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Jotamario Arbeláez: Nada es para siempre
Rafael del Castillo
Jotamario
Arbeláez (Cali, Colombia, 1940), es uno de los poetas
colombianos más representativos. Se le reconoce como uno de los
fundadores del movimiento nadaista, el cual tiene su punto de
partida tanto en las vanguardias europeas del siglo pasado como
en la generación beat, el hippismo y la “contracultura”.
Autodidacta y antiacadémico, ha sido publicista, funcionario
público, periodista y profesor universitario. En 1980 ganó el
Premio Nacional de Poesía convocado por la editorial Oveja Negra
y la revista de poesía Golpe de dados. Posteriormente ha
obtenido otros como el Nacional de Poesía del Ministerio de
Cultura, el Premio del Instituto Distrital de Cultura, etc. En
1996 recibió la Orden del Congreso de Colombia y el V Encuentro
Internacional de Escritores de Bogotá le ofreció su homenaje.
Entre sus libros de poesía publicados se cuentan: El profeta
en su casa, 1966; Mi reino por este mundo, 1980;
En paños menores, 1994; La casa de memoria, 1995, y
El cuerpo de ella, 2000. Sus memorias aparecieron en el
2002 bajo el título de Nada es para siempre.
RdC - ¿Cuándo y en qué circunstancias tuvo usted su primera
cita con la poesía?
JA - Mi primera relación verdadera con la poesía se operó el día
en que el profeta Gonzalo Arango, recién llegado a Cali a
corromper a la juventud predicándole el nadaísmo en 1959,
procedió a romperme uno a uno los poemas que había confeccionado
de los 15 a los 18 años, siguiendo los nutrientes de la poesía
convencional en boga: Silva, Barba, Valencia, Carranza, en lo
nacional, y Bécquer, Geraldy, Leopardi, Nervo, Santos Chocano y
Bernárdez, en lo universal. Era por tanto la mía una poesía
primeriza y almibarada, apenas levemente tocada por el
avizoramiento siniestro de Lautréamont, Baudelaire, Verlaine y
Rimbaud. En realidad, a pesar de tener la sensibilidad del
poeta, no había ingresado a ese nuevo mundo que nos descubrieron
los monstruos. Me dejé romper la obra completa que para lo único
que me había servido hasta ese momento era para romper culos,
pues comencé a escribir poemas a raíz de unas calabazas que me
diera Gloria Sánchez, una chica muy linda de un barrio marginal
donde iba a visitarla todas las noches en bicicleta, y tuvimos
la ilusión durante varios meses de ser novios hasta que un
compañero me preguntó si me le había declarado y le dije que
claro que no, entonces cómo pueden ser novios si no han
oficializado, por lo cual organicé mis palabras para
manifestarle mi amor, que sería punto menos que eterno, pues era
la mujer más bella y más pura que habían tocado mis ojos, si a
partir de ese momento me daba el sí, y naturalmente me dijo no,
pues según me comentó más tarde, la sola mención de la palabra
eternidad le hacía doler la cabeza. Por poco me tiro esa noche
con todo y bicicleta al paso del tren. No era posible que una
mujer rechazara a semejante hombre como entonces yo era,
inteligente y pinta y buen billarista y buen bailarín. Un poeta
joven y según veo muy interesado por esa escuela del demonio,
como consideraba por entonces la beatería las pistas de baile.
