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José
Ángel Valente: in memoriam
Américo Ferrari
Conocí
personalmente a José Ángel Valente en 1970 cuando me nombraron
profesor en Ginebra. Yo vivía hasta entonces en París y conocía
y admiraba la poesía de Valente pero no tenía la menor idea de
cómo era el poeta. Al llegar a Ginebra fui a visitarlo a su casa
y descubrí que era un tipo muy simpático; hablamos largo de
poesía, coincidimos en todo, congeniamos, nos fuimos a cenar y e
hicimos, en suma, muy buenas migas: nos hicimos amigos. Teníamos
los dos 41 años, digo, cada uno de los dos teníamos 43 años. Al
despedirnos me dio su libro de poemas, Punto cero, con
esta dedicatoria: “Para Américo, cuando ya todos los encuentros
parecían imposibles“; en efecto, ya a cierta edad, un verdadero
encuentro en la amistad parece imposible, y sobre todo en la
complicidad en poesía que me vinculó muy estrechamente con José
Ángel hasta que murió y después de su muerte. La muerte no
tiene nada que ver con estas cosas.
Estas cosas son, entre otras, la conjunción de una simpatía por
la persona y de lo que podríamos llamar una coincidencia o quizá
más bien una comunión en la percepción de la poesía y del
cometido del poeta que, ya que todos hemos nacido en una tribu,
consiste fundamentalmente en dar un sentido nuevo a las palabras
de la tribu, verso célebre de Mallarmé que Valente puso por
título a un excelente libro de ensayos sobre poetas y poesía. En
ese libro dice que toda la poesía española del siglo XIX, con
excepción de Bécquer y Rosalía de Castro, es como una enorme
guía de teléfonos interceptados cuyos abonados se llamasen todos
Fernández, por ejemplo; ya en América un autor como Ventura
García Calderón había escrito en los años 20 que la literatura
de todos los románticos del Perú parece las obras completas de
un solo autor mediocre. Cronológicamente, después de poetas como
Unamuno, Machado, Cernuda o Vicente Aleixandre, José Ángel
Valente y otros s poetas españoles de su generación cierran,
esperemos para siempre, el abominable listín telefónico de los
Fernández, como lo cerraron en América César Vallejo, José
Lezama Lima, Emilio Adolfo Westphalen o Blanca Varela, poetas
americanos con los que el poeta gallego se sentía hondamente
identificado.
En una charla que dio en la Universidad de Ginebra sobre San
Juan de la Cruz, José Ángel dijo una vez que la poesía del santo
se paladea, sensualmente, se entiende, es comestible y es rica:
y siendo acendradamente espiritual va a los sentidos y entra por
los sentidos, carnalmente se siente. La de Valente,
igual. Pero si la poesía se paladea como un manjar, también se
mira como un paisaje o como las obras de las artes plásticas; la
poesía es plástica, como un cuadro o una escultura. El cuadro de
un pintor que uno mira y admira se lee de izquierda a derecha y
de arriba abajo, como un poema; y el poema se mira y se admira,
como una pintura, como la obra pictórica de Tàpies, por ejemplo,
que Valente ha sabido recrear poéticamente en unas páginas
inolvidables de su obra. Y, claro, se oye: como la música que
también cautivaba al poeta.
Esta visión o esta intuición del arte que recoge y aúna todas
las artes cifradas en las breves líneas de un poema en
castellano o en gallego, para leer, para ver, para escuchar,
para saborear es una conquista realizada a través de toda una
vida por el poeta José Ángel Valente. Para mí uno de los mayores
poetas de nuestro siglo, y no solamente entre los de lengua
castellana. |