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laura yasan

 

Laura Yasan en el carnaval de la soledad

Américo Ferrari

 

entre loba y cordero hacen alianza
tercera sin tajada pierdo mi condición
voy con la misma piel de tajada a rebaño
marcada y diferente
soy la tinta que mancha y no se absorbe
     metal que no se funde
agua que por la fuerza va a quebrar la vasija
si no encuentra por donde rebalsar

L.Y.

 

Cuando leí por primera vez poemas de Laura Yasan, los de Loba negra, me dejó impresionado el sentimiento de angustia y desamparo que presiona desde el fondo de sus versos y hace que la voz poética repercuta a veces en el lector como, efectivamente, un aullido; y traté de expresar esta impresión en una breve nota que publiqué en el diario La República de Lima donde señalaba una analogía entre ese aullar de loba que traba y sostiene al mismo tiempo la palabra poética, con la voz, también trabada por la angustia, de César Vallejo que en dos pasajes de su obra  siente su lenguaje humano cortado o terriblemente modulado por el lenguaje  de una fiera: “Quiero escribir, pero me siento puma”; “sufriendo, como sufro del lenguaje directo del león”. Sufrir del lenguaje es la cruz que llevan encima los poetas: qué hacer, o qué dejar de hacer, que es lo peor, como dice también  el mismo  Vallejo.

El lenguaje de la fiera es aullido que clama en el desierto: el del poeta también, sólo que, y hace mucho tiempo de esto, el desierto que abrigaba al anacoreta, el  solitario que ahí clamaba su esperanza y su sed de Dios, se figura hoy como una especie de yermo sucio y pululante, sin dios y sin esperanza y también sin sed,  el yermo urbano donde millones de aislados han perdido hasta la facultad de aullar o de ladrar como lo hacen tan bellamente los lobos  o los perros: donde toda palabra es palabrería y todo ritual y todo rito oral se encoge en discurso y vocerío, y toda cara  desaparece bajo la careta  que, más que cubrirla, la sustituye: y así arrecia el baile en el carnaval de los desesperados evocado  con violencia en el poema que da el título al libro “Cotillón para desesperados”, en la sección Música rara: “¿hace agua el barco de tus sueños? / no hay de qué preocuparse / esta ciudad te ama / en los centros de canje estimulan el tedio (…) / nada es tan  grave / la vida es un asunto local / del trabajo a la cama / forrar el ataúd con el salario mudo del fracaso /  momentos en que llueve / sobre la fría seda del recuerdo / la ciudad anegada de una tristeza rancia / pero cómo te adora / te protege / por dos libras de sangre más la furia / te dan tres aspirinas y una bala”. Y en medio del  baile una voz de mujer dice NO: “una mujer en caída libre / rajando el aire en  dos como un cierre relámpago”. Desesperación,  ya que estamos viviendo en un mundo en que, ya al entrar, dejamos la esperanza, como exigen las palabras de color oscuro que Dante ve escritas a la entrada del infierno: Dejad toda esperanza los que entráis; sólo que en este cotillón para un carnaval de desesperados,  la denuncia misma, lúcida y sin concesiones que hace  Yasan de la realidad tal como nos la sirven, realidad de la nada, es, si podemos  decir, un conato desesperado de rescatar la esperanza:  esa  mujer que en el poemario  aúlla ternura en versos duros y que  es muchas mujeres, manada de lobas errando por la soledad  cerrada de una casa o de unas calles donde no hay nada salvo irrisión y dolor,  esa mujer llena y marca con su presencia desafiante  todo el ámbito  del poemario o digamos mejor de los poemarios: estaba ya en Doble de alma, en Cambiar las armas y en Loba  negra. Ahora la figura de mujer se presenta tácitamente desde el primer poema, “genealógica”,  de Cotillón para desesperados, entre las “hijas del nuevo mundo” no importa con qué grado de parentesco, hija del nuevo  mundo ella misma, o madre huérfana de las hijas del nuevo mundo o hija huérfana de las madres frígidas del viejo mundo; lo que más importa es el final abrupto del poema: lo que anhelan estas hijas “es despertar / con los dedos más largos cada día / para hundirlos hasta el fin de sus amígdalas / y vomitar a voluntad / lo que resta del siglo”: Ese siglo ya se acabó, ahora nos queda por ingurgitar y vomitar,  hijas e   hijos, el que empieza, tan largo de tragar como amenaza ser. A este primer poema responde el último del libro, igual de optimista: “Sin retorno”: “¿acaso hay peor forma de lanzarse al vacío / que volver la cordura un sitio errado? //  todo estallido carece de final // los equívocos / igual que ciertos animales y algunos malhechores / nunca andan solos”. Quevachaché, dice un tango. Si se quiere, a pesar de todo y contra todo, rescatar la esperanza no nos queda más remedio que tragarnos primero toda la desesperanza que se nos ofrece en esa sopa de araña que cocina y remueve una  madre desesperada en un texto que comentamos más abajo. 

