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José
Antonio Ramos Sucre - el cuento: el canto
Américo Ferrari
“La opinión del mundo castellano es que mi literatura es
nueva y sin antecedentes”, dice José Antonio Ramos Sucre en una
de sus últimas cartas (28 de abril de 1930)
y, dos meses antes, “Leopardi es mi igual” (25 de febrero de
1930), condensación de un juicio más extenso sobre su obra y su
persona expresado en una carta del 25 de octubre de 1929 a su
hermano Lorenzo:
Los juicios acerca de mis dos libros han sido muy superficiales.
No es fácil escribir sobre dos libros tan acendrados o
refinados. Se requieren en el crítico los conocimientos que yo
atesoré en el antro de mis dolores. Y todo el mundo no ha tenido
una vida tan excepcional. Solamente Leopardi, el poeta de la
amargura. Alguien ha apuntado ya mi semejanza con el lírico y
filósofo italiano. Lírico es el que habla de sus propias
emociones..
Creemos que vale la pena subrayar de entrada estos juicios del
poeta venezolano porque pueden servir de hilo conductor para
acercarse a la personalidad rara y la forma singular de su obra,
hermética y labrada en todas sus partes como la puerta de un
templo: y sobre todo porque nos hablan, a través del parangón
con otro gran poeta, de la relación entre la vida y la persona
del autor y su obra: en la conjunción de ambas se forma el tema
vital y las obsesiones que vertebran las constantes semánticas y
figurativas del poema relato.
Que este tipo de poesía fuera “nuevo y sin antecedentes” no sólo
en la opinión del mundo hispánico, sino también en la tradición
literaria de este mundo
es algo que salta a la vista de todo lector que conozca un poco
la tradición; pero se podría ir más lejos y decir que la obra de
Ramos Sucre es nueva incluso fuera de la órbita del mundo
hispánico. Que el poema en prosa existiera en Europa como
instrumento alternativo para la expresión de temas líricos no
sólo desde Aloysius Bertrand sino desde Novalis (los cinco
primeros himnos a la noche son “poemas en prosa” escritos en los
últimos años del siglo XVIII),
es un hecho histórico, y este hecho se presentaba a un poeta
venezolano de los años 20 del siglo XX como una tradición
prolongada por más de un siglo en la que podía inspirarse, pero
en la que también podía innovar. La innovación está sobre todo
en la elaboración de un corpus poético escrito íntegramente en
prosa, con el ritmo propio de la prosa (salvo en algún poema
como “Lied”) y sin la menor rendija para otro medio de
expresión: un único registro en el que confluyen elementos del
relato histórico, de la narración fantástica, del apólogo, pero
también, como veremos, del poema lírico, y todo en un lenguaje
distante, sin subrayados, en el cual
¾para
decirlo con las palabras utilizadas por Neruda para describir su
Residencia en la tierra¾
“todo tiene igual movimiento, igual presión, y está desarrollado
en la misma región de [su] cabeza, como una misma clase de
insistentes olas”
La obra toda está acordada en un mismo registro
lingüístico y temático; domina en ella la isotopía y la
recurrencia, vuelven constantemente el mismo esquema de
construcción, el mismo ritmo de la frase, la misma tonalidad, el
mismo nivel de lengua, los mismos símbolos y los mismos mitos.
Las obsesiones que fijan y organizan el sentido fijan al mismo
tiempo un lenguaje monocorde y sin altibajos que se refleja
insistente en sí mismo como un juego de espejos paralelos, y
refiere a un mundo despojado de anécdotas pintorescas, de datos
autobiográficos, de hechos propiamente históricos: no hay ahí
otro tiempo que el que aparece como imagen móvil de la inmóvil
eternidad ni otro lugar que el lugar común: los lugares en esta
poesía son lugares sin nombre que son cualquier lugar, aunque a
veces revistan el nombre de un sitio prestigioso y remoto
cuidadosamente extraído de la literatura, la historia, la
leyenda, el cuento de hadas o la pintura. En este sentido El
cielo de esmalte y Las formas del fuego, tras las
resonancias parnasianas del primer título, surrealistas del
segundo, tienen una configuración lingüística y referencial bien
diferente de la que informa Gaspard de la nuit o Les
illuminations, obras que tocan diversos niveles
lingüísticos, desde el pastiche del francés antiguo en Aloysius
Bertrand, hasta elementos del francés coloquial, incluso
argótico, en Rimbaud, así como las anécdotas autobiográficas en
este último. Ramos Sucre comparte, sin embargo, con el poeta
romántico la forma del relato elusivo organizado en pocos
párrafos-estrofas y el poner entre paréntesis toda referencia
explícita a la vida del poeta; con el simbolista el carácter
visionario de algunos poemas; con los dos, la fascinación de la
magia.
