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banda  hispânica

josé ángel valente

 

Presencia de la poesía hispanoamericana en la obra de José Ángel Valente

Américo Ferrari

Antes de pasar al tema central de esta conferencia dos puntos previos:

Primero. Me explico ante todo sobre el término “presencia” que he elegido para subrayar el vínculo o la relación entre el poeta gallego y algunos grandes creadores hispanoamericanos del siglo XX y que se ha expresado tanto en su obra poética como en sus ensayos críticos: la relación a la que me refiero es por lo general un encuentro y un diálogo con poetas hispanoamericanos que él siente próximos y con los que más de una vez conversa, si puedo decir así, o que cita en sus poemas o en los estudios que les ha dedicado, como sucede igual con poetas españoles, Unamuno, Machado, Miguel Hernández, Blas de Otero entre otros, o de otras lenguas (Rimbaud, Trakl, Paul Celan o Edmond Jabès); y lo primero será dejar sentado, pues, que esta presencia o esta relación o este diálogo no tienen nada que ver con lo que se suele llamar “influencia”, término que supone una relación de dependencia del poeta influído con el poeta influyente, lo que no es el caso de José Ángel. “La poesía -dice Paul Valéry- tiene muchas moradas”. Valente ha conversado a menudo con algunos de sus moradores y ha vivido siempre a sus anchas en su propia morada: su poesía es irreductiblemente original y sería ridículo achacarle influencias de ningún tipo.

Segundo: del siglo XVI al XIX lo que hay naturalmente es una presencia de escritores españoles en América, aunque también de unos pocos hispanoamericanos en España, como es el caso del Inca Garcilaso de la Vega, que emigró a España a los 20 años y ahí escribió toda su obra impregnada de la presencia del Perú y que está presente a su vez, como veremos, en la poesía de Valente; o el mexicano Juan Ruiz de Alarcón que escribió toda su obra en España y está irrisoriamente presente en Quevedo, quien le dedica un mal epigrama: “Tanto de corcova atrás / y adelante, Alarcón, tienes / que saber es por demás / de dónde te corcovienes / y adónde te corcovás”. Alarcón era efectivamentre jorobado y, aparte de eso, un gran dramaturgo. Después pasarán dos siglos antes de que la poesía hispanoamericana tenga una presencia evidente en España a través de la persona y la obra poética de Rubén Darío, presencia que el propio Valente reconoce y subraya en un ensayo que dedica al poeta nicaragüense.

Esta presencia emerge, claro está, como lo va a subrayar Valente, de la tradición común de la poesía en lengua castellana en los dos lados del océano, tradición que en España arranca del Poema del Cid en el siglo XIII y en América de la presencia de la poesía española del siglo XVII, sobre todo de la poesía barroca de la península en las dos grandes vertientes del barroco español: Góngora y Quevedo. El primero está muy presente en la obra del cubano José Lezama Lima (y lo estaba ya en la poesía del uruguayo Julio Herrera y Reissig, modernista más allá del modernismo); el segundo en la poesía del peruano  César Vallejo, dos poetas, Vallejo y Lezama, que a su vez tendrán resonancia en la obra de José Ángel Valente; el mismo subraya en un fragmento de su obra cómo la obra personal de un poeta empieza en la lectura crítica de la tradición: “Toda obra personal empieza a partir de una lectura crítica de la tradición recibida. Tal es el modo según el que la obra individual es generada por la tradición a la que, a su vez, inflexiona, es decir, hace venir a la luz -alumbra- recargada de sentido”: “recargada de sentido”, es decir, indisolublemente, que vuelve a cargar de sentido y da un sentido nuevo a la obra individual que la tradición genera: da un sentido nuevo a las palabras de la tribu, verso de Mallarmé que inspira el título de los ensayos reunidos de Valente, Las palabras de la tribu; en este libro de crítica Valente enlaza en un haz indisoluble grandes poetas contemporáneos del siglo XX en España e Hispanoamérica dentro de la misma tradición.

Comentando en su ensayo sobre Rubén Darío un libro de José María de Cossío, Cincuenta años de poesía española (1850-1900), que reúne poetas españoles de la segunda mitad del siglo XIX, dice Valente que “[E]se libro, de alucinante lectura, es como una inmensa guía de teléfonos interceptados, cuyos abonados se llamasen todos Fernández, por ejemplo, salvo Rosalía y Bécquer.”; casi lo mismo que dice José Ángel de esa poesía española se podría decir de la poesía hispanoamericana de la época, salvando quizá también a dos poetas, el argentino José Hernández (1834-1886), autor del Martín Fierro, y el peruano Manuel González Prada (1844-1918) en cuya obra se pueden rescatar cierto número de excelentes poemas; y, claro, los del último cuarto del siglo, sobre todo, Rubén Darío, José Martí, José Asunción Silva, Julio Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones, José María Eguren; pero del último cuarto del siglo son también los poetas españoles que terminaron con el listín de los Fernández en España: Miguel de Unamuno, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez, todos creadores que marcaron el renacimiento de la poesía en España y en América y son sobre todo ellos los primeros que, cronológicamente, tienen presencia en la obra poética y en la obra crítica de José Ángel Valente.

