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Visiones de Fijman
Carlos Riccardo
“Demencia
–comienza “Canto del Cisne”-: el camino más alto y más
desierto.” Son los primeros versos de Molino Rojo, el
primer libro de Jacobo Fijman, pero este cisne se parece más al
de Baudelaire imprecando al cielo (o al Albatros entre los muros
del hospicio), que al de Rubén Darío que ya está muerto. Y no
hay a quien llamar en este desierto donde se cambiaron las
burlas por los electro-shocks y las quemaduras en el pico por
unas groseras manos en el cuello. Sin embargo, primera paradoja,
este canto que, se dice, remeda metafóricamente al ocaso del
“genio” es el inicio de una de las obras más singulares de la
poesía argentina.
Singularidad que radica no sólo en la materia de sus imágenes,
en la potencia de su poesía naturalmente sobrenatural, o en el
destino de soledad que la enhebra con los giros dolorosos de su
propia vida sino, y sobre todo, en la autenticidad que ese
camino –el más alto- implicó para él mismo. Fijman es uno de
aquellos horribles trabajadores que anunciaba Rimbaud, que
llegan hasta regiones desconocidas para mostrarnos algo oculto,
desapercibido, aunque sea una alucinada verdad. Y esta es la
segunda paradoja: que la poesía, guiada incluso por la locura, y
a pesar de ella, de su costo irremediable y de su padecimiento,
puede acercarnos un poco más de realidad.
No
hay ningún equívoco en esto: Fijman es poeta a pesar de
la locura y Molino Rojo –el antecedente natural, casi
secreto, del surrealismo argentino- es el libro de ese vértigo;
punto de encuentro de todas las visiones, del sarcasmo al que ha
sido sometido por azar biológico, del horror de la noche
encendida por lo absurdo, de la angustia de las apariencias que
entornan lo real con sus máscaras desafinadas y grotescas.
Frases fragmentadas, estados-palabras en un ritmo giratorio,
roto por lo visual –hasta los oídos están perforados de
imágenes-, por una sensibilidad exasperada que ha encontrado en
la sinestesia la conciencia pánica, es decir, no sólo el
ánimo de lo inanimado, sino las correspondencias, la fusión de
los sentidos en el brote descarnado del mundo.
Éste
es el sub-cristal (“Brilla el cristal de mi locura”), esa
mirada desellada, sin párpados, que no puede dejar de ver
–percepción pura-, que no puede dejar de oír, que no puede dejar
de padecer su destino. Y esto es, pronto se lo comprende,
también el sub-drama, la tragedia personal por debajo de
la gran tragedia del mundo, de la humanidad expuesta a un dolor
sin remedio, a una locura de la realidad que parece llover “sin
latitud” desde un “silencio eterno”.
¿Podemos acaso llamar a esto irrealidad? Sí, si por realidad
entendemos sólo el aspecto de las cosas que nos tranquilizan
dentro de los campos o estructuras “normales”, acotadas y
socialmente aceptadas. Fijman, el poeta, lo sabe con una
claridad que difícilmente podemos identificar con delirios
psicóticos; en todo caso, lo comprende de una forma tan radical
en sí mismo –“El Otro”, “Cena”, “Velada”, por ejemplo, son
poemas tan lúcidos- que es necesario dudar de los diagnósticos
clínicos y otorgarle a él el valor de lo que dice acerca de su
sufrimiento y de lo que su mirada muestra sobre nuestra
realidad.
Ahora bien, una realidad así –la de la desolación, la angustia,
el pavor encarnado- debe transformarse, y esta premisa es la que
entrelíneas nos hace descubrir lo que en su vida Fijman ha de
resolver con un gesto fundamental e irreversible –podría agregar
incomprensible para muchos de nosotros- después de una nueva
crisis personal: su conversión al catolicismo. Resulta
que el bautismo lava el espíritu, cura a partir de la creencia
de la posibilidad de un cambio, promete mediante la fe, algo
como una salvación, un consuelo y una responsabilidad
indisociable de la entrega del alma, ya que convertirse
significa, sobre todo, aceptar y ser ese crucificado que, en su
sacrificio, redime al mundo.
Esto
será claramente comprendido en Estrella de la Mañana, el
último libro por él publicado, en tanto que Hecho de Estampas
–editado en esta época- aparece no sólo como el velado reflejo
del giro que se ha operado en su vida sino como la prosecución
del camino, solitario, que lleva a Jacobo Fijman desde la visión
a la misión. Desde la perspectiva que nos dan los años
transcurridos, la larga dedicatoria a sus viejos compañeros
martinfierristas con la que se abre esta obra suena más a una
despedida que a un homenaje.
