Clique aqui: milhares de poetas e críticos da lusofonia!

Endereço postal, expediente e equipe

 

 

Um esboço de Leonardo da Vinci - link para page do editor

banda  hispânica

 baldomero fernández moreno

 

La polémica vaca de Baldomero Fernández Moreno

Marta Spagnuolo

El sacrificio obligado de un animal querido, tema recurrente en la canción popular, adquiere, para el espíritu sensible de algunas personas, ribetes trágicos. En El Corralero, del chileno Sergio Sauvalle, el dueño de una estancia ordena a un peón matar un caballo porque está viejo y enfermo. “Siempre fuiste el más certero/ y por eso debes su mal aliviar”, le dice. El peón no quiere saber nada con razones de eutanasia, y explica a los demás peones las suyas para no matar al Corralero:  “¿Cómo pretenden que yo,/ que lo crié de potrillo,/ clave en su pecho un cuchillo/ porque el patrón lo ordenó?”

Por su parte, en El Malevo, el uruguayo Osiris Rodríguez Castillos pone a Rosendo en una dolorosa disyuntiva: el perro cimarrón, que llevó enlazado a su rancho para curarle la “bichera”; malevo para las caricias, pero agradecido compañero e inteligente ayudante de su amo (“¡Había que verlo al mentao/ trabajando en un rodeo!/ De ser cristiano, ¡clavao,/ qu’era dotor ese perro!”); que lo salvó de morir ahogado en un río, y cuya índole bravía se rindió, amorosa, ante el gurí que vino a alegrar la vida de Rosendo y de su mujer, es de pronto, atacado de rabia. A un grito de la mujer, que corre con su hijo en brazos, Rosendo sale del rancho con el cuchillo en la mano, y en ese instante el Malevo, en cuyos ojos “se había quemado el recuerdo”, se abalanza sobre él. El caronero se entierra en el pecho del perro, que se arrastra para morir lamiéndole los pies a Rosendo, en tanto éste, aludiendo al peligro corrido por su hijito de dos años, le dice al amigo agonizante: “No tenía pa elegir, hermano”.

Con una ligera variante y en manos de un gran poeta, la retórica fuertemente sentimental de esa tragedia doméstica se endurece en crudeza pero, a la vez, adquiere una nueva forma de impacto emocional, más profunda y penosa, cuando la muerte del animal querido es natural, pero la costumbre de la necesidad, indiferente al dolor de la pérdida, aconseja el aprovechamiento material de los restos.  Tal el caso de La vaca muerta, de Baldomero Fernández Moreno, cuyo texto completo encontrará el lector en la selección de poemas que, en archivo aparte, complementa este artículo.

A pesar de  los asados que sin la menor culpa nos comemos los argentinos, me atrevo a decir que no hay auténtico hijo del país a quien no “se le piante un lagrimón”, como en el tango de Gardel y Le Pera, o dos, como a Martín Fierro al cruzar la frontera, cuando el vecino, “después de clavar su puñal en el vientre de la vaca empastada”, dictamina: “la carne está buena, hay que aprovecharla”, ajeno al llanto del viejo y de la vieja, abrumados, pequeñitos, bajo aquellos “cielos color de ceniza”. No la puñalada, dada  sobre el animal ya muerto por el “empaste”, sino la decisión de comerse su carne,  que la pobreza inducirá sin duda en los viejos dueños de la vaca,  cuando el hambre derrote al dolor de la pérdida, entra antes de tiempo en sus conciencias por obra del vecino. De modo tal que, desde el punto de vista afectivo, el hecho anticipa en ellos el mismo remordimiento que, para Rosendo, tiene el evocado sacrificio del Malevo. Tampoco ellos tendrán para elegir, aunque por razones más viles, y sin embargo legítimas, del ser humano.