Ramos Sucre, en todo caso, no alude nunca en su poesía, por lo
menos de manera explícita, a los poetas europeos que practicaron
el poema en prosa en el siglo XIX, y eso en una obra
intertextual donde abundan las referencias literarias, es cierto
que por lo general limitadas a los clásicos, en particular
Virgilio, Dante y Shakespeare; pero tampoco en su prosa no
poética, donde sí encontramos citados a Goethe, Schiller,
Shelley, Nerval, los dos Heredia
¾sin
contar las traducciones de Uhland¾
hasta Walt Whitman, Unamuno y Villaespesa; ni tampoco en su
correspondencia donde, como hemos observado al principio, se
refiere insistentemente a Leopardi. Ahora bien, el parangón que
establece Ramos Sucre con el gran poeta italiano se entiende
fácilmente en el sentido de la convergencia de vida y destino de
dos creadores enfermos, dolientes, hipersensibles, desengañados,
sedientos de ideal y en conflicto con su medio y su lugar natal,
Caracas para el venezolano, Recanati para el italiano; pero el
parangón va más lejos pues Ramos Sucre se compara con Leopardi
no sólo en tanto que hombre con un destino sino como poeta con
una obra: “Alguien ha apuntado ya mi semejanza con el lírico
italiano. Lírico es el que habla de sus propias emociones”; el
poeta se refiere claramente en este pasaje a la obra poética,
afirmando que, como en Leopardi, esta obra sale de “los
conocimientos” atesorados “en el antro de [sus] dolores”; y
además que es lírica pues “habla de sus propias emociones”, como
la de Leopardi. Esta definición de la obra poética como
expresión de la emoción personal a través de la comparación con
un gran lírico del siglo XIX que nunca escribió un poema en
prosa nos parece importante para sondear los estratos del
sentido en la obra hermética de Ramos Sucre: él ve la lírica
como la expresión de una emoción y así la veía también por los
mismos años César Vallejo, quien al igual que el venezolano se
mantuvo apartado del estridentismo de las vanguardias; sin
embargo, para que se logre esta expresión hay un requisito: su
refinación o acendramiento a través de una vida dedicada al
conocimiento y templada en el dolor.
De la forma singular que adopta en su obra la expresión de sus
propias emociones Ramos Sucre no habla: ni la explica ni la
justifica; desde luego, nada tiene en común con el verso de
Leolpardi sino el haberse acendrado en análogo crisol, como lo
manifiesta en su carta el poeta; se puede inferir que para Ramos
Sucre los procedimientos expresivos (prosa o verso, por ejemplo,
y la modulación rítmica, melódica y armónica que en cada caso
los caracterizan), aunque fundamentales desde el punto de vista
del efecto estilístico perseguido, no son sino una variable en
función de opciones que implican para el poeta situarse en su
tradición literaria y en la historia de la literatura,
ejerciendo sobre ella una acción que en diversos grados renueva
la retórica que nos legaron las generaciones anteriores. En este
sentido no cabe duda de que el poeta venezolano ha creado una
nueva forma de escribir poesía en castellano, sean cuales fueren
los antecedentes que se le puedan encontrar en lengua alemana,
francesa, inglesa, italiana o incluso castellana; pero, fundido
en la expresión, se encuentra un núcleo formado de afectividad y
conocimiento, generador de la emoción que el poeta se propone
expresar; este núcleo puede entenderse como una constante y su
primera manifestación es la presencia del yo poético, actante
imprescindible de toda obra lírica: él capta y difunde la
emoción generada en el antro de los dolores y da testimonio de
la vida del poeta sin confundirse ni identificarse con lo que en
esta vida puede haber de anécdota biográfica. Es este núcleo el
que determinará la línea axial de la obra expandiéndose en
obsesiones que, nacidas de una experiencia intransferible de la
realidad, pondrán los procedimientos técnicos de escritura al
servicio de la forma original del poema.
