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La
lengua desdoblada: reflexiones sobre bilingüismo y literatura
Américo Ferrari
En
su libro Probèmes théoriques de la traduction el
lingüista y traductor francés Georges Mounin, definiendo la
traducción como un caso específico de contacto entre lenguas,
hace notar que por los años en que él escribía su libro muchos
lingüistas, entre ellos André Martinet y Hans Vogt, consideraban
que en el bilingüismo el problema que interesa fundamentalmente
a la lingüística es el de las interferencias entre las dos
lenguas en contacto, o sea, en buena cuenta, las faltas de
traducción, que abundan en el bilingüe de la calle, mientras que
se supone con razón o sin ella (más bien sin ella), que estas
faltas no deben existir en el traductor profesional,
especializado y erudito, así como en los escritores que se
expresan en dos lenguas. Según Martinet “El problema
lingüístico fundamental que se plantea en el caso del
bilingüismo, es saber hasta qué punto dos estructuras en
contacto pueden mantenerse intactas y en qué medida
influirán la una sobre la otra”; que por regla general y en la
práctica el contacto crea interferencias entre las dos
estructuras es algo que todo el mundo puede comprobar todos los
días, y con el que tienen que lidiar sobre todo los traductores,
pero también a veces los escritores que escriben en dos lenguas
y se traducen ellos mismos de la una a la otra, o han escogido
la lengua extranjera como vehículo único o principal de su
pensamiento o su inspiración y de todos modos se traducen
también a sí mismos a una de las dos lenguas o a las dos...
Veamos pues cómo se presenta la cuestión del bilingüismo en
literatura. Encontraremos escritores que han escrito su obra
alternativamente en dos lenguas, por ejemplo en España, en el
siglo XIX, Rosalía de Castro, en gallego y castellano, o bien
se han traducido a sí mismos, como Lorenzo Villalonga que
tradujo al castellano su novela Bearn, primero escrita en
catalán, o el escritor italiano Alejandro Manzoni, que
escribió primero en milanés la primera versión de su célebre
novela I promessi sposi (Los novios) y después la rehizo
en italiano ; o bien otros que han escrito en una sola lengua,
como el polaco naturalizado británico Joseph Conrad, pero que es
una lengua extranjera adoptada, el inglés en este caso.
Voy a referirme primero para ilustrar el tema a tres grandes
escritores no españoles ni hispanoamericanos: Elías Canetti
(1905-1994), sefardí nacido en Bulgaria, de lengua materna
española sefardí y, como dice un diccionario, de nacionalidad
británica y de lengua de expresión alemana; el novelista y
dramaturgo irlandés Samuel Beckett (1906-1989), escritor en
inglés y en francés y traductor de sus propios escritos de una
lengua a la otra; y el novelista Julien Green (1900-1998),
estadounidense nacido en París de lengua materna ambigua,
escritor en francés y en inglés y traductor también de sí mismo
en ambas lenguas; y dos poetas de lengua materna española que
escribieron una buena parte de su obra poética en francés: el
español Juan Larrea (1895-1980) y el peruano César Moro
(1903-1956), los dos emigrados a Franciapor un tiempo limitado;
y por último un gran escritor y poeta peruano, José María
Arguedas (1911-1969), bilingüe en quechua y en español y que es
uno de los casos más singulares e impresionantes de
bilingüismo.
¿Qué interés ofrece para nuestro tema la obra y la vida de Elías
Canetti? Fundamentalmente, que no encaja en ninguna de las
casillas en que se suele clasificar a ojo de buen cubero a los
llamados bilingües. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, la
versatilidad lingüística que le impuso la historia y la
agitación del mundo en la primera mitad de nuestro siglo; en
segundo lugar: que siempre manejó por lo menos dos lenguas; y
tercero: que no se sirvió nunca para escribir su obra de su
lengua materna, el español sefardí, ni de la otra lengua de su
primera infancia, el búlgaro, ni de su tercera primera lengua,
el inglés, que empezó a hablar cuando tenía cinco años, sino de
la lengua alemana que empezó a aprender con su madre mientras
viajaba de Londres a Viena. Uno de los capítulos de sus memorias
se llama “Aprendiendo el alemán a orillas del lago de Ginebra”.
