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Constelaciones poéticas en el Perú del siglo XX
Américo Ferrari
En
su libro Carácter de la literatura del Perú independiente,
escrito a principios del siglo (1905), José de la Riva Agüero
dice: “Si no se atendiera a las medianías muy escasos serían los
nombres de la literatura peruana”, lo que es verdad para la
literatura que se escribía aún cuando Riva Agüero pronunciaba
ese juicio en 1905: sobre todo en materia poética la medianía
reina, no sólo en el Perú sino en toda Hispanoamérica y en
España a lo largo de la mayor parte del siglo XIX. Claro que hay
excepciones, por ejemplo, en el Perú, Manuel González Prada,
quien en medio del desierto de la poesía de la época es una
especie de oasis; en el tono de algunos de los poemas de su
madurez, en su libro Exóticas por ejemplo, podemos ver ya
prefigurados incluso ciertos rasgos del simbolismo de José María
Eguren. Aparte podemos mentar al resonante José Santos Chocano,
oficialmente coronado de laureles en Lima, y de quien
seguramente se acordaba el escueto Vallejo cuando escribió:
“Quiero laurearme pero me encebollo”. Pese a la incontinencia
verbal de su obra, un número limitado de sus poemas son poesía
para quedar: y de hecho han quedado, A González Prada le
manifestaron su admiración Eguren, Valdelomar, Vallejo y
Mariátegui que tenían entre cinco y veintiséis años cuando
empezó el siglo.
Después de éstos, lo único que podían hacer los primeros grandes
poetas peruanos en el primer decenio de nuestro siglo era nacer,
y nacieron: César Moro, Xavier Abril, Enrique Peña Barrenechea,
Carlos Oquendo de Amat, Martín Adán, Emilio Adolfo Westphalen,
José María Arguedas, Vicente Azar, Manuel Moreno Jimeno, entre
los más destacados, que vinieron todos al mundo entre 1903 y
1913. Esta es la primera “constelación” poética a la que me
refiero en el título, y debo explicar que he querido evitar el
término de “generaciones” que se suele emplear de manera
mecánica para designar a todos los poetas nacidos en el espacio
de una década (generación del 50, del 60, del 70, etc.) cuando a
veces no hay entre ellos ninguna afinidad ni orientación común,
y quizá sería mejor reservar el término para los grupos de
escritores o poetas que se unen y escriben o empiezan a escribir
en torno a un programa, a una idea o a una causa común; así en
España la generación del 98 o la generación del 27. Para el
Perú, quizá se podría hablar, con reservas, de “generación” para
los poetas del movimiento Hora zero en los años setenta, algunos
de los cuales han sido reunidos en el libno Estos trece
de José Migue Oviedo.
Alejadas cronológicamente de los poetas nacidos a principios del
siglo y que empiezan a escribir entre1923 y 1930 brillan las dos
estrellas ya nombradas: José María Eguren (1874-1941) y César
Vallejo (1892-1938): dos poetas totalmente divergentes en la
inspiración poética, los temas y el tratamiento del lenguaje,
pero que de algún modo en un momento se atrajeron, como lo
prueba una carta entusiasta y elogiosa que dirigió Eguren a
Vallejo antes de que apareciera Los heraldos negros, así
como la atención respetuosa que visiblemente tuvo siempre
Vallejo por Eguren a quien entrevistó en 1918. Aún en 1926
cuando Vallejo ya había publicado Trilce cuatro años
atrás, en una entrevista concedida a Carlos Bazán, quien le
habla de publicar toda su obra poética en la editorial Minerva,
Eguren responde que “más interesante sería hacer una antología
de los poetas jóvenes peruanos que principian con Vallejo”. Por
lo demás los dos grandes poetas, como ya he dicho, giran en
órbitas distantes, tanto por la diferencia de edad (Eguren tenía
dieciocho años más que Vallejo), como por la forma y el fondo de
su poesía. La carta elogiosa de Eguren que he citado está
fechada en 1917 y se refiere a la manera vallejiana de Los
heraldos negros aún muy influida por el simbolismo ya desde
el título del libro. En cambio en otra entrevista de Ciro
Alegría al poeta de Simbólicas, el novelista peruano,
deduciendo que Eguren “se encontraría a gran distancia de César
Vallejo”, le pregunta qué piensa del autor de Trilce, y
Eguren contesta que le es dificil entenderlo y, yendo más allá,
declara: “Vallejo es un hombre de gran sensibilidad pero no
traduce esa sensibilidad de manera poética. Cuando yo leo versos
suyos en los que dice poto de chicha o algo por el
estilo, me desconcierto. Eso no es poesía. Es difícil imaginar
nada menos poético. Poto de chicha, ¡poto de chicha!
