|
Erotismo, amor y muerte en la poesía de Gonzalo Rojas
Américo Ferrari
El
amor humano y el erotismo son un tema y una obsesión que
perduran a lo largo de toda nuestra poesía occidental y también,
claro, en la oriental, o sea en buena cuenta en la poesía
universal. Ahora me voy a permitir iniciar esta charla sobre la
dimensión erótica de la poesía de Gonzalo Rojas refiriéndome a
algunos otros grandes poetas que lo precedieron en el tiempo y
escribieron poemas de amor, que por lo general no están, o están
más o menos, en la misma onda que los poemas “eróticos” de
Rojas, y también a otros que sí lo están (pero tengamos en
cuenta que los significados de “amor” y de “erotismo” no
coinciden sino parcialmente); en primer lugar y como ejemplo
cito unos versos de otro gran poeta, italiano, que vivió en el
siglo XIX, escribió treinta y nueve poemas y murió a los 39
años, Giacomo Leopardi:
Fratelli a un tempo stesso amore e morte
Ingenerò la sorte;
Cose quaggiù più belle
Altre il mondo non ha, non han le stelle.
(Hermanos a un mismo tiempo engendró la suerte al amor y a la
muerte: cosas aquí abajo más bellas, no las tienen ni el mundo
ni las estrellas); y en otro poema intitulado “El primer amor”
dice, hablando de la angustia que el amor trae consigo: “Oimè,
se quest’è amor, com’ei travaglia!” (¡Ay de mí, si esto es amor,
cómo atormenta!): hay que decir de todos modos que el poeta
Leopardi, jorobado y bien poco atractivo para las mujeres, vivió
los 39 años que vivió en un estado casi de castidad y que, de
todos modos el concepto de amor no coincide, o no coincide sino
en parte con el de erotismo, como el de “erotismo” tampoco
coincide del todo, por ejemoplo, con el de “eretismo”.
Es lo mismo, o casi lo mismo, no ya propiamente en lo que se
refiere a la castidad o la lujuria de la persona , sino a la
expresión de lo amoroso o lo erótico, en algunos grandes poetas
del siglo XIX, como los alemanes Goethe, Novalis, Hölderlin,
Heine; el español Bécquer, los franceses Gerard de Nerval,
Víctor Hugo, Musset, Baudelaire, Verlaine; los ingleses Shelley,
Byron, Keats; los italianos Leopardi y Manzoni, y en el siglo
XVII, por ejemplo, los famosos sonetos de Shakespeare de los que
nunca se ha sabido bien si evocan a una amada o a un amado; de
todos los citados es sin duda alguna el francés Verlaine el que
con mayor crudeza se ha referido en sus Poèmes érotiques,
“Amies”, “Femmes”, “Hombres” (así en español en el texto) a la
relación hetero- y homosexual hombre-mujer, hombre-hombre y
mujer-mujer; pero hay que recalcar que ya los poetas latinos,
como Catulo u Horacio, suelen expresar el amor y la sexualidad
de una manera cruda y sin velos, aunque a veces lo que dicen
tiene que ver más con la sátira que con el lirismo, como en el
caso de Juvenal: zahiriendo las costumbres disolutas de la Roma
de su tiempo Juvenal se refiere a la esposa del emperador que se
escapaba del palacio y pasaba las noches en un burdel, y ya al
alba, dice, “lassa viris sed non satiata recessit”: se iba,
fatigada del hombre, pero no saciada: es lo que dice literal y
llanamente el poeta latino; quince siglos más tarde Francisco de
Quevedo en España traduce este verso terso, somero y objetivo,
de la siguiente manera: “Se iba fatigada mas no harta / del
adúltero y sucio movimiento”: el poeta latino había dicho
lacónicamente “del hombre” o “del varon”, como queramos
traducir; sin embargo, en lo que se refiere a la sexualidad en
la poesía, es el mismo Quevedo, muy admirado por Gonzalo Rojas,
quien dice en un soneto: Quiero gozar, Gutiérrez; que no
quiero / tener gusto mental tarde y mañana; (…) No
pido calidades ni linajes; que no es mi pija libro del Becerro,
/ ni muda el coño por el don, visajes.