[Canetti, 1985 : 80 sqq]): por entonces el niño Canetti tenía 8
años. Él cuenta toda su odisea infantil, de Bulgaria a
Inglaterra, de Inglaterra a Austria y de Austria a Suiza, hasta
que con su madre se estableció en Zúrich en 1914 y ahí se quedó
por varios años y se quedó también con la lengua del país que
ya había asimilado en Viena. El alemán, lengua elegida, será la
única lengua de creación y a la que el escritor, en sus
memorias, va a trasladar todo lo vivido desde su primera
infancia en Bulgaria. El término “traducir” puede tomar aquí,
desde la nebulosa multilingüe de la infancia de Canetti, un
sentido muy particular que podría llenar de regocijo a los
adeptos de la teoría de la desverbalización en traducción e
interpretación, y es que en su primer libro de memorias el autor
rememora los cuentos de ogros y vampiros que le contaban en
búlgaro las sirvientas búlgaras de su casa que, al contrario de
los amos, no entendían ni sabían hablar ninguna otra lengua que
el búlgaro; sobre este recuerdo Canetti esboza una curiosa
teoría de la traducción : dice que en la época en que escribe
sus memorias ha olvidado desde hace tiempo y completamente el
búlgaro que sabía en su infancia, pero recuerda en alemán y al
alemán ha traducido inconscientemente de aquella lengua
olvidada todos los cuentos que le contaban las sirvientas de su
casa muchos años atrás : “...esta misteriosa traducción es
quizá lo más memorable que pueda contar de mi infancia”, dice el
autor (Canetti, 1985: 14-15): ha olvidado la lengua, ha perdido
todo su léxico y su sintaxis, pero le queda, emancipado de la
lengua, el sentido que el autor puede traducir en la
concatenación de los significados que lo constituyen y, ya
disueltas en la sombra del olvido las palabras búlgaras que
acarreaban ese sentido, restituirlo ahora en alemán, como si el
bilingüismo español-búlgaro de la primera infancia hubiera
perdido su cuerpo lingüístico liberando el alma de los vocablos:
el sentido, la presencia del referente, que ahora encarna en el
idioma de un bilingüe alemán-inglés, dos idiomas aprendidos,
ignorados e imprevisibles para el niño judío hispano-búlgaro
Elías Canetti en su ciudad natal de Ruse, Bulgaria. El primer
tomo de las memorias de Canetti, donde se cuentan estas cosas,
se llama Die gerettete Zunge: la lengua salvada, aunque
las editoriales lo han difundido en español con el título La
lengua absuelta. El término “lengua” aquí no parece indicar
un idioma en particular y ninguna de las dos lenguas de la
infancia precisamente, ni el español ni el olvidado búlgaro,
sino indistintamente la lengua como modo humano de estar en el
mundo y entre los humanos, y evocar y recrear en un idioma
conquistado, en este caso el alemán, las fábulas maravillosas
absorbidas en la infancia en el idioma dado, en este caso el
olvidado búlgaro.
