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César Vallejo: la huida a Europa

Américo Ferrari

"En 1560 el Inca Garcilaso de la Vega (…) funda una tradición perdurable en Hispanoamérica: la del escritor que se marcha de su tierra y no vuelve más", decíamos hace años en un artículo publicado en Bogotá [1]. Vallejo es uno de ellos. A parte del viaje decisivo, hay entre Garcilaso, peruano del siglo XVI y Vallejo, peruano del siglo XX, más de una concordancia de identidad y de destino: ambos son mestizos de los Andes peruanos, de directa ascendencia española y aborigen y los dos desde Europa siempre rememoran y re-proyectan su lugar natal; pero Garcilaso se fue a Madrid, la metrópoli de su época en la tierra de su padre, y Vallejo a París, la ciudad que, por la misma época de este viaje, Walter Benjamin calificaba en un ensayo célebre de "capital del siglo XIX": ¿Por qué París? Para la mayoría de los intelectuales hispanoamericanos entre las dos guerras la capital de Francia seguía siendo la capital del mundo; en el caso de Vallejo este malentendido se disipará muy pronto. Ya desde Trilce se puede vislumbrar que lo que busca el poeta no es la residencia en ninguna capital de ningún siglo, sino la concepción y la proyección de una utopía, situarse en otro lugar de cultura para el hombre. La ciudad que simbolizaba aún en aquella época el centro de un mundo en disolución le convenía probablemente para lo que tenía que hacer.

Dicho esto no se sabe muy bien qué oscuros motivos lo impulsaron a huir del Perú en 1923: quizá el temor a que se reiniciara el proceso que lo condenó a una traumática estancia en una cárcel del Perú: El momento más grave de mi vida fue mi

prisión en una cárcel del Perú, (Poemas de París (311)[2]. Es importante en todo caso para la mejor comprensión de la trayectoria del poeta en la Europa transpirenaica empezar por los pasos que dio en su patria y que se expresan en la obra escrita en el Perú. Vallejo deja su pueblo en 1911; se establece en Trujillo y huye literalmente de Trujillo a Lima, en 1919, por un lío amoroso que lo había llevado al borde del suicidio. Cinco años y medio en Lima, marcados por un nuevo amor que acaba en el fracaso y en la angustia y por los cuatro meses de encarcelamiento en la Cárcel Central de Trujillo; huye de nuevo, pero esta vez a través del océano y para no volver más a su pueblo. Tiene entonces 31 años: los 15 restantes los vivirá en Europa: Habiendo atravesado / quince años; después, quince, y, antes, quince, / uno se siente, en realidad, tontillo, / es natural, por lo demás ¡qué hacer! ¿Y qué dejar de hacer, que es lo peor? (433), dice el poeta en 1937: es necesario tratar de comprender la mportancia de los 15 primeros años en Santiago de Chuco, su huella y su repercusión en la obra de los últimos 15 pasados en Europa, y cómo influyen en la desolación y en la esperanza de los poemas de París.

En realidad, Vallejo no se expatrió en 1923 para "radicarse" en París: en realidad, fuera de Santiago, su lugar, no radicó propiamente nunca en ninguna part; era, en el sentido más exacto de la palabra, un desarraigado, igual en París que en Trujillo o en Lima, donde se sentía ya un desterrado. La añoranza del lugar natal cuyo centro es la proximidad familiar, el padre, la madre, los hermanos y el ambiente comunitario que se extiende por un entorno de campos "humanos", como llamará el poeta a los campos de su tierra en su obra de París (360), está ya en el primer libro y se acentúa fuertemente en Trilce, todo ello rodedo de representaciones marcadamente cristianas, todo ello impregnado también de un fuerte sentimiento de caridad y de solidaridad con los pobres y los desvalidos. En el poema "El pan nuestro" (HN, 78) el poeta, desayunando, piensa que "si no hubiera nacido / otro pobre tomara este café" y quiere "ver a los pobres" y "dar pedacitos de pan fresco a todos", "y saquear a los ricos sus viñedos", y "tocar todas las puertas, / y suplicar a no sé quién perdón". Y en "La cena miserable" (87): "Y cuándo nos veremos, con los demás, al borde / de una mañana eterna, desayunados todos". Un fuerte sentimiento de culpa y de deuda y de amor al prójimo se extiende por los dos primeros libros y hay que tenerlo presente, pues este sentimiento se refuerza en los años de Europa y es importante para explicar la aversión del poeta al tipo de relaciones humanas que reinaban en este continente y su adhesión al comunismo en los años treinta.