Esta manera abierta y sin tapujos léxicos de referirse al amor
sexual prefigura ya en cierto modo la manera igualmente abierta
de referirse al sexo en la obra de Rojas, aunque con mucho menos
crudeza , sobre todo que sus textos, al contrario de este
ejemplo de Quevedo y al contrario también del desenfado erótico
(casi podríamos decir pornográfico) de Verlaine, están como
envueltos en una atmósfera ya de ternura, ya de ironía, de
meditación y de interrogación que por lo general trasluce un
sentimiento de interés y de simpatía por el otro, o sea, en el
caso de Rojas, por la otra: este tono interrogativo y,
digamos, pensativo viene a modular en el poeta chileno la
expresión del deseo y de la urgencia sexual; un ejemplo de ello
es el primer poema del libro donde el poeta ha reunido casi
todos sus poemas de tema erótico, libro intitulado Qué se ama
cuando se ama, título de este primer poema y título del
libro que comprende 78 textos en la edición de la poesía
completa de Rojas en la editorial Visor (Madrid, 2000 – 2003)
con el título Metamorfosis de lo mismo, (otra edición de
la poesía erótica de Rojas con el título Las hermosas.
Poesías de amor en la editorial Hiperión incluye 90 textos
más o menos eróticos). Leo completo el poema Qué se ama
cuando se ama porque en su andadura interrogante y en el
sentimiento de angustia que en él subyace este texto es un buen
ejemplo de la hondura del sentimiento en la poesía erótica del
poeta chileno:
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios, la luz terrible de
la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus
rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas
fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder
amar
trescientas a la vez , porque estoy condenado siempre a
una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo
paraíso.
Esa una son todas las mujeres, una por una… Dice que no puede
amar a trescientas a la vez, cosa efectivamente difícil, pero es
posible entender que sí podría amar a las trescientas una por
una y volver a empezar… Para saber cuánto duraría la cosa habría
que hacer cálculos; a lo largo de los textos “una” parece ser
muchas, una por una, pero entre tantas es preciso recalcar que
hay una una que sobrevuela y se destaca de entre todas
las otras, que aparece y reaparece en los textos como una
fantasma o como una mujer viviendo ya en la muerte y que entre
tantas otras parece ser como la representación de esa ´´unica”
que realmente existe en la poesía de Rojas, la que Dios
le dio en el viejo paraíso, y resulta ser también la única que
en la obra poética lleva un nombe propio: Hilda, la esposa que
vivía con él en el Torreón del Renegado; ahí murió y esta muerta
parece ser la única mujer que realmente existe en la poesía de
Rojas, quizá no en la vida pero seguramente sí en la poesía. En
relación con esto me permitiré ser anecdótico por unos minutos.
Yo conocí a Gonzalo Rojas en un simposio en Caracas, en julio de
1977. Al terminar una sesión del coloquio se me acercó y se me
presentó Gonzalo, un hombre muy afable, trayendome un libro
intitulado Oscuro, editado en Caracas el mismo año de
1977, con una dedicatoria: me permito leerla porque la poesía
del libro Oscuro parece iluminar lo oscuro desde lo
hondo: dice “Para Américo FERRARI que lo ilumina todo desde lo
hondo. En el oxígeno de Vallejo”; o sea lo oscuro y la
iluminación de lo oscuro por el poema relámpago: la poesía: que
es lo que ha hecho siempre Rojas. Después recibí una carta de
Gustavo llena de desolación: me daba la noticia de la muerte de
Hilda, a la que visiblemente adoraba más allá de lo meramente
“erótico” o sensual. En el ya citado libro Oscuro hay
justamente un poema que se intitula “Vocales para Hilda” y creo
que sea Hilda la única de los personajes femeninos de la poesía
de Rojas que aparece varias veces con su nombre, y otras veces
está presente aunque no nombrada.(leo dos de las primeras y las
dos últimas estrofas de este poema): La que duerme ahí, la
