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César Vallejo: la huida a Europa
Américo
Ferrari
"En 1560 el Inca Garcilaso de la Vega (…) funda una
tradición perdurable en Hispanoamérica: la del escritor que se
marcha de su tierra y no vuelve más", decíamos hace años en un
artículo publicado en Bogotá
[1]. Vallejo es uno de ellos. A parte del
viaje decisivo, hay entre Garcilaso, peruano del siglo XVI y
Vallejo, peruano del siglo XX, más de una concordancia de
identidad y de destino: ambos son mestizos de los Andes
peruanos, de directa ascendencia española y aborigen y los dos
desde Europa siempre rememoran y re-proyectan su lugar natal;
pero Garcilaso se fue a Madrid, la metrópoli de su época en la
tierra de su padre, y Vallejo a París, la ciudad que, por la
misma época de este viaje, Walter Benjamin calificaba en un
ensayo célebre de "capital del siglo XIX": ¿Por qué París? Para
la mayoría de los intelectuales hispanoamericanos entre las dos
guerras la capital de Francia seguía siendo la capital del
mundo; en el caso de Vallejo este malentendido se disipará muy
pronto. Ya desde Trilce se puede vislumbrar que lo que
busca el poeta no es la residencia en ninguna capital de ningún
siglo, sino la concepción y la proyección de una utopía,
situarse en otro lugar de cultura para el hombre. La
ciudad que simbolizaba aún en aquella época el centro de un
mundo en disolución le convenía probablemente para lo que tenía
que hacer.
Dicho esto no se sabe muy bien qué oscuros motivos lo impulsaron
a huir del Perú en 1923: quizá el temor a que se reiniciara el
proceso que lo condenó a una traumática estancia en una cárcel
del Perú: El momento más grave de mi vida fue mi
prisión en una cárcel del Perú,
(Poemas de París (311)[2].
Es importante en todo caso para la mejor comprensión de la
trayectoria del poeta en la Europa transpirenaica empezar por
los pasos que dio en su patria y que se expresan en la obra
escrita en el Perú. Vallejo deja su pueblo en 1911; se establece
en Trujillo y huye literalmente de Trujillo a Lima, en 1919, por
un lío amoroso que lo había llevado al borde del suicidio. Cinco
años y medio en Lima, marcados por un nuevo amor que acaba en el
fracaso y en la angustia y por los cuatro meses de
encarcelamiento en la Cárcel Central de Trujillo; huye de
nuevo, pero esta vez a través del océano y para no volver más a
su pueblo. Tiene entonces 31 años: los 15 restantes los vivirá
en Europa: Habiendo atravesado / quince años; después, quince,
y, antes, quince, / uno se siente, en realidad, tontillo, / es
natural, por lo demás ¡qué hacer! ¿Y qué dejar de hacer, que es
lo peor? (433), dice el poeta en 1937: es necesario tratar
de comprender la mportancia de los 15 primeros años en Santiago
de Chuco, su huella y su repercusión en la obra de los últimos
15 pasados en Europa, y cómo influyen en la desolación y en la
esperanza de los poemas de París.
En realidad, Vallejo no se expatrió en 1923 para "radicarse" en
París: en realidad, fuera de Santiago, su lugar, no
radicó propiamente nunca en ninguna part; era, en el sentido más
exacto de la palabra, un desarraigado, igual en París que en
Trujillo o en Lima, donde se sentía ya un desterrado. La
añoranza del lugar natal cuyo centro es la proximidad familiar,
el padre, la madre, los hermanos y el ambiente comunitario que
se extiende por un entorno de campos "humanos", como llamará el
poeta a los campos de su tierra en su obra de París (360), está
ya en el primer libro y se acentúa fuertemente en Trilce,
todo ello rodedo de representaciones marcadamente cristianas,
todo ello impregnado también de un fuerte sentimiento de caridad
y de solidaridad con los pobres y los desvalidos. En el poema "El
pan nuestro" (HN, 78) el poeta, desayunando, piensa que "si no
hubiera nacido / otro pobre tomara este café" y quiere "ver a
los pobres" y "dar pedacitos de pan fresco a todos", "y saquear
a los ricos sus viñedos", y "tocar todas las puertas, / y
suplicar a no sé quién perdón". Y en "La cena miserable" (87):
"Y cuándo nos veremos, con los demás, al borde / de una mañana
eterna, desayunados todos". Un fuerte sentimiento de culpa y de
deuda y de amor al prójimo se extiende por los dos primeros
libros y hay que tenerlo presente, pues este sentimiento se
refuerza en los años de Europa y es importante para explicar la
aversión del poeta al tipo de relaciones humanas que reinaban en
este continente y su adhesión al comunismo en los años treinta.