 El tema de la huida, del partir, del irse se diseña también ya en Los heraldos negros y en 1937 el poeta lo recalca con obsesiva insistencia en el poema "Va corriendo…": Va corriendo, andando, huyendo / de sus pies… (…) Corre de todo, andando / entre protestas incoloras; huye / subiendo, huye / bajando,huye / a paso de sotana, huye / alzando al mal en brazos, huye / directamente a sollozar a solas. // Adonde vaya / lejos de sus fragosos, cáusticos talones, / lejos del aire, lejos de su viaje, / a fin de huir, huir y huir y huir / de sus pies -hombre en dos pies, parado / de tanto huir- habrá sed de correr (376). ¿Huir de qué?: Pregunta difícil de contestar aqunue el poeta la contesta por nosotros: de sus pies… los pies que lo llevan de un lugar a otro y todos estos lugares son equivocados y no son su lugar: Trujillo, Lima, París son etapas de esta huida presentada como un movimiento absoluto que se confunde con la inmovilidad: parado, / de tanto huir. Huir de sus propios pies: impresionante imagen que refiere a la imposible huida que intenta el hombre de sí mismo y de toda tierra a la que se peguen sus pies. ¿Huir adónde, en busca de qué? Podríamos aventurar esta hipótesis: hacia un lugar inhallable en el mundo tal como existe pero que se ve y a cuya conquista el poeta, sobre todo en sus años europeos, pretende contribuir. Recordemos que ya en octubre de 1923, tres meses después de desembarcar en Europa, Vallejo publicaba en una revista de La Coruña un curioso poema titulado "Trilce" (el mismo título que el libro que publicara en Lima en 1922), el cujal tiene por tema un misterioso lugar que es de este mundo, pero que no se encuentra: Hay un lugar que yo me sé / en este mundo, nada menos, / adonde nunca llegaremos. // Donde, aun si nuestro pie / llegase a dar por un instante / será, en verdad, como un no estarse. // Es ese sitio que se ve / a cada rato en esta vida, / andando, andando de uno en fila. // Más acá de mí mismo y de / mi par de yemas, lo he entrevisto / siempre lejos de los destinos. Este lugar es, desde luego, indefinible, pero en la obra poética aparecerá a menudo con los destellos de un hogar que hemos perdido y que tenemos que reconquistar, totalmente arcaico y radicalmente futuro y que puede cobrar figura en la representación del lugar natal, perdido para siempre y no recuperable sino en el recuerdo o en el proyecto: a lo mejor, recuerdo al esperar… (395).

Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande (309). Así empieza "El buen sentido", el primer poema, o uno de los primeros, que Vallejo escribió en París. Apenas llegado a Europa el poeta se vuelve hacia su lugar andino del que la madre muerta es el corazón inmortal, desde el nuevo sitio grande y sobre todo lejano, más que por la lejanía en miles de kilómetros salvables en unas semanas de travesía, por la distancia afectiva y el hiato de existencia, insalvables, entre ese sitio de Europa y el lugar irremplazable de su experiencia primordial, de su arraigo cultural, del lugar de sus muertos y por consiguiente de su eternidad; es lo que dice el otro más antiguo poema de París, "La violencia de las horas", tremendo inventario de la muerte: Todos han muerto. Murió doña Antonia, la ronca…Murió el cura Santiago (…) Murió aquella joven rubia, Carlonta… Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad… Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo.. Murió Rayo, el perro de mi altura… Murió Lcas, mu cuñado en la paz de las cinturas… Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza en el mes de agosto de años sucesivos… Murió el músico Méndez, alto y muy borracho… Murió mi eternidad y estoy velándola (307-308). Todos muertos de su lugar que viajan a París con su lugar. Para conjurar la violencia de las horas Vallejo dedicará su estancia en Europa a buscar una vía que le permita resucitar la eternidad de su lugar, su eternidad: el estado de crisis y de efervescencia en que se encontraba entonces el continente europeo serán en ese sentido un terreno fecundo para el poeta.