Suena vulgar e inclusive es antipoético. Si no siempre dice
cosas como poto de chicha, por ahí van las otras. La
verdad es que no entiendo a Vallejo”. Más claro no canta un
gallo, y parece evidente que la incompatibilidad o la distancia
entre los dos poetas es insalvable.
En
cuanto a Vallejo, y pienso que es necesario insistir en esto,
después de la entrevista que le hizo a Eguren en 1918, no creo
que haya vuelto a referirse a él. No parece por lo demás que,
desde que se fue a Europa, haya hablado de casi ningún otro
poeta peruano de los que vinieron después. No recuerdo en todo
caso haber leído en los artículos y las cartas de Vallejo ningún
comentario sobre la obra poética de César Moro, Xavier Abril,
Martín Adán, Oquendo de Amat.
Todo
esto al fin y al cabo es pura anécdota. Lo único que me parece
necesario para situar comparándolos a estos dos genios de la
poesía moderna son las direcciones del todo divergentes de sus
respectivas obras poéticas, en Eguren desde su primer libro y en
Vallejo a partir de Trilce. Eguren es un gran poeta
simbolista, pero de ninguna manera un modernista tardío ni un
retoño del simbolismo francés: su visión del símbolo y el ritmo
y la melodía, la música verbal en que flotan sus símbolos, me
parecen radicalmente originales. Por la dirección de su poesía
expresada en el lema Siempre a lo desconocido, por la
presencia difusa del sueño y de la noche donde reina la muerte
pero donde brilla también la luz de la esperanza de la que es
portadora una niña con una lámpara azul, el mundo mágico de la
poesía de Eguren se vincula más bien, mirando hacia atrás en el
tiempo, con el romanticismo alemán, con la noche de Novalis y su
flor azul, hacia adelante, con la poesía onírica del
superrealismo de los años 20-30, superrealismo del que Eguren es
un adelantado, me parece a mí. La poesía de Vallejo en cambio es
patentemente expresionista aunque él, en el París que visitaba
en los años 20 no tuviera ningún conocimiento, o muy poco, del
expresionismo alemán, tan bien ocultado por los franceses, como
ha dicho el propio André Breton, y tan rigurosamente no
traducido por los mismos. Pero el expresionismo, en su sentido
lato, no es una escuela ni un movimiento particular sino una de
las constantes del arte que reaparece en todas las épocas. Y esa
vena expresionista está en la raíz misma de la expresión poética
de Vallejo, abrupta y directa, palabra humana que surge como
llanto o rugido, y así lo expresa él mismo, “en el sentido
llorante de esta voz”, “sufriendo, como sufro, del rugido
directo del león” y, finalmente, en uno de los sonetos más
impresionantes que se hayan escrito en nuestra lengua,
“Intensidad y altura”: “Quiero escribir, pero me sale espuma, /
quiero decir muchísimo y me atollo; (…) // Quiero escribir, pero
me siento puma; quiero laurearme pero me encebollo”. Muchos de
los poemas de Vallejo son como un grito y así repercuten en
nuestra memoria, igual que repercute el interminable grito
silencioso de un célebre cuadro de Edvar Münch que se llama
precisamente “El grito”. Y esa constante del grito de un hombre,
que es a la par en Vallejo rugido de león o de puma, está en
íntima relación con la representación del ser humano como un
animal que, sin embargo, es un hombre porque “es triste, tose” y
“es lóbrego mamífero y se peina…”: “Considerando también/ que el
hombre es en verdad un animal / y, no obstante, al voltear, / me
da con su tristeza en la cabeza…”. “La poesía debe expresar los
grandes movimientos del alma”, ha dicho el poeta en un artículo
que censura a los ismos de la época por querer hacer poesía
nueva ensartando clichés y términos nuevos: los movimientos del
alma, del ánima, del “animal que soy entre sus jueces”.