Se
podría decir que Hecho de Estampas es una temporada en el
purgatorio o el tiempo de la “adolescencia en Dios”. Estación de
la espera, donde la “noche oscura” sigue encerrada en sus pasos
pero en la que, a la vez, siente “venir el fresco gusto del
alumbrar”; libro de cruce y de pasaje entre la vida eterna,
prometida en la muerte, y la vida –prometida de la muerte- que
deja atrás. Catorce estampas que, en un claroscuro bello y
triste, como de sueño o de pintura religiosa, muestran el rastro
de una nueva Pasión (“Yo me veo colgado como un cristo amarillo
sobre los vidrios pálidos del mundo” o “Dios pesa”), catorce
cuadros de una exposición a la luz del dolor y la fe. Caer,
cavar, bajar son los verbos que se suspenden en esta muerte. Sin
embargo, ésta es ante todo un estado de vigilia, de espera, de
ad-venimiento: la zona en que toman forma los símbolos de una
esperanza recién nacida: “una escondida estrella arrima su
sosiego”.
*
* *
Estrella de la Mañana
–esta Estrella que según Fijman es la encarnación del Verbo- es
tanto un punto de arribo como de comienzo, habla tanto de la
muerte como de un renacer: estado de gracia que se alcanza sólo
por un absoluto despojamiento, de la visión desolada, y de las
palabras que hasta aquí lo sostenían en el mundo y en la vida:
Los
ojos mueren en la visión desnuda de carne y de palabras.
Los
ojos son el vehículo esencial en la poesía de Jacobo Fijman. A
través de ellos la obra vuelve a ser mirada y se transforma. Si
Molino Rojo es la realidad alucinada y giratoria, fijada
en poemas; Hecho de Estampas es el tránsito inmóvil de la
mirada hacia lo vislumbrado más allá de las palabras. Los ojos
trazan un recorrido que va del signo al símbolo, de la locura a
la mística, avistan las distintas zonas de pasaje de ese alto
camino desierto que en Estrella de la Mañana florecerá en
puro canto.
Los
poemas de Estrella de la Mañana bordean el misterio del
alumbramiento, en el que la sustancia renace en la esencia,
cuerpo de luz; punto de nada donde la gracia toca y que después
se revela como la fuente donde han sido lavados los ojos,
contemplación absorta de sentido:
La
gracia limpia mis ojos en la gracia, mis ojos alumbrados en el
Nombre.
El
cisne se ha convertido en un cordero de Dios, dará testimonio de
su transformación en un canto de alabanza, no exento de la
memoria del dolor –incluso por momentos ese canto allí se
abisma, en un reflejo del pavor real de la vida vivida aquí-, ya
que el dolor, la soledad, la muerte, es decir, lo humano, es la
condición necesaria para la redención por amor que Cristo
significa. Es importante remarcar esta significación del amor,
ya que por su intermedio, por el renunciamiento que ello
implica, el alma del hombre es redimida y puede reordenar el
sinsentido en una especie de perfección trascendente:
Alma
mía somos en Dios desnudez ordenada.
Desnudez de la carne, en este reino ya no hay máscaras, desnudez
de los ojos perdonados, enamorados ahora, sostenidos en la
perfección del estado divino; desnudez de la desnudez que
conlleva la libertad del renunciamiento total del hombre en
nombre de esa promesa de redención y sosiego que la más absoluta
comunión con Dios significa:
Y
hecho he sido en lo interior de todo y nada.
*
* *
Diez
años después de la publicación de Estrella de la Mañana
es internado en el Borda, definitivamente. Se alega una nueva
crisis espiritual; se le suma la pobreza. A estas alturas se
puede entrever el conflicto que la presencia de este auténtico
poeta causó en los círculos literarios; este loco de bondad
–judío entre los católicos, cristiano entre los judíos- en el
seno de la iglesia y en los perversos sistemas de salud y
represión. Pero el conflicto, en realidad, señala la hipocresía
anidada en los circuitos sociales, literarios, hospitalarios,
-que juzgan la propiedad (mental y material) como requisito de
pertenencia-, la que ha impedido a la crítica, a la iglesia, a
la psiquiatría, darle a este hombre que sólo cometió “pecados de
lengua” el lugar y el trato que merecía. En cambio, lo único que
pudo hacer con él fue arrojarlo a una marginalidad avergonzante.
La
mucha luz alaba su inocencia.
