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Eduardo Laureiro y la creación de la presencia
Américo Ferrari
El
poeta uruguayo Eduardo Laureiro vive en Ginebra y es, creo, como
poeta, poco menos que desconocido en Uruguay, en Ginebra y en
todo otro lugar porque él mismo, hasta ahora, había querido
darse a desconocer: escribe poemas secretos en noches pasadas en
vela. Sus poemas desde la primera vez que los leí me
impresionaron por la justeza y la economía de la expresión:
imágenes y figuras escuetas, desadornadas, un ritmo controlado y
estricto, ninguna concesión a la “suave musicalidad del verso”:
una escritura dura y esquiva, inquisitiva que se esfuerza por
expresar lo que dicen las palabras no dichas: Es la hora en
que las palabras no dichas / ambulan por las galerías de la voz
/ tratando de acaudalar su peso inerte / para saldar las cuentas
con el silencio que las ocupó (“Puntual”). El silencio que
ocupa las palabras asedia mucho a los poetas y es sin duda el
que resuena en muchos textos de Laureiro y modula y regula la
sonoridad y la sordina del verso.
Casi casta la palabra nunca dicha, pero apenas aludida… / una
cualquiera. / Las estrofas girando en la rueca retórica / hacen
un pacto de omisión: no es que se nieguen / a sonar: al hacerlo
irán dejando / casi la misma ausencia de silencio / que se
llevan
(“Casi”): domina en estos poemas una intención de la voz,
interrogativa, irónica que al asediar al objeto lo disuelve, una
objetividad en trompe-l-œil literalmente creada por la
visión del poeta, visión en sesgo que desrrealiza la realidad de
las cosas y deja solamente en el poema un sentimiento de
ausencia, a veces de ruina: el hueco donde se evapora y
desaparece toda cosa al trasmutarse en sonido, y hay que decir
que, más allá del sonar ritmado de la palabra poética, el sonido
puro y sin palabras de la música tiene gran importancia para
Laureiro: véase si no el final del poema “La verdad de mi
vecino”: el poeta busca la verdad ajena, escurridiza, ausente y
todos los otros adjetivos posibles y de pronto la única verdad
posible salta desde la otra ventana al patio del poeta: es
una melodía orgánica, caudal, / que mi vecino toca en el violín
magníficamente. Con la música, la intención de la voz, la
fijeza de la mirada poética y ese sentimiento en que ambas se
sostienen puede salvarlo y rescatarlo todo cuando ya todo está
en un tris de hacerse nada. La versificación del poeta finge a
menudo el movimiento de una prosa conversacional: que lo finge
quiere decir aquí que lo fabrica o, literalmente, lo crea o lo
recrea en versos o surcos que es, según parece, el sentido
originario de la palabra versus en latín; y la vértebra
de este cuerpo poético es el ritmo, duro y flexible al mismo
tiempo, de los poemas.
El poeta es un explorador, y no sólo de las palabras. A lo largo
de la obra, los poemas de Laureiro exploran lugares, que pueden
ser geográficos, el lago y las calles de Ginebra, un desierto en
Marruecos, un paisaje de Jávea en la realidad de Jávea o en una
postal de Jávea, da lo mismo, horizonte indeciso, ilusorio
aunque forzosamente real, pero no hay ninguna necesidad de que
sea “real” ni “asible”: lo único que la mano llega a atrapar
es el aire; o bien lugares apenas hechos de tiempo inasible
que nos ase: el presente, el pasado, la infancia y, mucho, el
momento actual que ya no es en el momento que es; y la historia
que es mito: una parte importante de estos poemas se fijan en
los mitos del mundo de los griegos antiguos, así como un texto
memorable, “El regreso de Quetzalcoatl”, se fija en el antiguo
México a partir de una circunstancia que se diría de lo más
normal: “Mon Semblable visita el Museo de Antropología de
México”: Por un instante —¿un siglo? ¿un hiato de
eternidad?— / la sensación de ver del otro lado. Los ojos
de la piedra ven: La piedra tiene ojos: sus pupilas abiertas
/ dan al misterio de una civilización jubilosa y engañada.
El otro poema que sucede en un museo (el Museo de Artes
Islámicas de Estambul), “Teografía”, se refiere a la
correspondencia entre la poesía y la pintura, la palabra y la
visión: “La palabra también puede contemplarse como un cuadro”.
Recordemos el verso de Baudelaire en su célebre soneto “Correspondances”:
les parfums, les couleurs et les sons se répondent; y
Kandinsky, comentando uno de sus cuadros, dice que “el negro es
el color que más carece de sonoridad” , lo que implica que todos
los colores son sonoros.
Se diría que la mirada del poeta, —un poco piedra también él,
nosotros— ve en cada paso de la historia como una huella de
eternidad, rescata una visión de lo invisible y nos la devuelve
en signos visibles impregnados de música. La eternidad, por lo
demás —como la realidad y el tiempo—, es en los poemas un
concepto discutido o, más claro, golpeado, y cuando aparece en
algún texto (aparece bien poco porque en buena cuenta su función
no es aparecer sino hacernos un guiño desde su ocultación detrás
del tiempo) aparece como una simple palabra que entraña apenas
una creencia, la creencia del niño que uno fue y que viene a
estrellarse con el hombre adulto, para que encuentre “por fin el
lugar que buscaba”, como dice explícitamente el poema
“Migración”: He encontrado por fin el lugar que buscaba: sólo
aquí / puede el agua del río encontrarse dos veces / con un
gesto casi idéntico al olvido. […] Aquí el tiempo se dilata en
los jardines / aflojando las bisagras del presente / para
dejarme indagar si aquella muesca / bajo el gris sobaco
izquierdo de la higuera / es la E que talló con un cuchillo roto
/ el niño que yo fui / hacía calor a la hora de la siesta / y me
prometía durar hasta la eternidad / porque creía que esa era la
única palabra donde entraba todo.