Muchos poetas de todas partes han construido moldes poemáticos y
sucesivos poetas discípulos han moldeado sus textos según la
forma creada por el maestro. Tanto en Eguren como en Vallejo se
rompe el molde y no creo que nadie pueda recomponerlo para
escribir a la manera del uno o del otro. No hay tal maestro ni
hay tales discípulos. No hay manera. Por eso los he comparado a
dos estrellas aisladas que brillan con su luz y nada más.
Ahora, después de ellos viene la primera constelación de poetas
peruanos del siglo XX. En 1903 nace César Moro, en 1908 Martín
Adán, en 1911 Emilio Adolfo Westphalen y José María Arguedas.
Estos poetas estuvieron vinculados por lazos de amistad y por
una común simpatía por Eguren y, en el caso de Westphalen, una
ferviente admiración a la obra de José María Arguedas.
César Moro nació en Lima y se educó en el colegio de la
Inmaculada donde aprendió el francés como lengua extranjera,
dato importante porque el poeta, que en 1925 se fue a Francia
donde se quedó ocho años, se incorporó en 1928 al grupo
surrealista en París y adoptó el francés como lengua de creación
poética, aunque después volvió a su lengua materna en México,
donde escribió en castellano uno de sus más hermosos poemarios,
La tortuga ecuestre en, 1938-1939. Los primeros poemas
que conocemos de Moro fueron naturalmente escritos en castellano
y en el Perú entre 1923 o 24 y 1925, año en que se fue a Europa
donde siguió escribiendo en español hasta que se integró en el
grupo surrealista de París y empezó a escribir sus poemas en
francés. Tres de los poemas en español de esa primera etapa del
poeta fueron publicados en la revista Amauta, uno de los
más importantes focos de difusión y de fomento de la cultura
peruana e internacional de entonces en el Perú y en
Hispanoamérica, y hay que decir que la poesía peruana debe a esa
revista y a su creador, José Carlos Mariátegui, la difusión de
los primeros escritos de los entonces jóvenes poetas peruanos:
César Moro, Martín Adán, Xavier Abril, Emilio Adolfo Westphalen,
Oquendo de Amat. En Amauta publicó asiduamente José María
Eguren numerosos poemas originales y Vallejo dos textos entonces
inéditos, en las páginas de Amauta apareció uno de los
mejores homenajes a la obra y la persona de Manuel González
Prada y fue en Amauta donde seguramente más se difundió y
se recalcó la importancia de la naciente literatura indígena e
indigenista de la época.
En
1933 Moro regresó al Perú. Cinco años después, en 1938, volvió a
emigrar, esta vez a México, donde escribió en francés Le
chateau de grisou / El castillo de grisú y en francés
también Lettre d’amour / Carta de amor, poema traducido
al español por Emilio Adolfo Westphalen e inspirado por el mismo
amor que había dado origen a La tortuga ecuestre que ya
he mencionado y que para Ricardo Silva Santisteban es la mejor
poesía de Moro y para mí también. De lejos. Y esto nos lleva a
reflexionar sobre la actitud compleja del poeta frente a su
lengua materna y frente a la lengua extranjera como medios de
creación poética. Con Arguedas, que escribió en castellano y en
quechua, Moro es uno de los dos grandes poetas bilingües del
Perú y uno de los pocos del mundo de lengua castellana; pero el
caso de Arguedas es diferente: el quechua fue la lengua de su
infancia y la que en realidad él consideró siempre como su
lengua materna aunque dominaba ambos idiomas con igual
perfección. Moro en cambio adoptó el francés cuando ya tenía 25
años, y no había escrito sino un puñado de poemas en castellano,
y este francés adoptado, que es una lengua extranjera para los
hispanohablantes, resulta una lengua extraña para los franceses,
salpicada acá y allá de hispanismos que nadie entendería en
Francia si leyeran a Moro en Francia, y de juegos de palabras en
francés pero con sonidos españoles igualmente ininteligibles
para oídos franceses. Por otra parte, hay textos del poeta en
español plagados de galicismos y a veces de distorsiones
ortográficas tan flagrantes que se puede pensar que son
deliberadas. Yo he dicho en un trabajito hace años que el poeta