 De los autores hispanoamericanos el primero que aparece en un libro de poemas de Valente, Mandorla, no es curiosamente uno de los contemporáneos que el poeta introduce en su obra poética o crítica, sino un clásico peruano, el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), autor de “fábulas historiales”, como el Inca se llama a sí mismo; el texto parece como escrito al alimón  entre el autor peruano y el español; se intitula “Del Inca” y tiene 16 líneas: el peruano ha escrito visiblemente las 14 primeras y el español las dos últimas. Dice así:

Yo nací ocho años después que los españoles ganaron mi tierra. Demarcación del Perú. Pedro de Cieza no entendió el nombre de Dios que los amautas rastrearon con lumbre natural, pues por ser español no sabía la lengua tan bien como yo, que soy indio Inca. Pachacamac quiere decir que da ánima al mundo. Tuviéronle en mayor veneración que al sol. Pero no le conocían, dijeron, porque no le habían visto y que por esto no le hacían templos ni le ofrecían sacrificios. No osaban tomar su nombre en la boca. Mas que le adoraban en su corazón y le tenían por dios no conocido. Al demonio no le llamaron sino Zupa y para nombrarle escupían primero en señal de maldición. Pero a mí si me preguntasen ahora ¿cómo se llama Dios en tu lengua? Diría: Pachacamac. Su lengua no conocía la escritura. Y la palabra nuestra el Inca iba reengendrando así en la oscura matriz de otra memoria.

La palabra española escrita en la memoria oral de los quechuas del Perú, y las dos se funden desde entonces en una sola literatura de muchas bocas como Alejandro de Humboldt decía del Caribe, que es un Mediterráneo de muchas bocas en la acepción geográfica de la palabra “boca”; y es en el sentido de la historia de la lengua y la literatura en lengua castellana en las dos orillas del océano como se ha de entender la boutade de Ernesto Sabato: “Para mí la literatura argentina empieza con el Poema del Cid”; así como el título del ensayo que dedica José Ángel a César Vallejo: “César Vallejo desde esta orilla”: la española.

Ahora, podríamos decir que la poesía contemporánea en lengua castellana empieza casi paralelamente con Rubén Darío en la orilla americana y con Miguel de Unamuno y los de la llamada generación del 98 en España; así que no es de extrañar que el primer ensayo monográfico que Valente dedica a la poesía contemporánea en nuestra lengua en Las palabras de la tribu esté dedicado precisamente a Rubén Darío:  “Darío o la innovación”, Digamos de entrada que Darío, aparte del  ensayo que abre la reflexión crítica en Las palabras de la tribu, no se puede decir que sea una presencia viva en la obra propiamente poética de José Ángel, como sí lo son, por ejemplo, César Vallejo y Lezama Lima, integrados en la propia poesía de Valente. El trabajo sobre Darío lleva un epígrafe de Juan Ramón Jiménez importante para la comprensión de la visión valentiana del movimiento modernista; dice así: El movimiento modernista [no es] una escuela; bajo él caben todas las ideologías y sensibilidades. Esta distinción entre escuela y movimiento es capital para comprender al mismo tiempo el reconocimiento por Valente de la importancia de la obra de Darío como innovador y las reservas que manifiesta sobre lo que Amado Alonso llama el “taller retórico” de Rubén Darío: es sobre todo esta retórica heredada de Víctor Hugo y del parnaso francés lo que para Valente limita, sin cancelarlo, el aspecto innovador que se suele atribuir al poeta nicaragüense. “Darío, dice Valente, se presenta en cierto modo como un innovador de urgencia, brillante, pero excesivo en su abundancia y muchas veces superficial, incluso en su compacto acarreo de lo francés que funde sin distinción visible a Hugo y a Baudelaire sin pérdida de lo que en éste hubo de ruptura con Hugo mismo”; y cita a propósito esta declaración del mismo Baudelaire: “La familia Hugo y sus discípulos me horrorizan”; y hay que reconocer que Darío, “hugolino y parnasiano”, como subraya Valente, [cito] “no llega nunca a asimilar el simbolismo y permanece ajeno en lo sustancial a esa segunda gran oleada de lo romántico, cuya aventura extrema, en lo literario y lo humano, se dio en Baudelaire y en Rimbaud , y en la que toman forma las figuras mayores de la poesía europea de raíz novecentista: Yeats, Eliot, Mallarmé, Valéry, Rilke o J. R, Jiménez y Antonio Machado en órbita nuestra”; y Valente remacha el sentido del epígrafe ya citado de Juan Ramón Jiménez, definiendo un movimiento modernista o novecentista más amplio que el modernismo dariano.

