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POÉTICA DE LA SINCRONICIDAD
Víctor Toledo
IX. POESIA Y VERDAD
La poética de la Sincronicidad, poética personal, presenta dos
oposiciones generales a la más notable y renovadora poesía
contemporánea: concretamente como ejemplo, Ives Bonnefoy, Seamus
Heanney, Joseph Brodsky, y la neobarroca (en algunos casos, que
abordaremos adelante).
Una: A la no-raíz, sin centro, de la poesía neobarroca, opone un
centro de centros, arraigado más allá del tiempo, a su
glosolalia sin sentido (de la lengua del azar - herencia
mallarmeana-, de la aliteración sin cuerpo, alada solo) opone
los “juegos”, de las palabras impulsadas por un sentido profundo
de la lengua misma, consciente, despierta.
Dos: Al vacío no aceptado, de manera absoluta, por la angustiada
esperanza de Mallarmé, al azar dejada, sigue la cruda conciencia
conceptual de esta Nada de Bonnefoy, más aún en su
enfrentamiento directo, a través de la superación del yo, más
allá del surrealismo, incluso del surrealismo existencial
kafkiano, en una especie de superrealismo, visión
micromacroscópica, en la que coincide con el Brodsky de “La
mariposa”, en el Principio y fin de la nieve, dejada ya toda
esperanza atrás, sin pretenderlo, Bonnefoy encuentra la
Presencia en el fulgor del instante de la nieve, como el ruso,
la razón innombrable, “improbable”, en el vuelo del coleóptero.
Es la negación de la nada por medio de su propia concepción, el
enfrentamiento más directo y radical con la Verdad. El concepto
de Verdad en Bonnefoy, está relacionado íntimamente con el
concepto de “pérdida”, del “no lugar” (de la poesía), que
incluirá el pensamiento y la lengua del silencio, y su búsqueda
–nueva saga del Santo Grial, más alejado pero más cercano-, a
través de la Poesía.
El lugar de la poesía es el “no lugar”, estableciendo una
“oposición mayor entre el todo o nada”.
Ante la fragmentación del Uno, de la Unidad, “piensa la
situación actual del lenguaje como el momento en que debe
renacer la relación humana a partir de un estado de dispersión”.
Incluyendo la comunicación con los seres y las cosas más
humildes.
La poética de la Sincronicidad opone, más bien añade aquí, a la
pérdida de la inocencia de las cosas, la visión científica y
filosófica - no kantiana, ni cartesiana, ni hegeliana- de una
conciencia superior: de un lenguaje y una inteligencia mayor a
la aceptada e imaginada en los “seres más sencillos”, una
Presencia y un lenguaje-lengua en cualquier materia: la piedra,
el agua, etc.
Así, la conciencia de lo sagrado o de la “otredad”, la anulación
del tiempo, la trascendentalidad, son vistos con una nueva
inocencia, no exenta de cierta malicia positiva – que no
positivista-, “inocencia” consciente, más moderna y completa. La
Sincronicidad le da mayor coherencia y sistema a la actividad
poética de la contemplación estética del mundo: totalidad y
sentido.
Al rechazo de las apariencias sensibles por la “nueva
configuración del mundo físico”, de Platón a Descartes, “el
universo de las cualidades sustanciales fue puesto en duda”, la
física, antes de su crisis (moderna), y la matemática aún sin
puente entre lo infinito, lo finito y lo infinitesimal,
“incrementaron la seguridad material de los hombres”, pero
también su vacío espiritual, el no lugar, sin verdades
científicas absolutas ni suficientes o milagros, ya cedidos por
la iglesia, donde encontrar refugio.
Al pretender arrodillar a la naturaleza, se renuncia a la
contemplación, a la “visión”, y el territorio que recibe el
hombre actual es el de la desherencia.
