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Tardíos setenta: el caso de la poesía de Pedro Granados
Gaspare Alagna
La
poesía de Pedro Granados (Lima, 1955) irrumpe en el contexto
peruano altamente politizado de los años 70. Aunque su primer
libro, Sin motivo aparente (1978),
no ve la luz en plenos años velasquistas, sí lo hace en medio de
un escenario social y político polarizado, precisamente, a
partir del triunfo y posterior veloz desmantelamiento de aquella
tromba histórica que significó la revolución de Juan Velasco
Alvarado en el Perú. Los ánimos, por doquier, estaban caldeados;
las ideologías a flor de piel. Obviamente, las instituciones
literarias -llámense éstas universidades, talleres, congresos,
premios, páginas culturales, etc.- no hacían oídos sordos a todo
esto y, más bien, en medio de este ambiente tenso y no menos
confuso, se adherían a uno u otro de los bandos simbólicos. La
racionalidad política parecía, literalmente, querer dominarlo
todo; incluso afectos, diversiones o el inconsciente si era
preciso.
Muy pocas aventuras personales -auténticamente fervorosas o
creadoramente autistas- hubo en el paso de los poetas del
setenta hacia el ochenta. En esta última década se consolidaron
o tornaron como oficiales, por un lado, grupos más bien
altamente retorizados -verbigracia, Kloaka- influidos aún por el
lenguaje marginal-contestatario de Hora Zero; o, por otro lado,
individuos que representaron con sus versos canónicos a las
instituciones más conservadoras de aquella coyuntura
histórico-política-cultural. En todo este contexto, creemos, y
por eso la estudiamos, la poesía de Pedro Granados fue y es,
incluso hasta ahora mismo, un gesto de estilo incomprendido,
pero no por ello quizá menos asimilado en secreto,
particularmente por los otros poetas de su generación. La
palabra de Granados refulge viva y joven hoy más que nunca; ha
sabido no envejecer prematuramente como las de algunos de los
poetas del 60, muchas de los del 70 y casi todas entre las de su
propia promoción.
Pedro Granados publicó Sin motivo aparente bajo el sello
de Cuadernos del Hipocampo que dirigiera el ilustre
narrador, hoy desaparecido, Luis Fernando Vidal. La edición, de
escasos trescientos ejemplares, salió adelante gracias a unos
bonos de pre-publicación que circularon sobre todo en los
claustros de la Universidad Católica, donde Granados estudiaba
literatura, y en la facultad de Letras de la UNMSM donde Vidal
era ya un reconocido y muy estimado joven profesor. El volumen
era el tercero de una “Serie de las primicias”, colección que se
había iniciado en 1977 con Discurso de las intenciones puras,
de Jorge Luis Roncal, y Furia de la arcilla de Carmen Luz
Bejarano. Luego, entre otros numerosos títulos, vendría por
ejemplo Antes de la
muerte
(1979),
de Roger Santiváñez, o -ya en los 80- un poemario muy afortunado
en su recepción como lo fue Noches
de Adrenalina (1981) de
Carmen Ollé.
Sin motivo aparente
no cayó en saco roto, casi inmediatamente fueron apareciendo
breves reseñas, alguna entrevista al autor y comentarios de la
crítica de ese entonces. Por ejemplo, parte del
cuestionario de Luis Freyre a Pedro Granados, en “4 Palabras
Con…” (La Prensa, 27/06/1978), va como sigue:
“-¿Ahora que has publicado los poemas, qué sientes hacia ellos?
-Son una búsqueda a dos niveles. De un lenguaje y de una
identidad.
-¿Qué fuentes reconoces en tu obra?
-Trata de ser un libro dialógico con la tradición de la
literatura peruana, la que en definitiva conforman poetas como
Martín Adán, Vallejo, Egúren, Moro. Creo que todo el que
comienza no por el hecho de ser meramente patriota, tiene una
tradición con la cual confrontarse.