Como actores de este movimiento novecentista innovador nuestro poeta nombra a Valle-Inclán, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez “y Unamuno mismo”: lo de “Unamuno mismo” parece unir y separar al mismo tiempo a Unamuno, que tenía cerca de cuarenta años a comienzos del siglo XX, de los otros tres poetas más jóvenes. Valente recalca que Unamuno se acercó, relativamente en solitario, a otros modelos, en su mayoría anglosajones, de Coleridge a Poe, por una parte y, por otra, a algunos aspectos del otro “modernismo”, no literario sino religioso, el movimiento teológico modernista de principios del siglo XX, como la fe sin dogmas; y recuerda por otra parte que Juan Ramón Jiménez quiso también vincular el modernismo literario y el teológico “como elementos de un clima espiritual único”; finalmente nuestro poeta, para establecer un paralelo de Darío con José Martí y marcar las diferencias, cita a Juan Ramón hablando del nicaragüense y del cubano: [...] “nunca me conquistaron las “princesas exóticas, los griegos y romanos de medallón, las japonerías “caprichosas” (...) El modernismo, para mí, era novedad diferente, era libertad interior. No, Martí era otra cosa, y Martí estaba, por esa “otra cosa”, muy cerca de mí. Y, cómo dudarlo, Martí era tan moderno como los otros modernistas hispanoamericanos [....] Martí no sintió nunca la atracción de Darío por lo español vistoso...” . Sin embargo es el mismo Juan Ramón Jiménez quien, de nuevo citado por Valente, dice : “Siempre que se me ha hablado de una antología de la poesía española contemporánea, he dicho lo mismo: que es imprescindible empezar por Miguel de Unamuno y Rubén Darío, fuentes de toda ella (y de lo que falta)”; y es lo que hizo sin más Gerardo Diego en su antología Poesía española contemporánea, al “tomar como punto de partida la esplendorosa renovación de las esencias y modos poéticos, que se debe en rigor a Rubén Darío”. Son palabras de Gerardo Diego.

Finalmente José Ángel cita a Octavio Paz que considera a Rubén “el menos actual de los grandes modernistas” pero Valente matiza diciendo que “visto en la integridad del movimiento novecentista, resulta Darío a la vez indispensable e inactual. Pero con ser inactual [añade], Darío ha tenido, desde el novecientos hasta nuestros días, formas muy acusadas de reaparición o persistencia”, y cita como ejemplos unos pseudohexámetros de José Hierro calcados visiblemente de los pseudohexámetros del poema “Salutación del optimista” de Darío: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”, y cita también unos eneasílabos de Leopoldo Panero que no quitan  nada a la excelencia de la “Canción de otoño en Primavera” de Darío: “Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar no lloro / y a veces lloro sin querer”. Yo diría que el concepto de “actualidad” (“Cosa o suceso que ocupa la atención del común de las gentes en un momento dado” – definición del DRAE), o de las “actualidades”, como llaman los franceses a las noticias del día en la radio y la televisión, en poesía no tiene simplemente razón de ser. De “inactual” tilda también a Darío Luis Cernuda en un trabajo muy malhumorado “Experimento en Rubén Darío” (1959) donde habla de la “inclinación nativa a la pompa hueca y a la ornamentación inútil” del nicaragüense, mientras que en un texto anterior, de 1941, decía: “la influencia que ejerció entonces Darío entre nosotros le enlaza con  los mejores poetas de aquella generación”, lo califica de “excelente” y añade que“no obstante sus defectos nunca ha de perder ya en adelante la atención del lector de poesía española” ¿O sea que será siempre actual? Lo es indudablemente, podríamos responder a secas : toda verdadera poesía es siempre actual y toda poesía auténtica es innovación, incluso con cisnes y princesas en Darío o campos de Castilla en Unamuno y Machado o himnos a la tristeza o tulipanes amarillos en Luis Cernuda.

 En cuanto a las princesas de Rubén, no hay sino una aunque parece como si en la crítica se multiplicara igual que en un salón de espejos paralelos. Un ejemplo: en una época yo enseñaba literatura hispanoamericana en la Sorbona de París, ciudad que es como otro de los cisnes y princesas de Darío. En el programa no había sino dos autores permanentes e inamovibles: El Periquillo Sarniento del mexicano Fernández de Lizardi y el Canto General del chileno Pablo Neruda; un día le dije al jefe de eso: -¿por qué no ponen aunque sea una vez a Rubén Darío?; le dio como una especie de ataque de nervios y gritó: - ¡Aquí no queremos princesas!