La física contemporánea con la unión de la teoría cuántica y de
la relatividad, con el concepto de vacío (Vacío) dominante como
(materia) “partícula divina” se liga a la Sincronicidad, a un
sentimiento no exento de religiosidad. La in-tensión, indirecta
o profusa, la verdad de la poesía contemporánea, con mayor o
menor inocencia, malicia, desencanto o sospecha, debe buscar
otra vez (la verdad de) ese religar, la oposición a la
fragmentación ya acelerada (del tiempo de la forma y del
espacio), esa unidad que caracteriza a todo verdadero gran
poema.
La poesía cual renacido Sísifo, más marginado pero más armado,
vuelve a ser portadora de la esperanza, de una mística y
metafísica más libres pero con un conocimiento más hondo de un
nuevo sentido del orden: más complejo y con más piedras en su
camino, pero, quizá, más bello en su instauración.
La objetividad de la subjetividad y lo objetivo de lo subjetivo,
la razón-sin razón más alta de la realidad, a través de las
propias palabras y las cosas, de la Presencia –ya no tan
improbable-, del Espíritu, hablan por sí mismos.
X. LA LENGUA ORIGINAL ES LA POESÍA
El azar no existe, la lengua con que lo sagrado habla a los
hombres es la Sincronicidad.
La poesía anula al tiempo, el tiempo no existe.
Hay una conexión profunda entre Mente y materia, entre La
Palabra y la materia, lo físico.
El reencuentro entre el ruso y el didzhazá, es para mí otra
Sincronicidad, pues desde niño, en Córdoba (donde se escuchaban
por las calles, sobre todo, la música del trópico) no sé de
donde flotaba otra melodía que era o “recordaba” las danzas
Polovetzkianas del Príncipe Ígor, de Borodín. La fascinación por
Rusia se debe a su mitológica cultura, pero no imaginé que podía
encontrar la conexión entre estas dos lenguas, que tenía alguna
predestinación siendo mi madre binizá y mi esposa rusa: “mis dos
lenguas madres”.
Ahora, el trabajo del poeta, consiste también en reunir todas
las lenguas, vivas, muertas, perdidas o agonizando. La poesía
puede ser una suerte de refugio para estas lenguas en extinción,
recuérdese el papel que jugó la gran poesía italiana de Dante,
Petrarca y Cavalcanti con relación a la lengua de Oc y el
esplendor de la cultura Provenzal: la poesía convirtió este
genocidio occidental en la senda del Escarabajo del Oro, el
Renacimiento. Es la memoria genética y gramatical de la lengua
única, del Paraíso. El nuevo movimiento de la poesía escrita por
jóvenes zapotecos y de otras lenguas indígenas mexicanas
(interrumpidas por la llegada de los españoles en el desarrollo
de su escritura sincroníztica –incluyendo además de las grafías
los colores como signos) es fundamental para la preservación de
estas cosmovisiones únicas e irrepetibles, pedazos celestes del
rompecabezas del ser.
Tölkien se propuso rescatar la poesía original inglesa, la de
lengua maravillosa original de las tierras élficas,
“reinventando” –con increíble labor titánica- algo de las
lenguas originales borradas por los invasores, el verdadero ser
inglés. De ahí su éxito, verdad y realidad.
La poesía es la lengua original, punta de diamante que penetra
las profundidades de la lengua, encontrando en ese arcón
profundo del ser y de la Tierra, el verdadero misterio: entre
más afilada y precisa es esta punta, más significados tendrá:
más preciosa, la poesía no es anfibológica. A mayor exactitud y
transparencia (ésta no quita lo complejo), mayor profundidad,
mayor despliegue de significados, la “dureza” intemporal del
diamante entrega más cortes multiplicadores de luz
significante-significativa. A mayor brillo, mayor significado,
mayor es el haz de luz de su arco iris, que no se esfuma al
llegar al tesoro guardado bajo sus pies. La mayor economía
significativa de una lengua la logra la poesía y, de ésta una
extensa gama de significados a través de la forma resultante de
un Verdadero Contenido. Forma y contenido, aquí son
indisociables. Para reunificar, tiene que precisar antes,
“diasporar” el detalle para “fijarlo” –detener su fragmentación-
y volverlo a integrar a un todo universal. Este movimiento se
repite a otro nivel: La precisión de una lengua, busca reunir a
todas en el flujo hacia la lengua original, la lengua de la
sociedad fraternal (¿la lengua del hongo hierático del que
hablan Wasson y McKenna?). Si más concentración, más precisión y
por tanto, mayor universalidad, la polisemia es el claro
resultado.
