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juan l. ortiz

Juan L. Ortiz y su balada de los desvalidos

Iris Estela Longo

El aislamiento de los círculos literarios y políticos a que el poeta argentino Juan L. Ortiz acostumbró su vida, se tradujo en el carácter insular de su obra, que fue una conversación sin término sobre el secreto encanto de las cosas, las elegías del silencio y el sentimiento de los marginados.

Ortiz descreía de las autobiografías apartadas de su realidad inmediata, el verso. Porque en el verso encontraron cabida su comunión con el paisaje, la preocupación por el destino del hombre, un “ars poetica”, y tantas utopías que lo desvelaron. Y a su revolucionario universo lírico confió una elegida condición de nuncio de la esperanza. Desinteresado de sí mismo, se dirigió al lector, a nosotros, porque nos adivinó en actitud pasiva, y en el intento de sacudir la inercia, se fue armando de palabras y con ellas apuntó hacia nuestra quietud culpable.

Así, la rama en retoño de un lapacho funciona como el pretexto, la excusa a la que recurre la voz orticiana para trasponer la corteza de indiferencia con el corazón se reviste, al margen del reclamo por un mundo mejor:

¿Qué decís de la delicada fraternidad
que florecerá mañana
sobre el árbol fuerte de la vida?
“El lapacho florecido”. (En El álamo y el viento, 1947)

Su existencia, que transcurrió entre 1896 y 1978, comenzó en Puerto Ruiz, del departamento Gualeguay, en la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje describió para siempre:

No hay en tu tierra gracias sorprendentes de líneas
-apenas una suave melodía de curvas-,
pero tiene ella un
encanto de mujer, de sencilla, de agreste
belleza,
vestida de un silencio verde y feliz de campo,
toda húmeda de una alegría de arroyos,
con una cabellera densa de árboles libres.
“Entre Ríos”. (En El agua y la noche, 1933)

Pero su voz acusa, después de haber alabado la placidez de un río “todo dorado de Mayo”:

Un chico pálido me ofrece su juguete vivo.
Horror. Su dicha por treinta centavos.
Su dicha: la perrita a él identificada
que le mira gritando, y salta, húmedos los ojos
de una mirada, oh, qué mirada!

Su juguete. Pero su estómago ardía.
Un chico que ofrece su dicha por treinta centavos.
¡Hombres míos! El Otoño. ¡No nombréis al Otoño!
“El río todo dorado...” ( En El ángel inclinado, 1938)

Aquel muchachito que vendía su perrita por unos centavos porque “su estómado ardía”, retorna en la problemática social que a partir de Juanele abordaron tantos entrerrianos. En el poema “He mirado...” de El aire con-movido, se refirió no sólo al animal abandonado, recogido en un baldio, al que el poeta siente como su vínculo con un mundo de vidas secretas, sino a los rostros de niños envejecidos, los niños de los infiernos helados de las ciudades y los pueblos, con sus caritas afinadas por el hambre. Por eso le nace la palabra “caricia”; ellos necesitan de sus caricias:

La caricia, sí, la caricia dolorosa para esas cabezas alargadas,
para esos pelos ásperos y sucios, para esos ojos pálidos y pequeños y arrugados,
y esas miradas tímidas que se buscan desde la hondura de la noche común.
“He mirado... ( En El aire conmovido, 1949)

En las Obras Completas de Juanele,que editó la Universidad Nacional del Litoral en 1996, al cumplirse el centenario de su nacimiento, se incluyeron las “Prosas Inéditas”, donde encontró cabida su protesta por las desigualdades sociales y el sufrimiento de los desvalidos. Las conexiones entre estas prosas y los poemas surgen a la primera lectura, como ya ha sido señalado. Pero nos interesa un cuento, donde el reproche alcanza el punto máximo de la tensión emotiva, y cuyo clima y suspenso orillan la perfección: “Lisa” se titula la pequeña historia sobre una niña pobre que, atraída por el brillo seductor de un anillo, se adelanta a tomarlo, pero es sorprendida por su patrona. A su reacción la describe Ortiz en un escueto y contundente desenlace: “su mano vaciló y el anillo cayó con un ruido frágil y penoso al tiempo que una furia gigantesca avanzaba ante ella con una tremenda decisión”. No usó los adjetivos sin meditarlos: el ruido con que el anillo cae es “frágil” y “penoso”, dos representaciones que apuntan màs a los sentimientos de la niña que a la identificación del ruido con que cae el objeto de su éxtasis. Del mismo modo, quien avanza sobre ella no es una persona sino “una furia gigantesca”; lo que importa no es el tamaño del cuerpo sino la dimensión de su ira, y el acercamiento final entre el sustantivo “decisión” y el adjetivo “tremenda” no puede sino horrorizar al lector, obligado a imaginar el brutal castigo que esa asociación sugiere.

