|
Fin
de siglo: viaje de ida y vuelta: modernistas entre América y
Europa[1]
Américo Ferrari
El cuarto centenario del descubrimiento de las Indias
Occidentales por Cristóbal Colón se celebró a fines del siglo
XIX en la América llamada latina en pleno auge del modernismo,
quizá el movimiento cultural más importante que se haya dado en
nuestra América; su importancia viene precisamente de ser
movimiento en el sentido más radical de la palabra: movió en
América y en España tantas cosas y con tal celeridad que en un
lapso histórico breve - desde el decenio del 80 hasta la primera
guerra mundial - se disuelve a sí mismo y modifica las bases
sobre las que se sustentaba para negarse y prolongarse en otra
cosa: en la literatura propiamente americana de la primera mitad
de nuestro siglo. En este sentido el posmodernismo y las
llamadas vanguardias son simplemente un avatar del modernismo[2].
El modernismo se mueve históricamente en busca de la "modernidad",
fenómeno europeo de la segunda mitad del siglo XIX de la que son
hijos los modernistas, pero en una América donde las condiciones
de dicha modernidad no habían madurado. De ahí, entre otras
causas naturalmente, el malestar americano de ese fin de siglo
que da origen al modernismo a la vez que tiende a negarlo y a
disolverlo. De ahí también la fiebre del viaje a Europa.
Con la escritura, en efecto, se mueven también los escritores.
Las generaciones modernistas dieron muchos viajeros. Se
desplazaban por el continente a los centros de América: Buenos
Aires, Santiago, México, pero también y quizá sobre todo a Nueva
York; es útil observar aquí que entre otras cosas esos nuevos
descubridores descubrieron que Nueva York también estaba en
América; y, fuera del continente, hacia las tierras de donde
vino Colón: hacia una Europa, y en particular hacia una Francia
que no creo exagerado decir que para algunos de ellos, en la
época, resultaba casi tan mítica como la isla Antilia para los
europeos del siglo XV.
Los viajes atlánticos de americanos a Europa habían sido sin
embargo un hecho continuo desde la conquista; pero se trataba
entonces, mientras nuestros países fueron territorio español, de
criollos o "españoles americanos" que se trasladaban a la
metrópoli no para extasiarse en el descubrimiento de algo nunca
visto sino por razones prácticas y en general para asentarse y
quedarse ahí; al fin a y al cabo Madrid era la capital de todo
el imperio. El primer ejemplo y el más ilustre fue el Inca
Garcilaso en el siglo XVI, seguido por el mexicano Juan Ruiz de
Alarcón en el siglo XVII, el peruano Pablo de Olavide en el
XVIII y otros; entre estos otros están los que se fueron a la
fuerza, como los jesuitas expulsados bajo el reinado de Carlos
III y que desde Italia escribieron sobre América o conspiraron
contra España; también los próceres de la independencia,
Miranda, Bolívar, San Martín, españoles americanos en ruptura
con la metrópoli, que estudiaron en España, fueron en España
oficiales del rey y viajaron a Francia, Inglaterra, Italia y
Estados Unidos descubriendo y fortaleciendo concretamente en
esos viajes postulados ideológicos y bases prácticas para su
revolución americana: en algún caso, como el de Miranda, este
descubrimiento se hizo de la manera más pragmática: en los
campos de batalla de la Francia revolucionaria y en la guerra de
independencia de Estados Unidos. Estos viajeros
hispanoamericanos, aún oficialmente españoles, tenían, es
evidente, una visión de Europa más concreta, más actual y
apartada del mito, diferente de la de los romántico-modernistas
que intentaron el viaje un siglo después; aunque también
aquéllos, los del siglo XVIII, nutridos de los escritos de los
enciclopedistas, llevaban ya en la mente una Europa prefigurada
en sus lecturas.
En la época que siguió a la emancipación de los territorios
hispanoamericanos, salvo Cuba, y que precedió al nacimiento del
movimiento modernista, el romanticismo, nacido en Alemania e
Inglaterra se extiende por toda Europa, pero es sobre todo el
trasunto francés el que se exporta a España y sus antiguos
territorios americanos. París, "capital del siglo XIX" según
Walter Benjamin, transmite al otro lado de los Pirineos y al
otro lado del Atlántico su propia cultura y lo que ha asimilado
de otras culturas europeas, en particular la alemana, (la
anglosajona irradiará en gran parte directamente de Inglaterra y
Estados Unidos: Walt Whitman desde luego no pasó por Francia
para expandir su presencia por la obra de Martí, Darío y Vallejo).