París mismo no parece haber entusiasmado nunca a Vallejo, como lo anuncia ya la primera frase del poema citado: es un sitio grande y lejano, a secas. Lejano: alejado de lo que podemos llamar aún en aquella época el "centro" del universo subjetivo del poeta: Santiago y su entorno andino. Lo de grande ha de entenderse naturalmente en el sentido de extensión urbana. En una carta del 15 de octubre de 1923 a Carlos Raygada, Vallejo vuelve a emplear este adjetivo en otra acepción: "Van para tres meses que estoy en París. Vivo a diario y con toda fraternidad con Silva, que es lo único de grande que hasta ahora he hallado en Europa"[3].

Lo único "grande" de París es, para este poeta peruano, otro peruano, su amigo el músico Alfonso de Silva. Más claro: lo único grande es la fraternidad, pero esta fraternidad no es precisamente lo que caracteriza París ni ninguna otra ciudad europea de la época. Los valores que perseguía Vallejo,la representación de la realidad humana como un "todos" y no como un hacinamiento de individuos: la fraternidad, la solidaridad humana, la camaradería colectiva, el amor al prójimo ("Vallejo o la proximidad", ha escrito certeramente José Angel Valente), estaban en plena quiebra en la Europa individualista y mercantilista que después de la carnicería de 1914-18 empezaba a prepararse para la de 1939-45; él buscaba "el genio descalzo y su cordero" (E. 454) y lo que encuentra es "la ciudad hecha de lobos abrazados" (354). Alfonso de Silva es pues lo único grande que hasta entonces Vallejo ha hallado en Europa; pero, añade en su carta, "lo demás está aún tras de los telones que no he forzado todavía". Entre 1923 y 1936 observará lo que hay detrás de estos telones, desde París y a lo largo de sus viajes por Europa. Lo que ve tendrá una influencia determinante en su obra, pero lo "grande" que descubre en Europa no estará precisamente en París ni en ninguno de los grandes centros de la Europa occidental de la época.

Se podrán distinguir grosso modo tres etapas en el período europeo de Vallejo. La primera va de 1923 hasta fines del decenio; la segunda de 1930-31 hasta 1936; la última son los años marcados por la guerra de España hasta la muerte del poeta en marzo de 1930, un año y medio antes de que estallara la segunda guerra mundial. En estos 15 años hace seis viajes a España y tres a Rusia y visita, de paso, Berlín, Praga, Budapest, Venecia, Roma y otras ciudades europeas. La obra escrita en los años de Europa está constituida por más de un centenar de poemas, de los cuales Vallejo no publicó sino seis en periódicos diversos, cuatro obras de teatro, dos de ellas sobre temas peruanos, una novela sobre la condición de los mineros andinos, El tungsteno, dos trabajos sobre Rusia, unos cuadernos de notas publicados póstumamente con los títulos de Contra el secreto profesional y El arte y la revolución y dos centenares de crónicas y artículos sobre la vida en Europa, principalmente para revistas de Lima, con los que a duras penas ganaba algún dinero para sobrevivir como periodista. Los años de Europa estgán bajo el signo de una pobreza angustiosa, condición no ajena a la fuerte carga personal de rebelión social que domina en buena parte de la obra escrita en París, sobre todo desde los últimos años del decenio de los veinte.