La preocupación por los indefensos encuentra otro cauce en el escrito que titula “Niños, copas”, con su registro de la conmovedora adhesión de los animales hacia los niños pobres, en una sociedad tan perfecta que “primeramente los crea y luego les quita hasta las madres”. .

Y hablando de niños, se lamenta por la desaparición de las calesitas de su mundo concreto. ¿No comprobáis que son menos en los lugares de di-versión, que las que funcionan son calesitas mutiladas, incompletas, sin caballos, calesitas a medias? Durante su propia niñez –recuerda- se viajaba en verdaderas calesitas alrededor del mundo, del eje del mundo. Pero este pensamiento lo lleva a otro, menos inocente: no le parece posible soslayar el mundo de algunos “niños temibles”, que se arman de hábiles metafísicas para dotar de una terrible realidad teórica a la nada, el vértigo, la sangre, obvias referencias a la maldad de quienes, llevados por incomprensibles caprichos, urden la fe-rocidad de las guerras.

Un verdadero poema en prosa consigue con “Aquel pájaro miraba”, al que sería lícito asociar con el episodio del “Libro de Sigüenza”, de Gabriel Miró, donde el sensitivo escritor español relata las peripecias de una tarde en que contrasta la presencia de hermosas, delicadas doncellas, socios muy galanos, todo el patriciado de la ciudad, frente a feroces tiradores que des-cuelgan sus “maravillosas” escopetas, cargadas con cartuchos largos, enor-mes (“buenos para la caza del león”), para hacer blanco en pájaros en-jaulados a los que se los hace salir al azul de la tarde, como un dardo de vida.

Después dirá en “Las colinas”, de El alma y las colinas (1956), magnífica Pastoral de casi mil versos con que culmina su unión mística con el paisaje, que no quiere ver más hombres canosos con las tropas, por las leguas del frío, ni sus viejos ponchos remendados, como las banderas de la lluvia, ni a esos chicos con la piel partida de las escuelitas de paja, “temblando por el sol corrido del recreo”; tampoco a esas mujeres de edad que buscan leña por la calle o por el anochecer del monte. Pero las “niñas/colinas”, una metáfora que sostiene a lo largo de la composición (como en una sonata cíclica), no sueñan en vano, y habrá un mañana de calandrias, y el cielo se abrirá para la ronda del gran día.

Coincidiendo con Shelley, Ortiz abriga la esperanza de un mundo mejor. Como el poeta de La Reina Mab, su fe en el destino humano lo hace confiar en que un día, guiados por el amor y un verdadero sentido de la justicia, los hombres podrán desterrar el mal.

A la manera de una sinfonía, donde el sonido de cada instrumento vale por sí mismo pero llega a los oídos del oyente unificado por una melodía en la que convergen notas diferentes, la obra de Ortiz contiene una autobio-grafía en tres tiempos, que podría rastrearse a partir de “La casa de los pájaros”, en El álamo y el viento (1947). El segundo y tercer tiempo estarían representados por “Villaguay”, en La mano infinita (1951) y “Gualeguay”, en La brisa profunda (1954). Imaginamos las protestas del conocedor: ¿Y “Diana”, el tierno retrato de una “compañera discreta”? ¿Y “Fui a río”, con su comunión con el paisaje? ¿Y las referencias de “Jornadas” a las tareas burocráticas que cumplió en el Registro Civil de Gualeguay? La protesta es válida: estas piezas también registran con-fesiones de vivencias. Sucede que, como alguna vez se dijo de su poesía, toda ella es un “dardo” de vida; no fue por capricho que Juanele le contestó a otro poeta entrerriano, Alfredo Veiravé, cuando éste le solicitó unas líneas biográficas: “Le mando mis poemas “Villaguay” y Gualeguay”...

“La casa de los pájaros” funciona como el preludio de los poemas extensos, que encierran su tiempo recuperado, de filiación proustiana. Fue la última que ocupó el poeta en Gualeguay; una casa sencilla, “irreal casi de celeste y de verde”. Aquí recrea sus lecturas nocturnas junto al fuego, su traslado desde el pueblo en una bicicleta, de la cual se apeaba para saludar a los trabajadores del camino, en quienes veía a la esperanza triunfando desde el Este sobre la noche de los /chacales/ para todos los trabajadores del mundo,/ para / todos los pobres del mundo. Y el verso se va ampliando como su pensamiento, encabalgándose en seriaciones sin fin, hasta arribar a un éxtasis que oculta la tristeza del poeta. Aunque su tristeza desemboque en la esperanza, en una visión utópica de la realidad, pero esperanzada siempre.