El tema de la huida, del partir, del irse se diseña también ya
en Los heraldos negros y en 1937 el poeta lo recalca con
obsesiva insistencia en el poema "Va corriendo…": Va
corriendo, andando, huyendo / de sus pies… (…) Corre de todo,
andando / entre protestas incoloras; huye / subiendo, huye /
bajando,huye / a paso de sotana, huye / alzando al mal en brazos,
huye / directamente a sollozar a solas. // Adonde vaya / lejos
de sus fragosos, cáusticos talones, / lejos del aire, lejos de
su viaje, / a fin de huir, huir y huir y huir / de sus pies -hombre
en dos pies, parado / de tanto huir- habrá sed de correr
(376). ¿Huir de qué?: Pregunta difícil de contestar aqunue el
poeta la contesta por nosotros: de sus pies… los pies que
lo llevan de un lugar a otro y todos estos lugares son
equivocados y no son su lugar: Trujillo, Lima, París son etapas
de esta huida presentada como un movimiento absoluto que se
confunde con la inmovilidad: parado, / de tanto huir.
Huir de sus propios pies: impresionante imagen que refiere a la
imposible huida que intenta el hombre de sí mismo y de toda
tierra a la que se peguen sus pies. ¿Huir adónde, en busca de
qué? Podríamos aventurar esta hipótesis: hacia un lugar
inhallable en el mundo tal como existe pero que se ve y a
cuya conquista el poeta, sobre todo en sus años europeos,
pretende contribuir. Recordemos que ya en octubre de 1923, tres
meses después de desembarcar en Europa, Vallejo publicaba en una
revista de La Coruña un curioso poema titulado "Trilce" (el
mismo título que el libro que publicara en Lima en 1922), el
cujal tiene por tema un misterioso lugar que es de este mundo,
pero que no se encuentra: Hay un lugar que yo me sé / en este
mundo, nada menos, / adonde nunca llegaremos. // Donde, aun si
nuestro pie / llegase a dar por un instante / será, en verdad,
como un no estarse. // Es ese sitio que se ve / a cada rato en
esta vida, / andando, andando de uno en fila. // Más acá de mí
mismo y de / mi par de yemas, lo he entrevisto / siempre lejos
de los destinos. Este lugar es, desde luego, indefinible,
pero en la obra poética aparecerá a menudo con los destellos de
un hogar que hemos perdido y que tenemos que reconquistar,
totalmente arcaico y radicalmente futuro y que puede cobrar
figura en la representación del lugar natal, perdido para
siempre y no recuperable sino en el recuerdo o en el proyecto:
a lo mejor, recuerdo al esperar… (395).
Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio
muy grande y lejano y otra vez grande
(309). Así empieza "El buen sentido", el primer poema, o uno de
los primeros, que Vallejo escribió en París. Apenas llegado a
Europa el poeta se vuelve hacia su lugar andino del que la madre
muerta es el corazón inmortal, desde el nuevo sitio grande y
sobre todo lejano, más que por la lejanía en miles de kilómetros
salvables en unas semanas de travesía, por la distancia afectiva
y el hiato de existencia, insalvables, entre ese sitio de Europa
y el lugar irremplazable de su experiencia primordial, de su
arraigo cultural, del lugar de sus muertos y por consiguiente de
su eternidad; es lo que dice el otro más antiguo poema de París,
"La violencia de las horas", tremendo inventario de la muerte:
Todos han muerto. Murió doña Antonia, la ronca…Murió el cura
Santiago (…) Murió aquella joven rubia, Carlonta… Murió mi tía
Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad… Murió un
viejo tuerto, su nombre no recuerdo.. Murió Rayo, el perro de mi
altura… Murió Lcas, mu cuñado en la paz de las cinturas… Murió
en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en
mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de
tristeza en el mes de agosto de años sucesivos… Murió el músico
Méndez, alto y muy borracho… Murió mi eternidad y estoy
velándola (307-308). Todos muertos de su lugar que viajan a
París con su lugar. Para conjurar la violencia de las horas
Vallejo dedicará su estancia en Europa a buscar una vía que le
permita resucitar la eternidad de su lugar, su eternidad: el
estado de crisis y de efervescencia en que se encontraba
entonces el continente europeo serán en ese sentido un terreno
fecundo para el poeta.