Desde luego, el poema no explicita ningún sentimiento. Se limita a mostrar un hecho, corriente en tanto hecho,  distanciándose por completo de lo subjetivo, y con un léxico también tan corriente, que parece imposible hacer poesía a partir de tan poco. Todo esto que el poema no dice pero deja figurarse al lector –que es quien “crea” el drama oculto bajo el aparente “realismo” seco de la expresión–  hace su grandeza artística, como la de otros poemas de un autor actualmente olvidado por la crítica académica, aunque nunca por los lectores. En efecto, desde que alguien no encontró mejor nombre que “sencillismo”, para aplicar a una estética tan difícil de imitar, como la de Fernández Moreno, la crítica que luego se constituyó en “especializada” ya no se preocupó de seguir indagando por qué el poeta aparece completamente solo en el panorama de la literatura de su tiempo, mientras a su alrededor se iban sucediendo el modernismo, el ultraísmo, el surrealismo, y demás “ismos” de las llamadas vanguardias, hasta la “generación del 40”; por qué no tuvo continuadores de valía; y por qué  se dejó leer entonces, y aún se deja leer ahora, entre el surgimiento de nuevas propuestas estéticas, como un contemporáneo. A la par que algunos escritores y poetas coetáneos o más jóvenes, que escribieron notas sobre Fernández Moreno en diarios y revistas, como Lugones, Enrique Banchs, Ezequiel Martínez Estrada, Alberto Vanasco, etc., Borges lo elogió, más de una vez, con su acostumbrada precisión. Su artículo aparecido en El Hogar, “Veintincinco años después de ‘Las Iniciales del Misal’”, tantas veces citado –y reproducido en una edición de Versos de Negrita (1956)–, es, en realidad, de 1940. El único libro que constituye un estudio de importancia pero no exhaustivo, es el que le dedicó su hijo César, y data de 1956. (Introducción a Fernández Moreno, Emecé).

 

Una vaca vengativa

En un texto narrativo de Borges (“Infierno, I, 32”, El Hacedor), situado a fines del siglo XII, Dios le habla en un sueño a un leopardo, que lo está pasando muy mal en una jaula:

 

Vives y morirás en esta prisión, para que un hombre que yo sé te mire un número determinado de veces y no te olvide y ponga tu figura y tu símbolo en un poema, que tiene su preciso lugar en la trama del universo. Padeces cautiverio, pero habrás dado una palabra al poema.

 

Según Borges, el leopardo “comprendió las razones y aceptó ese destino”. Pero hay que ponerse en el cuero del leopardo. Por más que durante el sueño “Dios iluminó la rudeza del animal”, cuesta creer que, al despertar, no deseara con toda su alma comerse a Dante, aunque el mundo perdiera un verso de la Comedia. Borges lo explica de manera bastante convincente: “... sólo hubo en él, cuando despertó, una oscura resignación, una valerosa ignorancia, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de una fiera”. Pero el misticismo medieval, que alcanzaba hasta a los felinos carniceros, ya no funcionaba en el siglo XX, y menos todavía para una agreste vaca de chacra que había eludido el matadero gracias a su condición de lechera, lo cual hace sospechar, además, que habiéndole tomado el gusto a la vida, era menos simple que el leopardo. Por mucho menos que el poema colosal, la vaca bermeja, supuesto que Dios le haya hablado de modo parecido, no aceptó las razones divinas con la mansedumbre que era de esperar de una inofensiva vaca. Lo cierto es que “el desgraciado cornúpeto”, como la llama el propio Fernández Moreno en sus Memorias, cobró a cara su muerte al autor, ocasionándole más de un dolor de cabeza.

Ejerciendo la medicina, vivía el poeta en Chascomús (Provincia de Buenos Aires) por los años 1913 y 1914, cuando “una tarde lluviosa y desapacible”, durante una visita a una chacra para atender a una mujer enferma, presenció el hecho que, con una mirada distinta de la que él mismo relata en prosa, lo trasladó al poema. Durante su regreso al pueblo en un coche, lo escribió en su recetario. Esa misma noche, desde el Club Social existente en todo pago chico, donde se reunía con sus conocidos, lo mandó al diario local El Argentino, que por entonces publicaba algunas colaboraciones del médico del pueblo sin sospechar el lugar que más tarde ocuparía en la literatura argentina.