Desde mediados de siglo Chateaubriand, Tocqueville, Taine;
Lamartine, Victor Hugo, Musset ejercen en España y América una
influencia predominante, mientras que se ignora en general la
literatura romántica alemana, como lo prueba el desdeñoso juicio
de Núñez de Arce sobre las Rimas de Bécquer: "suspirillos
germánicos". Tengamos en cuenta que estos suspirillos
influenciaron indirectamente al Darío juvenil que empezó
escribiendo rimas a la manera de Bécquer.
En buena cuenta, el verdadero romanticismo aunque transformado
en gran parte por sucesivas corrientes literarias sobre todo
francesas, renace y toma cuerpo en América con los modernistas:
una "concepción romántico-simbolista de la poesía que nutre lo
mejor de la gestión modernista, especialmente en el primer tramo
de su órbita", apunta certeramente José Olivio Jiménez[3];
y en efecto, ni en Europa ni en América romanticismo y
modernismo son dos campos separados por una tapia: se funden el
uno en el otro; y para América, como para España, se podría
decir que el riachuelo romántico confluye en la modernidad que
fluía a la vez de Europa y Estados Unidos, en el Parnaso y el
simbolismo francés, en la literatura de Poe, de Emerson y de
Whitman, pero también en una nueva conciencia americana,
inédita, que fundía la tradición española con la apertura a las
principales culturas del mundo; se forma así un río caudaloso
que desborda de América a España y contribuye a dar un nuevo
curso a la cultura española de la época, tan anémica o más, si
cabe, que la hispanoamericana. Por eso para varios viajeros
hispanoamericanos de ese fin de siglo Madrid, pero también
Barcelona, son metas obligadas, más que simples etapas; y en el
itinerario geográfico concreto, Barcelona primero, puerto de
llegada a Europa para muchos viajeros de América.
En lo que va de los dos primeros al último decenio del siglo, en
efecto, España para muchos de estos americanos ha cambiado de
signo: salvo para algún recalcitrante como González Prada, ya no
es la tierra del "infame godo" sino, desde Darío hasta Vallejo,
la "madre patria". El viaje a España es para ellos un viaje a
sus raíces y sobre todo a las raíces de su lengua: pero lo que
comprueban en este viaje es que si las raíces persisten las
ramas del árbol español están secas, y entre ellas la de la
lengua, acartonada y paralizada por el purismo y el casticismo
cerrados, cifra y símbolo en buena cuenta de la parálisis y el
marasmo de la vida y la sociedad en la España finisecular:
observemos que es también lo que comprueban los españoles
Unamuno y Ganivet y contra lo que aguza su prosa modernista
Valle Inclán cuando Darío visita España. Es el mismo malestar en
España y en América; pero el malestar de los americanos es doble:
por el marasmo y el encerramiento provinciano de América y
porque ven que la antigua metrópoli con la que comparten la
lengua y la historia y más o menos la sangre no puede, en su
decadencia, aportarles nada de lo que necesitan para abrirse al
mundo: "Hemos tenido necesidad de ser políglotas y cosmopolitas"
dice secamente Darío[4];
pero los españoles también sentían esa necesidad, como lo prueba
la Institución libre de enseñanza y toda la obra de Ganivet, de
Unamuno, de Baroja y sobre todo la apertura práctica de aquellos
españoles a las lenguas y culturas extranjeras. José Enrique
Rodó ha escrito sobre esto unas líneas bastante claras:
La decadencia de la metrópoli, su apartamiento de la sociedad de
los pueblos generadores de civilización, hizo que para
satisfacer el anhelo de vivir en lo presente y orientarse en
dirección al porvenir, hubieran de valerse sus emancipadas
colonias de modelos casi exclusivamente extraños, así en lo
intelectual como en lo político, en las costumbres como en las
instituciones, en las ideas como en las formas de expresión. Esa
obra de asimilación violenta y angustiosa fue y continúa siendo
aún el problema, el magno problema de la organización
hispanoamericana. De ella procede nuestro permanente desasosiego,
lo efímero y precario de nuestras funciones políticas, el
superficial arraigo de nuestra cultura[5].
