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Baldomero
Fernández Moreno nació en Buenos Aires en 1886, primogénito de
padres españoles, comerciantes acaudalados. A los tres años
comienzan para la familia sucesivos reveses económicos. Con el
tiempo la llevarán a la ruina, que el hijo mayor tendrá la
responsabilidad de paliar. Tras un breve viaje a España,
retornan a Buenos Aires. Regresan a España, a la casa paterna de
Bárcena, pequeño pueblo montañés de Santander, situado frente al
mar, cuando Baldomero tiene seis años. Allí vive una infancia
feliz, junto a sus abuelos, en la sociabilidad de amigos y
parientes y en la holgura recuperada. Aquellas costumbres
aldeanas, de libertad de juegos, devoción religiosa, escuela de
un solo maestro, aquella lengua y aquel paisaje no lo
abandonarán jamás. En 1987 su padre regresa a la Argentina a
hacer negocios. Baldomero pasa dos años en casa de unos tíos, en
Madrid, donde asiste a un colegio católico y a cursos de
teneduría de libros, aritmética y caligrafía, dispuestos por su
padre, que lo destina al comercio. A poco de ingresar al
bachillerato, el padre, para quien los negocios no marchan bien,
manda llamar la familia a la Argentina. El chico vuelve a Buenos
Aires con trece años. Durante su adolescencia en un liceo,
escribe sus primeras páginas, sobre sus recuerdos de España, que
el padre hace imprimir en un folleto. Concurre luego al Nacional
Central, mientras su padre vuelve a viajar a Europa, en un
intento por detener el derrumbe económico. Al terminar el
bachillerato, Baldomero decide estudiar medicina. Se doctora en
1912, a los 25 años.. Viaja ocasionalmente con un amigo a
Chascomús (provincia de Buenos Aires) y resuelve instalar allí
su consultorio. Continúa, no obstante, escribiendo poesía. La
estrechez que sufre su familia en Buenos Aires, con los padres
envejeciendo y cuatro hermanos menores que proteger, lo obliga a
buscar, entre los pueblos de la región, uno al que le haga falta
un médico, y se instala en Catriló, enclavado en la soledad de
la vasta pampa. Pero pronto vuelve a Buenos Aires, donde abre un
nuevo consultorio. Hace amistades literarias y la medicina va
siendo más relegada en favor de la literatura. En 1915 publica
su primer libro de poemas, Las iniciales del misal, en el
que ya aparecen la naturalidad y la sencillez en el tono y los
temas comunes que caracterizarán su obra. Frecuenta las
redacciones de las revistas Caras y Caretas y
Nosotros, y se reúne con Girondo, Laferrére, Zapata Quesada,
Monsegur, Lascano Tegui, Coronado, Lafinur. Lo absorben sus
interminables caminatas por Buenos Aires, cuyas vivencias
expresará en sus poesías, que, libres de pintoresquismo, de
exaltada mística local, de personajes arquetípicos, y de toda
palabra de intención caracterizadora, son de las que mejor
expresan el latir cotidiano de la gran ciudad por tantos
cantada. A veces se escapa a las estancias o las chacras de los
amigos, en impulsos que se revelan como necesarios de vista y
olor de campo, y a Chascomús, donde vive Dalmira del Carmen
López Osornio – Negrita– con quien se casa en 1819. Abre
nuevamente un consultorio en Huanguelén, pueblito del sur de la
provincia, donde el matrimonio vive hasta 1920. Entre tanto, ya
se han publicado en Buenos Aires Intermedio Provinciano
(1916); Ciudad (1917); y Por el amor y por ella
(1918). Tras un año en Buenos Aires, los esposos vuelven a
Chascomús, con su hijo César (que será también poeta), nacido en
1919. Son cuatro años más de ejercicio de la medicina, los
últimos de una crisis interna que se resuelve con la vuelta
definitiva a Buenos Aires y el abandono de la profesión, que
cambia por cátedras de literatura y de historia en el
secundario. Publicación de Versos de Negrita (1920).
Nuevas caminatas por la ciudad, bohemia nocturna de los cafés
porteños, nuevos hijos –Dalmira, Ariel, Manrique y Clara-, dicha
doméstica que transformará su libro El hijo (1926) en
Los hijos. Para entonces ya queda definida la base temática
de su poesía, que él mismo establecerá más tarde en su Obra
Ordenada: ciudad, pueblo, campo, amor, hogar. Pero esa
clasificación es anodina en relación con su obra, en la cual, a
pesar de provenir de un hombre sin actuación política, o quizá
por eso, la sensibilidad por el dolor y la miseria del prójimo
surge espontánea, limpia de toda intención y eslogan
panfletarios. En 1921 y 1922 ya ha publicado sus primeros libros
acumulativos correspondientes a lapsos determinados: Nuevos
Poemas y Mil novecientos veintidós. La consagración
llega con Aldea española (1925), evocación de la niñez en
Bárcena, y al siguiente año recibe el Primer Premio Municipal.
