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Alex Fleites: el dolor y la
belleza
Arturo Arango
Debo
a la poesía de Alex Fleites lo que ha sido hasta ahora (y creo
que es suficiente) mi única muerte pública. La anécdota casi no
viene a cuento en este prólogo pero me gusta creer que, de
manera oblicua, acaso imprevista, confirma la profundidad de
alguno de los temas que han permanecido hasta hoy en su obra:
las contaminaciones y necesidades en los intercambios entre la
realidad y la imaginación.
Desde su cuaderno inicial, Primeros argumentos, de 1974,
en la poesía de Alex se hizo firme una voluntad de expresión que
prefería la serenidad, el cuidado de las propiedades sonoras del
verso, lo que por entonces era la recuperación de un lenguaje
que cierta zona del coloquialismo anterior había desdeñado y,
entre lo más personal, una ironía de tonalidades suaves, que
suele volverse contra el mismo sujeto (desde entonces con esa
“violenta ternura” que titula esta compilación). Es, como lo
revelan las fechas, un libro de la primera juventud: escrito
cuando el autor apenas alcanzaba su segunda década de vida, la
mayoría de los textos que se incluyeron en él habían conocido
años (que entonces parecían largos) de laboriosa y paciente
elaboración, en la búsqueda de esa voz, de ese lenguaje que ya
no lo abandonarían más.
Es natural que en esto que presenta como Antología personal
sobrevivan tan sólo dos de los poemas reunidos en aquel temprano
cuaderno (apenas nueve textos humildemente editados por la
Dirección Provincial de Cultura de La Habana como inicio de la
colección Extramuros),
y es significativo, sin embargo, que este de ahora se inicie
exactamente de la misma manera que aquel, con las piezas “Nada
escapa” y “Casi morir detrás de la ventana”, donde se perciben
ya esas contaminaciones y necesidades, de las que hablé antes,
en las relaciones entre el observador, la atención y la vida
cotidiana que el ojo reconoce como excepción, desastre,
maravilla. De ahí la preferencia por cargas de sentido muy
cercanas al simbolismo que veremos consolidarse más adelante en
A dos espacios, el que considero su libro de madurez.
Lo interesante aquí, lo que quiero ver ahora, a la luz de los
años, es la vuelta que dio esa percepción de Alex (luego,
indudablemente, convertida ya en poética) a la recurrencia
anecdótica que había puesto lo cotidiano en el centro de una
región muy extendida de la poesía cubana de fines de los 60 y
los 70. Si a aquella otra poética le bastaba, por lo general,
con describir, con dejar constancia o testimonio, con revelar
cierto estado de gracia o singularidad de lo cotidiano, Alex se
acerca a ello por medio de relaciones, de contrastes, que ponen
de manifiesto otros sentidos, dimensiones distintas, más
complejas, ubicadas en un ámbito donde ya lo cotidiano se
desvanece, o se abre, como una nuez, para ofrecernos ese centro
más consistente, que tenemos, a un tiempo, que saborear y
reducir antes de alcanzar el desafío de la apropiación, como el
gallo que, al picar, lo hace “como buscando alguna explicación
en los abismos” (“Nada escapa”).