El caso de Samuel Beckett, escritor secreto y original si los
hay, es diferente y en cierto modo, desde el punto de vista de
la trayectoria del bilingüe, más tradicional y canónico; es
decir que Beckett nació hablando inglés, asimiló el francés
seguramente desde su niñez y en un momento determinado de su
trayectoria de escritor, ya asentado en Francia, optó por el
francés como vehículo principal de su pensamiento, sin por ello
abandonar el inglés, y junto con esta opción empieza también su
actividad de traductor, trasladando él mismo al francés tres de
sus novelas más importantes escritas originalmente en inglés,
Murphy, Molloy y Watt. Parece ser, por lo demás, que
en ciertos casos Beckett utilizaba como base de sus escritos un
lenguaje codificado, ni inglés ni francés, y que tomaría cuerpo
después en una u otra lengua. Lo importante es que, original o
traducción, en el francés del escritor irlandés no parecen
existir interferencias de la otra lengua; su francés es un
idioma tenso y terso, abrupto y liso al mismo tiempo, cruelmente
modulado por el silencio que se integra en la palabra como el
recurso ideal para expresar la angustia intolerable que, tanto
en las obras teatrales como en los relatos, es al mismo tiempo
tema, paisaje y personaje: la espera en vano que se estira y
se estira sin objeto en el vano del lenguaje, pero es siempre
un idioma que cabe calificar sencilla y pleonásticamente de
idiomático
Si pasamos ahora al tercero de los grandes escritores
contemporáneos que me he propuesto mencionar, Julien Green,
veremos que representa el caso más tradicional y equilibrado de
bilingüismo literario, bilingüismo que integra también, como en
Beckett, la doble traducción de textos originales del inglés al
francés y viceversa; pero el bilingüismo literario de Green y
su interés por la traducción no son, como en Beckett o en
Canetti, el resultado de una ruptura que influya de manera
decisiva en el destino de la obra, sino que en cierto modo
estaban prefigurados como un destino por su nacimiento en París
de padres estadounidenses establecidos con la familia en esa
ciudad, de modo que el niño Julien, que, si se puede decir así,
mamó el francés con la leche de su nodriza francesa, estaba
destinado por su situación de norteamericano residente en
Francia a educarse en escuelas e institutos franceses y por
consiguiente a hablar y escribir corrientemente en francés, pero
también en inglés que era naturalmente la lengua obligatoria
dentro del círculo familiar. Él mismo dice en sus memorias que
el francés terminaba a la puerta de su casa y, franqueado el
umbral, se hablaba sólo inglés; pero dice también que hasta la
adolescencia habló el inglés con acento francés, hasta que
recobró el acento en compañía de estudiantes de las
universidades norteamericanas primero en Francia y después en
Estados Unidos donde escribe sus primeros relatos en inglés
(Lucera, 1987 : 7-8). Green es un gran novelista, pero lo que
nos interesa en particular ahora es un libro suyo de
traducciones de sus propios textos titulado Le langage et son
double (“El lenguaje y su doble”) que me ha incitado a
parafrasearlo como título de estas reflexiones en “La lengua
desdoblada”; pero es de señalar que el título del libro aparece
solamente en francés mientras que todos los textos y los títulos
de los textos vienen en inglés y en francés; en realidad en
francés se esperaría más bien, como en español, “la langue
et son double” en la medida en que el “ doble ” de este
“lenguaje” parece ser la “otra lengua” y no otro “langage” o
“lenguaje” en el sentido francés y español, a menos que el autor
piense en el sentido técnico de “langage” derivado de la
distinción que hace De Saussure entre lengua y habla: el
“lenguaje como conjunción de la “lengua”, sistema virtual y
abstracto, y el “habla” o discurso como actualización del
sistema.
En todo caso aquí el doble del lenguaje se materializa como
traducción en un texto de forma y contenido análogos pero que es
irreductiblemente otro, como el doble de una persona; quizá
también el autor haya querido introducir una ambigüedad
fundiendo el sentido del inglés “language” y el del francés “langage”;
sea como fuere, la intención es mostrar al lector la nueva vida
del sentido y de la forma de unos organismos lingüísticos en un
idioma paralelo. El libro reúne 12 textos: 9 originales en
inglés, 3 en francés, unas páginas de diario escritas
simultánemente en inglés y francés y traducciones al inglés de
poemas de Charles Péguy. El rasgo más notable de estas
traducciones (me refiero sobre todo a las traducciones
francesas de originales ingleses) es la libertad con que el
autor adapta muchas veces más que traduce al francés numerosos
períodos de sus propios textos que, puestos en la otra lengua,
se apartan considerablemente de la forma del original aunque
sin desmedro del sentido nuclear del texto inglés. Por ejemplo
en un texto titulado “On Keeping a Diary” (“Llevar un diario”).