Toda lengua se caracteriza por buscar la economía y la belleza
(esencia de lo poético), de ahí que el trabajo –adelantado- del
poeta llegue a ser fundamental. Joseph Brodsky, por lo mismo
entiende que el poeta debe por lo menos tener dos lenguas madre:
el rehace el tejido, el texto, del manto perdido.
Cierto, ya no se puede hablar tan ligeramente de lo “divino” y
lo “sagrado”, no después de Hölderlin y Heidegger, después de
que la Diosa Blanca a sido tan manoseada, convirtiéndose en la
odiosa negra. ¿Pero ante una Sincronicidad –que rebasa cualquier
especulación escéptica, racionalista, estructuralista,
cartesiana, incluso kantiana-, qué se puede decir o pensar? Ante
ella la Presencia de lo sagrado, o de la otredad, de lo “Otro”,
si se quiere, es inevitable, aún como duda de la duda escéptica.
La esencia de la Poesía es lo sagrado.
Todo organismo vivo, o en la frontera entre lo inerte y lo vivo,
por ejemplo el cuarzo –dice Jaques Monod, padre de la biología
molecular- antes que su objetivo primordial de reproducirse
–para su verdadero éxito evolutivo, su victoria sobre las otras
especies- posee una gran capacidad de soñar reproducirse.
La poesía es el sueño de la reproducción del lenguaje, del
desdoblamiento del ser.
Esto es la “ensoñación poética”.
La lengua original es la lengua de Adán, la lengua del Edén, de
aquí puede venir Eduen, la lengua del Paraíso, donde no existía
el tiempo antes del pecado original, es decir habitaba la
poesía, presente perpetuo, creadora, productora de (la)
realidad.
Todos los intentos por localizar la lengua original nos remiten
a la búsqueda de este Edén, lo cierto es que todas las lenguas
están conectadas, y esta conexión-comunión la logra, de alguna
forma, de vuelta, la poesía, por medio de su religare, de su
esencia antifragmentaria, su estática –estar estético- dinámica
hacia la Unidad del mundo, lo sagrado.
Ya no se puede mantener por más tiempo la división entre el
observador y lo observado (…) aspectos emergentes e
interpenetrados de una realidad total, la cual es indivisible y
no analizable(…)Tanto la relatividad como la teoría cuántica
coinciden en que ambas presuponen la necesidad de mirar el mundo
como un todo continuo, en el cual todas las partes del universo,
incluyendo al observador y sus instrumentos, se mezclan y se
unen en una totalidad. En esta totalidad, la forma atomística de
mirarla es una simplificación y una abstracción, solamente
válida en algún contexto limitado (…) En este flujo, la mente y
la materia no son sustancias separadas, sino que son más bien
aspectos diferentes de un movimiento único y continuo. Así
podemos contemplar todos los aspectos de la existencia como no
separados unos de otros y, por lo tanto, terminar con la
acostumbrada fragmentación propia del punto de vista atomístico
que nos lleva a separarlo todo absolutamente de todo. Sin
embargo podemos asumir el aspecto del atomismo que todavía nos
ofrece una forma de observación correcta y válida (…) aquella en
la que, a pesar de la totalidad no dividida en movimiento
fluyente, los distintos modelos que podemos abstraer de ella
tienen una cierta autonomía y estabilidad, como prevé la ley
universal del movimiento fluyente. (David Bohm, La totalidad y
el orden implicado, pp. 30-33)
Pero debemos seguir siendo conscientes de los límites que tienen
esta autonomía y estabilidad. Cuando se analiza un poema, cuando
se escribe, debemos superar la racionalidad a través de la
racionalidad, por esta llegar a la “irracionalidad”
significativa. El movimiento poético también pasa de la
inducción a la deducción y viceversa, de la tesis a la antítesis
y síntesis, pero llega hasta la afirmación del silencio y a la
negación de la lógica, superando el sistema
filosófico-científico por su tendencia a reunificar,
identificar, el detalle con lo universal. Lo más pequeño se
vuelve cósmico, lo más grande sólo parte de la totalidad. La más
ínfima parte es tan importante como la más grandiosa. El
instante también contiene a la eternidad.