En esas relaciones predomina, al menos hasta A dos espacios,
el sosiego, la armonía: no se trata de dos entidades
contrapuestas sino alternativas, aunque, desde entonces, en más
de una ocasión lo ficcional o imaginario se ofrezca como
posibilidad para eludir o suavizar las crudezas de eso otro que
llamamos la realidad:
En la octava línea de este texto
una paloma está agonizando,
pero usted puede no mirarla
Aguarde mejor en la palabra cuarta:
ha llovido, y justo allí, dique inocente,
un niño juega a detener el agua
Tal vez el poema en que este tema alcanza la magnitud de arte
poética es en “Con finales felices”, un extenso texto de
estructura narrativa que, a la vez, propone una puesta en
escena: el sujeto escribe/imagina una situación en que él y la
muchacha que sería su interlocutora viven una suerte de
secuencia cinematográfica idílica, en la que se cumplen muchos
de los motivos que caracterizaban a la juventud cubana de
inicios de los 80. La narración misma va revelando su condición
ficticia y, sin embargo, común, para nada excepcional, y el
sujeto, ya cuando uno y otro estadio se confunden hasta parecer
el mismo, queda “solo/
mirando como por la ventana la ciudad se asoma gris/ e
inexplicablemente ajena”. Pero lo que me parece interesante para
definir este momento en la poesía de Alex Fleites es que lo
imaginario resulta una posibilidad realizable, para nada
contradictoria, y su disolución no implica desencanto sino la
alternativa de ir hacia ese estado de sencilla comunión con uno
mismo y sus aspiraciones, estado que, por otra parte, no estaría
desprovisto de las complejidades y sobresaltos inherentes a la
existencia humana.
Cuando en esos vaivenes entre la realidad y lo otro, la
alternativa se sitúa en mundos soñados, la presentación de los
estímulos del inconsciente tiene el mismo orden, la serenidad de
toda su poesía. No hay desenfreno ni caos, sino el tipo de
construcción intelectual (próximo a lo que Alejo Carpentier
rechazara en los surrealistas, rechazo que, como sabemos, se
origina en sus propias necesidades de imponer una poética
narrativa, lo que no resta un ápice a los valores de una
corriente sin la cual, como es obvio, el arte todo fuera
distinto), el mismo tipo de fabulación dominado, controlado
desde la racionalidad que está, por ejemplo, en las
ficcionalizaciones conscientes del sujeto:
Antes de morir
yo era un hombre normal
Andaba de cabeza
persiguiendo muchachas,
mas pocas escucharon mis palabras
Los pies no eran los pies,
sino los ojos
Caminaba tuerto mirando cada paso
y me equivocaba con pasión desgarradora
Como decía, muchos de estos tópicos se concentran, consolidados,
en A dos espacios (1981), donde, además, se hacen más
evidentes otros que habían ido esbozándose desde sus cuadernos
iniciales. Uno de ellos, por ejemplo, proviene de una poética
precedente que se esforzó por despojar al poeta (más que a la
poesía misma) de su excepcionalidad y hacer de él un hombre
común (recordemos los Poemas del hombre común, de Domingo
Alfonso), como el mismo narrador de “Con finales felices”, quien
imagina
una sencilla historia
que se dará en sencillas locaciones
y que tendrá como protagonistas
hombres y mujeres
personajes sencillos
Pero si en otros poetas cubanos ello podía implicar una actitud
vergonzante (debida, sin dudas, a un espíritu de época que,
dicho de una manera simple, jerarquizaba el trabajo físico y
menospreciaba las labores intelectuales), y si, más tarde, en
autores contemporáneos con Alex comenzó a ocurrir un
desplazamiento de esa figura y el poeta regresó a su condición
marginal,
en su obra lo dominante es la idea de la inevitabilidad de la
poesía, ya sea como alivio para quien es capaz de ejercerla
(“cuida de mi voz como de un pobre perro/ Es lo que tengo para
salvarte y salvarme”), o como necesidad de la propia especie, de
la misma condición humana, como lo evidencia el título de su
siguiente libro, De vital importancia
(suerte de compilación anticipada donde se reúnen poemas de
A dos espacios y de El arca de la serena alegría).
En el memorable texto “Y un nuevo hilo de su voz se seca”,
dedicado al poeta palestino Mahmud Darwich, se advierte: “No
sabe el hombre, mi hermano, / lo que pierde cuando otro día
pasa/ y un nuevo hilo de su voz se seca”, y más adelante: “Desde
que sale el sol y hasta que cae la tarde/ para aliviar el dolor
colecciona palabras/ que luego el viento lanzará al mundo/ por
la angosta ventana”.