Inglés: “To keep a diary is a curious habit and we may well
wonder why so many people cultivate it.
What they are trying to do, I suppose, is to cause time to
stand quite still: “Llevar un diario es una curiosa costumbre y
podemos preguntarnos por qué tanta gente la cultiva. Lo que
tratan de hacer, supongo, es hacer que el tiempo se quede
totalmente inmóvil”. Francés: ”C´est une curieuse habitude que
celle de tenir un journal et l´on peut se demander à quel besoin
il répond si ce n’est au plus chimérique: celui de
fixer le temps”: “Es una curiosa costumbre la de llevar un
diario y uno puede preguntarse a qué necesidad corresponde si no
es a la más quimérica : la de fijar el tiempo” (Green, 1987 :
104-105). Vemos que el autor modifica considerablemente la
disposición de las cláusulas y la elección de los vocablos,
pero va aún más lejos y suprime en la traducción francesa
párrafos enteros del texto inglés añadiendo otros que no figuran
en el original: en ambos casos los fragmentos de textos ausentes
en cada lengua son reemplazados por espacios blancos que
indican al lector la intención de recalcar las modificaciones
del texto original en lengua terminal, lo que da cierta
personalidad independiente o autonomía al texto traducido; al
pasar de una lengua a la otra se crea así literalmente un doble
del texto : un doble que es un organismo semántico y léxico
semejante pero no ya el mismo organismo, como el doble de una
persona es semejante a ésta pero no es la misma persona. Estas
traducciones de Green parecen ser, pues, un estudio implícito de
la traducción como proceso y al mismo tiempo como producto.
Nos vamos a encontrar ahora en un terreno bastante diferente al
pasar a los dos poetas hispánicos que he mencionado, Juan Larrea
y César Moro; digo que el terreno es diferente porque en el
caso de estos autores la adquisición de la lengua extranjera,
que después tratarán de utilizar como propia, fue tardía: la
aprendieron como una de las diversas asignaturas de los
institutos de segunda enseñanza, un instituto de Salamanca en
el caso de Larrea, un colegio de jesuitas de Lima en el caso de
Moro.
Juan Larrea nació en Bilbao en 1895, era coetáneo y amigo de
los principales poetas de la llamada generación del 27 y muy en
particular de Gerardo Diego; en 1926 emigró de Madrid a París.
Había escrito ya un puñado de poemas en español, de corte
primero ultraísta y después creacionista en París, inspirado por
su amigo, el poeta chileno Vicente Huidobro que escribía también
desde 1916 poesia en francés y también en París. Como Huidobro,
pero claro está, no por imitar a Huidobro, Larrea escribe en
París la mayor parte de su obra poética entre 1926 y 1932 :
Ailleurs (En otra parte), En pure perte, título que
el editor y traductor de Larrea, Luis Felipe Vivanco, ha calcado
en Pérdida pura
─
pero la expresión tiene más bien el matiz de “para nada”, “sólo
para perder”─,
y Versión celeste (título en español, poemas en francés).