El personaje que habla en el poema, y que hemos circunscrito tentativamente como una figura de mujer, habla de sí mismo y habla también de la mujer que es el personaje y que es al mismo tiempo, tal vez, otras mujeres, cualquier otra mujer. La poesia proyecta siempre, y la de Laura mucho: importa poco, pienso, en esta poesía la individualidad del personaje que aparece: hay una atmósfera asfixiante y hay una mujer en caída libre y con eso está dicho todo: el hablante poético lo dice todo y no dice nada, dice NADA y esa nada pesa sobre nosotros: “la nada es sólida“ dice Yasan y claro que pesa; lo que importa es que el cuerpo, por ejemplo, de una mujer (pero igual también, claro está, le podría pasar a un pobre hombre) de pronto se quiebra como un barco encallado (impresionante imagen expresionante) “y el ciclo del fastidio / arroja contra el muro frontal de la locura / la edad de una mujer”: la misma: otra — da igual— sostenida “en la cordura / como unida a un desgarro”; otra: la misma quizá que la madre ya aludida, el ama de casa en el impactante poema “Acto de amor” cuyo final vale la pena citar in extenso: el ama de casa que igual podría “salirse de esa red / arreglarse el cabello y atravesar la puerta /  dejar la mesa puesta con los platos vacíos por toda explicación”. En vez de eso “sigue con la mirada el círculo infinito / una mano revuelve su ofrenda cotidiana / en un acto mayúsculo de amor // la otra saca una emorme araña negra de los dibujos de su delantal / y la agrega en el guiso de la noche”. Buen apetito. Las arañas bordadas en los delantales son inofensivas mientras no nos las traguemos con la sopa y hay que tener cuidado con las madres desesperadas que cocinan desesperadamente, y  también  admirarlas por su manera de hacer la sopa con  los buenos ingredientes  que le ponen adentro.