César Moro era un extranjero nato, igual en Lima que en México o
en París, pero más que una voluntad de extranjería lo que había
en el corazón del poeta era una vocación de extrañamiento, por
la cual asumía el exilio de raíz como su condición natural, y se
sentía extraño seguramente en París como en México o en Lima:
“Lima la horrible”, expresión con la que fecha su último poema
en español y que dio el título a un libro célebre de Sebastián
Salazar Bondy. La patria de Moro era visiblemente una tierra
móvil y sin fronteras que él llevaba en el alma, y en última
instancia su patria eran sus amigos: Moro profesaba la amistad
como una religión: “Hablo a mis amigos lejanos cuya imagen
turbia/ Tras una cortina de estruendo de cataratas / Me es cara
como una esperanza inaccesible”. Cuando se aprestaba a regresar
de México al Perú, en una carta a Westphalen, a quien parecía
extrañarle esa decisión, le explica que en el Perú tiene a su
madre y tiene amigos; se puede entender: “ahí está mi patria”,
pero también hay el hecho de que la costa del Perú es su lugar
natal, y es patente que ese lugar emite señales en la obra y en
la vida poética de César Moro, no quizá la ciudad de Lima ,
aunque también Lima por más horrible que fuera, porque ahí
estaban su madre y sus amigos; pero sobre todo unos lugares
-dice el poeta- “claros, solitarios…lugares, vínculos sin ningún
deseo de adaptación, bajo el sol o cubiertos de neblina tras la
cual se vislumbra la presencia inmanente del sol”, dice el
poeta, y añade: “No en vano he nacido, cuando miles y miles de
peruanos están todavía por nacer, en el país consagrado al sol y
tan cerca del valle de Pachacámac, en la costa fértil en
culturas mágicas, bajo el vuelo majestuoso del divino pelícano
tutelar”. Pienso que a ese lugar el poeta ha vuelto
incesantemente a lo largo de su vida y de su obra, en París, en
México y en Lima: a su patria o, en el caso de Moro, dado el
culto que profesaba a su madre, quizá diríamos mejor: a su
matria.
Emilio Adolfo Westphalen estuvo siempre unido a César Moro por
una amistad entrañable y a lo largo de su vida ha hecho mucho
por difundir su obra. Pero la obra poética de Emilio es
acendradamente personal y está cortada por un largo lapso de
silencio. El poeta, después de dos poemarios que están entre los
mejores de la poesía en lengua española, no publicó y casi no
escribió poesía: inútil buscar el por qué de ese silencio:
porque el silencio sencillamente en ese lapso se impuso a la
palabra. Una vez le hablaba a Westphalen de un poeta célebre y
profuso, y él cortó por lo sano diciéndome sencillamente: “La
poesía es algo que le sucede a uno”. A Westphalen le sucedió la
poesía entre 1931 y 1935 en los dos poemarios ya mencionados,
Abolición de la muerte y Las ínsulas extrañas.
Después dejó de sucederle por cerca de 30 años, y volvió a
sucederle con una fuerza creativa realmente extraordinaria en
una serie de poemarios por lo general breves, donde los títulos
mismos son a veces un poema: Belleza de una espada clavada en
la lengua, Arriba bajo el cielo, Remanentes de naufragio,
Porciones de sueño para mitigar avernos, son algunos de
ellos. Una constante en esta segunda etapa de la poesía
westphaliana es, en el poema mismo, una crítica acerba del poema
visto como un estéril e imperfecto remedo de la vida, lo que de
algún modo tiene que ver con la aspiración al silencio del
poeta, ya explícitamente declarada en los primeros poemas de los
años 30: “Me he callado porque sólo el silencio pone más cerca
los labios/ Porque sólo el silencio sabe detener a la muerte en
los umbrales/ Porque sólo el silencio sabe darse a la muerte sin
reservas”. Pero en la segunda etapa esta opción por el silencio,
al expresarse de nuevo en palabras, se hace agresiva y se
resuelve en un ataque tremendo al objeto “poema”: “Empeño manco
este esforzarse en juntar palabras / Que no se parecen ni a la
cascada ni al remanso,/ Que menos trasmiten el ajetreo del
vivir”; y llama al poema “La torre falsa más triste y
despreciable”, “Inocua obra de escribano o poetastro diligente”.