Camaján por añadidura. ¿Sabe usted lo que era un camaján de la
época? Era un bailarín
arrebatado de la música mexicana y caribeña de los años
cincuenta. Su atuendo consistía de pantalones de gabardina de
bota angostísima con doblés estilo tarro y chaqueta de paño por
lo general de cuadros con solapas anchas --como ancha era la
pretina del pantalón por encima de la correa bien angosta-- y
cuyos bordes daban hasta cuatro dedos más abajo del largo de la
mano. Zapatos combinados y con puntera punteada, más una rodaja
extra de suela en los tacones por aquello de la estatura. El
cabello, que formaba una bomba sobre la frente llamada “mota”,
se apretaba con gomina en los parietales y se entrecruzaba en la
perpendicular del occipital. Al caminar, oscilaba sus brazos por
detrás del cuerpo y las puntas de los zapatos apuntaban hacia
los lados. Su ídolo era Daniel Santos, quien en Cali tuvo un
sosías, el cantante Tito Cortés, introductor de la yerba en el
tablado de los artistas del ritmo. El camaján, también llamado “pachuco”,
era el preferido como chulo por las putas de postín. Cada vez
que se encontraba con alguien lo primero que expresaba era
“uy, hermano”, oración heredada de los tristes
cómicos mexicanos Resortes y Clavillazo, que marcaban la tónica
gracias a los Laboratorios Churubusco Azteca. Su jerga impuso la
palabra “legal” como sinónimo de bueno, disfrutable, agradable.
De allí armé en un arrebato iluminado mi frase famosa: “¿Qué
necesidad hay de legalizar la marihuana, si la marihuana es
‘legal’?”, utilizada después por Ernesto Samper para su
campaña hacia la presidencia de la república, que se le andaba
trabando.
RdC - Hablaba de sus calabazas poéticas y terminó bailando
con la política.
JA - He bailado con todo porque nunca me he prohibido nada, no
faltaba más. Pero le sigo contando del infortunio emocional que
me lanzó a cultivar la palabra bella y sagrada como bala o
escupitajo. Esa noche, en medio de tamaña decepción, topé en la
reducida biblioteca de mi papá, que a pesar de ser dado al
iluminismo algo guardaba de romántico, con unos poemas de don
Ramón de Campoamor que parodié y llevé al otro día dedicados a
la hermana de mi novia frustrada, a Florencia, quien con sólo
leerlos cayó en mis brazos. Habiéndome robado el albedrío un
amor tan infausto como el mío, y ya perdidos la quietud y el
seso, volvía yo a Salomia en taxi expreso. No podía creer en
el poder de encantamiento de esa sarta de verba. Al otro día,
como Florencia no había llegado de su clase nocturna, me recibió
la visita el hermanito en el jardín de la casa, quien también
quería que le echara su poemita. La situación iba tomando los
ribetes de Teorema, de Passolini. Entonces descubrí que
el poema es el arma más desleal para conquistar a otro ser.
Escribir un poema a una persona es hacerle perder todas sus
defensas, peor que el sida. Se te entrega indefectiblemente, así
el poema sea malo. De modo pues que atenté contra el libre
albedrío escribiendo a diestra y siniestra textos
inescrupulosos, con un resultado 90 por ciento efectivo. Esos
fueron los presuntos poemas que me rompió el profeta a la vista
de la muda, a la vista de la absorta caravana de jóvenes
aspirantes a hacer parte del movimiento más negativamente
luminoso en la época más oscura del planeta. Al otro día
apareció en mi casa, mi padre orgulloso le franqueó la puerta,
y entrándose en mi cuarto de bachiller reprobado expurgó mis
fatídicas influencias, incluso las que creía insertas en la
modernidad. Prácticamente fue a dar a la basura mi precaria
biblioteca. Adiós don Vicente Aleixandre con su amorío
destructivo, adiós Luis Vidales a quien tomaba por vanguardista
con sus musarañas, adiós Pablo Neruda con sus jodas elementales,
adiós Rubén Darío con su querida de París, y hasta luego las
obras completas de Vargas Vila y la colección de Selecciones. Me
puso en cambio a Apollinaire, a Artaud, a Maiakovski, a Tzara, a
Marinetti, a Peret, a Ginsberg, al Fernando González de Viaje
a pie, al Van Gogh de Cartas a Theo. Y el tomo de
Marcel Raymond, De Baudelaire al surrealismo. Me dijo que
la poesía era un arma cargada. Que era el único instrumento
válido para cambiar el rostro del mundo. Pero sin ni siquiera
utilizarla para la queja o la denuncia. Incluso mientras más
abstracta fuera la formulación tendría más poder de disociación
e ignicencia. Enseguida nos fuimos a tomar un aguardiente donde
las putas, que quedaban precisamente a la vuelta de la casa.