Si se quiere tener una idea de la experiencia europea de Vallejo y de la repercusión de esta experiencia en su obra, hay que empezar por estas crónicas. Dispersas durante mucho tiempo y casi desconocidas de los lectores no especializados que no frecuentan las hemerotecas, fueron reunidas por Jorge Puccinelli en 1987.[4] Aunque en principio destinados a informar a los limeños sobre las "novedades" de París o sobre lo que ocurría en Europa y se comentaba en París, estos artículos periodísticos anudan a lo largo de los años veinte, entre una y otra anécdota aparentemente banal sobre la vida cultural y política de la capital francesa, reflexiones y juicios importantes sobre la situación de Europa, sobre la modernidad y la posmodernidad, sobre el alcance y los límites del marxismo, sobre la emergencia de una nueva cultura, sobre el estado y el destino del arte y de la revolución o las revoluciones que se estaban gestando en el mundo y si no emergían ya de París o de la Europa llamada occidental, por lo menos repercutían fuertemente en ella. Algunos de sus pasajes pueden contribuir incluso a esclarecer aspectos de la poesía vallejiana de estos años o de años anteriores o diseñan motivos que sintetizados o ampliados aparecen en los poemas.

La gran mayoría de estas crónicas (más de doscientas) 1923 y 1929. Desde 1928 sew observa un acercamiento cada vez más preciso al marxismo(los catorce artículos de 1930 son netamente políticos), acercamiento que culmina en la práctica con la afiliación de Vallejo al Partido Comunista Español en 1931. Después de 1930 sólo unos pocos artículos esporádicos, tres de ellos de 1937 sobre cuestiones relacionadas con la guerra de España.

Desde sus primeras crónicas Vallejo observa la vida de París con una mirada crítica, irónica y a a menudo incluso burlona y en sus juicios se transparenta también muchas veces un sentimiento de escándalo; le impresiona el fenómeno de la desnatalidad en Francia, la "escasa población infantil": en París no hay niños; hay opulentas avenidas, palacios trascendentales y casi metafísicos, pero pocas veces se oye reír o llorar a un niño (26); en todo, hasta en la muerte, domina la moda, París es la modópolis (41, 58); hay muchos teatros y mucho Molière en la Comedia Francesa pero el teatro francés "nunca ha pasado de una mediocridad" y "en cuanto al teatro francés moderno, su valor es el de siempre: mediocre" (54). De teatro extranjero sólo se representa a Bernard Shaw y a Pirandello, pero no se sabe nada del nuevo teatro ruso y alemán. Los escritores en general son escritores de bufete y de gabinete sin contacto con la vida, ignoran "el drama inmediato de las fuerzas y direcciones contrarias de la realidad", Valéry es un imitador servil de Mallarmé, André Breton un epiléptico o un cadáver, y no sólo Breton sino todo el movimiento surrealista calificado de simple "cenáculo"; el gran escritor católico Georges Bernanos es despachado con el calificativo de “anacrónico” porque cree en el diablo.

Vallejo considera que una gran parte de lo que se escribe, se hace o se piensa en el París de los años veinte, es una simple cuestión de moda: en todo, hasta en la religión y hasta en la muerte, domina la moda, París es la Modópolis (41, 58); "Hay rachas ideológicas en París que no se explican sino aplicando un criterio de modisto, puesto que no pasan sino de simples novedades pegajosas" (143). Entre esas modas está el deporte, no como actividad vital y cultura física del hombre, sino como la obsesión de batir récords: "Quién vuela más lejos. Quién da mejores puñetazos. Quién nada más. Quién bate el récord en tennis, en foot ball, en duración (…) Quién hace más dinero. Quién danza más rapidamente. Récord de ayuno, de fumador, de filatelista; récord de canto, de risa, de piedad, de matrimonio, de divorcio, de asesinatos, de revoluciones (…) En esta sociedad de récords y de colmos el criterio dominante es el criterio de cantidad. El récord como criterio de vida viene del deporte. El alma filosófica de este criterio, la cantidad, nos viene de Estados Unidos" (233); y el poeta ve en ello un fenómeno mundial: Hay, dice, "una racha mundial de imitación del deporte de origen y de orientación yanquis (…), el match ciclista, por ejemplo, "ha conservado por una ciega y absurda imitación, el fundamento político y eugénico de su origen norteamericano (…): es una prueba de resistencia puritana y no de velocidad mediterránea", etc. Rstamos en el núcleo del análisis vallejiano de la vida europea entre las dos guerras: domina la moda, pero la moda no tiene importancia sino por el substrato cultural que la sostiene: según Vallejo ese substrato cultural en París y en Europa, ya en los años 20, es estadounidense. "París renuncia a ser el centro del mundo" es el título de un artículo escrito en junio de 1926: desde que Francia debe miles de millones a Estados Unidos "toda la vida espiritual francesa está pendiente de la vida espiritual norteamericana (…) Nueva York representa ahora, a los ojos de Francia, todo lo que París representaba antes de la guerra, ante los ojos del mundo" (123); pero, observa el poeta dos años después, "la cultura neo-occidental de América [es] heredera directa de los valores fundamentales y orgánicos de la cultura estrictamente europea" (321). Lo que comprueba pues Vallejo es que se trata de un viaje de ida y vuelta: Europa importa, americanizado, el mismo substrato cultural de origen anglo sajón y germánico que exportara a Estados Unidos: depende, en los años veinte, del ritmo de vida norteamericano, y un ritmo de vid es,pñarta Vallejo, un componente mayor de la cultura. Sin embargo el poeta peruano cree en la posibilidad de otros valores pa Europa y América.

