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césar vallejo

 

César Vallejo

Américo Ferrari

La obra poética de César Vallejo abulta poco: desde Los heraldos negros (1917-1918) hasta los últimos poemas de 1937-38  poco más de doscientos cincuenta textos, cerca de la  mitad de ellos  póstumos; pero el volumen de lo escrito sería un dato desdeñable, de no ser porque en la parquedad de la escritura unida a la poca diligencia en publicar lo escrito  puede verse un signo (un signo entre otros) de una preocupación constante que viene de una doble angustia: la de nuestra insapiencia frente a los interrogantes de la existencia y el destino del  hombre y la que nace en el poeta del vivo sentimiento de la insuficiencia o inadecuación de la palabra para decir lo que es y que nosotros no sabemos: Hay golpes en la vida  tan fuertes… ¡Yo no sé!; Quiero escribir pero me sale espuma, / quiero decir muchísimo y me atollo. Desde el poema liminar de Los heraldos negros escrito en 1917 hasta el querer y no poder  decir de “Intensidad y altura” en 1937, la existencia se nos da como una incógnita, la palabra poética resulta  ser al fin un  atolladero.   

Entre estos dos momentos hay toda una historia del mundo, de la vida del autor de los poemas y de la vida misma de los poemas: no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo. El desarrollo del dios que es el verbo se puede ir siguiendo en el primer libro de poesía, desde el calco de clichés de la escritura de escuela  de los simbolistas y modernistas hasta un acercamiento a la manera original del uruguayo Herrera y Reissig, con quien Vallejo guardará siempre una afinidad y una complicidad; y finalmente la liberación, ya dentro de este primer libro, de una expresión inédita, disonante, bronca, interrogativa y cavilosa, no cantante sino chirriante: por qué en mi verso chirrían,  / oscuro sinsabor de féretro, / luyidos vientos / desenroscados de la Esfinge  / preguntona del Desierto, dice en el poema “Espergesia”, y dice también que [h]ay un vacío / en [su] aire metafísico / que nadie ha de palpar: / el claustro de un silencio que habló / a flor de fuego”. La esfinge preguntona insistirá en sus preguntas a lo largo de toda la obra y la  voz del  poeta que quier[e] escribir pero [se] sient[e] puma  hace repercutir  desde el  claustro del silencio las preguntas sin respuesta: por  qué tiene  la vida este perrazo, / por qué cejón, inhábil, veleidoso hube nacido / gritando…

Para acercarnos a esta  voz que no pregona ni declama y ni siquiera canta, sino musita apenas cuando no prorrumpe en un grito  de dolor, de ira o de indignación,  tratemos primero de situarla en la época: el primer tercio de este siglo. Vallejo empieza a escribir en los  años de la primera guerra mundial, en medio de los escombros del modernismo, en plena quiebra de todos los valores de la  modernidad decimonónica. Son los años de las llamadas vanguardias iniciadas por los artistas plásticos y seguidas de cerca por la literatura, especialmente por los poetas: el futurismo de Marinetti, las innovaciones de Apollinaire, el expresionismo alemán, el cubismo literario de Reverdy… Más de un poeta o escritor muere en el campo de batalla o por el horror que le inspiran los campos de batalla: Stadler, Stramm, Trakl en Alemania,  Péguy y Alain Fournier en Francia. De los americanos, Darío vuelve para morir a su Nicaragua natal, Borges está en Ginebra, Huidobro en París.  La inquietud artística es grande, la confusión de los ismos mayor. En  el Perú uno de los más fascinantes poetas de América en este siglo, José María Eguren está escribiendo en silencio,  sin el menor eco  fuera de un restringido círculo de iniciados, una poesía extraña y  extrañada, como de otro mundo: Simbólicas (1911), La canción de las figuras (1916). Vallejo admiraba a  Eguren; Eguren dice en  una  carta fechada en 1917 su admiración a  Vallejo: “Sus versos me han parecido admirables, por la riqueza musical e imaginativa y por la profundidad dolorosa”.