Papá dijo que nos caería más tarde. Todavía lo estamos
esperando.
RdC -¿Usted nació o se hizo nadaísta?
JA - El hombre nace bueno, pero la sociedad lo va haciendo
nadaísta. El espectáculo de mi infancia fueron los cadáveres de
liberales en las esquinas, acribillados por las balas de los
carros fantasmas conducidos por “los pájaros”, asesinos a
órdenes del gobierno conservador. A mi padre y a mi tío Jorge
Giraldo los buscaban para hacerles tragar sus corbatas rojas. La
muerte de Gaitán, según Gonzalo Arango, fue un detonante para su
rebeldía. El nadaísmo, a pesar de su aparente consistencia
gaseosa, nacía como una manifestación de repudio al desangre y a
la injusticia. Ya don Manuel Marulanda Vélez andaba descampando
en el monte, mientras le bombardeaban sus puercos y sus
gallinas. Cuatro años después fundaría las
farc, segundo
movimiento en importancia contra el orden establecido.
Pero la violencia no se aplicaba solamente en lo político;
también había una violencia académica que nos imponía como
modelos literarios a seguir esperpentos como la María de
Jorge Isaacs. O la literatura costumbrista de don Tomás
Carrasquilla. Y la influencia del clero en el comportamiento de
las familias era catastrófica; a son de defender la moral y el
statu quo hundían a la familia en el rebaño de la
sumisión ante los atropellos de la clase dominante, sin ninguna
posibilidad de liberación siquiera de la libido, pues era pecado
mortal fornicar por fuera del matrimonio. Así se forjaban
generaciones de tarados que marchaban como robots hacia la
extremaunción.
Me hice nadaísta porque encontré en el nadaísmo mi bandera, mi
patria, mi religión. Acababa de perder el bachillerato en el
Santa Librada y nada tenía para ofrecerme el futuro. Todos los
panes del sacrificio que había demandado mi educación secundaria
se habían perdido. Y no habría universidad para este réprobo
reprobado. Sin embargo, a pesar de que el nadaísmo generaba
unánime rechazo cuando no la repugnancia sincera de los padres
de familia, papá se sintió orgulloso de que yo ingresara a la
horda de Gonzalo, que para él era el personaje más grande que
había dado Colombia después de Vargas Vila y el Indio Uribe,
también de Andes.
RdC - Desde esa perspectiva, ¿qué vendría a ser el nadaísmo
a estas alturas?
JA - A pesar de que a estas alturas el nadaísmo es el pan de los
ángeles, durante cuarenta años fue cianuro en la mesa del
opulento. A más de la poesía, ese viaducto para saltar hacia el
absoluto, cultivamos el panfleto al que le cambiamos el insulto
directo por el sarcasmo, contra esos poderes opresores de la
vida, contra esos personajes nefastos ocultos a veces bajo
respetables pantallas. No fue posible seguir una sola vía. Al
andar de mano de la juventud y acogidos a la vanguardia,
saltamos del rock and roll al go-gó y yeyé, a la canción
protesta, al rock y al rock pesado y al rock ácido, a la
metálica y al break dance, los que llegamos a él antes de
que nos alcanzara el reumatismo. Como en pintura brincábamos del
abstracto, que exaltamos con Marta Traba, al pop art, al op art,
al arte monstruoso, al hiperrealismo y a las transvanguardias,
terminan en Botero, al que tanto detesta José Luis Cuevas, pero
quien fuera condiscípulo de bachillerato de nuestro profeta en
la Universidad de Antioquia. Igualmente, a la par que cantábamos
a los guerrilleros heroicos que hacían la lucha contra el
sistema desde el monte apoyados en la cruz de su metralleta,
como Camilo Torres, nos sumergíamos en la posición de los monjes
zen frente a una sociedad con la que no podíamos tener ningún
tipo de comunicación pues renunciábamos a la lógica de
occidente, a Aristóteles y a Descartes. A algunos en algún
momento nos llegó la tentación mística. Gonzalo Arango terminó
su vida prácticamente como un santo varón, habiendo renegado de
su “inventico”, que condujo a tantos jóvenes, según él, al
desfiladero. Cuando él volvió su mirada a la divinidad nos dejó
viendo un chispero. Respetamos su transición –que nunca
traición-- como un acto muy personal que casi significaba la
corona de la obra, como dicen los esotéricos, pero los demás