-¿Cultivas otros renglones literarios?
-El libro termina a propósito con un cuento corto, como
indicador de una posibilidad nueva, más adecuada para hablar de
experiencias más cotidianas.
-¿Es que la poesía no puede referirse también a lo cotidiano?
-Sí, pero la forma de hacer más cotidiana la poesía es con estos
cuentecitos”.
Y, enseguida, Freyre cierra la entrevista transcribiendo el
poema “El charco”, uno de los más memorables y, quizá, más
representativos de todo aquel breve volumen:
El charco acodó el dolor
a sus umbrales
y fue necesario huir del sol
amagado a mi paso.
Mis ojos inclinaron su rostro,
se inclinó el mediodía,
y hubo el terror de las espigas que maduran,
venas de abuelitas
que se sujetan a tus manos,
un niño-hueso con el pelito de mimbre,
la misma sustancia del mar
pero que no redime,
una mueca de espanto en la ciudad
en el cemento…
Y unas huellas de sol,
de cal con llanto,
de tristeza
Lo primero que percibimos en las respuestas de Granados a Freyre
es, pues, la escisión que establece el poeta mismo entre poesía
y cotidianeidad; no, como bien lo demuestra el poema “El
charco”, entre lenguaje poético y no poético -tan cara a
modernistas y simbolistas-, entre un dialecto supuestamente puro
y otro contaminado. Las palabras de aquel poema, aunque
selectas, pertenecen todas al acerbo cotidiano y coloquial. Sin
embargo, al repasar este primer libro del autor, efectivamente,
sí comprendemos lo que quiere decir con “cuentecitos”; son
estos, básicamente, un texto en prosa, largo para la brevedad
del libro, titulado “Ese mediodía invernal”. Aquí, al menos en
apariencia, el lenguaje del poeta pareciera instalarse de lleno
en la estética callejera con que convive y le precede: el típico
gesto oral, urbano y programáticamente urticante de los setenta.
Dicotomía de Sin motivo aparente advertida, asimismo, por
uno de los primeros críticos que saludaron esta obra primeriza,
nos referimos a Augusto Tamayo Vargas quien, en su obra titulada
Literatura Peruana, tomo III, pp.1016 y ss., y que tambièn
reproduce el suplemento Garcilaso del diario Ojo
(25/02/1979), apunta lo siguiente:
“Entre tantos poetas que surgen en el Perú con creciente aumento
de interés en diversos medios y en todas las regiones de nuestro
país hay, evidentemente, algunos que descuellan desde el primer
libro. Este es el caso de Pedro José Granados [así firmó su
primer poemario], quien muestra en Sin motivo aparente
esa poesía que parece va primando actualmente de apretados
versos cargados de intensidad lírica. Imágenes que surgen para
dar aisladamente valor y significación de poema a unas pocas
escogidas palabras. [...] Tal vez si para situarse dentro de un
específico ambiente, Granados añade unos poemas -ahí sí
verdaderamente circunstanciales- donde la habilidad en el manejo
del lenguaje se pierde en menudos e intrascendentes pasajes que
pretenden acomodar su poesía a la conversacional y abierta que
dominan poetas de generaciones anteriores a la suya”
Tamayo, pues, opta por la línea más marcadamente lírica -y
creemos quizá no menos neobarroca del poemario de Granados- y
así se lo hace saber al público y al poeta en gesto cálidamente
pedagógico cuando, también, lo antologa en el No 49 (1979) del
noticiero Contacto (“Antología poética de los últimos en
el Perú. XXXV”) que fundara y dirigiera Elvira de Gálvez.