Lo que importa subrayar ahora es que a lo largo de esta poesía dura, breve, escueta y descarnada hay no solamente una poética implícita que puede extraer del fondo del texto  el lector atento, sino  que la propia poeta subraya en ciertos poemas su poética, su sentido de la escritura y la naturaleza del poema. Así, por ejemplo, cómo se escribe el poema  en el texto “superficies”: “se escribe atrás del tiempo / sobre una línea que se corta de pronto (…) / se escribe en la insania / en la tierra mojada / en el pétalo negro del deseo / / a destiempo se escribe / en el borde escarpado de los sueños / sobre la piel fregada de la muerte (…) // se escribe en la condena / sobre la espalda de los desconocidos / en una línea que se corta de pronto”; en esta visión de la escritura que de pronto se corta, la poeta argentina expresa sin duda la caída del  poema en la mudez, pero también se puede pensar  en el sentido que indica  el  poetista germánico Emil Staiger en un estudio sobre la poesía lírica, en su libro Conceptos fundamentales de la poética. Staiger sostiene que el poema lírico es por naturaleza breve y su línea “se corta”, como dice Laura, con el estado de ánimo y la música íntima que le dio fugazmente su forma.   La misma  naturaleza evanescente del poema se expresa en el poema “perdida III”: “bajo la lengua crece una madeja / es tan áspero el hambre de escribir / si pudiera tan sólo / retener esos versos que hilvano por la calle / el pan de la memoria / es una proyección que nunca otorga / la gracia del final / un ensayo perpetuo consumado al revés”. Poema: evanescencia: huida del poema en la aprehensión misma del poema; y finalmente, en “principio de incertidumbre” la serie de  imágenes que indefinen sabiamente lo que el poema es: “el poema es un espantapájaros / irrumpiendo en la línea del horizonte (…) // el poema es un ancla que ha perdido su barco (…) // el poema es un iceberg en medio del océano (…) qué secuencia alteramos en la fórmula del tiempo y la distancia / cuando el poema es una muesca en la culata del vacío”: el vacío, el lugar imposible donde nace y se extingue y renace tercamente el  poema.

Se podría decir que el poema es, a secas, puesto que aparece, y aparece  fuera y lejísimos de toda vana definición. Laura se limita a cercarlo o circunscribirlo dándole unos nombres que lo evocan o convocan: espantapájaros, ancla sin barco, iceberg en el océano, muesca en la culata del vacío: un ancla sin barco carece de función, una muesca en  el vacío es como un agujero en el aire; lo que significa  que el poema no se deja encasillar y no cabe enre los cuatro muros cerrados de una definición; entre cuatro paredes se puede encerrar cosas y hasta unos metros cúbicos de aire, pero no un poema. Y al contacto del poema el incauto que quiera determinarlo, de-finirlo, incluirlo en un molde lógico cualquiera,  lo que tendrá será sólo unos garabatos de tinta encerrados en una hoja de papel. El poema empieza a existir cuando su silencio resonante fuerza un alma (he dicho a-l-m-a)  a acogerlo y  dejarse penetrar por la nada sólida y adhesiva y pegada a las  palabras en que consiste propiamente su ser nada. Y así veo yo la poesía de Laura Yasan: como fragmentos sólidos, punzantes e hirientes de esa cosa que nunca es lo que es y que nos llena el alma como de una música callada y que no dice nada: dice la nada.

La voz abrupta que resuena en estos poemas,  despojada y como cortada por la angustia, abriéndose  paso siempre entre el decir y la imposibilidad de decir, recuerda, por la intensidad de la expresión, las voces de algunos expresionistas alemanes de los años 10, Georg Trakl, Gotfried Benn, Elsa Lasker-Schüler entre otros, no importa  que Laura Yasan los haya frecuentado o no. Las voces de los poetas, cuando son auténticas,  se encuentran las unas con las otras en el aire del tiempo ajenas a toda influencia y a todo estilo. El expresionismo, como dice el crítico expresionista alemán Kurt Pinthus, no es una escuela literaria sino una estructura o disposición del espíritu que  se ha dado desde siempre, según él, por ejemplo, ya en la poesía antigua y barroca de lengua castellana.  Y más allá de los poetas y escritores alemanes o de cualquier lengua, cabe referir el grito de angustia que resuena en la poesía de  Laura al interminable grito mudo lanzado por un hombre que se ahoga en un río negro en medio de la noche, no ya en un poema,  sino en un cuadro célebre del  pintor noruego Edvard Munch y que lleva por título precisamente “El grito”. Y a mí me ha parecido ver aún ese grito mudo en los poemas que acabo de comentar.

Este ensaio integra o volume La soledad sonora (Voces poéticas del Perú e Hispanoamérica), de Américo Ferrari. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 2003. Sua inclusão na Banda Hispânica só foi possível graças à generosidade do Autor.

 

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