Cuatro años transcurrieron desde el primero al segundo tiempo de esta sinfonía. El poema “Villaguay” es un despacioso trabajo de la memoria, que le permite rememorar su infancia en el pueblo: Una infancia de siestas en el monte,/ con su silencio lleno de flores raras y de lazos/invisibles,/ verde sobre los tajamares y las fantásticas criaturas/de luz... El poeta recuerda a la señorita Amelia, su canto y sus dedos de nácar, Delgada sombra allá, en el más allá, seguirás/  poniendo alas a los tiernos espíritus?..., y la conmemoración del 25 de mayo, con la prenda nueva, el chocolate cálido en la escuela, los cantos en la plaza bicolor, las dianas y las retretas, dicha que un suceso infausto interrumpe, una tarde en “Las Toscas” con el hermano grande/ que quería probar su arma, mientras la hermana suspiraba también a Jorge Isaacs en aquel “Soñé/ vagar por bosques de palmeras”. Pero el drama de los marginados lo sor-prende en la tierna mañana, cuando se enfrenta a caravanas de hombres rotosos, con la bolsa al hombro.

En un libro posterior, El junco y la corriente, reeditará la vuelta al pueblo, pero esta vez con forma de vidalita (“Vidalita de la vuelta”); allí confiesa que nunca venció sus miedos de la infancia, y reaparecen los baldíos, las cañadas, los amigos.

La pieza final de La brisa profunda (1954) se llamò “Gualeguay”, el tercer tiempo de la autobiografía. Este “poema sinfónico”, como ha sido calificado, fue escrito con motivo de los 170 años de la fundación de la ciudad de Gualeguay; Ortiz sigue hablando con naturalidad, como si nunca se hubiera interrumpido el diálogo ( a veces el monólogo) que inició en “La casa de los pájaros” y continuó en “Villaguay”. Ahora ofrece datos precisos: sus tres primeros años trans-currieron en Puerto Ruiz, y su evocación rescata a Enedina, la hija de la maestra -viniendo luego hacia nosotros del crepúsculo de su patio/ con una sonrisa adentro que le plegaba casi toda/ la carita-, los juegos en la calle, el carnaval, las mascaritas, el almacén, la chacra amiga y la lluvia con sus flores estalladas sobre/ el patio de ladrillos.

Suma lecturas: Shakespeare, Homero, Federico Mistral, Bécquer, la fas-cinación de Juan Ramón Jiménez, Maeterlink y Tolstoi; y Barrés, que ali-mentó su fe en la nueva doctrina. Le duele recordar las burlas con que los lugareños recibían al intruso, “un alambre vestido”, tan luego a él, una criatura en la bruma –distraído hasta saludar a veces a los postes-, que amaba tanto a esas gentes. Con los amigos paseaba por un Parque que entonces no tenía caminos para los autos, o iba en canoa a un “tiempo de isla”; allí saludaba a las apariciones humildes: arañas, hormigas, ramitas, gallitos del agua, teros y gallinetas, campanillas... en un silencio de trama efímera, contemplando la “celistia” y la lunación del agua, que todos asumían “ebriamente”.

Abandonando su torre de marfil, el poeta se reunía con los amigos para arreglar el destino del mundo, que pasaba entre los dedos de todos como una cera tibia.

De repente, el amor; ella, seria en su gracia de juquillo, junto a una hermana rubia: La vi, la vi de veras,yo? Y volvió a verla, cruzando la calle como si cruzara sobre su propia vida... El Parque fue entonces para ella, y ese Octubre fue sin fin...

Pero había nacido el hijo, y lo llevaban al Parque, y él abría cabellos de lluvia en los llantos/ verdes que la canoa turbaba...

No obstante, y como de costumbre, los silencios de harapos en los ranchitos llenarán al poeta de vergüenza.

Todos los recursos de su taller concurren en tal sinfonía autobiográfica, para conformar imágenes donde lo heroico y lo elegíaco se confunden; paradojalmente, la fuerza de las figuras deviene de su formulación en una escritura de pasmosa fragilidad. Este contemplativo, que amó a su región con la obstinación del sabio, introdujo una palabra de quebradizo aspecto en el coro del universo, para recordarnos la deuda de cada uno con su prójimo, porque todo está por hacerse cuando la meta es el bienestar de los desvalidos; para alertarnos que urge actualizar la convocatoria y fundar nuevamente el mundo; urge evitar que el amor se transforme en una pasión olvidada.

 

BIBLIOGRAFÍA

ORTIZ, JUAN L. En el aura del sauce. Editorial Biblioteca (De-partamento de Publicaciones de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil), Rosario (Santa Fe), Argentina, 1970, 3 Tomos.

_____ . Obra Completa. En el aura del sauce. Poesías y Prosas Inéditas. Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe, Argentina, 1996.