La “profundidad dolorosa” es sin duda la constante  que  más puede impresionar al lector en Los heraldos negros como en los libros ulteriores; el dolor humano -e incluso animal-  en todas su manifestaciones es ya en este libro como una esencia impalpable  que se difunde   muchas veces por los versos cualquiera que sea la anécdota o el tema: los golpes tan  fuertes que hay en la vida  en “Los heraldos negros”,  hambre y amargura del niño desvelado en “La cena miserable”,  dolor “mortífero” de la  lluvia de Lima en “Lluvia”,  llanto de Dios a quien “debe doler[le] mucho el corazón” en el poema “Dios”, y  hasta el dolor de la araña en el poema del mismo nombre. En realidad. el tema o, mejor, la obsesión del “dolor” en Vallejo que culminará en “Los nueve monstruos” de los poemas póstumos, es un insondable fondo existencial. En él germinan el sufrimiento físico y moral, la orfandad y el abandono del  hombre,  la angustia de la vida, de la muerte o de la vida-muerte que está muy vinculada con el erotismo  de Los heraldos negros  donde la tumba se representa como un sexo de mujer que atrae al hombre. Otra presencia importante en este primer libro es la de Dios, invocado contradictoriamente ya como un Dios amante, enamorado de su creación (“Dios”), ya  como un Dios indiferente que “no sient[e] nada de su creación” y juega a los dados con la tierra; pero aparte de esta visión conflictiva de la divinidad, poemas como  “El  pan nuestro”, “Ágape”, “La cena miserable” muestran un hondo sentimiento cristiano de piedad y caridad, un acercamiento cordial al prójimo que ha determinado a José Ángel Valente a presentar la poesía de Vallejo como una poesía de la proximidad, como la irrupción de “el semejante, el  otro, el  próximo o el prójimo en su singularidad, en su particularidad (…) haciendo reventar (…) el vientre hidrópico de las ideologías y el edificio aplastante de la  macrohistoria”. Este movimiento de amor al prójimo está ya en el primer libro vinculado con un fuerte sentimiento de culpa y de deuda que se prolongará en el resto de la obra hasta los poemas de España, aparta de mí este cáliz: ¡Obrero, salvador, redentor nuestro, / perdónanos, hermano, nuestras deudas! En “El pan  nuestro” el poeta, desayunando, se siente culpable de tomar una taza de café que otro hubiera podido tomar: Todos mis huesos son ajenos; ¡yo tal vez los robé! / Yo vine a darme lo que acaso estuvo / asignado para otro;  y pienso que, si no  hubiera nacido, / otro pobre tomara este café! Yo soy un mal ladrón … ¡A dónde iré! Y en “La cena miserable” reaparece esta obsesión del desayuno de los hambrientos: Ya nos hemos sentado / mucho a la mesa, con la amargura de un niño / que a media noche llora de hambre, desvelado…… // Y cuándo nos veremos con los demás, al borde / de una mañana eterna, desayunados todos. Estos ejemplos son muestras claras de cómo, a la  larga, se va a fundir en la poesía de Vallejo el espíritu  cristiano y evangélico y su  permanente búsqueda de  Dios con su adhesión al comunismo a partir de 1931: los dos confluyen en una sola actitud espiritual de amor al prójimo que ata indisolublemente la caridad y la justicia.

La otra vertiente que se destaca en el primer libro del poeta es la evocación de su terruño andino vinculada con el hogar de la infancia en las secciones Nostalgias imperiales y Canciones de hogar. La primera se abre con cuatro sonetos “folklóricos” que presentan escenas de la vida rústica en la costa norte del Perú donde Vallejo hizo sus estudios universitarios y que se corresponden con los tres sonetos de “Terceto autóctono” que, literariamente, presentan lo mismo pero ambientado en el paisaje serrano de Santiago de Chuco, el lugar del poeta que lo acompañó toda su vida  en su  carrera de huyente de Santiago a Trujillo, de Trujillo a Lima, de Lima a París. En estos versos  se nota la presencia  de Herrera y Reissig. De otro modo el poema más recordado y comentado de esta sección del libro es sin duda el bello “Idilio muerto” donde no  hay color local sino la presentación del pasado en la  evocación de una muchacha en un medio cultural y geográfico violentamente contrapuesto a “esta  lluvia” de Lima, el lugar extraño que le quita al poeta las ganas de vivir. De una manera general, todas las intuiciones y obsesiones metafísicas, sociales y telúricas  de Vallejo que se perfilan en Los heraldos negros se afirmarán y se ahondarán en la obra ulterior.   