Casi toda esta obra poética fue escrita en una lengua
extranjera por una opción estética pero sobre todo
existencial; por el automatismo de la escritura, por la voluntad
de romper con los cánones de la cultura occidental y por
reacción contra el hundimiento de los valores en Europa
después de la primera guerra mundial estos poemas corresponden
bastante a la sensibilidad y a la renovación de las formas
poéticas que caracterizaban en la época el movimiento
surrealista fundado por André Breton en 1924. Esto quiere decir
que el español Juan Larrea tenía grandes afinidades con la
visión de la surrealidad o superrrealidad que buscaban y
pregonaban los surrealistas de París, y quizás esas afinidades
con la forma y el fondo de la poética del grupo francés lo hayan
motivado, sin que que por ello haya pertenecido jamás a esa
escuela ni comulgado con ella en tanto que escuela: Larrea era
en este sentido un escritor totalmente independiente de grupos y
cenáculos. Su elección del francés para escribir su poesía es
fundamentalmente una voluntad de ruptura; él mismo ha declarado
sus límites en lengua francesa y así y todo opta por ella; para
comprender mejor el fondo de esta ruptura con su propia lengua
lo mejor es dejar al propio Larrea comentarla y explicarla: “Si
en su mayoría estos poemas se redactaron
─se
vivieron─
en francés, lengua que, no obstante residir en Francia, el poeta
dominaba sólo relativamente (...) fue porque el autor encontraba
más dúctil y matizado aquel idioma y, por lo mismo,
especialmente idóneo para expresar en claves estéticas sus
estados de conciencia esencial, desarticulados, turbios,
difíciles, y sentidos en concordancia con las posibilidades que
ofrecían algunas de las técnicas imaginativas descubiertas por
la mejor audacia internacional del momento” (estas “ técnicas
imaginativas ” y esta “audacia internacional” son,
evidentemente, las del surrealismo). “Sin embargo, tras un
tercio de siglo cree ahora saber quien esto escribe que en lo
subterráneo del fenómeno latía cierta razón determinante más
honda y valedera. En su impulso incoercible hacia una universal
e intrínseca allendidad, la conciencia poética del autor tenía
que desprenderse de su mundo o matriz de origen así como de su
cultura (...) De ahí que se expatriara lógicamente,
trasplantándose a la única lengua extraña en que podía
expresarse fuera de la española”. Y Larrrea termina sobre este
punto diciendo: “El primero de los poemas, “Evasión”, es, en
virtud de su precedencia (mayo 1919), particularmente
declarativo al respecto. En él la subsiguiente trayectoria
existencial del autor se halla prefigurada en términos (...) que
hoy lo desindividualizan
─y
quizá no sólo a él─
ineludiblemente ” (Larrea, 1970: 43). La desindividualización
atañe al individuo y a la lengua del individuo, de la que el
poeta se evade, o mejor dicho, trata de evadirse en el intento
de evadirse de su cultura. Este primer poema escrito en España
y en español, dice al final así : “Finis terre la /soledad del
abismo / Aún más allá / Aún tengo que huir de mí mismo”. Al
huir de sí mismo el poeta huye de su propia lengua, de su
propio país, de su propia cultura para trasladarse, para
“traducirse” podríamos decir, a un más allá, a una otredad
en otra parte: Ailleurs, que es el título de su
primer poemario francés; y finalmente huirá de Europa en 1939
para trasladarse a América donde él ve el lugar de la
palingenesia, del futuro paraíso terrestre y de la surrealidad:
era, al fin y al cabo, un poeta. Mientras tanto abandona el
francés como lengua de expresión, pero deja también de escribir
poesía y toda su obra posterior hecha sobre todo en
Hispanoamérica es prosa española filosófica, palingenésica y
crítica.
Estos son los presupuestos culturales de la mudanza lingüística
de Larrea, pero se trata en este caso de una mudanza en que
muebles y enseres de la lengua propia vienen a estorbar en la
casa nueva y desentonan; digo que, como reconoce el propio
Larrea, su competencia en francés es relativa, y los textos
están salpicados de faltas de lengua, no tanto en el léxico pues
el léxico de los poetas surrealistas era por lo general muy
abstracto y estereotipado, sino en la gramática del poeta que a
menudo calca la sintaxis del español; es decir que, como
sugiere Luis Felipe Vivanco, es probable que, al escribir en
francés, el poeta español esté “traduciendo” en cierto modo de
un español oculto, no declarado. Cito lo que dice Vivanco:
“Porque, a pesar de todos los testimonios en contra, siempre le
queda a uno la duda de cómo funcionaba la mente y la imaginación
del poeta en esa lengua que, por lo pronto, ha llegado a ser la
de su poesía sin llegar tal vez a ser la suya. A esta situación
aluden sus palabras cuando nos confiesa que escribía sus poemas
en un idioma que dominaba relativamente” (Vivanco, 1970 : 36).