Es este substrato lógicamente previo a la escritura, aunque
lógicamente no se actualiza sino por ella, el que sin duda
enfoca Ramos Sucre cuando alude a la analogía entre el universo
de Leopardi y el suyo propio: la experiencia de la realidad que
se da en ambos poetas y las visiones del mundo que de ella
emergen, en efecto, se tocan: visión lúcida y amarga de la
historia y la naturaleza (“terrible molino de la muerte”, decía
Novalis), hondo anhelo de felicidad y comprobación desengañada
de la desdicha y el naufragio de toda vida humana, extremada
sensibilidad para el amor y el placer y obsesión de la
inminencia constante de la muerte: Fratelli, a un tempo
stesso, Amore e Morte / ingegnerò la sorte...: Ella es una
blanca Beatriz (…) Bajo su hechizo reposaré eternamente... Ella
es la muerte. Todo ello está mediatizado por la vasta erudición
de los dos poetas, insaciables lectores de lenguas extranjeras:
el haz luminoso que incide en la realidad para transmutarla en
poema se refracta y se descompone en un prisma formado de muchos
siglos de literatura. De la intertextualidad que domina en su
obra Ramos Sucre revela tener lúcida conciencia, como también la
tenía Leopardi, y es dejándose habitar por ecos de la poesía
clásica y romántica como el venezolano da forma y término a una
de las empresas más originales de la poesía contemporánea en
castellano; esta originalidad es patente sobre todo en el modo
de la visión que, siempre indirecta y parabólica, concentra en
reducido número de temas una vasta exploración del destino del
hombre, así como en la peculiar textura del producto poético que
comprime la narración de episodios propia del relato hasta
hacerla coincidir con la forma circular y elusiva del poema: así
a menudo los sucesos estallan en visiones.
Ha de tenerse en cuenta que la mayor parte de esta obra fue
escrita probablemente entre la primera guerra mundial y mediados
o finales de los años veinte,
o sea en pleno período de disolución del modernismo y en medio
de las oleadas de experimentos vanguardistas que descoyuntaban
toda la estructura del poema confusamente llamado “tradicional”.
Es indudable que en aquella época el verso está en crisis y no
son muchos los vanguardistas que, al desdeñar las formas
métricas usuales en castellano, logran más que disponer en el
papel renglones irregulares que por su carencia de ritmo no son
ni verso ni prosa. Ramos Sucre por una parte no recoge sino
pocos y aislados elementos del modernismo, pero por otra parte
vuelve resueltamente la espalda a las novedosas propuestas de
las llamadas vanguardias. Se encuentra, pues, solo y a
contracorriente de las tendencias literarias de su tiempo a
escala del continente (creacionismo de Vicente Huidobro,
experimentos ideográficos de Juan Tablada, futurismo de Alberto
Hidalgo, etc.), pero también de lo que se hacía en su propio
país donde sus compatriotas y coetáneos Andrés Eloy Blanco,
Enrique Planchart o Luisa del Valle Silva practicaban todavía un
tipo de poesía en verso que no se alejaba sino muy prudentemente
de las formas usuales en el siglo XIX. En esta encrucijada
nuestro poeta, entre las formas entonces fatigadas del
endecasílabo inveterado, el alejandrino modernista y el
similiverso de las vanguardias, encuentra su forma personal en
una prosa poética dotada de una organización y un ritmo propio
tan rigurosos y armónicos como los del mejor soneto. No
imaginamos por lo demás, sobre todo en esa época de reacción al
poema en verso narrativo, la materia poética del venezolano
volcándose en los moldes del verso castellano que, especialmente
después del virtuosismo modernista, necesitaba algún reposo;
pero por encima de la coyuntura de la época hay ciertamente una
necesidad interna que dirige la forma de los textos de Ramos
Sucre.
Nos hemos referido en una nota más arriba a unas observaciones
de Luis Cernuda sobre el poema en prosa en la obra de Bécquer.
Según Cernuda, Bécquer en algunas de sus leyendas escribe poesía
en prosa que en ciertos casos cuaja en la composición de algún
poema en prosa propiamente dicho, esto es, “consciente de sí
mismo y de lo que representa”: es decir que el poema en prosa de
Bécquer tal como lo ve Cernuda constituye una especie de enclave
lírico insertado en un texto normalmente narrativo; pero la
intención de Bécquer topa con un escollo que en gran parte la
frustra y este escollo es la doble intención del autor: “de un
lado, intención de escribir poesía; de otro, necesidad de contar
una historia”; “el autor
¾dice
Cernuda¾
quizá inconsciente de la necesidad con que lucha (cantar y
contar al mismo tiempo) [ha] querido aislar algunos momentos del
canto dentro de la marcha regular del relato”.
