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Emilio Adolfo Westphalen
Américo Ferrari
El
nombre y la obra de Emilio Adolfo Westphalen, uno de los mayores
poetas del siglo XX, no se puede decir que tenga hoy, a escala
internacional, ni siquiera una vaga resonancia aunque se haya
muerto el año pasado a los 90 años. Es verdad que los poetas por
lo general no suenan ni resuenan mucho; pero es verdad también
que después de haber escrito y publicado sus dos primeros libros
de poemas (Las ínsulas extrañas a los 22 años en 1931 y
Abolición de la muerte en 1933 a los 24 años) Westphalen
dejó de escribir y publicar poesía, salvo algunos textos
esporádicos. Por mucho tiempo lo único que se supo del poeta fue
su silencio. Yo pude leer en 1950 los dos poemarios de los años
30 porque César Moro me los prestó; después no los pude leer más
hasta finales de los años 70 cuando Ricardo Silva Santisteban me
mandó fotocopias de los dos poemarios pidiéndome un comentario
para la revista Creación y Crítica. En 1980 salió por fin
en México Otra imagen deleznable con un puñado de poemas
escritos y desconocidos hasta entonces y finalmente Alianza
Editorial de Madrid se decidió a publicarlo en 1991 aunque con
muchas reservas por el riesgo de no venta, y eso, gracias a la
rabiosa insistencia de José Ángel Valente que acabó por tratar a
los editores de analfabetos porque les estaba presentando a uno
de los más grandes poetas de lengua castellana y se resistían a
editarlo. Así me lo contó el propio Valente. Y en el fondo,
comercialmente, los editores tenían razón: el libro
aparentemente no se vendió o muy poco y después de 11 años no
creo que lo hayan reeditado. Entre la poesía publicada de
Emilio, mencionaré un poemario aparte constituido por nueve
textos eróticos que André Coyné encontró en una vieja carpeta
que probablemente provenía de César Moro, y que André hizo
publicar en la editorial Auqui de Barcelona a cargo del poeta
peruano Vladimir Herrera, con el título Cuál es la risa.
Visiblemente Westphalen se negó a reconocer esos poemas que no
figuran en la obra poética completa publicada por Alianza
Editorial en 1991.
Inútil insistir sobre la excelencia de la poesía de Westphalen
de la que nos va a hablar Claude Couffon; hay que leerlo u oirlo
leer que es también lo que vamos a hacer esta noche. Quiero
simplemente hacer hincapié en que, además de gran poeta
Westphalen es un excelente poetista, crítico y comentador de
poesía. Sus ensayos sobre poesía y arte han sido reunidos en
1997 por la editorial Fondo de Cultura Económica en un volumen
de 430 páginas donde hay trabajos memorables sobre poesía y
literatura peruana, norteamericana y europea; sobre poesía
hispanoamericana curiosamente no hay nada, salvo cuatro líneas
elogiosas dedicadas a Macedonio Fernández y a Borges: parece
como si las fronteras entre nuestros países estuvieran sobre
todo ahí para cortarle el paso a la cultura de un país a otro:
estos chiles, perúes y ecuadores / que miro y aborrezco,
ha escrito Carlos Germán Belli. Aborrece naturalmente las
fronteras, no los países y sus poetas. Una vez le hablaba a
Emilio del gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre,
contemporáneo de Vallejo y Girondo: Westphalen no conocía ni su
obra ni su nombre.
Los principales trabajos de Emilio sobre poetas y poesía fuera
del Perú versan sobre Walt Whitman, William Carlos Williams,
Marianne Moore, Ezra Pound, Eliot, Herman Melville, Gerardo de
Nerval (así lo escribe él), Lautréamont, Kafka, y el movimiento
Dadá; pero prácticamente nada sobre poetas españoles, italianos
o alemanes, salvo en un trabajo sobre Dadá, un comentario sobre
Hugo Ball, director y poeta expresionista alemán refugiado en
Suiza en la guerra del 14 que fundó en Zurich precisamente el
movimento Dadá del que después se apoderó Tristan Tzara, y es
curioso que no haya escrito, ni dicho en las conversaciones que
ha tenido conmigo sobre poesía, una palabra sobre los grandes
poetas expresionistas alemanes y austríacos, cuando el
expresionismo alemán es uno de los movimientos artísticos y
poéticos más importantes del siglo XX, y Emilio conocía
perfectamente el alemán.