continuamos sumergidos en la protesta y en la sacramental
pereza. Yo tuve a mi vez contacto con una horda de místicos que
se comunicaban con unos santos de la iglesia --San Nicolás de
Tolentino y San Agustín de Hipona-- por métodos de mediumnidad,
y me reclutaron para una misión cismática que terminaría con la
imposición del verdadero Cristo sobre la iglesia de Roma. Esto
fue en 1967. Estuve en la Luna cuando el alunizaje de Armstrong
que conté en una oportuna crónica, recibí dictados acerca de
temas de mi absoluto desconocimiento para conferencias en
cenáculos de seminarios, dicté una conferencia en los baños
turcos del Hotel San Francisco titulada El nadaísmo a todo
vapor, por sugerencia de San Nicolás y me gané una larga
temporada de vivienda gratuita. Todavía no he renegado de mi
ateísmo pero cada vez siento más nítidamente a Cristo caminando
hacia mí con pasos de animal grande.
RdC - A juzgar por las imágenes, los momentos y el enfoque que
da a los "personajes" que evoca a través de sus poemas, la
actitud iconoclasta estuvo presente siempre en su encuentro con
el mundo. ¿Qué incidencia tiene esta postura en su poética
personal?
JA - Como dije en un poema, de iconoclasta sólo tengo este puño
que tumba templos. Fui uno de los que siguió más a pie juntillas
la sentencia del profeta de no dejar una fe intacta ni un ídolo
en su sitio. Durante mucho tiempo mis anti-ídolos fueron Laszlo
Toth, el húngaro que destruyó a martillazos una rodilla del
Cristo de La Pietá en el Vaticano, y Ali Agca, el turco
que disparó contra el Papa en la plaza de San Pedro. Nuestra
prosa sostenía en una mano el martillo del uno y el revólver
del otro. Pero nuestra fortaleza nunca fue la praxis, ni
siquiera por pacifismo sino por física flojera. Nos
contentábamos con ser los autores intelectuales de la revuelta
del fin del mundo. Criminales perfectos.
RdC -
Es de conocimiento público que hacia 1980 usted obtiene el
Premio Nacional de Poesía de La Oveja Negra y la revista
Golpe de Dados y empieza a trabajar como publicista. Cumplía
también por esas fechas sus primeros cuarenta años, pero ¿quién
era y qué hacía el Jotamario anterior?
JA - Para 1980 se había acabado el hippismo, bajo cuyas toldas
escampamos algunos nadaístas que veíamos en esta irrupción el
cumplimiento de nuestros vaticinios generacionales: la impetuosa
presencia en los escenarios mundiales de la juventud, su
irrefrenable resistencia pacífica que fue determinante para
acabar con la guerra de Vietnam, el reverdecimiento de las
doctrinas orientales, especialmente el budismo y el brahmanismo,
la entronización del consumo de marihuana como ritual, la
práctica desembozada del amor libre en comunas al aire libre, la
fusión indiscriminada de todas las clases sociales de todas las
nacionalidades alrededor de un hongo o de una pastilla de
lsd para emprender
el gran viaje del conocimiento. Así como Ginsberg en
Norteamérica, que había sido beatnik, nos tocó asumir una
influencia natural en esta tribu que con su pacifismo inherente
venía a imponer un tempo más revolucionario que la
izquierda recalcitrante contra los altos muros del
establecimiento. Su consigna de combate fue el no combate. Pero,
¿qué más embate que el no al consumismo? Para empezar casi
quiebran los peluqueros. Y los fabricantes de elementos
suntuarios de aseo, los perfumistas y modistos. Porque fue mucha
la juventud burguesa que se adhirió a nuestras fachas y a
nuestras mechas. Cuando se acabaron los hippies porque se nos
acabó la ropa, me quedé viendo un chispero. Diez años llevaba en
Bogotá viviendo de la magia mi amante Maga, y de mi nombradía
alcanzada con el libro El profeta en su casa de 1965,
pero había aparecido otro Jotamario que era presentador de
televisión y me había desdibujado; para los de mi casa había
sido una promesa incumplida. El editor de La Oveja Negra, José
Vicente Kataraín, no me recibía para no tener que rechazar el
legajo de mis poemas. En todo caso los empaqué y envié al
concurso convocado por él y por Mario Rivero, director de la
revista Golpe de Dados, y desde luego, gané, pues en el
jurado, además de Mario, figuraban Darío Jaramillo Agudelo y J.G.