Los modelos casi exclusivamente extraños en los que trata de
arraigar la cultura hispanoamericana de la época son
principalmente, cuando no exclusivamente, franceses, en el
propio Rodó por ejemplo, y en menor medida en aquella época,
anglosajones. De ahí la importancia del viaje a España en el que
el desasosegado hispanoamericano observaba en la práctica de la
vida cotidiana el estado cultural de la península y lo
confrontaba con el estado análogo de su propio continente:
comprobación de la convergencia de dos desastres con una sola
raíz. De ahí también la importancia del viaje a Francia, país
exótico y depósito de los modelos "extraños" ("Francia es
nuestra verdadera madre patria", dice el exagerado Rubén Darío
que, según Juan Ramón Jiménez, "quería a España como un niño")
En todo caso, hay entre el viaje a Madrid o Barcelona y el viaje
a París una gran diferencia. España es vista en general como un
país real y actual con problemas concretos en estrecha relación
con la realidad y los problemas de la pobre economía y de la
pobre cultura de América: la que dejó España como herencia.
París - trataremos de verlo - es, en la literatura de los
modernistas americanos, como una ciudad de papel y comparable
más bien a la Golconda y la China de la princesa triste de
Darío.
En su mayoría los modernistas, con la excepción principal y
expresa de Martí, adoran el papel, Golconda, la China y sobre
todo París. Si cuando van a España llevan ya prefigurado el
estado de aislamiento y de decadencia del país, por haberlo no
tanto leído sino vivido en América, cuando se trasladan a París
o alguna otra ciudad prestigiosa del viejo mundo se trata de
descubrir los salvadores modelos de lo extraño, ya vividos
también en América pero sólo en prolijas lecturas de centenares
de libros, mapas, papeles. Como Colón guiado por sus mapas y sus
libros descubrió las Indias, pero eran otras Indias, y no se dio
cuenta y siguió buscando tercamente al Kan entre los caníbales,
los nuevos descubridores de Europa descubren sobre todo la
imagen de la Europa que han leído y soñado en América, otra
Europa. Emir Rodríguez Monegal observa, comentando el diario de
viaje de Rodó: En la soledad de su cuarto de hotel, Rodó
coteja lo que acaban de ver sus ojos con lo que había leído y
estudiado tantas veces en Montevideo[6];
Luis Alberto Sánchez, en una de sus biografías de González Prada,
dice que cuando éste llegó a París se conocía la ciudad de
memoria por lo que había leído en sus libros; y Darío, en
España contemporánea, compara todo lo que en la cultura, las
instituciones y la vida cotidiana le parece escuálido y opaco
con lo brillante y soberbio de un París donde había hecho sólo
una breve visita de un mes seis años atrás. "Amo más que la
Grecia de los griegos / la Grecia de la Francia": la Grecia de
los griegos Darío nunca la había visto y la Francia en la que
más o menos se estableció en 1900 no tenía nada de griego y sí
empezaba ya a tener bastante de norteamericano: pero muchos
viajeros americanos de la época no lo veían. Una especie de
ilusión óptica parece desviarles la mirada, dándoles una imagen
hasta cierto punto torcida de la historia y la realidad europea
en el umbral del siglo XX. Buscan un París de ilusión y
asentados en la Europa real siguen viendo esta Europa desde
Buenos Aires, Montevideo o Lima; y a veces tienen conciencia de
ello; así el cubano Julián del Casal que, según recuerda José
Olivio Jiménez (o. cit. p. 115) "sólo salió de Cuba para un
breve viaje a Europa, el cual voluntariamente tronchó antes de
llegar a su ansiado París, que era la meta de tal viaje... para
conservar la última ilusión... ". Nadie ha expresado
quizás esta visión libresca de la realidad de manera tan agria y
tan violenta como Rufino Blanco Fombona:
Carecemos de raza espiritual. No somos hombres de tal o cual
país; somos hombres de libros; espíritus sin geografía, poetas
sin patria, autores sin estirpe, inteligencias sin órbita,
mentes descastadas. A nuestro cerebro no llega, regándolo, la
sangre de nuestro corazón, o nuestro corazón no tiene sangre,
sino tinta, la tinta de los libros que conocemos[7].
Mutatis mutandis,
y con la salvedad de que ellos sí estaban muy seguros de tener
patria y estirpe, este tipo de visión corresponde a la que de
América tenían los europeos del siglo XVIII, Chateaubriand, por
ejemplo, uno de los creadores del indigenismo, según recuerda
Ricardo Gullón[8].
Es en todo caso un hecho que el romanticismo más retórico de
Víctor Hugo, el parnasianismo y el exotismo de Théophile Gautier
y de Théodore de Banville, de Heredia, e incluso el pensamiento
de Taine y de Renan estaban muy presentes entre los escritores
hispanoamericanos de la época por las lecturas hechas en
América, pero palidecían ya en una Francia que entraba en el
siglo XX con la escritura ácida y subversiva de Alfred Jarry en
lo literario y la irrupción del marxismo en el campo
sociopolítico.