sagrada, / la que me besa y me adivina / la translúcida, / la
vibrante / la loca / de amor, la cítara / alta: // tú, // nadie
/ sino flexiblemente / tú,/ la alta,/ en el aire alto / del
aceite / original / de la Especie (… ) //tú,// volcán / y
pétalos, llama; lengua / de amor / viva: //tú // hija del mar
/abierto / áureo, tú que danzas / inmóvil/ parada / en / la
transparencia / desde/ lo hondo/ del principio: (… )tú, // que
soplas / al viento / estas / vocales / oscuras, / estos /
acordes /pausados / en el enigma / de lo terrestre: // tú:
Estos versos están dedicados a la amada móvil que acompañaba al
poeta en su residencia del Torréon del Renegado en Chile y,
pienso, también en más de uno de su múltiples viajes por el
mundo. Tiempo después recibí una carta de Gustavo , lacónica y
dolorida en la que me comunicaba el fallecimiento de Hilda que
visiblemente lo afectó muchísimo; más tarde recibí, siempre del
poeta, un poema escrito a máquina, ahora publicado en todas las
ediciones y antologías de su poesía intitulado “Asma es amor”
con la dedicatoria A Hilda, mi centaura. Lo leo:
Más que por la A de amor estoy por la A
de asma, y me ahogo
de tu no aire, ábreme
alta mía única anclada ahí, no es bueno
el avión de palo en el que yaces con
vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro
de las que ya no estás, tu esbeltez
ya no está, tus grandes
pies hermosos, tu espinazo
de yegua de Faraón, y es tan difícil
este resuello, tú
me entiendes: asma
es amor.
Se podría deducir de este poema que la enfermedad que mató a
Hilda fuese el asma. Poema, este, lacónico, a la amada ya
inmóvil, que es el título, La amada inmóvil, que dio el
gran poeta mexicano Amado Nervo a un poemario que escribió y
publicó tras la muerte de su esposa a la que idolatraba, lo
mismo que Gustavo Rojas a la suya; y ya que estamos en el plano
de las analogías debemos recordar un excelente poemario del
poeta francés contemporáneo Yves Bonnefoy, que ha cantado
también a la amada muerta, ya inmóvil pero que sin embargo se
mueve; se intitula Du mouvement et de l’immobilité de Douve:
Douve es naturalmente la amada inmóvil que ahora parece moverse
en el movimiento del poema, de la sucesión de los poemas, aunque
algún crítico o profesor ha interpretado este “moviento” como el
moverse de los gusanos que devoran el cadáver de la amada; la
amada inmóvil tan presente en la poesía de Gustavo Rojas es
también un tema en esa poesía popular que es el tango y
precisamente hay un tango célebre que se refiere a ella, su
letra es bastante conocida: Sus ojos se cerraron / y el mundo
sigue andando, / su boca que era mía / ya no me besa más. / Se
apagaron los ecos / de su reír sonoro / y es cruel este silencio
/ que me hace tanto mal.
Por fin hay que señalar que Hilda está presente o nombrada en
varios poemas de Rojas a lo largo de los años y de la vida de
quien los escribió; ella o su nombre que designa a ella: la
ella
que aparece nombrada en más de un poema que la evoca
refiriéndose al abolido tiempo de la muerte, sobrevolando la
tribu de hembras que se agolpan en los textos eróticos de
Gonzalo: así en el poema “Cerámica” donde evoca al que fue el
cuerpo de la amada ahora confundido con la tierra:
el cuándo / ya sin ojos, el / sucio cuándo del / que Hilda y
Tuly hablan bajito,/ tierra / con tierra / paloma / con paloma.
Finalmente y en relación con la presencia de Hilda en la poesía
de Rojas hay que tener presente un poema largo impregnado de
lirismo en cuatro partes intitulado
El amor
que se refiere insistentement a una ausente o a una amada
inmóvil y en el que podríamos intuir que se trata siempre de
aquella muerta que vive en la poesía de Rojas: Hilda, porque
visiblemente en este texto el poeta habla con una amada muerta
como si estuviera viva o como si el poeta mismo estuviera ya en
el umbral de la muerte:
Mujer, el tiempo pasa. Yo soy un hombre, Tú / eres una mujer. La
poesía / es nuestra sangre. Todo / lo que puede decirse de
nosotros es eso / y algo más que es inútil / repetirlo.