El segundo momento de la obra es  Trilce (1922)l. Este libro de poesía es uno de los más importantes que hayan aparecido en lengua castellana en el auge de las llamadas vanguardias, aunque en realidad tiene poco que ver con los clichés del vanguardismo de la época y en numerosos poemas va mucho más allá de este amaneramiento artístico. El tratamiento del lenguaje en ciertas composiciones no se puede decir que sea novedoso: es insólito, inédito y a  veces desconcertante simplemente por la libertad y la originalidad que tienen a la palabra poética como en vilo, pero sin que caiga, salvo raras excepciones, en el sinsentido o  la ilegibilidad.  Esta libertad del lenguaje, que rehúye toda sujeción a  normas o preceptos de escuelas vanguardistas o no,  es quizá una de las claves principales para penetrar en el recinto del sentido. Sobre esta libertad y sus consecuencias el propio Vallejo se ha explicado. El libro, nacido en el vacío, cayó en el vacío y no se puede decir  que lo que solemos llamar “recepción” haya sido buena o mala: sencillamente no hubo recepción. El autor escribe en una carta a su amigo Antenor Orrego: “El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética (…) Me doy en la forma más libre que puedo y esta es mi mayor cosecha artística. ¡Dios sabe hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad! ¡Dios sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertinaje! Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo de que todo vaya a morir para que mi pobre ánima viva”.  Recordemos que en el poema LV de Trilce el propio Vallejo subraya la ruptura de su poesía con cierto  simbolismo francés, representado, en los círculos literarios provincianos que frecuentó el joven Vallejo, por Albert Samain entre otros: a ese tono decadentista y cadencioso, que influyó en varios  poemas de Los heraldos negros, el poeta andino opone su propio nuevo estilo en una muestra viva de la escritura de Trilce y los “·bordes espeluznantes” a los  que tuvo que asomarse para escribir el libro.

Sin embargo hay que precisar que en Trilce no hay una forma de escritura sino varias. No hay en este libro ningún molde, ninguna  pauta estilística y lo que se puede notar ante todo es que la forma de la escritura parece ser indisociable del contenido de la intución. Ya habíamos visto en Los heraldos negros, como en embrión, entre formas más o menos calcadas de los estereotipos modernistas o simbolistas, la modalidad estilística inspirada en el verso neobarroco de Herrera y Reissig y finalmente la expresión poética insólita e inédita de un poema  como “Espergesia” donde la palabra acarrea angustiadas intuciones metafísicas que constituyen quizá uno de los aspectos más característicos de toda la poesía de Vallejo. Recordemos, antes de seguir, que Trilce nació en la cárcel de Trujillo donde el poeta estuvo recluido entre 1920 y 1921, bajo una oscura acusación de haber instigado  disturbios públicos en su pueblo natal. La cárcel, dice José Miguel Oviedo, fue “una experiencia traumática que se refleja en toda su obra”;  “El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú” dirá todavía uno de los textos escritos en París.

El  episodio  biográfico de la cárcel y su ambiente  aparece como motivo en unas cuantas composiciones de Trilce,  pero la obsesión del hombre encerrado entre muros y fronteras, más allá incluso de la breve experiencia de la cárcel, se  difunde en proyecciones simbólicas: aislamiento y encierro, límites, separación, incomunicación y soledad, aunque  no la soledad del solitario en el desierto sino  la del hombre solo y aislado entre una multitud de aislados: límites, muros y fronteras

se interponen por doquiera entre el hombre y la vida. Es éste un dato importante  presente ya en Los heraldos negros ( mas ¿no puedes, Señor, contra la muerte/ contra el límite, contra lo que acaba?)  y persistente aún en los últimos poemas de 1936-37: los límites dinámicos, feroces y  ¡Con cuántos doses ¡ay! estás tan solo”. Hay que tenerlo en cuenta si, lectores, queremos asumir la tremenda tensión que  se da en esta obra entre la sed de unidad y de absoluto y la constatación de  los límites, la fragmentación, la diversidad,  y la alienación de la existencia; entre  el anhelo de solidaridad humana y social y “la ciudad hecha de lobos abrazados” de los poemas póstumos. En el centro está el hombre, desgarrado entre contrarios.