En realidad Francia y toda Europa abordaban el siglo XX
desengañadas de Arte Nuevo, de poemas joyeles y de decadentismo
literario: oscuramente aún los europeos veían avecinarse
desastres que iban a hacer trizas la modernidad decimonónica y
vislumbraban lo que tenían por delante y que después se llamó "posmodernidad".
Muchos modernistas hispanoamericanos trasplantados en París
suelen ver en cambio la modernidad europea, pero hacia atrás,
como el Angel de la Historia comentado por Walter Benjamin,
arrastrado hacia el cielo tempestuoso del futuro, pero de
espaldas al futuro y mirando hacia un siglo XIX que desaparece
de la escena.
Muchos pero, desde luego, no todos y sobre todo no el primero,
al menos cronológicamente, de los grandes modernistas, José
Martí. El primero porque su prosa y sus versos son, seguramente
con los de Gutiérrez Nájera y antes de que se consagrara Darío,
los primeros que se puedan calificar en América de "modernos".
El estaba demasiado ocupado con el presente y el futuro de Cuba
y de Hispanoamérica para mirar hacia París y hacia Europa como
modelo de lo extraño sin que por eso dejara de tener una visión,
si no precisamente tan cosmopolita como la de Darío, sí
ampliamente universal del mundo y de la situación que en este
mundo podía ocupar América Latina, y sobre todo una visión
actual, en la época. El foco de su atención, fuera de Cuba y de
lo que él llamó nuestra América, era naturalmente, aparte
de la España con la que estaba luchando, los Estados Unidos de
Norteamérica, más importantes en efecto para los americanos del
sur de Río Grande que la Francia de la Belle Epoque. En cuanto
al corto viaje que hizo Martí a España y a Francia, 13 años
antes de Darío, recordemos que fue un viaje de deportado y que
la primera escala del cubano fue directamente en la cárcel de
Santander; más que de adoptar un modelo extraño para su América,
Martí trató de extraer su modelo de las raíces vivas del
continente, que es indo-afro-europeo-asiático, y no propiamente
"latino", sin perder de vista el todo de la cultura ecuménica de
la época; ahí radica la originalidad de su obra modernista,
literaria y política. Hay que decir que Darío y otros
modernistas compartieron las preocupaciones del escritor cubano
aunque la idea dominante es siempre eso que ellos llaman la "latinidad"
o la "raza latina".
Entremos más concretamente en el itinerario europeo de estos
viajeros; como muestra reseñaré brevemente los viajes, en la
imaginación y en la realidad geográfica, de tres representantes
de las generaciones de la segunda mitad del siglo XIX: Manuel
González Prada (1844-1918), Rubén Darío (1867-1916) y José
Enrique Rodó (1871-1917). Estos viajes se realizaron entre el
último decenio del siglo XIX y la primera guerra mundial, en
pleno período modernista; pero a modo de introducción quiero
referirme al viaje precursor que hizo a París veinte años atrás
un curioso personaje, el poeta y subteniente de artillería
Nicanor della Rocca de Vergalo, peruano, nacido en Lima de
padres italianos en 1846. Della Rocca que había cursado la
enseñanza media en Francia, volvió al Perú en 1862 e hizo su
gran viaje definitivo a Francia en 1872. Lo curioso en este
autor, que escribió casi toda su poesía en francés, es que fue
un simbolista bastante apreciado por los más connotados poetas
franceses de la época; consta por lo menos que la mayoría de los
parnasianos y los simbolistas firmaron una petición dirigida a
la Cámara de Diputados y al Senado del Perú para que se
procurase en París al cofrade peruano desprovisto de medios de
existencia un sueldo de subteniente de artillería; la petición
iba refrendada por una carta de puño y letra de Víctor Hugo que
solicitaba el interés patriótico de diputados y senadores "en
faveur d'un proscrit péruvien que nous considérons aujourd'hui
comme un poète français, M. Della Rocca de Vergalo. Ce que vous
ferez pour lui sera regardé par nous comme fait pour toute la
littérature aussi bien de notre pays que du vôtre"[9].