Total, la gran culpa del poema es el no existir como sí existen
el remanso, la cascada y el ajetreo del vivir. Y así se anuda
una especie de pugna entre el decir en las palabras del poema y
el verdadero ver con los ojos de nuestro cuerpo existente. Así
se entiende el sentido del título del poemario Belleza de una
espada clavada en la lengua: belleza del silencio que corta
la palabra e invalida al decir, del poema por ejemplo. Pero
después encontraremos en un poema titulado “Prurito de pueta”:
“Admirable es sólo la flecha clavada -en el ojo por supuesto”.
Así que nos quedaríamos sin decir y sin ver en el poema y en la
realidad; pero precisamente por clavarse donde se clavan, la
espada y la flecha son calificadas de “bella” y “admirable”:
como si cierta forma de mudez y de ceguera, cuando el habla y la
mirada se ven cortadas o heridas fueran la condición necesaria
para transmutar el mundo en obra de arte, de poeta, de pintor o
de escultor. Finalmente, el poeta se pregunta en otro texto :
“¿Qué es más grande, el mar o la palabra con que lo nombramos?:
Decimos el mar y surgen diversos mares - los vistos
experimentados gozados sufridos (…) Vemos en cambio el mar y es
el mismo de siempre –irreconocible y desconcertante –una
fantasmagoría de la realidad – pero igual al que por primera vez
se interpuso en nuestro destino”. Ningún mar es lo bastante
grande, ni el evocado con la palabra ni el visto con los ojos.
Toda la obra de Westphalen es una terca meditación en la poesía
y en la realidad. La realidad no basta, la poesía tampoco.
“Poesía no basta, nada basta o reposa”, escribe a su vez Martín
Adán, de quien ha dicho escuetamente Alberto Escobar: “Es el
poeta peruano vivo de mayor importancia”. Al revés de
Westphalen, que siempre ha guardado siempre por él la mayor
admiración, su obra es continua, incesante, sin reposo desde la
prosa poética de La casa de cartón en 1928 hasta los
poemas escritos casi hasta su muerte en 1985. Su travesía
poética por los extramares de la realidad (Travesía de
extramares es el título de uno de sus principales poemarios)
también está marcada por la pugna entre el decir y el callar, el
encuentro de la palabra y el silencio en el acto poético, la
conciencia de la imposibilidad de decir y la superación de esa
imposibilidad en el acto práctico de escribir: “Sí, porque yo no
soy sino dedo que escribo”, “La mano sola con la melodía”; pero
ahora en la intuición del poeta que escribe lo que dicta la
poesía (originariamente la poesía es un dictado que dicta la
musa y el poeta transcribe) lo que dice es nada: “Poesía no dice
nada:/ Poesía se está callada/ Escuchando su propia voz”.
Traduzcamos: la voz del silencio en el acto mismo del decir.
Contradiciendo aparentemente esta representación poética de la
mano que escribe lo que la poesía dicta, un soneto célebre de
Martín Adán termina así: -¡Que ser poeta es oír las sumas voces,
/ El pecho herido por un haz de goces, / Mientras la mano lo
narrar no ösa!” No osa pero sí osa. Entendámonos: hay las voces
o la voz y hay la mano que escribe, y si no osa obedecer al
dictado de las voces, al cabo esas voces lo compulsan a obedecer
y a escribir el dictado: porque lo esencial para que la poesía
suene en el silencio que la rodea y la traspasa es que la mano
la escriba. La poesía es un trabajo manual. Y este escribir lo
que dicen las voces está figurado en la obra poética de Martín
Adán, en especial en el poemario Travesía de extramares,
donde el poeta aparece como un navegante por mares desconocidos
, guiado por un ángel que es la realidad: “¡Realidad, el ángel
que me guía”, dice el poeta.