París mismo no parece haber entusiasmado nunca a Vallejo, como
lo anuncia ya la primera frase del poema citado: es un sitio
grande y lejano, a secas. Lejano: alejado de lo que podemos
llamar aún en aquella época el "centro" del universo subjetivo
del poeta: Santiago y su entorno andino. Lo de grande ha de
entenderse naturalmente en el sentido de extensión urbana. En
una carta del 15 de octubre de 1923 a Carlos Raygada, Vallejo
vuelve a emplear este adjetivo en otra acepción: "Van para tres
meses que estoy en París. Vivo a diario y con toda fraternidad
con Silva, que es lo único de grande que hasta ahora he hallado
en Europa"[3].
Lo único "grande" de París es, para este poeta peruano, otro
peruano, su amigo el músico Alfonso de Silva. Más claro: lo
único grande es la fraternidad, pero esta fraternidad no es
precisamente lo que caracteriza París ni ninguna otra ciudad
europea de la época. Los valores que perseguía Vallejo,la
representación de la realidad humana como un "todos" y no como
un hacinamiento de individuos: la fraternidad, la solidaridad
humana, la camaradería colectiva, el amor al prójimo ("Vallejo o
la proximidad", ha escrito certeramente José Angel Valente),
estaban en plena quiebra en la Europa individualista y
mercantilista que después de la carnicería de 1914-18 empezaba a
prepararse para la de 1939-45; él buscaba "el genio descalzo y
su cordero" (E. 454) y lo que encuentra es "la ciudad hecha de
lobos abrazados" (354). Alfonso de Silva es pues lo único grande
que hasta entonces Vallejo ha hallado en Europa; pero, añade en
su carta, "lo demás está aún tras de los telones que no he
forzado todavía". Entre 1923 y 1936 observará lo que hay detrás
de estos telones, desde París y a lo largo de sus viajes por
Europa. Lo que ve tendrá una influencia determinante en su obra,
pero lo "grande" que descubre en Europa no estará precisamente
en París ni en ninguno de los grandes centros de la Europa
occidental de la época.
Se podrán distinguir grosso modo tres etapas en el
período europeo de Vallejo. La primera va de 1923 hasta fines
del decenio; la segunda de 1930-31 hasta 1936; la última son los
años marcados por la guerra de España hasta la muerte del poeta
en marzo de 1930, un año y medio antes de que estallara la
segunda guerra mundial. En estos 15 años hace seis viajes a
España y tres a Rusia y visita, de paso, Berlín, Praga, Budapest,
Venecia, Roma y otras ciudades europeas. La obra escrita en los
años de Europa está constituida por más de un centenar de
poemas, de los cuales Vallejo no publicó sino seis en periódicos
diversos, cuatro obras de teatro, dos de ellas sobre temas
peruanos, una novela sobre la condición de los mineros andinos,
El tungsteno, dos trabajos sobre Rusia, unos cuadernos de
notas publicados póstumamente con los títulos de Contra el
secreto profesional y El arte y la revolución y dos
centenares de crónicas y artículos sobre la vida en Europa,
principalmente para revistas de Lima, con los que a duras penas
ganaba algún dinero para sobrevivir como periodista. Los años de
Europa estgán bajo el signo de una pobreza angustiosa, condición
no ajena a la fuerte carga personal de rebelión social que
domina en buena parte de la obra escrita en París, sobre todo
desde los últimos años del decenio de los veinte.
Si se quiere tener una idea de la experiencia europea de Vallejo
y de la repercusión de esta experiencia en su obra, hay que
empezar por estas crónicas. Dispersas durante mucho tiempo y
casi desconocidas de los lectores no especializados que no
frecuentan las hemerotecas, fueron reunidas por Jorge Puccinelli
en 1987.