Como parte de ese tópico, la necesidad de la poesía parece
confundirse con la necesidad de la belleza, pero si algo
singulariza la cosmovisión de la poesía de Alex Fleites (y lo
que anuncia los cambios por venir, es decir, lo que confiere
coherencia a momentos muy disímiles de su vida y de su obra) es
la manera contradictoria, las complicaciones que revela el modo
en que aparece la palabra belleza, es decir, la poesía, el arte
mismo, su vital necesidad: puede ser un arma de peligroso uso
(“la belleza más bien es una espada”), una condición tan fatal e
insoportable como una enfermedad (“Hay quienes padecen la más
cruel belleza”), de nuevo un arma, una herramienta desconocida
que no hay más remedio que aceptar o soportar (“El poeta no ama
el cuchillo, / pero entiende su belleza”), una cualidad
inquietante, amenazadora (“Ve de frente a los ojos/ que
cualquier día dejarán de mirar/ la terrible belleza”), por
excepción, un alivio, un refugio (“Cuando sepan que de este lado
del mundo/ la belleza puede no ser tan angustiosa”), y, por
último, una suerte de entidad autosuficiente, autofágica:
¿Será
que la belleza
no puede
dejar de
alimentarse
de sí misma?
La belleza, la poesía, son, a un tiempo, necesidad y amenaza,
plenitud y desafío, pero, sobre todo, fatalidad (en el sentido
puro de la palabra), no elección: ellas, ella (acaso dos formas
de nombrar a una misma sustancia) están en el ser, lo acompañan,
le pertenecen, también independientemente de su voluntad, tal
vez a pesar de sí mismo: están (está) en él de manera
inalienable, lo constituyen, lo condicionan y le confieren su
rostro definitivo: poliédrico, inapresable, humano.
En El arca de la serena alegría hay, en poemas como “Todo
un blando domingo” o el que da título a la colección, una suerte
de recogida en sí mismo, de énfasis en una intimidad que, como
se ha visto, está en la poesía de Alex desde su primer cuaderno.
En este, sin embargo, es ese espacio, refugio en el que se
consume “egoísta, el poco de paz/ que me ha dejado el Siglo”,
donde van a ocurrir los desequilibrios. A diferencia de otros
autores cuyas poéticas me resultan cercanas a la suya (el
tutelar Eliseo Diego y Luis Lorente, Aramís Quintero), lo íntimo
está lejos de ser el sitio idílico donde el ser se autorreconoce:
“Descanso sobre una cama que no es mía; / acabo de llegar de la
mujer/ que no me pertenece”, pero, tal vez, a los efectos de su
obra posterior, lo más significativo sea que aquí el sujeto
comienza a cobrar conciencia del devastador paso del tiempo
(tema que, hasta ahora, parecía ausente), y, como es natural,
también ingresa en su poesía la conciencia de la muerte: no de
la muerte ajena, no de la que proviene de la violencia o la
injusticia o el sacrificio, que estaba ya en textos que se
ocupaban más fielmente del contexto histórico, sino de la
inevitable, la que se aproxima, la que está en los seres que nos
son más cercanos, más queridos, y, para colmo, en nosotros
mismos, a la espera:
No estoy para morir
No es hoy la hora de la hora
Cierro los ojos con cuidado
Voy a apagar el rumor de la bestia
que pace entre los juguetes de mi hijo
A pesar de que su pie de imprenta fija su publicación en 1989,
las “Palabras prescindibles” que explican al lector la
composición híbrida de De vital importancia están
fechadas en diciembre de 1986 y el conjunto que forma El arca
de la serena alegría es de un año antes. Si nos guiamos por
esas precisiones, habría un largo hiato entre aquel cuaderno y
el siguiente libro de Alex Fleites, Ómnibus de noche,
escrito, según hace constar en la portadilla de esta
compilación, en 1995. Son de sobra conocidos, y no es preciso
volverlos a enumerar, los episodios que constituirían el
proceso, las sucesivas crisis vividas por los cubanos, y la
humanidad toda, a lo largo de esos lustros. Y si, algunas
décadas atrás, los cambios históricos que vivió la Isla a partir
de enero de 1959 serían anunciados y, luego, celebrados sobre
todo por la poesía de la que se ha dado en llamar Generación del
50, así también los nuevos cambios, menos radicales para nuestro
país pero igualmente profundos, y, esta vez, masivamente
traumáticos, ocurridos en la sociedad y en la ideología, fueron
anticipados y registrados, de muy diversas formas, por la poesía
cubana.