El poema comienza: “Lentamente venía la vaca bermeja...” Esta arbitrariedad pictórica no fue aceptada así como así por los habitantes de un pueblo rural como Chascomús, que, habituados a ver vacas todos los días,  pusieron el grito en el cielo. Según relata Baldomero:

 

Al día siguiente, cuando la gente de Chascomús se enteró de que en el mundo había vacas bermejas, se produjo un gran revuelo; sobre todo, el más encrespado era Fortunato R. Isea, rematador de estos animalejos y en vías de serlo muy grande. [...] Yo sostuve mi vaca bermeja, y me afirmaba en el rocío, en la alfalfa verde, en la luna, y creo que sobre todo en Valle Inclán y un poco en Anglada Camarasa. Tuve prosélitos y quienes juraron por la vaca bermeja, pero el titeo que se armó en los cafés, clubes y la calle misma, duró mucho tiempo.( Vida. Memorias de Fernández Moreno, publicado póstumo por Kraft, 1957)

 

Ignoro por qué, pero es un hecho que médicos y abogados suelen tener puntas de poetas. Pero muy pocos abandonan  profesiones tan rentables como para dedicarse por entero a la poesía, que, en caso de no poseer fortuna familiar, promete siempre una vida de estrecheces. Fernández Moreno sí lo hizo. Y, para sustentarse a sí mismo y a su familia en Buenos Aires –adonde regresó definitivamente– tomó cátedras de literatura y de historia en la escuela secundaria, mientras publicaba un libro tras otro. No obstante, el malhadado animal siguió siendo objeto de escarnio para ciertos críticos que, desde el del primer ganado descendido de las naves de don Pedro de Mendoza, no tenían registrada ninguna vaca de tan vistoso pelaje.

 

La vaca bermeja y el overo rosado

Curiosamente, el pelo de los animales útiles en el campo parece haber sido elemento importantísimo en la crítica literaria argentina, que ya había hecho pasar por las horcas caudinas al “overo rosao” de Estanislao del Campo, autor del Fausto criollo (1866), que comienza: “En un overo rosao,/ flete lindo y parejito,/ cáiba al bajo al trotecito/ y lindamente montao,/ un paisano del Bragao/ de apelativo Laguna...”

Retomando las objeciones hechas por Rafael Hernández (hombre de campo, hermano del autor de Martín Fierro), que había definido al overo rosado como caballo manso, con galope de perro y propio para andar mujeres, Lugones, que se tomó muy a pecho la cómica irreverencia de Del Campo para con los gauchos –que, según se infiere, debían ser muy serios–,  señaló la grave inverosimilitud de que un gaucho se paseara tan orondo en “una bestia destinada a silla de mujer”, “animal siempre despreciable cuyo destino es tirar el balde en las estancias o servir de cabalgadura a los muchachos mandaderos” (El Payador, 1916).  De lo cual se podría deducir que el jinetazo mozo Laguna vino a ser el primer travesti de la literatura rioplatense.

Sacando lo desparejo de la peor parte que, por lo visto, todavía llevábamos las mujeres hace casi un siglo, cabe señalar que el caballo mereció, antes que nosotras, una reivindicación por parte del escritor y profesor Elías Cárpena. Como prueba más contundente de su Defensa de Estanislao del Campo y de su caballo overo rosado, apuntó que de ese pelo fue nada menos que Mancha, el heroico caballito criollo que, tras dejar en México a su compañero Gato, hizo sonar sus cascos en la Quinta Avenida de Nueva York en 1928, después de una travesía iniciada en Buenos Aires,  que duró 3 años y 5 meses, y de haber batido el récord de distancia y de altura, al alcanzar los 5.900 m. en el paso de El Cóndor (Bolivia).

Se cuenta que Borges, a quien le gustaba “el color de aurora” del famoso overo, visitó en 1983 la Escuela Normal Mariano Acosta, donde, después de una hora y media de diálogo con los alumnos, éstos lo despidieron con una décima de un payador “desconocido”. Su identidad, sin embargo, no era misterio para nadie: se trataba de Elías Cárpena, que entonces andaba por los 85 años y se encontraba presente. Según los testigos, Borges, palmeándole el hombro, le dijo: “Discúlpeme, Cárpena, que me hayan traído en auto. Yo, la verdad, quería venir en un overo rosao...” 