ANTOLOGÍA JACOBO FIJMAN
De MOLINO ROJO (1926)
CANTO DEL CISNE
Demencia:
el
camino más alto y más desierto.
Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y
descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.
Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en
el camino más alto y más desierto.
Se
erizan los cabellos del espanto.
La
mucha luz alaba su inocencia.
El
patio del hospicio es como un banco
a lo
largo del muro.
Cuerdas de los silencios más eternos.
Me
hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A
quién llamar?
¿A
quién llamar desde el camino
tan
alto y tan desierto?
Se
acerca Dios en pilchas de loquero,
y
ahorca mi gañote
con
sus enormes manos sarmentosas;
y mi
canto se enrosca en el desierto.
¡Piedad!
VELADA
Rumor de carreteras aflautadas
en
los alientos turbios de las miradas grises.
Portazos;
temblor de las vidrieras; cóleras destempladas.
Aúlla el frío blanco;
el
suelo se ha caído de mis manos.
Crucifijos en somnolencia.
Marcha de retrocesos.
¿Qué
ruedas empujamos?
Acordeones desafinados
de
mi sabrosa angustia.
Aúlla el frío blanco
cual
los gritos helados de un espejo.
Silencios enjugados en la nada;
marchas muy bien envueltas, casi fijas.
Almohadas que lloran desesperadamente;
júbilos disonantes
de
huellas desgarradas;
pasos atrás, deshechos
en
la inconciencia.
Mi
corazón es una estrella en sorna;
canción de mis fogatas.
Almohadas burlescas que sollozan
desesperadamente.
Aúlla el frío blanco
Cual
los gritos helados de un espejo.
SUBCRISTAL
Zarpas monótonas
amarillentas de las horas
de
Otoño,
en
las cifras muy lentas de mi hastío.
Tonalidades;
respuestas y llamadas de motivos
en
una discordancia de apariencias.
Brilla el cristal de mi locura.
Efervescencias bruscas;
ojos
endemoniados de un molino
junto al enorme zueco
de
una carreta que relincha.
Cascan mis dientes piedras de blasfemia.
SUB-DRAMA
Desolaciones.
Altos silencios
que
balancean sus cabezas truncas
esencialmente.
Han
caído mis esperanzas
como
palomas muertas.
Desbandes.
El
canto de mi mismo se alucina.
Cristales rojos.
Murga carnavalesca.
¡Las
risas rojas!
Cifras desafinadas y arbitrarias;
¡El
dolor más eterno!
Me
trasvasa el espanto sus caminos.
Pavor de candelabros;
Romance de agonía.
¿Quién soy?
Ha
perdido su espacio
completamente el universo.
Se
cierran las estrellas en mis ojos.
Nadie y nada.
Terribles apariencias
aplastan el cristal de sus sarcasmos.
Pasa
un convoy de brujas caprichosas;
cuelgan mis extensiones deformadas.
Mi
corazón es una isla roja
en
que destacan sus banderas negras
los
días de mi anhelo.
Las
miradas ardientes de mis ojos,
¿En
qué se apoyarán mañana?
Canciones de mi ser,
hemisferios de dicha,
volúmenes de aromas
¿En
qué tambor de soles
se
agitarán mañana?
Orientes y occidentes.
Se
quebrarán mis ejes.
Lo
sé.
¡Llueve sin latitud el dolor más eterno!
Han
caído mis esperanzas
como
palomas muertas.
Pavor de candelabros; romances de agonía.
CENA
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento,
Eterna como Dios, profunda de universo.
¡He
sido el más ausente: el juntador de formas!
Cenas de mi soledad...
El
sudario más frío es uno mismo.
¡Buscar y qué buscar!
¿Encrucijadas puras donde zapatean los truenos
en
un constante mediodía?
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento.
Pan
y sal. Lamentos.
Piernas que saltan; salidas del cortejo,
vacilación de luz que viene abajo.
¡Extremaunción de un armonioso herrero!
Ir;
pero no ir nunca;
en
algodón de olvido sumir todos mis días.
Anuncios que se deslizan;
canción de gallos en la mañana azul de mi esperanza
continuación de tiempos fundamentados en dolor.
Fui
un desaparecido, el más ausente:
el
juntador de formas.
Amanecer desentonado...
De HECHO DE ESTAMPAS (1930)
POEMA V
Yo
estaba muerto bajo los grandes soles, bajo los grandes soles
fríos.
A
través de mi llanto
oigo
el agrio sudor de la precocidad.
Yo
vuelvo sobre un musgo
y
las ciudades crecen a la aventura hasta la noche del estupor.