La
realidad, y concretamente, la dolorosa realidad del Perú, es
también el ángel que guió siempre a José María Arguedas, uno de
los más impresionantes escritores de narrativa en América, pero
una narrativa toda impregnada de poesía, tanto en el fluir mismo
de la prosa en castellano como en las numerosas muestras de
poesía quechua popular que intercala en su obra. Ya Antonio
Cornejo Polar se ha referido a la presencia de “elementos
propios de un orden poético”, aparte de Los ríos profundos,
en relatos como “Huarma Kuyay” y “La agonía de Rasu Ñiti”; pero
debemos subrayar que, aparte de su obra narrativa en un español
muchas veces deliberada y sabiamente modulado por el quechua,
Arguedas es autor de una serie de poemas en quechua reunidos
bajo el título de Katatay. El propio Arguedas declaró
alguna vez que los poemas propiamente dichos, o “poesía poesía”,
como la llama Cornejo Polar, no podía escribirlos sino en
quechua que Arguedas consideraba visiblemente como su lengua
materna. Su mundo poético se caracteriza por un acuerdo íntimo
con el mundo de su infancia en la sierra peruana y en quechua,
con las fuerzas elementales de la naturaleza andina y con las
viejas culturas andinas y las representaciones y las fábulas que
las expresan, en suma, con la representación de unos pueblos que
al fin de su obra se confunde con la representación de la
historia del Perú. En la visión que el poeta Arguedas tiene de
la realidad todo se funde y se confunde: la luna es un río donde
los patos aletean, se escucha caer la luz del sol, la música
entra por los ojos. Westphalen ha dicho de Arguedas: “Esta
especie de comunión universal, de inmersión poética en que se
anulan objeto y sujeto, es para muchos de nosotros todavía una
cima inaccesible aunque intuida, ensoñada o, simplemente,
deseada”. Entiendo: para muchos de nosotros, poetas.
He
reservado, con mucho, el mayor espacio de tiempo disponible para
esta charla a los grandes poetas fundadores de la poesía peruana
contemporánea, de Eguren a Arguedas: son ellos los que han
abierto el camino, los que han creado el universo poético donde
aparecerán nuevas constelaciones. La siguiente está constituida
por las llamadas generaciones del 40 y del 50, poetas nacidos
entre 1920 y 1930, que alguna vez han sido reunidos todos como
generación del 50 a secas aunque algunos de ellos empezaron a
publicar a principios o a mediados de los años cuarenta; en todo
caso, por la continuidad con que se suceden sus obras puede
hablarse de una sola constelación de poetas en el sentido que he
definido al principio. Y son relativamente numerosos. La notable
antología titulada: Llave de los sueños. La generación del
Cincuenta Antología poética de la promoción 45/50, compilada
por el poeta y crítico Marco Martos en 1993, reúne nada menos
que 35 poetas nacidos entre 1917 y 1931. Entre los más conocidos
o importantes están Javier Sologuren, Raúl Deustua, mucho más
importante que conocido, Jorge Eduardo Eielson, Sebastián
Salazar Bondy, Blanca Varela, Wáshington Delgado, Carlos Germán
Belli, Leopoldo Chariarse, Juan Gonzalo Rose, a los que habría
que añadir los nombres de Alejandro Romualdo, Francisco Bendezú,
Pedro Cateriano, Pablo Guevara entre otros.
Unas
pocas palabras, por lo corto del tiempo, sobre los principales
(no me queda sino llamar principales a los que a mí me gustan
más). De Javier Sologuren ha dicho el crítico italiano Roberto
Paoli: “no hay nadie que entienda de literatura hispanoamericana
que no lo coloque entre los mayores líricos actuales del
continente”. Desde su primer poemario, El morador,
publicado en 1944, Sologuren no ha cesado en una práctica tenaz,
ahondada y continua de la poesía, así que no es de extrañar que
en 1966 haya reunido su obra con el título Vida continua,
título que reúne aún en 1989 la obra completa del autor. Digo
que no es de extrañar porque para Sologuren, que vincula
íntimamente la poesía con la vida, vida continua vale decir
poesía continua. En esta continuidad hay sin embargo un corte,
no en la creación sino en su manera. En los primeros libros de
Sologuren el poema es forma bella y nada más; pero como ha
observado Abelardo Oquendo, después la poesía de Sologuren se
abre a las cosas cotidianas y a la vida y esta apertura culmina
en un poema de angustia ante la tragedia y la violencia del
mundo en que vivimos: “La hora”.