Por otro lado, postura semejante parece adoptar otro crítico
literario de la época; nos referimos a Ricardo González Vigil
quien, al reseñar Sin motivo aparente en el diario El
Comercio (13/08/1978, p. 15), destaca:
“[Pedro Granados] nos ofrece una apretada muestra de su
itinerario artístico, fiel, por un lado, al ritmo espontáneo de
la vida (escribir sin motivo aparente, “porque el mar y el
tiempo se obstinan en recobrarse”) y, por otro, a cierta
aproximación -apertura- a la fascinación del eros y el lenguaje
cotidiano (ambos elementos se intensifican conforme avanza el
libro, hasta estallar en un texto en prosa, que resulta tal vez
la página más débil del conjunto, pero también la más
“liberadora”). En sus mejores momentos, el poemario transmite
una suave modulación, impregnada de ternura o melancolía, con
cierta resonancia reflexiva (muchas veces cínica e irónica).
Ilustremos: ′MADRE/ Con la tristeza,/ con el silencio,/ con la
nostalgia de siempre/ por el niño que me ha abandonado// y que
me mira/ en tu ternura′”
Sin embargo, ante estas dicotomías de la poesía de Granados
-intenso lirismo y circunstancias o modulación reflexiva y
prosaísmo advertidas, respectivamente, por Tamayo Vargas y
González Vigil- es oportuno citar a Manuel Velásquez Rojas, otro
atento lector de la poesía de la época, que acaso ha hecho la
taxonomía más matizada de Sin motivo aparente y ha
dedicado, luego de convocar a Rilke y referirse a Rimbaud, quizá
las más encomiables palabras -bajo el título de “Poesía y
adolescencia”- a este primer libro de Granados. Citamos:
“Los temas poéticos (si intentase una clasificación
aproximativa) se dividirían de la siguiente manera: en primer
término, la ubicación de su identidad/ real en el ámbito vital y
social; luego la omnipresencia de un sentimiento de amor, que
vuélvese sólo ternura hacia la madre […] y que se condensa otras
veces en frágil ilusión erótica […] y aun se despliega con furia
de pasión […]. Mención especial merece su inquisición lírica
sobre la poesía, el poetizar y el poeta, en el extenso canto
(relativamente extenso en relación al contexto del libro)
titulado “Porque eres agua furiosa” y que está dedicado a Martín
Adán. ¡Con que emoción habla el joven poeta de su primer
contacto con el enigma supremo de las palabras asidas o
arrebatadas al fuego de la eterna poesía! Agua furiosa es la
poesía, para Pedro José Granados. Olas de mar, espumas,
silencios y pasión. Y aún más, realidad avizorada, sentida y
vivida” -Diario Expreso (19/07/1978)-.
De alguna manera, pues, y tal como nosotros más arriba
distinguimos con aquello de “poesía y cotidianeidad”, Velásquez
Rojas contrasta también lo extraordinario de lo ordinario entre
los modos que tiene esta poesía para tratar sus temas que,
propiamente, otras dicotomías de carácter prosódico o
estilístico apuntadas por Tamayo o González Vigil. A Manuel
Velásquez Rojas no le llama la atención lo prosaico como algo
distinto a lo lírico; sí, la intensidad o lo que él denomina
“emoción” por la poesía, en esta poesía, y creemos que en este
sentido acierta plenamente. Más que un deslinde
estilístico-ideológico (bueno lo lírico, malo lo prosaico; bueno
lo culto, malo lo espontáneo; bueno lo académico, malo lo
autodidacta, etc.) no distingue jerarquía entre los temas y va a
lo fundamental, tal como en otra parte de su reseña
acertadamente nos ilustra:
“La poesía de los adolescentes no es meditación, sino asombro y
descubrimiento. A la gravedad del sentido y el pensamiento se
antepone la prístina alegría de develar la realidad. Quien ha
vivido en carne propia el fugaz correr del tiempo, posee una
identidad, sangrante quizá, pero real y labrada para siempre. El
poeta joven, en cambio, presenta en sus versos su identidad
ideal/ real, que algunas veces ancla en la eternidad del arte
como en el caso de Arthur Rimbaud”
Si los avatares de la poesía son lo que dice de ésta la crítica,
o lo que calla, de ambos tiene la poesía de Pedro Granados.
