles de su vida y de su obra) es la manera contradictoria, las complicaciones que revela el modo en que aparece la palabra belleza, es decir, la poesía, el arte mismo, su vital necesidad: puede ser un arma de peligroso uso (“la belleza más bien es una espada”), una condición tan fatal e insoportable como una enfermedad (“Hay quienes padecen la más cruel belleza”), de nuevo un arma, una herramienta desconocida que no hay más remedio que aceptar o soportar (“El poeta no ama el cuchillo, / pero entiende su belleza”), una cualidad inquietante, amenazadora (“Ve de frente a los ojos/ que cualquier día dejarán de mirar/ la terrible belleza”), por excepción, un alivio, un refugio (“Cuando sepan que de este lado del mundo/ la belleza puede no ser tan angustiosa”), y, por último, una suerte de entidad autosuficiente, autofágica:

¿Será
que la belleza
no puede
dejar de
alimentarse
de sí misma?  

La belleza, la poesía, son, a un tiempo, necesidad y amenaza, plenitud y desafío, pero, sobre todo, fatalidad (en el sentido puro de la palabra), no elección: ellas, ella (acaso dos formas de nombrar a una misma sustancia) están en el ser, lo acompañan, le pertenecen, también independientemente de su voluntad, tal vez a pesar de sí mismo: están (está) en él de manera inalienable, lo constituyen, lo condicionan y le confieren su rostro definitivo: poliédrico, inapresable, humano.

En El arca de la serena alegría hay, en poemas como “Todo un blando domingo” o el que da título a la colección, una suerte de recogida en sí mismo, de énfasis en una intimidad que, como se ha visto, está en la poesía de Alex desde su primer cuaderno. En este, sin embargo, es ese espacio, refugio en el que se consume “egoísta, el poco de paz/ que me ha dejado el Siglo”, donde van a ocurrir los desequilibrios. A diferencia de otros autores cuyas poéticas me resultan cercanas a la suya (el tutelar Eliseo Diego y Luis Lorente, Aramís Quintero), lo íntimo está lejos de ser el sitio idílico donde el ser se autorreconoce: “Descanso sobre una cama que no es mía; / acabo de llegar de la mujer/ que no me pertenece”, pero, tal vez, a los efectos de su obra posterior, lo más significativo sea que aquí el sujeto comienza a cobrar conciencia del devastador paso del tiempo (tema que, hasta ahora, parecía ausente), y, como es natural, también ingresa en su poesía la conciencia de la muerte: no de la muerte ajena, no de la que proviene de la violencia o la injusticia o el sacrificio, que estaba ya en textos que se ocupaban más fielmente del contexto histórico, sino de la inevitable, la que se aproxima, la que está en los seres que nos son más cercanos, más queridos, y, para colmo, en nosotros mismos, a la espera:

No estoy para morir
No es hoy la hora de la hora
Cierro los ojos con cuidado
Voy a apagar el rumor de la bestia
que pace entre los juguetes de mi hijo

A pesar de que su pie de imprenta fija su publicación en 1989, las “Palabras prescindibles” que explican al lector la composición híbrida de De vital importancia están fechadas en diciembre de 1986 y el conjunto que forma El arca de la serena alegría es de un año antes. Si nos guiamos por esas precisiones, habría un largo hiato entre aquel cuaderno y el siguiente libro de Alex Fleites, Ómnibus de noche, escrito, según hace constar en la portadilla de esta compilación, en 1995. Son de sobra conocidos, y no es preciso volverlos a enumerar, los episodios que constituirían el proceso, las sucesivas crisis vividas por los cubanos, y la humanidad toda, a lo largo de esos lustros. Y si, algunas décadas atrás, los cambios históricos que vivió la Isla a partir de enero de 1959 serían anunciados y, luego, celebrados sobre todo por la poesía de la que se ha dado en llamar Generación del 50, así también los nuevos cambios, menos radicales para nuestro país pero igualmente profundos, y, esta vez, masivamente traumáticos, ocurridos en la sociedad y en la ideología, fueron anticipados y registrados, de muy diversas formas, por la poesía cubana.

La desaparición de ese “poco de paz” que se consumía en el ámbito familiar de El arca… está en la década transcurrida entre un libro y otro, en los desequilibrios que se comenzaron a advertir en aquellos poemas de 1985 y, como es natural, principalmente ya en los que integran Ómnibus de noche, un libro donde la voz, la identidad del poeta, incluso, parece, por momentos, quebrada, descentrada. Desde el mismo inicio del libro el discurso ofrece una fragmentación extraña. La racionalidad previa cede ante la enumeración, la acumulación de señales inconexas, y el desconcierto que esa misma acumulación provoca:

Húmedo y oscuro. Obstinado y oscuro
Oscuro y lento. Distraído y oscuro
avanza por las calles que no saben su nombre
La gente está saltando de los autos
que derraman la música
Párese a beber. Párese a escuchar
como viven los otros

La serenidad ha sido borrada por el horror y por el caos, y el caos conduce al descentramiento, a los sucesivos desencuentros con las circunstancias, con la propia identidad. Aquellos viajes de ida y vuelta entre realidad e imaginación se han roto, y una y otra cara del ser se desconocen:

Húmedo y oscuro no se deje arrastrar
porque ha perdido el centro,
el tibio lugar, las manitas rosadas,
el tokonoma que se llena
con los sueños que no recordará

Los sueños, ahora, serán “horribles visiones”, o extraños (“Sólo pensábamos beber/ hasta que el extraño sueño terminase”), o equivocados (“ Es terrible detectar errores en el sueño”), aunque también pueden ofrecer amparo, pero únicamente si quienes entran en ellos son niños (“Los dos, de este lado del mundo”).