En cuanto a los poetas peruanos sobre los que ha escrito y que
él admiraba más hay que mencionar a Eguren, César Moro, Martín
Adán y José María Arguedas; escribió también un excelente ensayo
sobre la obra poética de Sebastián Salazar Bondy, uno de los
grandes poetas peruanos menos divulgados en el Perú, en América
y en el resto del mundo, y quiero recalcar que también redactó
una nota sobre un gran poeta casi totalmente olvidado o relegado
en el Perú: Luis Valle Goicochea, nacido en 1911, el mismo año
que Westphalen, y muerto en 1953: su “translúcido y desolado
lirismo no ha obtenido aún (...)¾ni
el reconocimiento debido ni la asignación del lugar que bien
merece en las letras peruanas”, dice Emilio Adolfo en esa nota
que data de 1978: el desconocimiento de Valle Goicochea no se ha
movido, pero se puede abrigar la esperanza de que quizá lo
descubran en el Perú hacia el 2050... Vuelvo a los cuatro que
más quería y admiraba Westphalen: Eguren, Moro, Martín Adán y
Arguedas, pero hay que decir que su en relación con Martín Adán
había un rasgo particular y es la complicidad entre los dos en
el culto y la devoción a la obra de Eguren y que Martín Adán ha
expresado en su libro De lo barroco en el Perú. En 1985
en Lima fui a visitar un día a a Emilio: lo encontré demudado y
consternado: Martín Adán estaba entonces entre la vida y la
muerte y murió pocas semanas después. Westphalen me dijo: -Acabo
de ir a visitar a Martín Adán: no me reconoció; al cabo de un
rato me reconoció; hablamos de poesía y de pronto me dijo:
-Sabes, yo no creo que Eguren haya sido un gran poeta. Este
vuelco en los sentimientos de Martín Adán por Eguren
visiblemente lo impresionó tanto que años después en una
conferencia sobre poesía peruana que Westphalen dio en el
Congreso de la República en Lima, repitió prácticamente con las
mismas palabras lo que me contó a mí aquel día de 1985. Está en
un volumen que reúne las conferencias dictadas en el Congreso.
He dejado para el fin la relación de Westphalen con Vallejo.
Profesaba una admiración sin límites por Trilce,
admiración que expresa sin reservas en su importante trabajo
Poetas en la Lima de los años treinta. Para el resto de la
obra tenía muchas reservas que proceden probablemente de la
incompatibilidad entre la tendencia surrealizante de Westphalen
donde dominan los raudales de imágenes e innegables
coincidencias con la visión que tenían de la vida y la poesía
los mejores poetas surrealistas, César Moro entre ellos, el
ultraamigo de Emilio. Vallejo en cambio abonimaba de Breton y su
grupo surrealista, a juzgar por una nota demoledora sobre los
surrealistas y su jefe que publicó en 1930 en la revista Amauta
y que se titula, si mal no me acuerdo, “Un cadáver”, o sea
Breton. Visiblemente lo que menos tragaba Westphalen en Vallejo
era su patetismo humanitario y el aspecto religioso, podemos
decir incluso católico, de su poesía. Discutimos sobre eso más
de una vez, hasta que me mandó una carta en la que hablando de
Vallejo, me decía: “No me podrás negar que no se puede ser
impunemente nieto de dos curas españoles”. Impunemente, desde
luego, no. Y Vallejo efectivamente era nieto de dos curas
españoles y de dos indias chimú, aparentemente “sobrinas” de
esos curas: su punición por parte de abuelos...
Termino con unas palabras sobre la mudez o silencio empecinado
que se solía achacar al poeta presentado como una persona que no
despegara los labios ni para conversar, lo que es totalmente
falso. Recuerdo haber leído un comentario tonto de Unamuno sobre
las Hurdes, ese pueblo español conocido por su pobreza sobre el
que Buñuel hizo una película. Dice Unamuno: “Dicen que los
habitantes de las Hurdes no comen. No es verdad: yo los he visto
comer”; sobre Westphalen yo podría decir lo mismo: Dicen que no
hablaba: es falso, yo lo he oído hablar... Era simplente una
persona lacónica y reservada que evitaba abrir la boca para
decir cualquier tontería, especialmente, pienso, en reuniones de
amigos tontos o donde hubiera un tonto hablador: -¡Y cuánta
reunión de amigos tontos / Y qué nido de tigres el tabaco! –
dice Vallejo en uno de sus poemas de París. Ernesto More en su
libro César Vallejo en la encrucijada del drama peruano
cuenta que una vez Víctor Raúl Haya de la Torre visitó París y
sus amigos peruanos le ofrecieron una cena. Haya de la Torre se
levantó para un brindis y se lanzó en un discurso inacabable; en
una pausa Vallejo le dio una palmada en el hombro y le dijo –
Hermano, toma tu vino y cállate. Vallejo y Westphalen: dos
lacónicos.
Para terminar, y sobre el mismo tema, dos anécdotas de Emilio:
una vez lo invité a cenar en Ginebra con un argentino que quería
conocerlo y que era un hablador impenitente y no paró de hablar
durante toda la comida. Westphalen no despegó los labios y
cuando el argentino se fue, los despegó y dijo: -Américo, este
hombre es peligroso. Y la segunda que me contó, creo, Lucho
Loayza u otro amigo peruano: cuando Emilio trabajaba en la ONU
en Nueva York compartía la oficina con un español fornido y
desenfadado que cada mañana, cuando entraba en la oficina,
saludaba a Westphalen dándole una enérgica palmada en el hombro:
-Hola Emilio. Hasta que un día al acercarse el español
levantando la mano, Emilio se levantó, pálido y rígido, y le
dijo: -Si usted me toca, lo mato.
Y ahora me callo yo. |