Siete meses antes de escribir este artículo Vallejo había viajado por primera vez a España en noviembre de 1925. Tres crónicas sucesivas consignan las impresiones y reflexiones de este viaje. En la primera, "Entre Francia y España", desde Biarritz vislumbra los horizontes españoles de la costa vasca y dice: "Vuelvo a mi tierra, sin duda. Vuelvo a mi América Hispana, reencarnada por el verbo que salva las distancias, en el suelo castellano". "Pueda yo en esta fuga de París (…) recuperar mis sentimientos de naturaleza inculta y sin senderos (…) Odio las calles y los senderos"; y París es eso, calles, rutas ya abiertas, fechas y señales ya dispuestas. Y el poeta enumera todo lo que lo agobia en París: "calles, rieles, esquinas, telégrafos, torres, teatros, periódicos, escritores, hoteles, peine, jabón". Las últimas líneas del artículo son particularmente esclarecedoras paa entender la situación y el proyecto de Vallejo en la Europa transpirenaica: "Ya no hay campos ni mares en Europa; ya no hay templos ni hogares. El progreso mal entendido y peor digerido los ha aplastado. Pero esta noche, al reanudar mi viaje a Madrid, siento no sé qué emoción inédita y entrañable: me han dicho que sólo España y Rusia, entre todos los países europeos, conservan su pureza primitiva, la pureza de gesta de América". Por primera vez Vallejo enlaza explícitamente en una especie de eje a Rusia, España y su América andina contraponiéndolas a la Europa transpirenaica. En el artículo siguiente, "Wilson y la vida ideal en la ciudad", escrito un mes después, Vallejo compara Madrid con París. En Madrid hay todos los adelantos científicos e industriales que existen en las mayores ciudades occidentales, pero "la presencia física del progreso apenas se deja sentir" es decir, explica, que no nos angustian ni nos dominan, "en una palabra, no nos hacen desgraciados": los instrumentos del progreso están humanizados: "se las arreglan satisfactoriamente con el hombre" (84) y se supeditan a "la más débil y pequeña de las criaturas". En París, en cambio, cuando pasa un autobús, vertiginoso, implacable, soberano, "el transeúnte, a su lado, se siente una pobre paja, débil e impotente". Vallejo concluye: "Madrid es la ciudad más original de Europa" y "la vida moderna (…) ha logrado una dirección de gran sentido histórico [porque] los valores permanentes de humanidad priman sobre el humo de la locomotora, el plazo bancario", etc. Y de nuevo acude el paralelismo entre Rusia y España: "la gente [de Madrid] es como en la literatura de Chejov (…) por algo se advierte tanta semejanza (…) entre moscovitas y españoles". La última crónica de esta época sobre España es de abril de 1926 y completa las otras dos; se llama "El secreto de Toledo" y Vallejo contrapone nuevamente a Francia y España, diciendo que a cualquier lugar de Francia se llega y todo invita a quedarse, mientras que en España, el viajero pasa y todo invita a seguir: no se puede llegar y la quietud no es posible. El reposo español es paradójicamente inquietud y paso eterno, movimiento: los españoles se mueven y nadie se ha movido más que ellos en la historia. Es un "dinamismo tácito y esencial" que el poeta contrapone al "dinamismo expreso y esporádico" de los otros países europeos; hay que observar en este sentido que el movimiento y la velocidad ínsitos en el reposo son una constante en la poesía vallejiana. Véase, por ejemplo, el "hombre parado/ de tanto huir", el "me he sentado a caminar" (Trilce XV), o la representación del vuelo como un "perro parado al borde de una piedra" (349). Ello se ve también en una reflexión sobre la movilidad, no ya de los hombres, sino de los lugares en la crónica "Las pirámides de Egipto": "los lugares - tumbas o cunas - suelen ambular en el espacio y en el tiempo y burlarse de los ojos del historiador y del simple mortal. Los lugares son terribles" (97). Se podría añadir que los lugares ambulan llevándose con ellos al lugareño, como parece ser el caso de Santiago de Chuco, lugar cultural que cruza el océano con el poeta para ir a reencarnar en el suelo castellano y en el suelo ruso.  