Centrémonos ahora en Trilce. La temática es, en este libro, tan diversa como las formas de la escritura. Juan Larrea ha escrito que Trilce es un mosaico, y  es verdad.  Así como no hay unidad formal visible, tampoco se ve la unidad temática; los poemas, numerados del I al LVXXVII, se elaboran en  torno a diversos núcleos de sentido, aunque el significado  es a menudo huidizo o incluso imposible de captar, como lo prueba ya el mismo título del libro que no “significa” nada pero que sin duda algo dice, o quiere decir si el autor lo ha puesto; Juan Larrea y otros críticos lo interpretan como una asociación de “tres” y “dulce”, pero según un testimonio de la viuda del poeta, el mismo Vallejo le declaró haber inventado ese nombre  por su sonoridad  pronunciando delante de ella la palabra con un fuerte alargamiento de la sílaba: triiiilll-ce. Es verosímil.   En realidad en estos poemas  se da toda una gama de posibilidades de interpretación semántica; hay algunos textos de expresión transparente y sentido directamente accesible, los poemas III, XIII, XXIII, XXVIII y otros, en general inspirados por la nostalgia del hogar, por la presencia tutelar de la madre o su ausencia inmortal,  por la nostalgia del terruño andino; otros aún, de estructura metafórica para los que la crítica ha encontrado  claves de explicación plausibles, como por ejemplo el poema I que André Coyné ha interpretado como un poema de la defecación; y finalmente algunos textos que desafían toda interpretacióm y para los que parece vano tratar de identificar de manera fundada un referente, como  en el poema XXV: Alfan alfiles a adherirse /a las junturas, al fondo, a los testuces, etc. El poeta bucea en lo oscuro y de lo más hondo arranca y arroja sobre la página  intuiciones y visiones desconcertantes, a veces  ininteligibles, en un lenguaje descoyuntado e híspido en el que  la sintaxis misma de la lengua se resquebraja  hasta que el poema zozobra o enmudece en el absurdo y en el silencio. Los dos, el sentimiento del absurdo y la tentación del silencio se hallan difusos en varios poemas e incluso tematizados y nombrados: Ese no puede ser, sido. /  Absurdo. / Demencia. (XIV ); Absurdo sólo tú eres puro (LXXIII). El sentimiento del absurdo, que parece ser en Vallejo como la faz objetiva de la angustia, acaba por lindar con la amenaza o la tentación del silencio que irrumpe  en el proceso mismo del escribir y troncha la  pluma del escritor que elige  el silencio y al borde mismo del decir dice que no dice nada, haciéndose testigo de la ruptura de su propia escritura, como en el poema XXXII.

El “mosaico” temático y estilístico de Trilce acepta sin embargo un conato de ordenación o de agrupamiento por el tipo de obsesión que inspira los poemas. Hay, yo diría ante todo, los poemas a la madre muerta, que merecen una mención especial: poemas de la orfandad, tema central en la poesia de Vallejo. Es preciso recordar sobre este punto que la madre del poeta murió en Santiago de Chuco en agosto de 1918, o sea en el intervalo entre la publicación de Los heraldos negros y la concepción y la redacción de los textos  de Trilce. La madre es entonces poéticamente para César Vallejo – sin dejar lo más mínimo de ser la madre “real”, la  que lo crió en el hogar de su infancia en su pueblo de los Andes del norte del Perú–  como el ser irreemplazable, real y viviente, mítico y trascendental: la dispensadora única del alimento compartido que es amor, ágape en el sentido cristiano de la palabra. Muerta la madre, el sentimiento de la nada y del extrañamiento en el mundo, la angustia,  le hace al huérfano como un nudo en la garganta, hace de toda comida un rito fúnebre  y un acto solitario: El yantar de estas mesas así en que se prueba/ amor ajeno en vez del propio amor, / torna tierra el bocado que no brinda la / MADRE / (…) Cuando ya se ha quebrado el propio hogar / y el sírvete materno no sale de la / tumba, / la cocina a oscuras, la miseria de amor (XXVIII). 

El hambre en  la poesía  de Vallejo –que tanta importancia tendrá en los poemas póstumos y que irrumpe ya de manera tan impresionante en “La cena miserable” de Los heraldos negros– es una representación clave, polisémica y polivalente: el hombre es un ser esencialmente huérfano y  hambriento y ese estar hambriento envuelve la necesidad de pan partido y compartido y el hambre espiritual de los pobres de espíritu o hambrientos de espíritu del Evangelio. En Trilce este hambre real y simbólico adquiere ya todo su valor y su trascendencia en la representación del huérfano eterno que es el ser humano. El tema de la madre y el huérfano confluye además  con el del encierro y la cárcel  en el poema XVIII,  donde el poeta, desde su “mayoría inválida de hombre”, invoca a su madre, “amorosa llavera de innumerables llaves”, la libertadora, la única que podría abrir las puertas de la prisión. Sólo que la madre ya no está y el poema muere en lo imposible y en la soledad. También la evocación de la infancia y el pueblo natal se funde con las representaciones de la prisión en una especie de sueño que superpone dos planos espaciales y temporales en el poema LVIII; pero el hogar de la infancia en Santiago de Chuco y todo el entorno andino de aquel hogar  tienen por centro a la madre, tan agigantada y universal ya en las representaciones de Trilce que hasta el padre aparece ante ella como su hijo: hasta mi padre (…) humildóse / hasta ser el primer pequeño que tuviste (XX). 