Aunque llame curiosamente la atención, más bien, el ninguneo de
su poesía en el Perú en estos últimos años; hecho -creemos
escandaloso- que va siendo percibido ahora mismo por una nueva
promoción de críticos peruanos y, por qué no, paulatinamente va
siendo reparado. Entre estos últimos lectores quizá el ejemplo
más significativo sea el de José Falconí quien, en su artículo
“Pedro Granados: la solitaria búsqueda de las definiciones” (Agulha,
Octubre 2000), enfatiza:
“Para la mayoría de los acusiosos
antologadores e historiadores de la poesía peruana -quienes se
dedican, cada cierto tiempo, a recopilar y publicar el canon
definitivo de la rica tradición literaria del Perú-, la poesía
de Pedro Granados (Lima, 1955) ha sido un enigma que hasta ahora
no han podido descifrar. Quizá sea ese el motivo por el cual las
muestras de la obra de este poeta limeño se encuentran recogidas
en muy pocas de las antologías que detentan el sospechoso título
de "oficiales" en el Perú y es, de entre sus contemporáneos, uno
de los poetas menos conocidos dentro del circuito literario de
Lima. A decir verdad, y a pesar de correr el riesgo de caer en
el clich, pareciera que Granados es más conocido fuera que
dentro de su propia patria. Y es que en Granados, los parámetros
que siempre se han utilizado para categorizar en el Perú a
nuevos poetas no se mantienen: no pertenece a una generación
poética, su poesía no puede ser considerada ni pura
ni social, ni tampoco responde totalmente a la corriente
conversacionalista o a la académica etc.”
Mas, pensamos que esta poca presencia de Granados en el parnaso
de la poesía peruana obedece tanto a razones, digamos, internas
o propias del autor (carácter, viajes, independencia ante
grupos) como externas. Y aquí, creemos, entra a jugar un rol
decisivo la manera en que cierta izquierda peruana -ya en los
años ochenta- se apropió de la cultura, de la que no está ajena
la poesía, y disfrutó durante muchos años (con algunos
remanentes hasta el día de hoy) de los beneficios que otorga ser
considerada poesía oficial. Esta, en lo fundamental, estuvo
constituida -casi durante todos los años 80- por cierta pequeña
burguesía urbana culta -aunque post, epígona del grupo Hora
Zero- que se radicalizó y se engolosinó con sus desplantes
(La Sagrada Familia), con sus escándalos de barrio, o con sus
discursos abiertamente mefistofélicos camino a la letrina más
próxima (Kloaka). Todo se simplificó bajo estas nuevas
coordenadas y, claro, se expectoró aquello que no era simple,
que requería matizar y no sólo deslindar de modo ideológica y
rentablemente correcto. Por cierto, la poesía de Granados no
halló eco aquí, y si lo pudo tener fue sordamente combatida por
aquellas huestes del nuevo orden. Obviamente, también estaban
los otros grupos, el canon conservador de siempre, vía poetas
enésimamente premiados -por ejemplo, Eduardo Chirinos o Jorge
Eslava- que lo representaban muy bien; tampoco en este círculo
social, y artísticamente mimético, fue bienvenida la poesía de
Granados. En este sentido, acaso también sea cierto lo que
apunta José Falconí:
“Si hay algo que distingue a la trayectoria literaria de
Granados es su consistente camino individual: luego de cinco
libros publicados aún se mantiene exento de la muletilla del "generacionalismo",
o de la identificación con algún "grupo" o con alguna definición
facilista del ejercicio poético. Y esto, sin duda, no ha sido el
camino típico recorrido por la mayoría de los poetas peruanos
salvo, claro, muy honrosas excepciones”
En definitiva, el performance de Granados pecó de tímido
para los de La Sagrada Familia y su lenguaje poético,
presumiblemente, pasó por “manyado” -estilística e
ideológicamente conservador- para los de Kloaka; esto sin
mencionar a los otros, astutos copistas de los cánones de moda,
cuyo próximo premio iba seguro de un puro ceñirse a esos
prestigiosos registros. Nadie tomó en cuenta la particular
pasión de los versos de Granados, ni su insólita amalgama de
coloquialidad y barroquismo aprendido, es probable, en su
frecuentación de libros como Diario de poeta de Martín
Adán. No es un hecho casual que este extraordinario poeta, mucho
antes de aparecer Sin motivo aparente, saludara los
versos de Granados con tan insólita dedicatoria: “Con viva
gratitud/ por el envío/ de sus bellos poemas”.