Cobo Borda, los únicos otros poetas nacionales que hubieran
podido ganarme. Ese premio me representó, además de los
abultados morlacos prometidos por San Nicolás, una amante
burguesa espectacular, un llamado de la empresa publicitaria
para que percibiera el mismo monto del premio todos los meses
del resto de mi vida y una gira poética por Europa central a
partir de la participación en el Festival Poético de Macedonia
Las noches de Struga. Desde entonces cambió mi vida. Como
Marinetti, me construí un castillo con las piedras que me
tiraron.
RdC - Su amigo,
el también poeta Jaime Jaramillo Escobar, lo pinta a usted como
todo un dandy en el conocido poema "Jotamario de Cali" y usted
mismo, hasta donde lo conozco, es un cultor concienzudo de la
"vida pública". ¿Cómo atempera tales frivolidades
con su trabajo poético?
JA - Ojalá hubiera podido ser un dandy como Baudelaire, aún con
las solapas chorreadas. Todo se desprende de que como mi padre
era sastre, hizo de mí un hombre de paño y sobre medidas. Casi
no venzo su resistencia para que me dejara un día embutirme en
unos bluyines. Era un muchacho de barriada destinado a
comerme el mundo. Debía por lo menos aprender el uso correcto de
la servilleta. Ciorán, que es el enemigo más grande de todo lo
que huela a sociabilidad humana, afirmaba que asistía a los
cocteles cuando escaseaba el whisky en casa. Me dediqué a la
vida pública cuando fracasé en mi vida privada. La mayoría de
las veces me iba mejor por la calle que por la casa. De modo que
atemperaba el trabajo de la yemas de mis dedos en la casa sobre
las teclas y afuera sobre otra teclas.
RdC - Durante la efervescencia seudo-revolucionaria de los
sesenta, setenta y ochenta, a los nadaístas en general, y a
usted en particular, se les acusó de mantenerse al margen de los
compromisos políticos. ¿A qué atribuye el hecho de que para los
jóvenes y adolescentes de hoy sean precisamente ustedes los que
permanezcan aún vigentes en lo que a actitudes contestatarias se
refiere?
JA -¿De seudo-revolucionaria califica usted, poeta, a nuestra
efervescencia de los años sesenta? ¡Pero si es lo más auténtico
que se ha sucedido en la historia de la humanidad desde la
Atenas de Pericles, el renacimiento italiano, el Siglo de Oro
español y el iluminismo francés! Hasta el comunismo de entonces
tenía algo de mesianismo. La revolución había que hacerse de
manera global, no dándole gusto solamente al estómago sino a
cada una de las vísceras de la desasida criatura humana. Con la
revolución económica había que hacer la revolución cultural, la
revolución sensual, la de la mente hacia las regiones
desconocidas. Actualmente seguimos luchando por introducir el
sexo y la permisividad de la droga en los contextos legales,
para que cesen las sicopatías de las aberraciones y la violencia
del narcotráfico. Son problemas aún vigentes en la juventud, que
ya ha superado felizmente los traumas del clero y de la
academia.