Finalmente es importante en estos poemas como lo era, y mucho, en el libro anterior, el afán erótico que se plasma, en la vida y la obra, en las dos novias o amantes protagonistas, la Mirtho de Los heraldos negros y la Otilia de Trilce. La evocación de las relaciones amorosas en los dos casos están marcadas con raras excepciones por la angustia y el desasosiego. También en este plano se puede rastrear la presencia de la imagen de la madre. Curiosamente parece como si Vallejo buscara madres en las niñas quinceañeras de las que se enamoraba, como lo sugiere ya  “Nervazón de angustia” de Los heraldos negros  así como el poema LXVII de Trilce. De ahí también quizá la extrema angustia que  tensa las representaciones sexuales  y que se vincula con la inquietud que inspiran al poeta la reproducción indefinida de los números (XLVIII) y de los seres, símbolo en general de la ruptura de la unidad: por ejemplo, en Trilce, el poema  V sobre la pareja, “grupo bicardiaco”· desde el que “oberturan propensiones de trinidad” y que le hace anhelar “que los novios sean novios en  eternidad”:  A ver. Aquello sea sin ser más (V) y en el poema  LX: “…esta horrible sutura/ del placer que nos engendra sin querer / y del placer que nos destieRRa”. Todo esto corresponde a una profunda preocupación metafísica  por los fines y las causas, por lo contingente de  la existencia humana y el hecho escueto del nacimiento: Y nuestro haber nacidio así, sin causa (XXXIV),  sin que por ello la esperanza abandone al poeta: cristiano espero, espero siempre (XXXI). En cambio el tema social y revolucionario, importante en los poemas de Europa,  está ausente en los años de Trilce.

En 1923 Vallejo, quizá inquieto por la posibilidad de que volviera a abrirse el proceso judicial que lo llevó a  la cárcel  tres años antes, emigra a Europa y se establece en París: Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y  otra vez grande. Así empieza uno de los primeros poemas escritos en Europa. Lugar grande por su extensión y lejano por la distancia cultural y sobre todo afectiva con su lugar, el lugar de sus muertos  (véase la sobrecogedora evocación de los muertos del pueblo en “La violencia de las horas”).  A juzgar por el tenor de una carta  que escribe a un amigo de Lima pocos meses después de llegar a París, esta ciudad, que Walter Benjamin había designado como “capital del siglo XIX”, lo dejó indiferente. En octubre de 1923 Vallejo escribe a su amigo de Lima: “Van para tres meses que estoy en París. Vivo a diario y con toda fraternidad con Silva, que es lo único de grande que hasta ahora he hallado en Europa”. Lo único verdaderamente “grande” de París (todo lo que que el poeta peruano conocía entonces de Europa) resulta ser…otro peruano, su amigo íntimo el músico Alfonso de Silva a quien dedicará, in memoriam, el poema “Alfonso, estás mirándome, lo veo”.

Pero es en París donde empieza a escribir los poemas, sobre todo en prosa, de la tercera y última etapa de su obra (1923-1937-38) que, salvo unos pocos textos publicados en revistas, quedaron todos inéditos y fueron publicados en 1939  por la viuda, Georgette Philippart, y el historiador  Raúl Porras Barrenechea[1]. Esta edición reunía casi toda la obra poética escrita por Vallejo en Europa en los últimos quince años de su vida.

