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El
infinito verbal en la poesía de Víctor Toledo
Blanca Luz
Pulido
Para
hablar de la poesía de Víctor Toledo es necesario despojar a la
mente de cualquier esbozo anticipado, de cualquier idea previa
que pudiera tenerse sobre la materia y las apariciones del
lenguaje. Podemos encontrar, en las páginas de su más reciente
reunión poética, Abla o nadA, por ejemplo, los versos de
una canción de cuna donde se tocan, fundiéndose en una sola
realidad, palabras rusas, zapotecas y castellanas; páginas más
adelante, nos esperan los Presagios de una hechicera rusa, Baba
Yagá que, entre burlas y veras, enciende la antorcha verbal bajo
cuya luz Víctor Toledo, aprendiz de brujo, poeta, traductor y
lector de la realidad y sus continuos prodigios, escribe sus
caligramas, sus palíndromos, sus imágenes, sus artificios
metafísicos y verbales que talla como aristas de cuarzo, como
esquirla de ola, como fragmento de un todo al mismo tiempo
lejano e inaplazable.
A través de su trabajo poético, iniciado en 1985, Toledo ha ido
evolucionando hasta conquistar una progresiva libertad en su
lenguaje y en sus temas, pero esto no se ha traducido, en su
caso, en un experimentalismo azaroso y vacuo, sino en una
verdadera aventura fundada en la naturaleza misma de las
realidades –tanto del mundo como del lenguaje mismo– que
constituyen el eje rector de su mirada. La naturaleza de la
realidad, parecería decirnos el poeta, es intrínsecamente
plural, inabarcable, mágica, saltarina, apasionada, honda y
fulgurante. Y su objetivo, su obsesión, es pintar, hablar,
recrear, comunicar y erigir esa incandescencia con palabras.
Para ello dispone sus armas sobre la página: el lenguaje, los
idiomas, el recuerdo, las vivencias, las lecturas, las
anécdotas, la realidad misma en su caleidoscopio mutante, y con
ellas arma su persecución de la belleza.
“La audacia es la raíz de la belleza”, se lee en un poema de
Abla o nadA, Adán o alba, si lo leemos al revés. Y audacia
es aquí el nombre del juego, audacia y constancia. “A las
puertas de la belleza se encontró con el vacío/y sentado a su
vera vio una auténtica zorra azul [...] ‘La belleza nos salvará’
con su voz cautiva –resina solar– gritaba el ámbar desde el
fondo”. Así, estos poemas labran –con materias verbales
polimorfas, con juegos donde se entrelazan el sonido y el
sentido, con referencias constantes a mundos que coexisten en
galaxias paralelas y sincrónicas– un ámbar verbal en cuya resina
quedan atrapados el cuarzo, el canto, el caracol, la literatura
rusa, la infancia del poeta, la hierba, los pájaros, el
zapoteco, la linfa de los días y el polvo astral de cada noche.
El mundo vegetal se anima en estos poemas, el mineral tiende
ramificaciones en la carne, mientras la lengua del
poeta-vidente-mago toca todo con su inquietud en vela, con su
quietud velada, con la alta aspiración metafísica de fundir
poesía y realidad, imaginación y materia, huidobrianamente.
De la plenitud al caos, la poesía de Víctor Toledo oscila entre
la experimentación y la ruptura con el orden establecido del
lenguaje (y, por ello, del mundo), instaurando nuevos sonidos y
sentidos que atraviesen la mirada y destilen sus nuevos colores
y olores ante el lector. Por otra parte, tiene también una vena
más clásica, una vocación filosófica, que labra en los poemas
intensidades definidas mediante imágenes transparentes, fruto de
un conocimiento a la vez sensitivo y racional. Transcribo, como
un ejemplo de ello, un fragmento del poema dedicado al hijo del
poeta, Bedzhe Manuel:
[...] Solríe la plenitud
y las cosas desbordadas
con la larga luz del
día
inflamadas en el salto
del ciervo que cruzó el asombro
–la sombra errante del edén–
quedan
calladas
ardiendo encalladas en el instante
[...] para incendiar la página
la hoja azul del día [...]
La imagen del día como una hoja azul es tan deslumbrante como
las que nos aguardan en el poema “Paráfrasis sufí”, donde Toledo
nos da una definición de la poesía, una entre varias, de este
libro que abunda en poéticas, en introspecciones y confesiones,
en miradas donde la serpiente o el sol del conocimiento se mira
constantemente en el espejo de su propia mirada:
La poesía:
Forma del silencio
Silicio de la forma
En que labra conciencia
Un viento de oro.
Podría decirse que Víctor Toledo no es un poeta con una voz,
sino con muchas voces. Podría repetirse también lo que una vez
afirmó José Homero, escritor veracruzano, sobre su escritura:
“[En su mundo], las cosas están cerca porque las voces se
acercan, se rozan y procrean nuevos vástagos. En sus libros,
hay una senda que conduce al bosque y al encuentro con la verdad
secreta que esconden veneros y manantiales, pero también está un
poeta moderno que [...] enfatiza los poderes de la vida y de la
lengua”.
Pero más allá de cualquier consideración crítica, el lector debe
descubrir por sí mismo las sorpresas, los descubrimientos que le
aguardan en estos poemas, porque en primer lugar, Víctor Toledo
es un poeta del permanente asombro, de la perpetua interrogación
y duda, con la mirada intensamente prendida del pozo abundante,
infinito, del mundo. Miremos con él los desiertos azules,
escuchemos el viento de oro y la cuenta de la arena luminosa y
las estrellas, de la mano de este poeta, que nos entrega su
libro como un búmerang de palabras que debemos hacer nuestro,
lanzarlo al aire de nuestros sueños y dejarlo que regrese a la
playa del sentido, transfigurado. |