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HABLA DE ADÁN, LENGUA DE EVA  (LA POÉTICA DE VÍCTOR TOLEDO)

Jorge Márquez Murad

 

Sin duda, uno de los grandes beneficios que aporta una antología a los poemas  que en ella se incluyen es el de la recontextualización. De esta manera, las nuevas correspondencias que se tejen entre ellos les confieren  otra vida más allá de las estaciones del tiempo en el que fueron concebidos ; alteridad de su propio ser que no obstante los hace confluir en el caudaloso cause de una poética cuyo fin último no tiene fin. Dinámica sabia de la savia.

Por ello, el libro que hoy nos convoca se ofrece igualmente atractivo tanto para quienes por primera vez se acercan a la obra de Víctor Toledo como para aquéllos que ya teníamos el gusto de conocerla. Y si a esto agregamos el hecho de que nuestro autor ha tenido la gentileza de agregar un buen número de poemas inéditos hasta hoy, así como la deliciosa versión de un poema de Mandelstam, la tentación de adentrase en él será, qué duda cabe, invencible.

Abla o Nada: condición para salvar la vida, la propia y la ajena. Despuntar de palabras, filosas y suaves, como alas de ave de ese  paraíso nunca lo suficientemente imaginado en todo tiempo, en todo espacio. De ahí la vigencia de la atemporal sentencia.

Adan o Alba: disyunción engañosa. El mismo principio pero reflejado en húmedo cuarzo. Obvio ma non tropo. Taciturno origen de las cosas que comienza con el balbuceo silábico del agua, del viento, del fuego, de la tierra, para dar paso al pie del poeta en hexámetros, dísticos o yambos gloriosos; en pareados paridos en momentos oscuros o en claroscuros endecasílabos; en claros blancos, libres a secas o extraordinariamente libres;  desde la memoria circular que se recuerda, se reinventa, se cree y se crea su propia historia  hasta el instante mismo del asombro, virtualmente congelado, cuyo único objetivo es el de ser mínimo, ya lo ha dicho Víctor, e infinito.

 En virtud de la idea expresada en un principio en cuanto a los efectos de la intertextualidad en Abla o nadA, diré que  el carácter antológico del libro permite aquí una mirada sobre el hecho ontológico. El presente reacomodo de poemas deja claro, vamos, confirma, el barroquismo al cual no sin razón se ha asociado la obra de Toledo. Pero no sólo eso. Nos habla también de una construcción verbal perpetua que se busca a sí misma para nutrirse, aunque mejor sería decir devorarse, dentro de una suerte de armonía esencial subsumida en el caos como principio de incertidumbre y contrapunto de equilibrio. Mas, en medio de esta paradoja característica del barroco en general, aparece la sincronicidad en tanto marca propia que se convierte en eficaz conjuro para el azar, entendido este último como metáfora de la desesperación. “Selección que brota de una lectura indescifrable” ha dicho el propio poeta, y nosotros añadiríamos que se trata también de un método hermenéutico analógico, ya que, según  Beuchot, “la analogicidad consiste en buscar las semejanzas (a veces ocultas y no aparentes) de las cosas, como encontrando que son signos unas de otras, con lo cual se recupera la alegoricidad y hasta se la trasciende, porque establece varias relaciones entre los seres”[i]. Esto es, naturalmente, una puerta abierta para que el misterio se manifieste en la poética toledana (o toledina, según el grado de afinación); conocimiento del mundo que no cifra por completo sus esperanzas en la razón, cuando sabemos que es el símbolo, a si se quiere, la metáfora, que se alza triunfante sobre la literalidad que la impulsa.

Apoyado en los planteamientos hechos por Walter Benjamin en el prefacio a  El origen del drama barroco alemán, y en contra de la idea de Habermas en cuanto a que la Modernidad proviene de la Ilustración, Horst Kurnitzky afirma que el ethos  barroco es en realidad una de las versiones del ethos moderno[ii]. En efecto. Pero las tendencias artístico-filosóficas que se han sumado al torrente sanguíneo del pensamiento desde el siglo XVII a la fecha lo han expandido de tal suerte que hay quienes sufren una especie de extrañamiento que no les permite identificar este hecho claramente. Por fortuna, la poética de Toledo nos recuerda que estamos frente a un barroco, si se me permite el término, remasterizado. Ethos moderno forjado en la hibridación radical: demasiado claro para ser oscuro y demasiado oscuro para ser claro; culterano y conceptista, orgánico, óptico lógico y abstracto extracto de saberes. Aquí nacen y yacen a perpetuidad el sufismo de media luna y arena enganchado a un  surfismo galopante por esa clara tendencia de siempre ir a dar al mar; la cábala que acepta de buen talante  a la física cuántica, el naturalismo presocrático que no olvida la physis  milesiana sólo para sodomisarla con afán atómico; el Modernismo pastoreado en grandes rebaños aliterativos, la metáfora de la metáfora trepando en arácnidos giros por los rascacielos neoyorquinos y un pelliceriano afán solitario de volver los ojos a la selva. En fin, todo sobra para que nada falte en este locus amoenus subvertido y desaforado.