RdC - Hay quienes aseguran que, si bien el
nadaísmo es producto de la impetuosa influencia de las
vanguardias y las post-vanguardias, y que con todo y que en
consecuencia sus miembros se asumieron como grupo, existen
marcadas diferencias en el trabajo de cada uno de ustedes. Más
aún, se anota en torno a dicha idea, que pese a haberse erigido
en movimiento, sus integrantes resultaron siendo menos
dogmáticos que quienes adhirieron a los postulados del
surrealismo, en general todos ellos más papistas que el Papa.
¿Qué nos puede comentar en torno de tales aseveraciones?
JA - Hubo tantos nadaísmos cuantos nadaístas fueron. Cada uno
iba haciendo la doctrina del nadaísmo a medida que avanzaba con
sus actos fallidos. El único más o menos coherente con la
formulación de la inasible doctrina fue su fundador Gonzalo
Arango, quien aprovechaba su insomnio constelado para formular
teorías a través de sus cuentos y de sus obras de teatro,
apoyándose en lo que iba leyendo de sus aliados. Sólo trabajaron
a fondo la filosofía nadaísta Gonzalo y Eduardo Escobar. Jaime
Jaramillo Escobar formuló su estética. Elmo Valencia y yo nos
dedicamos a la picaresca. A los demás sólo les preocupó la
creación literaria. Recuerdo que, en el surrealismo, Breton era
recalcitrante contra la homosexualidad de sus miembros, mientras
que entre los beatniks casi era una condición. Entre
nosotros fue hermoso y significativo el aporte de los discípulos
de Cavafis. Acuérdese de que un señor Rubayata habla en Quién
es quién en la poesía colombiana de la mariquería de los
nadaístas, a la que opone la machera de un tal Zafir. Ahora que
si lo que desea es que me refiera a circunstancias nacionales
epigonales del surrealismo mal digerido, que confunden la unión
libre con la libertad de joder al opositor y a la escritura
automática con la navaja electromagnética, me abstengo de
responder porque ya estoy muy herido.
RdC -¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Los nadaístas
o los beatniks?
JA - Primero fue el huevo de los beatniks y después la
gallina de los huevos de oro del nadaísmo. Pero conocimos la
obra de Kerouac cuando ya andábamos en el camino, y la de
Ginsberg cuando estábamos afónicos de aullar. En nuestro
magazine Esquirla publicamos Howl como el
manifiesto amotinado, alucinado, libertario y drogo de la nueva
generación. Elmo Valencia compartió con Ginsberg en la Habana
como jurados del premio Casa de las Américas en el 65, cuando a
éste último lo expulsaron a Praga porque, según las malas
lenguas, declaró que quería acostarse con el Che Guevara. En
Praga fue coronado por la juventud como Rey de Mayo, y dio un
recital con Elmo en un club nocturno donde su majestad terminó
dormido en el trono del inodoro.
RdC -¿En qué países la poesía tiene el sello nadaísta?
JA - El sello nadaísta para almohadilla de tinta todavía no lo
hemos mandado a hacer. Además ya pasó a la historia con la
revolución informática. En todo caso, la poesía en Latinoamérica
entera ya tuvo su sacudón. No te diría que por obra del nadaísmo,
sino de todas las influencias comunes que nos marcaron. Entre
ellas la indeleble huella del poeta sacerdote nica Ernesto
Cardenal. En los años sesenta estuvimos involucrados con la
revista El Corno Emplumado, que manejaban Sergio
Mondragón y Margaret Randall, y era el puente intercomunicativo
de la poesía latina con la norteamericana. Y con Pájaro
Cascabel, de la inolvidable Thelma Nava. Y con Eco
Contemporáneo que dirigía en Buenos Aires Miguel Grinberg. Y
con La Bufanda del Sol, de los tzántzicos comandados por
Ulises Estrella e Iván Egüez. Y con Rayado sobre el Techo
de los integrantes de El Techo de la Ballena venezolano. Lo raro
es que el gran salto de vanguardia que propiciamos a nivel
internacional es tratado ahora de contrarrestar con un
neorromanticismo alemán que nos deja fríos. Se está tratando de
que la juventud actual de un gran paso atrás en las conquistas
poéticas. Pero habrá que aceptar que la reacción también tiene
su derecho al pataleo.