En efecto, escribir poesía y narrar una historia, cantar y
contar son dos direcciones que divergen en la literatura
occidental desde la disolución de la antigua epopeya; la poesía
se expande en el canto lírico que tiene por función expresar en
sus modulaciones las emociones del poeta; la prosa en el de la
narrativa, novela, cuento o leyenda. En la literatura hispánica
del siglo XIX en particular basta considerar los escuálidos
resultados de los intentos de poesía narrativa: Duque de Rivas,
Espronceda, Zorrilla (el Martín Fierro en nuestro
continente es una excepción pero se trata de un caso límite y
sumamente específico). Bécquer, con mejor plectro, para escribir
sus leyendas eligió el instrumento adecuado: la prosa narrrativa;
pero Bécquer era esencialmente poeta y de ahí el choque o la
contradicción que observa Cernuda. Este divorcio se acentúa con
los simbolistas y, ya en la época en que escribía Ramos Sucre,
los nuevos creadores (poetas futuristas, cubistas,
expresionistas, ultraístas o surrealistas) coinciden con la
norma de Mallarmé en su prefacio a Un coup de dés jamais
n’abolira le hasard: “Tout se passe par raccourci, en
hypothèse: on évite le récit”; el poema “en escorzo” y que evita
derramarse por los meandros de la sucesión de episodios propia
de la narrativa es lo que domina en las literaturas europeas de
vanguardia y la vía que por su parte quiso abrir en
Hispanoamérica Vicente Huidobro. Observemos que el mismo
Huidobro emplea generalmente la prosa para narrar (El Cid
Campeador, Tres inmensas novelas) y el verso, por poco
tradicional que sea, para hacer poesía, como también Borges y
Vallejo (El Tungsteno, Paco Yunque, etc.),
y que en la obra en verso de estos autores encontramos la misma
tendencia a elaborar poemas en escorzo y no narrativos (en la
poesía de Borges esto es visible sobre todo en su breve período
ultraísta y todavía en Fervor de Buenos Aires y Luna
de enfrente).
Lo que en esta coyuntura va a lograr José Antonio Ramos Sucre es
atar en un solo haz las ramas del relato y las del poema lírico,
salvando el escollo que Bécquer no pudo sortear sino insertando
fragmentos líricos como islotes en su prosa narrativa. La doble
intención que Cernuda ve en el romántico español se condensa
ahora en una intención única que desemboca en un nuevo tipo de
texto, a la vez poema lírico que expresa las emociones del poeta
y relato de sucesos que se desarrollan en el plano del objeto,
como si el poeta que los va hilvanando los viera “del exterior”;
la organización del texto mima la composición de la crónica, el
relato histórico o el Märchen: aventuras del héroe y
acontecimientos que se suceden y se articulan en lugares reales
o imaginarios y con los tiempos verbales propios de la
imaginación; procedimientos de suspense y, según los casos,
desenlace o final abierto del relato moderno; todo ello da a los
textos un aspecto de discurso “objetivo” como el de la prosa
narrativa. Sin embargo esta objetividad resulta ser no más que
un efecto de “trompe l’oeil”: al elaborar su “discurso
narrativo” el autor lo despoja hábilmente de algunas de sus
características principales: hace imperar la omisión, la elusión
y la elipsis, saltan los enlaces lógicos y las transiciones, se
esfuman el desarrollo gradual de la acción y la descripción; en
cambio se multiplican las anáforas, las metonimias, el adjetivo
raro que esboza un símbolo o una imagen: en suma, casi todos los
recursos del poema moderno que evita el relato. La ordenación
narrativa sufre así un proceso de compresión que tiende a
reducirla a la figura escueta del poema lírico; la estructura
poemática a su vez se funde en el orden lineal y sucesivo del
relato. Podemos llamar pues a estos textos poemas-relatos con
tal de tener presente que, en el fondo, lo que predomina es la
intención lírica; ésta es la que determina en última instancia
la naturaleza del texto, transformando la descripción en visión
y la historia en melopeya. Cantar y contar en una obra lírica es
ahora posible porque el cuento se subordina al canto y la
intención lírica dirige y organiza la materia narrativa.