Aunque en principio destinados a informar a los limeños sobre
las "novedades" de París o sobre lo que ocurría en Europa y se
comentaba en París, estos artículos periodísticos anudan a lo
largo de los años veinte, entre una y otra anécdota
aparentemente banal sobre la vida cultural y política de la
capital francesa, reflexiones y juicios importantes sobre la
situación de Europa, sobre la modernidad y la posmodernidad,
sobre el alcance y los límites del marxismo, sobre la emergencia
de una nueva cultura, sobre el estado y el destino del arte y de
la revolución o las revoluciones que se estaban gestando en el
mundo y si no emergían ya de París o de la Europa llamada
occidental, por lo menos repercutían fuertemente en ella.
Algunos de sus pasajes pueden contribuir incluso a esclarecer
aspectos de la poesía vallejiana de estos años o de años
anteriores o diseñan motivos que sintetizados o ampliados
aparecen en los poemas.
La gran mayoría de estas crónicas (más de doscientas) 1923 y
1929. Desde 1928 sew observa un acercamiento cada vez más
preciso al marxismo(los catorce artículos de 1930 son netamente
políticos), acercamiento que culmina en la práctica con la
afiliación de Vallejo al Partido Comunista Español en 1931.
Después de 1930 sólo unos pocos artículos esporádicos, tres de
ellos de 1937 sobre cuestiones relacionadas con la guerra de
España.
Desde sus primeras crónicas Vallejo observa la vida de París con
una mirada crítica, irónica y a a menudo incluso burlona y en
sus juicios se transparenta también muchas veces un sentimiento
de escándalo; le impresiona el fenómeno de la desnatalidad en
Francia, la "escasa población infantil": en París no hay niños;
hay opulentas avenidas, palacios trascendentales y casi
metafísicos, pero pocas veces se oye reír o llorar a un niño
(26); en todo, hasta en la muerte, domina la moda, París es la
modópolis (41, 58); hay muchos teatros y mucho Molière en la
Comedia Francesa pero el teatro francés "nunca ha pasado de una
mediocridad" y "en cuanto al teatro francés moderno, su valor es
el de siempre: mediocre" (54). De teatro extranjero sólo se
representa a Bernard Shaw y a Pirandello, pero no se sabe nada
del nuevo teatro ruso y alemán. Los escritores en general son
escritores de bufete y de gabinete sin contacto con la vida,
ignoran "el drama inmediato de las fuerzas y direcciones
contrarias de la realidad", Valéry es un imitador servil de
Mallarmé, André Breton un epiléptico o un cadáver, y no sólo
Breton sino todo el movimiento surrealista calificado de simple
"cenáculo"; el gran escritor católico Georges Bernanos es
despachado con el calificativo de “anacrónico” porque cree en el
diablo.
Vallejo considera que una gran parte de lo que se escribe, se
hace o se piensa en el París de los años veinte, es una simple
cuestión de moda: en todo, hasta en la religión y hasta en la
muerte, domina la moda, París es la Modópolis (41, 58); "Hay
rachas ideológicas en París que no se explican sino aplicando un
criterio de modisto, puesto que no pasan sino de simples
novedades pegajosas" (143). Entre esas modas está el deporte, no
como actividad vital y cultura física del hombre, sino como la
obsesión de batir récords: "Quién vuela más lejos. Quién da
mejores puñetazos. Quién nada más. Quién bate el récord en
tennis, en foot ball, en duración (…) Quién hace más dinero.