Toda vez que Vallejo comprueba que París remeda a Nueva York y que Europa entera tiende a ser un trasunto de los Estados Unidos, el centro del mundo - económico, político y cultural-sería Nueva York-Washington, y así lo reconoce, objetivamente, si podemos decir, el cronista. Sólo que el centro del mundo tal como existe en la relación de fuerzas de fines de los años veinte y que perpetúa revitalizándolo un modelo europeo anglosajón y germánico no es el centro de su mundo: el mundo de nuestro poeta no es el que existe sino el que debe existir, un mundo por formarse pero que él percibe ya como un mundo en formación. Si hubiera un centro de este mundo que quiere nacer, ese centro estaría en la periferia, en la especie de triángulo que el poeta representa en una fusión de España-Rusia-Latinoamérica; por eso, y así como París renuncia a ser el centro del mundo, Vallejo renuncia a la noción única de centro como concepto funcional de su proyecto de regeneración universal y lo reemplaza por el concepto doble de "polos".

Un artículo de 1928 explicita con claridad una parte del pensamiento de Vallejo sobre este asunto; se titula significativamente "Los dos polos de la época": de la época, no del mundo. Estos dos polos son Estados Unidos y Rusia que Vallejo llama "la naciente civilización proletaria del Soviet"; pero el autor observa que Estados Unidos, "donde la civilización capitalista alcanza actualmente su extremo predominio, opera en una vecindad calofriante" con esta civilización naciente; y el poeta enumera las analogías que instituyen esta "vecindad" entre los dos países; entre otras: concepción colectiva de la vida en Estados Unidos y en Rusia, el mismo predominio de la sociedad sobre el individuo, la supremacía del sentimiento de cantidad y de número sobre el de la calidad y de unidad; los dos países privilegian el dinamismo y el materialismo, histórico en Rusia y de origen calvinista en Estados Unidos. Sólo que, dice Vallejo citando a Trotzky, Rusia empieza donde los Estados Unidos acaban.Se podrían discutir los términos de este parangón que hace Vallejo entre los dos regímenes enemigos, pero dos cosas son seguras; la primera que Vallejo, ya en 1928, apuesta a la "civilización naciente" contra el polo norteamericano; la segunda, que para él la Europa transpirenaica no es centro, ni tampoco polo de nada. Vallejo tiende claramente a adherir al comunismo como opción política, pero observamos que todavía en 1929 esta adhesión era sobre todo al trotzkismo, el cual "constituye un movimiento de gran significación histórica (…) el nacimiento de una nueva izquierda dentro de otra izquierda que (…) resulta, a la postre, derecha" (323); en este camino hacia la militancia comunista Vallejo muestra más de una reticencia y numerosas contradicciones e incoherencias que resaltan en sus escritos de la época y que tratará de cortar por lo sano inscribiéndose en el partido comunista en 1931, paradójicamente ya en pleno estalinismo triunfante, el mismo año en que empieza a escribir Rusia ante el segundo plan quinquenal. Paradójicamente también, después de este trabajo y ya comunista militante Vallejo no escribe nada en favor del régimen soviético ni en general sobre temas de doctrina política. Sus últimas crónicas datan, como hemos dicho, de 1931. Extraño silencio en un militante escritor y convencido de la bondad de su causa; de la justicia de la causa estaba indudablemente convencido, no así seguramente de la justicia del régimen imperante en Rusia.