A lo largo de 15 años la escritura de estos 110 poemas se remansa y renuncia a las estridencias y chirridos de Trilce, se hace ahora vehículo de una lenta y honda  meditación sobre los temas trascendentales que obsesionan al poeta desde que empezó a escribir; pero en medio del caudal verbal  surge a menudo esa tensión entre la palabra y el silencio que en Trilce tronchaba la pluma del poeta. Lo que hay sobre todo en estos últimos poemas es el sentimiento lancinante  expresado por Vallejo del zozobrar de la palabra poética cuando, al querer escribir, le sale espuma, se atolla, se siente puma, “sufriendo como sufr[e] del lenguaje directo del león”. Hay visiblemente un conflicto y un hiato entre la intuición o la visión oscurísimas y las palabras sucesivas del discurso que no pueden  expresarlas adecuadamente. Por eso el poeta le pide a los lectores que lo escuchen  “en bloque”, en el poema “Panteón”  y que por debajo de las letras o sonidos  que desfilan, vean directamente sus tinieblas. Pero nadie podrá ver esas tinieblas directamente sino a lo más saber de ellas a través de los signos que las significan sin mostrarlas. Parece como si a Vallejo el acervo de la lengua española heredada no le bastara o le sobrara para dar a ver lo que sucede “alllá cerca, donde está la  tiniebla tenebrosa”. La empresa de los poemas póstumos es la busca de un lenguaje adecuado que nos dé a saber y a comprender todas las tinieblas de la vida “al son de un alfabeto competente”. Una busca incesante que diga en un lenguaje humano  inventado pero articulado lo que, al fin y al cabo, no puede decir el rugido del león, por más directo que sea.

Los primeros poemas de París, la mayoría en prosa, han de haber sido escritos a lo largo del decenio de los veinte. Tres de ellos, “La violencia de las horas”, “El buen sentido” y “Tendríamos ya una edad misericordiosa”  evocan aún, como en Trilce, el pueblo y la casa natales, la madre, el padre, los muertos del pueblo (la evocación del habitat andino y de su habitante, el indio peruano  se prolongarán en los años treinta en poemas como “Gleba”, “Telúrica y magnética”, “Fue domingo en las claras orejas de mi burro”). Al lado de ellos, la enfermedad y la muerte en un hospital de París: “la casa del dolor”  de “Las ventanas se han estremecido” preludia  toda la tenaz meditación del poeta sobre el dolor y el sufrimiento humanos que culminará en “Los nueve monstruos” (Y el dolor crece en el mundo a cada rato…), sobre la unidad contradictoria  de la vida y la muerte –de la que el hospital aparece como el vestíbulo–,  y del ser humano desgarrado entre las dos y atraído por las dos: Me gusta la vida enormemente, / pero, desde luego, / con mi muerte querida y mi café (…) [“Hoy me gusta la vida mucho menos”].

Se podría pensar que tanto dolor y sufrimiento como desborda de la poesía de Vallejo podría conducir a la desesperación, pero no es así, sino que del mayor dolor nace la mayor esperanza; es éste sin duda el sentido de un extraño poema  invadido por un dolor sin causa ni explicación,  nacido de sí mismo, sin ninguna relación con ninguna contingencia de la vida y, aunque sentido por una persona humana, ajeno a la individualidad de esta persona. Curiosamente este poema que no habla sino de dolor y sufrimiento se intitula “Voy a hablar de la esperanza”. Pero es también lo que se transparenta en los versos finales de “Los nueve monstruos” ), poema que data de la última etapa de la obra (1937-38 donde se  constata el crecimiento irrefrenable del dolor y el mal “por razones que ignoramos”,  y la inundación de la desdicha  trasciende de tal manera todas las determinaciones de la existencia humana que hasta “el bien de ser [es] dolernos doblemente”: pero los ultimos versos resuenan como un llamado a la acción de los hombres contra la plaga: Señor  Ministro de Salud ¿qué hacer?: ¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos / hay, hermanos, muchísimo que hacer. Es innegable que el  acercamiento del poeta al marxismo a finales de los años veinte y su militancia comunista desde 1930-31 tiene que ver con este “hay muchísimo que hacer” que puede recordar incluso el título de un conocido libro de Lenin: ¿Qué hacer?, aunque la pregunta  irónicamente dirigida al Ministro de salud, (qué hacer para salvar al género humano de la inundación del dolor y el sufrimiento, del mal ) tiene en Vallejo  una resonancia infinitamente más amplia que en Lenin, que se refiere simplemente a la táctica revolucionaria.

El dolor universal, el mal en pugna con “el bien ardiente”, la muerte enfrentada y casi mezclada con la vida, la angustia y la esperanza  reflejándose la una en la otra, todas estas determinaciones contradictorias se anudan agónicamente en el personaje único  que representan los poemas póstumos de Vallejo incluso cuando no se lo nombra: el hombre, ese ser  compuesto de “encontradas piezas”, ese animal dotado de tristeza: Considerando (…)/ que el hombre es, en verdad, un animal / y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza… Juan Larrea ha comparado a este hombre vallejiano con el personaje de Charlot representado por Chaplin: un pobre hombre y un hombre pobre y, “en verdad, un animal”. La obsesión de la animalidad del ser humano es fuerte y recurrente en esta poesía y se exacerba al final de la obra: el propio poeta declara tener miedo de ser un animal. Es este hombre pobre el ser próximo que, sobre todo, determina el dinamismo de la emoción en la poesía última de Vallejo, aunque esta emoción  estaba presente, menos marcada, en las páginas de los dos primeros libros   y ya en el primer poema: Y el hombre…, ¡Pobre… pobre!. Este prójimo es esencialmente el hombre de la calle, cualquier hijo de vecino, el de “las orejas Sánchez” “el desconocido y su señora”…  y finalmente la masa, como aparece en el poema del mismo nombre en España, aparta de mí este cáliz, o sea “todos los hombres de la tierra” que juntos, en masa, pueden, como  Jesucristo, hacer el milagro de resucitar a un hombre muerto.