La petición iba firmada, entre otros escritores, por Théodore de
Banville, José María de Heredia, Catulle Mendès, Alphonse Daudet,
Stéphane Mallarmé, Leconte de Lisle: todos ídolos de Rubén Darío
y otros modernistas; pero más importante que este documento son
las palabras escritas por Catulle Mendès, tan admirado por los
modernistas finiseculares: "Los simbolistas no han innovado
nada(...) en la forma. El verdadero iniciador del verso libre y
de la técnica simbolista es un peruano de Lima, el teniente de
artillería della Rocca de Vergalo que ha introducido, en
prosodia, la "estrofa nicarina" y todas las libertades de que se
prevalen los poetas nuevos"[10].
Las obras de della Rocca de Vergalo son hoy muy difíciles de
hallar; los pocos versos franceses que he podido leer de él me
parecen abominables.
Casi treinta años después Rubén Darío hace una lista de los
modernistas americanos que vivían en aquella época en París y
dice: "Todos estos escritores y poetas que he rápidamente
nombrado, y yo el último, vivimos en París; pero París no nos
conoce en absoluto, como ya lo he dicho otras veces. Algunos
tenemos amigos entre las gentes de letras; pero ninguno de estos
señores entiende el español"[11].
A della Rocca de Vergalo sí que lo conocían: entendían la lengua
en que escribía. Qué hubiera sentido Rubén viéndose apoyado y
recomendado por la cohorte de poetas franceses, si Víctor Hugo
lo hubiese declarado "poeta francés" y Catulle Mendès le hubiera
otorgado un certificado de inventor del verso modernista... Es
quizá el primer malentendido entre estos descubridores
americanos y los indígenas europeos que descubren: los indígenas
europeos no entienden la lengua de los americanos como los de la
isla de Guanahani no entendían la de Colón. Darío, que decía que
no era español de nacimiento pero sí ciudadano de la lengua, se
jactaba por otra parte de pensar en francés y escribir en
castellano; lo de que pensaba en francés parece formar parte
del vasto tinglado poético imaginativo que montó el gran
nicaragüense. Juan Ramón Jiménez, dice que la misma noche del
día en que, en 1900, Darío recibió en Madrid el cable de La
Nación que le ordenaba trasladarse a París, tomó el tren
para Francia "intentando por el camino rehacer su francés escaso"[12].
Es bien poco probable, en efecto, que Darío, que nunca había
vivido en Francia, dominara otro francés que el leído en sus
libros. Pensaba, desde luego, en español y los franceses que no
entienden el español hablado y escrito entienden aún mucho menos
cómo se piensa en español. Poco éxito había de tener su obra
entre franceses. Los numerosos galicismos léxicos de sus obras
en prosa sobre todo forman parte del decorado que el poeta
fabrica para su teatrillo francés. Cuando lo monta todo está
disfrazado de francés y de París, a veces hasta el propio París.
Cuando lo desmonta queda una visión y una expresión desnuda de
lo visto.
Como sabemos Darío hizo dos viajes a Europa, el primero en 1892
con motivo del cuarto centenario. Del segundo, en 1899, salen
varias colecciones de crónicas, entre ellas Tierras solares
(1904) seguido por De tierras solares a tierras de bruma.
Los últimos títulos están semánticamente marcados: las tierras
solares son las que el autor suele llamar "latinas"; las
brumosas, las de los "bárbaros", en particular Alemania: ¡Los
bárbaros, Francia! ¡Los bárbaros, cara Lutecia! Lo que se
puede observar en primer lugar a propósito de estas cartas de
relación es la movilidad mental y estilística del poeta.
Alternarán sobre todo, según las crónicas, pero sobre todo en
España contemporánea, la actitud crítica seria y los dengues
pseudofranceses. En este libro la crónica más entusiasta y menos
disfrazada de francés es la que dedica a Barcelona y es lo mismo
en otros viajeros hispanoamericanos en España: encuentran en
efecto una ciudad bilingüe y abierta a las lenguas y las
culturas extranjeras, activa y ya bastante cosmopolita y
moderna. Era sobre todo la única ciudad de España donde había un
movimiento artístico modernista importante en el que destacaba
la figura del pintor Santiago Rusiñol.