Valente, en el estudio que comentamos, retiene de “Un Darío sin casulla, menos aliterado y peudohexamétrico, pero más esencial” los tres “Nocturnos”, “A Phocas el campesino”, “A Francisca Sánchez” y “Lo fatal” : son pocos pero ya algo es algo...  Ahora, hay en Darío mucho más que eso y ese mucho más lo reconocieron grandes poetas de las dos generaciones que precedieron a José Ángel Valente, en especial Antonio Machado, Gerardo Diego y Pedro Salinas, quien ha dedicado al poeta un extenso estudio de 300 páginas; es significativo que Antonio Machado, quien escribió una poesía tan diferente, opuesta incluso podríamos decir, a los versos modernistas de Darío, le dedicara a éste dos poemas, uno de ellos en ocasión de la muerte de Rubén; y en este poema de homenaje adopta el ritmo del nicaragüense y la musicalidad de sus alejandrinos modernistas. Me permito ahora leerlo sólo para recordarlo y que lo tengamos presente:

         Si era toda en tu verso la armonía del mundo,
         ¿dónde fuiste Darío la armonía a buscar?
        Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,
         ¿te ha llevado Dionisos de su mano al infierno    
         y con las nuevas rosas triunfantes volverás?
         ¿Te han herido buscando la soñada Florida,
         la fuente de la eterna juventud, capitán?
         Que en esta lengua madre la clara historia quede;
         corazones de todas las Españas, llorad.
         Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro,
         esta nueva nos vino atravesando el mar.
         Pongamos, españoles, en un severo mármol,
         su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
         Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,
         nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

Y finalmente, pasando a Hispanoamérica, el gran poeta peruano Martín Adán escribe a mediados del decenio de los setenta un libro de sonetos en alejandrinos con el título Mi Darío, que es, a todo lo largo, un diálogo cordial con el poeta nicaragüense. Cuando un gran poeta se pone a dialogar en sus versos con otro gran poeta muerto 60 años antes, eso significa que este poeta es sencillamente actual. Ser siempre actual es para un poeta ser lo que se llama un clásico. Rubén Darío indudablemente lo es.

Darío es uno de los cuatro poetas hispanoamericanos que trata Valente en Las palabras de la tribu: los otros tres son el peruano César Vallejo, el argentino Jorge Luis Borges y el cubano José Lezama Lima. Aparte de ellos cita de paso al uruguayo Herrera y Reissig y al chileno Vicente Huidobro. Fuera de su libro de ensayos comenta también al peruano Emilio Adolfo Westphalen (uno de sus poetas admirados) y de nuevo a Lezama Lima en una introducción a un libro de cuentos de éste, sobre el que volveremos.

Empecemos por Vallejo, uno de los poetas que más presencia tiene en la obra de José Ángel y es, con Lezama, uno de los dos únicos contemporáneos que aparecen no sólo en su obra crítica sino directamente en su poesía, en dos poemas incluidos ya en Punto cero, su obra poética recopilada en Barral Editores en 1972. El primer poema, incluido en el poemario La memoria y los signos (1960-1965), se intitula “César Vallejo”:

Ese que queda ahí,
                            que dice ahí
                            que ya hemos empezado
                            a desandar el llanto,
                            a desandar los doses
                            hacia el cero caído.
                                                        El niño, padre
                            del hombre aquel izado
                            a bruscos empujones
                            de desgracia.
                                               El pobre miserable
                            que nos lanza puñados
                            de terrible ternura
                            y queda suavemente sollozando,
                            sentado en su ataúd.

                            El mendigo de nada
                            o de justicia.
                                               El roto, el quebrantado,
                            pero nunca vencido.
                            El pueblo, la promesa, la palabra.

Ese que dice ahí que ya hemos empezado a desandar el llanto figura al propio poeta César Vallejo que habla en el poema al lado del propio poeta José Ángel Valente , de modo que Vallejo resulta ser personaje y coautor del poema de Valente. Como en el poema “Del Inca”, en que hablan sucesivamente el escritor peruano y el poeta español, el texto está escrito en parte por Vallejo, en parte por Valente: son expresiones tomadas total o parcialmente de Vallejo: “desandar el llanto”, “desandar los doses” (“Con cuántos doses ¡ay! Estoy tan solo” es un verso de Vallejo); son igualmente expresiones vallejianas “el pobre miserable”, “y queda suavemente sollozando / sentado en su ataúd” (Vallejo dice: “cepillando mi ropa al son de un muerto / o sentado borracho en mi ataúd”): ese que queda ahí es César Vallejo y todos los pobres de su poesía y es, por contagio y por solidaridad, también, el poeta Valente identificado en el poema con Vallejo y sus pobres.