Quién danza más rapidamente. Récord de ayuno, de fumador, de
filatelista; récord de canto, de risa, de piedad, de matrimonio,
de divorcio, de asesinatos, de revoluciones (…) En esta sociedad
de récords y de colmos el criterio dominante es el criterio de
cantidad. El récord como criterio de vida viene del deporte. El
alma filosófica de este criterio, la cantidad, nos viene de
Estados Unidos" (233); y el poeta ve en ello un fenómeno
mundial: Hay, dice, "una racha mundial de imitación del deporte
de origen y de orientación yanquis (…), el match ciclista, por
ejemplo, "ha conservado por una ciega y absurda imitación, el
fundamento político y eugénico de su origen norteamericano (…):
es una prueba de resistencia puritana y no de velocidad
mediterránea", etc. Rstamos en el núcleo del análisis vallejiano
de la vida europea entre las dos guerras: domina la moda, pero
la moda no tiene importancia sino por el substrato cultural que
la sostiene: según Vallejo ese substrato cultural en París y en
Europa, ya en los años 20, es estadounidense. "París renuncia a
ser el centro del mundo" es el título de un artículo escrito en
junio de 1926: desde que Francia debe miles de millones a
Estados Unidos "toda la vida espiritual francesa está pendiente
de la vida espiritual norteamericana (…) Nueva York representa
ahora, a los ojos de Francia, todo lo que París representaba
antes de la guerra, ante los ojos del mundo" (123); pero,
observa el poeta dos años después, "la cultura neo-occidental de
América [es] heredera directa de los valores fundamentales y
orgánicos de la cultura estrictamente europea" (321). Lo que
comprueba pues Vallejo es que se trata de un viaje de ida y
vuelta: Europa importa, americanizado, el mismo substrato
cultural de origen anglo sajón y germánico que exportara a
Estados Unidos: depende, en los años veinte, del ritmo de vida
norteamericano, y un ritmo de vid es,pñarta Vallejo, un
componente mayor de la cultura. Sin embargo el poeta peruano
cree en la posibilidad de otros valores pa Europa y América.
Siete meses antes de escribir este artículo Vallejo había
viajado por primera vez a España en noviembre de 1925. Tres
crónicas sucesivas consignan las impresiones y reflexiones de
este viaje. En la primera, "Entre Francia y España", desde
Biarritz vislumbra los horizontes españoles de la costa vasca y
dice: "Vuelvo a mi tierra, sin duda. Vuelvo a mi América Hispana,
reencarnada por el verbo que salva las distancias, en el suelo
castellano". "Pueda yo en esta fuga de París (…) recuperar mis
sentimientos de naturaleza inculta y sin senderos (…) Odio las
calles y los senderos"; y París es eso, calles, rutas ya
abiertas, fechas y señales ya dispuestas. Y el poeta enumera
todo lo que lo agobia en París: "calles, rieles, esquinas,
telégrafos, torres, teatros, periódicos, escritores, hoteles,
peine, jabón". Las últimas líneas del artículo son
particularmente esclarecedoras paa entender la situación y el
proyecto de Vallejo en la Europa transpirenaica: "Ya no hay
campos ni mares en Europa; ya no hay templos ni hogares. El
progreso mal entendido y peor digerido los ha aplastado. Pero
esta noche, al reanudar mi viaje a Madrid, siento no sé qué
emoción inédita y entrañable: me han dicho que sólo España y
Rusia, entre todos los países europeos, conservan su pureza
primitiva, la pureza de gesta de América". Por primera vez
Vallejo enlaza explícitamente en una especie de eje a Rusia,
España y su América andina contraponiéndolas a la Europa
transpirenaica. En el artículo siguiente, "Wilson y la vida
ideal en la ciudad", escrito un mes después, Vallejo compara
Madrid con París. En Madrid hay todos los adelantos científicos
e industriales que existen en las mayores ciudades occidentales,
pero "la presencia física del progreso apenas se deja
sentir" es decir, explica, que no nos angustian ni nos dominan,
"en una palabra, no nos hacen desgraciados": los instrumentos
del progreso están humanizados: "se las arreglan
satisfactoriamente con el hombre" (84) y se supeditan a "la más
débil y pequeña de las criaturas". En París, en cambio, cuando
pasa un autobús, vertiginoso, implacable, soberano, "el
transeúnte, a su lado, se siente una pobre paja, débil e
impotente". Vallejo concluye: "Madrid es la ciudad más original
de Europa" y "la vida moderna (…) ha logrado una dirección de
gran sentido histórico [porque] los valores permanentes de
humanidad priman sobre el humo de la locomotora, el plazo
bancario", etc. Y de nuevo acude el paralelismo entre Rusia y
España: "la gente [de Madrid] es como en la literatura de Chejov
(…) por algo se advierte tanta semejanza (…) entre moscovitas y
españoles". La última crónica de esta época sobre España es de
abril de 1926 y completa las otras dos; se llama "El secreto de
Toledo" y Vallejo contrapone nuevamente a Francia y España,
diciendo que a cualquier lugar de Francia se llega y todo invita
a quedarse, mientras que en España, el viajero pasa y todo
invita a seguir: no se puede llegar y la quietud no es posible.