En Madrid y el resto de España la reacción es más templada:
frente al aislamiento castellano de la época no le es difícil al
poeta, aureolado de la fama de Azul, Prosas profanas
y Los raros, presentarse como el invencible conquistador
cultural de esas tierras indígenas donde hay poco oro poético
aunque sí "se encuentran - dice - diamantes intelectuales como
los de Ganivet (...), Unamuno, Rusiñol y otros pocos". El método
consiste entonces en observar a las atrasadas Madrid y Sevilla
con mirada de parisiense, y comparándolas continuamente con
París; con el París de Francia que no conocía, o con el París de
América que sí conocía y que era, para él, Buenos Aires. A todo
lo largo de sus crónicas habla como si fuera porteño de
nacimiento y estirpe: "nuestros diarios", "nuestro Jockey Club",
"nuestros cafés concert", es decir los de Buenos Aires: "nuestra
capital"; "somos un pueblo industrioso" (entiéndase: nosotros,
los argentinos). Quizá Darío ignorara estratégicamente que era
nicaragüense; pero no puede sorprenderle a nadie que doña Emilia
Pardo Bazán, sin ninguna estrategia, la pobre, y seguramente con
la mejor voluntad del mundo, estampara en una reseña sobre
Darío: "El poeta argentino desembarca en Barcelona..." Cuando no
es el París de Argentina es el de los escritores franceses el
que determina la visión incluso de las cosas más
tradicionalmente hispánicas. Corrida de toros en Madrid,
ambiente de corrida en la calle de Alcalá: "Pude saludar varias
veces por la calle de Alcalá el espíritu de Gautier; (...) una
corrida de toros es uno de los más bellos espectáculos que uno
pueda imaginar. ¿Quién ha escrito eso? El gran Theo, el
magnífico Gautier", etc. En materia de corridas de toros, los
madrileños no habían visto nada... Observemos que por su parte
Rodó, disertando sabiamente sobre toros, se imagina en el
tendido y su "imaginación, fascinada, se incorpor[a] al himno
triunfal (...) que estalla, en música de Bizet (...): "La
voici, la voici la quadrille!"[13].
Más impresionante aún: la visión mediatizada por la literatura
francesa incide sobre la propia tierra de Rubén; así en el poema
"Momotombo" Darío ve el volcán de su país según la visión de
Victor Hugo, que nunca lo vio: "Era en mi Nicaragua natal...Ya
había yo leído a Hugo (...) ¡Momotombo! -exclamé - ¡Oh nombre de
epopeya! / Con razón Hugo el grande en su onomatopeya / ritmo
escuchó que era de eternidad". Hugo el grande no se perdía nada
que fuera grande, elevado y sublime ("Il est con comme l'Himalaya",
decía de Victor Hugo su colega Leconte de Lisle). El propio
París aparece de entrada en Peregrinaciones en una óptica
irrealista: la segunda crónica se titula "El Viejo París": se
trata de un decorado o reconstrucción del antiguo París
presentada en la exposición de 1900. Sin embargo, en estas
crónicas el poeta sabe observar a menudo un París no disfrazado
de París: en París hay muy pocos niños y los pocos que se ven
"no tienen por lo general, aspecto de niños"[14],
- Vallejo observará lo mismo dos decenios después-, comenta un
mitin con anarquistas y socialistas "allá por Montmartre, en el
Montmartre que trabaja, el de los obreros", y, sobre todo en
La caravana pasa, mira con acuidad e ironía el estado de
decadencia de Francia, las fuertes desigualdades sociales, el
colonialismo y el racismo, y sobre todo la miseria en París: "cierta,
horrible y dantesca en su realidad"[15].
Hay siempre más de un Darío en un mismo libro o incluso en un
mismo texto.
Un año antes del primer viaje de Darío, viajó a Francia y a
España Manuel González Prada, peruano de una generación algo
anterior (nació en 1844), que es sin embargo e indudablemente
asimilable al modernismo. Don Manuel se fue a París llevado de
la mano por su esposa francesa doña Adrienne de Verneuil. En las
memorias de ésta (Mi Manuel) se encuentran los únicos
datos de la vida de González Prada en Francia y en España; el
pensador y poeta lo único que se ha dignado transmitirnos de sus
impresiones europeas son algunos epigramas, una semblanza de
Renan, cuyos cursos frecuentó en el Collège de France, una
pequeña crónica sobre el entierro de Renan y un croquis de una
tempestad en París que, por la generalidad con que está
descrita, igual podría ser una tempestad en Betanzos o en el
Cuzco; sólo una nota humana: hay "contrastes dolorosos" bajo la
lluvia: un perro millonario que pasa en coche en brazos de su
elegante dueña y un perro vagabundo que se arrima contra una
pared y tiembla de frío[16].
Darío tiene una observación análoga sobre los perros ricos y los
perros pobres de París. Los niños y los perros de París,
aparentemente, preocupaban mucho a nuestros viajeros de América.
