|
Retorno de Enriqueta Ochoa
Víctor Toledo
I
Conocí a Enriqueta Ochoa (Torreón, Coahuila, 2 de mayo de 1928)
hace casi 20 años (el 12 de septiembre de 1983, cuando me
obsequió Retorno de Electra, 1978) y unos meses antes a Marianne
Toussaint, su hija única y también poeta.
Durante mis últimos años en la Ciudad de México, cultivamos gran
amistad, la frecuentaba mucho: para los poetas jóvenes que
éramos entonces fue una dulcísima madre cósmica, llenándonos de
suavidad, consejos y misterio, apoyándonos, leyendo nuestros
versos (una noche inolvidable me contó cómo vio a dios, otra me
reveló su pasión por Milosz, el viejo Oscar Lubicz , tío, si no
equivoco, del otro gran Milosz, contemporáneo Czeslaw. También
amaba a Rilke casi tan profundamente como Marina Tsvietáieva).
Enriqueta no era una poeta muy conocida, a pesar de haber sido
seleccionada, en 1959, por ejemplo, por Simón Latino en la
Antología de la poesía sexual, de Rubén Darío a hoy, célebre
colección bonaerence de poesía universal “Cuadernillos de
Poesía”, junto a Aleixandre, Neruda, Bandeira, Rojas, Mistral,
Vallejo, entre otros, y Paz, Sabines, Chumacero, Rebolledo,
Castellanos, Diaz Mirón, González Martínez (Enrique), Novo
(entre los mexicanos) con este soberbio poema:
REPROCHE
Desarráigame ahora que un viento de sepulcros
me golpea en las arterias.
Desarráigame ahora.
Yo luche a tempestad de gritos en el vientre,
y te dije que no, que no, que no;
que en mí no dispersaras el polvo de otro polvo,
que no abrieras conmigo más rutas a la sangre,
mas mi voz fue enterrada por campanas de duelo
y espigada mi forma entre la piel y el suelo.
Tempestades de fuego conformaron mis venas,
leches trémulas de luna nutrieron mi epidermis
y un volante de furias fué timón de mi pecho.
Y yo siempre te dije que no, que no, que no;
que en mí no dispersaras el polvo de otro polvo,
y no hincaras más soles en el río de mis venas.
Latino refiere que Enriqueta “Pertenece a la más joven
generación de poetas mexicanos, habiendo publicado su primer
libro Las urgencias de un dios, en 1950... inició su carrera
literaria (en San Luis Potosí) publicando poemas en donde el
reclamo de la carne y un desesperado amor parecían conducirla
hacía Dios, como puerto final de su aventura, fue así que
escribió poesía religiosa que, según entendemos, ha abandonado
luego. Hoy reside en la capital azteca, en donde ha codirigido
la revista Metáfora, excelente grupo de jóvenes guerrilleros de
la poesía nueva, que ha dado a la poesía mexicana un impulso
certero. Enriqueta Ochoa es hondamente sincera en su
poesía: tiene cosas que decir y sabe decirlas, poniendo en sus
versos una fuerza vital poco usual en las mujeres.”
Enriqueta –sus primeros versos antologados datan de 1947- es
contemporánea de Rosario Castellanos, de Sabines, de Rubén
Bonifaz Nuño y de su “antípoda” y vecino en Xalapa: Ramón
Rodríguez, irónico filósofo, irreverente “ateo”, intemporal
demonio tazmaniaco.
Hasta 1968 había reunido sus poemas en Las vírgenes terrestres.
La contraportada de Retorno de Electra (Lecturas Mexicanas)
dice: “fuera de círculos muy reducidos su nombre es apenas
conocido. Esto no se debe a que su poesía no
alcance la brillantez y la profundidad de sus contemporáneos y
de los poetas más jóvenes, sino a que Enriqueta Ochoa a vivido
recluida en sí misma, entregada a su profesión de maestra,
esquivando la publicidad y rehuyendo la autopromoción”. Como una
verdadera poeta, como (el) Mistral, lleno de aromas.
Para mi, Enriqueta es mayor poeta (no poetisa como define
Mandelshtam: “el poeta va más allá de su sexo e ideología”) que
Rosario Castellanos, jamás ha abandonado su religiosidad: el
verdadero misticismo (su parangón erótico-místico estaría en
Pasternak y Tsvietáieva, más que en Axmátova -como refiere Mario
Raúl Guzmán. Veánse los grandes poemas a Magdalena de estos dos
eslavos). Precede a Elsa Cross (más intelectual y menos sensual)
y a Gloria Gervitz, por decir algunos ejemplos notables.