El poema-relato es también a menudo un poema-visión, con una
textura particular que no coincide nunca totalmente con la del
poema lírico ni con la del cuento; el eje en torno al cual se
organiza el texto nos parece ser la presencia insistente en la
fábula narrrada del yo poético o yo lírico, el que precisamente
no interviene jamás en el tipo clásico del relato poético, la
epopeya. El poeta lírico habla siempre desde un yo que, claro
está, no tiene por qué coincidir exactamente con el yo del autor
y que en su constante reaparecer expresa el mundo como una
dinámica de la emoción; tal es el caso, por ejemplo (pero este
es un ejemplo privilegiado por lo ya dicho sobre las
observaciones del propio Ramos Sucre) en la obra lírica de
Leopardi; en el poeta italiano, de quien tan cerca parece
sentirse el venezolano, encontramos por lo menos tres formas o
manifestaciones del yo lírico; en las dos primeras habla una
primera persona o bien “el poeta”: O graziosa luna, io mi
rammento (“Alla luna”), o bien otro yo-personaje o alter
ego, por ejemplo Safo (“Ultimo canto di Safo”); en la
tercera forma “el poeta” habla en tercera persona de las
emociones de un personaje (“Consalvo”, “Bruto Minore”) y luego
deja hablar a éste en un monólogo; las dos últimas formas no
dejan de tener analogías con el tratamiento del yo en los
“dramatic lyrics” cortos de Browning. En los tres casos se trata
del mismo yo poético encarnado en distintos enunciadores: el
mismo “yo” significa el mismo generador de un orden de emociones
que tienden a plasmarse en determinadas constantes formales.
En la obra de Ramos Sucre el yo lírico se abre en una multitud
de personas (podemos tomar el vocablo en su sentido
etimológico). Subrayado a menudo con el insistente empleo del
pronombre, este yo es héroe de las más diversas aventuras de la
imaginación: fugitivo, presidiario, hidalgo, mandarín,
sacerdote, mago; o testigo impasible de guerras, asesinatos,
hechizos, venganzas, amores en épocas inciertas y remotas, en
lugares utópicos y remotos. Los marcos narrativos en que se
ordena la materia lírica favorecen ciertamente la reiterada
aparición del héroe ubicuo y proteico: como en las aventuras
imaginadas por los niños en el pretérito imperfecto de la
imaginación y en las que el destinatario de la fábula es el
compañero o la compañera de juego: yo era el príncipe y tú
eras la princesa (“Yo era el senescal de la reina”, empieza
uno de los poemas; “Yo era el más joven de los capitanes”,
termina otro). ¿Dónde asir en este caleidoscopio el yo de “el
poeta”, como aquél de Leopardi que, refiriéndose a su propia
experiencia del mundo, dice “yo recuerdo”? En sentido lato, en
todos los poemas, claro está, ya que todos son avatares del yo
poético y por consiguiente máscaras diversas, personas del yo
que es el poeta, máscara o persona a su vez del yo que se supone
ser el autor; pero en sentido más restricto, el
“desenmascarado”, el que más se acerca al yo de “el poeta” y más
directamente lo manifiesta nos parece ser el del poema liminar,
“Preámbulo” (“Yo quisiera estar entre vacías tinieblas porque el
mundo lastima cruelmente mis sentidos”), el del último poema de
El cielo de esmalte, “Omega”, (“Cuando la muerte acuda
finalmente a mi ruego (…) yo invocaré un ser primaveral”) y el
del poema póstumo que viene “después” de la obra, “Residuo” (“Yo
decliné mi frente sobre el páramo de las revelaciones y del
terror”). Entre estos tres podríamos decir, como dice Macedonio
Fernández refiriéndose a su propia obra, “El yo corre aquí todas
las aventuras”, incluso la de su aparente eclipse en muchos
textos, poemas estampas o poemas visiones, aunque siempre
podemos imaginar al yo poético al mismo tiempo dentro del suceso
que narra el poema, identificado con el héroe, y también fuera
de aquél, como testigo oculto de sucesos y visiones; al elidir
estas funciones en cierto número de textos con la introducción
de la tercera persona (“la tercera persona es una ausencia de
persona”, dice el lingüista Emile Benveniste) Ramos Sucre
acentúa la impresión de relato impersonal o lo que hemos llamado
la objetividad en trompe-l’oeil. No por eso se modifica
sustancialmente la índole lírica del texto que conserva su
propio carácter de cuento poético, como por ejemplo en “El
nombre” donde el navegante del rey Salomón es héroe del cuento y
autor del cuento, encarnando doblemente al yo poético; de
pseudorelato histórico o mítico, como en “Fragmento apócrifo de
Pausanias”, de historia fantástica, como en “La visita”, o de
apólogo como en “El ciego”; por otra parte deja su impronta de
poema visión como en “El paisaje del mar desierto”, “Cénit” o
“La hora”; si se prolongaran y desarrollaran los elementos
estructurales del relato se obtendría quizás algo análogo a un
cuento borgiano; si se redujera el texto a sus componentes
visionarios una melopeya-fanopeya en la que podríamos decubrir
ciertas constantes del poema simbolista, y ello
independientemente de la presencia del yo poético que, cuando
aparece en primera persona, tiene por función recalcar la
ambigüedad del sujeto o soporte de la representación poética,
atribuible al poeta y a un enunciador que a su vez puede
representarse como “el poeta” y como otro que el poeta; este
desoblamiento es visible, fuera de toda presencia del pronombre
“yo”, en un poema como “La alborada” donde el poeta narra el
caso de un enfermo (El enfermo ha desechado la fe...el
enfermo se envuelve la faz...) y, después de haberse
referido a él a lo largo del texto como “el enfermo”, revela
bruscamente en el enfermo al “poeta”: “El poeta se burla del
privilegio del genio, merced diabólica transformada en cenizas.