Si González Prada no dice más sobre su viaje a Europa es
probablemente porque no vio más: como ya lo ha notado Luis
Alberto Sánchez no veía paisajes, ni monumentos ni personas sino
las ideas que parecían encarnar; con lo que muchas veces sus
epigramas sobre Francia y España son sumamente agrios: al llegar
a Cherburgo, saluda a Francia, "región de libertad", pero lo
primero que ven sus ojos es "la imagen de un tirano": la estatua
de Napoleón que se ergía en el puerto de Cherburgo. Prada al
viajar a Europa llevaba en la cabeza una Francia del siglo
XVIII; Darío también, pero la Francia ficticia de Prada era la
de los enciclopedistas (de ahí su manía por Renan, quien decía
de sí mismo que era un francés del siglo XVIII en el siglo XIX);
la de Darío, Luis XV y la Pompadour. Y una España de entre
Torquemada y Felipe segundo llena de siniestros inquisidores,
curas negros como cuervos y sacristanes reblandecidos. Encontró
un Madrid lleno de anarquistas y donde se conocía la
electricidad. Esto lo reconcilió bastante con la madre patria.
Unas pocas palabras sobre nuestro último viajero, el uruguayo
José Enrique Rodó, que hizo su viaje de vuelta a las raíces de
su civilización en 1916, en plena guerra. Gran parte del espacio
mental de Rodó está ocupado por las nociones de latinidad o de "raza
latina", de "glorioso mediterráneo" y de "genio de la raza"; sus
viajes mentales van en esa dirección y por consiguiente de nuevo
sobre todo a Francia, la "gran hermana latina"; su prosa gaseosa
y difícil de comprimir está llena de Taine y, como en González
Prada, de Renan; y, como en Darío, de Víctor Hugo y de Théophile
Gautier, sin el cual la corrida de toros sería un espectáculo de
bárbaros. Todo esto, resumiendo, si es posible resumir, se
representa en la pugna entre Ariel, el espíritu bueno, el latino
o, a lo sumo, el bárbaro latinizado como Goethe, y Calibán,
nombre que, trasladado de Shakespeare a las visiones de Rodó
parece una especie de metátesis de caníbal que, si nos
descuidamos, nos va a roer y deslatinizar hasta los huesos: los
yankis en principio y a veces también los alemanes si se
muestran reacios a la latinización.
Con su bagaje de lecturas e ideas se fue Rodó a Europa cuando
ardía la guerra y arieles y calibanes se hacían picadillo en las
trincheras de la civilización latina. "El viaje a Europa -dice
E. Rodríguez Monegal" - era un sueño largamente paladeado"[17]:
primero España, toda Italia y París como término del viaje para
establecerse ahí y recibir la consagración de París, tal era el
proyecto: pero en el umbral de los años veinte todas las ideas
decimonónicas de Rodó estaban en plena quiebra en Francia. El
espejismo de estos viajeros es ineludible: está al mismo tiempo
en sus ojos y en el desierto que llevan consigo. El viaje
proyectado quedó trunco; enfermo, Rodó tuvo tiempo para pasar
por Madrid y Barcelona, atravesar toda Italia y morir en
Palermo. Quedan de esta peregrinación un buen trabajo sobre el
nacionalismo catalán, crónicas sobre las obras de arte que vio
en Italia y un estrambótico diario de viaje con observaciones
taquigráficas sobre las ciudades italianas y las cuentas de
hoteles y burdeles.
El viaje de Colón era para descubrir una nueva ruta de las
Indias; el de un grupo de modernistas cuatro siglos después es
para descubrir el lugar y el hogar de la latinidad, los
semilleros de la única civilización que aparentemente existe
para ellos: la de la "sangre" y la "raza" latinas. Establecidos
en Europa o viajando por ella en aquella época fatal, si abren
los ojos sienten vértigo en medio del pantano europeo;
ineludiblemente miran hacia su América, que los obsesiona: la
América Latina; pero tienen o toman conciencia, por lo menos
Darío y González Prada, de manera más o menos explícita, de que
no hay tal raza latina en aquella América, mescolanza de indios,
de negros y de muchas otras etnias europeas y asiáticas donde
sobrenada, si acaso, un puñado de improbables latinos de no se
sabe qué Lacio. González Prada observa malignamente que quien
entra en una reunión de aristócratas de Lima puede decir: -Saludo
a todas las razas y a todas las castas. Martí y González
Prada fueron los primeros en plantear, cultural y políticamente,
la cuestión. Impresiona oír a Darío preguntarse como
dubitativamente: "¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de
Africa o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser...".
Gastón Baquero recuerda que los españoles llamaban a Darío
"negro mulato para mortificarlo"[18];
y lo mismo el personaje Max Estrella en Luces de Bohemia
de Valle-Inclán: "Muerto yo, el cetro de la poesía pasa a ese
negro".