Dos años antes de mi viaje de estudios a Rusia, gracias, entre
otras cosas –y qué bueno-, a que un paisano suyo palindromista
llegó a la Secretaria de Educación Pública, empezaron sus
reconocimientos tan larga e injustamente esperados: un Homenaje
Nacional de Bellas Artes (1988), su inclusión en Lecturas
Mexicanas (2ª. Serie, N° 72), la fundación del Premio Nacional
de Poesía que lleva su nombre, además de su ingreso al Sistema
Nacional de Creadores.
Entre sus estudiosos se cuentan el citado Guzmán: “Enriqueta
Ochoa, lectora asidua y enfermiza de la Biblia, y de las
escrituras sagradas de otras tradiciones religiosas, buceadora
en las aguas excéntricas de los místicos españoles, es como un
telar obstinado en tejer teofanías y luego como una gacela
temblando en una zanja”, y el magnífico investigador de la
poesía mexicana Samuel Gordon: “Equidistante de lo religioso y
lo profano, es sin duda, poeta de lo sagrado. Este acceder a la
divinidad por la palabra –atribuidos también a místicos y
oficiantes- es algo inaprehensible aunque inexplicablemente
nítido en su obra, porque se ha purificado en el dolor y en la
intensidad, para ascender y acceder luego a la verdad más
despiadada (...) rodeada por el grupo generacional que más
poetas conversacionales dio a la literatura mexicana (...)
parece inclasificable entre ellos. A pesar de practicar ella
misma muchos de los usos y tonos coloquiales que caracterizan a
esa poesía, su viaje es otro, su lenguaje que interroga a Dios
ausente incide en otras profundidades (...) Abra sus libros en
cualquier parte y hallará la palabra divina”
Hace unos meses con la poeta rusa Ludmila Biurikova me mandó una
presentación que yo había escrito, antes del mencionado viaje,
para su libro Bajo el oro pequeño de los trigos (poesía reunida,
Universidad de Chapingo, 1984). Ahora, con algunas correcciones,
la entrego para su publicación:
II
En la poesía de Enriqueta Ochoa vibran los tonos y las maneras
de pulsar el instrumento cantor, de Santa Teresa –más que San
Juan de la Cruz-, de Lubicz Milosz (al que le une su misticismo
y hermetismo modernos, poesía que incorpora los elementos de la
cotidianidad de nuestro tiempo: los hábitat modernos, las urbes
nuevas: la modernidad). Vibra, además, en Retorno de Electra, la
forma de expresión (en la metaforización, en el erotismo fundido
con la naturaleza) de Pablo Neruda. De los místicos españoles,
las formas de sentir y unirse sensualmente a Dios: mujer-alma,
espiritualidad erótica: Cosmos. La resonancia bíblica, tan unida
a ella, es también Biblia personal, como la Biblia de Lutero, la
Biblia de Enriqueta, pues la poeta se consuela con la creación y
se ilumina con la re-creación.
En menor cantidad, hay ecos de Vallejo o de Sabines.
La primera etapa de su poesía es de grandeza y rebeldía. La
etapa actual es grandeza y serenidad: a pesar de previstas e
imprevistas tormentas eléctricas.
¡Qué difícil es la situación de la mujer mexicana, aún hoy día!
Calculemos la época en la que Enriqueta contaba con dieciocho
años: la mujer sólo sujeta a valerse de su belleza física, a ser
sólo la falsa virtud de una impuesta y supuesta pureza, a tener
una expresión prohibida, a no poder pronunciar el verbo de su
definición: su condición de mujer, de ser. Estar condenada a un
estereotipo, un ente abstracto y sumiso. Enriqueta reclama su
propia condición humana, la belleza de ella reside, sobre todo,
en su esbelta altura espiritual, en la soledad azul de su
inteligencia. Al hombre le fue asignada la conquista, la lucha
amorosa por estos medios, en tanto la sociedad lo prohíbe y
oculta a la mujer: esta es la vanguardia de Las urgencias de un
Dios.
Y como ya Enriqueta alcanza el misticismo con gran precocidad,
es una arrebatada más cercana: lo erótico real no está
desarraigado de su erotismo místico, lo cual es más completo.
Ahora Enriqueta cohabita con Dios, porque Dios habita en ella, o
llega para habitarla, pues la búsqueda de El es la necesidad de
expresar esta experiencia por medio de la palabra. Dios es
“silencio” hay que “nombrarlo”. Es naufragio del sufrimiento
más tenebroso: Enriqueta vio el centro de la tormenta, el ojo
luminoso del divino: “Días nuevos”: “Salpicada de lluvia florece
la resurrección, / mientras, desde aquí, presos en el siglo XX,
/miramos fascinados a través de las rendijas, la hermosura
venidera”.