La calavera del símbolo domina en su canto de soledad y amargura
y anuncia, por medio de una trompeta de bronce, la soberanía
perenne del olvido. Compárese el texto de “Preludio”:
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas porque el mundo
lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige,
impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos (…) El movimiento,
signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas
yo lo habré escalado del brazo con la muerte (…) Bajo su hechizo
reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni
el imposible amor.
El yo poético, centro de numerosas operaciones de “embrague y
desembrague de la instancia de la enunciación” (para decirlo con
los términos empleados por los semióticos de moda), unifica las
innumerables facetas del universo lírico, ya se enuncie en la
primera persona, ya en la tercera.
La primera apariencia que reviste en la obra el yo lírico es el
del fugitivo; tal es en efecto el título que lleva el primer
poema de La torre de timón después de “Preámbulo”: a
través de los tres libros de poemas este tema inicial es
recurrente y adopta diversas variantes: el personaje es un
peregrino, un proscrito, un perseguido, un réprobo, un exiliado,
un refugiado, alguien que por diversos modos y por diversas
causas se retira del mundo y del trato de sus semejantes (“El
romance del bardo”, “Penitencial”, “Edad de plata”, “La vida
mortecina”, “El extranjero”, etc.); sucede sin embargo que la
obsesiva evasión termine siniestramente en un presidio o en una
gavia (“El presidiario”, “La advocación de Saturno”). Yo:
evadido: prisionero. Todo refugio puede resultar prisión y el
tema isotópico de la evasión y el asilo dibuja un círculo que se
confunde con el destino. Este círculo se inscribe en otro
círculo, el de la transgresión y el castigo, tema asimismo
recurrente y que da a más de un poema el aspecto de un apólogo:
sólo que a veces el castigo es “de origen arcano” (“El peregrino
ferviente”) y viene a sancionar “el mal originario y sin
rescate” en “La reforma”: mal, crimen y castigo son con
frecuencia independientes de la existencia o no de un delito
objetivo, como se puede apreciar claramente en “El
remordimiento”: bastan las “sugestiones de una mente sombría” y
ese sentimiento leopardiano hondamente arraigado en Ramos Sucre
de que “i destinati eventi / Move arcano consiglio. / Arcano è
tutto / Fuor che il nostro dolor”; de que en cualquier tiempo o
lugar, en cualquier forma o estado, “è funesto a chi nasce il dí
natale”: es el hado, el fatum, lo que ha sido dicho o
predicho, lo que está escrito; lo dicho en el origen
arcano o hado no se entiende ni se explica, pero el poeta puede
aprender a leerlo, si no a descifrarlo y, a medida que lo lee, a
transcribirlo.