Veamos ahora algo más de cerca a las mujeres de la tribu y el
erotismo que las conecta con los hombres de la tribu. Gonzalo
Rojas ha optado visiblemente por reunir toda o casi toda su
poesía erótica o amatoria en uno o dos poemarios según lo
entendamos que constituyen dos libros independientes: el primero
desde el punto de vista cronológico, en la ediciones Hiperión,
primera edición 1991, segunda edición 1999, se intitula
Las hermosas – Poesías de amor,
y
contiene en la segunda edición 90 textos amatorios encabezados
por el poema
Las hermosas;
el segundo poemario con el título
¿Qué se ama cuando se ama?
está integrado en la obra poética completa (Metamorfosis
de lo mismo. Poesía completa.
Colección Visor de poesía, Primera edición 2000; segunda edición
2003)
y contiene 77 textos. Este título de poema ¿Qué
se ama cuando se ama?,
ya citado y leído al principio de esta charla, es el primero en
la Poesía completa de Visor y el último en el volumen
Las hermosas
de Hiperión, como si, comparando las dos ediciones, este texto
indicara la puerta de entrada y de salida de la obra erótica,
como si fuera una clave para situarnos en sus límites.
Recordemos la última estrofa del texto:
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder
amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a
una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo
paraíso.
Hemos sugerido ya que aquella
una
que más cuenta, aquella única, parece encarnar sobre todo en la
figura de Hilda, la amada inmóvil: las otras que ambulan por los
textos, las trescientas o por qué no tres mil son inabordables
una por una, pero la poesía realiza el milagro de condensarlas a
todas en unas cuantas y esas cuantas son a la vez abordables y
evanescentes y de poema en poema aquella única que aparece en el
poema y en cada poema es al mismo tiempo insistencia de la vida
y llamado de la muerte o también salvación y condenación: como
si la unión inextricable de la muerte y la vida encarnara de
poema en poema en el cuerpo y el alma de una mujer; y hacia esa
unión corre el poeta: hacia “eso que no se cura / sino con la
presencia y la figura”; dos versos de San Juan dela Cruz
referidos a la búsqueda de Dios y a la unión con Dios. Gonzalo
Rojas cita o refiere a menudo a dos poetas clásicos españoles:
San Juan de la Cruz y Quevedo, y tiene incluso un poema
enteramente dedicado al místico español: “El domingo en persona
soñé con Juan de Yepes”, (nombre y apellido verdaderos del
santo); pero lo que el místico del siglo XVI refiere a Dios,
aquí, en el poema que lleva por título “Eso que no se cura” el
poeta chileno lo refiere a la mujer y a la búsqueda de la mujer
o a la unión con ella; unión, en otros textos exaltada y en este
poema deprimida y cargada de un sentido fuertemente negativo.
Leo:
Eso que no se cura
sino con la presencia y la figura,
esa dolencia me arde y me devora
en este puerto muerto,
todo de sed y espinas coronado.
La mujer es la imagen de toda destrucción.
La razón de los sesos destapada.
La razón, la ficción.
Esa pobre razón.
Oh, dejadla.
Miradla cómo va pisando por el mar.
Llorando por el mar con su sangre marítima.
De compras por el mar. De venta por el mar.
Oh cuánto mar en ruinas.
Oh cuánto amor en ruinas, masacrado.
Oh virtud y belleza,
tras las vitrinas
de las grandes tiendas.
Pintada por su gran frivolidad,
vedla, ya trágica, ya cínica.
Pintada adentro de su espejo,
Vacía.