La desaparición de ese “poco de paz” que se consumía en el
ámbito familiar de El arca… está en la década
transcurrida entre un libro y otro, en los desequilibrios que se
comenzaron a advertir en aquellos poemas de 1985 y, como es
natural, principalmente ya en los que integran Ómnibus de
noche, un libro donde la voz, la identidad del poeta,
incluso, parece, por momentos, quebrada, descentrada. Desde el
mismo inicio del libro el discurso ofrece una fragmentación
extraña. La racionalidad previa cede ante la enumeración, la
acumulación de señales inconexas, y el desconcierto que esa
misma acumulación provoca:
Húmedo y oscuro. Obstinado y oscuro
Oscuro y lento. Distraído y oscuro
avanza por las calles que no saben su nombre
La gente está saltando de los autos
que derraman la música
Párese a beber. Párese a escuchar
como viven los otros
La serenidad ha sido borrada por el horror y por el caos, y el
caos conduce al descentramiento, a los sucesivos desencuentros
con las circunstancias, con la propia identidad. Aquellos viajes
de ida y vuelta entre realidad e imaginación se han roto, y una
y otra cara del ser se desconocen:
Húmedo y oscuro no se deje arrastrar
porque ha perdido el centro,
el tibio lugar, las manitas rosadas,
el tokonoma que se llena
con los sueños que no recordará
Los sueños, ahora, serán “horribles visiones”, o extraños (“Sólo
pensábamos beber/ hasta que el extraño sueño terminase”), o
equivocados (“ Es terrible detectar errores en el sueño”),
aunque también pueden ofrecer amparo, pero únicamente si quienes
entran en ellos son niños (“Los dos, de este lado del mundo”).
No se trata sólo de la acción devastadora de las circunstancias:
los desequilibrios son también existenciales, provienen, quizás
principalmente, de esos otros dos tópicos que ya vimos aparecer
tímidamente en El arca: el tiempo y la muerte, en su
inevitable, constante hermandad: “Las manecillas del reloj/
cruzan sus aceros/ para adelantar la muerte”. Si el sujeto
poético antes imaginaba una “historia sencilla”, idílica en su
misma modestia, situada en un espacio salvado de los avatares
del tiempo, protegido por la perfección de las mismas
circunstancias que lo generaban, ahora, al ingresar en el
ómnibus nocturno que da título al libro, éste advierte “Todos
están muertos”, y luego:
Muerte y muerte
La radio, los periódicos,
las consejas del eterno domingo
Ya nadie habla de los nacimientos
El ómnibus,
obviamente, como casi todos los motivos en que se apoyan los
poemas de Alex, es, deliberadamente (aunque ahora quizás de
forma menos explícita), referente y símbolo a un tiempo. Y en
ese registro que el sujeto va dejando, como testigo, de lo que
se reúne en el vehículo que transita de noche las calles de la
ciudad, se escucha el rumor de unos versos cantados donde ya
todo es desesperanza, sinsentido o, en última instancia, una
dura, violenta ironía, donde belleza y muerte o, lo que es
igual, poesía y destino, se funden en una sola razón:
Es bella,
cantan junto a mí,
es bella esta estancia sin luz
que se mueve en el tiempo
Entra, hermano, en el destino circular
que no es más que la suma de la perfección
En dos palabras: la muerte prometida
Lo insoportable siempre requiere ser aliviado: la intemperie
supone la necesidad de refugios. La poesía de Alex los encuentra
en los ámbitos de la intimidad, en los espacios donde el
individuo cumple su existencia: la familia, los hijos y, sobre
todo, en la amistad, ese “acto silencioso”, que no podría, o
debía siquiera, ser nombrado, y que ahora, a diferencia de como
aparecían en De vital importancia, han ganado la paz que
le falta al mundo. Esa vuelta a sí mismo está desde el título
del que es, hasta el momento, su último libro: Un perro en la
casa del amor. El ser humilde que viene de regreso entra al
calor del hogar para protegerse de la intemperie diversa y
agresiva. Esa idea del retorno, de la circularidad, del viaje
que comienza a ser cumplido se repite una y otra vez en esta
colección de poemas cuyo primer texto es, justamente, “El hijo
pródigo”, y cuyo verso inicial reza: “Y heme aquí en el punto
del comienzo”, y luego, parafraseando a Lennon, la convicción de
que “el pasado es eso que te inventas/ mientras otros se ocupan
sencillamente de vivir”.