Desde hace décadas he tenido la certeza de que somos la memoria
del universo. Su conciencia, que utiliza para proyectarse,
programarse, corregirse.
Así, la poesía –lo que no logra aún la matemática-, establece un
puente –superándolo- entre lo infinitesimal y lo infinito. Más
allá de asíntotas, trompetas y redes cósmicas (que gracias a sus
nudos y curvaturas, diluyen al tiempo)
La poesía puede proceder por inversión de movimiento, esto es:
detallar-encontrar para reunir, para asomarse a través de este
“ínfimo” detalle a lo in-finito del mundo, su fin no es separar,
es hallar-recordar para encajar, contrario a encajonar.
El tiempo no existe, sólo es una alusión, una ilusión que, se
destruye en el espacio en blanco (anulado, aislado) del poema.
Hay lenguas claves como el aymara (La lengua de Adán del sabio
andino Emeterio Villamil de Rada, que pensaba que de esta lengua
“se desprendían todos los idiomas del mundo”), el “elengoa”, el
didzhazá, donde la secuencia del tiempo lineal se destruye.
(Creo estar hablando del mismo fenómeno en el zapoteco pues
hasta una avanzada juventud oía a mi madre conversar con mis
tías, parientes y amigos, produciendo lo que llamé “el habla
dominó”, pues al unísono podían hablar todos de varios temas a
la vez conectados por una sintaxis y gramática multánime,
inefable. Aquello parecía una reunión de aves, no de personas,
todas hablando al mismo tiempo, dándole primacía a su tema: “al
azar” –zar casuístico-, perfectamente se entendían, no había
necesidad de arrebatarse la palabra, como en las lenguas
occidentales. Entre más personas había, más alegre y animada era
la conversación).
La lengua realiza la realidad, el mundo, el ser. Este a su vez
la confirma. La poesía es el Motor que mantiene viva a la
lengua (Eliot piensa que si hay que hablar en términos de
función social en la poesía, ésta es la de renovar la lengua, la
de mantenerla viva, la de definir, hacer realidad, establecer,
crear, la sensibilidad profunda, el pensamiento original, la
cosmovisión, el humor, inteligencia, ironía, el ser, la
creación, la particularidad, la identidad de los pueblos, etc.).
La poesía no es anfibológica, por lo tanto, es la mayor
precisión, decíamos, en el lenguaje, la más completa y
absoluta, en una dinámica de entorno y retorno hacia adelante,
la poesía al incidir en el detalle, al precisarlo, al convertir
lo mínimo en infinito y viceversa, recobra una pieza más de la
visión fragmentada del mundo, recobra el Mundo, su Unidad.
La palabra Edén contiene al mundo, y en cada letra, su secreto
cifrado: el mundo es la palabra, su culminación más alta la
poesía, el lenguaje poético.
La poesía es la inteligencia cósmica que puede ser trasmitida a
través de una inteligencia vegetal o mineral, pero ya una
poderosa química “alucinógena”, enteogénica, se encuentra en
esta palabra poética, creativa por excelencia.
En todo canto chamánico, palabra, revelación, del ser y del
lenguaje, se encuentra la destrucción del tiempo, pues el
pasado, el presente y el futuro se concitan en un solo punto.