Este texto tan duro no ya para con una mujer sino para con
la
mujer, con toda la generalidad que da a los seres y a las cosas
el artículo llamado definido, es más bien en Rojas una
excepción, pero que viene a añadirse a toda una enciclopedia de
denuestos y execraciones referidos a la mujer, desde Platón
(“cuando un hombre es malo renace en el cuerpo de un animal,
pero si es muy malo, renace en el cuerpo de una mujer”); y
después, a lo largo de los siglos, “la mujer es un saco de
basura” (un místico de la edad media); “la mujer es un ser de
cabellos largos e inteligencia corta” (Schopenhauer), “en el
fondo de su corazón el hombre es simplemente malo, pero en el
fondo de su corazón la mujer es perversa” (Nietzsche), “la
mujer, esclava vil, orgullosa y estúpida” (Baudelaire), etc.,
etc. Hay que decir que el texto que acabo de citar, esa visión
negativa de “la mujer·” en su generalidad, es una excepción en
la obra poética de Rojas, y no he encontrado en ella sino otro
texto más o menos negativo, “Las mujeres vacías”, título que
encabeza un breve cuarteto:
Pasan el día pintando otro cuerpo/ sobre su cuerpo, sudan /
pintura con partículas de sangre /mezclada a su belleza;
finalmente, uno, feroz, y probablemente biográfico y no
inventado que lleva por título “A esa empusa” que es una
retahila de denuestos a una mujer X : una “empusa” : una mala
mujer o una mujer mala o quizá sencillamente una mujer que no
tuvo la suerte de amar al poeta: es éste un texto que se destaca
en la obra por la violencia verbal y la expresión del desprecio
y de la cólera para con esa “empusa” . Leo este poema sumamente
violento, sobre todo porque es el único en toda la obra negativo
y duro no ya para con “la mujer” sino para con “una mujer” y
también porque esta violencia verbal y esta agresividad tienen
mucho que ver también con el erotismo, y la violencia física que
a menudo lo acompañan, pero que en poetas amorosos como Rojas se
puede suponer que se queda en lo verbal. Dice el poema:
¿Culebra, o mordedura de pestañas quemadas, o únicamente víbora
del mal amor? A pocos centímetros me fuiste
movediza, arenosa. Nunca entraste.
Nunca saliste, y todo fue polilla a lo largo del encanto. Creí
preferible casarme con la peste. Total, estaba loco
y tú eras suficientemente falsa.
Porque, aunque escondas eso, ni todo el aparato del pudor
ni la sábana frígida de Epicteto te cubren lo justo y necesario
más abajo de cuando, feamente desnuda, repliegas venenoso el
caracol y estiras
la fierecilla blanda de treinta y cinco dedos que todo y todo y
todo lo calculan,
pesadamente puerca.
Meses hay, meses hubo que al mortal se le vuelan los cuarenta
sentidos
sin ser malo ni bueno, y se oscurece,
y hasta se transfigura. Meses hay
lerdos y envilecidos, como si todo el aire fuera mosca,
en los que uno confunde la trampa con el cielo. Y es fácil que
nos den
una mujer por otra, y es sucia la desgracia.
Culebra, víbora del mal amor, pesadamente puerca, polilla, peor
que la peste: digamos que no se puede tratar de peor manera a
una mujer por más movediza y arenosa que sea, y ésta es
visiblemente
una
mujer singular y no
la
mujer genérica como aparece en otros poemas de Rojas. Los poetas
tienen a veces momentos de mal humor y el de este texto parece
ser uno de ellos: mal humor provocado por el mal amor de una
mala mujer. Veamos ahora algunas de las buenas en el sentido
físico del “qué buena está” que decimos en español, y en el
sentido moral de la bondad. En los versos del poeta chileno
podemos decir que son pocas pero son, glosando un verso de César
Vallejo que habla de los golpes del destino.
Empecemos por un poema de los que podríamos llamar genéricos, es
decir que se refieren a la mujer y no a una mujer en particular
y fijémonos en el primer texto que abre el libro de poemas
eróticos intitulado
Las hermosas
en la edición de Hiperión , 1999 y que contiene 90 poemas. Cómo
son las hermosas y qué hacen. Dejemos responder al poeta:
Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de
la piel a los vestidos,
turgentes, desafiantes, rápida la marea,
pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus
finos tacones
y germinan, germinan como plantas silvestres en la
calle,
y echan su aroma duro verdemente.
Cálidas, impalpables del verano que zumba carnicero. Ni
rosas
ni arcángeles: muchachas del país, adivinas
del hombre (… … … … … … … … … … … … … )
Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves.
Cacería
de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el
baile
de las calles veloces. Hembras, hembras
en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco
sentidos
para sacar apenas el beso de la espuma.