La evasión es un tema, pero la poesía de Ramos Sucre como toda
poesía auténtica no es evasión sino todo lo contrario: lucha con
el misterio para leer el enigma y dar de lo leído una visión
escrita, concentración de los signos, que el hado dispersa por
los espacios y los tiempos, en un breve espacio blanco y en un
tiempo cristalizado que aspira a la intemporalidad: la página de
un libro. Estas páginas, donde el poeta cifra lo que él ve como
esencial en los sucesos destinados y el arcano designio, no
refieren muchas veces a la realidad, a una historia en el mundo
sino a través de la lectura de otros signos escritos, o por
alusión a otra escritura atribuida a “el poeta” desdoblado en
personaje del poema; así por ejemplo en “Analogía”: “El
solitario lamenta una ausencia distante. Se consuela escribiendo
el soneto difícil...”. En medio de la aventura de “La salva” el
poeta o el amante deshonrado que ejerce la función de narrador,
durante su viaje “recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella (…) sirve para
encaminarlo”; en “La edad de plata” “Meleagro, el mismo de la
Antología, escribió a [su] ruego un solo verso donde intentaba
reconciliar al destino” ; en “El jardinero de espinas” se
“detuv[o] al pie de un árbol de hojas invictas y las persuadi[ó]
al sosiego recitando unos versos augurales de Virgilio”. La
historia narrada en “El resfrío”, el poeta la ha leído en su
niñez en las memorias de una artista del violoncelo; en “Mar
latino” el poeta se presenta glosando un paisaje de la Ilíada;
en “Bajo el cielo monótono” “seguía (…) el derrotero de la
imaginación de Shakespeare”; y toda la presagiosa descripción de
“Las ruinas”, que parece anunciar una misteriosa aventura,
desemboca sencillamente en la imagen de un hombre que, sentado a
orillas del mar, lee un libro. Este libro es el Amadís,
una de esas novelas de aventuras donde realidad y fábula están
formadas de la misma substancia y que por diversos modos han
influido en la obra de don Quijote, de Cervantes y de García
Márquez entre otros.
El narrador de fábulas, el cantor de sueños y desengaños, el
visionario se multiplica y propaga así en una multitud de otros
que leen en otros libros la misma vida que están leyendo en el
libro que los encierra, que se reflejan y se recrean en las
fábulas de los Märchen, en los ensueños de los personajes de
Shakespeare, en las visiones leídas por Dante en un libro de
Virgilio, lector de los libros de Homero, y que Dante traspone
en su propio libro donde Virgilio y Homero, creadores de fábulas
y visiones son a su vez fábula y visión: trattando l’ombre
come cosa salda.
Tratando ahora las cosas sólidas como sombras Ramos Sucre rehace
a su manera el mundo ambiguo de las sombras y las cosas. La
orientación deliberada hacia la ambigüedad y el diálogo con los
textos, hacia el desdoblamiento lúdico y dramático del yo
enunciante, hacia el círculo que se inscribe en el círculo de
otro libro se ha vuelto hoy moneda corriente como lo era en la
edad media, edad de glosas y diálogos entre libros y de comercio
con las sombras; pero es seguro que en los años veinte del siglo
XX, en nuestro mundo hispánico, y en particular en el terreno de
la poesía lírica, esta manera heterodoxa, paradójica y
parabólica de abordar la “realidad” como “literatura” y
viceversa hubo de desconcertar e incomodar al lector medio que
tiene sus convicciones sobre la realidad y, aparte de eso, es
aficionado a la literatura; como desconcertó e incomodó sin duda
el gran coetáneo del poeta venezolano, el argentino Macedonio
Fernández, otro “raro” que trabajaba con un método análogo. Se
admite que se tiendan puentes entre realidad y poesía, pero no
que con artificiosos e insidiosos procedimientos se borren las
fronteras que deben existir entre una y otra porque, si no,
dónde estamos. La gran lección de Ramos Sucre es el haber
trabajado ignorando tranquilamente esas fronteras y con la
serena creencia de que en la medida en que los manipuladores de
l.a realidad las trazan, la función de la poesía es abolirlas.
Que la poesía no tiene por qué dejarse intimidar por esta
pregunta: dónde estamos.