El reposo español es paradójicamente inquietud y paso eterno,
movimiento: los españoles se mueven y nadie se ha movido más que
ellos en la historia. Es un "dinamismo tácito y esencial" que el
poeta contrapone al "dinamismo expreso y esporádico" de los
otros países europeos; hay que observar en este sentido que el
movimiento y la velocidad ínsitos en el reposo son una constante
en la poesía vallejiana. Véase, por ejemplo, el "hombre parado/
de tanto huir", el "me he sentado a caminar" (Trilce XV),
o la representación del vuelo como un "perro parado al borde de
una piedra" (349). Ello se ve también en una reflexión sobre la
movilidad, no ya de los hombres, sino de los lugares en la
crónica "Las pirámides de Egipto": "los lugares - tumbas o cunas
- suelen ambular en el espacio y en el tiempo y burlarse de los
ojos del historiador y del simple mortal. Los lugares son
terribles" (97). Se podría añadir que los lugares ambulan
llevándose con ellos al lugareño, como parece ser el caso de
Santiago de Chuco, lugar cultural que cruza el océano con el
poeta para ir a reencarnar en el suelo castellano y en el suelo
ruso.
Toda vez que Vallejo comprueba que París remeda a Nueva York y
que Europa entera tiende a ser un trasunto de los Estados
Unidos, el centro del mundo - económico, político y
cultural-sería Nueva York-Washington, y así lo reconoce,
objetivamente, si podemos decir, el cronista. Sólo que el centro
del mundo tal como existe en la relación de fuerzas de fines de
los años veinte y que perpetúa revitalizándolo un modelo europeo
anglosajón y germánico no es el centro de su mundo: el mundo de
nuestro poeta no es el que existe sino el que debe existir, un
mundo por formarse pero que él percibe ya como un mundo en
formación. Si hubiera un centro de este mundo que quiere nacer,
ese centro estaría en la periferia, en la especie de triángulo
que el poeta representa en una fusión de
España-Rusia-Latinoamérica; por eso, y así como París renuncia a
ser el centro del mundo, Vallejo renuncia a la noción única de
centro como concepto funcional de su proyecto de regeneración
universal y lo reemplaza por el concepto doble de "polos".
Un artículo de 1928 explicita con claridad una parte del
pensamiento de Vallejo sobre este asunto; se titula
significativamente "Los dos polos de la época": de la época,
no del mundo. Estos dos polos son Estados Unidos y Rusia
que Vallejo llama "la naciente civilización proletaria del
Soviet"; pero el autor observa que Estados Unidos, "donde la
civilización capitalista alcanza actualmente su extremo
predominio, opera en una vecindad calofriante" con esta
civilización naciente; y el poeta enumera las analogías que
instituyen esta "vecindad" entre los dos países; entre otras:
concepción colectiva de la vida en Estados Unidos y en Rusia, el
mismo predominio de la sociedad sobre el individuo, la
supremacía del sentimiento de cantidad y de número sobre el de
la calidad y de unidad; los dos países privilegian el dinamismo
y el materialismo, histórico en Rusia y de origen calvinista en
Estados Unidos. Sólo que, dice Vallejo citando a Trotzky, Rusia
empieza donde los Estados Unidos acaban.Se podrían discutir los
términos de este parangón que hace Vallejo entre los dos
regímenes enemigos, pero dos cosas son seguras; la primera que
Vallejo, ya en 1928, apuesta a la "civilización naciente" contra
el polo norteamericano; la segunda, que para él la Europa
transpirenaica no es centro, ni tampoco polo de nada. Vallejo
tiende claramente a adherir al comunismo como opción política,
pero observamos que todavía en 1929 esta adhesión era sobre todo
al trotzkismo, el cual "constituye un movimiento de gran
significación histórica (…) el nacimiento de una nueva izquierda
dentro de otra izquierda que (…) resulta, a la postre, derecha"
(323); en este camino hacia la militancia comunista Vallejo
muestra más de una reticencia y numerosas contradicciones e
incoherencias que resaltan en sus escritos de la época y que
tratará de cortar por lo sano inscribiéndose en el partido
comunista en 1931, paradójicamente ya en pleno estalinismo
triunfante, el mismo año en que empieza a escribir Rusia ante
el segundo plan quinquenal. Paradójicamente también, después
de este trabajo y ya comunista militante Vallejo no escribe nada
en favor del régimen soviético ni en general sobre temas de
doctrina política. Sus últimas crónicas datan, como hemos dicho,
de 1931. Extraño silencio en un militante escritor y convencido
de la bondad de su causa; de la justicia de la causa estaba
indudablemente convencido, no así seguramente de la justicia del
régimen imperante en Rusia.