Nadie, en efecto, puede saber cómo funciona la mente de un
poeta sobre todo cuando, poseyendo dos lenguas, escribe en
aquella en que tiene menor competencia; pero sí se puede intuir,
a través de las interferencias y las faltas de francés, que la
lengua reprimida está presente y actúa modificando las
estructuras del francés. Una última observación: como para
ponerse en consonancia con el francés interferido de Larrea, en
la traducción española que de esta poesía da Gerardo Diego hay a
su vez interferencias, torpezas y errores de traducción ; de
modo que, por lo menos en la edición de Barral de 1970 que yo he
consultado, el texto que recibe el lector presenta problemas de
interferencias sintácticas y errores semánticos en las dos
lenguas: los de Larrea en el original francés y los de Diego en
su traducción española.
El poeta peruano César Moro junto con Larrea y el chileno
Vicente Huidobro cierra el trío de los poetas de lengua española
de este siglo que eligieron el francés para escribir su poesía y
son relativamente célebres. Se podría añadir a estos tres el
ecuatoriano Alfredo Gangotena (1904-1940), menos difundido,
quien también vivió en París y escribió casi toda su obra en
francés. Lo que diferencia a los tres primeros es que en Larrea
y Huidobro el francés no fue sino un episodio y volvieron al
castellano para escribir el resto de su obra, cuando Moro, que
de los 53 años de su vida no vivió sino 8 en Francia y todo el
resto en Lima y en México, quiso conservar la lengua extranjera
hasta su muerte, escribiendo no sólo poesía y textos diversos en
prosa, sino hasta las cartas a sus amigos. En 1928 el poeta se
incorporó al grupo surrealista de André Breton en París y
─dice
su biógrafo y amigo íntimo André Coyné─
“inmediatamente dejó de escribir en español y adoptó el francés
como lingua prima de su poesía” (Coyné, 1987 : 78); un
francés, por lo menos en aquella época, salpicado en ocasiones
de hispanismos léxicos, como “ inaverti ” (inadvertido) por
inaperçu o “abonnent” en el sentido español de abonar la
tierra, (francés “fumer”, “mettre de l’engrais”), que ningún
francés entendería si lo leyera, pero los franceses no leen el
francés de Moro, ni el de Larrea, ni el de Huidobro.... Y
todavía más de veinte años después, escribe en un poema:
“Fortuné.
Venu à plus dans la fortune”.
Traducción literal : ”Afortunado. Venido a más en la
fortuna”, reverso de la expresión “venido a menos”, también
incomprensible en francés; más impresionantes son los galicismos
que pululan en sus textos en español y más aún en las
traducciones que el poeta ha hecho de algunos de sus textos; por
ejemplo, en unas páginas escritas en francés sobre el Perú y
traducidas por él al castellano, “Biografía peruana”, se cuentan
más de media docena de solecismos y distorsiones del léxico,
voluntarios o involuntarios nadie puede saberlo; pero le damos
la razón a la escritora uruguaya Martha Canfield cuando dice que
en sus cartas y tarjetas postales en español “el poeta cometía
errores ortográficos tan grotescos que no se se puede dejar de
pensar que quisiese estropear el idioma que había rechazado” (Canfield,1996 :79).
Se podría pensar lo mismo de algún otro texto que las tarjetas
postales. Y sin embargo uno de los mejores libros de Moro, La
tortuga ecuestre, poemas de amor, fue escrito en
castellano, en México, a finales de los años 30: esta vez un
castellano perfectamente fluido e idiomático con un número
mínimo de galicismos. Hay que decir que el amado que inspira
estos poemas era un mexicano que seguramente no conocía sino el
castellano... Parece pues probable que las deformaciones que
César Moro impone al idioma son, la mayoría de las veces,
conscientes y deliberadas, como si quisiera castigar a su lengua
propia por no ser extranjera.