El hombre de Vallejo aparece en los momentos de mayor patetismo,  “Traspié entre dos estrellas”, “La rueda del hambriento” por ejemplo, como esa gente que “ni siquiera tiene cuerpo” o como un indigente famélico y mal cubierto de una camisa rota y sucia que clama por un pedazo de pan, por una piedra en qué sentarse: Una piedra en qué sentarme / ¿no habrá ahora para mí?/ Aun aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz, / la madre del cordero, la causa, la raíz / ¿esa no habrá ahora para mí? Vemos surgir de nuevo la figura de la madre, esta vez revestida de un poder de revelación: la mujer que ha dado a luz –o sea, en el sentido propio de la expresión, a la luz–, es, en el contexto, a la vez la madre del cordero inocente y sacrificado: el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y la revelación (en el sentido de la expresión popular española, esa es, ahí está la madre del cordero) de una realidad oculta, de la clave del enigma. En Trilce la madre invocada era la libertadora y era aún la madre individual de César Vallejo;  ahora, sin dejar de serlo, aparece como aquella que, revelándose a sí misma, revela al hombre  el origen y el fin, su liberación que será en estos últimos poemas no la del individuo que de una cárcel sale  al aire libre, sino la la liberación del hombre por obra de todos los hombres de la tierra, la masa, que en el poema del mismo título, en España, aparta de mí este cáliz, obra el milagro  de vencer a la muerte. Ya en un poema escrito en Europa y publicado en Lima en 1928, “Lomo de las sagradas escrituras”, la madre en cierto modo ha cambiado de signo. El poeta habla aún de “su” madre, pero el hombre va “de pecho en pecho hacia la madre unánime”: esta madre unánime será, un decenio más tarde,  la Madre España, madre dolorosa de todos los niños del mundo.

Mientras tanto Vallejo manifiesta un creciente interés por la la situación social y política del mundo que se refleja en crónicas escritas sobre todo a finales de los años veinte pero también, aunque pocas veces de manera directa, en sus poemas; entre otros, “Salutación angélica”, himno al militante bolchevique, “La cólera que quiebra al hombre en niños”, poema vertebrado por la expresión recurrente “la cólera del pobre” o “Parado en una piedra”, que denuncia con vehemencia la situación del trabajador sin trabajo en el París de los años de la crisis económica, “la ciudad hecha de lobos abrazados”, palabras que esclarecen el sentido del cordero y su madre en “La rueda del hambriento”. En 1931 se inscribe en el Partido comunista de España, aunque dos años antes había publicado un artìculo donde hacía la apología del trotzkysmo; pero mantiene su poesía ajena a toda veleidad de propaganda o partidarismo político; viaja dos veces a Rusia, escribe un libro sobre la Unión Soviética, una novela y obras de teatro de contenido revolucionario.

Hasta que en 1936 estalla la guerra civill en España. Vallejo, como electrizado escribe quince poemas que se publicaron después de su muerte  con el título del poema XV: “España, aparta de mí este cáliz”. El entusiasmo por la causa del pueblo español imprime a muchos de estos poemas acentos hímnicos, patéticos y religiosos que expresan por momentos un estado como de éxtasis ante la visión de todo un pueblo, de las legiones de pobres y mendigos, alzándose contra “el mal”, y despierta en el poeta la esperanza en una salvación del hombre por la masa, nuevo mesías: la muerte de los nueve monstruos. Abundan en el texto las referencias a los libros sagrados, citas del profeta Isaías en especial, y el título mismo del último poema: “España, aparta de mí este cáliz”. Los tuillidos andarán, verán los ciegos, los mudos hablarán  y sólo la muerte morirá, dice el poeta, trasponiendo audazmente al plano de la religión y del milagro el acontecimiento político y social.