RdC - Ustedes, como movimiento, no tienen epígonos aun
cuando sí poseen un gran número de lectores. ¿Qué opina de las
actitudes epigonales?
JA - Todos los días de la vida se plantan ante mi estudio
jóvenes que dicen querer continuar con el movimiento nadaísta,
así haya que alterar o complementar sus primeros postulados. Les
tiro un hueso y se van felices a roerlo y a hacerlo carne en su
expresividad espontánea. Por ahora hay un grupo en Zipaquirá que
se apresta a recoger el palo de la bandera, ya que no tuvimos
recursos para comprar y pintar el trapo. El nadaísmo fue para
siempre y fue para la juventud y fue para la libertad libertina
y para el combate y para la diversión. Quién iba a creer que
sería un movimiento vigente, y como el que más, en el siglo
xxi. En estos dos
últimos años se han publicado más libros nuestros que en los 40
anteriores. A lo mejor ni el mundo ni los intelectuales
solitarios no solidarios estén para la elaboración de la poesía
en pandilla, como logramos hacerlo.
RdC - Desde hace algunos años para acá se le ha visto apoyar
de gesto y de palabra a algunos políticos que de una u otra
manera son fieles a las feas costumbres que les caracterizan.
¿Cómo conciliará, llegado el momento, a sus seguidores políticos
con sus seguidores poéticos?
JA - Si he andado con poetas de la peor calaña, de ésos que
creen que si existe otro buen poeta en el país hay que
exterminarlo, y he andado con putas de la mejor especie que han
sido eminencias detrás del trono, y he andado con narcos cuya
amistad era el orgullo social de nuestra clase dirigente, y con
guerrilleros sin alma que creían estar cumpliendo sus idealismos
justicieros, y con delincuentes comunes que nos han servido de
guardaespaldas, ¿por qué no puedo andar con políticos como han
hecho Gabo, Mutis, Rojas, Carranza, sin que nadie les diga nada?
No tengo por qué retirarle la palabra a ningún leproso. A
algunos les he ayudado para joder a los otros, como al general
Rojas cuando le robaron las elecciones; a otros en cumplimiento
de mi trabajo publicitario como al actual presidente Pastrana, a
quien puse en la alcaldía de Bogotá, y a otros porque me generan
una enorme simpatía personal y amorosa como Noemí Sanín. Siempre
me cuestionan mis actuaciones precisamente quienes no tienen por
qué ser mis veedores. Cuando trabajé en la publicidad me
tildaron de tránsfuga, sobre todo los izquierdistas; cuando
escribí en la gran prensa me llamaron vendido; cuando me gané
los premios de poesía me acusaron de fraudulento; cuando tuve
carro me dijeron que me veían desdibujado; cuando tuve hijos (a
partir de los 50 años) me sacaron en cara mis antiguos escritos
contra la paternidad. En todo caso, yo como nadaísta nunca hice
votos de pobreza ni de castidad ni de aburrimiento. La poesía me
permite comportarme como me de la puta gana, aún con mis errores
políticos, como los tuvieron Whitman con la democracia, Pound
con el fascismo, Neruda y Cardenal con el comunismo, Mutis con
la monarquía, Ginsberg y Ferlinguetti con el hippismo, sin que
ello le reste grandeza a su poesía.
RdC -¿Qué puede aportar la poesía en los días que corren?
JA - Ha llegado el tiempo de los asesinos, clamaba Rimbaud. En
mi país ha llegado la guerra. Luego ha llegado el tiempo de los
poetas. ¿Y qué puede hacer un poeta en la guerra aparte de no
dejarse matar? ¿Aparte de tomar nota para la epopeya futura?
¿Deberá dirigirse a los bandos en trifulca y clamar por una paz
boba? Lo único que le queda es no embanderarse, porque en el
bando que se ponga la lleva perdida, ya que ningún bando tiene
razón. Sobre todo si desconoce las razones del otro. |