Miseria.
Dios
pesa.
Me
llaman vientos de mar.
Van
y vienen en grandes cambios; se alargan en saltos irritados
que
apagan mi temblor, que exasperan los sueños.
Jamás podré seguir.
Yo
me veo colgado como un cristo amarillo sobre los vidrios pálidos
del mundo.
POEMA VIII
Cavar, cavar los ojos enarenados como se ahuecan los cuellos
largos de los pozos.
Cerrados en implacables soledades.
Excavo la bienaventuranza.
Cruzas llanuras
y
acaecen palomas entre las manchas de las quejas.
Siento en mis ojos las anguilas fuera de sí de los silencios
montañeses.
POEMA XII
Yo
quería jugar.
Estaba el signo de mi naturaleza plena de llanto y protección
severa.
Bajo
a mi obscuridad, y avanzo entre mis brazos con una estrella
niña.
Soplan olores de banderas frías
y
resuenan tambores de infancia
en
el mismo silencio, bajo la misma estrella.
Viene mi carne allende las transparencias.
Rodeo la luz fresca.
Ánimos de pavor yacen en mis profundas soledades:
No
es el mismo silencio, no es la misma estrella.
Arranco vísperas de muros inclinados,
y
más allá de todo se mueve el brillo opaco de la agonía.
De ESTRELLA DE LA MAÑANA (1931)
I
Los
ojos mueren en la alegría de la visión desnuda de carne y de
palabras,
en
la tierra desnuda y en el cielo desnudo,
en
el día desnudo y en la noche desnuda bajo los cielos todo
crecidos.
Es
demasiado bella la noche de oro de muros y banderas luminosas.
Corremos en la noche de plata bajo la noche de oro.
Tierra desnuda, tierra perfecta, cielo desnudo, cielo perfecto.
Voces desnudas de la voz eterna.
en
la noche de oro nos llaman las campanas,
y
oímos el vuelo de las palomas desde la noche de plata bajo la
noche de oro.
X
Está
contigo la paloma santa.
Alma
mía, somos en Dios desnudez ordenada.
Nos
levantan las manos olorosas de paraíso.
Ando
sobre la tierra
y en
nuestra sangre muero y resucito en la sangre de Cristo.
Desnudez ordenada
en
las manos cubiertas de sueños y prodigios de sueño y de
prodigio.
Desnudez ordenada por la pasión y la muerte.
Desnudez ordenada que cae en la primera muerte y que levanta la
primera vida.
Se
pone multiplicada de misterios, y la manzana conviértese en
palomas,
y
los vientos se cubren por sus vuelos.
Nuestras tierras alumbran recostadas en cielos y mediodías.
XX
Miran mis ojos amorosos ensalzados de llamas
los
días amorosos y mansos y amorosos.
La
gracia limpia mis ojos en la gracia, mis ojos alumbrados en el
Nombre.
Nacen y crecen
los
angélicos vuelos de la vida y la muerte.
Tu
alma canta, mi alma reza
en
el olor de voces de voz que nace y olor de voces de voz que
muere en suavidad de
Cristo.
Corren los días alumbrados, corren las noches alumbradas de su
paso.
Mis
ojos son los ojos en sus ojos; mis manos son las manos en sus
manos.
XXXVIII
Vuelvo mis ojos sobre mis ojos mansos;
vuelvo mis ojos contra la noche obscura.
Tuvo
cuidado mi soledad; tuvo cuidado mi pavor de soledad perfecta.
Después de toda la tierra rebosan las albas;
después de todas las estrellas ha sido en mí la mano sobre mi
noche obscura.
Pongo mis manos reflorecidas en la mano.
Darán los montes paz a mi vuelo, paz de misterio en su misterio.
Sean
los montes de la paz los montes que huyen en la noche con pies
de ciervo.
Sean
los montes de la paz la piel que vista a las criaturas.
Huye
la muerte en cada muerte.
A su
alegría desnuda corren las desnudeces de las mañanas.
En
una misma soledad corren los mundos.
Ha
de venir la voz entre mis voces desde la paz venida de los
cielos.
Ha
de venir mi voz tras de las voces de la voz perfecta.
Hágase la belleza de la tierra y el cielo;
y
vengan a nos en la misma belleza las mañanas de todas las
criaturas
que
están llenas de gracia.
Venga a nos la belleza entre todas las albas,
el
alba que no nos deja caer en nuestra noche.
Te
doy el llanto de mi llanto
puesto en amor que espera las cosas levantadas en albas.
Aquella voz, aquella estrella de tu llanto. |