Al buscar el origen de las lenguas, llegamos al origen de La
lengua, a su espacio (Vacío-antivacío) el Paraíso, a la
realización de éste por medio de la Poesis, la Poesía. El
Paraíso –donde el tiempo y espacio se anulan- está oculto en las
lenguas, en La lengua, en el camino poético.
La Sincronicidad (des-nudación del tiempo, tejido significativo)
del ritmo en la imagen, de la imagen del ritmo, de la
onomatopeya convirtiéndose en glosolalia, es la lengua
sagrada-maravillosa, la sinestesia es también una Sincronicidad,
una puerta oculta del Edén.
Las lenguas algonquinas (norteamericanas) se conectan con las
mesoamericanas y estas a su vez con las sudamericanas. Las
algonquinas serían otro gran puente a estudiar pues a su vez se
conectan con las siberianas y esquimales y éstas con las
asiáticas, con el Oriente. Independientemente, en todas las
lenguas siempre hay interconexiones. El tronco común de las
lenguas sería el Gran Árbol hundiendo sus raíces en el Paraíso:
al cambiar de hojas (variantes, espejos, del habla, de la Lengua
reproduciéndose, desplegándose en otras lenguas: su renovación),
éstas cayeron al río del tiempo. Algunas ya muy lejanas, por
haberse separado desde un principio, volverían o volverán a ser
reunidas por alguna corriente o remolino del instante de la
historia, aguas muy abajo, de la eternidad o la prehistoria,
anulando también, así en cierto modo, el tiempo.
El más reciente discurso de la física teórica, que reúne la
física cuántica con la teoría de la relatividad, coincide en que
el tiempo no existe: sólo es como la película de una fotografía
única donde nos observamos siempre, según su perspectiva, como
niños, jóvenes o ancianos.
Si encontramos La Palabra a través de su palabra podemos vernos
como el reflejo de la eternidad.
La búsqueda del origen de la lengua es la otra máquina del
tiempo, el origen del Uni-verso, el verdadero Big-Bang, que en
su inicio, el silencio -la ausencia de lenguas y sonido-, nos
haría encontrar, la anulación de Cronos, el Paraíso, la Lengua
original, la lengua de Eva, su luna profunda: la Nada, el
Silencio, el Vacío, lleno de sentido, la Poesía:
Desde 1989, más o menos, he pensado que el tiempo sólo es una
ilusión. Sólo las recientes reflexiones teóricas de la física lo
han confirmado. En La Zorra Azul, en el capítulo La zorra piensa
y escribe la hierba que el tiempo no existe, cito a Próspero de
Aquitania: “Un orden inmutable enlaza cosas mutables dentro de
un modelo así, las cosas que no son simultáneas en el tiempo,
existen simultáneamente fuera de él”. A Migne: “mas bien surgió
el tiempo de lo creado que lo creado del tiempo” Y al Borges de
la Historia de la eternidad: “El tiempo es materia y ‘la materia
es nada’… (su) genuina edad es la plenitud”.
Físicos contemporáneos como Julian Barbour, autor de The End of
Time, avecindado al norte de Oxford, creen que el tiempo es sólo
una ilusión y que todos somos inmortales, cada instante para él
es esencialmente eterno, más, estamos siempre anhelando como
jóvenes pero siempre igualmente avejentados. El problema, según
él, es que siempre estamos encerrados dentro de un ahora. No
pasamos dentro de un instante sino que cada nuevo instante es un
universo totalmente distinto, donde el tiempo no está presente,
podemos permanecer siempre como bebés contemplando el rostro
materno o esperando como ancianos antes del último suspiro, la
tragedia o bendición es que no tenemos conciencia de nuestra
inmortalidad. Habitamos –según esto- por lo tanto, una multitud
de cuadros imperecederos. Todos esto universos existen uno al
lado de otro, en variedad de cosmos inimaginables, no hay un yo
inmortal sino muchos: si el tiempo se elimina de los cimientos
de la física, no notaremos que su flujo se ha detenido, al
contrario, nuevos principios intemporales explicaran porque
sentimos que el tiempo fluye, cada ahora es un universo
inmutable, completo, autocontenido y sin tiempo: erróneamente
percibimos los “ahora” como efímeros, aunque cada uno persiste
para siempre. Don Page, su colega, piensa que el concepto de
tiempo es un atascadero conceptual y que el espacio, en una
nueva teoría del universo, también desaparecerá.