Rodó y Darío en particular llenan el vacío sociocultural de la
América de aquel tiempo con otro vacío, un concepto hueco: la
latinidad como raza, de la que la "hispanidad" sería un
elemento: el concepto es igualmente hueco para los países de
Europa llamados latinos. Reaccionando frente a este tópico,
Unamuno escribe en una carta a Rodó[19]
que él no solamente no es latino de raza (como vasco que es),
sino que su corazón rechaza el latinismo aunque su mente trate
de comprenderlo. Y declara sentirse germánico y luterano. Y un
indigenista peruano de los años 30, exige que se escriba "Inka,
con la k germánica y viril, no con la c latina y feminoide".
Extrema reacción contra el principal tópico de una parte de los
modernistas. Precisamente la emergencia del indigenismo que
reacciona contra la reducción de lo americano a lo latino es
contemporánea del modernismo. La Raza es latina para Rodó. La
Raza es quechua para los indigenistas peruanos.
Inclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda...La latina
estirpe verá la gran alba futura,… Y así sea esperanza la visión
permanente en nosotros.
Esta "Salutación del optimista" fue escrita en 1905. Trece años
antes, el optimista había conmemorado a su manera el cuarto
centenario del descubrimiento de América en un poema escrito en
1892, menos optimista pero más substancial, "A Colón":
¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.
.....................................
Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indígena semiespañola,
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar cantando la Carmañola.
..........................................
Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!
¿Amén...?
NOTAS
[1]
Este texto procede de una conferencia pronunciada en un
simposio sobre el V centenario del descubrimiento de
América organizado por la Fundacición Patiño de Ginebra
en noviembre de 1992 y publicada por la misma
institución, en las actas del simposio, en 1993.
[2]
Es lo que han sugerido ya diversos críticos, entre ellos
Bernardo Gicovate ("El modernismo: movimiento y época",
en Estudios críticos sobre el modernismo p. 207.
o. colect., edición de Homero Castillo, Madrid, Gredos,
1974, p. 207).
[3]
José Olivio Jiménez: Antología crítica de la poesía
modernista hispanoamericana, Madrid, Hiperión, 1989,
p. 96.
[4]
Rubén Darío: España contemporánea, Barcelona,
Edit. Lumen, 1987, p.126
[5]
José Enrique Rodó: "La tradición en los pueblos
hispanoamericanos", en Obras completas, edición
de Emir Rodrígeuz Monegal, Madrid, Aguilar, 1967, p.
1204.
[6]
José Enrique Rodó: Obras completas, o. cit., p.
1493.
[7]
Citado por Luis Monguió, "La problemática del
modernismo: la crítica y el "cosmopolitismo", en
Estudios críticos sobre el modernismo, o. cit., pp.
259-260.
[8]
Ricardo Gullón: "Indigenismo y modernismo", en
Estudios críticos sobre el modernismo, o. cit., p.
270.
[9]
Citado por Luis Alberto Sánchez: Escritores
representativos de América, Segunda serie, t. 1,
Madrid, Gredos, 1972, pp. 70-71.
[10]
Cit. por Robert L. Delevoy: Le symbolisme, Genève,
Skira, 1977, p. 141.
[11]
Rubén Darío: Obras completas, T. III, Madrid,
Afrodisio Aguado S. A., 1950, p. 766.
[12]
Juan Ramón Jiménez: "El modernismo poético en España y
en Hispanoamérica", en El modernismo visto por los
modernistas. Introducción y selección de Ricardo
Gullón, Barcelona, Guadarrama, 1980, p. 148.
[13]
José Enrique Rodó: "El mirador de Próspero", en Obras
completas, o. cit., p. 526.
[14]
Rubén Darío: Peregrinaciones, en Obras
completas, o. cit., pp. 476-77.
[16]
Manuel González Prada: El tonel de Diógenes, en
Obras, Edición de Luis Alberto Sánchez, Tomo I,
vol. 2, p. 87.
[17]
Emir Rodríguez Monegal: "Introducción general, I. Vida
y carácter", en José Enrique Rodó: Obras completas,
o. cit., p. 59.
[18]
Gastón Baquero: Indios, blancos y negros en el
caldero de América, Madrid, Ediciones de Cultura
Hispánica, 1991, p. 111.
[19]
Reproducida en extenso en Gastón Baquero: Indios,
blancos y negros en el caldero de América, o. cit.,
pp. 214-216.
|