 El otro poema de Valente que recoge no ya fragmentos de poemas del peruano sino una forma vallejiana de verso recurrente es el texto intitulado “Bajemos a cantar lo no cantable”, en el poemario Breve son (1953-1968),  poema que recoge un modelo de verso a base de imperativos en plural del poema de Vallejo “¡Ande desnudo, en pelo, el millonario!”. Valente dice: “Bajemos a cantar lo no cantable / propongamos al fin un edipo al enigma / un trompo al justiciero general de a caballo / una falsa nariz al inocente, / pan al avaro, / risa al cejijunto...”, etc.: Vallejo: “¡Ande desnudo, en pelo, el millonario! / ¡Desgracia al que edifica con tesoros su lecho de muerte! / ¡Un mundo al que saluda! / un sillón al que siembra en el cielo”; etc. Finalmente, menos marcada, se nota en Valente la presencia del verso vallejiano, hecho a menudo de letanías, en el poema “Sobre el tiempo presente” del poemario El inocente (1967-1970): “Escribo desde un naufragio, / desde un signo o una sombra, (...) Escribo sobre el tiempo presente, / sobre la necesidad de dar un orden testamentario a nuestros gestos / de transmitir en el nombre del padre”, etc.

En su obra crítica José Ángel Valente dedica dos trabajos importantes a César Vallejo, el primero, que ya he mencionado, en Las palabras de la tribu: “César Vallejo, desde esta orilla” probablemente escrito en los años 60; el segundo el texto liminar que encabeza la Obra poética de César Vallejo en la edición crítica que coordiné para la colección Archivos en 1988. En el primer trabajo, uno de los más importantes, me parece, que se haya escrito sobre Vallejo en España, Valente ahonda en la obra del poeta peruano poniéndolo en relación con la poesía de “esta orilla”, es decir, la poesía española de la posguerra en la que se sitúa el propio Valente, quien empezó a escribir y publicar su poesía a principios de los años 50. El ensayo lleva un epígrafe de César Vallejo extraído del “Himno a los voluntarios de la República”, que es el primer poema del libro póstumo de Vallejo España, aparta de mí este cáliz. Los versos de Vallejo puestos en epígrafe dicen: “Todo acto o voz genial viene del pueblo/ y va hacia él” y me parece indudable que el poeta español nada más que citando estas palabras las hace suyas.

El estudio de José Ángel empieza con una cita de Vallejo que dice: “Acuso a mi generación de impotente para crear o realizar un espíritu propio, hecho de verdad, de vida, en fin, hecho de sana y auténtica inspiración humana. Presiento desde hoy un balance desastroso de mi generación, de aquí a unos quince veinte años” ; relacionando estas palabras de Vallejo con la poesía peninsular, Valente aclara que en España ese balance no ha constituido en términos absolutos un desastre, pero sí que tuvo lugar y en términos semejantes a los formulados por el poeta peruano y explica: “Si algo distingue de modo global a la poesía española de posguerra y a los poetas mayores que la acompañan o participan de su sensibilidad es justamente la busca de ese timbre o auténtica inspiración humana  cuya ausencia señalaba Vallejo el año 27”; y subraya en el poeta peruano “De una parte, el sentimiento de solidaridad humana como núcleo organizador de la obra poética (...). De otra, el empleo de un lenguaje que trata de conllevar un máximo de posibilidades de comunicación” y en “ambos sentidos, la poesía de posguerra puede considerarse plenamente precedida por Vallejo”; dice “precedida”, no “influenciada”, aunque después acota que “La obra de Vallejo es una de las influencias que operan de modo directo sobre la joven poesía española después del año 40”. El poeta añade que intenta sólo “dar una versión de Vallejo desde esta orilla del habla castellana, pero partiendo del supuesto que su obra constituye una de las aportaciones más originales de los países hispanohablantes del otro lado del Atlántico a una posible tradición poética común”; podríamos decir hoy que esta tradición poética común no ha hecho sino ensancharse y afianzarse hasta nuestros días, y un ejemplo es  la antología Laurel en México en 1941 y la reciente antología Las ínsulas extrañas en España que reúnen ambas, a medio siglo de distancia, a poetas de las dos orillas. Finalmente en su ensayo Valente comenta Trilce, “uno de los pocos libros —dice— de primera magnitud que los movimientos de vanguardia producen en lengua castellana” y en relación con la vanguardia dedica unas palabras al chileno Vicente Huidobro, [cito] “poeta interesante pero de estatura menor. Merecería la pena leer hoy a Huidobro, previamente desplumado de su estética, ingenua y excesivamente hinchada de pretensiones de futuro”. Es la pura verdad. Respecto a Trilce hay que recordar que si ese libro tuvo cierta difusión en España, e incluso en el Perú donde se escribió, se editó y no se leyó por primera vez en 1922, es gracias a algunos poetas españoles de la generación del 27, amigos de Vallejo, Gerardo Diego entre ellos, que atendieron a su reedición en Madrid en 1931.

