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Rodolfo Häsler,
un feliz golpe de dados
Mercedes Roffé
Rodolfo
Häsler nació en Santiago de Cuba en 1958. Actualmente reside en
Barcelona, adonde llegó de niño. Ha vivido en diversas ciudades
de Europa, especialmente en Suiza, donde se familiarizó desde
una edad muy temprana con el idioma alemán y su literatura. Su
obra poética comprende: Poemas de arena (1982), Tratado de
licantropía (1988), Elleife (1992), con el que obtiene el Premio
Aula de Poesía de Barcelona en su primera convocatoria, De la
belleza del puro pensamiento (beca de la Oscar B. Cintas
Foundation de Nueva York, 1997), Poemas de la rue de Zurich
(2000) y Paisaje, tiempo azul, publicado recientemente por la
editorial Aldus de México. Como traductor, ha vertido al
castellano la obra poética de Novalis (Barcelona, DVD, 2000). Es
también codirector de la revista Poesía-Barcelona.
"Elleife"—título
del libro al que pertenecen los poemas que aparecen a
continuación— es expresión equivalente a la que algunas de las
ediciones más autorizadas del I Ching en nuestra lengua traducen
como "Habrá Fortuna". Proveniente de la tradición afrocubana, el
término identifica aquella partida que, como en el Libro de las
mutaciones indicaría una particular combinatoria de palillos o
monedas, tiene por resultado la caída con la pulpa hacia arriba
de todos los trocitos de coco que se usan en una consulta
oracular. Blanco, como la página o el silencio de Paz, y dulce y
fresco y vivo, el signo del augurio adelanta una poesía que
recuerda por su vitalidad la de los grandes poetas griegos del
siglo XX —Kavafis el primero. Asimismo, y tanto por sus hondas
raíces en las tradiciones que confluyen en Cuba y Latinoamérica,
como por su familiaridad con los más distintos aspectos de otras
latitudes culturales —de Brahms a Eliot, de Hardy a la isla de
Bocklin, del mito de Orfeo a la voz de Freni en el liceo, de
Paul Bowles a la religión de los orishas—, la poesía de Häsler
ha sido asociada, no sin razón, a ciertos rasgos distintivos de
la obra de algunos compatriotas suyos, como Sarduy y Lezama
Lima.
ORFISMO
I
Los ojos entornados por el resplandor
los tensos músculos, las venas hinchadas, las aletas de la nariz
dilatadas
y la boca cerrada con los labios contraídos
son testimonio de su incesante caminar sobre los cielos,
por los reinos del espíritu,
a la luz desolada de la tarde.
OMPHALOS
I
El alba me sorprende leyendo a Thomas Hardy
en un camino libérrimo trazado en la imaginación
donde gozoso te busco en dirección al cielo,
masticando cálidos nenúfares, cálidas flores de ciruelo,
las turquesas derramadas en tus brazos,
tu placer, tu costado,
el estío que transcurre lento
para incendiar la sangre del modo más voraz.
II
Once ocas inmortales en el recinto de la magia,
once vasos canopes,
sombrío habitáculo como turbador tulipán mojado
donde pasa la línea divisoria de la oblación,
los días adecuados para vestirme de negro
y elevar una oración al cielo,
en completa devoción,
y arreglar la cama para acostar al joven
muerto.
III
El jefe de ceremonias da instrucciones a los jóvenes armados
que le escoltan en la larga y solitaria ascensión.
El manto de rico brocado cayó hacia atrás
dejando al descubierto las clavículas y parte de las costillas
muertas. Desgraciadamente el rostro se ha perdido para siempre,
pero los labios limpiamente dibujados y la barbilla llena de
fuerza
denotan que fue dueño de un carácter orgulloso y decidido.
LA VIDA
EN EL HOTEL GRECO
Un momento
de reflexión, de júbilo,
y se acentúa la indiferencia
por el bosque oscuro donde crecí,
fulminado, ansioso animal de la humedad.
Por aquel entonces ya no coleccionaba arte arcaico,
escuchaba a mis compositores preferidos
del modo más ortodoxo según la tradición.
La luz de los fragmentos más queridos
podría derrumbarme por una sola noche,
sin poder evitarlo, como al fenicio.
Soy el mito del ahogado que recorre la superficie
en busca de su advenimiento,
en su encendido monólogo, en el alma de Brahms,
en el aire, en la fruta pasada, en la tinta impresa.
Pero no me temas,
entre carrizos, renúnculos y mullidas flores me duermo,
la manera más dulce, supongo, de olvidar el tiempo. |