Su delectación de esa época por el recuerdo de lo español y el
apego al idioma heredado, se prolonga en Décimas y Poesía
(1928); Sonetos (1929); Romances (1936); y
Seguidillas (1936). En 1925 preside la recién fundada
Sociedad de Escritotes (SADE). Sus amigos más cercanos son por
esos años Alfonsina Storni, Enrique Méndez Calzada, Nicolás
Coronado y el uruguayo Enrique Amorim, el más entrañable. En
1929 aparece un nuevo libro dedicado a Negrita que, más tarde,
integrándose a otros, constituirá el definitivo Versos de
Negrita. Entre 1924 y 1937 comienza la escritura y la
difusión, mediante conferencias y sueltos, de su obra en prosa
Vida, que se publicará en dos partes: La patria
desconocida (1943); y Vida y desaparición de un médico,
póstuma, en 1957, bajo el título Vida. Memorias de
Fernández Moreno. Es recibido en la Academia Argentina de
letras en 1935. A partir de 1936 escribe una serie de libros
compuestos por breves fragmentos líricos, descriptivos,
aforísticos, etc. (Guía caprichosa de Buenos Aires; La
mariposa y la viga; Aire aforístico; Aire
confidencial; Un hílo de araña), conocidos y
valorizados después de su muerte.
Siempre rondado por estados depresivos, en 1937 cae en su
primera depresión grave, a raíz de la muerte de su hijo Ariel,
de diez años, de la que consigue reponerse a medias hacia el
verano de1939-40, en que visita, en el Salto uruguayo, a su
amigo Amorim. En medio de esta angustiosa etapa, se le otorga el
Primer Premio Nacional de Poesía, en 1938. Este tiempo de
oscuridad y desesperación le arranca una serie de breves poemas,
que, con el título Penumbras, se publicaron, póstumos, en
1951.
Durante ese período, que coincide con una mejora de sus
economías, el poeta compra una casa Flores, barrio de aires por
entonces pueblerinos, y a partir de 1941 comienza a ordenar su
obra. La sección Poemas de Uruguay incluye una serie
anterior, Cuadernillos de Verano, y otros poemas que
había escrito durante otro viaje a Salto, con motivo de la
muerte de Horacio Quiroga en 1937.
Su ánimo mejora en 1940. Se cumplen 25 años de la publicación de
La iniciales del misal, y la SADE le hace un gran
homenaje en el Teatro del Pueblo. En 1941 publica una de las
series de su Obra Ordenada, bajo el título Yo médico,
yo catedrático. La asistencia a un congreso de
escritores, en Tucumán, le inspira el largo romance Viaje del
Tucumán. Tras la publicación de San José de Flores
(1943), recae en una nueva depresión severa, de la que ya no se
recuperará sino por períodos Con el nacimiento de su primera
nieta, en 1943, comienza a escribir el Libro de Marcela,
que se publicará junto con Penumbra. Durante los cinco
últimos años de su vida, que pasa torturado por el insomnio y en
combate con su desequilibrio anímico, publica Parva
(1949) y en 1950 recibe un nuevo reconocimiento oficial – el
Gran Premio de Honor de la SADE, que entonces aún era
importante– por este libro y por toda su obra. A los pocos días,
el 7 de julio, muere de un derrame cerebral. Su manera,
“sintética y sencilla de pintar la realidad exterior y traducir
estados de ánimos”, como él la definió, equidistante tanto del
modernismo como de las vanguardias con los que sucesivamente
convivió, de aparente fácil composición, fundó un nuevo “ismo”,
conocido en la Argentina con el nombre de “sencillismo”, que no
tuvo, sin embargo, continuadores de importancia.
LA VACA MUERTA
Lentamente venía la vaca bermeja
por el campo verde todo lleno de agua.
Lentamente venía, los ojos muy tristes,
la cabeza baja, y colgando del morro brillante
un hilo de baba.
–¡Hazla correr, hombre!–
la mujer gritaba
al viejo marido.
–¡Si viene empastada!
Y el viejo, apurado,
los brazos subía y bajaba,
y la vaca corrió como pudo,
los ojos más tristes, la cabeza baja...
Junto a un alambrado,
salpicando el agua,
cayó muerta la vaca bermeja.
El viejo y la vieja lloraban.