Yo creo que la Sincronicidad –y la poesía- tienen un concepto
más completo, más inteligente, religioso, y místico del tiempo.
Paul Davies, habla de la insoportable vacuidad de la materia
recordando, no tanto a Milán Kundera, como a George Berkeley, el
famoso prelado de Cloney, que audazmente afirmó que la materia
no existe, para provocar la posterior diatriba leninista de
Materialismo y empiriocriticismo, aunque en el mismo año de su
publicación, 1905, si no me equivoco – para desgracia del obispo
–avispa- bolchevique- Einstein, irónicamente, puso en crisis a
la física clásica con la publicación de su primer artículo
sobre la teoría de la relatividad y la naciente conciencia de la
existencia de partículas más pequeñas que el átomo, la
antimateria.
Para Davies, átomos, protones y quarks son sólo burbujas de la
nada. Cree que en realidad la materia está rellena de vacío pues
entre más se penetra en ella -con los más potentes
microscopios- más se descubre este vacío reinante entre
partícula y partícula, entre “punto y “punto”.
La concepción más reciente de la relatividad y la cuántica
conjuntas, habla de un universo originado por una vibración de
cuerdas más pequeñas que un protón, recordando el mito de
Ariadna y Orfeo. Para él la solidificación total de la materia
es imposible y la sustancia real del cosmos no ocupa algún
lugar. Entre más se avanza más se vacía el universo, a más de 10
16 metros un quark no es mayor que 10-29. Nuestro cerebro está a
media cabalgata entre el universo y esta minúscula partícula. Si
el cosmos es 10 000 billones de billones de veces mayor que
nuestra cabeza, el quark es otro tanto –otro tonto- menor que
ésta.
Recordemos el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg:
no se puede fijar con exactitud la posición de una partícula:
pero sobre todo a Wolfang Pauli, y su “prohibición o principio
de exclusión”: donde dos electrones son incapaces de adoptar el
mismo estado cuántico, si se intenta comprimir a dos electrones
entre sí, oponen siempre resistencia. Gracias a esta propiedad
de ordenamiento, que parece contradecir todo lo anterior, los
átomos presentan una extensión espacial, por eso los átomos
pesados presentan una mayor extensión que los ligeros. O sea,
hay un límite de la compresión (comprensión) en el espacio que
forzado hace brotar otro tipo de materia. De donde se deduce que
el espacio y – el tiempo- no son una realidad en sí, medible.
Al no encontrar más que vació en la materia, otros físicos
piensan que los ladrillos que sostienen al universo, son en
realidad invisibles: la partícula divina.
Sólo estamos ante un universo de probabilidades insustanciales,
según esto.
Para mi estamos ante la verdadera y sustancial Presencia del
Espíritu, el verdadero Vacío, la Nada, y no tan sólo por acto de
pura fe, o conciencia religiosa, sino por la vitalidad –y la
ironía- inmanente a todo este movimiento: “pensante”, que parece
contraobservarnos, riéndose. “Somos nosotros la perspectiva del
icono –del Arcano- y no al revés”.
Desde luego, este no es el espacio más adecuado para condensar
las más recientes teorías físicas del universo y la materia,
sólo las expongo -tan someramente- para tratar de aclarar los
conceptos que manejo en este ensayo.
Para otra lectura (tan apasionante como ingente), se puede abrir
los libros de Isaac Asimov, George Gamov, Stephen Hawking o, los
propios de los grandes físicos del siglo XX: Schrödinger,
Heisenberg, Einstein, Pauli, etc.