En 1988 Valente publica en el volumen de la colección Archivos otro texto importante sobre Vallejo, “Vallejo o la proximidad”; dice de entrada: “Oscura a veces la palabra, preñada de secreta claridad, rota su impersuasiva progresión lineal: Vallejo remite así más de una vez a Quevedo...”, y es la pura verdad: como la presencia de Góngora en Lezama, es insoslayable en Vallejo la de Quevedo: “Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros”, dice el poeta peruano en su “Himno a los voluntarios de la República”. Ahora Valente recalca en Vallejo la “brusca aparición de lo mínimo humano y de sus símbolos” y “la perspectiva en la que esa poesía sigue siendo portadora de una poderosa, radical negación (...) y “ese alguien o esa voz persisten reencontrados en su esencial proximidad”; y como ejemplo el poeta español cita el poema “Masa” que “no encuentra igual —dice—entre los muchos poemas de época escritos en el contexto de la guerra civil española”. Para mayor concreción cito unos versos de este poema: “Al fin de la batalla, / y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre / y le dijo: “¡No mueras; te amo tanto!” / Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo”: En las siguientes estrofas se acercan al cadáver dos, veinte, cien, mil, quinientos mil y finalmente “Le rodearon millones de individuos, / con un ruego común: “¡Quédate, hermano!”/ Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo. / (...) Entonces todos los hombres de la tierra/ le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar...”. Ese hombre es el individuo colectivo, nuevo Lázaro resucitado por un Cristo colectivo también que es todos los hombres de la tierra; Valente en su estudio destaca que ese hombre, [cito] “el semejante, el otro, el próximo o el prójimo irrumpe en la poesía de Vallejo en su singularidad, haciendo reventar (....) el vientre hidrópico de las ideologías y el edificio aplastante de la macrohistoria”; y el poeta español concluye que “respecto de pocas o de ninguna de las obras recibidas de nuestra cercana tradición poética es o nos resulta mayor o más intenso el sentimiento de proximidad”: la presencia del prójimo que se expande por casi toda la obra de César Vallejo: así lo ha visto Valente.

Otro gran poeta peruano que ha captado el interés y la admiración del poeta español es Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001). Westphalen publicó en Lima dos poemarios memorables, Las ínsulas extrañas en 1933 y Abolición de la muerte en 1935 y después no volvió a escribir o a publicar sino unos pocos poemas esporádicos hasta 1980, cuando el Fondo de Cultura Económica de México reeditó los dos cuadernos de poemas seguidos de 17 nuevos textos con el título Belleza de una espada clavada en la lengua; por último Valente, que no pudo leer durante mucho tiempo la poesía de Westphalen sino en fotocopias (lo mismo yo y muchos otros), acabó por convencer a Alianza Editorial de la necesidad de publicar en España la obra poética completa que salió en 1991 en Madrid con el título Bajo zarpas de la Quimera – Poemas (1930-1988). Lo que hay que subrayar es que Valente se sentía vinculado con la poesía de Westphalen incluso antes de haberlo leído. [Cito] “Es difícil decir (...) en qué la afinidad se funda. Hay formas, en verdad, de extraño reconocimiento. Quien esto escribe sintió muy pronto que una intensa afinidad lo acercaba a Wesphalen. Lo curioso es que esta afinidad antecedió a la lectura de sus textos y al conocimiento de su persona”; y explica que fue leyendo las quince líneas dedicadas a Westphalen en la Historia de la Literatura Hispanoamericana de Anderson Imbert como se le reveló esa afinidad.

Valente dice que “el poema de Westphalen se constituye esencialmente como espacio para un ejercicio de irrenunciable libertad de las palabras” y añade que la imagen que tanta importancia tiene en esa obra [cito] “nace en la libre copulación de las palabras, no sometidas a la construcción del sentido” lo que quiere decir que de la libertad de la palabra y de las palabras nace el sentido frágil que pueda atribuirse al poema; y refiriéndose tácitamente al título del primer poemario de Westphalen, Las ínsulas extrañas, Valente se refiere también a la noche del sentido de San Juan de la Cruz y la mística: “El sentido naufraga en su noche. Noche del sentido en la que la palabra es un solo aparecer oscuro de materias lumínicas y el poema ese solo aparecer, ese oscuro fulgor. (...) Y de ese repentino fulgor quedan las palabras en el poema como ‘vestigios de silencio’, como señal de aquel lugar o parte donde, en verdad, “nadie parecía”: palabras, las dos últimas, de San Juan de la Cruz.                           