Hoy, el overo rosado, que comparte con la vaca bermeja el haber sido atacado por su color y de entrada, desde el primer verso no más,  descansa en cielo de los caballos. Su facha,  diversa como corresponde a su condición mítica, puede ser tanto la que le dio el genial Molina Campos como la que imaginó el dibujante y humorista Oski, que ilustraron el Fausto, respectivamente, para las inolvidables ediciones de Kraft (1942) y de Eudeba (1963). O la que acaba de crearle  Oscar Grillo, para la reciente de De la Flor (2005).

 

La vaca en Buenos Aires

A pesar de las seis décadas que separaron las pariciones del caballo de Del Campo y de la vaca de Fernández Moreno, como por seguir la costumbre, en la populosa Buenos Aires, donde, salvo en alguna exposición rural o en el matadero, lo porteños no veían una vaca más que trozada en alguna carnicería o asándose en una parrilla del centro, la vaca bermeja seguía persiguiendo a Fernández Moreno por boca de sus críticos. Bien es cierto que, en general, la prensa dedicada a la literatura no pudo menos que recibir bien la producción de Fernández Moreno, que a todas luces, se revelaba de una superioridad inatacable. Sin embargo, algo vino a turbar ese consenso.

Avanzado el siglo, la ebullición sociopolítica reinante en el país durante el primer gobierno de Irigoyen –el primero, también, surgido de elecciones democráticas– y que, con razón, llegó a su punto más alto después del golpe militar del 30, que lo destituyó de su segunda presidencia, produjo un género novedoso: el ensayo político destinado a crear una nueva “conciencia nacional”. Su discurso iconoclasta, diestro en el arte de ridiculizar tanto los bronces de figuras históricas –literatos inclusive– cuanto los moldes que se preparaban para las contemporáneas, alcanzó un efecto enorme en la masa lectora, que en algunos casos, como el de Jauretche, sigue aún operando con eficacia.

De entre estos ensayistas, el más furibundo fue sin duda Ramón Doll, abogado platense que, habiendo pasado por el anarquismo, el socialismo, el nacionalismo popular –al principio de corte irigoyenista–, desembocó en su adhesión al eje durante la Segunda Guerra Mundial, y en un rabioso nacionalismo ultracatólico, antisemita y racista en general, incluido en él su desprecio por los inmigrantes. Pluma talentosa y malévola, que ejercía la injuria extendiendo el descrédito a la vida personal de sus víctimas, no dejó títere con cabeza. José Ingenieros, Ricardo Güiraldes (el autor de Don Segundo Sombra), el historiador José Luis Romero, Aníbal Ponce ( reputado intelectual del PC), Borges, Scalabrini Ortiz, fueron algunos de los tantos que sufrieron sus ultrajes. En principio, no parece razonable que la haya emprendido también contra Fernández Moreno, ya que, si hay algo que ni el más canónico observante del “compromiso” sartreano podría reprocharle, es, justamente, la “evasión” del mundo circundante y  la falta de sensibilidad social. Sin embargo, para maximalistas furiosos como Doll, nada es menos irritante que un creador que no ejerce una determinada “militancia”, y, sobre eso, recibe el reconocimiento de todos los sectores. Y nadie tan prescindente de los entuertos y de los ruedos políticos como Fernández Moreno. Siempre acosado por estados depresivos, que, agravados por la muerte de un hijo, terminaron por hacerse crónicos, era esencialmente un solitario, que acaso por ello mismo tendía a refugiarse en el afecto por su familia y sus amigos. En cuanto a su consagración “oficial” –desde el primer premio municipal (1925), al segundo (1928), a su ingreso la Academia Argentina de Letras (1934, al primer premio Nacional (1937) y al homenaje de la por entonces aún prestigiosa Sociedad Argentina de Escritores (1950), que le otorga el Gran premio de Honor veinticuatro días antes de  su muerte–,  llegó sola, sin adeudar lo más mínimo a las políticas ni a las ideologías de turno.