En
1998 la Universidad Católica publicó, a cargo de Ricardo Silva
Santisteban, quien tanto ha hecho por difundir la poesía peruana
y extranjera, una parte, se supone, de la poesía de Raúl
Deustua, con el nombre Un mar apenas, título de uno de
los poemarios reunidos en ese libro, No hay poeta más escondido
y secreto que Deustua, y es, aunque pocos lo sepan, un gran
poeta que explora los parajes ocultos de la realidad y los
explora por vías ciegas, que es el titulo de otro de sus
poemarios. Ojalá que un día se decida a publicar lo que queda,
si algo queda.
Jorge Eduardo Eielson, otra estrella mayor de la constelación,
tuvo desde el principio una gran facilidad para versificar y
empezó a escribir muy pronto. El libro principal de su primera
época fue Reinos en 1944, poesía en parte confesional,
donde el yo poético constituye el centro del poema y se
“confiesa”: “Yo soy el que llora y escribe en el invierno”, yo
disgregado a veces en órganos y vísceras del cuerpo propio: mi
cráneo, mi esqueleto, mi pecho frío, mis dientes… Esta presencia
del cuerpo en el poema culminará años después en los poemarios
Noche oscura del cuerpo (1955), una mística que es la
inversión de la noche oscura del alma, y Ceremonia solitaria
(1964). Y finalmente aparece el enfoque directo de la poesía
como tema de la poesia en el poema “Poesía” : “En mi mesa
muerta, candelabros/ de oro, platos vacíos, / Poesía de mis
dientes en ruina (…) Poesía/ del polvo en mi mesa de gala,/
Orlada de coles , antigua y triste (…). Estos versos anuncian ya
el mundo de objetos y actos cotidianos y triviales de la obra
más madura, Habitación en Roma (1952), Noche oscura
del cuerpo (1955) y Ceremonia solitaria (1964). Pero en la
segunda etapa de Eielson lo que hay también y sobre todo es la
tentación del silencio y una especie de fatiga de la poesía
verbal, que llevará al poeta a renunciar a la poesía escrita
para hacer poesía no escrita por otros medios de expresión, en
especial un tipo de escultura original hecha de nudos que hemos
tenido la ocasión de admirar en diversas exposiciones.
Un
poeta insoslayable en esta constelación es Sebastián Salazar
Bondy, de quien ha dicho Westphalen: “Lo primero que distingo es
la prominencia del poeta en Sebastián. La poesía fue (…) meollo,
corazón, núcleo vital de su ser”. (…) La poesía es su triunfo
secreto”, su triunfo secreto en medio de una actividad
multifacética, en la que la faceta de su empeño sociopolítico es
también admirable: fue un hombre comprometido con y por la
salvación del Perú y eso se revela con mucha fuerza en algunos
de sus poemas, reunidos en diversos poemarios, Vida de
Ximena, Conducta sentimental, El tacto de la araña, Sombras como
cosas sólidas. Un breve poema de Sebastián dice su relación
apasionada con la poesía. Lleva por título “La poesía”: “Soy
puntual en las citas, / conozco los horarios de mi edad, / hay
sello y lo demás en mis licencias, / pero no sé cómo hacer /
para que la poesía se levante / de su sillón de anciana / y me
maltrate con su látigo, / con la dulce culata de su sangre, /
con su tijera labial,/ hasta matarme / por puntual, por lógico,
por araña”.
Si
uno quisiera encontrar un poeta que a lo largo de una vida haya
concentrado su aptitud para expresarse por la palabra casi
exclusivamente en la escritura de poemas, ese poeta está ahí
viviendo en Lima y es una poeta: Blanca Varela. No le conozco
relatos, ni discursos ni artículos sobre esto o lo otro, o muy
pocos. Sólo poesía, escueta, rigurosa, sin concesiones de
ninguna especie, y toda esta suma poética cabe en un volumen
bien poco voluminoso. A veces se me ha ocurrido por esta
contención de la palabra pensar en Leopardi que escribió en toda
su vida treintainueve poemas: pero es verdad que Leopardi murió
a los 39 años, uno por poema, pero llenó, al lado de los poemas,
miles de páginas de pensamientos y comentarios. Todos los
poemarios de Blanca Varela fueron reunidos en 1986 y 1996 con el
título Canto Villano: título ambiguo que encierra el
sentido de villanía, acción ruin o innoble, y según Roberto
Paoli, también el de “falsedad” y “deslealtad”: Varela tacha a
veces a su verso de mentiroso y a la lengua en que se expresa el
poeta de “lengua de mil traiciones”: La poesía moderna parece
estar destinada a expresar lo indecible, pero, dice Blanca, “el
que entiende lo indecible / el santo del desierto que se traga
la lengua” debe de saber que lo indecible difícilmente se
expresa diciéndolo. La palabra es insuficiente para expresar la
intuición: es una constante en esta poesía, y una constante que
tiene mucho tiempo, pues ya Dante Alighieri dice: “Qué corto es
el decir”, o sea, qué insuficiente para expresar la visión o la
intuición. Hay en la obra de Blanca Varela como una búsqueda
incesante de un lugar que sería el lugar del origen, el centro,
y la poesía se representa como una carrera inacabable hacia ese
centro: Así en el poema “Curriculum vitae”, “Digamos que ganaste
la carrera/ y que el premio/ era otra carrera”: intolerable
absurdo de la breve carrera de la vida.