Al decir enterado de Muñiz-Huberman, en su glosa de María
Zambrano: el número, la música, la nada, la música es el
equilibrio del silencio. La unión entre la palabra y el número
como expresión del mundo sagrado musical, luminosa herencia del
orfismo y el pitagorismo, será marginada por Aristóteles -y no
olvidemos, por el cristianismo. Por lo que no comulgo con la
poética del estagirita temeroso de la magia.
El vacío y la nada, sustentos del ser, son también productos
armónicos, musicales. El silencio es un anuncio, apenas; como
entender el no-ser para llegar al ser. En el Génesis, primero
fue la nada y luego el todo. Sin duda, el todo fue poblando la
nada. De igual modo, la idea de Dios parte de la idea de no-Dios
(…) los cabalistas hispanohebreos son los primeros en mencionar
el ein sof, equivalente de la nada, o del “sin fin” (…) nombre
dado en la Cábala al dios trascendente. Dios en-si-mismado,
apartado de la Creación. Dios no en su manifestación, sino en su
pura esencia. Dios a un paso de la nada: inmerso en la nada.
Dios en su eternidad, sin principio ni fin. (pp. 12-13)
Involución de Dios que Zambrano llamó “nada creadora”. Carencia
de nombre dado pues los atributos ocurren sólo en el momento de
la revelación. La Torá o Pentateuco recoge las manifestaciones
de Dios, no su esencia perteneciente a un reino por encima del
mundo creado.
Las manifestaciones o emanaciones divinas son las sefirot (…)
kéter es la corona y se relaciona con el ein sof en su aspecto
de naturaleza recóndita. El árbol sefirótico de las emanaciones
divinas es el intento de reconstruir la esencia de Dios en el
mundo creado. Su asociación inmediata es el número como origen
de la vida y su reflejo en la música. Cada nota musical está
referida a las emanaciones divinas o sefirot. Así, el texto
bíblico no sólo se recita sino que se canta, puesto que la
canción transciende la palabra y la pone en comunión con Dios.
De ahí que la poesía sea la intermediaria entre el hombre y
Dios. Música y palabra que se valen del tiempo y del espacio
como “categorías últimas del universo mirado por el hombre” (…)
El tiempo y el espacio sagrados que marca la música delimitan la
medida del infinito y el entorno de la nada. Así entendida, la
música utiliza el tiempo como una manifestación de lo oculto
divino y la presencia de Orfeo es el intento de explicar lo
inexplicable. Después, Pitágoras en su afán de racionalizar la
medida temporal la enlaza al origen de la vida y de los dioses.
“Y Cronos, padre del éter y de la noche eterna, del silencio,
fue también padre la música, tiempo racionalizado, tiempo hecho
alma en virtud del número. Cronos, padre vencido por Orfeo en la
leyenda y en la visión perdida de Pitágoras por el encanto del
número sagrado. Cronos, dios de los números y de la música”.
(pp.13)
El sentido sagrado de la música es guía de la palabra profética,
en la bíblica tradición como en las ceremonias prehispánicas. La
música es propiciatoria de la invisible presencia de Dios,
restituye la armonía entre Él y el hombre, marca el ritmo de lo
supraceleste “y suaviza el movimiento de los astros”. A cada
nota corresponde una letra y a su vez un sefirá (bondad, fuerza,
belleza, eternidad, gloria, fundamento, reino). Difícil que
exista una lengua “sin el significado poético musical como
ingrediente de lo divino”. Quizá, antes del don de la palabra
existió el don del ritmo y la melodía. Pero en la poesía estos
dones están en Sincronicidad.
POEMAS DE VÍCTOR TOLEDO
CANTO DEL CARACOL
Desde el heliotropo vengo a cantarte
tropos de nocturno helio
esbelta babosa-tigre.