El camino que subterráneamente lleva a Vallejo a esta explosión de entusiasmo por la gesta del pueblo español se puede seguir en sus escritos desde diez años antes de que estallara la guerra civil. De 1926 data un artículo que lleva significativamente por título “París renuncia a ser centro del mundo”. O sea, Europa. El artículo comprueba la muerte del eurocentrismo y, por consiguiente el centro del mundo serían los Estados Unidos de Norteamérica. Pero en otro artículo de 1928 la noción de “centro” es reemplazada por la de “polos”; los dos polos son Estados Unidos y Rusia, “la naciente civilización proletaria del Soviet”. Sólo que el poeta va a atar en un mismo haz, junto con Rusia, a España, la España pobre de los años veinte,  y a Latinoamérica. Resultan bastante ilustrativas de esta fusión unas palabras escritas a finales de 1925, con motivo de su primer viaje a España. Desde Biarritz vislumbra los horizontes españoles “poseído de no s[abe] qué emoción inédita y entrañable” y dice: “Voy a mi tierra, sin duda. Vuelvo a mi América Hispana, reencarnada, por el amor del verbo que salva las distancias, en el suelo castellano. (…) Me han dicho que sólo España y Rusia, entre todos los países europeos, conservan su pureza primitiva, la pureza de gesta de América”. Y ahí tenemos el eje político-poético en torno al cual gira la esperanza del poeta: España, Rusia, América. El futuro mítico  con la madre tutelar y libertadora, ahora madre colectiva,  que Vallejo espera, viene a unirse con la imagen del país andino, con la madre andina que Vallejo recuerda. A lo mejor, recuerdo al esperar, dice un verso de los poemas póstumos, que no puede expresar de manera más cabal la identidad  de modelo de vida que Vallejo espera para futuro del orbe recordando los “campos humanos” de su infancia en los Andes peruanos: ¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo, / y Perú al pie del orbe: yo me adhiero! Pero los años 1937, 1938 son oscuros y tienen en jaque a la esperanza: en Rusia el estalinismo desvirtúa la virtud revolucionaria y Vallejo se despide:¡Adiós, tristes obispos bolcheviques!, mientras que España “está con su rigor, que es grande, sin saber qué hacer”.Ya nada.. Y si España cae… En realidad, Vallejo al escribir su poema la veía ya caída y confía a los niños que van a quedar huérfanos el reanudar la lucha contra el mal: “si la madre España cae (…) salid, niños del mundo, id a buscarla”. En 1938  su  madre España agoniza y el poeta muere el viernes santo de 1938. El dolor sigue creciendo en el mundo a cada rato.

César Vallejo va a hablar de la esperanza.


 

NOTAS

[1] La obra poética póstuma recibió el título de “Poemas humanos” , título decidido  por la viuda, Georgette Vallejo y, según ella, de acuerdo con Raúl Porras. La edición comprendía todo el legajo de poesías  o borradores de poesías sin título que dejó Vallejo al morir, incluidos los quince poemas sobre la guerra civil española que llevaban en las dos ediciones de 1939 y han seguido llevando el título del poema XV y último, “España, aparta de mí este cáliz”, título que sin embargo, no figura en los manuscritos que hemos podido consultar. Los poemas sobre la guerra civil fueron publicados casi paralelamente en España (Ediciones Literarias del Comisariado. Ejército del Este). Esta  edición de guerra que no se conocía sino por referencias fue descubierta en el Monasterio de Montserrat y publicada en facsímil por los investigadores españoles Julio Vélez y Antonio Merino. (Madrid, Editorial Fundamentos, 1984). En los años sesenta la viuda separó de los “poemas humanos” 19 textos en prosa y en verso y forjó un nuevo “libro” bautizado por ella “Poemas en prosa”. Por otra parte Juan Larrea extraía del bloque de poemas póstumos también dos “libros”  esta vez intitulados “Nómina de huesos” y “Sermón de la barbarie” (César Vallejo. Poesía completa. Barcelona, Barral Editores, 1978). En nuestra edición crítica para la colección Archivos (1988 y 1996) hemos desechado todos estos falsos títulos y hemos presentado la obra póstuma con la denominación (no título) “Los poemas de París” que incluyen los poemas publicados en revistas y los poemas póstumos. Ya habían dado el ejemplo Clyton Eshleman y José Rubia Barcia en su traducción inglesa que apareció con el título “The Complete Posthumous Poetry” , University of California Press, 1980.    

 

 

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