Terminaré con tres grandes poetas afines por la constancia y la
fidelidad con que han volcado la intuición poética en una
escritura pareja y límpida a lo largo de medio siglo de trabajo
tenaz: Leopoldo Chariarse, nacido en 1928, quien presenta la
originalidad de haberse mantenido fiel a un trabajo de
renovación de modelos renacentistas de la poesía, el soneto
clásico italiano y español y la elegía, de forma perfecta y
temas fundamentalmente amorosos. Empresa rarísima en nuestra
época de cambios incesantes en la forma del poema. Carlos Germán
Belli y Wáshington Delgado, nacidos ambos en 1927, son los
últimos a los que quiero referirme para cerrar con dos broches
de oro esta sinopsis.
Belli, como Chariarse, acude a modelos clásicos del siglo de
oro, sextinas en particular, sobre todo en lo que concierne al
sistema sintáctico, pero con una supresión estricta de las
rimas, y una readaptación del soneto sin rima y sin separación
entre las estrofas, de modo que el lector independientemente de
todo análisis recibe la impresión de estar leyendo una poesía
sorprendentemente moderna y que le suena a antigua, virtuosidad
o maestría en el uso poético del idioma que bien pocos poetas
son, me parece, capaces de alcanzar. “Belli -ha dicho Ricardo
González Vigil- logra el milagro de un verso con fuentes tan
encontradas: un lenguaje antiguo y moderno a la vez”. De la
misma manera el léxico enlaza en combinaciones magistrales
vocablos del siglo de oro con el lenguaje coloquial de la vida
cotidiana de nuestros días, y hay que decir que la forma de
expresión del poeta es pareja y continua, sin rupturas visibles,
como el fluir del agua de un río, desde su primer poemario
importante, ¡Oh hada cibernética!, de 1961 hasta el
último, de 1993, ¡Salve, Spes!”, himno o poema largo a la
esperanza en el mundo tan desesperanzado en que vivimos.. Para
entender cabalmente el efecto que produce en un lector la sabia
construcción de los poemas bellianos, el camino es muy fácil
para el lector: leerlos.
El itinerario poético de Wáshington Delgado es en cierto modo
análogo al de Belli no porque la forma y los elementos de la
construcción del poema se parezcan, sino por el fluir constante
de una escritura que evoluciona y se renueva sin rupturas ni
disonancias, siempre pausada, recatada, sin la menor
estridencia, límpida y densa. Y eso, desde los primeros poemas
reunidos en Formas de la ausencia en el que la crítica ha
visto una sintonía con los poetas españoles de la generación del
27, hasta su último, magistral y breve poemario, Historia de
Artidoro que me impresionó hondamente cuando lo leí en 1995.
La poesía de Wáshington va a la vez en una dirección íntima y
social y en el poeta me parece que no hay fronteras entre los
dos: la tremenda convulsión del mundo entra queramos que no en
nuestra casa, en la intimidad de nuestro hogar y nuestra
persona, y entran inevitablemente también en el hogar que es el
poema. Querría decir mucho más sobre esta poesía que merecería
todo un estudio crítico como el que yo mismo escribí una vez
sobre la poesía de Vallejo, pero para esta charla el tiempo
impartido se acaba. Las constelaciones poéticas de los años
sesenta a los ochenta quedan para otra charla o para un
seminario. |