Pero, sobre todo, ese estar de vuelta se manifiesta en este
libro por el tono, por la serenidad recuperada, una serenidad,
como es natural, diferente de aquella con que dio inicio la
poesía de Alex: aquí se impone el tono reflexivo de una
sabiduría ya no buscada sino inevitable al paso de los años y
que, por ello mismo, no es impositiva sino cuestionadora, es
decir, no cierra preguntas sino abre misterios, suposiciones,
otros espacios donde el ser pueda expandir sus expectativas o
exorcizar sus angustias. Es el caso de los bellísimos versos que
se encadenan en “Poemas encontrados en el interior de una
ballena”.
Mi amistad con Alex Fleites, como habrá advertido el lector, es
tan antigua como los versos que inician esta antología personal.
La he leído, por eso, como un recuento de mi propia vida. Podría
estar, también por ello, incapacitado para predecir otras
lecturas distantes que serán, como es natural, las más
frecuentes. Me permito asegurar, sin embargo, que toda vida es
un ir y venir entre el dolor y la belleza, entre la armonía y la
desesperanza, entre las escisiones, los desprendimientos y las
reconciliaciones del ser humano consigo mismo y, eventualmente,
también con sus circunstancias.
Leamos esta antología como un alto, un pase de cuentas a una
poesía que está registrando, con formidable fidelidad, una
porción en la vida de un individuo que somos muchos: un tiempo y
otro Tiempo, las historias y la Historia.
NOTAS
Prólogo inédito a la antología personal de Alex Fleites
La violenta ternura, de próxima aparición en La
Habana.
En los años en que nos dedicábamos a ser estudiantes de
la Escuela de Letras y de Artes le informé que una de
las calles que circunda el recinto de la Universidad de
La Habana se llama Ronda. Poco después, esa
circunstancia lo llevó a dedicarme el poema “Calle
Ronda, 2 a.m.”, cuyo primer verso reza: “Si se muere un
amigo”, y más adelante insiste: “Si se muere un amigo en
la noche de África”.Varias personas dieron por seguro
que yo había caído en combate en un continente que aún
no he pisado.
Un pequeño grupo de fervorosos amigos nos reunimos, para
su presentación, alrededor de las máquinas donde se
había impreso el cuaderno,
en un taller de la calle Galiano.
Me he ocupado de ese desplazamiento en varios textos.
Entre ellos: “En otro lugar la poesía”, prólogo a la
antología Los ríos de la mañana. Poesía cubana de los
años 80, Ed. Unión, 1995.
“Alex Fleites cree que es de vital importancia el
triunfo de la amistad y la poesía”, dice la dedicatoria
del ejemplar que conservo de este libro.
Ómnibus, que en latín significa “para todos”, sería, a
un tiempo, un vehículo para el transporte colectivo y un
estado anímico o “muerte prometida” que es,
literalmente, para todos
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