Esta pregunta preocupa singularmente al hombre moderno y en su
inmensa mayoría los hombres modernos (sin exceptuar a más de un
poeta contemporáneo de Ramos Sucre) le dan una respuesta simple
y de tan simple consternante: estamos en la historia y no
estamos sino en la historia. El poeta venezolano, hombre
moderno, no podía ignorar la pregunta ni la respuesta común ni
despreocuparse de ellas: sus “historias” en efecto están
bordadas en el cañamazo de la historia, la historia
indudablemente lo fascina con su ciega alternancia de
construcción y destrucción y en ella fija, a lo largo de su
obra, una mirada indagadora, desengañada y poco piadosa; pero de
tanto evocar la historia el poeta la exorcisa: la evapora; la
historia vuela con la explosión del tiempo que es intuido no
como movimiento, transcurso y progreso sino como el ámbito
inmóvil donde nosotros pasamos para repetirnos siempre iguales:
lo que de la historia queda se salva sólo en la medida en que se
cristaliza en mito: regreso a los arquetipos originales. Es
patente que Ramos Sucre vivió siempre en conflicto con su época;
las raíces de este conflicto pueden estar en el desafecto,
propio de la época, al pensamiento religioso y mítico,
substituido cada vez más por una especie de culto a la mentira:
estos dos términos por lo demás, mito y mentira parecen resultar
sinónimos para el hombre de nuestros días. Entonces el poeta
fija su mirada en el pasado o aparenta fijarla en él; aparenta,
decimos, porque a pesar de la insistencia con que dibuja
estampas cuya anécdota se sitúa convencionalmente en la alta
antigüedad, en la edad media o en el renacimiento, sucede
siempre lo mismo, el hado mueve su péndulo de una manera siempre
igual, el mismo proscrito busca siempre refugio en el mismo
lugar, la misma transgresión exige la misma sanción y el cuerpo
muerto de una joven virgen deriva interminablemente a través de
los poemas por el mismo río. Todo fluye y procede quizá como el
río por el que navega el cadáver de la doncella, pero todo
¾podríamos
decir glosando a Leopardi¾
procede por tan largo camino que parece estar inmóvil; y es como
si todo refluyera a la fuente, al indeterminable punto de
partida. Por eso el texto escrito hace dos mil años se funde en
el que el poeta está escribiendo ahora o escribirá mañana:
mañana es ayer, ayer es ahora y mañana. Por eso el poeta busca
en su obstinado diálogo con los textos ya escritos un dictado,
como llamaban los medievales al poema, die Dichtung, como
llaman a la poesía los alemanes con el mismo concepto y la misma
etimología: la transcripción de la palabra dicha, el dictado del
destino y ve en ellos el tejido común de la poesía y la
realidad, de la religión y de la historia. Y con el mismo gesto
y con la misma voz canta y cuenta: el cuento de los suceso
fugaces siempre repetidos, el canto que repite la perennidad del
mito.
NOTAS
José Antonio Ramos Sucre. Obra completa. Caracas,
Biblioteca Ayacucho, 1980, p. 47. Por esta
edición citamos.
Eugenio Montejo recuerda en su ensayo “Aproximación a
Ramos Sucre” (en La ventana oblicua, Caracas,
1974, p. 76) que fue Rubén Darío el verdadero iniciador
del poema en prosa en castellano y cita entre los que
contribuyeron a afirmar el género a Nervo, Silva,
Lugones y Tablada. Podríamos añadir a Huidobro y también
los textos en prosa de Vallejo escritos en los años
veinte, que constituyen una parte valiosa de su obra
poética: contemporáneos de los de Rammos Sucre, pero de
construcción e inspiración bien distinta. Por otra
parte, Luis Cernuda sitúa en las Leyendas de
Bécquer los orígenes del poema en prosa en español:
atisbo que presenta interés por las razones que
expondremos más adelante.
El texto definitivo constituye una refundición de una
versión primitiva en verso libre: Novalis, introduciendo
algunas variantes, se limita en realidad a disponer
horizontalmente en “líneas” los “versos” ordenados
verticalmente en la primera versión. El verso llamado
libre (verso de metro y acentuación no sistemáticos) se
revela, pues, como el instrumento que hace posible
borrar las fronteras no sólo entre poesía y prosa sino
entre prosa y verso; pero en este caso la prosa tendrá
un ritmo que recuerda al del verso, por más “libre” que
éste sea. En la obra de Ramos Sucre no sucede así.
Recordemos por otra parte, en relación con el verso
libre y el poema simbolista francés que influyeron en
los poetas hispanoamericanos, que su origen ha sido
atribuido por el parnasiano Catulle Mendès al teniente
de artillería y poeta peruano Nicanor Antonio della
Rocca de Vergalo (Lima, 1846-¿...?), quien se educó en
Francia y escribió su obra poética en francés (v. Robert
L. Delevoy, Le symbolisme, Genève, Skira, p.
141).
En una carta del 7 de junio de 1930, cuatro días antes
de su muerte, Ramos Sucre dice que hace dos años que no
escribe una línea; sin embargo el poema “Residuo” está
fechado en Ginebra, marzo de 1930.
Decimos “emplea(n) generalmente“ porque hay zonas de
ósmosis que ya hemos señalado: los poemas en prosa de
Vallejo escritos después de Trilce y los de
Huidobro en El ciudadano del olvido, por ejemplo.
Aparte de esto se practica la prosa poética (que
conviene no confundir con el poema en prosa propiamente
dicho) de la que es buen ejemplo La casa de cartón
de Martín Adán.
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