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Víctor Toledo y el gozne inaudible
Verónica Volkow
Abla
o nadA
es un libro escrito sobre un territorio muy vasto. Estamos
frente a un texto urdido no sobre el vacío de una invención
personal sino sobre una vasta geografía de tradiciones
literarias, míticas y mágicas. Como si hiciera referencia no al
mero espacio poético de la invención sino a una realidad sutil
accesible a una sabiduría milenaria.
Abla o nadA
nos acerca inmensos espacios, entre otros, la helada extensión
de la tundra rusa y sus cielos danzantes, con sus grandes poetas
y pensadores, nunca lo suficientemente conocidos por nosotros.
Hay también una presencia cósmica invocada y que escapa de las
páginas del libro, un poco a la manera de esa vastedad del azar
que las cartas del tarot barajean. Víctor Toledo, más que
inventar, registra, pues amen de gran poeta es un gran viajero y
caminante, un aventurero, porqué no decirlo, del conocimiento.
En sus poemas avanza reflexionando y reflexionando viaja, es un
ser que camina con el pensamiento y la agudeza del ojo, y en
estos descubrimientos amplía nuestro espacio.
Más allá de las palabras, Víctor es en realidad un geógrafo de
pasadizos entre realidades sutiles. Y va no sólo de la realidad
a la palabra poética, como en una estética mimética, sino
también de la invocación apalabrada a nuevas realidades mágicas.
El título Abla o nadA, en “abla” prescinde de h, esa “h”
callada, ese gozne inaudible del verbo hablar. En Abla o nadA
el poeta parece lanzar una gigantesca disyuntiva originaria,” o
hablas o hay nada”. No hay creación, no se salde del vacío, de
la nada, sin hablar. El “abla o nada” me recuerda el “Ein
Sofar”, esa región de vacío previa a la primera manifestación de
la creación de la concepción cabalística.
“Abla o nadA” al no tener “h” se convierte en un anagrama, es
decir, en una frase que puede leerse tanto del derecho como del
revés. Es una frase que, como la hoja de un libro, se anuncia
de cara y continúa su discurso por el envés: “Adán o alba”
proclama la parte oculta del anagrama. El poeta juega a ser Adán
nombrando y la creación de nuevos universos ha comenzado.
Abren al libro dos retratos de su origen, del padre y la madre,
no como presencias vivas sino como recuerdos, como huecos
enigmáticos que generan su propio espacio, molde enigmático que
es en cierta forma una creación. El título para la siguiente
sección del libro sale de un verso del poeta ruso Osip
Mandelshtam, “la zorra azul”, presencia metafórica encarnadora
de la noche infinita y sus fuerzas primigenias. La “zorra azul”
es también la nieve en el atardecer señala la guitarrista Nadia
Borislova. A guisa de un tema musical “la zorra azul” entra y
sale en diferentes versos y poemas hasta el momento final en que
desaparece por el agujero infinito del horizonte. La zorra azul
se convierte finalmente en el horizonte huyendo inalcanzable y
azul, resolviéndose de manera magistral el enigma de este
símbolo poético.
Aunque todo potencialmente es infinito, sólo en el acercamiento
entre el cielo y la tierra, en la frontera entre ambos, se da el
infinito como posibilidad real, un camino hacia éste, un sendero
o recta hacia lo inalcanzable. El horizonte mezcla no sólo
cielo y tierra sino la dimensión finita con lo infinito, lo
alcanzable con lo inalcanzable, lo conocido con lo ignoto,
mezcla lo que es posible caminar o navegar para mañana o en tres
días con lo que siempre habrá de escapársenos. Esta frontera
sin fronteras que es el horizonte es la invitación a romper
nuestros límites, al tránsito hacia lo incontenible, por allí
se desangra el espacio.
El pliegue es siempre escritura de un infinito, línea que
escribe una dimensión inédita que se abre. Un libro es como un
pliegue. Y todo libro a su vez encierra un pliegue. A la mitad
del libro de Toledo, en su pliegue, hay un poema construido en
base a excepcionales palindromas dibujando el caligrama de una
clepsidra. En el palindroma lo mismo que en el anagrama, la
frase puede leerse del derecho y del revés, sólo que el sentido
se mantiene idéntico. El palindroma sería el equivalente verbal
del número capicúa o de un espacio enfrente de su espejo. El
mundo de parte en dos. Hay aquí una misma imagen que se
reproduce invertida y en la mitad se abisma una fisura, el tajo
entre la realidad y el reflejo, el deslizamiento del horizonte
por la que corre escapándose la “zorra azul” nacida de un poema
de Osip Mandelshtam. |