Ochoa es una de las grandes poetas mexicanas por la profundidad
de sus hallazgos en la sencillez del agua clara de la verdadera
palabra, la más alta: donde el aparente vacío está lleno de
contenido, donde transparente, incolora, inodora, insabora, el
agua, en apariencia es Dios, allí están contenidos todos los
signos de la creación y es de donde surge ésta.
Enriqueta sabe que la soledad no existe realmente puesto que
tampoco existe la nada, así dice Chang Tsai e Ivan Malinowsky
sobre la verdadera naturaleza de las cosas:
Cuando se sabe que/el gran vacío está lleno de chi/entonces se
comprende/que no existe la nada.El espacio está colmado/de
materia viva/y nosotros tomamos parte /en esta danza/y es por
eso que el miedo/a la soledad/carece por completo de
fundamento./“Mi aldea es tan grande/que la lluvia no puede/caer
en ella”/dijo el piel roja/“porque la lluvia /también es mi
aldea”.
Este es el pensamiento místico y mágico que estalla, que está
ya, con más certeza ahora en Enriqueta: ecuanimidad del Ser, la
esperanza que esplende su futuro.
Para Gorostiza en Muerte sin fin, Dios es el vacío, la
informidad, insustancialidad, el sueño falso del vaso de agua.
Falso porque Dios no puede finalmente desprender de sí mismo a
sus criaturas que sueña. Estas no pueden independizarse, en la
impotencia de Dios, así que no son realmente auténticas: Si Dios
deja de pensar o soñar-pensar, sus criaturas dejan de existir y
su destino es una infinita soledad.
Enriqueta intuye que de ese vacío surgen todas las cosas, que es
sustancial, tiene un sentido, no está hueco, a fin de cuentas es
aparente: no es que el “vacío siga ganando terreno”: el vacío es
el terreno, la lluviosa aldea, nunca está vacío.
Pero la palabra es primordial en nuestro ser, es la
concretización, realización del pensamiento, esencia del ser,
con la que Dios nos piensa y lo pensamos, nos forja y lo
forjamos, así en “El deshollinador”, de Ochoa:
En mi centro amanecía Dios
Con su diamante de agua ensimismada,
Derramándola allí donde la yerba azul del verbo
Sin cercos corría limpia
Escalando hasta el borde de los labios.
Pero redonda es la vida
Y en sus ruedas sorpresivas
Llegó de improviso el medio día.
El verano galopó hasta quemar la luz tierna del valle.
Anhelante se hizo el aliento,
Confuso el horizonte.
El canto conmovido era un cristal vibrante.
La luz se fue cayendo a pedazos.
Aturdidas, las palabras
Subieron desde el fondo de la sangre.
Jamás las recibió el papel.
Más tarde, el deshollinador
Las encontró atascadas en la boca del tiro.
En Enriqueta el enardecido Espíritu aletea protegiendo el panal
de la hermosura para que no muera su reina la palabra, no deje
de manar la miel de la colmena (“La palabra”).
La palabra es la permanencia de Dios, la realización de su
existencia en nosotros, en la poeta madura.
Como parte del uni-verso-dios somos el mismo. Dios nos piensa y
al hacerlo nos realiza cuando lo nombramos, así lo realizamos.
“Somos el espejo que se mira en el universo”, su conciencia,
parte de ella.
Humilde y convencida de que su verso es un otorgamiento divino,
sus poemas son una gran batalla por nombrar a Dios: por
otorgarle la palabra, por revelarle el verbo: el que se torna
carne, el mundo, la vida, la muerte, el tiempo, que sólo es
verbo. ¿Y no es esto la esencia de la Biblia?
Puesto que estamos en la trampa deliciosa del ser, es decir, de
la eternidad, de lo inefable asediado por el nombre: el terreno
de la más alta catedral: la poesía, el pulsar el ritmo de los
ritmos que Enriqueta siempre in-tentó valientemente. Las
neuronas en nuestro cerebro –que tienen forma de estrella-
coinciden con el número de astros en el universo.
Mujer visionaria, revolucionaria a los 18 años, se ha ido
desprendiendo más y más de sí, de su acendrada intimidad, esto
es tan difícil para la mayoría de los poetas: aquí por sus
cerradas circunstancias sociales de mujer, que tuvo que librar
primero. Ya es ejemplo de desprendimiento interior, de mayor
entrega de su condición humana en los poemas de 67 y 78:
LLAMA LAS COSAS POR SU NOMBRE
...y sin embargo, allá vas,
a sentarte en el lomo del mundo
picándole las costillas para hacerlo tu amigo;
y ayunas y lloras con impertinencia,
soñando que el hombre es el amigo del hombre.
Y el mundo se restriega contra el filo de las bayonetas
Y te arroja por la barda como a un niño bastardo
Y por la borda también al negro, al blanco, al amarillo...
Todo es cuestión de orden
Lo dice el perfume alto de los pinos. |