El adulto que el poeta es hoy ha intuido quizá que ésa, la
eternidad, es la única palabra donde lo que entra es nada. La
otra, tocando de minuto en minuto la casi indecible eternidad
hasta confundirse con ella, es el tiempo, nuestro tiempo que se
estrecha en “época” y de él habla uno de los últimos poemas del
libro, “Bajamar”: …detrás de su barniz circunstancial / todo
tiempo es el mismo: un segundo le basta para transformar minuto
en evo. / Todo tiempo es un acróbata de ciclos, es un vidente /
tuerto, es una pitonisa cansada de ominar. Acotemos que las
pitonisas —o mujeres pitones de hoy cuando las poetisas ya no
son poetisas sino mujeres poetas— ya no ominan: opinan; todo
tiempo es el mismo, omina u opina a su vez el poeta; pero un
tiempo que es siempre el mismo viene a parecerse mucho a la
llamada eternidad en la que al fin y al cabo al poeta le es
dulce naufragar, como a Leopardi en un poema célebre: e il
naufragar m’è dolce in questo mare; este mar es “el
infinito”, título del poema leopardiano, hermano gemelo, este
infinito, de esa eternidad inquieta que es el tiempo: imagen
móvil de la inmóvil eternidad, recuerdo que ha dicho, creo,
Platón, o uno de sus comentaristas. Igual que Leopardi, Laureiro
recalca el naufragio en el infinito o en la eternidad o en su
imagen móvil: Sabemos que vamos a naufragar, vamos a
naufragar, sabemos que vamos a naufragar (…) porque el barco del
Estigio será puntual (“Teografía”). La puntualidad es
una costumbre crónica de la muerte.
Toda poesía auténtica encierra una poética, ya implícita o ya
explícita: entre los pliegues de los poemas mismos una reflexión
sobre la poesía y el poetizar, y en la obra de Laureiro esta
reflexión está bastante marcada. Así en los primeros versos del
poema “Elegía” inspirado por el recuerdo de su hermano muerto:
Si lo visible no es más que un ejemplo de lo real, como
pensaba Paul Klee, tu ausencia es el fundamento del postulado
inverso (a cuya verificación apunta en algún modo todo poema):
la parte invisible / de la realidad puede recuperarse /
con el acto de crear presencia: crear presencia simplemente
eligiéndola contra la ausencia: Del olvido lo que acecha o
atestigua. / De la ausencia de Dios la presencia de Dios. Del no
la posibilidad del sí (“Propuesta”). No creo andar
descaminado si juzgo que el acto de crear presencia es aquí el
acto mismo de crear el poema, como el de crear un cuadro o
también un poema lo era para Klee, pintor-poeta (escribió
excelentes poemas reunidos en un volumen que se intitula a secas
Gedichte); y la presencia creada por el poema es belleza,
en cuanto a nuestro viejo querido lenguaje, [que]`ya
no sabe cómo abrir la boca / sin sabotear el discurso de la
evolución. Pero por suerte hay poesía, ergo hay belleza; y
en el poema a la luna, “Apágame esa luz”: A esta altura de
noviembre no queda otra opción: / si no hay poesía adentro hay
que salir a buscarla. ¿Vamos…?
En el poema “Impronta” el poeta se pregunta de entrada: ¿Qué
queda del poeta? Quedan varias cosas: Un anaquel de
libros con el lomo hacia atrás (…) El índice que deja una marca
indeleble en el vacío. (…) Un tintero escondido con honor y
vergüenza, etcétera. Pero además —termina diciendo—
queda en el bosque cercano / un pájaro que tiembla porque
tiene miedo / porque ha olvidado cómo se dice libertad.
Quizá la responsabilidad que le incumbe a los poetas de hoy es
primero aprender en la escritura misma del poema y acaso después
acercarse al pájaro tembloroso y recordarle cómo se dice.
El lector notará que toda esta poesía acendradamente lírica se
da sobre un trasfondo de indagación filosófica: el poema
“Crononáutica”, por ejemplo, poema de amor, es también una
meditación que se puede sin reparos llamar filosófica sobre el
tiempo. Parece como si la vieja filosofía, degradada hoy en
discurso político o en psicología y sociología de esto y
sociología de aquello, se hubiera refugiado en esas moradas
donde reina la libertad y la disciplina de la palabra poética .
Esta obra, a veces aparentemente discursiva, es desde el fondo
una poesía trabajada y trabajosa aunque fundamentalmente
intuitiva y creadora de imágenes instantáneas que fingen un
discurso, y exige así del lector un trabajo análogo y
complementario del que se ha tomado el autor al crearla: toda
lectura poética es una recreación del poema y sólo así el lector
puede recrearse en ella. El lector perezoso que lee para pasar
el tiempo puede cerrar el libro y abrir una novelita o un
novelón; en la lectura poética el tiempo del poema no pasa, pero
sí lo trabaja a uno y uno por su parte tiene que tomarse el
trabajo y el tiempo que la lectura le exige para recrear el
poema y recrearse a sí mismo. Yo, por mi parte, he comprendido
que sólo he comprendido al poeta cuando éste me comprende a mí y
a cualquier otro lector anónimo.
La poesía de Eduardo Laureiro ha de leerse y releerse en un
estado de vigilia aguda. |