Se supone que esos años, entre 1931 y 1936, los dedicó a escribir poesía, en la que su sensibilidad social íntimamente unida a sus obsesiones existenciales se expresan fuera de toda referencia obligatoria a la ideología. Y es en los poemas donde encontramos otra visión, por ejemplo, de París, que no tiene nada que ver con su condición de centro o no centro: la que cualquier vecino de cualquier ciudad puede tener de la misteriosa lejanía y proximidad de ciertos rincones, calles y plazas, colores y perspectivas, de unos arboles o de unas piedras, que son familiares y que siguen siendo extraños: los castaños frondosos de París, un tilo junto al Marne, las "hojas del Luxemburgo polvorosas", la extraña callejuela de la Luna, la luz áurea del sol sobre las cúpulas del Sacré-Coeur…; pero en la poesía de esos años París es también la experiencia del dolor, de la enfermedad grave y del hospital: "Y es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado"; y es, sobre todo en los poemas la miseria de la ciudad, el desamparo de los pobres, en contraste con el lujo ostentoso de la urbe y de sus ricos, entre los cuales Vallejo menciona reiterada e intencionadamente a los embajadores soviéticos; es aquel hombre que "busca en el fango huesos, cáscaras" y que hace que el poeta se pregunte: "¿Cómo escribir, después, del infinito?"; y París es aquel patético parado, "desocupado, astroso, espeluznante" que va y viene a la orilla del Sena, de donde "sube y baja la ciudad, hecha de lobos abrazados". París es el centro de una tenaz meditación sobre "la cólera del pobre".

En 1936 ha terminado pues la reflexión en prosa sobre la Europa transpirenaica y el centro móvil de la periferia. Pero 1936 es un momento fundamental de la creación de Vallejo en Europa: la guerra de España vuelve a estimular, como nunca, su entusiasmo político, expresado esta vez no en prosas de reflexión ideológica sino en los 15 poemas que le arranca el sacrificio del pueblo español. El poeta ve a España, como al Perú, "al pie del orbe" y es entonces para él España, la que diez años atrás había identificado con su América, el verdadero polo o más aún el verdadero centro moral del mundo; fuera de toda referencia a ideologías establecidas es para Vallejo esta nueva España la que puede salvar a la Europa transpirenaica de su marasmo y hacerla nuevamente grande; mientras tanto, y mientras no triunfe esta esperanza, el poeta se despide de sí mismo y de todos los polos y de todas las ideologías: Al cabo, al fin, por último, / torno, volví y acábome y os gimo, dándoos / la llave, mi sombrero, esta cartita para todos. Al cabo de la llave está el metal en que aprendiéramos / a desdorar el oro, y está, al fin / de mi sombrero, este pobre cerebro mal peinado, / y, último vaso de humo en su papel dramático, / yace este sueño práctico del alma. // ¡Adiós hermanos san pedros, / heráclitos, erasmos, espinozas! ¡Adiós, tristes obispos bolcheviques! ¡Adiós, gobernadores en desorden! (…)// (¡Adiós también, me digo a mí mismo,(…).