Para terminar, unas pocas palabras sobre José María Arguedas, un
caso seguramente único. Su obra está marcada por la conjunción y
la pugna de dos lenguas y dos culturas; por una parte la lengua,
la cultura autóctona y la visión del mundo del pueblo quechua en
los Andes peruanos; y, por otra parte, la lengua y la cultura
dominantes en que hablamos y nos manejamos la mayoría de los
habitantes del Perú: la cultura llamada occidental y la lengua
castellana; y cuando digo que el caso de Arguedas es único es
porque, no siendo “indio” sino un peruano de los clasificados
por su origen étnica y culturalmente entre los “blancos”, se
educó desde su primera infancia entre los indios y en quechua
y mantuvo y cultivó siempre su lengua y las bases de su cultura
andina. El propio Arguedas ha contado su historia: su madre
murió siendo él muy pequeño y su padre, abogado itinerante por
los pueblos de la sierra, siempre de viaje, no pudiendo atender
a José María, lo confió a la madrastra, que lo odiaba, y en
lugar de reservarle en su casa, en una ciudad de los Andes de la
sierra sur, el lugar que le tocaba por su origen, lo relegó a la
cocina con las sirvientas y los sirvientes indios; así que el
niño creció entre los indios y hablando la lengua de ellos, el
quechua (en Cornejo Polar, 1973 : 41-42). Él mismo afirma que
aprendió el español tardíamente, hacia los siete años; después
volvió al lugar que le tocaba en la sociedad peruana, hizo sus
estudios en español, fue nombrado catedrático de etnología en
una universidad de Lima y llegó a ser uno de los mayores
escritores de América en lengua castellana; pero una lengua
castellana muy peculiar, a menudo deliberada y sabiamente
deformada o transformada por el quechua. Hablando de su obra, el
autor dice en uno de sus primeros cuentos que “aunque el
castellano era dócil y propio para expresar la historia de [sí]
mismo (...), aún en [ese] relato el castellano está embebido en
el alma quechua, pero la sintaxis no ha sido tocada”; pero añade
que ese lenguaje no le servía para la interpretación de las
luchas de la comunidad, para el tema épico: “En cuanto se
confundía mi espíritu con el del pueblo de habla quechua,
empezaba la descarriada búsqueda de un estilo (...). Sumergido
en la profunda morada de la comunidad [quechua] no podía emplear
con semejante dominio, con natural propiedad el castellano. Era
necesario encontrar los sutiles desordenamientos que harían del
castellano el molde justo, el instrumento adecuado” (Arguedas,
1983: II 96). Es así como Arguedas suele escribir un castellano
en parte sometido al orden sintáctico-semántico del quechua para
poder expresar en la lengua de una comunidad el alma de la otra.
Otros escritores en Europa se han servido de procedimientos
análogos como, por ejemplo, en Italia, Carlo Emilio Gadda que a
veces trabaja el italiano a partir del milanés, que era su
lengua ; pero la empresa de Arguedas no tiene parangón por la
fuerte emotividad y por la visión del mundo que gobiernan
esta presencia subterránea de la lengua primera, el quechua, en
la lengua segunda, el español en que se constituye la obra
narrativa. Por lo demás Arguedas es autor de poemas en quechua
que, traducidos al castellano por él mismo, dan una tremenda
impresión de fuerza y de belleza. El propio Arguedas ha
declarado que no podría escribir poemas sino en quechua.
Una vez más se puede comprobar que hay a menudo un proceso
contínuo de traducción ya implícita, ya explícita entre las
lenguas en contacto de un escritor bilingüe, ya sea que funda
elementos de ambas lenguas como Arguedas, Larrea o Moro, ya sea
que ponga una barrera entre las dos, para saltarla por medio de
la traducción como Beckett o Green.
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