Girando enredados en lunares melodías de brillos
en dos espirales abrazadas que eyaculan la atmósfera azul
en el tallo del ciprés dejamos impregnada la Vía Láctea
con la impronta impaciente del amor
tallando de aceites alados nuestro celo
nos arrastramos hasta el cielo
y descolgamos vertiginosos nuestro vals.
De nuestras cabezas brotaron nuestros sexos
para enredarse también con el dilema:
¿Quién nos sembró con los ojos
Entre el telescopio y el microscopio?
¿Quién guió lúbrico al resto de la mano que escribe a
observarnos?
Si nosotros sabíamos de su escritura tosca
-quizá reflejo neurótico de dios-
A través de los ojos de los astros que cruzan su ventana.
Un espejo cuando en otro se refleja
repetido al infinito hasta lograr la Nada
puede atrapar la irrealidad como esta mano
que danza enamorada espirales
Enredada en su molusco cortejado.
LA LENGUA ORIGINAL
El mar es la lengua de la voz original, en sus prados azules se
reúnen, verdeantes, renacidas, las palabras del mundo que las
olas elevan y hacen estallar en un siseo veloz sobre las copas
lunares, quemantes de su espuma.
Cuando alguien muere, retoma en las manos de Neptuno la lengua
universal, comprende al fin todos los idiomas de las épocas y
habla con las cosas a través de la voz efervescente de la
fugacidad, o de una señal inmarcesible en los astros, a los
seres que ama, pues abarca el infinito.
En las campiñas azules, en las viñas doradas del mar, se
extienden todas las palabras, hojas retoñadas, despuntando otros
botones, y el cielo que bajó a la tierra besa, con su morada
lengua enamorada, las costas del mundo, el secreto de los
labios, las redondeadas playas de las piernas: "el poeta ama a
la poesía como el marino ahogado al mar" porque el alma
encuentra al paraíso.
Sobre el claro del bosque de senos, lleno de flores azules y
Amarillas, la luna extiende su vestido virgen como un camino. Y
las rusalkas de los acentos callan. Es plenilunio.
Danzan peces multicolores alrededor de todas las lenguas, de las
palabras amadas que fueron y serán, y cuando devoran alguna, y a
su vez el hombre los sustenta, surge otra forma de hablar, otro
giro, otro color, otra expresión, que es la misma del tiempo
inmemorial, y que sólo las húmedas estrellas, las ostras
abiertas con dulzura, suelen recordar.
Sólo los peces, guiados por la Luna, por las dulces caricias
mortales, desovan a ciegas videntes vocablos: el día justo llega
al lugar exacto, pues en las playas del mundo, se extienden
aladas, las luminosas oraciones: las hadas, las amadas palabras.
La lluvia devuelve a la tierra el mar: el esperma celeste de las
(z)etas brotadas bajo la voz del rayo, y entrega a los olvidados
sacerdotes las runas selectas, rutas secretas, tréboles
sagrados, espirales olas, peces parlantes, llaves ignotas de la
lengua original.
CANCIÓN ELFÍCA
En el bosque vivimos dentro de esmeralda
Sus reflejos llegan de los rayos por las hojas
Del color del agua empantanada
que se eleva
Del sabor azul del tiempo aletargado
que se piensa
Sobre el agua limpia y clara
De los ojos del lagarto.
Por esas leves escaleras
Podríamos regresar al mundo aleve
Pero son nuestros sueños que se alzan
Al señor
Para que no salgamos de esta luz.
En la luna moramos bajo el agua
Somos peces que flotamos en el aire
De respiración de plata y nácar
Entre tules nadamos y abedules
Reflejándose del pozo sobre el cielo.
En el oro vivimos de la cueva
En la hoguera que canta como un río
En el nicho del ángel nos dormimos
Y de estrellas tomamos el delirio
Y el agua que los grillos encantaran.
Ver de antes, verdeantes, verde oro
En la runa vivimos en la joya
Que es el sueño que surge de la vida
Y estamos liberados de la muerte
Pues bebemos el agua de la hoja
Cuando llueve cantando Guinivere.
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