Se puede decir que este poema recargado de sexualidad está
también recargado de ternura y de simpatía por las muchahas del
país, hembras adivinas del hombre pero también cazadoras del
mismo: doñas Juanas cazando Don Juanes, mientras que nosotros,
los hombres, echamos las redes de todos nuestros cinco sentidos
para pescar apenas un beso… de la espuma: parece poco, pero es
como una imagen marítima que recuerda la figura clásica de Venus
en una concha, emergiendo del mar; y finalmente el texto,
recargado de todo eso, está también recargado de poesía y de
humor que es lo menos que se le pueda pedir a un poeta erótico.
Pasemos a otro texto que más aún que el anterior rebosa erotismo
poético; se intitula muy elocuentemente “El fornicio”, o sea la
fornicación pero más distinguido. Todo el texto, desde la
primera a la última palabra, está escrito en el modo condicional
: te besara, te tocara, te lamiera, te olfateara, te
enloqueciera, y es pues brillantemente realizado en la escritura
, como lo subraya el poeta a lo largo del texto, el poema
ardiente del deseo ardiente no realizado en la realidad pero que
se realiza en la expresión del deseo que llena magnificamente
todo el poema.; extraigo de él unos fragmentos:
Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te
turbulentamente besara, / mi vergonzosa, en esos muslos/ de
individua blanca, tocara esos pies / para otro vuelo más aire
que ese aire / felino de tu fragancia, te dijera española / mía,
francesa mía, inglesa, ragazza, / nórdica, boreal (… ) Te oyera
aullar, / te fuera mordiendo hasta las últimas / amapolas, mi
posesa, te todavía /enloqueciera (… ) te nadara / en la
inmensidad / insaciable de la lascivia /… ) te lamiera, / te
olfateara como el león a su leona / parara el sol / fálicamente
mía,/ ¡te amara!
El amor deseado o posible pero no hecho. Una buena parte de la
poesía erótica de Gonzalo Rojas refiere al deseo más que a la
satisfacción del deseo y canta, más que la relación erótica, su
posibilidad y, algunas veces, su frustración, como en el poema
intitulado “La salvación”; notemos que este poema del amor ya
imposible, en la edición de Hiperión (1999) está fechado en 1936
(año en que el poeta cumplía 19), mientras que en la edición de
Visor (2003) el mismo poema exactamente igual, letra por letra y
coma por coma, lleva la fecha 1941. En 1936 Rojas tenía 19 años,
en 1941 24: será porque a los poetas nos disgusta el calendario
y el tiempo fechado que nos punza como espinas: “azotado de
fechas con espinas” dice un verso de César Vallejo. Cierro mi
paréntesis y volvemos al poema “La salvación”, de todos modos un
poema de la juventud del poeta entre los 19 y los 24 años, como
le parezca al lector. En este texto el poeta expresa con gran
amargura su arrepentimiento de no haberse acostado con una
muchacha que lloraba amargamente la reciente muerte de su novio:
Me enamoré de ti cuando llorabas
a tu novio molido por la muerte
(… … … … … … … … … … … … … … … … ..)
Oh cuánto me arrepiento
de haber perdido aquella noche bajo los árboles,
mientras sonaba el mar entre la niebla
y tú estabas elécrica y llorosa
bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento
de haberme conformado con tu rostro,
con tu voz y tus dedos,
de no haberte excitado, de no haberte tomado y poseído
(… … … … … … … … … … … … … … … … … … … …)
Pero fui delicado,
y lo que vino a ser una obsesión
habría sido apenas un vestido rasgado,
unas piernas cansadas de correr y correr
detrás del instantaneo frenesí, y el sudor
de una joven y un joven, libres ya de la muerte.
¿Por qué no fui feroz, por qué no te salvé
de lo turbio y perverso que exhalan los difuntos?
¿Por qué no te preñé como varón
aquella oscura noche de tormenta?
Lo único que en este poema abiertamente erótico queda oscuro es
el título “La salvación”, y uno se pregunta de qué se salvan la
muchacha y el muchacho; ciertamente no, en la óptica del poeta,
de haber cometido un sacrilegio ni ofendido la memoria del
muerto porque si no hay el arrepentimento de haber pecado hay en
el poema más bien el de no haber pecado, de no haber sido feroz
y no haber poseído a la chica, así que este título “La
salvación” queda como una incógnita; pero el poema debajo del
título nos parece estar entre los más logrados del autor, ya
desde el tema mismo: el arrepentimiento de no haber pecado, si
podemos decir.