Acerca de los ataques que la controvertida vaca bermeja recibió por parte de Doll, el poeta recordará más tarde en las citadas Memorias:

Ya aquí en Buenos Aires ocurrió un poco lo mismo, y el más acérrimo enemigo de la tal vaca fue el señor Ramón Doll, quien no solamente la emprendió contra el cornúpeto sino contra mis libros y mis versos. Allá él y sus razones. Pero lo cierto es que a mí también me llegó a sonar mal lo de la vaca bermeja, no por el adjetivo, sino porque la tal vaca pasó su vida fecunda y su muerte simplísima en los alrededores de una pobre chacra, y todo el resto era natural, y sencillo, y adecuado. Y con el andar del tiempo [...], un día puse: “Lentamente venía la vaca rosilla”. En fin, ahora fui yo el que sintió el dolor de la vaca bermeja ausente, y conmigo muchos amigos y compañeros. Y conste que ya no sé de parte de quién está la razón.

Pero que sepa el señor Ramón Doll [...] que el primer detractor y crítico con genuino sabor argentino, la cara llena de arrugas y las arrugas llenas de polvo, criado en la pampa, y entre reses, justiciero como una espada y sabio como un naturalista en todo lo que al campo concierne, que mi primer crítico y censor, franco y sincero, fue el señor Fortunato R. Iseas, con casa de remates y otras hierbas en Chascomús.        

 

El caso es que, por decisión de su propio autor, se quedó roja la vaca y bello el poema.

 

Pero finalmente, ¿quién inventó las vacas bermejas?

Según hemos leído, como fuentes posibles de esa imagen, Fernández Moreno señala la influencia del escritor Valle Inclán y del pintor Anglada Camarasa, ambos españoles y de los más destacados representantes del modernismo peninsular, movimiento en auge por aquella época, que en literatura se caracteriza, entre otros rasgos, por su plasticidad y la búsqueda de correspondencias entre la palabra y el color. Sin embargo, muy lejos estuvo Fernández Moreno de sus contemporáneos modernitas. No obstante su rendida reverencia ante el gran Rubén, compartida por casi todos los mayores poetas de la época (César Vallejo lo llamó: “Darío de las Américas celestes”) y su admiración sincera por Lugones, está visto que el modernismo nunca llego a impresionarlo hasta el punto de torcer su visceral estilo.

Por ello, no me parece desacertado pensar  que la asociación de la figura del animal con el color rojo acaso quedó prendida en su memoria inconsciente, desde mucho antes que el futuro poeta tuviera noción de la existencia de algo llamado literatura. Pues es casi imposible que en su infancia pasada en España, en el pequeño pueblo santanderino de Bárcena, –que recuerda en Aldea española–, donde la devoción católica impregnaba toda la cotidianeidad,  un día en que el maestro de la única escuela del lugar recitaba sus lecciones de Historia Sagrada, o quizá otro en que acudió con sus padres, como era habitual, a la vieja iglesia románica frente al mar, no apareciera la “vaca bermeja” de los Números –una “iovenca rossa”, como traducen los italianos. Es decir, una becerra o vaca menor de dos años, cuyo sacrificio ordenó Jehová a Moisés y a Aarón:

Y Jehová habló Moisés y a Aarón diciendo: Esta es la ordenanza de la ley que Jehová ha prescrito, diciendo: Di a los hijos de Israel que traigan una vaca bermeja, perfecta, en la cual no haya falta, sobre la cual no se haya puesto yugo: y la daréis a Eleazar el sacerdote, y él la sacará fuera del campo, y harála degollar en su presencia. (19- 1, 2, 3)

Y me imagino el chasco de los de Chacomús y de los críticos porteños, si hubieran sabido que Fernández Moreno no inventó las vacas bermejas, aunque él mismo lo creyera, sino que alguien se le adelantó en alguno que otro siglo. En tal caso, cabría preguntase si, así como dudaron del sentido común o de los órganos visuales del poeta, se habrían atrevido a dudar de la omnividencia del propio Jehová.

 

 

projeto editorial do jornal de poesia

editor geral e jornalista responsável

soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

floriano martins

.

Retorno ao portal da Banda Hispânica
retorno ao portal

Agulha - Revista de Cultura
revista agulha

 

 

Secrel, o provedor do Jornal de Poesia

 

 

 

Só a DIDÁTICA em prol do Homem legitima o conhecimento

A outra face do editor Soares Feitosa, o tributarista