Se supone que esos años, entre 1931 y 1936, los dedicó a
escribir poesía, en la que su sensibilidad social íntimamente
unida a sus obsesiones existenciales se expresan fuera de toda
referencia obligatoria a la ideología. Y es en los poemas donde
encontramos otra visión, por ejemplo, de París, que no tiene
nada que ver con su condición de centro o no centro: la que
cualquier vecino de cualquier ciudad puede tener de la
misteriosa lejanía y proximidad de ciertos rincones, calles y
plazas, colores y perspectivas, de unos arboles o de unas
piedras, que son familiares y que siguen siendo extraños: los
castaños frondosos de París, un tilo junto al Marne, las "hojas
del Luxemburgo polvorosas", la extraña callejuela de la Luna, la
luz áurea del sol sobre las cúpulas del Sacré-Coeur…; pero en la
poesía de esos años París es también la experiencia del dolor,
de la enfermedad grave y del hospital: "Y es verdad que sufrí en
aquel hospital que queda al lado"; y es, sobre todo en los
poemas la miseria de la ciudad, el desamparo de los pobres, en
contraste con el lujo ostentoso de la urbe y de sus ricos, entre
los cuales Vallejo menciona reiterada e intencionadamente a los
embajadores soviéticos; es aquel hombre que "busca en el fango
huesos, cáscaras" y que hace que el poeta se pregunte: "¿Cómo
escribir, después, del infinito?"; y París es aquel patético
parado, "desocupado, astroso, espeluznante" que va y viene a la
orilla del Sena, de donde "sube y baja la ciudad, hecha de lobos
abrazados". París es el centro de una tenaz meditación sobre "la
cólera del pobre".
En 1936 ha terminado pues la reflexión en prosa sobre la Europa
transpirenaica y el centro móvil de la periferia. Pero 1936 es
un momento fundamental de la creación de Vallejo en Europa: la
guerra de España vuelve a estimular, como nunca, su entusiasmo
político, expresado esta vez no en prosas de reflexión
ideológica sino en los 15 poemas que le arranca el sacrificio
del pueblo español. El poeta ve a España, como al Perú, "al pie
del orbe" y es entonces para él España, la que diez años atrás
había identificado con su América, el verdadero polo o más aún
el verdadero centro moral del mundo; fuera de toda referencia a
ideologías establecidas es para Vallejo esta nueva España la que
puede salvar a la Europa transpirenaica de su marasmo y hacerla
nuevamente grande; mientras tanto, y mientras no triunfe esta
esperanza, el poeta se despide de sí mismo y de todos los polos
y de todas las ideologías: Al cabo, al fin, por último, /
torno, volví y acábome y os gimo, dándoos / la llave, mi
sombrero, esta cartita para todos. Al cabo de la llave está el
metal en que aprendiéramos / a desdorar el oro, y está, al fin /
de mi sombrero, este pobre cerebro mal peinado, / y, último vaso
de humo en su papel dramático, / yace este sueño práctico del
alma. // ¡Adiós hermanos san pedros, / heráclitos, erasmos,
espinozas! ¡Adiós, tristes obispos bolcheviques! ¡Adiós,
gobernadores en desorden! (…)// (¡Adiós también, me digo
a mí mismo,(…).
Estos son algunos pasos de la trayectoria mental de Vallejo en
Europa, caracterizada por una meditación sobre la crisis
espiritual y cultural dela época. Partiendo de la comprobación
que el hogar cultural del hombre occidental moderno amenaza
ruina, el poeta se preocupa por hallar el camino hacia un nuevo
hogar. La noción de hogar cultural tiene en Vallejo una
importancia fundamental. Todo hombre necesita un hogar cultural
propio; el de la Europa transpirenaica ha sido invadido por los
modelos norteamericanos del récord y del maquinismo a ultranza.
