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Blanca Varela: donde todo termina abre las alas
Américo Ferrari
Ésta
es sin lugar a dudas la mejor edición que se ha hecho de la
poesía de Blanca Varela (se notan a lo largo del libro el ojo y
la mano certeros de Nicanor Vélez, que cuida con tanto cariño y
rigor los libros de poesía de la editorial). Donde todo
termina abre las alas contiene la obra poética completa
hasta el último poemario inédito, El falso teclado
(2000), un prólogo muy bien documentado de Adolfo Castañón, el
mismo que escribió uno de los tres prólogos que preceden el
segundo Canto villano, Fondo de Cultura Económica,
México, 1996; y finalmente un epílogo entre comillas o en
trompe-l’oeil del notable poeta español Antonio Gamoneda:
“yo no sé lo que es un epílogo” dice el autor del epílogo, y es
normal, el cautivante texto de Gamoneda no tiene nada que ver
con un epílogo y ni siquiera con un comentario, sino que es
abiertamente un diálogo que el poeta entabla con la poeta, y los
textos que conforman este diálogo son también ellos, lo más a
menudo, verdaderos poemas: como proyecciones de los textos de la
poeta peruana que, al hacer blanco en el poeta español, son
reproyectados -transformados y recreados- con el cuño poético de
Gamoneda a la Blanca que los inspiró. “No hay nacimiento ni
tumba, tú lo has dicho; no hay causa ni lugar; una locura fría
es nuestro único habitante. Inútilmente, Blanca”.
Observemos de entrada que en la primera edición mexicana de 1959
con prólogo de Octavio Paz el primer libro de Blanca llevaba el
título Ese puerto existe (y otros poemas); los otros
poemas eran diez textos que formaban la primera sección del
libro, “El fuego y sus jardines”. En estos poemas se notaban aún
huellas de una escritura más o menos surrealista y la autora los
suprimió en las sucesivas ediciones de Ese puerto existe,
sin otros poemas.
El poemario Canto villano (1972-1978) apareció en
ediciones Arybalo, Lima, en 1978, y dará el título a la poesía
reunida de Blanca en dos ediciones sucesivas del Fondo de
Cultura Económica, México, 1986 y 1996: esta última contiene
todos los poemarios de Blanca hasta 1994, desde Ese puerto
existe hasta Ejercicios materiales y El libro de
barro; el primero de ellos fue editado en Jaime Campodónico
Editor, Lima, en 1993, y el segundo en Ediciones del Tapir,
Madrid, 1993. Finalmente Pre-textos de Valencia editó
Concierto animal en 1999. El falso teclado, su útimo
libro, aparece por primera vez en la edición que comentamos,
Donde todo termina abre las alas, texto que es en sí un
bellísimo poema: hay textos de Blanca entre los más impactantes
que no tienen más de una docena de palabras, a veces menos, por
ejemplo “Después”: “tras la rosa / sombra” o “Noche”: “vieja
artífice / ves lo que has hecho de la mentira / otro día” (Canto
villano). El lector que ahora haga una lectura seguida o
salteada de los poemas (salteada es mejor: los poetas, como
hacía y aconsejaba hacer Macedonio Fernández, suelen escribir
salteado para que el lector renuncie a la mala costumbre de leer
seguido) quedará herido y confortado a la vez por la fuerza, la
belleza y el rigor de esta poesía dura e hiriente y herida por
la ternura: voz que musita en el desierto y prende la verdad en
la mentira, una voz como velada y revelada por el silencio que,
cuando queremos enunciarlo todo, invade toda enunciación y
devuelve nuestra palabra a la nada: “suave violencia del sueño /
palabra escrita / palabra borrada / palabra desterrada / voz
arrojada del paraíso / catástrofe en el cielo de la página /
hinchada de silencios / aquí el ojo comienza a desteñirse / a no
ser / y la voz se quiebra inaudita / (alguien ha perdido
definitivamente su balsa) (“Malevitch en su ventana”). Si
queremos figurar en una imagen ese interminable grito mudo que
es la poesía de Blanca, lo que acude ante todo a nuestra
percepción es -en el ámbito de la plástica tan vinculado con
esta poesía- el interminable grito mudo de un hombre -una cabeza
de hombre- que se ahoga en un mar negro y que se titula a secas
“El grito”.
Para mí, lector de poesía, la de Blanca Varela es una de las
voces más altas y percutentes, más crueles y más dulces que me
ha sido dado oír desde que aprendí a leer. Pienso que para
muchos lectores que no la hayan leído todavía también lo será. |