Antes de continuar, una simple observación: y es la amplitud con la que José Ángel abraza a poetas de escritura y de inspiración tan diferentes o incluso incompatibles como son las de Vallejo y Westphalen, o también de Lezama Lima  a quien me referiré en seguida para terminar; y no se trata tan sólo de una cuestión de escritura. En efecto, salvo para Trilce, libro que Westphalen admiraba sin reservas y que comenta diciendo que Vallejo es “una fuerza de la naturaleza”, la personalidad y la obra poética de los dos peruanos divergen casi totalmente; Vallejo trató a Westphalen de “escaspista” (en realidad el escapista era él, diría yo...), Westphalen soportaba mal no sólo el patetismo de Vallejo sino también su evidente religiosidad y, en el fondo, su catolicismo que nunca abandonó realmente al poeta de Santiago de Chuco. Discutimos sobre el tema más de una vez hasta que Westphalen me escribió: “Al fin, no me podrás negar que no se puede ser impunemente nieto de dos curas españoles”; y Vallejo era efectivamente eso: nieto de dos curas españoles y de sus respectivas sobrinas, dos indias chimús de los Andes del Perú.

Tan estrecha como la relación con Vallejo es en Valente la simpatía que lo unió con el cubano José Lezama Lima a quien conoció personalmente en sus viajes a Cuba. Lezama murió en La Habana cuando el poeta español tenía 46 años y había escrito una buena parte de su obra poética y crítica. Ya en la primera edición de Las palabras de la tribu (1971), en el ensayo “El lugar del canto”, aparece Lezama Lima citado por María Zambrano, “a propósito de La Habana y del escritor Lezama Lima” en quien tan vivamente coinciden “universo y lugar”: la representación del lugar, de un lugar, de nuestro lugar es en Valente, como en Vallejo, como en Lezama, indisociablemente el lugar del nacimiento, y el lugar de nuestro canto y el lugar de nuestra muerte: lugar limitado del terruño nuestro y lugar del canto, lugar sin límites. El otro trabajo, de finales de los años 60, es una “Carta abierta a José Lezama Lima”, también en Las palabras de la tribu. Valente evoca en este texto el secreto de La Habana y la luz de La Habana que están en la casa de Lezama en La Habana, y la secretísma Cuba inframarina de Lezama; y se refiere finalmente a “lo conversado” en La Habana con Lezama, que “anda despierto y vivo en [su] memoria” y [cito] “lo más fundamental (...) es, precisamente, prolongar lo conversado, dar canal permanente de ida y vuelta a cuanta válida palabra pueda haber nacido a uno y otro lado de la lengua”: o sea esta orilla, la española, y la otra orilla, la americana. Este incesante viaje de ida y vuelta entre las dos orillas de la lengua parece haber sido algo esencial para el poeta español.

El diálogo con Lezama, aparte de la carta abierta que data de 1967, se anuda también en un poema en verso del poemario El inocente, intitulado “José Lezama Lima” (análogo al otro poema intitulado “César Vallejo”). Valente, evocando las conversaciones con Lezama en su casa de La Habana, se dirige directamente a él y le dice: Tal vez, mientras tú hablabas, / yo pude adivinar aquella oscura / complicidad de tu nombre con la luz // o acaso tú mismo me hayas dado / por abundancia de ti el sésamo / desde tu rapidísima quietud. La luz es una obsesión poética común a los dos poetas y Valente quedó muy impresionado por la luz de La Habana, luz que se integra tanto en la poesía de Lezama como en la de Valente, quien en el umbral de su libro de poemas Material memoria cita estas palabras de Lezama: La luz es el primer animal visible de lo invisible. En la luz (que puede ser también una luz nocturna) fulguran las imágenes del poema y hay como una red por debajo de lo visible, red que va tejiendo Lezama por el procedimiento del “continuo de la imagen”, red que se teje como la red de una araña, sugiere Valente en un texto, “El pulpo, la araña, la imagen”, que sirve de introducción a un volumen de cuentos de Lezama, Juego de las decapitaciones (Barcelona, Montesinos, 1982): “La araña, como el pulpo es símbolo de un centro en expansión, de un centro que genera espacio, de un centro incorporante-irradiante”, dice José Ángel, quien sintetiza en sus apuntes visiones y obsesiones que le son comunes con el poeta cubano: el pájaro y la red, la piedra y el centro, la unidad y la incorporación al centro o al fondo obrada por el imán del poema.