En cuanto a Latinoamérica, dice el poeta, “”carece de un hogar
cultural propio, hogar que no podría erigirse sino sobre la base
de una sensibilidad autóctona, americana e indígena, que por el
momento según Vallejo no existe; Latinoamérica vive de Europa
que a su vez se pone a vivir de Estados Unidos. Con lo cual se
riza el rizo. En todo caso, el modelo que parece seguir
predominando en esta visión de un nuevo hogar cultural para el
hombre, es el del lugar natal, el del hombre andino y sus campos
humanos: "indio después del hombre y antes de él". Como
Garcilaso, decíamos al principio, Vallejo desde Europa se
representa continuamente su tierra. Santiago de Chuco parece ser
uno de esos lugares "ambulantes" a los que se refiere el poeta.
Dicho esto, se puede notar que toda esta meditación
vallejiana en Europa está llena de juicios demasiado perentorios
y tajantes que chocan con otras afirmaciones, igualmente
tajantes y contradictorias. Así el poeta en un artículo de
setiembre de 1928 arremete contra la dialéctica marxista,
calificada de metafísica y fatalista y opuesta a la capacidad
creadora y libre de la voluntad humana (314), y dos meses
después firma con otros peruanos una declaración en la que
afirma adoptar el marxismo leninismo en todos sus aspectos,
incluyendo el filosófico. Escribe en diciembre de 1928 que el
movimiento surrealista, "en lo que tiene de más puro y creador,
puede ayudarnos en la higienización de nuestro espíritu, con el
contagio saludable y tonificante de su pesismismo y su
desesperación" (324); y un año después hace la "autopsia" del
surrealismo: un "cadáver", "una impostura de la vida, un vulgar
espantapájaros". Después de afirmar que la ciudad más original
es Madrid y que París no es ya centro de nada, dice que París es
la ciudad más original del globo y además el "centro espiritual
del mundo", etc….
Hay que recordar, a propósito de estas contradicciones, lo que
dice el poeta en uno de sus poemas de París: ¡Cuatro
conciencias / simultáneas enrédanse en la mía! (…) No puedo
concebirlo; es aplastante. Es lógico, me atrevería a decir,
que alguien que posee cuatro conciencias enredadas en su
conciencia, pueda tener hasta cuatro visiones distintas de un
objeto percibido como único por la conciencia que contiene a las
otras cuatro. Por lo demás Vallejo mismo se explica en prosa
sobre sus contradicciones:“Se me antoja que, a través de lo que
en mi caso podría conceptuarse como anarquía intelectual, caos
ideológico, contradicción o incoherencia de actitudes, hay una
orgánica y subterránea unidad vital”.
Lo que hemos procurado destacar aquí, a través del laberinto de
las contradicciones, es el hilo ininterrumpido de esa unidad:
desde la añoranza del hogar andino de Trilce hasta el
proyecto de un nuevo hogar cultural que lo recree a escala
universal. Ese hilo conecta el porvenir de su lugar americano
con el porvenir de Europa y del mundo; al ver los centros
tradicionales de Europa hundirse en la decadencia el poeta
concibe la regeneración de estos centros a través de los valores
universales de una nueva historia que él veía gestarse en la
periferia.
NOTAS
[1]
"Tres exiliados", Eco, Bogotá, n
230 (Diciembre 1980), p. 175.
[2]
"El momento más grave de mi vida" en César Vallejo:
Obra poética, edición crítica, coordinador Américo
Ferrari, Madrid, Colección Archivos, 1988. Todas las
citas de la poesía de Vallejo refieren a esta edición
(número de página entre paréntesis en el texto).
[3]
César Vallejo: Epistolario general. Recopilación
y prólogo de José Manuel Castañón, Pre-textos, 1982, p.
18.
VALLEJO, César. Desde Europa. Crónicas y artículos
(1923-1938) Recopilación, prólogo, notas y
documentación por Jorge PUCCINELLI. Lima. Ediciones
fuente de cultura peruana, 1987.
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