Muchos poemas de Rojas, como estos dos últimos que he citado, se
fijan más en el deseo y la imaginación de la posesión de un
cuerpo que de su realización en el acto sexual. Un ejemplo de
ello es el poema que lleva por título “Californiana” donde se
trata de una muchacha que pasa “corriendo volando” por una calle
de San Francisco. Empieza:
Putidoncella como en Quevedo fuérame el azar/ de mujer:
pero a esta aparición fugaz la describe detalladamente: un metro
setenta, ojos paraísos, pezones, nuca, muslos: “Hablo / de una
que vi corriendo volando pagana / de su hermosura hoy en / San
Francisco”; y, lo mejor, esta chica aparece de entrada en el
poema como una “putidoncella” y esta putidoncella efectivamente
llena todo un soneto burlesco de Quevedo sobre lo que llaman los
franceses una “demi vierge”:
Melancólica estás, putidoncella, / solapo de la paz, buen gusto
grato / raída como empeina de zapato / que de mucho traído se
desuella;
//
Oh, quién te viera abierta como armella, /pasada por la broca de
un mulato,
etc.; ahora, no se entiende en absoluto por qué la muchacha que
pasa rápido por la calle y de la que el autor del poema no sabe
nada sería puta y doncella; para abundancia de detalles el poema
está fechado no sólo en San Francisco sino en una plaza de San
Francisco, Ghirardelli Square. Misterios Como esta californiana
hay más de una en la obra del poeta que son simplemente mujeres
que aparecen y desaparecen sin nombre y sin rostro. Una de ellas
es la cortesana del templo,
Queshim Quedeshóth
en fenicio según parece: título de un poema donde se mezcla
cierta ternura con el erotismo, la ironía y el humor y está ,
para mí, entre lo mejores del libro
Qué se ama cuando se ama.
El poeta presenta a la cortesana-bailarina fenicia como una puta
de a 50 dólares y como una artista en o por encima de la puta:
“Qedeshim qedeshhóth personaja, teóloga / loca, bronce, aullido
/ de bronce”: cortesana no de burdel sino de templo: “Pertenezco
al Templo, me dijo: soy Templo” y en cierto modo este texto, en
medio de la atmósfera fuertemente erótica que lo envuelve,
vincula de una manera abierta lo sexual y lo sagrado: y además
el lector se lleva la impresión de que lo sagrado reside, claro
está, mucho más en la puta que en el poeta.
Para completar la panoplia erótica de la poesía rojiana y
terminar esta charla, hay dos poemas que se abren a la relación
homosexual: muchacho-muchacho y muchacha-muchacha: el primero
“Playa con andróginos”; cito:
A él se le salía la muchacha y a la muchacha él / por la piel
espontánea, y era poderoso / ver cuatro en la figura de estos
dos / que se besaban sobre la arena; vicioso/ era lo viscoso o
al revés; la escena/ iba de la playa a las nubes.
El segundo se intitula “A unas muchachas que hacen eso en lo
oscuro”:
Bésense en la boca, lésbicas /baudelairianas, árdanse,
aliméntense / o no por el tacto rubio de los pelos,
largo / a largo el hueso gozoso, vívanse / la una a la otra en
la sábana perversa / / y
//
aúreas y serpientes ríanse del vicio en el encantamiento
flexible(… ).
La referencia a Baudelaire (lésbicas baudelairianas) refiere a
un poema del poeta francés ocupado enteramente por dos
lesbianas.
Finalmente, podemos decir que la inspiración erótica y la
expresión directa pero siempre lírica de la relación sexual y
sensual es un aspecto de lo más importante en la obra poética de
Gonzalo Rojas, importante incluso por la libertad de la
expresión y la insistencia de esta expresión, mayor quizá que en
otros poetas de lengua española, sobre todo hispanoamericanos,
como César Vallejo, Pablo Neruda u Octavio Paz entre otros.
Erotismo no es amor pero, sobre todo en poesía, los dos colindan
y se mezclan,, y es éste uno de los aspectos importantes de la
obra del gran poeta que es Gonzalo Rojas. |