Estos son algunos pasos de la trayectoria mental de Vallejo en Europa, caracterizada por una meditación sobre la crisis espiritual y cultural dela época. Partiendo de la comprobación que el hogar cultural del hombre occidental moderno amenaza ruina, el poeta se preocupa por hallar el camino hacia un nuevo hogar. La noción de hogar cultural tiene en Vallejo una importancia fundamental. Todo hombre necesita un hogar cultural propio; el de la Europa transpirenaica ha sido invadido por los modelos norteamericanos del récord y del maquinismo a ultranza. En cuanto a Latinoamérica, dice el poeta, “”carece de un hogar cultural propio, hogar que no podría erigirse sino sobre la base de una sensibilidad autóctona, americana e indígena, que por el momento según Vallejo no existe; Latinoamérica vive de Europa que a su vez se pone a vivir de Estados Unidos. Con lo cual se riza el rizo. En todo caso, el modelo que parece seguir predominando en esta visión de un nuevo hogar cultural para el hombre, es el del lugar natal, el del hombre andino y sus campos humanos: "indio después del hombre y antes de él". Como Garcilaso, decíamos al principio, Vallejo desde Europa se representa continuamente su tierra. Santiago de Chuco parece ser uno de esos lugares "ambulantes" a los que se refiere el poeta.       Dicho esto, se puede notar que toda esta meditación vallejiana en Europa está llena de juicios demasiado perentorios y tajantes que chocan con otras afirmaciones, igualmente tajantes y contradictorias. Así el poeta en un artículo de setiembre de 1928 arremete contra la dialéctica marxista, calificada de metafísica y fatalista y opuesta a la capacidad creadora y libre de la voluntad humana (314), y dos meses después firma con otros peruanos una declaración en la que afirma adoptar el marxismo leninismo en todos sus aspectos, incluyendo el filosófico. Escribe en diciembre de 1928 que el movimiento surrealista, "en lo que tiene de más puro y creador, puede ayudarnos en la higienización de nuestro espíritu, con el contagio saludable y tonificante de su pesismismo y su desesperación" (324); y un año después hace la "autopsia" del surrealismo: un "cadáver", "una impostura de la vida, un vulgar espantapájaros". Después de afirmar que la ciudad más original es Madrid y que París no es ya centro de nada, dice que París es la ciudad más original del globo y además el "centro espiritual del mundo", etc….

Hay que recordar, a propósito de estas contradicciones, lo que dice el poeta en uno de sus poemas de París: ¡Cuatro conciencias / simultáneas enrédanse en la mía! (…) No puedo concebirlo; es aplastante. Es lógico, me atrevería a decir, que alguien que posee cuatro conciencias enredadas en su conciencia, pueda tener hasta cuatro visiones distintas de un objeto percibido como único por la conciencia que contiene a las otras cuatro. Por lo demás Vallejo mismo se explica en prosa sobre sus contradicciones:“Se me antoja que, a través de lo que en mi caso podría conceptuarse como anarquía intelectual, caos ideológico, contradicción o incoherencia de actitudes, hay una orgánica y subterránea unidad vital”.

Lo que hemos procurado destacar aquí, a través del laberinto de las contradicciones, es el hilo ininterrumpido de esa unidad: desde la añoranza del hogar andino de Trilce hasta el proyecto de un nuevo hogar cultural que lo recree a escala universal. Ese hilo conecta el porvenir de su lugar americano con el porvenir de Europa y del mundo; al ver los centros tradicionales de Europa hundirse en la decadencia el poeta concibe la regeneración de estos centros a través de los valores universales de una nueva historia que él veía gestarse en la periferia.

 

NOTAS

  [1] "Tres exiliados", Eco, Bogotá, n 230 (Diciembre 1980), p. 175.

  [2] "El momento más grave de mi vida" en César Vallejo: Obra poética, edición crítica, coordinador Américo Ferrari, Madrid, Colección Archivos, 1988. Todas las citas de la poesía de Vallejo refieren a esta edición (número de página entre paréntesis en el texto).

  [3] César Vallejo: Epistolario general. Recopilación y prólogo de José Manuel Castañón, Pre-textos, 1982, p. 18.

[4] VALLEJO, César. Desde Europa. Crónicas y artículos (1923-1938) Recopilación, prólogo, notas y documentación por Jorge PUCCINELLI. Lima. Ediciones fuente de cultura peruana, 1987.

 

Este ensaio integra o volume La soledad sonora (Voces poéticas del Perú e Hispanoamérica), de Américo Ferrari. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 2003. Sua inclusão na Banda Hispânica só foi possível graças à generosidade do Autor.

 

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