Tampoco, es intrascendente la anécdota según la cual lo último
que leyó el autor de La casa de cartón, en su lecho del
Hospicio Canevaro, fuera el segundo poemario de nuestro autor,
Juego de manos de 1984: “-Le gustó mucho”, declaró Juan
Mejía Baca, en una entrevista concedida, tras la muerte de
Martín Adán, al diario El Comercio (10/02/ 1985).
Entonces, hoy comenzamos a entender que ha sido fácil
mezquinarle preeminencia a la poesía de Pedro Granados, pero muy
difícil pretender restarle ahora mismo su auténtica importancia.
Creemos que esto lo saben, en primer lugar, sus propios
compañeros de ruta; es decir, los otros poetas. Aunque lo que
decimos esté aún sujeto a demostración, sospechamos que su obra
constituye una forma de lectura “secreta” y, agregaríamos
nosotros, su prestigio continúa siendo“secretísimo”. Todavía no
entendemos del todo que su voz, ya plenamente madura, se sigue
negando a encasillarse, a regodearse -incluso dentro de un mismo
poema- con un estilo específico o con una determinada estética.
Creemos que la reseña de R.B. a El corazón y la escritura
(1996) -en “Granados, una nueva voz de la poesía peruana”,
Suplemento Babelia, El País (17/05/1997)- es
particularmente iluminadora ya que resume de algún modo todo
esto:
“Dueño de un vocabulario muy personal que vierte con un ritmo
entrecortado, Granados apunta a la experiencia inmediata para
luego trascenderla [...] evita permanentemente la
grandilocuencia y, acaso, sea esa sobriedad lo que le da fuerza
a su escritura. La sencillez, las repeticiones, sus ritmos
rotos”.
Por último, sabemos por el mismo autor, que estamos en vísperas
de poder leer algo así como su poesía reunida (1978-2005); “Al
filo del reglamento” es la denominación elegida para todo
este periplo humano y poético de Pedro Granados. A nosotros sólo
nos queda aguardar el acontecimiento.
NOTAS
El resto de su producción poética, hasta ahora, va como
sigue: Desde el más allá (Lima:
Corza Frágil,
2002);
Lo Penúltimo
(Massachusetts: Asaltoalcielo, 1998);
El corazón y la escritura
(Lima: Banco Central de Reserva del Perú, 1996); El
fuego que no es el sol (Lima: Ediciones de los
Lunes, 1993); El muro de las memorias (Ithaca,
NY: Latin American Books, 1989); Vía expresa
(Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1986); Juego
de manos (Lima: Los Reyes Rojos, 1984).
Aquí, Augusto Tamayo Vargas, entre otra observaciones,
apunta lo siguiente:
“Se trata de una poesía que muestra exquisitas
tonalidades cultistas que se rompen constantemente por
un dispar caer en la palabra común. En general podemos
hallar en él esa tendencia , que ya hemos señalado
corresponde a los más jóvenes surgidos en esta década,
de buscar una lírica más comprimida, menos coloquial, y
donde un marco tenue de naturaleza envuelve íntimos
sentimientos […] Tal vez si todavía hay cierta
vacilación en adoptar un camino poético, explicable
dentro de su juventud”
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