No se trata sólo de la acción devastadora de las circunstancias: los desequilibrios son también existenciales, provienen, quizás principalmente, de esos otros dos tópicos que ya vimos aparecer tímidamente en El arca: el tiempo y la muerte, en su inevitable, constante hermandad: “Las manecillas del reloj/ cruzan sus aceros/ para adelantar la muerte”. Si el sujeto poético antes imaginaba una “historia sencilla”, idílica en su misma modestia, situada en un espacio salvado de los avatares del tiempo, protegido por la perfección de las mismas circunstancias que lo generaban, ahora, al ingresar en el ómnibus nocturno que da título al libro, éste advierte “Todos están muertos”, y luego:

Muerte y muerte
La radio, los periódicos,
las consejas del eterno domingo
Ya nadie habla de los nacimientos

El ómnibus[6], obviamente, como casi todos los motivos en que se apoyan los poemas de Alex, es, deliberadamente (aunque ahora quizás de forma menos explícita), referente y símbolo a un tiempo. Y en ese registro que el sujeto va dejando, como testigo, de lo que se reúne en el vehículo que transita de noche las calles de la ciudad, se escucha el rumor de unos versos cantados donde ya todo es desesperanza, sinsentido o, en última instancia, una dura, violenta ironía, donde belleza y muerte o, lo que es igual, poesía y destino, se funden en una sola razón:

Es bella, cantan junto a mí,
es bella esta estancia sin luz
que se mueve en el tiempo

Entra, hermano, en el destino circular
que no es más que la suma de la perfección
En dos palabras: la muerte prometida

Lo insoportable siempre requiere ser aliviado: la intemperie supone la necesidad de refugios. La poesía de Alex los encuentra en los ámbitos de la intimidad, en los espacios donde el individuo cumple su existencia: la familia, los hijos y, sobre todo, en la amistad, ese “acto silencioso”, que no podría, o debía siquiera, ser nombrado, y que ahora, a diferencia de como aparecían en De vital importancia, han ganado la paz que le falta al mundo. Esa vuelta a sí mismo está desde el título del que es, hasta el momento, su último libro: Un perro en la casa del amor. El ser humilde que viene de regreso entra al calor del hogar para protegerse de la intemperie diversa y agresiva. Esa idea del retorno, de la circularidad, del viaje que comienza a ser cumplido se repite una y otra vez en esta colección de poemas cuyo primer texto es, justamente, “El hijo pródigo”, y cuyo verso inicial reza: “Y heme aquí en el punto del comienzo”, y luego, parafraseando a Lennon, la convicción de que “el pasado es eso que te inventas/ mientras otros se ocupan sencillamente de vivir”.

Pero, sobre todo, ese estar de vuelta se manifiesta en este libro por el tono, por la serenidad recuperada, una serenidad, como es natural, diferente de aquella con que dio inicio la poesía de Alex: aquí se impone el tono reflexivo de una sabiduría ya no buscada sino inevitable al paso de los años y que, por ello mismo, no es impositiva sino cuestionadora, es decir, no cierra preguntas sino abre misterios, suposiciones, otros espacios donde el ser pueda expandir sus expectativas o exorcizar sus angustias. Es el caso de los bellísimos versos que se encadenan en “Poemas encontrados en el interior de una ballena”.

Mi amistad con Alex Fleites, como habrá advertido el lector, es tan antigua como los versos que inician esta antología personal. La he leído, por eso, como un recuento de mi propia vida. Podría estar, también por ello, incapacitado para predecir otras lecturas distantes que serán, como es natural, las más frecuentes. Me permito asegurar, sin embargo, que toda vida es un ir y venir entre el dolor y la belleza, entre la armonía y la desesperanza, entre las escisiones, los desprendimientos y las reconciliaciones del ser humano consigo mismo y, eventualmente, también con sus circunstancias.

Leamos esta antología como un alto, un pase de cuentas a una poesía que está registrando, con formidable fidelidad, una porción en la vida de un individuo que somos muchos: un tiempo y otro Tiempo, las historias y la Historia.

 

NOTAS 

[1] Prólogo inédito a la antología personal de Alex Fleites La violenta ternura, de próxima aparición en La Habana.

[2] En los años en que nos dedicábamos a ser estudiantes de la Escuela de Letras y de Artes le informé que una de las calles que circunda el recinto de la Universidad de La Habana se llama Ronda. Poco después, esa circunstancia lo llevó a dedicarme el poema “Calle Ronda, 2 a.m.”, cuyo primer verso reza: “Si se muere un amigo”, y más adelante insiste: “Si se muere un amigo en la noche de África”.Varias personas dieron por seguro que yo había caído en combate en un continente que aún no he pisado.

[3] Un pequeño grupo de fervorosos amigos nos reunimos, para su presentación, alrededor de las máquinas donde se había impreso el cuaderno, en un taller de la calle Galiano.

[4] Me he ocupado de ese desplazamiento en varios textos. Entre ellos: “En otro lugar la poesía”, prólogo a la antología Los ríos de la mañana. Poesía cubana de los años 80, Ed. Unión, 1995.

[5] “Alex Fleites cree que es de vital importancia el triunfo de la amistad y la poesía”, dice la dedicatoria del ejemplar que conservo de este libro.

[6] Ómnibus, que en latín significa “para todos”, sería, a un tiempo, un vehículo para el transporte colectivo y un estado anímico o “muerte prometida” que es, literalmente, para todos

 

Guadalajara-La Habana, agosto del 2005.

 

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