Y vino un vecino
con una cuchilla afilada,
y en el vientre redondo y sonoro
dio una puñalada.
Un poco de espuma,
de un verde clarito de alfalfa,
surgió por la herida, y el docto vecino,
después de profunda mirada,
acabó sentencioso: –La carne está buena,
hay que aprovecharla.
Los cielos estaban color de ceniza,
El viejo y la vieja lloraban.
INICIAL DE ORO
Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,
pero el primer recuerdo nítido de mi infancia
es éste: una mañana de oro y de neblina,
un camino muy claro y una calesa rancia.
Luego un portal oscuro de caduca arrogancia
y una abuelita toda temblona y pueblerina,
que me deja en la cara una agreste fragancia
y me dice: ¡El mi nieto, que caruca más fina!–
Y me llenó las manos de castañas y nueces,
el alma de leyendas, el corazón de preces,
y los labios risueños de un divino parlar.
Un parlar montañés de viejecita bruja
que narra una conseja mientras mueve la aguja.
El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar.
BARRIO CARACTERÍSTICO
Una pereza gris de mayorales
se dobla vulgarmente en las esquinas.
Abren su boca negra y pegajosa
los amaneces y las fiambrerías.
Enfrente, en un portal, un viejecito
mesa sus barbas sucias y judías,
junto a cuatro paquetes de cigarros
y un par de números de la lotería.
Fachadas de ladrillos,
cercos de cina-cina...
Es hermoso, de noche,
ver huir calle abajo los tranvías,
con un polvo de estrellas en las ruedas
y en la punta del trole, una estrellita.
VERSOS A UN MONTÓN DE BASURAS
Canto a este montoncito de basuras
junto a esta vieja tapia de ladrillos,
avergonzado y triste en la tiña tundente
que ralea la hierba del terreno baldío.
Es un breve montón...
No puede ser muy grande con tan pobres vecinos.
Un trozo de puntilla, unas pajas de escoba,
un bote de sardinas, un mendrugo roído
y una peladura larga de naranja
que se desenrolla como un áureo rizo...
Es un breve montón...
No puede ser muy grande con tan pobres vecinos.
Una lata de restos de una cena opulenta
es más que un mes aquí de desperdicios...
Para tener de todo, hasta tienen miseria,
en mayor cantidad que los pobres, los ricos.
ENERGÍA DE LA UNA DE LA MAÑANA
Yo conozco muy bien esta energía.
Sé cómo viene y sé cómo se marcha.
La taza de café,
la cerveza alemana,
el arpa de oro
que tañe esa mujer de viva plata.
Yo conozco muy bien esta energía
de una de la mañana.
Dentro de unos instantes
no habrá nada.
Se va como el aroma
del fondo de la taza,
se deshace lo mismo
que una burbuja de cerveza vana,
se pierde como nota
postrimera del arpa,
se desvanece como en la profunda noche
la cola del vestido de la mujer de plata.
CREPÚSCULO ARGENTINO
Crepúsculo argentino sin campanas...
¡Qué ganas, sin embargo de rezar,
de juntar nuestras voces humanas
al místico mugido y al balar!
A estas horas marea la pampa como un mar.
SONETO DE TUS VÍSCERAS
Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.
Canto a tu masa intestinal rosada,
al brazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.
Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.
Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos...
Yo soy un sapo negro con dos alas.
CENA
Tranquilamente la comida observo:
son cuatro hombres y una mujer vieja.
Ellos están caídos sobre el plato,
comen con rapidez y silenciosos.
Con cada cucharada me parece
que se tragan también un pensamiento.
Y en camisa los cuatro, recogidas
las mangas hasta el codo, y en la espalda
las equis negras de los tiradores.
Ella atiende a los cuatro como puede,
solícita, nerviosa, hasta con miedo.
Se ve que con el último bocado
se han de ir a dormir sin más palabras.
La única alegría de la mesa
es un sifón azul que está en el medio.
CARLOS DE SOUSSENS
No habíamos hablado dos veces en la vida.
La noche que supimos la muerte de Darío
te encontré en el café de Perú y Avenida
y esa noche rodó tu llanto con el mío.
Y caminamos juntos por la ciudad dormida,
bajo el cielo de estrellas calientes del estío.
Ya venía la luz por el lado del río
cuando te dejé solo en la hora perdida.
Despertaba en carritos el alba bulliciosa
y el fondo de la calle era un telón de rosa.
Me volví para verte, deja que lo recuerde:
Los pantalones flojos, las piernas vacilantes,
y en las manos nerviosas el bastón y los guantes.
El sol manchaba de oro tu viejo chaqué verde. |