 En el libro se aprecia también una inversión cronológica que le confiere atractiva secuencia y sólida estructura. Los poemas se encuentran no en el orden en el que fueron escritos en su momento sino atendiendo a la necesidad  de ofrecer una cartografía existencial, un mapa de identidad por diversas razones postergado. No es casual, entonces, que al principio aparezcan, de Retrato de familia con algunas hojas, los poemas dedicados al padre y a la madre. Búsqueda incesante de la raíces ancilares  en la efervescente espesura de los sueños. En Retrato de mi padre en medio de la zafra, podemos leer:

         Padre mío, hijo mío, mi dulce niño,
         tanto he sufrido que ya no quiero oír
         mi corazón a la deriva tropical.
         Vivo en un río sin cauce ni color sin causa ni sabor
         yo que tanto soñé hundirme en él como pez ola
         alirón de sus ondas  volverme átomo rampante de su espuma
         surgir delfín de brillos del fin  nadar en él como su alma
         alegre solitón persiguiendo sirenas de espejos enlamados en la piel.
         ¿Recuerdas cuando íbamos al río y él venía de nosotros?

Los poemas extraídos de La zorra azul se resuelven en un  apartado que rebosa eficacia en la escritura, rigor llevado al grado de metaescritura, y  amor. Amor a la poesía en tierra ajena, amor a esa  tierra llena de poesía, y amor a la mujer que de todo esto se deriva. El trabajo denodado con el lenguaje haya aquí una nueva -antigua veta que ilumina a todos los demás poemas del libro (pues en términos de tiempo real estos fueron escritos con posterioridad), en el sentido en el que Bourdieu se refiere cuando habla de Baudelaire: pues nuestro poeta, al igual que este último, “pide a la poesía que integre el espíritu y el universo concebido como un depósito de símbolos cuyo sentido oculto el lenguaje puede volver a captar recurriendo al fondo inagotable de la analogía universal. La búsqueda adivinatoria de las equivalencias entre elementos de los sentidos permite restituirles la expansión de las cosas infinitas confiriéndoles, a través del poder de la imaginación y de la gracia del lenguaje, el valor de símbolos capaces de fundirse en la unidad espiritual de una esencia común”[iii].  Hermenéutica analógica que asume el formato poético desde La zorra azul  y que habrá de atravesar todo el mínimo infinito hasta llegar con madurez y sobriedad a los poemas más recientes contenidos en los apartados Fábulas del Uni-verso Abla o nadA.  Pero La Zorra azul es también un soltar amarras con el pasado. Es juventud en abierto uso de sus facultades existenciales. Vitalidad. Periodo importante en la vida de Toledo pues en él se gestan hechos de consecuencias clave que habrán de repercutir en el tono y en la música de su poesía actual.

 Luego vendrá la madurez. Y la madurez, por suerte, en Víctor es infantil. Dinámica crónica que no lo deja en paz. Dispositio fundamental. Manual genético del perfecto perplejo. El apartado Abla o Nada ofrece la prueba irrefutable de que la poesía es su patria, su bandera y su casa. De alguna de ellas a toda hora se está mudando para dignificar alguna de las otras. Ahora vive ahí, o vive ahí desde hace mucho tiempo, o siempre ha vivido ahí.

Por último, quisiera  hacer mías las palabras de Lichtenberg cuando dice:

“Tras comenzar por el principio de que “toda grandeza es igual a sí misma”, el hombre termina calculando el peso del sol y los planetas . Alega que fue hecho a imagen y semejanza de Dios, pero bebe con avidez la orina del Lama. Tiene la capacidad de construir pirámides eternas, el Louvre, Versalles, pero enmudece de asombro ante una celda de abejas o una concha de caracol; navega por todos los mares del planeta con la sola asistencia de una brújula. Lo que toda la vida me ha gustado del hombre es esa capacidad de construir el Louvre, las Pirámides o la catedral de San Pedro en Roma sin perder la facultad  de enmudecer de asombro ante una celda de abejas o un caracol en su conchilla”[iv].  Quizá la metonimia que encierra este aforismo sea demasiado benevolente con el género humano, sobre todo en estos tiempos. Yo diría que el hombre al que alude es un hombre concreto, el poeta, pero el tipo de poeta que hoy, con la aparición de este libro, llenos de admiración celebramos.

 


NOTAS

[i] Arriarán S. y Beuchot M., Filosofía, neobarroco y multiculturalismo, Ítaca, México, 1999.
[ii] Kurnitzky Horst, Conversaciones sobre el barroco, UNAM, México, 1993.
[iii] Bourdieu Pierre, Las reglas del arte, Anagrama, España, 1995.
[iv] Lichtemberg G. C., Aforismos, Longseller, Argentina, 2001.

 
 

 

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