 

 

5 POEMAS DE JUAN L. ORTIZ

 

“ENTRE RÍOS”

Es tan clara tu luz como una inocencia

toda temblorosa y azul.

Tu cielo está limpio de humo de chimeneas

curvado en una alta

paz de agua suspensa.

Y tus ciudades blancas, modestas, casi tímidas,

ríen su aseo rutilante entre las arboledas.

No hay en tu tierra gracias sorprendentes de líneas

 -apenas una suave melodía de curvas-,

pero tiene ella un

encanto de mujer, de sencilla, de agreste

belleza,

vestida de un silencio verde y feliz de campo,

toda húmeda de una alegría de arroyos,

con una cabellera densa de árboles libres.

(En El agua y la noche, 1933).

 

EL RÍO TODO DORADO...

El río todo dorado de Mayo,

ahondando Mayo en una ligera paz efímera,

u ondulándolo en gestos ricos bajo la tarde.

 

El río todo dorado de Mayo.

Un chico pálido me ofrece su juguete vivo.

Horror. Su dicha por treinta centavos.

Su dicha: la perrita a él identificada

que le mira gritando, y salta, húmedos los ojos

de una mirada, oh, de qué mirada.

 

Su juguete. Pero su estómago ardía.

Un chico que ofrece su dicha por treinta centavos.

¡Hombres míos! El Otoño. ¡No nombréis al Otoño!

(En El ángel inclinado, 1938)

 

FUI AL RÍO...

Fui al río, y lo sentía

cerca de mí, enfrente de mí.

Las ramas tenían voces

que no llegaban hasta mí.

La corriente decía

cosas que no entendía.

Me angustiaba casi.

Quería comprenderlo,

sentir qué decía el cielo vago y pálido en él

con sus primeras sílabas alargadas,

pero no podía.

 

Regresaba

-¿Era yo el que regresaba?-

en la angustia vaga

de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

 

De pronto sentí el río en mí,

corría en mí

con sus orillas trémulas de señas,

con sus hondos reflejos apenas estrellados.

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer,

y suspiraban en mí los árboles,

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

(En El ángel inclinado, 1938)

 

ESTAS PRIMERAS TARDES...

Estas primeras tardes de primavera,

tan celestes, tan puras

-Domingo que es una soledad

de luz y árboles-,

¡cómo me entristecen!

Perdonadme, camaradas, esta tristeza.

Estoy penetrado de sutiles, de viejos venenos.

Me entristecen quizás

porque bajo el vuelo posado de esta dicha aérea,

me encuentro frente al fantasma de mi soledad de antes.

¿O es que una dicha así impalpable

es siempre triste?

 

Excusadme, compañeros,

este suspiro.

Los Domingos de estos pueblos

tienen la sonrisa de una muerte encantadora.

 

Pájaros que apenas cantan.

Y árboles, árboles, sólo, con el cielo.

Pienso que si todos fueran dichosos,

cómo respondería esta dicha a la paz

fluida del cielo.

Guirnaldas humanas ondularían armoniosamente

cantando las canciones sencillas y bellas

de los poetas amados de todos.

Las músicas que soñaba Debussy para los parques,

harían un tejido frágil y grave, suspendido.

¿Es esta tristeza, entonces, la tristeza de la posesión?

 

Si en todos estuviera esta dicha

como una gracia transparente

que diera ritmo a los cuerpos,

melodía a la voz,

amor vivo, vivo, a las almas,

sensibilidad a todos bajo los dedos de la música,

yo no estuviera triste.

La belleza de la tarde

no sería recogida sólo por los árboles,

por los pájaros, por el río que la lleva, hacia dónde?

por un refinado nostálgico y ultrasensible,

sino que tendría también una más amplia, inmediata, y

por qué no?

 más completa

expresión humana.

La tarde para todos, compañeros.

(En El alba sube, 1937)

 

AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE RIMAS...

Ah, mis amigos, habláis de rimas

y habláis finamente de los crecimientos libres...

en la seda fantástica que os dan las hadas de los leños

con sus suplicios de tísicas

sobresaltadas

de alas...

 

¿Pero habéis pensado

que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio de crecida.

desnudo casi bajo las aguas del cielo?

 

¿Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo

del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde “la división”,

despedido del “espíritu”, él, que sostiene oscuramente sus juegos

con el pan que él amasa y que debe recibir a veces,

en un insulto de piedra?

 

¿Habéis pensado, mis amigos,

que es una red de sangre la que os salva del vacío,

en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,

de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,

a no ser una escritura de vidrio?

 

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,

y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto...

Y sé que a veces halláis la melodía más difícil

que duerme en aquéllos que mueren de silencio,

corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...

Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía

igual que en un capullo...

No olvidéis que la poesía,

si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,

es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,

cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin

y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor...

(En De las raíces y del cielo, 1958)

 

 

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