Hay por otra parte dos poemas en prosa muy densos al “maestro cantor” que es Lezama y a quien Valente en cierto modo glosa en estos textos: el primero “Patio, zaguán, umbral de la distancia” (en Interior con figuras, 1976) y el otro, sin título , en Mandorla. En los dos nuestro poeta se dirige a Lezama evocando la distancia, la luz, el sentido y la palabra poética que “desciende y se hace cuerpo, materia de la encarnación”: [cito] Maestro, la distancia es un cuerpo transparente, un animal translúcido, que no podría oponerse a la luz. Reviste al fin de menos bruma la mirada que la difunta realidad. Guardemos pues la clave del patio más secreto. Crasa la estupidez envuelve en torno los residuos de la palabra perdida. ¿Dónde encontrar sentido? ¿Dónde encontrar al fin sentido? La distancia es un ojo con alas. Maestro, en verdad le digo la palabra salud: éste es el poema de Interior con figuras; y el otro, en Mandorla, empieza citando a Lezama: Maestro, usted dijo que en el orbe de lo poético las palabras quedan retenidas por una repentina aprehensión, destruidas, es decir, sumergidas en un amanecer en el que ellas mismas no se reconocen. Hay, en efecto, una red que sobrevuela el pájaro imposible, pero la sombra de éste queda, al fin, húmeda y palpitante, pez-pájaro, apresada en la red. Pero no se reconoce la palabra, aquella palabra que sin embargo habitó entre nosotros, pues la palabra, dicen las últimas líneas del poema, es “de tal naturaleza que, más que alojar el sentido, aloja la totalidad del despertar”.

 El llamado sentido no parece ser en esta visión lezamiana-valentiana de la poesía y el ser sino un fragmento de lo que Valente llama “apertura infinita de la palabra”, “radicalidad de la palabra” indisociable de la radicalidad de la experiencia, y es ése el terreno en que Lezama y Valente se acompañan para procurar la “apertura infinita de la palabra” que acabaría en la destrucción del llamado sentido. Dice a este respecto Valente: “Se ha buscado o visto la radicalidad de la palabra poética en Góngora. Es en San Juan de la Cruz (...) donde hay que buscarla”, y en apoyo de lo que dice cita un texto de Lezama, quien a Góngora que “prepara el esplendor del sentido” opone el “humilde del sinsentido” que es San Juan de la Cruz. Es lo que quiere expresar sin duda Valente cuando dice que la palabra poética hace existir lo indecible en tanto que tal, más allá de todo sentido, y eso es seguramente lo que anhelan los dos poetas contemporáneos y tal era sin duda el empeño de Juan de la Cruz en el siglo XVI. Hay que subrayar sin embargo que el poeta gallego y el habanero parecen haberse sentido bastante atraídos por la mística, pero desde luego no se puede decir, sobre todo de Valente, que sean místicos, sino sólo poetas que seguramente buscan más en San Juan la poesía del místico que la mística misma, aunque en Lezama se nota a veces una tendencia mística bastante marcada, por ejemplo en sus sonetos a la Virgen y también, pienso, en diversas páginas de Oppiano Licario; por lo demás Juan de la Cruz cuando utiliza la palabra “sentido”/”sentidos” se refiere casi siempre no al sentido como significación o como razón de ser sino a los sentidos sensoriales, si se puede decir; aunque en  una ocasión, para el verso “las profundas cavernas del sentido”, el poeta explica que estas cavernas “son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad”. .. Plurisemia inextricable de la palabra “sentido” en Valente, como en Lezama, como en el propio San Juan de la Cruz a quien los dos poetas contemporáneos refieren.

Valente ha escrito también en Las palabras de la tribu una curiosa nota sobre Jorge Luis Borges intitulada “El otro Borges” donde dice que estuvo, o volvió a estar con Borges en Buenos Aires, que vio a Borges en la Biblioteca y habló con él, que anduvo con Borges por unas calles de Buenos Aires, que Borges le invitó en un café un guindado de despedida y que él le preguntó aún a Borges quién es usted; y en buena cuenta no dice más, y es poco; pero recordemos de Valente, ya que estamos en Argentina, el país de Borges,  una letra de tango (y el tango es también poesía argentina) en Interior con figuras y que además se intitula Tango: un tango muy bueno y que merecería ser cantado por un nuevo Gardel.

Y para terminar no puedo no mencionar a otros dos grandes poetas hispanoamericanos a quienes Valente quería, leía y admiraba mucho: la peruana Blanca Varela y el argentino Juan Gelman. Gelman estaba con frecuencia en Ginebra donde José Ángel lo conoció personalmente; la poesía de Blanca deslumbró a José Ángel desde que la leyó. No sé si habrá dejado algo escrito sobre la obra poética de estos dos, pero sí me consta el afecto, el aprecio y la admiración que les tenía.

Este ensaio integra o volume La soledad sonora (Voces poéticas del Perú e Hispanoamérica), de Américo Ferrari. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 2003. Sua inclusão na Banda Hispânica só foi possível graças à generosidade do Autor.

 

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